José Ferrater Mora · Diccionario de filosofía
Editorial Atlante · México 1941
[primera edición]
páginas 564-567

Valor

El uso del valor es muy anterior a la reflexión sobre el valor mismo y puede advertirse no sólo en todas las doctrinas filosóficas sin excepción, sino en el mismo lenguaje vulgar, que se compone casi tanto de juicios de valor como de existencia. Estos juicios vienen siendo, sin embargo, confundidos en la mayoría de ocasiones sobre todo en virtud de la clásica identificación del valor supremo con la suprema realidad. Si la filosofía antigua y medieval es, en opinión de muchos pensadores, una filosofía que se ocupa predominantemente del ser, ello no equivale a decir que el valor no ocupe lugar dentro de ella, sino más bien que se halla subordinado al ser, que es comprendido siempre inequívocamente en función de la realidad. En Platón, por ejemplo, la diferencia entre el mundo inteligible o verdadero y el mundo sensible, el mundo de la opinión o del devenir, es a la vez la diferencia entre la esfera superior y la inferior, pues el ser, la verdad y el valer son en la concepción platónica una y la misma cosa. Lo que posee el ser y no sólo el ser aparente, sino el verdadero, es simultáneamente lo que posee la mayor dignidad metafísica, lo que por esta causa es digno de ser estimado. El ser es por antonomasia lo deseable, aquello a que lo inferior aspira, pues lo inferior posee sólo una realidad intermedia, subordinada y aparente. Esta concepción, que alcanza su expresión más honda y afortunada en la filosofía platónica, es mantenida a lo largo de toda la Antigüedad y de la Edad Media, llegándose, por una parte, a la idea de la identidad esencial entre lo bello, lo bueno y la verdadero, y, por otra, a la atribución de falta de valor al no ser y a la falsedad. La ausencia de una reflexión autónoma sobre el valor no es, pues, debida más que a esta subsunción de lo valioso en lo verdadero o existente o, si se quiere, del valer en el ser. En todo caso, la identificación no permite distinguir entre los caracteres ontológicos propios de cada una de estas entidades, y por eso la filosofía actual, al proponerse como uno de los temas principales y aun como el tema capital de la meditación el descubrimiento de la esencia y sentido de los valores, ha desembocado forzosamente en una ontología de los valores como prolegómeno a lo que antiguamente se consideraba anterior y previo: la metafísica del valor.

La reflexión autónoma sobre los valores es así un producto de fines de la Edad Moderna. Esta substituyó la meditación antigua y medieval sobre el ser por la investigación del conocimiento y aunque las actuales investigaciones se apoyen en atisbos surgidos preferentemente en el curso de los últimos dos siglos, el carácter gnoseológico de la modernidad, a diferencia del ontológico de la filosofía antigua y medieval y del axiológico del pensamiento contemporáneo, hace, que el valor no haya sido considerado hasta hace relativamente muy poco tiempo como uno de los temas fundamentales de la reflexión filosófica. En cambio, desde el momento en que se ha producido la desintegración del idealismo moderno y en que éste ha aparecido no ya sólo como una actitud filosófica, sino más bien como el producto de una determinada forma de vida, la reflexión sobre el valor ha comenzado a cobrar su independencia. Ello puede advertirse con toda claridad en el pensamiento de Nietzsche, quien interpreta las actitudes filosóficas no como posiciones del pensamiento ante la realidad, sino como actitudes frente a los valores. La «inversión de todos los valores» propugnada en los últimos años de su vida es al mismo tiempo la inversión de todas las posiciones filosóficas. El valor se descubre así como el fundamento esencial de las concepciones del mundo, las cuales consisten, en última instancia, en el predominio de un valor más bien que en el primado de una realidad. La actual filosofía de los valores se vincula de este modo a los esfuerzos de Nietzsche, con independencia de la aceptación o negación de la parte concreta de su estimativa, pero a ellos hay que agregar sin duda investigaciones paralelas cuya coincidencia final demuestra el predominio que ha alcanzado en la época actual la investigación del valor sobre las investigaciones acerca del conocer y del ser. Dichas investigaciones proceden principalmente de tres corrientes: por una parte la escuela de Brentano (Ehrenfels, Meinong, Münsterberg); por otra, la escuela de Dilthey; finalmente, la línea Lotze-escuela de Baden-Scheler-Hartmann. La primera encontró el valor por la vía de la reflexión sobre los actos de preferencia o repugnancia; la segunda, por el camino de la meditación sobre el fundamento de las concepciones del mundo y sobre la filosofía de la filosofía; la última, por la senda de la superación del relativismo historicista, que amenazaba con la disolución de toda verdad.

Tal como ha sido elaborada por estas diferentes corrientes y prescindiendo de las disputas entre los relativistas y los absolutistas, entre los que reducen el valor a la valorización y los que lo erigen en una esfera ontológica y aun metafísica independiente, la actual ontología de los valores ha llegado a determinar en éstos las características siguientes:

1. El valor. En la clasificación dada por la teoría de los objetos, hay un grupo de éstos que no puede caracterizarse por el ser, como los objetos reales y los ideales. De estos objetos se dice, según la expresión de Lotze, que valen y, por tanto, que no tienen ser, sino valer. La bondad, la belleza, la santidad no son cosas reales, pero tampoco entes ideales. Los objetos reales vienen determinados según sus clases por las notas de espacialidad, temporalidad, causalidad, &c. Los objetos ideales son intemporales. Los valores son también intemporales y por eso han sido confundidos a veces con las idealidades, pero su forma de realidad no es el ser ideal ni el ser real, sino el ser valioso. La realidad del valor es, pues, el valer.

2. Objetividad. Los valores son objetivos, es decir, no dependen de las preferencias individuales, sino que mantienen su forma de realidad más allá de toda apreciación y valorización. La teoría relativista de los valores sostiene que los actos de agrado y desagrado son el fundamento de los valores. La teoría absolutista sostiene, en cambio, que el valor es el fundamento de todos los actos. La primera afirma que tiene valor lo deseable. La segunda sostiene que es deseable lo valioso. Los relativistas desconocen la forma peculiar e irreductible de realidad de los valores. Los absolutistas llegan en algunos casos a la eliminación de los problemas que plantea la relación efectiva entre los valores y la realidad humana e histórica. Los valores son sin duda objetivos y absolutos, pero no son tampoco hipóstasis metafísicas de las ideas de lo valioso. La objetividad del valor es sólo la indicación de su autonomía con respecto a toda estimación subjetiva y arbitraria. La región ontológica «valor» no es un sistema de preferencias subjetivas a las cuales se da el título de «cosas preferibles», pero no es tampoco una región metafísica de seres absolutamente trascendentes.

3. No independencia. Los valores no son independientes, pero esta dependencia no debe entenderse como una subordinación del valor a instancias ajenas, sino como una no independencia ontológica, como la necesaria adherencia del valor a otra cosa. Los valores son no independientes, porque constituyen una región de objetos que se hallan necesariamente vinculados a la realidad. Por eso los valores hacen siempre referencia al ser y son expresados como predicaciones del ser.

4. Polaridad. Los valores se presentan siempre polarmente, porque no son entidades indiferentes como las otras realidades. Al valor de la belleza se contrapone siempre el de la fealdad; al de la bondad, el de la maldad; al de lo santo, el de lo profano; al del ser verdadero, el ser falso. La polaridad de los valores es el desdoblamiento de cada cosa valente en un aspecto positivo y un aspecto negativo. El aspecto negativo es llamado frecuentemente disvalor.

5. Cualidad. Los valores son totalmente independientes de la cantidad y por eso no pueden establecerse relaciones cuantitativas entre las cosas valiosas. Lo característico de los valores es la cualidad pura.

6. Jerarquía. Los valores son no indiferentes no sólo en lo que se refiere a su polaridad, sino también en las relaciones mutuas de las especies de valor. El conjunto de los valores se ofrece en una tabla general ordenada jerárquicamente.

Esta caracterización de los valores, que puede considerarse sólo como provisional, corresponde a la axiología formal, que se limita a declarar las notas determinantes de la realidad estimativa. La axiología material, en cambio, estudia los problemas concretos del valor y de los valores y en particular las cuestiones que afectan a la relación entre los valores y la vida humana, así como a la efectiva jerarquía de los valores. Cada uno de estos problemas recibe soluciones distintas según la concepción subjetivista u objetivista del valor, según que los valores sean concebidos como productos de la valorización o como realidades absolutas. En el primer caso, los valores se hallan en la vida humana y son determinados, en su ser y en su jerarquía, por ella. En el segundo, los valores son simplemente descubiertos por la vida, y su estructura y jerarquía son objeto de un conocimiento relativo que aumenta a medida que se suceden las perspectivas sobre los valores en el curso del acontecer histórico. La concepción objetivista y perspectivista de los valores admite la posibilidad de una ceguera para el valor o para determinados valores en ciertas formas de vida o en ciertas épocas. La vida y su historia reconocen entonces únicamente una parte muy limitada de la realidad estimativa, y el conjunto de todas las perspectivas efectivas y posibles es lo único que puede proporcionar la visión completa y absoluta de la jerarquía de los valores y de la forma de realidad de cada valor.

La clasificación más habitual de los valores comprende los valores lógicos, los éticos y los estéticos. Münsterberg ha erigido una tabla de valores a base de las mencionadas esferas, pero ha determinado en cada valor dos orígenes diferentes: el espontáneo y el consciente. El conjunto de los valores está fundado, según dicho autor, en un mundo metafísico absoluto. Rickert agrega a este sistema de valores los de la mística, de la erótica y de la religión. Para Scheler, los valores se organizan en una jerarquía cuyo grado inferior comprende los valores de lo agradable y desagradable, y cuyos grados superiores son de menor a mayor los valores vitales, los espirituales (valores de lo bello y lo feo; de lo justo y lo injusto; del conocimiento) y los religiosos (valores de lo sagrado y lo profano). Cada una de las regiones de valores comprende especies subordinadas. Los valores morales no son entonces más que la realización de un valor positivo cualquiera sin sacrificio de un valor inferior. La preferencia por los valores determina de este modo la moralidad de los actos, sin que esta moralidad deba reducirse al cumplimiento de una norma o de un imperativo categórico que el valor no puede proporcionar por sí mismo.

La investigación de las relaciones entre el valor y la concepción del mundo representa uno de los problemas más espinosos de la axiología material, pues su solución depende a su vez en parte considerable de la concepción del mundo vigente o sustentada por el investigador. Sin embargo, no puede descartarse enteramente la posibilidad de conseguir un saber que, aunque de modo limitado, sobrepase las condiciones impuestas por la concepción del mundo. La investigación del valor queda determinada en este caso por las mismas notas aparentemente contradictorias que caracterizan a la filosofía. Por un lado, todo saber acerca del valor depende de la perspectiva desde la cual el valor es visto en un momento determinado de la historia. Por otro, este saber aspira por su misma naturaleza interna a conseguir una visión absoluta, a transformar su dependencia en autonomía. La coexistencia de estos dos caracteres es sin duda inseparable de toda concepción acerca de este problema fundamental.

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