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José Vasconcelos
Escritor y político mejicano, nacido en Oaxaca en 1882. Hizo los estudios elementales en su ciudad natal y cursó leyes en la Escuela de Jurisprudencia de Méjico, donde tuvo por condiscípulos a Alfonso Reyes, Antonio Caso, Isidro Fabela y otros intelectuales que se distinguieron como alumnos y alcanzaron más tarde triunfos merecidos en el foro y en las letras. Después de obtener el título de abogado emprendió algunos viajes, recorriendo la parte occidental de los Estados Unidos y visitando la capital del Perú y otras ciudades sudamericanas. Siendo estudiante cultivó las letras y se aficionó a la filosofía, escribiendo algunos ensayos críticos que llamaron poderosamente la atención. Ávido de saber, su espíritu especuló desde muy temprano sobre materias trascendentales, como la religión, la moral, la sociología y la política, y a pesar de las dificultades que hallaba en Méjico, por la carencia de libros, de maestros y de instituciones culturales, se formó una sólida ilustración que le hizo apto para los altos cargos que desempeñó más tarde. En 1908 inició su actuación política ingresando en el Club Antirreeleccionista, fundado por Francisco Madero. De 1908 a 1909 sirvió a la revolución que se preparaba como agente confidencial en Washington. Durante la presidencia de Madero, Vasconcelos no quiso aceptar ningún puesto en la Administración pública; únicamente, a la muerte de aquél, prestó varios servicios a los revolucionarios y en tiempo de la Convención tuvo a su cargo, por vez primera, la secretaría o ministerio de Instrucción pública. Después marchó de nuevo a los Estados Unidos, donde vivió algún tiempo apartado de la política. En 1916 le vemos de nuevo, durante unos meses, en Lima, completamente consagrado a las letras. En junio de 1920, Adolfo de la Huerta le nombró rector de la Universidad Nacional, donde realizó una brillante labor pedagógica esforzándose en poner esa institución al nivel de las más perfeccionadas del extranjero. Poco después es llamado por el Gobierno de su país para desempeñar la cartera de Instrucción pública, cargo que absorbe su prodigiosa actividad durante cerca de cuatro años. En su gestión ministerial, Vasconcelos realizó una labor formidable en favor de la cultura del país, tan descuidada hasta entonces; reorganizó sobre bases sólidas y dentro de un espíritu completamente moderno las escuelas y universidades del país; fundó nuevos establecimientos docentes de acuerdo con las necesidades culturales y económicas del pueblo y gran número de bibliotecas populares y, por cuenta del Estado, publicó una serie de colecciones de cultura general destinadas a levantar el nivel intelectual del país. Conociendo su arraigado americanismo, expuesto en libros, folletos, conferencias y discursos, el Gobierno le confió en 1922 una embajada especial a Río de Janeiro para entregar, en nombre de Méjico, la estatua de Cuauhtemoc, como contribución de Méjico a las fiestas del Centenario de la Independencia del Brasil. En este momento Vasconcelos es ya una de las primeras figuras intelectuales, no sólo de Méjico, sino de la América hispana. Entre otras, había publicado las obras siguientes: La Intelectualidad mexicana (Lima 1916); El movimiento intelectual contemporáneo de México (Lima 1916); El monismo estético (Méjico 1919); Divagaciones literarias (Méjico 1919), Artículos (Costa Rica 1920); Prometeo vencedor, tragedia moderna en un prólogo y tres actos (Méjico 1920, y Madrid 1921); Pitágoras, una teoría del ritmo (Méjico 1921), y Estudios Indostánicos (Méjico 1921 y Madrid l922). Después de su eficacísimo paso por la secretaría de Instrucción pública, Vasconcelos permaneció algún tiempo en su país redactando su revista de combate La Antorcha. Pero fatigado por el ambiente mezquino de las luchas políticas a base de personalismos, se expatrió, realizando un largo viaje por Europa: visitó Portugal, España, Francia, Italia, Grecia, Hungría, Austria, Alemania, Inglaterra y residió en París hasta que fue llamado a Puerto Rico para dar una serie de conferencias sobre problemas específicamente americanos. Sus teorías americanistas, formuladas ya en su obra La Raza Cósmica (París 1925), donde resume copiosas notas a distintos viajes realizados por la América del Sur, son más luengamente expuestas en aquellas conferencias, que el autor ha reunido en otro volumen, Indología (París 1927). En el ánimo del autor, Indología es una interpretación de la cultura iberoamericana o, mejor aún, un instante de superación de las dos culturas que dividen el Nuevo Mundo. En La Raza Cósmica, Vasconcelos establece el hecho de la existencia, en América, no de una diversidad de razas que prolongan en el nuevo continente la lucha de antagonismos y de supremacías a que se libraron las razas originarias en el Viejo Mundo, sino de una nueva raza, la raza cósmica, que las funde todas y las supera, tendiendo a la creación, más aún que de un nuevo tipo fisiológico, de una nueva cultura. En Indología resume el pensador mejicano su panamericanismo. La cultura latina y la cultura sajona no representan para él dos polos, dos extremos imposibles de unir, sino todo lo contrario, pues, tanto por su origen como por sus tendencias, podrían ser ambas como columnas firmes de un futuro ilimitado. Las doctrinas que Vasconcelos venía elaborando en todas sus obras, conferencias y artículos, y que en las conferencias de Puerto Rico vienen a constituir ya un todo sistemático, suscitaron en el Perú, donde el nombre de Vasconcelos es tan popular como en Méjico, una violenta polémica de amigos y adversarios. Ver la obra de José María Rodríguez, Poetas y bufones (París 1926).
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