Enciclopedia de la Cultura Española
Editora Nacional, Madrid 1965
tomo 2
páginas 629-630

Cultura

Por semejanza con el cultivo del campo (agricultura) se denomina cultura a la acción de fomento y encauce, según normas de valor, que el hombre ejerce sobre lo natural espontáneo: ya sobre su propio natural (cultura en el sentido de formaciónBildung–), ya directamente sobre la naturaleza externa, pero oblicuamente también sobre la suya, en cuanto que cada vez que el hombre modela lo externo por el arte o la técnica desarrolla y enriquece a la vez sus propias facultades. Por extensión pasó a denominarse así al resultado de este cultivo; de donde el adjetivo culto. Pero modernamente, con frecuencia, se prescinde del sujeto de esa acción y se llama cultura a un colectivo dinámico en ascenso de nivel a lo largo de la Historia. De la cultura como un colectivo sin plural se ha desglosado el concepto una cultura, con plural. Esa pluralidad de culturas resulta, a veces, de la mera abstracción desde puntos de vista externos a la cultura misma (como son la época, la nación, &c.). Sin embargo, hoy se cree haber descubierto una pluralidad en sí de culturas unificadas y diversificadas mutuamente por correlación interna de sus diversos aspectos o formas a lo largo de la Historia (Spengler, Toynbee).

La voz cultura evoca inevitablemente la de civilización. Prescindiendo de diferenciaciones más o menos caprichosas cabe decir que, por lo general, se usan esas palabras como sinónimas; el escoger una u otra depende de circunstancias extrínsecas. No obstante, cada una sugiere un aspecto distinto. Cultura (de colere, cultum) se refiere primariamente al individuo; civilización (de civilis, civitas), más bien a la convivencia, a la sociedad. La cultura es ad intra; la civilización, ad extra. Por eso se denomina, con preferencia, cultura al aspecto intelectual y artístico, y civilización, más bien, a los aspectos sociales y técnico-utilitarios.

Previas estas definiciones formales o huecas, veamos cómo han ido contribuyendo a llenarlas de contenido los ingenios españoles. La hora grande de España transcurrió antes de haberse hecha cuestión la humanidad de la teoría de la cultura. Fue, efectivamente, en el siglo XVIII cuando se comprendió que en las artes y ciencias, en el espíritu y costumbres, había un quid común, cuya entidad e historia era hasta cierto punto independiente de los hombres que las crean y transmiten, así como de los objetos en que se manifiestan; para designar ese quid se echó mano de términos como civilización y cultura. Cronológicamente, el primer pensador español en quien se acusa el impacto de ese interés por la esencia y marcha de la civilización y de la cultura es el estadista extremeño Juan Donoso Cortés (1809-1853). A través de sus discursos y escritos cabe espigar algunas ideas sueltas sobre los conceptos mismos. La cultura –escribe– es la civilización propia de un pueblo que se ocupa en resolver graves problemas políticos y graves problemas sociales. La cultura es la civilización de un pueblo ya adulto y ocupado en pensamientos viriles»{1}. Así, pues, cultura y civilización son dos etapas comparables a las de la maduración de un ser viviente. Pero, al contrario de lo que más tarde dirá Spengler, para Donoso no es la civilización decadencia de la cultura, sino la cultura (por ejemplo, Grecia), ascenso hacia la civilización (Roma). Por lo demás, el tema que él cultivó fueron las relaciones internas entre la civilización y el [630] catolicismo; estas mismas relaciones en el pasado las estudió, en cambio, otro excelso pensador contemporáneo, Jaime Balmes (1810-1848). La breve descripción de la civilización europea que en su obra El protestantismo comparado con el catolicismo hizo este ilustre sacerdote catalán sigue conservando todo su valor y actualidad a pesar de tantos estudios posteriores sobre el tema{2}.

A Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912) debemos los españoles el descubrimiento de la peculiaridad y significación de nuestra cultura en el pasado. Sin embargo, poco es lo que de teoría de la cultura hay expreso en su cuantiosa producción. El genial polígrafo santanderino era, por temperamento y dedicación, ante todo historiador, y sólo incidentalmente, para explicar el caso concreto, se elevaba a lo general. La cultura fue concebida por él como búsqueda (lograda a veces y fallida otras) de las normas y valores de la antigüedad clásica asumida y completada por el cristianismo. Por lo demás, para explicar las peculiaridades y peripecias históricas de la cultura suele ligar la cultura a la nacionalidad y explicar ambas por reducción a un estrato de natura naturans, al que denomina vaga e indistintamente genio, alma, espíritu del pueblo o de la raza. Lo conforme con la tradición de ese genio nacional, o sea, lo castizo, tiene la garantía de vitalidad; en cambio, lo opuesto a ello es disolvente y caduco{3}. En su juventud, Menéndez y Pelayo pensaba que el progreso de la cultura iba ligado a los pueblos mediterráneos de raza latina, pero en su madurez hizo justicia a la cultura de los pueblos nórdicos de raza germánica.

También desde el punto de vista del problema de España enfocó Miguel de Unamuno (1864-1936) el de la cultura. Para el fogoso escritor vasco-salmantino la cultura es el precipitado de la civilización. «La civilización es la matriz que contiene los elementos de cultura aún no individualizados, aún no hechos nosotros mismos, todo lo que está por organizar, las reservas nutritivas de nuestro espíritu. Pero contiene a la vez los detritus, residuos y excrementos, y cuando éstos sobrepujan a aquellos otros elementos, la desintegración empieza y avanza»{4}. Por lo demás, del conjunto de su pensamiento se infiere que la cultura a que hace referencia no es la intelectual ni la técnica, sino, ante todo, la religiosa a su modo, es decir, en lucha de razón y fe.

Si hasta ahora la cultura no había pasado de tema anecdótico e incidental no es éste el caso de Eugenio d'Ors (1882-1954) y José Ortega y Gasset (1883-1955); estos dos ensayistas de nuestro siglo hicieron de ella, en efecto, tema favorito y hasta central.

Para D'Ors la cultura es «la suma de significaciones, acontecimientos y figuras que, dentro de lo histórico, se destacan con un doble valor de universalidad y de perennidad»{5}. A través del contingente, azaroso y efímero acontecer histórico se da, efectivamente, una reiterada manifestación (epifanía) de constantes (eones), estructuradas en estilos. El pensador catalán ha derrochado agudeza para sorprender las correlaciones internas entre los diversos campos de la cultura según las épocas y las naciones; el vínculo no consiste, sin embargo, como para Spengler, en ningún sino de las culturas, sino en lo que él llama función.{6} En páginas de hechura ligeramente barroca ha defendido D'Ors sin descanso, frente a todo relativismo, los valores típicos del clasicismo: jerarquía, orden, armonía, catolicidad (en la acepción religiosa y profana del término). El mismo elogio de «la obra bien hecha» constituye todo un lema para la cultura en estos tiempos de relajación y apresuramiento.

De la cultura, como de la civilización, sólo cabe, según Ortega y Gasset, un concepto formal: «Cultura es el conjunto de reacciones intelectuales y prácticas en que se realizan ciertas normas ungidas para nosotros de un valor absoluto y decisivo»{7}. Ha sido este aspecto de la cultura como reacción frente a y en dependencia de la vida el más estudiado por el filósofo madrileño. A su modo de ver, tal es, precisamente, el tema de nuestro tiempo: «la decisión de no olvidar nunca, y en ningún orden, que las funciones espirituales o de cultura son también, y a la vez que eso, funciones biológicas»{8}. Junto al imperativo cultural está el imperativo vital. Frente a verdad, sinceridad; frente a bondad, impetuosidad; frente a belleza, deleite. Que Ortega proteste contra el racionalismo (por él irónicamente llamado «beatería de la cultura») no quiere decir que propugne una vuelta rousseauniana a la espontaneidad primitiva. Lo cultural es, para él, lo vital con «una consistencia transvital». Lo que él defiende es una complementaridad de valores (raciovitalismo){9}. En todo caso, por su lado subjetivo, cumple la cultura una misión en la economía del individuo: le salva del «naufragio vital» da sentido a su vida. «Cultura es el sistema vital de las ideas en cada tiempo»{10}.

Pero esas normas reclaman, según vimos, un «valor absoluto». ¿Lo tienen las de alguna cultura histórica? Ortega, que ha ironizado sobre el pretendido valor absoluto de la cultura europea y de su clasicismo, quiere, no obstante, salvarse, por el perspectivismo, del relativismo historicista a lo Spengler. «Más allá de las culturas está un cosmos eterno e invariable... Períodos y razas –o, en una palabra, las culturas– son los órganos gigantes que logran percibir algún breve trozo de ese trasmundo absoluto»{11}. Pero ni este ni otros párrafos similares logran quitar el fuerte sabor relativista que deja su pensamiento en este punto. La meditación de Ortega es, con todo, la máxima aportación española, en originalidad y riqueza, a la aclaración del concepto de cultura.

Notas

{1} Obras completas, I, pág. 596, B.A.C., Madrid 1946.

{2} Obras completas, IV, págs. 203-204, B.A.C., Madrid 1949.

{3} Passim, en sus obras. Cfr. Pedro Laín Entralgo, Menéndez y Pelayo, III y V.

{4} Ensayos, I, pág. 309, Aguilar, Madrid 1958.

{5} La civilización en la Historia.

{6} El secreto de la filosofía, págs. 307-309, Iberia, Barcelona 1947.

{7} Obras completas, III, pág. 262. Editorial Revista de Occidente, Madrid 1957.

{8} Obras completas, III, pág. 169.

{9} Idem, III, pág. 178.

{10} Idem, IV, pág. 321.

{11} Idem, III, pág. 313.

Carlos-Amable Baliñas Fernández
Doctor en Filosofía, Catedrático Numerario del
Instituto Nacional de Enseñanza Media
«Arzobispo Gelmírez», de Santiago de Compostela.


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