Los diputados pintados por sus hechos
R. Labajos y Compañía, Madrid 1869
tomo primero
páginas 370-376

D. Antolín Monescillo

Obispo de Jaén

Antolin Monescillo Obispo de JaenEl Ilmo. Sr. D. Antolín Monescillo nació el año de 1805 en la villa de Corral de Calatrava.

Niño aun, empezó a manifestar vocación decidida al estudio. A los doce años, sus padres lo llevaron a Toledo, donde estudió filosofía, decidiéndose a seguir la carrera eclesiástica, que terminó con notable aprovechamiento, habiendo obtenido, cuando apenas contaba veinticuatro años, el título de doctor en sagrada teología.

Dedicado con especial cariño al estudio de nuestros clásicos, ha rendido siempre culto a la literatura patria, que ha cultivado con esmero, siendo todos sus escritos modelos de bien hablar. Como prueba de ello, citaremos varias obras que revelan, no solo buen gusto literario, si que también extensa erudición en ciencias y artes.

El Manual del seminarista, Los Catecismos y sus artículos sobre Disciplina eclesiástica, figuran, como obras teológicas, entre lo mejor que se ha publicado en España. Como polemista, el Sr. Monescillo ha demostrado el buen temple de sus armas en los periódicos religiosos más importantes que se han publicado en España.

Más se ha distinguido como escritor y como maestro, que como orador: sin embargo, sus sermones siempre han llamado poderosamente la atención, por la pureza de su doctrina, por lo correcto de su frase, por la dulzura de su entonación. Los que no hayan tenido el gusto de oírle en el púlpito, pueden leer sus tomos de sermones y panegíricos, que han sido muy aplaudidos en todo el mundo católico.

Sus pastorales como prelado son dignas de estudio y a la vez sencillas y conmovedoras, porque en ellas se revelan el fervor de su celo apostólico, y la belleza de su magnánimo corazón.

El Sr. Monescillo, propagandista incansable, parece comisionado por el Supremo Hacedor para enseñar la verdad y fortificar la fe, habiendo escogido, como medios principales de realizar su misión, la cátedra y la prensa. Así se ve que al dejar en 1835 la clase de teología que corría a su cargo en Toledo, para obtener, por medio de brillantes oposiciones, un curato en el mismo arzobispado, escribe varios sermones y panegíricos, entre los cuales descuella, como modelo literario, el dedicado a la memoria del ilustre manco de Lepanto.

Nombrado en 1849 vicario general de Estepa, donde se captó generales simpatías, continuó sus trabajos literarios en algunos periódicos de religión.

En 1852 fue ascendido a canónigo de Granada, y al poco tiempo a la dignidad de maestrescuela del arzobispado de Toledo; entonces quiso dedicarse de nuevo al profesorado y volvió a ocupar la cátedra de teología en el Seminario conciliar de Toledo. [371] Su cátedra ha sido uno de los planteles que han producido esa ilustrada juventud, honra hoy del clero español, que está llamada a dar nuevas glorias a la Iglesia católica.

En 1861 fue electo obispo de Calahorra y la Calzada, y en 1865 fue trasladado a la silla episcopal de Jaén, donde, dedicado exclusivamente al pasto espiritual, alejado completamente de las luchas políticas y consagrándose con marcado empeño al ejercicio de la caridad, ha conseguido obtener el cariño de sus feligreses y las bendiciones de los pobres.

Llegó el mes de Setiembre de 1868, y la revolución más radical que se ha hecho este siglo en Europa triunfó casi a las puertas de su diócesis, sin que en aquellos momentos se haya notado la señal más leve que desmintiera el cariño que se había conquistado el virtuoso obispo.

Convocadas las Cortes por el Gobierno provisional, el Sr. Monescillo fue elegido diputado por Ciudad Real, habiendo aceptado esta delicada investidura con el propósito de defender la unidad católica, aislándose completamente de las luchas políticas, ajenas a su carácter y al ejercicio de su sagrado ministerio.

Al llegar la discusión de la totalidad del proyecto de Código constitucional, creyó necesario tomar parte en ella, y lo hizo en las sesiones del 13 y 14 de Abril de 1869 en los términos siguientes:

[Discurso en defensa de la unidad católica]

«Empiezo, señores diputados, dando gracias al Sr. Ochoa, que ha tenido la bondad de cederme la palabra, y también al Congreso, si se digna prestarme su atención, porque este discurso empieza a deshora, fatigada ya la Cámara, debilitado yo, y no en buen estado de salud. Sin embargo, ruego a los señores diputados que me escuchen con benevolencia y creo que me dispensarán si no soy todo lo exacto, todo lo preciso, todo lo justo que debo ser en un debate que ahora empieza para mí, y que parece que ha de terminar con este mi discurso.

Verdaderamente, al leer el proyecto que discutimos, lo primero que me ocurrió decir fue: ¡cosa grande, cosa magnífica, aspiración verdaderamente nobilísima de parte de los señores de la comisión!

Por cierto se extrañará que teniendo yo la palabra al parecer en contra, haga este elogio del trabajo de la comisión: todo lo merece; la fatiga que se ha tomado para concluir este trabajo verdaderamente penoso, es digna de los mayores elogios; siento que no se halle presente el Sr. Mata, a quien especialmente me dirijo con esta observación: no ya ocho días, ni ocho años creo yo que serían bastantes para dar por concluido un trabajo de tanta consideración; yo también extraño mucho que hayamos entregado estas cuestiones tan trascendentales para el país a una que me permito llamar, sin ofensa de nadie, verdadera improvisación. Y a este propósito, debo advertir al señor diputado que nos ha honrado a los prelados considerándonos como los consultores de la comisión (sintiendo mucho la ausencia de este sitio del señor cardenal Cuesta, que en este momento es una verdadera desgracia para mí), que nosotros no hemos sido tales consultores: los señores de la comisión no necesitaban consultores: los señores de la comisión no necesitaban nuestra consulta, ni aun siquiera nuestro consejo. Quiero hacer brevemente la historia de nuestra llamada al seno de la comisión.

Se dignaron estos señores contar con los prelados, no con ánimo ciertamente de consultarlos, pero sí de oírlos: los oyeron en efecto, y esté tranquila la Cámara: yo ruego a los señores del banco de enfrente (la izquierda), a los señores de la derecha, a todos, que son mis hermanos, que son españoles, que tengan la generosidad, que tengan siquiera el sentimiento de la justicia que siempre les distingue, y me hagan a mí la de creer que les voy a decir la verdad: estén tranquilos y satisfechos todos los señores diputados; podéis todos estar seguros de que los prelados no han tenido ni la más mínima influencia en el proyecto que se discute: los señores de la comisión nos han oído con deferencia, sí, con respetuosa consideración; pero, señores diputados, nos han despedido también con mucha política. No aparecen en el proyecto ninguna de las consideraciones que nosotros hicimos sobre él: los señores de la comisión tienen la bastante independencia, y yo respeto la independencia de todos los hombres, porque yo también soy independiente, y recuerdo a este propósito lo que decía San Pablo: civis romanus sum (Muestras de aprobación); también yo soy ciudadano romano, yo que me precio de ser ciudadano español, reconozco esta independencia, esta noble, esta santa, esta gloriosa independencia de los señores de la comisión.

Los prelados han agradecido las atenciones de la comisión, como han agradecido las atenciones de toda la Cámara y del Gobierno provisional. Jamás, lo declaro altamente, y creo que con esto contraigo méritos para que se me crea, nunca en los ocho años que llevo de prelado he recibido tantas atenciones del poder como desde que se estableció el Gobierno provisional. ¿Os basta esto, señores diputados? ¿Reconocéis en mí la buena fe? (Muestras de adhesión.) Yo tengo el consuelo y además la satisfacción de que los señores de la comisión han visto mi corazón en la mano. ¡Ojalá que lo vierais vosotros también! (Bien, bien.)

Pues bien, señores, empezaba diciendo que parecería extraño que yo tuviera palabras de alabanza para la comisión: ¿y cómo no tenerlas? A ello me obligan las palabras que preceden al proyecto de Constitución. Yo dejo, señores, para vosotros todo el mundo, el gobierno del país, la administración de la justicia, la formación y aplicación de las leyes, en las cuales pudiera yo también tomar parte porque soy ciudadano español; pero como esto es solamente un preliminar para la cuestión que más directamente nos afecta, lo dejaré a un lado, con tanto mayor motivo, cuanto que os considero fatigados, y yo lo [372] estoy también, como podréis conocer por mi voz debilitada al cabo de una larga vida de tristes historias llena. No estoy, pues, para semejante fatiga, en términos, que aun para el trabajo que me propongo llevar a cabo, no sé si me bastarán las fuerzas. Por dicha, los señores de la comisión me han facilitado la tarea. Les doy por ello gracias. Sí, señores diputados, os aseguro que mi discurso está hecho en el trabajo de la comisión con las breves palabras de la misma. Oid, señores diputados, y os vuelvo a suplicar vuestra atención.

«La nación española, y en su nombre las Cortes Constituyentes, desean restablecer la justicia, afianzar su libertad y la seguridad y desenvolver la prosperidad en bien de cuantos viven en España.» ¡Qué nobilísimo intento el de la comisión! Esa es vuestra aspiración, es la mía, esa es la de todo el que siente la justicia y la equidad; nunca le agradeceremos bastante a la comisión este arranque de nobleza y de verdadera rectitud de miras: ¿quién no querrá ir a dónde la comisión le quiera llevar? ¿Quién no querrá establecer la justicia, afianzar la libertad y la seguridad, y desenvolver la prosperidad en bien de cuantos moran en España? Señores, establecer la justicia, ¡cosa santa, cosa grande, cosa admirable!

¡La justicia, que levanta las naciones, en la cual se asientan los tronos, en la cual se apoyan los tribunales; el sentimiento de todos los corazones, el sentimiento también de todas las almas cristianas, única y verdadera fuente del derecho! Pero ¿establecer la justicia, señores de la comisión? ¿Qué se dirá en los países extraños, qué se dirá fuera de aquí, en la calle, en los pueblos, en la discusión de todos los días? ¿Se dirá que no había justicia en España? Que venimos a establecer la justicia: ¡ojalá la establezcamos! Yo hubiera dicho, y cuidado que hay personas notabilísimas en la comisión, y muy entendidas en letras y en toda especie de conocimientos, y hubiera dicho más bien que era nuestro ánimo, que era nuestro propósito consignar y declarar dónde estaba la justicia; que nuestro ánimo era buscarla, porque la justicia no procede de nosotros, es anterior a nosotros, precede a nuestras Constituciones: la justicia soberana sería entonces prenda segura de nuestra justicia.

Vais a extrañar, señores diputados, y va a extrañar el pueblo que me escucha lo que voy a decir: ya no temo los escándalos cuando son la gloria del género humano, cuando son la gloria de la personalidad humana. ¿Querréis creer que yo también vengo del campo de la libertad? Vosotros diréis: ¿y cómo viene este obispo del campo de la libertad? ¿Cómo? Cuarenta años hace discutiendo, cuarenta años hace definiendo, cuarenta años hace argumentando en el periódico, porque yo también he sido periodista, pobre periodista, miserable periodista: he venido del campo de la libertad, peleando sin cesar en el periódico, en el libro, en el folleto, en la controversia. No he disimulado ninguna clase de argumentos, no sé si he respondido a todos, porque no me considero con capacidad suficiente para ello, pero yo os aseguro que lo he procurado, que vengo del campo de la libertad, y que tal vez el haber vivido en el campo de la libertad, de la discusión, de la enseñanza, de la controversia, el haber vivido entre hombres de todas clases, ha hecho que una persona que debiera ser desconocida por su insignificancia, haya llegado a estos bancos, y sobre todo lleve una mitra que es indigno de llevar.

Vengo, pues, del campo de la libertad y no temo la libertad; yo quiero la consagración de las libertades, pero no quiero la impunidad de la culpa ni del pecado: y digo pecado, porque lo mismo en lo criminal que en lo moral, el pecado, como el delito y la falta leve, es la transgresión, es un apartamiento de la ley: por manera, que al hablar de una transgresión cualquiera, sea crimen o sea falta, puedo llamarle con el nombre genérico de pecado. Este pecado lo tenemos todos. ¡Ah! Con qué hermosa frase lo decía mi querido amigo, pues le amo de todo corazón, el Sr. Moret: «Hay una culpa común a todos.» Y en efecto, yo veo que todos estamos inficionados de esa culpa común; y cuenta que ahora no hablo del pecado de origen.

iQué desgracia para vosotros, entendimientos generosos, qué desgracia para vosotros, corazones magnánimos, qué desgracia para mí el vernos en diversos campos, unos que piensan de una manera, otros que pensamos de otra! Y cuando somos intolerantes unos respecto de otros, y la intolerancia está en habernos dividido, ¿no es verdad que con dolor señalamos a unos bancos en excisión con otros, y que con profundo pesar hacemos mil apartes? Pues bien, cuando los partidos son intolerantes y se excluyen, no queramos que la verdad sea tolerante y que se amase con el error. Yo pienso, señores, que lo que es permitido para aquellas cosas en que los hombres somos falibles y podemos engañarnos, no debemos pasarlo a las altas regiones de la revelación, de los misterios, de las grandes cuestiones trascendentales, y bien sabéis vosotros a qué llamo cuestión trascendental.

Mi antigua escuela decía que una de las propiedades trascendentales era el unum, la unidad. ¿No es verdad esto? Yo no comprendo la variedad de religiones: si todas son iguales, no hay ninguna religión: voy a decir sinceramente cuál es en esta materia el pensamiento cristiano, cuál es el pensamiento pagano, cuál es el pensamiento político, y al llegar a este punto, será cuando entre a examinar el proyecto de Constitución.

Oigo a un pagano, gloria de la elocuencia y de la literatura, quien acercándose ya al cristianismo, habiendo visto los primeros albores de la luz, de esa luz magnífica que irradia, de Nuestro Señor Jesucristo, decía a los que andaban dando culto a diferentes dioses: «Dejaos de locuras, dejaos de insensateces: aut Deus non est, aut unus est; o no hay Dios, o es uno. ¿No es verdad, señores diputados, que hiere la grandeza de este pensamiento? Pluralitas Deorum nulitas Deorum: a pluralidad de Dioses, nulidad de Dioses; a pluralidad de religiones, nulidad de religiones.

Ved, pues, por qué yo vengo a apoyar la unidad religiosa, porque creo que si todas las religiones son falsas, no hay moral verdadera: la moral se asienta en la religión. [373] No es un argumento ad terroren el que os hago a vosotros que tenéis el ánimo muy levantado, a vosotros a quienes nada os espanta ni aterra, como no me aterra ni espanta a mí, que no vengo del campo del miedo; es un argumento que hago a la convicción, a vosotros mismos, cuando os digo: el día que proclaméis que no hay religión, habremos de decir: no hay moralidad, no hay moral.

Señores diputados, nosotros estamos aquí en virtud de un pacto moral; ved el pacto que han hecho conmigo mis electores, mis paisanos, los manchegos, de quienes yo no me acordaba, como ellos tampoco se acordaban de mí para nombrarme su representante; solamente podía acordarme de ellos para vender esta capa, y esta capa no era de mis paisanos, era de mis diocesanos. (Bien, muy bien.) Pues bien: oid, compañeros míos, oid: ¿sabéis lo que me han dicho mis electores, mis paisanos, los manchegos? «Señor obispo,. hay necesidad de que Vd. vaya a las Cortes.» El obispo, no contestaba, el obispo no sabía si debía venir, si podía venir, si había inconveniente en que viniera. El obispo tuvo la franqueza de decir en letras de molde para que nadie pudiese dudarlo: «Mi presencia en el Congreso podrá ser conveniente, pero podrá ser también perjudicial.» En la época en que el obispo lo dijo, ya comprenderéis, señores diputados, cuánta prudencia encerraban sus palabras. En todas las cartas que tengo, y que pasan de 200, instándome a que aceptase la diputación por la provincia de Ciudad-Real, me dijeron mis paisanos: «Señor obispo, vaya Vd. a la Asamblea Constituyente a defender la religión, a defender la unidad católica.» Y yo decía para mí: han perdido el juicio los sesudos manchegos. ¿En qué piensan aquellos hombres encanecidos que parecían no tener participación en los negocios del país, puesto que ahora me eligen para defender la religión y la unidad católica?

Llegando ya las cosas a su término, ya me habéis visto, señores diputados, he venido al lado del señor cardenal arzobispo de Santiago, al lado de ese hombre eminente, de esa lumbrera de la Iglesia, y he venido, no como obispo, sino muy honrado con ser el asistente, que en otro tiempo se hubiera llamado el diácono del obispo. iAh, cuán tristemente deploro que no se halle en este recinto! Yo quisiera oírle reflexionar; yo quisiera sobre todo oírle aclarar las cosas, definirlas, compararlas entre sí, para que las deducciones fuesen claras, lógicas, evidentes, en bien vuestro y en bien nuestro, porque, como he dicho antes citando al Sr. Moret, hay una desgracia común, la de no entendernos. ¿Y no es una lástima que no nos entendamos los hombres que tenemos corazón, porque yo también lo tengo, los hombres que tenemos entendimiento, el cual recibe la buena fe del corazón, y en el cual se irradia la gran luz, la altísima verdad? Yo veo aquí de dónde viene la luz. Mirad vosotros también allá arriba una luz muy superior, muy superior a esa luz que nos ilumina. ¿Sabéis dónde la veo yo reflejándose? En vuestras frentes.

Este es el derecho natural; este es el derecho sobre todos los derechos;. este es el derecho a que no renuncio, porque no puedo ni quiero renunciar a él, ese derecho, que es la imagen de Dios, y de que nos hablaba ayer un señor diputado con tan buena entonación como graciosísima frase, ese derecho yo no lo abdicaré nunca.

El diputado que os dirige su humilde voz no habla en nombre de la Iglesia, porque no representa ni es digno de representar a la Iglesia. En la Iglesia católica no hay Iglesia española, ni francesa, ni italiana: hay dos palabras que no caben en el catolicismo, aunque el catolicismo es muy grande, muy vasto, universal, que todo lo abarca. ¿Sabéis cuales son esas dos palabras? El yo y el nosotros; el yo no cabe en la Iglesia católica; el nosotros no cabe en la Iglesia católica.

No incurriré en los errores de la nación francesa, que recuerdo, no para ofenderla, porque yo la respeto, tengo amigos en ella y quisiera poder honrarla, y enaltecerla mucho; pero hace a mi propósito el decir, respecto a ella, una cosa que todos sabéis, porque ¿quién ignora la historia de la Iglesia? Pues qué, la historia de la Iglesia ¿no es la historia del imperio y de las grandes repúblicas? Y ya que de república hablo, permitidme que os diga que no la temo, porque al fin, república ¿qué es? Rex populi. Y la causa del pueblo no me es extraña. ¿No vengo yo del pueblo? ¿No soy del pueblo? Pues bien, ¿sabéis lo que dijo esa nación, siempre deseosa de absorber todas las fuerzas del mundo? Pues esa nación llena de pretensiones dijo: «Nosotros, nosotros.» No, no, respondo yo; no hay Iglesia francesa; hay Iglesia católica, y todas las Iglesias de todas las naciones no tienen más que una cabeza y una dependencia; no, en el catolicismo no hay yo ni nosotros, sino tú, todos. En la Iglesia católica todos somos todos; todos pertenecemos a la Iglesia católica, no pertenecemos nosotros a la Iglesia española por más que sea grande el episcopado español. Se anuncia ya la próxima celebración de un Concilio ecuménico. iAh! Yo no iré, porque no estoy para ir a ninguna parte, porque soy un soldado inválido; pero yo sé que irán obispos que darán honra a España.

Incurren en un error los que dicen que los más eruditos, los que pasan por hombres de cierta clase de conocimientos superficiales han de ir allí a dar luz, no; la luz saldrá de otra parte. ¡Quiera Dios que salga de mi patria! De mi patria saldrá. Allí irán los discípulos de Melchor Cano, allí irán los discípulos de Salmerón, allí se verá lo que se vio en el siglo XVI, que no estamos tan atrasados como se supone, con lo cual se nos vilipendia, y si la palabra no fuese dura, diría que se nos calumnia. Dispensadme, señores diputados, la digresión, y después de repetir que no represento ni puedo representar a la Iglesia, vengamos a nuestro asunto. Tratemos ya de la unidad religiosa. Sabéis, señores, que además de diputado soy obispo, y no puedo ni quiero desprenderme de este carácter. Hice cuanto estaba de mi parte para no admitir el cargo que aquí ejerzo; rehusé, no se me aceptó la renuncia; no hubo más remedio que admitirlo, pero al desempeñarlo procuro ser ministro y procuro ser prelado. [374]

Hay un concepto grande, una idea magnífica, una idea poderosa. ¿Sabéis lo que me dice a mí la Iglesia católica en las altas revelaciones? A mí me dice la Iglesia católica lo que dice a todos los obispos: Depositum custodi: ahí tienes el depósito. ¡Qué depósito, señores! La palabra de Dios revelada, escrita y no escrita; guarda, guarda ese depósito. Guarda también, me dice, las tradiciones que recibes, ya sea de palabra, ya sea por escrito. Y me dice también: las tradiciones que tú guardas, las doctrinas que tú conservas y de que eres depositario, están bajo el escudo de la santa verdad, están bajo el escudo que se apoya en la columna y firmamento de la verdad, que es la Iglesia de Dios. Y me dice también: uno es Dios, una es la fe, uno es el bautismo; sois todos los cristianos un solo cuerpo; procurad tener todos un solo espíritu. Y finalmente, ¡qué cosa tan admirable! ¡Qué cosa tan magnífica! Aprendedlo, católicos, hermanos míos los españoles; el mismo Evangelio, en tono de profecía, me dice que llegará el tiempo en que trabajando, yendo de un campo a otro, departiendo con todas las gentes, llegará a verificarse esa gran unión, la unión de todo el mundo; no habrá más que un solo redil y un solo rebaño, bajo la dirección de un solo pastor.

Y dice el apóstol San Pablo: «Cuida mucho de conservar la unidad del culto y de la paz: en el culto y en la paz está el orden; el orden tras la concordia, y de la concordia de los hombres nacen todas las prosperidades, que van en aumento conforme se aprieta el santo lazo que se llama la caridad.» A este punto hemos llegado ya, a tratar de la unidad religiosa en nuestro país.

Vosotros, señores diputados, comprenderéis mejor que yo que no es lo mismo tratar de la unidad dogmática que de la unidad, digámoslo así, dogmático-política. Pero de cualquier modo, si es necesario que, como quieren las Santas Escrituras, tengamos un mismo modo de pensar; ¿no os parece que este es el bello ideal de todas las aspiraciones humanas? VedIo sino en aquellos bancos (señalando a los de oposición republicana), donde hay tantas personas ilustradas, así como en otros, donde hay también muchas que no lo son menos, en todos nosotros, en fin, ¿qué idea domina? A mí mismo, en este momento, ¿qué espíritu me mueve? ¿Sabéis cuál? El del proselitismo, el de atraeros, el de llevaros a todos, si posible fuera, a pensar como yo pienso. Esta es la nobilísima aspiración del entendimiento y del corazón humano. Y ¿por qué hemos de ensanchar las distancias, tanto más que, como os he dicho con la voz de los antiguos filósofos: «a pluralidad de dioses, nulidad de dioses.» Queremos o no queremos; esta es la cuestión clara y terminante.

Si quiere sostenerse por alguno que todas las religiones son iguales, contéstese primero a un dilema que aquí nos presentó el Sr. Sánchez Ruano. Decía este señor diputado con una entonación vigorosa dirigiéndose a la comisión: «o crees que todas las religiones son iguales, o que hay una superior a todas las demás. Si creéis que todas son iguales, ¿por qué no proclamáis la libertad de cultos? Y si creéis que hay una religión más superior, más digna que las otras, ¿por qué no consignáis este privilegio? Este es un argumento contundente, indestructible.»

Pues bien: yo, partiendo del mismo argumento, lo amplío diciendo: si creéis que todas las religiones son iguales, ¿por qué no proclamáis el indiferentismo? Y vosotros, los de ardiente corazón, los de cabeza escudriñadora de las cosas altas, ¿estaréis por el indiferentismo en religión cuando no lo estáis respecto a nada de lo demás que os atañe? Yo no os haré la injusticia de creer que si en las cosas naturales de la vida no sois indiferentes, habríais de serlo en materia de religión. Entonces habría que declarar la no existencia de religión, y esto no debe declararlo una sociedad, porque la traería funestas consecuencias; la historia lo demuestra: cuantas naciones se han regocijado con semejante idea, han visto pronto su perdición.

Yo no quisiera que se regocijara en este sentido nuestra patria, que hartos conflictos y hartos quebrantos tiene que deplorar. Pero se dice que algo hemos llegado a establecer en el proyecto. Verdad es que en el proyecto se consigna un hecho, a saber: que la nación española, o el Estado, se obliga a mantener el culto y los ministros de la religión católica. Es decir que se supone existente la religión católica; que hay una religión que es la católica; cuyo culto y ministros se obliga a mantener la nación. Pero, señores, ¿no está ya obligada la nación a este sostenimiento? Pues sí lo está, no tiene para qué obligarse. Pero ya que se dice que la nación se obliga a mantener el culto y los ministros de la religión católica, ¿por qué no añadir la frase que profesan los españoles? No creo que pudiera calificarse esto de prodigalidad de palabras. Y además, que esto es una verdad: que los españoles profesan la religión católica. Yo no veo que haya ninguno que no sea católico, por la misericordia de Dios; y si lo hubiera, yo le llamaría para atraerle, que tengo corazón y voluntad bastante para darle vida de mi vida, sangre de mi sangre, y daría cuanto soy para atraer al buen camino al extraviado. (Bien, bien.)

Pero aun suponiendo que haya alguno, ¿son tantos que sea necesario garantirles el culto de otra religión distinta? Yo, tal vez por ser eclesiástico, no veo realmente la necesidad de establecer esa libertad religiosa. Se ha indicado también que el hombre es religioso por temor. No: oid lo que ha dejado consignado un escritor a quien no desdeñará la Cámara: «el hombre, ha dicho, no es religioso porque sea tímido, sino porque es hombre.» ¿Y sabéis quién es el hombre que ha dicho esto? Pues es Benjamin Constant. El hombre es religioso porque es hombre. Yo por temor no sería católico; la religión católica no intimida, no amenaza, ni, ¿cómo? si es todo amor. El hombre es religioso porque es hombre; y el que diga que no tiene religión, le faltará la caridad, pero estad seguros de que tendrá superstición. El hombre, naturalmente, por más que sueñe en un delirio noble, por más que tenga altísimas aspiraciones, por más que se crea soberano, ya sabe al fin que es miserable. (Bien). (...) [375]

Mi personalidad es mía, exclusiva, sola mía: es tan exclusiva como la ley de la impenetrabilidad, que donde hay un cuerpo no puede. haber otro. De manera que en la religión no cabe, por ejemplo, el error con la verdad, la luz con las tinieblas. La tolerancia no nos asusta en el concepto que se presume; por el contrario, nosotros la predicamos según el divino precepto: diligite hominis; amad a todos los hombres, pero detestad el error. Ved por qué la verdad no es nuestra, no nos pertenece, sino que es el objetivo, ella está en la parte a donde miramos. Si el objeto es la luz, allí no podemos ver tinieblas; y si el objeto es tinieblas, no podemos ver luz. Esto es elemental, sencillo, y nadie lo desconoce. Pero hay necesidad de entrar por este camino para llegar al punto a donde nos dirigimos: a defender la unidad católica, y defendiéndola defendemos la verdad, os defendemos a vosotros todos, a vuestros intereses, a vuestras familias. Yo sé que en estos bancos se sientan muchas personas que han traído de sus respectivos pueblos las mismas aspiraciones que yo; la de defender la unidad católica, convencidos de que así defienden el gran carácter de la nación española; el carácter de su civilización, de su fuerza: el carácter con que aun en tiempos de hallarse abatida supo levantarse y combatir y vencer.

¿Y cómo se levantó? Con una enseña única. Entonces no había ni griegos, ni judíos, ni gentes de diversas sectas: todos eran católicos, todos unos; porque en la Iglesia católica no hay yo, no hay nosotros, todos son uno. Esta es la grandeza de la unidad, el poder, la magnificencia de la unidad, y permitidme la frase que no es impropia refiriéndose a lo que es obra de Dios, esta es la majestad de la unidad católica que deseo llevar a vuestros ánimos. (...)

La comisión ha dejado reducida la cuestión de las relaciones entre la Iglesia y el Estado a cuestión de estipendio, de jornal. Señores diputados, si estimáis en algo la religión, si creéis que el carácter y la dignidad sacerdotal valen algo, considerad cuál es el espíritu y cuál es la letra del art. 20 del proyecto de Constitución. Ya lo trataremos más detalladamente cuando llegue su discusión. De las palabras de ese artículo se desprende que quedan garantidos todos los cultos como el de la religión católica. No sé si respecto a esto tendré también el entendimiento al revés; pero me parece que vamos a decidir una cosa que no podemos decidir; una cosa de la cual no podemos hablar, porque este artículo rompe un contrato solemne, un tratado internacional, en el cual está establecida la unidad católica, y como honestamente no pueden romperse los pactos, no sé cómo se propone la libertad de cultos.

Ya os dije ayer que no temo por la libertad de cultos, ni por la respetable persona del señor Cardenal, ni por nuestra Iglesia católica en general. ¿Cómo hemos de temerla después de establecerse la libertad de enseñanza? ¿Creéis que nos daría más miedo aquella que esta? No la tememos por nosotros, porque estamos habituados a la lucha con el error; y precisamente tenemos una riqueza inmensa de tratados y tratadistas, en donde está consignado mucho más de lo que hoy puede decirse sobre estas cuestiones; y sin necesitar grandes talentos, aunque no faltara ingenio, nos bastaría con referirnos a lo dicho por nuestros mayores. Pero si no tememos por nosotros a la libertad de cultos, tememos el escándalo de los pequeñuelos. Pues qué, ¿no hay pequeñuelos entre los hombres? ¿No hay inteligencias débiles? Pues que, aunque nos creamos todos soberanos, ¿tenemos la soberanía de la razón y de la ciencia? Y aun suponiendo que la tuviéramos, lo cual sería absurdo, ¿tendremos la soberanía del acierto? No teniendo esta soberanía zozobraríamos y vendríamos a estrellarnos entre mil peligros. Nosotros no tememos perecer en el combate; tememos por vuestros hijos, tememos por la sociedad que quedaría perturbada. (...)

Se que hasta cierto punto, y en alguna manera, está previsto esto en el artículo mismo de la comisión, cuando se dice que no habrá más limitaciones que aquellas que prescriben las reglas universales de la moral y del derecho.

Y bien, señores: la moral universal es una palabra magnífica, grande, y que, si me atreviera, la llamaría de una severidad majestuosa; por que veo la moral universal en todas partes, es decir, que nos obliga a todos, que penetra en lo íntimo de las fibras de nuestro corazón, que está en la rectitud de nuestros entendimientos, que está señalándonos el camino por donde debemos ir, como si dijéramos, la moral universal es la que todo lo dirige y gobierna.

¿Y las leyes del derecho? Y pregunto yo: ¿quién es entonces el regulador, el maestro y el tribunal? ¿Quién declara qué es la moral universal, hasta dónde llega y a cuánto obliga? (...)

Permitidme que renueve la memoria de nombres ilustres, de prelados y doctores de nuestras escuelas. En un solo siglo los tenemos a centenares. Tuvimos, asombrando a una universidad, a la universidad pretenciosa de París, al célebre Maldonado. Las escuelas de todo el mundo consultan a nuestro Suárez; todo el mundo consulta, atiende, respeta y dobla la rodilla cuanto puede doblarse ante los dos Sotos. Y, sépalo el Congreso, aunque lo sabe mejor que yo, eso que se llama ciencia de Alemania, eso que se llama la profundidad de Alemania, eso, en lo que tiene de sólido y bueno, no es de Alemania.

La Alemania no tiene más que la niebla; la Alemania no tiene más que el sueño; la Alemania no tiene el fondo: es de Teresa de Jesús, es de Juan de la Cruz, es de Fr. Luis de Granada; y si ellos llegan a lo alto, no han llegado, como Juan de la Cruz, al monte Carmelo. (Bien, bien.) ¿Soy español o no? Préciome de serlo. Inútil soy: poned a contribución esta pobre vida, y veréis si la vida, pobre como es, no se quema en una pira por la defensa de su patria. Dispensad la digresión; que no puedo dominarme cuando hablo de las grandezas de mi patria. Volviendo al asunto, entiendo que nosotros nos perjudicamos grandemente rompiendo la unidad católica; [376] nos perjudicamos, se debilitan, perdemos nuestras grandes glorias, no podemos ir con un corazón, con un pensamiento, con una fe; no podemos levantar una bandera, no podemos levantarla; y si fuimos poco ha al Africa, ¿no recordáis el grito que entonces resonaba? ¿No recordáis lo que se decía? ¡Ah! se decía como antiguamente: cristianos contra moros; y bastó que sonara la palabra moro, para que fueran allí los ejércitos españoles: ¡con cuánta gloria para los generales que me escuchan! ¡con cuanta gloria para nuestro país! Eso quiero yo: generales, magistrados, literatos, publicistas; eso quiero yo, todo lo que es gloria para mi patria; pero como no podéis negarme que la unidad católica es una de nuestras glorias, por eso os lo pido yo como de justicia, porque prescribe; y os lo pido por derecho, y os lo pido por deber, y os lo pido por conveniencia, y os lo pido por patriotismo, y os lo pido a nombre de la justicia; ya lo sabéis: justitia elevant gentem, miseros, facit populos peccatum (Muestras de aprobación.) (...)

Pues bien: no, nosotros no tenemos nada de eso; no somos los bárbaros de la Edad Media; tenemos de esa escuela el acuerdo, el buen criterio, tomando lo que hace al caso, y dejando lo que no sirve.

Oid a Melchor Cano. Melchor Cano daba grandes lecciones de táctica escolástica, y para la investigación de la verdad, les decía a sus alumnos en la obra conocida con el nombre de Lugares teológicos: «Mirad; para combatir, para ser buen controvertista, hay necesidad de saber el campo donde se pelea, cuáles son sus entradas y salidas, con el objeto de ordenar las guerrillas y el ejército, ver en conjunto el plan de batalla, y estudiarlo en todas sus circunstancias, peligros y accidentes.

¿No os parece que está hablando un general? Pues bien: ese general es Melchor Cano. ¿Sabéis como llamaba con esa táctica admirable suya a la escuela de los sofistas y los ergotistas que realmente lo eran? Los llamaba ergotandi ars, arte que reprueba con todas sus fuerzas, como lo repruebo yo; ¿no he de reprobar los excesos y los abusos?

Por eso dije antes, y no sé si lo recordará la Cámara, que en cuestiones de progreso intelectual, en cuestiones de adelanto, entra por mucho, entra muchas veces por el todo, el método. Con ese gran método escolástico, que llevamos desde el siglo XVI, desafío a toda la filosofía de Alemania, a todo ese misticismo alemán, a todo ese nebulismo incomprensible, a que componga uno solo de los Lugares teológicos de Melchor Cano, y la desafío, no en este lugar, porque a este lugar no puede ella concurrir, la desafío en todos los lugares admitidos, en el periódico, en el folleto, a todas horas y en todos tiempos, seguro de que no responderá a ninguna de mis objeciones, ni pondrá ninguna luz sobre la luz de Melchor Cano.»

* * *

Hemos copiado la primera parte del discurso del Sr. Monescillo, y los párrafos más importantes de la segunda.

No se ha pronunciado en la Cámara un discurso mas galano, más bello, más nutrido de doctrina, de más sublime inspiración; y esto no lo decimos nosotros, lo han dicho todos los periódicos de Madrid, hasta los más radicales, los más libre-cultistas. Todos le han elogiado, y recordamos que uno de ellos decía que el obispo de Jaén «como pensador, como alma avezada a las luchas de la inteligencia, como orador sagrado, como polemista, había conquistado con su discurso el primer puesto del clero español.»

El Sr. Monescillo ha cumplido con su deber, ha luchado, como bueno, en defensa de los intereses que representaba, y ha justificado la alta reputación de que venía precedido.

No ha triunfado, porque la opinión del país reclamaba la libertad de cultos, como la conquista más necesaria para consolidar la revolución de Setiembre; pero se equivocan los que creen que este precepto constitucional redunda en perjuicio de la religión de nuestros mayores. Nuestras disensiones civiles, las luchas políticas en que han tomado parte muchos eclesiásticos, y la explotación de la idea religiosa que han hecho los corifeos del bando neo-católico, han conservado la fe, y hubieran convertido en una nación de indiferentes a la nación de las Navas de Tolosa.

Hay todavía quien se propone explotar el fanatismo de algunos para aumentar nuestras discordias; pero felizmente hay también en el episcopado español virtuosos prelados que, como el señor obispo de Jaén, ejercerán toda su influencia para que la paz prevalezca, y fortificando la fe por el ejemplo, y enalteciendo la iglesia católica por la caridad, demostrarán que no debe temerse la libertad religiosa por los guardadores del dogma católico, base de la moral universal, que la revolución ha proclamado.

Sin duda alguna, la conducta del clero español, del clero que comprende su misión, será oponer a la propaganda de otras religiones, la propaganda noble y digna de la santa verdad católica.


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Antolín Monescillo Viso Diputados 1869
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