Filosofía en español 
Filosofía en español


Cultura

En sentido objetivo, cultura puede significar, a) el proceso de transformación de las cosas en bienes. Cultivar un campo consiste en transformar la tierra entregada a sus propias fuerzas, en un campo productivo. Así se obtiene un bien útil. Una cosa es un bien si está revestida de valor. Transformar un trozo de mármol en una estatua es producir un bien estético, porque la estatua tiene y realiza más o menos perfectamente un valor estético. En este sentido, cultura significa también actividad enderezada de modo consciente a la adquisición de valores personales. El cultivo del espíritu puede dirigirse a la asimilación del contenido de bienes existentes, parcial o totalmente. De ahí se desprende lo siguiente: Cultura en sentido práctico de cultura, significa aprendizaje de una profesión y competencia en el sentido de poder hacer, dentro de la correspondiente profesión. Para Sócrates y Platón la esencia de la formación consiste en que cada uno haga lo suyo: “zapatero a tus zapatos”. c) “Cultura puede significar el conjunto de bienes adquiridos durante una época determinada, con relación a un determinado pueblo o grupo de pueblos”. Así hablamos de la cultura oriental, de la cultura del Renacimiento, &c. (V. Civilización). En este concepto de cultura se encierran incluso las formas convencionales del trato. Si atendemos al primero de los sentidos asignados al término cultura, tendremos una idea clara de lo que significa cultura del entendimiento (instrucción); cultura de la voluntad (cultura moral) y cultura del sentimiento (cultura artística). Sin embargo, estas expresiones están sujetas a la vaguedad con que generalmente se utilizan los términos voluntad, entendimiento y sentimiento, suficientes si se quiere para entendernos en la conversación vulgar; pero inexactos en el dominio científico. El término cultura moral, en cuanto significa actividad enderezada a la adquisición de valores personales, no puede ceñirse a una cultura fragmentaria. Es indudable que la actuación moral, esto es, el cumplimiento de los valores morales --entiéndase normas, si se quiere-- exige siempre el cumplimiento de otros valores de diversa jerarquía: valores de lo agradable, valores útiles, vitales, estéticos, intelectuales, &c., que de cierto modo se convierten en materia de los valores morales. De ahí que reservemos el término instrucción para la cultura en el sentido de adquisición de saber, y el término educación para la cultura global del espíritu en vista del desenvolvimiento del sentido moral. (V. Educación e Instrucción). También se habla con frecuencia de cultura general para designar la totalidad de saber enciclopédico más o menos superficial, adquirido metódicamente bajo la dirección del maestro o con sólo el esfuerzo personal. Cultura en la forma alemana Kultur significa “cultura intelectual”, “lumières” en francés; y también, aunque no deben confundirse, civilización.

Sobre la historia de esta palabra en Alemania y su empleo como sinónimo de “Aufklärung”, véase Tonnelat, Kultur, en Civilización, la palabra y la idea, Publicaciones del “Centro internacional de síntesis”, fascículo II. Adelantemos que el término compuesto Kulturkampf, vago y anfibológico (“combate por la civilización”), designa el conflicto políticorreligioso surgido entre Bismarck, los protestantes y los anticlericales por un lado, y los católicos por otro, a raíz de la promulgación del dogma de la infalibilidad del Papa en el Concilio Vaticano (1870). Para un fiel concepto de este término y el carácter de dicho conflicto, V. El Kulturkampf en el artículo Alemania, y Bismarck (Otón de).

Precisiones y direcciones

La expresión “cultura” puede llegar a tomarse en un sentido completamente erróneo y fatal, cuando sólo se dirige por determinadas direcciones. Una de ellas, cuando se constriñe a aspectos científicos, como: la cultura de formación, o la moralidad, que se denomina entonces cultura ética; al arte (cultura estética); al aspecto técnico o económico (cultura material, de la cual se derivan el tecnicismo y el socialismo). Otra de las direcciones es la que atiende al robustecimiento corporal, a su fuerza y a su belleza, la cual se llama entonces Cultura física (V.). Dirección errónea es también la que en la jerarquización de los valores pospone los valores superiores, religiosos y espirituales, a los inferiores, a las necesidades o conveniencias de interés profano. Debe distinguirse también entre cultura y civilización propiamente, ya que la última atiende con preferencia al punto de vista exterior y técnico económico, y la cultura propiamente dicha se dirige a lo interior; a lo moral y a lo espiritual. La cultura y la civilización, aunque en la realidad se separan con frecuencia, deben complementarse, ya que, como se ha dicho repetidamente, “el alma de la cultura es la cultura del alma”. La disposición del ser racional para la cultura se adquiere desde el hogar, como se adquieren los principios del lenguaje; por ello puede hablarse de un origen histórico de la cultura, y otro tanto puede decirse de la disposición religiosa. Estas disposiciones pueden después entrar en una fase de desarrollo, sufrir obstrucción en su desenvolvimiento normal, o en fin, desnaturalizarse. De lo último, la forma más reciente se halla en la exacerbación del lado puramente técnico y económico de la cultura, con su secuela del comunismo marxista. La desvaloración de la personalidad está representada también por la cultura del bolchevismo. La ciencia de la cultura y la filosofía de la cultura pueden considerarse como una parte de la sociología, por lo cual se hallan frente a la ciencia y a la filosofía de la naturaleza.

Consideradas la cultura y la religión cristiana, y tomando la primera en estricto sentido profano, puede observarse que en cierta forma tiene por adversaria a la religión, aunque no siempre se hallan en oposición. La realidad es que la religión favorece una y otra vez a la verdadera cultura, como se demuestra por el hecho de que permite a ésta que haga valer sus leyes propias y goce de una consideración substantiva; no obstante, hace comprender que las últimas y más altas realidades, entre las cuales se encuentra la revelación, son el reflejo de las ideas y perfecciones divinas. La religión muestra también a la cultura la condicionalidad y la relatividad de su propio valor trascendental, y las de los restantes valores absolutos profanos, pero se exige una dirección y un objeto esencial positivos (cf. el mandamiento expresado en Gen., I, 28). Por ello, toda cultura legítima está situada en una dirección teocéntrica y no antropocéntrica. El cristianismo, como realización de la religión, no puede considerarse enemigo de la cultura, sino que se encuentra con ella en la misma relación que la gracia respecto de la naturaleza. Partiendo de esta última condición, la ordenación del cristianismo para con la cultura se expresa en distintas formas. En primer lugar, el cristianismo, como tal, no presenta ningún problema directo a la cultura, debido a que, como expresa el Evangelio, su reino no es de este mundo (Jo., XVIII, 36). Tampoco puede afirmarse que la religión haya producido un descenso de la cultura (ni menos, de la civilización) respecto al círculo de comunidades cristianas, poblaciones o épocas; ni que éstas puedan hacer ninguna objeción contra la verdad del cristianismo.

La religión cristiana no se opone a ningún esfuerzo cultural; en todo caso, preconiza una cierta moderación de la cultura terrena, debido a su facultad de formación; así con la vida, que supone la materia, y con la religión, se produce la formación orgánica. Considerada de esta forma la cuestión, se llega en la práctica a la misión efectiva que los cristianos antiguos realizaron debido a que los mensajeros de la fe trataron frecuentemente de sentar las primeras tesis de las doctrinas cristianas, a través de la propia enseñanza o instrucción clásica cultural.

El cristianismo promueve y bendice también la verdadera cultura mediata o indirecta; el cristianismo verdadero es la humanidad noble. En este sentido, el cristianismo constituye una potente fuerza cultural, que no sólo procura que los hombres atareados del siglo y la humanidad en su conjunto no retrocedan a las formas de la incultura y de la barbarie, sino que alimenta, al propio tiempo, una cultura positiva, tanto en el hombre en particular (exaltación de la libertad y del derecho humano; cf. la carta a Filemón), como en la familia (con la consideración del matrimonio como sacramento), como respecto al Estado y a la sociedad (con la obediencia a la superioridad y al establecimiento de la moralidad pública en uno, y el asentimiento de la vida cristiana y la caridad respecto a la obra). El cristianismo efectúa una crítica natural para que, a su propia luz, lleguen a hacerse visibles los defectos de la cultura; pero no puede hablarse de una “crisis de la cultura” en el sentido de una aprobación de ésta.

La Iglesia católica representa en todas sus partes el cumplimiento y práctica del cristianismo, y debido a esta condición existen entre ella y la cultura las mismas relaciones que entre el cristianismo y la cultura; no es posible, entonces, aceptar la opinión de algunos autores, como Tolstoi, Nietzsche y los librepensadores, de una enemistad de la Iglesia hacia la cultura. Ha sido la Iglesia, en multitud de ocasiones, la que ha favorecido el desarrollo de la cultura, aunque no debe confundirse un catolicismo amigo de la cultura con un “catolicismo de la cultura”, el cual aprovecharía el prestigio de la sociedad católica en favor del movimiento cultural, con lo cual la consecuencia sería, en realidad, ver trasladado el punto de gravedad desde lo religioso a lo profano. Otro tanto puede afirmarse del “catecismo político”, cuando se designa con él una exacerbación de los problemas políticos y nacionales frente a los religiosos.

Si se prescinde de tales parcialidades, se apreciará de forma incuestionable que el catolicismo en un país, y la Iglesia católica en el mundo entero, por su alta y vasta concepción de los valores profanos, han prestado una extraordinaria contribución a la cultura científica, moral, estética, económica, social y nacional de la humanidad. De la misma forma que la humanidad y la divinidad se unen en el Hombre-Dios, de igual manera se unen la cultura y la esencia católicas en la cultura católica.