Filosofía en español 
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Patria

A la clásica definición de patria, “lugar, ciudad o país en que se ha nacido”, podría añadirse la de “nación propia nuestra, con la suma de cosas materiales e inmateriales, pasadas, presentes y futuras que cautivan la amorosa adhesión de los naturales”. La primera definición nos da de la patria un concepto restringido, local, geográfico; la segunda, más amplia y más elevada, nos proporciona un concepto más espiritual y noble y, sobre todo, más social y humano. En un sentido más personal e individualista, también podríamos definir la patria como el lugar en donde nos nutrimos y alimentamos y en donde nos formamos intelectual y espiritualmente.

Siempre que un pueblo llega a constituir nación, los conceptos de Estado y patria, aunque distintos fundamentalmente, llegan muchas veces a armonizarse, aunque siempre es primario y decisivo el de nación. Al igual que la familia y la fecha del nacimiento, el lugar de éste –patria geográfica– es perfectamente fortuito, involuntario y, si se quiere, providencial: es decir, que no depende de nosotros mismos. Hasta cierto punto, el destino nos sitúa obligatoriamente dentro de una unidad nacional y estatal, y allí nos desenvolvemos y desarrollamos nuestra existencia terrena: naturalmente, este “destino” es una disposición de la providencia divina al servicio de un fin eterno.

El amor a la patria se afirma cuando al hombre le es permitido cumplir en ella los fines inherentes a la personalidad humana, mediante el pleno ejercicio de sus derechos naturales y cívicos, tanto en el aspecto moral, como en el cultural y material; cuando le es dado satisfacer sus derechos de poseer una inviolabilidad de domicilio, un lugar de descanso para su espíritu, una seguridad y una libertad personales, un equilibrio económico y una posibilidad de relacionarse con otros seres humanos, sobre todo los de su mismo idioma y costumbres, &c. En todo esto late un gran valor ético, ya que para la mayoría de los mortales la sensación de aislamiento es de un efecto psíquico destructivo; así, el destierro, el apartamiento de la patria, es considerado como uno de los castigos más duros. La leyenda señala a Ahasvero (V.), el judío errante, como un hombre desesperado que no tiene apenas suelo en que apoyarse.

El cristiano puede ver en el lugar donde vive, particularmente en los medios rurales, la iglesia y el cementerio como finalidad y remate de su vida terrena: la primera le muestra el camino de la existencia y el futuro espiritual: el segundo, le indica su futuro material y le enlaza con el recuerdo de sus antepasados. En la patria se oyen la palabra de Dios, las oraciones y las canciones religiosas que se elevan a las alturas, pronunciadas en el lenguaje materno; el que oímos por primera vez en la cuna, y el más capaz de penetrar en el fondo del alma y herir sus fibras más sensibles. El amor a la patria es parecido al amor que se siente hacia los padres: un sentimiento natural, al cual alude León XIII (Sapientiae christianae, 10 de enero de 1890); algunos cristianos lo elevan a la categoría de virtud religiosa, y santo Tomás de Aquino lo relaciona con el cuarto mandamiento de la ley de Dios: “Después de Dios, el hombre lo debe todo a los padres y a la patria. Y como es cosa de la religión venerar a Dios, por consiguiente es cosa de la piedad estimar a los padres y a la patria” (S. Th., II-II, qu. 101, art 1). Esta piedad la considera el santo como “potestatio caritatis”, o sea, un amor que se manifiesta de palabra y por acción; pero santo Tomás cuida muy bien de señalar la diferencia que debe haber en el comportamiento moral del cristiano hacia la patria y hacia el Estado, hablando en el primer caso de piedad y amor y, en el segundo, solamente de una estricta justicia legal. Por desgracia, en nuestros tiempos suelen confundirse los conceptos de patria y Estado (V.), pueblo y → Nación. pese a las capitales diferencias entre unos y otros términos. En general, podía afirmarse que a la patria se debe amor y al Estado lealtad, diferencia que llega a ofrecer un interés especial para las minorías que, contra su voluntad, han sido incorporadas o incluidas en un Estado de otra nación; problema espinoso y grave, a cuya armónica desaparición debiera tenderse. El ejercicio del amor a la patria encierra la práctica de todas las virtudes que tienen por objeto la conservación y desarrollo de la nacionalidad. A la patria se le deben todos los sacrificios, y León XIII afirma que “el buen ciudadano no teme la muerte por la patria” (Sap. christ.), comportamiento que encarna el verdadero patriotismo. Pero a su vez la patria tiene obligaciones recíprocas para con sus hijos, a los cuales debe garantizar el desarrollo de la vida natural y sobrenatural, obligaciones que asume el Estado como representante legal. De ahí la gravísima responsabilidad que sobre éste pesa, y que no siempre puede decirse que cumple con las citadas obligaciones, de un modo absoluto. Por otra parte, la Iglesia reacciona contra ciertos nacionalismos malsanos, absorbentes o despóticos, que desprecian los derechos vitales e inalienables de otros pueblos, incluso los de las minorías englobadas, de un modo u otro, dentro de su órbita.

En resumen, todos deben contribuir a la formación de una gran familia popular, en la cual puedan encontrar, también los sin-patria, al menos una acogedora y hospitalaria patria espiritual. No sólo las disposiciones de León XIII (15 de mayo de 1891), sino las de Pío XI (15 de mayo de 1931), son también importantes manifestaciones a favor de los desheredados de la sociedad y de la fortuna, y de los agotados por el trabajo diario, que son los que más difícilmente pueden ser ganados para la idea del amor a la Patria. Por lo que se refiere al pastor de almas, puede encaminar sus esfuerzos a estimular, conservar y promover costumbres religiosas, poesía y arte popular, espectáculos religiosos y canciones en el idioma de la propia tierra, por el valor espiritual que encierran, y a proteger y cuidar los monumentos religiosos y tradicionales. La mejor manera de favorecer a la patria es lograr que el pueblo aprecie sus bienes culturales propios y tradicionales. Dentro del estudio religioso de la patria, caben el de sus iglesias y capillas, monasterios, hospitales, sepulcros, cementerios, imágenes o pequeños altares al aire libre, esculturas, cruces de término, &c. También pertenece a la historia religiosa de la patria la de sus parroquias, conventos, abadías, ruinas monumentales, Congregaciones, &c.