Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana
Hijos de J. Espasa, Barcelona 1924
tomo 22
páginas 271-273

Espíritu     [1] [ 2 ] [3] [4] [5] [6]

Espíritu. Historia de las religiones. Adoración de los espíritus. La adoración de los espíritus es una de las fases más extendidas de la religión de la humanidad, siendo en muy escaso número los pueblos que no la tienen. En muchos de éstos se cree que los espíritus de los antepasados, pueden emitir oráculos para sus descendientes, los cuales les consultan en casos de apuro o de peligro. En algunos sitios obsérvanse aun hoy aberturas en el suelo, por las cuales creían los primitivos que los espíritus salían de su morada subterránea y daban respuestas a los vivos. El oráculo más antiguo conocido de este género es el de Thesprotia, en el que Periandro conjuró e interrogó al espíritu de su mujer Melissa. Otro había en Phigalia (Arcadia) y en Italia otro, en el lago Averno. Ordinariamente se ofrecía un sacrificio y luego el que había de consultar dormía en aquel lugar sagrado: el espíritu del difunto aparecíase al que dormía y le daba la respuesta. Entre los akikuyas del E. de África, el curandero sostiene conversación con los recién fallecidos, cuya vida no ha podido salvar; dirígese, para ello, al sitio en donde ha sido echado el cadáver, pónele una medicina en la mano y le conjura a que se levante. Entonces el hechicero, dice: «¡Insulta a tu padre, tu madre y tus hermanos!» Así lo hace, y después de poner otra cantidad de medicina, cesa la conversación y las personas insultadas enferman y mueren. En el S. de África el hechicero se pone también en comunicación con el mundo de los espíritus y pronuncia oráculos en forma de enigmas y parábolas de significado dudoso o anfibológico. Los dayaks, al modo de los antiguos griegos, buscan la comunicación con los espíritus de los antepasados, durmiendo encima de las sepulturas. En algunos pueblos la adoración de los espíritus reviste formas idolátricas y se puede muy bien creer que la práctica de erigir estatuas en representación de los antepasados, fue una de las causas de la propagación de los ídolos. Cosa análoga a esta es el primitivo pilar o columna de piedra, en el que se manifestaba el dios cuando lo rociaban con sangre. En las Nuevas Hébridas, al morir una persona de significación, hacen una imagen de la misma, de caña bambú, la embadurnan con arcilla y la ponen en el templo o en casa, acompañándola con las armas y objetos que el difunto poseía. Boyd, al describir estas figuras (Journal of Anthr. Institute, XI, 76) duda de si las tales son objetos de pura afección y cariño o de adoración, pero lo más natural parece que una estatua, puesta como recordatorio y a la que se hacen ofrendas, tenga más bien los caracteres de ídolo. Y esta particularidad se observa en muchas tribus, por ejemplo entre los nayars del S. de la India, en donde se ofrece arroz y otras cosas a esta clase de figuras (Fawcett, Boletín del Museo de Madrás, III, 248). Pero los que más marcadamente toman estas representaciones como objetos idolátricos son los cafires del Hindu-kush, los cuales hacen sacrificios delante de ellas y rocían sus pedestales con sangre cuando algún miembro de la familia está enfermo. Los ostiacos de Siberia construyen figuras análogas, siendo éstas objeto de adoración por todo el tiempo que señala el chamán, pero al cabo de tres años se quema la imagen. Durante estos tres años, a cada comida de la familia se pone parte de ella a los pies de la estatua y si ésta representa al marido difunto, la esposa la besa y abraza haciendo grandes demostraciones de afecto. Los micmacs, como los peruanos y otros, guardan los cadáveres en los templos o en sus casas, en la creencia de que el espíritu les advertirá los peligros que corren, como el ataque del enemigo, &c., como también de que inspirará a los sacerdotes en bien de la tribu.

En la India, la adoración de los espíritus de los antepasados constituye como la base de todos los ritos fúnebres. A este propósito dice Monier-Williams (Brahmanism and Hinduism, pág., 277, Londres, 1887): «Como recientemente ha proclamado el brahmanismo oficial, el objeto de estos ritos es proporcionar al espíritu que se fue, una especie de cuerpo intermediario, como lazo de unión entre el cuerpo terreno que acaba [272] de ser destruido por el fuego y el nuevo cuerpo, también terrenal, que se ve obligado a tomar.» Dicho escritor sigue comentando esta doctrina y dice que el cuerpo intermediario, compuesto de elementos groseros, aunque no tanto como los de tierra, es necesario, puesto que el espíritu individualizado, una vez incinerado el cuerpo terreno, no ha dejado cosa alguna para defenderlo de la reabsorción en el alma universal, excepto su cuerpo sutil, incombustible que, por estar compuesto de elementos impalpables, no solamente escapa a la acción del fuego de la pira fúnebre, sino que es incapaz de percibir sensación alguna en el cielo ni en el infierno, por uno de los cuales ha de pasar todo espíritu humano separado de su cuerpo, antes de volver a la tierra y ser reinvestido del cuerpo terrenal grosero, y a no ser que se provea de este nuevo cuerpo, ha de andar errante por la tierra o en el aire, entre los demonios y otrosespíritus impuros. Además, el nuevo cuerpo, así creado para el espíritu, ha de ser alimentado y el espíritu ha de recibir ayuda para su progreso desde el mundo inferior al superior, por medio de los ritos llamados sraddha que se celebran periódicamente. Este deber de la familia para con los difuntos, entienden los hindús ortodoxos que únicamente queda cumplido cuando se celebra el rito dicho, en algún lugar sagrado. El templo de Gaya, en Bihar, es el más apropiado para esto, aunque los hindús occidentales, tratándose de los obsequios a la madre difunta, prefieren el templo deSidhpur, en Baroda. Tienen, además, los hindús un período destinado a la propiciación de los espíritus de los antepasados, conocido por Kanagat, porque coincide con la constelación Virgo (Kanya). Todo este período (que dura quince días) está destinado al culto y adoración de los espíritus de los antepasados, ayunando en él las personas devotas, mientras que los demás por lo menos se abstienen de comer carne o comen pescado en vez de carne. El budismo, particularmente el de Birmania, está profundamente informado por la adoración de los espíritus. La modalidad meridional de la fe budista ha triunfado, pero las creencias septentrionales en la magia y el culto de los espíritus han dejado huellas indelebles en la religión de aquel país y aún más profundas en el budismo de los Estados Shan. No sólo reconocen aquellos pueblos los 12 espíritus guardianes de la religión de los hindus, sino que consultan constantemente y ofrecen sacrificios y rinden todo género de adoración a los nats, espíritusdel aire. Al buda o sacerdote sólo se acude en los díasconsagrados al culto. Dentro de las cercas de los conventos se ven crecer y prosperar los árboles de los espíritus y entre las sombras de las pagodas se ven los espíritus de los altares, a los cuales se hacen mayor número de ofrendas que a las verdaderas reliquias que se guardan en las vitrinas. La idea predominante es que los espíritus son malignos y hay que aplacarlos para tenerlos propicios, a fin de substraerse a sus nocivas influencias; además, están en todas partes, son invisibles y maliciosos y despliegan una actividad incansable. Cada aldea, tiene, más o menos cerca, unapagoda, y las más de ellas también un monasterio, pero en cada hogar hay una capilla para el culto de los espíritus y a ellos se consulta en todos los accidentes de la vida, al ir a construir una vivienda, al contraer matrimonio, al firmar un contrato y al comenzar la labor diaria. En la época en que hubo en Birmania gobierno indígena, el Estado reconocía formalmente las fiestas de los espíritus y había largos tratados escritos sobre los ritos y ceremonias que habían de celebrarse en este culto. Existe aún una lista de «los 37 nats (espíritus) de Birmania», con fórmulas rítmicas para cantar y reglamentos para las danzas, preceptos para la indumentaria que hay que usar en esta ocasión, además de relatos biográficos relativos a estas divinidades antropomórficas.

En la antigua China se creía firmemente en la supervivencia del alma humana y se le rendía culto como a espíritu que podía conceder bienes y acarrear males. Hay un texto del año 1400 que habla extensamente del Elíseo celeste y de los efectos de las bendiciones y maldiciones de los espíritus de los antepasados. En el culto que los primitivos chinos rendían a los espíritus, una tablilla de madera servía de medium entre el difunto y sus descendientes, y ante ella se ofrecían al difunto manjares y otros objetos. Invitábasele declamando direcciones, cantando versos y tocando música, «no porque creyesen los que le invocaban, que vendía o que de hecho comería lo que le ofrecían, dicen los comentadores, sino por esperar que el espíritu del antepasado, al conocer la pena que se tomaban sus descendientes para honrarle, les enviaría su bendición y con ella les sobrevendría la felicidad». Sin embargo, se hablaba y obraba como si realmente se aguardase la venida del difunto. A veces, en las ocasiones más solemnes, y para dar mayor animación a la escena, uno de los descendientes del difunto se vestía con las ropas de éste, cuidadosamente conservadas, ofreciendo los manjares y los cantos a este representante del espíritu del antepasado. En el Japón, el sintoísmo ofrece al lado del culto de la Naturaleza, el culto de los espíritus. «Históricamente, el sintoísmo se presenta como una agrupación de cultos diversos. A la adoración de los dioses se une la de los emperadores; paralelamente al culto de la Naturaleza se desarrolla el de los antepasados, el cual, a su vez, reviste una forma particular en el culto de los, héroes y de los grandes hombres del Japón. El culto del Mikado, como hijo de los dioses, estuvo, desde la más remota antigüedad, unido al sintoísmo, y ha progresado con el tiempo, al extremo de que ha pasado a ocupar, poco a poco, el primer término, siendo el punto más saliente de dicha religión. El sintoísmo asocia los grandes hombres al Mikado. Se les han construido templos en los que residen sus espíritus a modo de kami (espíritus divinos), del mismo modo que en el santuario nacional de Isé habitaban el espíritu de la gran abuela divina y los espíritus de la familia imperial. Todo el pueblo se unía en esta veneración de los emperadores y los héroes, y el sintoísmo, encarnando en cierto modo las tradiciones nacionales, constituyó el enorme poderío del patriotismo japonés. Los mejores ciudadanos tenían por la más alta recompensa de su adhesión a la patria, en la idea de que después de muertos habían de ser testigos de su propia gloria» (J. Dahlmann, en Christus. Manuel, d’histoire des religions; pág. 216, Paris, 1921). Desde los tiempos más remotos el sintoísmo ha creído que los espíritus de los difuntos eran acreedores a la veneración de los hombres, y por lo mismo les rindió un culto particular. Este triple culto sintoísta (emperador, héroes, antepasados) opone al culto de la Naturaleza la adoración de los es espíritus. «Esta multiplicidad en el sintoísmo provoca naturalmente la pregunta: ¿De qué elemento se forma originariamente el sintoísmo, el «Camino de los dioses»? El predominio alcanzado por el triple culto de los espíritus le ha hecho considerar como el elemento esencial y primitivo del sintoísmo. La exposición parcial que los modernos escritores japoneses hacen del culto Shinto, favorece manifiestamente esta opinión.» (Dahlmann, ob. cit., pág. 217). Es cosa que llama la atención ver cómo los japoneses cultos hablan de la religión nacional, pues lejos de confesar, que es, por lo menos en su mitad, religión naturista, cuyos mitos tienen íntimo parentesco con los de las islas del Océano, tocan someramente este lado del sintoísmo o la pasan por alto, haciendo resaltar los demás rasgos característicos. En particular, al explicar el sintoísmo a los europeos, lo hacen consistir esencialmente en un culto honorífico de los héroes de la historia japonesa, en un ceremonial patriótico [273] destinado a perpetuar la memoria de los grandes hombres que merecieron bien de la patria. En cuanto al culto de la Naturaleza, dan a entender que es una serie de prácticas que han ido sedimentando por la influencia la superstición, la cual atribuyó a este ceremonial ciertas virtudes preservadoras contra las fuerzas maléficas de la Naturaleza. Este empeño tiende a separar el culto de los espíritus de la adoración de los dioses de la Naturaleza, sobre todo al tratarse del culto del emperador. «Este movimiento, empero (termina diciendo el autor citado), por hábilmente imaginado que sea, no es capaz de metamorfosear el sintoísmo. Considerado históricamente, desde la más remota antigüedad el «Camino de los dioses» es una religión naturista, o sea la adoración de los fenómenos naturales y las fuerzas de la Naturaleza, concebidos por los hombres de la prehistoria como animados y provocando, con su poder, la admiración y el terror de la humanidad. La teoría que une al culto de los espíritus el origen del sintoísmo, no responde al carácter fundamental de esta institución. Es todo lo contrario. El culto sinto se basa originariamente en la divinización de las fuerzas de la Naturaleza. La adoración de los espíritus de los emperadores, de los héroes y de los muertos en general, no fue sino la extensión y el complemento de esta divinización.»

No se puede pasar por alto, antes de dar por terminado este artículo, una superstición muy extraña, vigente entre, varias tribus de Australia y Melanesia y que descubrieron Spencer y Gillen, los cuales la explican en su libro The native tribes of Central Australia (cap. IV, pág. 119-127, Londres, 1899), y en The Northern Tribes of Central Australia (págs. 146-148, 156-158 y 170, Londres, 1904). Spencer, por su parte, comenta también esta superstición en Native tribes of the Northern territory of Australia (Londres, 1914). Trátase de los «espíritus niños» (spirit children). Dichos etnólogos observaron esta creencia por primera vez entre los aruntas, habitantes de Alice Springs, distrito de la Australia Central. Los aruntas creen que en tiempos remotísimos, el territorio que ocupó su tribu estaba habitado por seres semihumanos y semianimales, a los que dan el nombre de alcheringas y de los que descienden los miembros de la actual tribu. Vagaban por aquel país, junto con otros que pertenecían al mismo totem, y practicaban varios ritos o ceremonias, particularmente de magia, algunos de los cuales se conservan, asociados con circunstancias locales, como grutas, rocas, fuentes, &c., La tribu tiene gran número de tradiciones relacionadas con el modo cómo los alcheringas fueron asociándose con localidades determinadas, extendiéndose por todo aquel territorio y señalándolo con signos característicos. En algunos sitios se limitaban a practicar alguna ceremonia y luego proseguían su camino; en otros penetraban debajo de tierra, dejando tras de sí sus cuerpos o parte de los mismos y aun a las veces penetraban en lo profundo de los abismos en cuerpo y alma; pero en todos estos sitios dejaban cierto número de espíritus niños (erathipa o ratapa). Y estos espíritus viven en el centro totémico aguardando la reencarnación. Acerca de la naturaleza de estos espíritus varían las opiniones de aquellos indígenas: los más los suponen niños en pleno desarrollo y gozando de vida perfecta; son invisibles para las personas vulgares, pero pueden ser vistos por ciertos magos o hechiceros. Varían asimismo las opiniones acerca del modo cómo el espíritu niño entra en cuerpo de la mujer al quedar ésta encinta cuando pasa cerca del centro totémico, lugar y morada de los erathipa. Uno de estos espíritus puede entonces entrar el seno de la mujer. Afirman también aquellos naturales que, en algunos casos, el antepasado alcheringa entra por sí mismo en el seno de la mujer y ésta concibe. Este caso (dicen) es muy raro y puede fácilmente conocerse, pues los hijos concebidos de este modo tienen ojos azules y el pelo muy fino.

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