José Ferrater Mora · Diccionario de filosofía
Editorial Atlante · México 1941
 
[primera edición]
páginas 403-404

Miguel de Unamuno (1864-1936)

Nacido en Bilbao, fué profesor y rector de la Universidad de Salamanca. Su vida y su pensamiento, íntimamente enlazados con las circunstancias españolas y con la gran lucha sostenida desde fines del siglo pasado entre los europeizantes y los hispanizantes, lucha resuelta por Unamuno con su tesis de la hispanización de Europa, pueden comprenderse en función de las intuiciones centrales de su filosofía, consistente en una meditación sobre tres temas fundamentales: la doctrina del hombre de carne y hueso, la doctrina de la inmortalidad y la doctrina del Verbo. La primera, que es acaso su problema capital y el fundamento de todo su pensamiento, es expuesta por Unamuno al hilo de una polémica contra el hombre abstracto, contra el hombre tal como ha sido concebido por los filósofos en la medida en que hacían filosofía en vez de vivirla. El hombre, que es objeto y sujeto de la filosofía, no puede ser, según Unamuno, ningún «ser pensante»; por el contrario, siguiendo una tradición que se remonta a San Pablo y que cuenta entre sus mantenedores a Tertuliano, San Agustín, Pascal, Rousseau y Kierkegaard, Unamuno concibe el hombre como un ser de carne y hueso, como una realidad verdaderamente existente, como «un principio de unidad y un principio de continuidad». La proximidad de Unamuno con el existencialismo, subrayada ya en diversas ocasiones, no impide que su intuición y sentimiento del hombre sean, en el fondo, de una radicalidad mucho mayor que la expresada en cualquier filosofía existencial. En su lucha contra la filosofía profesional y contra el imperio de la lógica, en su decidida tendencia a lo concreto humano representado por el individuo y no por una vaga e inexistente «humanidad», Unamuno hace de la doctrina del hombre de carne y hueso el fundamento de una oposición al cientifismo racionalista, insuficiente para llenar la vida humana concreta y, por tanto, impotente para confirmar o refutar lo que constituye el verdadero ser de este individuo real y actual proclamado en su filosofía: el hambre de supervivencia y el afán de inmortalidad. Toda demostración conducente a demostrar o a refutar estos sentimientos radicales es para Unamuno la expresión de una actitud asumida por los que «sólo tienen razón», por los que ven en el hombre un ente de razón y no un haz de contradicciones. El cientificismo y el racionalismo son el camino que conduce al suicidio, la actitud adoptada por quienes, en su afán de teología, «esto es, de abogacía», o en su invencible odio antiteológico, no advierten en la contradicción, y por consiguiente, en la sinrazón, el verdadero modo de pensar y de sentir del hombre existencial. El fundamento de la creencia en la inmortalidad no se encuentra en ninguna construcción silogística ni en ninguna inducción científica: se encuentra simplemente en la esperanza. Pero la inmortalidad no consiste a su vez para Unamuno en una pálida y desteñida supervivencia de las almas. Vinculándose a la concepción católica, que anuncia la resurrección de los cuerpos, Unamuno espera y proclama «la inmortalidad de cuerpo y alma» y precisamente del propio cuerpo, del que se conoce y sufre en la vida cotidiana. No se trata, por tanto, de una justificación ética del paso del hombre sobre la tierra, sino simplemente de la esperanza de que la muerte no sea la definitiva aniquilación del cuerpo y del alma de cada cual. Esta esperanza, velada en la mayor parte de concepciones filosóficas por nebulosas míticas y por sutiles sistemas, es rastreada por Unamuno en los numerosos ejemplos de la sed de inmortalidad, desde los mitos y las teorías del eterno retorno hasta el afán de gloria y, en última instancia, hasta la voz constante de una duda que se insinúa en el corazón del hombre cuando éste aparta como molesta la idea de una sobrevivencia. Demostración o refutación, confirmación o negación son sólo, por consiguiente, dos formas únicas de racionalismo suicida, a las cuales es ajena la esperanza, pues ésta representa simultáneamente, como Unamuno ha subrayado explícitamente, una duda y una convicción.

A los temas de la doctrina del hombre de carne y hueso y de la esperanza en la inmortalidad, con los cuales va implicada su idea de la agonía o lucha del cristianismo, agrega Unamuno como remate y fin de su pensamiento su doctrina del verbo, considerado como sangre del espíritu y flor de toda sabiduría. Unamuno niega la tesis goethiana que hace de la acción el principio de todo ser para llegar a la afirmación, sustentada en el comienzo del Evangelio de San Juan, según la cual el principio es el Verbo. Pero el Verbo tampoco es para Unamuno un logos pálido y sin contenido; el verbo es más bien para él la cualidad concreta y presente del gesto y del lenguaje humanos. De este verbo, de esta visión de lo que las cosas son en la inmediata presencia de su perfil, deriva para Unamuno el fundamento y el término de toda filosofía. La filosofía, definida por Unamuno como el desarrollo de una lengua, queda, pues, de tal modo relativizada, pero a la vez adquiere un carácter sólido y absoluto. La identificación de la filosofía con la filología no es la identificación del pensamiento lógico con la estructura gramatical; es el hecho de que el Verbo, como expresión directa e inmediata del hombre de carne y hueso, sea el instrumento y el contenido de su propio pensamiento. Por eso Unamuno ve la filosofía española no en los textos de los escolásticos, sino en las obras de los místicos, en las grandes figuras de la literatura, atravesadas de punta a punta por la constante cultural del senequismo. La esencia del pensamiento español, y también naturalmente, la esencia de su vida, por consiguiente, el senequismo, esta tendencia que subraya frente a la originalidad del análisis «la grandiosidad del acento y del tono». El problema de la verdad, problema fundamental de toda filosofía, es resuelto, pues, por Unamuno mediante esta articulación interna que liga al hombre concreto con su expresión verbal, mediante la concepción que ve en lo que el hombre dice al expresarse y en lo que dicen las cosas al ofrecerse al hombre la revelación de su verdad.

Obras principales: Ensayos, 7 vols.; Amor y Pedagogía, 1902; Vida de Don Quijote y Sancho, 1905; Mi religión y otros ensayos, 1910; Soliloquios y conversaciones, 1912; Contra esto y aquello, 1912; Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, 1914; Niebla, 1914; Tres novelas ejemplares y un prólogo, 1920; La agonía del cristianismo, 1930; San Manuel Bueno, mártir, 1933; El hermano Juan o el mundo es teatro, 1934.

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