Filosofía en español 
Filosofía en español


Lenguaje

Equivale, en sentido genérico, a expresión. En sentido más estricto, lenguaje es sinónimo de lengua, habla, idioma, verbo… Es decir, propiamente, función de expresión verbal del pensamiento; esta expresión puede ser interior (de aquí verbum mentis, terminus mentalis… pues el concepto es en algún modo lenguaje interior de la inteligencia) y, también, claro está, exterior (verbo, en sentido específico; de aquí terminus oralis… pues el pensamiento tiende a expresarse en signos exteriores). Así, pues, el lenguaje es también signo: signo interno o externo del pensamiento (V. Signo, Pensamiento, Concepto, Término, Palabra, Verbo…)

En otro orden, relacionado con el anterior, lenguaje equivale a lengua especial o particular de un país, de una colectividad determinada, de ciertas instituciones… Así, el lenguaje francés o español, como idioma de los franceses o españoles, y, también, lenguaje deportivo, técnico, filosófico…

Ahora bien, tal como insinuábamos al comienzo, lenguaje en el sentido más general es, simplemente expresión. Aunque aquí cabe distinguir entre expresión humana y expresión en general: es decir, el signo (V.). Porque puede decirse que el lenguaje es signo, como puede hablarse igualmente del lenguaje de los signos. En esta última acepción tan genérica –en que lenguaje es todo signo, (acepción bastante impropia, al menos etimológicamente, por lo menos muy difusa)–, toda manifestación sensible que en alguna forma se refiera a algo, apunte hacia algo, indique otra cosa, o sea, toda expresión en general, es lenguaje. Pero lo propio en esta acepción general es el lenguaje ya como expresión humana, genérica, no precisamente privativa del pensamiento.

Para distinguir convenientemente en el lenguaje como expresión y medio de comunidad humana, se establece la denominación de natural para designar el lenguaje de las emociones, de los sentimientos, de las tendencias… y la artificial o convencional (también algunos llaman arbitrario, por estar expresado en signos más o menos convenidos), para el de las ideas y pensamientos. Sin embargo, tal distinción no deja de ser –toda ella– muy convencional y poco acorde con la realidad (pues que, entre otras cosas, el lenguaje ideal es también, en mucho, natural). En definitiva –dejando ahora de lado, sin olvidar la referencia, los lenguajes técnico-científicos y artísticos, la expresión mímica convenida, los intentos de universalización del lenguaje (sistemas ideados y propugnados para lograr tal fin, como el esperanto), &c.–, no hay que olvidar que el lenguaje –como habla, como lengua en general (las lenguas),– no es más que resultado de la adaptación espontánea, natural en cierta manera (sin prejuzgar aquí ninguna solución determinada al problema del origen) del hombre al medio social en que se desenvuelve. Aunque quizá no sea ésto sólo. Pero es indudable que no puede pensarse en una creación convencional exclusivamente en cuanto al lenguaje, aunque sólo se trate –y ya es mucho– del lenguaje como expresión de las ideas o conceptual. Lo que sí ocurre es que mientras el lenguaje emocional (en sentido amplio; lenguaje afectivo y de tendencia…) tiene un carácter universal y en gran manera constante, por formar un todo inseparable con nuestra naturaleza psicosomática, en cambio el lenguaje como manifestación exterior o expresión adecuada de la inteligencia o, mejor, de sus actos propios (conceptuar, juzgar, razonar…) se diversifica y sufre evoluciones especiales, bien visibles (la Filología muestra claramente algunas fases de cambios en las lenguas), debido a que la inteligencia en sí está, en principio, sin ideas (V. Inteligencia, Intelecto, Inteligible, Inteligibilidad, Intelectual, Idea, Concepto, Conocimiento) y, por ende, sin sus correspondientes signos de expresión, resultando después –ya en posesión el entendimiento de sus objetos– la relación entre lo conceptual y lo puramente verbal y simbólico (oral o gráfico) de una educación conveniente, en que interviene grandemente el hábito y la imitación, aunque, claro es, también las condiciones propias de los sujetos humanos (capacidad racional, capacidad de comunicación, capacidad de hablar, de aprendizaje…). Así, podríamos decir, rectificando en algo el criterio señalado arriba, que hay lenguaje natural humano “espontáneo” con carácter universal y más o menos permanente, y que lo hay “aprendido”, con características de diverso y evolutivo (en el sentido de cambiante). La calificación de convencional no vale más que –con ciertas restricciones– con los sistemas excogitados expresa y circunstancialmente para aplicarse a una finalidad particular de expresión significativa o simbólica (el lenguaje de los sordomudos, las claves secretas –que citábamos antes–, los tecnicismos…).

Ahora ya, hechas las distinciones previas a toda consideración sobre el llamado problema del lenguaje, situados en el plano conveniente del lenguaje como expresión idónea del pensamiento y de los estados de conciencia humana, podemos abordar, o mejor, diseñar, los aspectos principales de la problemática filosófica y teológica que sobre el lenguaje se ha planteado, e indicar someramente la solución cristiana del punto básico en que la cuestión se enfoca y en que se intenta una fundamentación metafísica de las lenguas. Desde antiguo se ha preguntado filosóficamente sobre el origen del lenguaje. En el siglo décimonono esta cuestión llegó a su cumbre: la teoría filosófica del lenguaje se hacía y tomaba una respuesta según el modo de formulación y los resultados que se pretendían sobre tal tema. Por muchos –biólogos de la evolución, lingüistas y filólogos positivistas, filósofos biologizantes, cientifistas…– la cuestión del origen se resolvía de modo naturalista. Principalmente, en sentido típicamente transformista y hasta evolucionista en general, el lenguaje habría surgido como un momento más en el proceso de la evolución general o de la humana en particular. En cierta forma, podían o pueden –pues se sigue opinando de esta manera por algunos– tener razón si sólo se atiende a que hay que conceder un lugar en el tiempo a todo hecho natural (aunque pueda interpretarse, a su vez, metafísicamente) en el proceso real de la humanidad. Pero se iba mucho más lejos: el lenguaje es resultado de una lenta evolución, es decir, el desarrollo continuo y progresivo de una base, de un núcleo, de un eslabón primitivo: el grito emocional, o el grito inarticulado, el grito instintivo… en definitiva el grito animal. No lo ha constituido el hombre, originariamente: viene ya dado el lenguaje en su forma primitiva, como en ciernes; es decir, se sostiene sobre una base biológica, sobre un hecho positivo de la biología animal, la expresión vital comunicativa externa de los animales más organizados. Luego, sobre la base puesta, el lenguaje se explica en forma evolutiva-casual, ya con interpretación mecánico-biológica, ya, algo mejor, con interpretación únicamente biológica (aunque no precisamente psíquica o metafísica). Pero, como se ha notado por destacados autores, a esta interpretación le falta la exacta comprobación empírica, la constatación evidente, la mostración precisa e irrefutable en el terreno de la experiencia. A pesar de todo, mecanicista o naturalista, no deja de ser una interpretación apriorístico-ideal y extra-empírica; aunque, es posible, algunos datos considerados son empíricos, no hay datos de este tipo en el origen primario y lejano que se pretende ni se parte de los datos suficientes y necesarios para una elaboración teórica al modo evolucionista. La interpretación, repetimos, entre otras cosas (sus defectos son múltiples), peca de apriorística. Precisamente porque el lenguaje conceptual supone los conceptos –en sí abstractos y universales (Véase Idea, Concepto, Abstracción, Universal)– y estos una inteligencia capaz de elaborarlos o aprehenderlos, es decir, en resumen, el lenguaje postula la capacidad de pensar… se había supuesto también –ya desde Demócrito, en la antigüedad– que el entendimiento había inventado el lenguaje como un artificio convencional, arbitrario en última instancia, para la mejor comprensión de las cosas y para satisfacer convenientemente la comunicabilidad humana. Esta teoría, llamada por algunos de la invención convencional, llega su mayor exageración en el “siglo de las luces”, el siglo XVIII, con los grandes partidarios del racionalismo a ultranza y de la doctrina del “progreso indefinido” (V. Progreso, Condorcet): sobre todo Condillac (V.), el máximo representante del sensualismo (V.), en sus obras Essai sur l'origine des connaissances humaines (1746) y en su Logique (1781), abonan aquél punto de vista, que sostuvieron asimismo varios escritores de la segunda mitad del s. XVII y del s. XVIII, llamado también el “siglo de la razón pura” (Época de la Ilustración). Pero no hay apoyo racional posible en favor de una doctrina de este tipo; entre otras muchas razones que pueden fácilmente aducirse, el mayor obstáculo con que tropieza la tesis “invencionista” es que para crear o inventar el hombre el lenguaje necesitaba la imagen del lenguaje, el símbolo, es decir, el lenguaje prefigurado, la forma –si se quiere–, en definitiva, pues, la preexistencia del lenguaje. Con lo cual tenemos que se ha incurrido en un ingenuo círculo vicioso y el problema queda sin resolver. La doctrina antedicha, dogmática y expeditiva, cobra ya tan sólo un interés histórico.

Frente a dicha teoría se colocaba una cierta doctrina creacionista, bastante exagerada, defendida principalmente por la “escuela tradicionalista” francesa, que tuvo no pocos seguidores –más o menos afines al punto de partida de los grandes autores (Bonald, De Maistre, Lamennais, V.))– en el campo católico. V. Tradicionalismo, Fideísmo, Irracionalismo. Se supone una revelación primitiva del lenguajer; de aquí en nombre de revelacionismo dado a esta teoría (V. Revelación). Es, por tanto, el lenguaje, para los tradicionalistas, un hecho primitivo, algo dado, un don de Dios, que sirve de fundamento a las verdades metafísicas y morales. Primero se piensa la palabra; se concibe la expresión, el verbo: “el pensamiento se manifiesta al hombre o se revela por la expresión”. En el fondo el problema del lenguaje, piensan los tradicionalistas, no es más que el problema general de la filosofía; en esto se acercan a los filósofas contemporáneos, los cuales, al menos, consideran dicho problema como un problema filosófico central (V. Husserl, Scheler, Heidegger, Bergson, Whitehead, Russell…), sobre todo la corriente neopositivista vienesa (Wittgenstein, Carnap, Tarski). Quizá, no obstante, uno de los motivos principales de desestimación de la hipótesis tradicionalista sobre el lenguaje sea el haber involucrado su problema con el de todas las cuestiones fundamentales del pensamiento y de la filosofía, habiéndose rechazado su doctrina especial y exagerada juntamente con todo el sistema (V. Tradicionalismo). Otro punto de vista, casi tan irracionalista, pero desde luego más en consonancia con las investigaciones específicamente lingüísticas y filológicas, es el sostenido por Tomás Reid y la escuela escocesa, en Francia por Jouffroy y Renán y, perfeccionándolo en Alemania por el filólogo Max Müller (V. estos autores). Se considera el lenguaje como producto de un “instinto natural”: el sujeto humano posee una facultad natural expresiva, que es de carácter instintivo y elemental, un instinto expresivo (o “filológico”, como llaman inapropiadamente algunos). Este instinto sería el productor, el creador del lenguaje. Ahora bien, no se trataría de un instinto en el sentido de pura tendencia (V. Instinto), sino que, a la vez, de una facultad cognoscitiva, simple, primaria –una especie de “estimativa verbal” (V. Estimativa)–, que contendría (tendría, poseería en su contenido específico) las fórmulas básicas y primeras del lenguaje de un modo innato (V. Innato, Innatismo); un contenido innato con las formas del lenguaje y su relación con las ideas, por lo menos las radicales primitivas. Rebuscada doctrina, en el fondo poco original, que puede calificarse de innatismo verbal. Claro que aquí se cae en uno de los errores del evolucionismo biológico respecto al lenguaje, por otra parte en muchos aspectos en correlación o ya posterior a tal teoría. El innatismo verbal supone también, claro está –aunque sea implícitamente– un innatismo ideológico o, en general, gnoseológico (V. Conocimiento, Idea, Infuso, Innatismo).

Tal posición, pues, arrastra todas las fallas básicas de las teorías innatistas en doctrina del conocimiento y, por otro lado, se hace sumamente difícil con ella explicar el origen de las lenguas o ya, mejor, la diversidad de hecho de las mismas (aunque hubiera una identidad de formas ideales, un simbolismo verbal innato y universal). Algunas doctrinas simbolistas contemporáneas pueden en varios aspectos identificarse con dicha teoría, que podemos llamar también, muy expresivamente; innatista y simbolista. Cabe distinguir, aun, una teoría emotivista o emocionalista del lenguaje –defendida por varios psicólogos, en particular los evolucionistas–, que sostiene que el origen del lenguaje está en las formas subjetivas de expresión emocional, afectiva (no ya sólo gritos, sino que interjecciones, movimientos expresivos, – gesticulaciones acompañadas de sonidos para expresarse–…); regularmente se explica todo un proceso del lenguaje (Wundt), que, partiendo de los movimientos expresivos, llega a la palabra ideal pasando por el grito y el fonema. Aquí no hay más que una aplicación especial de la doctrina evolucionista, con su apriorismo ya señalado. La tesis de la imitación, según la cual el lenguaje se adapta originariamente al objeto por su sonido (onomatopeya) es decir, reproduce los sonidos naturales con más o menos fidelidad y adaptabilidad más o menos modificada, si bien parcialmente tiene su interés y su posibilidad de acierto restringido, no explica la totalidad del lenguaje verbal ni mucho menos, como así reconocen los estudios contemporáneos del mismo. Queda, por fin, la doctrina más aceptable y juiciosa, que admite una elaboración del lenguaje –por tanto una cierta adquisición– pero que considera la capacidad de hablar consecutiva esencialmente (y por tanto necesariamente) de la facultad de entender y razonar. El hombre, que posee la potencia de entender –o sea, es racional–, posee también, por lo mismo, la capacidad de hablar, que ejercita y desarrolla a medida que adquiere las ideas y que las desenvuelve con la común ayuda de la expresión, practicada primeramente en todo hombre como medio de comunicación y como experiencia para posterior desarrollo mental y perfeccionamiento del lenguaje mismo. Esta es una teoría, ni exclusivamente empirista ni exclusivamente racionalista, acorde con el intelectualismo escolástico (v. Intelectualismo). No cae en el apriorismo evolucionista ni, como en el mero nativismo o innatismo se rechaza la posibilidad de evolución natural y gradual, en forma prudentemente admisible, del lenguaje, puesto que el desarrollo de éste, como el de las ideas, se subordina en gran modo a la experiencia, a las condiciones psíquico-orgánicas del individuo, a su educación y al medio social, además de posibilitarlo la capacidad racional del sujeto humano y el esfuerzo de su voluntad libre. La experiencia y los estudios de la evolución mental y filológica del niño, del adolescente y del joven así lo acreditan. En realidad el problema del lenguaje conceptual es el mismo –bajo distinto ángulo– que el de las ideas, y el lenguaje sigue una marcha paralela a la inteligencia. La interpretación teológica justa, segura y recta, del lenguaje, que parte –como apuntábamos– de la creación por Dios del hombre como tal hombre, con su conocimiento –la facultad de tal, que se acrecienta después en su contenido y con su ejercicio– y, además, con su capacidad de hablar, que constituye paso a paso –por adquisición de experiencia cognoscitiva y de mayor facilidad en la creación de nuevas formas lingüísticas, correspondientes, habida cuenta de las condiciones subjetivas, del medio y de la enseñanza–, unos sistemas lingüísticos muy perfeccionados… es una interpretación siempre actual, que supera las exageraciones convencionalistas, revelacionistas a ultranza, instintivas o innatistas, evolucionistas o exclusivamente emocionales. La moderna descripción fenomenológica del lenguaje como acto humano y de su contenido, en sus formas y símbolos… en cierta forma se compagina mucho más, prescindiendo ahora de sus yerros, más o menos explicables (V. Fenomenología, Husserl), con tal interpretación –llamada también creacionista-elaboracionista– que con las demás, la mayor parte de las cuales han caído ya totalmente en descrédito.

Pero no es éste –el del origen– el único problema importante del lenguaje, desde el punto de vista filosófico y, aún, teológico. Contemporáneamente hay una preocupación filosófica muy particular y penetrante en las llamadas formas del lenguaje, buscando los autores no ya solamente su origen común, su raíz humanística o, mejor, divino-humana, sino que también su sentido, su adaptabilidad, su explicación en sí individual o social… etcétera. Se interroga agudamente por la naturaleza o ser del lenguaje, en las relaciones de éste con el pensamiento, así como también en las relaciones con otras formas de expresión y de enunciación en general. Por lo que respecta a la importante cuestión de las relaciones entre lenguaje y pensamiento, y a la de su prioridad –a la cual aludíamos en parte más arriba–, los psicólogos y los epistemólogos tratan de fijar en su punto el papel que cabe al pensamiento respecto a la expresión verbal –a la que apunta para manifestarse, de modo indudable– y el correspondiente papel que corresponde al lenguaje como expresión comunicativa del pensamiento y a la vez formativa del mismo. Los ontologistas consideran que el pensamiento es el lenguaje o se deriva de éste; el pensamiento –extrañamente– queda reducido a mera expresión (V. Pensamiento. Ontologismo). En oposición mayor o menor con esta dirección se ha afirmado que el lenguaje es una función del pensamiento. Por ahí se ha caído también en exageraciones (V. Simbolismo, Positivismo Lógico). Otros insisten particularmente – de un modo determinativo– en la función social del lenguaje, paralela a la del pensamiento y en algún sentido superior; en tal sentido también cabe el error o el parcialismo (V. Sociologismo, Fenomenismo). Para no extendernos –tanto se exagera en el lado psicologista como en el logicista y aún en el “ultrafilologista”–, señalamos el hecho de la insistencia a través de los tiempos de la consideración nominalista (V. Nominalismo) y, también, de una posición extrarealista acerca de la cuestión del lenguaje conceptual (V. Ultrarrealismo). Pero debe insistirse en la posición tradicional de la filosofía de las Escuelas y de su permanente actualidad: el lenguaje es “signo supositivo de las cosas” (Véase Suposición), o sea un símbolo que las sustituye en su concreta realidad. O sea, además de un medio de comunicación social, para decir que sirve a la comunicabilidad humana (V. Sociabilidad), es, y muy principalmente, expresión la más idónea del pensamiento y sostén del mismo, pues que lo abstracto y general de éste se plasma en imágenes-símbolos que tratan de adoptar sus formas y de expresarlo adecuadamente, siguiendo su proceso lógico discursivo: es decir, las imágenes-verbales (V. Imágen). La facultad de pensar y la de hablar son correlativas, por lo menos en cuanto a un lenguaje interior. Mas las estructuras gramatical y lógico-psicológica no coinciden exactamente. La movilidad del pensamiento es difícilmente traducible en las formas verbales; no hay una adecuación plena, íntegra. La diferencia, pues, existe, y en punto a dar prioridad no es dudoso, siguiendo una recta filosofía, concederla al pensamiento como distintivo específico del hombre y determinante fundamental del lenguaje (V. Racional, Pensamiento, Expresión, Mente, Idea, Hombre).

Históricamente cabe estudiar los grandes intentos de unificación del lenguaje con la filosofía, los esfuerzos por encontrar un lenguaje filosófico universal, un lenguaje matemático-filosófico preciso y muy genérico, extensible hasta la ciencia más alta, válido para una (imposible, humanamente) ciencia trascendental (”que per dret e per medicina e per tot saber val”). Sus más representativos investigadores parecen fijarse, más que en la realidad concreta y en la experiencia, en un mundo de verdades racionales, en lo que se ha llamado “objetos ideales” (V. Objeto), quedando por tanto hasta hoy en aspiración, aunque muy notable, su universal intento (V. Llull, Descartes, Leibniz, Logística, Simbolismo). La Filosofía del Lenguaje, que ha cobrado en nuestro tiempo extraordinaria importancia metodológica, se ocupa de los grandes problemas que plantea el lenguaje como hechos humanos, en su naturaleza, leyes, sentido, origen, vitalidad, formas, estructura, representación, apelación, belleza, lógica, facultad expresiva… &c.

Destaquemos –en cualquier sentido– las investigaciones de Mauthner, Vossler, Marty, Saussure, Funke, Meillet, Vendryes, Jespersen, Cassirer, Carnap, Stenzel, Lindemann, Black, Serrus, Bally, Couturat, Bühler… En España ha expuesto excelentemente la posición cristiana el catedrático don Juan Zaragüeta (Cfr. esp., El Lenguaje y la Filosofía, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1945).