José Ferrater Mora · Diccionario de filosofía [sexta edición]
Alianza Editorial · Madrid 1979
 
tomo cuarto
páginas 3062-3068

Sistema

Una definición muy general de 'sistema' es: «conjunto de elementos relacionados entre sí funcionalmente, de modo que cada elemento del sistema es función de algún otro elemento, no habiendo ningún elemento aislado». El término 'elemento' está tomado en un sentido neutral; puede entenderse por él una entidad, una cosa, un proceso, &c. –en cuyo caso cabe hablar de «sistema real»–, o puede entenderse por él algún concepto, término, enunciado, &c. –en cuyo caso cabe hablar de «sistema conceptual», «sistema lingüístico», etcétera–. En algunos casos, el elemento de que se habla tiene un aspecto «real» y un aspecto «conceptual»; ello sucede cuando, como ocurre a menudo, el sistema de que se habla está compuesto de reglas o normas.

Aparte estas consideraciones muy generales es difícil alcanzar una definición de 'sistema' capaz de satisfacer los numerosos empleos del concepto de sistema, ya sea en acepciones corrientes –como cuando se habla de «sistema político», de «sistema económico», de «sistema educativo», &c.–, ya sea en acepciones más «técnicas» o especializadas –como cuando se habla de «sistema ecológico», «sistema biorretroactivo», &c.–. Por otro lado, parece que hay características muy generales de todos los sistemas cuya investigación compete a los llamados «análisis de sistemas» y «teoría general de sistemas» de que hablaremos al final del presente artículo.

Trataremos aquí, primero, ciertas ideas generales sobre la noción de sistema adoptadas por varios filósofos desde la introducción del término 'sistema' –o alguno de sus análogos– en el vocabulario filosófico; segundo, de varias concepciones filosóficas de la noción de sistema, y en particular de la cuestión del llamado «sistema filosófico» y de las tituladas «orientaciones sistemáticas» de la filosofía; tercero, de algunas de las ideas de Condillac sobre la noción de sistema, y, finalmente, de la concepción de «sistema» en la lógica y metalógica contemporánea, por un lado, y en la «teoría general de sistemas», por el otro. En este último caso se trata de nociones que se ha convenido en calificar de «sistémicas» (véase Sistémico), a diferencia de nociones «sistemáticas».

En la significación que los estoicos daban al vocablo griego σύστημα, éste designaba primariamente un «orden» (véase), especialmente un «orden del mundo» u «orden cósmico». Se consideró a menudo que no sólo todo lo real está sometido a ley, sino que también el pensamiento debe seguir el orden «sistemático». En muchos casos el sistema conceptual ha sido visto, implícita o explícitamente, como una traducción del sistema real –en la formulación de Spinoza, el «orden de las ideas» ha sido juzgado como equivalente al «orden de las cosas».

Tres formas de relación entre sistema real y sistema conceptual se han puesto de relieve: 1. El sistema conceptual deriva del real, de modo que el primero es un reflejo del segundo. 2. El sistema real es «producto» de un orden impuesto por el sistema conceptual. 3. Sistema real y sistema conceptual son paralelos –siendo isomórficos si a cada determinado «punto» de uno corresponde un determinado «punto» del otro–. La forma de relación (1) es admitida generalmente por autores de orientación realista en epistemología. La forma de relación (2) es admitida por autores de tendencia kantiana. La forma de relación (3) puede ser ontológicamente neutral, pero puede ser asimismo interpretada como derivada del supuesto de que si el conocimiento es posible, lo es sólo en virtud de la correspondencia necesaria entre sistema real y sistema conceptual.

El concepto mismo de sistema fue tratado con frecuencia desde Kant y especialmente en el curso del idealismo alemán –por Fichte, Schelling y Hegel, que presentaban sus pensamientos, inclusive las diversas fases de los mismos, como «sistemas»–. En la «Dialéctica trascendental» de la Crítica de la razón pura, Kant retomaba su antigua idea de sistema como un todo del conocimiento ordenado según principios, y definía la arquitectónica (véase) como el arte de construir sistemas. Pero como justamente la razón humana es arquitectónica, resulta que puede convertir en sistema lo que era un mero agregado de conocimientos. De ahí la definición precisa: «Por sistema entiendo la unidad de las formas diversas del conocimiento bajo una sola idea» (K.r.V., A 852 / B 860), donde la idea es el concepto dado por la razón. Por eso, según Kant, el concepto determina a priori no sólo el alcance del contenido, sino las posiciones recíprocas de las partes, de suerte que podemos conseguir una unidad organizada (articulatio) y no un mero agregado (coacervado), un orden que crece desde dentro (per intus susceptionem) y no mediante sucesivas agregaciones (per appositionem). Sin embargo, el sistema de la razón era sólo, en último término, [3063] resultado de una tarea infinita. Con mayor radicalismo, en cambio, sostiene Hegel la idea –real y conceptual– del sistema. Puesto que solamente lo total es verdadero, y puesto que lo parcial es no-verdadero o, mejor dicho, momento «falso» de la verdad, esta última será esencialmente sistemática, y la realidad y verdad de cada parte solamente tendrán sentido en virtud de su referencia e inserción en el todo. De ahí que, como dice en el prefacio a la Fenomenología del Espíritu, «la verdadera figura dentro de la cual existe la verdad no puede ser sino el sistema científico de esta verdad». La verdad sería, pues, según esto, solamente la articulación de cada cosa con el todo, y el todo mismo que expresa el sistema de esta articulación. Ya en la llamada filosofía de la realidad, de Jena (Cfr. Jenenser Realphilosophie, 1803-1804, ed. J. Hoffmeister, 1932, pág. 264), Hegel insistía en que la organización (de la filosofía) como sistema no es sino la expresión de la idea según la cual la filosofía se contiene enteramente a sí misma y crece desde dentro, como un punto que se convierte en círculo. Desde Hegel puede hablarse, pues, con pleno sentido, de «sistema de filosofía», no porque estos sistemas no hubiesen existido ya antes, sino porque solamente desde Hegel, y como por efectos retroactivos, resalta y adquiere madurez aquella «sistematicidad» de los sistemas. Una buena parte de la producción filosófica puede aparecer entonces como plenamente sistemática, y los nombres de Plotino, de Escoto Erigena, de Santo Tomás, de Spinoza, de Wolff, de Suárez, confirman una tendencia a la cual parece contraponerse la actitud que Nicolai Hartmann llamó aporética, la que caracteriza el modo de pensar de Aristóteles, de San Agustín, de Occam, de Hume, de Nietzsche. Y ello hasta tal punto, que hasta hace poco se consideraba a un pensamiento tanto más filosófico cuanto más sistemático era, y se pudo ver la historia de la filosofía como una sucesión de sistemas. Sin embargo, frente a un tipo de pensamiento como, por ejemplo, el de Eduard von Hartmann, se destacó ya un pensamiento como el de Nietzsche (y antes el de Kierkegaard), en los cuales no solamente se quebró el sistema, sino, lo que más importa para el caso, que se llegó a la plena conciencia de un nuevo modo no sistemático, esencialmente fragmentario, inclusive aforístico, adoptado por la filosofía. Este modo ha sido considerado por muchos autores como propiamente no filosófico; otros han visto, en cambio, en él el anuncio de un nuevo modo posible de hacer filosofía, la cual dejaría de ser sistemática en la medida precisamente en que dejaría de atenerse a los supuestos racionalistas que, a través de múltiples y dispares formulaciones, han persistido a lo largo de la historia de la filosofía en Occidente. Esta idea ha conducido a una discusión a fondo del problema mismo del sistema. Esta discusión ha seguido dos vías. Por un lado, el análisis del sistema como sistema formal a que nos referiremos luego con más detalle. Por otro lado, el examen de la cuestión de la relación entre pensamiento filosófico y sistema. Varias posiciones han sido adoptadas en este último problema. Una de ella, la de J. Stikers (véase bibliografía), consiste en proclamar la posibilidad de un renacimiento de la filosofía sistemática a base de una depuración y simplificación de la terminología, cuya variedad histórica sería justamente, según dicho autor, la causante de que el aspecto sistemático no hubiese podido triunfar decisivamente. Otra de ellas, la de Nicolai Hartmann, que examina la historia de la filosofía en virtud de dos direcciones principales: la problemática y la sistemática. La primera abarca los esfuerzos encaminados a la dilucidación, aclaración y profundización de los problemas; la segunda, la edificación de grandes construcciones unitarias, que son al mismo tiempo profundización de problemas, pero que pretenden principalmente una solución global, casi siempre a partir de principios considerados «verdaderamente últimos» –que es lo mismo que decir «verdaderamente primeros»–. Entre las posiciones de Stikers y de N. Hartmann hay la de N. Petruzzellis. Según este autor, un sistema no debe reproducir fotográficamente la realidad entera (con su indefinida extensión y multiplicidad); un sistema es solamente «un organismo de conceptos y leyes universales». El sistema es «la fórmula filosófica de lo real» (Sistema e problema [1954], pág. 26 [subrayado por nosotros; hay 3ª ed. rev., 2 vols., 1975-76]). El sistema es un «símbolo indicativo útil para las posibles operaciones mentales posteriores». Por eso no hay oposición de principio entre problema y sistema. El sistema es la estática del pensar; el problema, la dinámica del pensar.

Es conveniente distinguir entre la actitud y la intención en el desarrollo de la filosofía. Así, mientras la actitud adoptada puede ser problemática, la intención puede [3064] ser sistemática, y viceversa. Según N. Hartmann, es frecuente que en autores con intención sistemática aparezcan actitudes problemáticas. Además, es corriente que dentro de estructuras sistemáticas aparezcan numerosas indagaciones «problemáticas», esto es, interesadas por el examen y análisis de los problemas filosóficos con independencia de su articulación en un sistema. Hasta puede subrayarse este último aspecto en la obra de los pensadores del pasado y obtenerse de este modo una imagen de la historia de la filosofía muy distinta de la usual. Por ejemplo, Geulinex puede ser estudiado no tanto como un partidario del ocasionalismo (el cual sería sólo la «cáscara» sistemática de su pensamiento, la solución «forzada» de sus verdaderos problemas), sino como un autor que ha aportado en su axioma inconcussae veritatis –destinado a mostrar la imposibilidad de salvar el hiato abierto por Descartes entre extensión y pensamiento– una aclaración de interés permanente sobre un determinado problema. También Francesco Orestano ha propugnado una visión similar de la historia de la filosofía.

Algunos autores indican que la propensión sistemática no es en sí misma nociva: lo peligroso es, a su entender, adherirse a un sistema cerrado (como el de Hegel) en vez de propugnar un «sistema abierto» que, sin perder ninguna de las ventajas de la ordenación sistemática, sea capaz de acoger nuevos problemas y de modificarse continuamente. A ello se llama a veces «sistema abierto» en oposición al «sistema cerrado».

Durante mucho tiempo la noción de sistema en filosofía –en tanto que «sistema filosófico»– fue mirada con suspicacia. En los últimos tiempos, y contra todo «antisistematismo», se han propuesto de nuevo «sistemas filosóficos». Así ocurre con autores como Hermann Schmitz, el cual ha comenzado a desarrollar un «sistema completo de filosofía» en varios volúmenes (I: Die Gegenwart, 1964; II, 1: Der Leib, 1965; II, 2: Der Leib im Spiegel der Kunst, 1965; III, 1: Der leibliche Raum, 1969; III, 2: Der Gefühlsraum, 1967 –al vol. III han de seguir 3 partes: 3: Der Rechtsraum; 4: Das Göttliche; 5: Die Wahrnehmung–; el volumen IV ha de versar sobre Die Person, y el V sobre Die Aufhebung der Gegenwart). Pero este tipo de sistema no parece prosperar. Distinto es el caso de una reacción contra la filosofía «de minucias», que ha sido típica de buena parte del giro analítico, en favor –inclusive dentro del mismo giro– de una concepción más sintética y amplia de la filosofía. Si se quiere, puede hablarse entonces de una tendencia al sistema, pero el tono de éste respecto a los sistemas «clásicos» –especialmente de los sistemas del idealismo alemán– es muy otro. También difiere de la idea clásica –a despecho de la insistencia en la síntesis y en la interdisciplinariedad– el desarrollo de la noción de sistema en la teoría general de sistemas de que hablamos al final del presente artículo.

Condillac (Traité des systèmes, 1749 [Introducción]) definió el sistema como «la disposición de las diferentes partes de un arte o una ciencia en un orden en que todas las partes se sostienen mutuamente y en que las últimas se explican por las primeras». Las partes que dan razón de otras son los principios, los cuales deben reducirse a un mínimo. Condillac indica que hay en las obras de los filósofos tres clases de principios y que cada una de estas clases da origen a una clase de sistema.

1. Principios en tanto que máximas generales o abstractas, supuestamente evidentes (tales como «Es imposible que la misma cosa sea y no sea», «La nada no es causa de nada», &c.);

2. Principios en tanto que suposiciones o hipótesis, ulteriormente comprobables por medio de la experiencia;

3. Principios extraídos de la consulta a la experiencia y del examen de hechos bien comprobados.

Según Condillac, solamente los sistemas basados en [3] son fecundos para las ciencias y para las artes. Los partidarios de la construcción de sistemas basados en [2] olvidan que las suposiciones o hipótesis pueden aumentarse y cambiarse a placer, y los que se adhieren a una idea de los principios en el sentido de [1] no tienen en cuenta que las nociones abstractas pueden ser una base para poner en orden los pensamientos, pero que no sirven para llevar a cabo descubrimientos.

A partir de dicha noción de sistema y de la clasificación correspondiente de los sistemas, Condillac procede a criticar los sistemas abstractos e hipotéticos del pasado, especialmente los construidos por los filósofos racionalistas del siglo XVII (Malebranche, Spinoza y Leibniz sobre todo), alegando que o son vacíos o son vagos. Tales sistemas son, pues, vanos, porque no consiguen –si no es de un modo artificial– ligar unas partes con otras. Sólo la posesión de un número suficiente de observaciones nos permite, según [3065] Condillac, comprender el encadenamiento de los fenómenos (op. cit., Parte II, Capítulo XIV). Así, aunque todos los sistemas se construyan del mismo modo (op. cit., Parte II, Cap. XVIII) y todos ellos se compongan de una serie de principios y de una serie de consecuencias, los buenos sistemas se distinguen de los malos por construir bien el lenguaje de que están hechos, es decir, por ser fieles a la conocida definición de Condillac: «Una ciencia bien tratada es un lenguaje que está bien hecho.» Para entender la noción de «buen sistema» es, pues, necesario comprender la noción de «lenguaje bien hecho». Referencias a estas nociones se hallarán en los artículos sobre Condillac y lenguaje (Véanse).

Se admite hoy que un sistema formal es una serie de proposiciones dispuestas en tal forma, que de algunas de estas proposiciones, llamadas «axiomas» (o «postulados»), se derivan otras proposiciones con ayuda de ciertas reglas de inferencia. La especificación de estas reglas es indispensable si se quiere que el sistema sea verdaderamente formal, pues la antigua concepción de que un sistema consiste en una serie de postulados y sus consecuencias lógicas está basada en una idea meramente «intuitiva» de la derivación, idea poco recomendable, ya que la «intuición» no nos permite eliminar las paradojas. La investigación de la noción de sistema formal es indispensable para la comprensión de la estructura formal de cualquier cálculo lógico y matemático y, en general, de toda ciencia formalizada.

Lo que no es un sistema formal es asunto en que están de acuerdo hoy la mayor parte de los lógicos. Lo que es un sistema formal resulta, en cambio, objeto de variadas controversias. Algunos autores (así, S. C. Kleene en su Introduction to Metamathematics, 1952, Cap. IV) hablan simplemente de un sistema formal en el sentido de un cálculo. Lo que hemos dicho a propósito de la erección de un cálculo (véase) puede, pues, ser aplicado al sistema formal. Éste constituye entonces un lenguaje-objeto. Otros autores (así, Carnap en su Introduction to Semantics, 1948, § 4, § 37) consideran el sistema formal como el lenguaje-objeto más el metalenguaje en que se habla de él. Según Carnap, la teoría de los sistemas es el estudio de sistemas semánticos y sintácticos. Este estudio abarca la pura semántica y la pura sintaxis y, además, el estudio de las relaciones entre sistemas sintácticos y semánticos (que no pertenece a ninguna de las dos citadas disciplinas). Otros términos empleados para el estudio en cuestión son: sistemática; sistémica (K. R. Symon); gramática [lógica] (Wittgenstein). Otros autores (así, H. B. Curry en su A Theory of Formal Deducibility, 1950 [Notre Dame Mathematical Series, 6]; otras indicaciones al respecto en el libro del mismo autor titulado Outlines of a Formalist System of Metamathematics, publicado en 1951, pero escrito en 1939 y con sólo algunos agregados de 1942 y 1947) tratan de presentar un cuadro más complejo. Según Curry, un sistema formal es definido mediante una serie de convenciones llamadas su marco primitivo, el cual especifica:

I. Una serie de objetos de que trata el sistema: los términos;

II. Un conjunto de proposiciones llamadas proposiciones elementales relativas a estos términos;

III. Las proposiciones elementales que son consideradas como teoremas.

Dentro de [I] figuran términos primitivos (véase Signos Primitivos) y reglas de formación de los términos; dentro de [II], reglas para formar estos términos primitivos mediante predicados específicos; dentro de [III], axiomas o conjuntos de proposiciones declaradas verdaderas y reglas de derivación que especifican el modo como los teoremas elementales se derivan de los axiomas.

[I] y [II] constituyen la morfología del sistema; [III], la teoría. Otras clasificaciones de los elementos especificados por el marco primitivo son posibles. Así, la que incluye dentro de dicho marco las ideas primitivas y los postulados.

El estudio de un sistema formal por medios distintos de los del sistema puede ser llamado «metateoría». No puede ser llamado simplemente «metalógica», porque sólo una parte de ésta (en la sintaxis) se ocupa de los sistemas formales. No puede ser llamado tampoco «metamatemática», porque ésta se refiere sólo al estudio de los sistemas formales matemáticos.

Siguiendo a Carnap y Church, N. L. Wilson y R. M. Martín distinguen entre un sistema logístico formalizado (cálculo) y un sistema de lenguaje formalizado (o lenguaje interpretado). El primero está determinado por reglas que se refieren sólo a símbolos y a expresiones; el segundo es un sistema logístico que posee una interpretación determinada de denotata dados a sus expresiones. El sistema logístico se determina sólo por reglas sintácticas, por cuyo motivo se llama a veces «sistema sintáctico» (calificándose de «metalenguaje sintáctico» el lenguaje en el cual es formulado). El sistema de lenguaje es llamado a veces «sistema semántico» por [3066] estar determinado tanto por reglas sintácticas como por reglas semánticas (calificándose de «metalenguaje semántico» el metalenguaje en el cual es formulado). Todos los sistemas formalizados, ya sean sintácticos o semánticos, ya sean lenguajes-objeto o meta-lenguajes, se componen de una serie de elementos: (1) la especificación de un vocabulario primitivo; (2) la definición explícita de lo que es una fórmula (y posiblemente un término) del sistema; (3) una lista finita de fórmulas que sirven de axiomas o sentencias primitivas; (4) las reglas de inferencia; (5) una lista de fórmulas llamadas teoremas; (6) una lista de enunciados que permiten introducir abreviaturas, y (7) una lista de enunciados que indican explícitamente las propiedades de la denotación. Aunque la anterior lista de elementos no constituye una definición exacta de sistema formalizado, permite entender las características principales del mismo (Cfr. Wilson y Martin, «What is a Rule of Language?, Proceedings of the American Philosophical Association [1952], 105-125).

En la actualidad, la idea de sistema ha entrado en el vocabulario de muchas disciplinas por medio de la llamada «teoría general de sistemas». Se encuentran elementos de esta teoría en el estructuralismo lingüístico del tipo iniciado por Ferdinand de Saussure, en la teoría psicológica de la forma (Gestalt-psychologie) o de la estructura (véase), en las investigaciones biológicas de Paul A. Weiss y otros. La teoría se desarrolló sobre todo a partir de la llamada «biología organísmica» cultivada por Ludwig von Bertalanffy (véase), discípulo de Paul A. Weiss, como estudio de sistemas biológicos. Tanto la teoría general de sistemas como las concepciones organísmicas se han opuesto a todo «atomismo» y a todo «reduccionismo» y han prestado atención a la noción de «todo» (véase) y a las ideas de totalidad, estructura de funciones y finalidad, especialmente bajo la forma de la auto-regulación.

Ludwig von Bertalanffy fundó la «Sociedad para la Investigación de Sistemas Generales», que publica desde el año 1956 un anuario (General Systems: Yearbook of the Society for General Systems, ed. L. von Bertalanffy y Anatol Rapoport). La metodología de la teoría general de sistemas ha sido adoptada por varios autores, como I. V. Blauberg, E. G. Judin y Ervin Laszlo (véase). Este último ha elaborado y propugnado la llamada «filosofía fundada en la teoría general de sistemas» (General Systems Philosophy), bajo la inspiración de Ludwig von Bertalanffy.

Se consideró pronto que la cibernética de Norbert Wiener y, en general, la «teoría de la información» proporcionaban un instrumento valioso para el desarrollo de la teoría general de sistemas. Los sistemas son de muchas clases. Por lo pronto, puede distinguirse, como ha hecho Bertalanffy entre «sistemas naturales» –'sistema' en sentido «real» u ontológico– y «sistemas cognoscitivos» –"sistema" en sentido metodológico y conceptual–. Luego cabe distinguir entre múltiples tipos de sistemas, ya que, de hecho, se piensa que todo en la realidad –natural o social– se presenta en forma de sistema: sistemas físicos, sistemas orgánicos, ecosistemas, sistemas sociales, &c. El concepto de sistema constituye de este modo un nuevo «paradigma», destinado a sustituir a otros conceptos, y especialmente al concepto de estructuras organizadas en forma tal que la suma o el compuesto sea analizable en cierto número de elementos simples, ellos mismos no analizables. Por eso la teoría general de sistemas o, como se la ha llamado también, el «sistemismo» o «perspectiva sistémica» (véase sistémico) se presenta, en la mente de muchos autores, y en particular de Bertalanffy y Laszlo, como una tendencia al «globalismo» y como una oposición a toda filosofía de tipo «analítico», a todo «mecanicismo» y a todo «reduccionismo».

En la medida en que la teoría de sistemas generales sigue inspiraciones organísmicas de carácter ontológico, las citadas tendencias son fuertes en ella. Sin embargo, hay razones para pensar que en muchos casos se trata de interpretaciones particulares de la teoría de referencia. Aunque es evidente que en ésta operan con frecuencia los motivos indicados, no es legítimo reducirla a los mismos. Según hemos visto en el artículo sistémico, la teoría general de sistemas se ocupa de muy diversos tipos de sistemas y lo hace siguiendo modelos que consisten en conexiones de índole funcional, no sólo dentro de cada modelo, sino también entre modelos diversos, o tipos de modelos aplicables a varias formas de sistemas y a varias disciplinas. No es imposible, en vista de ello, abstenerse de adherirse a un punto de vista «globalista», 1° mismo que a un punto de vista «atomista» o «discontinuista», para seguir operando dentro del marco conceptual de la teoría de sistemas. No es imposible tampoco adoptar un punto de vista analítico –y en rigor, ello parece ser el caso del llamado «análisis de sistemas»–. Lo importante en la [3067] concepción de «sistemas» propugnada por la teoría general de sistemas es el reconocer que en vez de reducir un número de elementos dado, en principio indefinido, a un número finito de elementos simples, cada elemento del sistema puede estar relacionado diversamente con cada uno de los demás elementos, inclusive en forma recurrente (y recursiva). Así, se destaca la noción de interdependencia (funcional) de elementos. Dentro de una teoría general de sistemas se puede establecer una jerarquía de sistemas, o se pueden considerar todos los sistemas posibles como en principio relacionables entre sí funcionalmente, o inclusive puede tratarse de descubrir un modelo de sistema aplicable a todos los sistemas. En todo caso, las características de una teoría general de sistemas deben ser características de cualquier teoría particular de sistemas particulares.

Se ha discutido el status epistemológico de las teorías de sistemas generales. Algunos las consideran como teorías matemáticas. Otros estiman que se trata de teorías científicas muy generales que pueden (o hasta deben) tener forma matemática, pero que no son contrastables. Otros juzgan que no son teorías científicas, sino esquemas ontológicos no contrastables. Mario Bunge («The GST Challenge to the Classical Philosophies of Science», International Journal of General Systems. 4 [1977]. 29-37 ha propuesto la tesis de que las teorías de sistemas generales son a la vez científicas y ontológicas, formando un eslabón en el continuo que va de las ciencias a la ontología. Dichas teorías son científicas en una definición suficientemente amplia de 'teoría científica', es decir, una en la que se admita la compatibilidad con el grueso del conocimiento científico y su contrastabilidad indirecta o por medio de hipótesis subsidiarias de varias clases. Desde este punto de vista las teorías de sistemas generales ocupan un lugar entre teorías científicas hiperespecíficas y teorías científicas superhipergenerales. Las teorías científicas hipergenerales y las superhipergenerales son a la vez científicas y filosóficas.

La aplicabilidad de las nociones derivadas de la teoría general de sistemas, y en particular de las técnicas matemáticas usadas en dicha teoría, a todas las disciplinas es aceptada, o supuesta, por los autores antes mencionados (Von Bertalanffy, Laszlo, Rapoport). El éxito alcanzado por modelos sistémicos no sólo en muchos desarrollos tecnológicos, sino también en explicaciones de comportamientos biológicos y económicos, ha confirmado las expectativas aludidas. Por otro lado, David Berlinski (On Systems Analysis: An Essay Concerning the Limitations of Some Mathematical Methods in the Social, Political, and Biological Sciences, 1976) ha argüido que la teoría de sistemas carece de contenido y que los modelos matemáticos usados en ella no son aplicables a ciertas disciplinas. Cabe observar al respecto dos cosas: (1) Si la «ausencia de contenido» de la teoría general de sistemas indica únicamente que son posibles en ella varias interpretaciones –por ejemplo, «atomista» o «globalista» (véase sistémico)–, entonces, tal «ausencia de contenido» es simplemente la condición de toda estructura formal; (2) Si los modelos matemáticos sistémicos elaborados hasta la fecha para ciertas porciones de la biología o de las ciencias sociales son insuficientes, cabe todavía refinar dichos modelos o proponer otros. Las limitaciones apuntadas por Berlinski pueden ser limitaciones de modelos específicos, no de todo modelo sistémico.

Además de las obras citadas en el texto, véase: O. Ritschl, System und systematische Methode, 1906. –Hermann von Keyserling, «Zur Psychologie der Systeme». Logos, 1 (1910-1911), 405-11. –Nicolai Hartmann, «Systematische Methode», Logos, 3 (1912), 121-65, reimp. en Kleinere Schriften, III, 1958, págs. 22-60. –Íd., Íd., «Systembildung und Idealismus» (en Philosophische Abhandiungen H. Cohens zum 70sten. Geburstag, 1912), reimp. en Kleinere Schriften, III, 1958, páginas 60-78. – Íd., id., Der philosophische Gedanke und seine Geschichte, 1936 (traducción esp.: El pensamiento filosófico y su historia, 1944). – Emil Kraus, Der Systemgedanke bei Kant und Fichte, 1916 [Kant-studien. Ergänzungshefte, 37]. –J. Stikers, Die Wiedergeburt der systematischen Philosophie aus der Vereindeutlichung der Terminologie und des Abstraktionsproblems. Prolegomenon zu jedem Realismus und Rationalismus, 1927. –Paul Weiss. «The Nature of Systems», The Monist, 39 (1929), 281-319, 440-72. –F. Kröner, Die Anarchie der philosophischen Systeme, 1929. –Hugo Dingler, Das System. Das philosophische-rationale Grundproblem und die exakte Methode der Philosophie, 1930. – Étienne Souriau, L'Instauration philosophique, 1939. – J. Pucelle. «Note sur l'idée de système», Les Études Philosophiques. N. S., 3 (1948), 254-67. –Nelson Goodman, «Some Reflections on the Teory of Systems», Philosophy and Phenomenological Research, 9 (1948-1949), 620-25. –N. Petruzzellis, op. cit. supra. – Skolem, [3068] Hassenjaeger, Kresel, Robinson, Hao Wang, Henkin, Loss, Mathematical Interpretation of Formal Systems: A Symposium, 1955. – Martial Guéroult, «Logique, architectonique et structures constitutives des systèmes philosophiques», en Encyclopédie francaise, XIX. Philosophie-Religion, 1957, págs. 19.24-15 a 19.26-4. –H. Blumenbergerg, H. Jonas et al., «System», cuaderno 2, Año 10 (1957) de Studium generale. –Everett W. Hall, Philosophical Systems: A Categorial Analysis, 1960. – Francesco Barone, Interpretazione e interpretabilità dei sistemi formali, 1962. – Nathan Rotenstreich, Experience and Its Systematization: Studies in Kant, 1965.

Para teoría general de sistemas, véase bibliografía de Bertalanffy, Ludwig von; Laszlo, Ervin. También: John Sutherland, A General Systems Philosophy for the Social and Behavioral Science, 1973. – Manuel García-Pelayo, «La teoría general de sistemas», Revista de Occidente, Tercera época, 2 (1976), 52-59.

Hay una «International Library of Systems Theory and Philosophy» dirigida por Ervin Laszlo, con obras por E. Laszlo, L. von Bertalanffy, Howard H. Pattee et al. Hay asimismo un International Journal of General Systems, ed. George J. Klir.

Sistemas (Teoría general de). Véase Bertalanffy, Ludwig von; Laszlo, Ervin; Sistema; Sistémico.

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