Filosofía en español 
Filosofía en español


Carlos María Fourier

Filósofo francés, fundador de un sistema que de su nombre se llama fourierismo. Nació en Besanzon en 1772, y murió en París en 1837. Las peripecias y disgustos que tuvo que sufrir le hicieron tomar grande aversión a la actual organización de la sociedad, que fuerza y violenta la libertad y derechos del individuo, imponiéndole trabajos y ocupaciones para los que no tiene vocación ni inclinación alguna.

En un principio siguió con gran repugnancia la carrera del comercio, y después de haber recorrido diferentes países, sufrió un gran descalabro de familia, y él pudo escaparse a duras penas del cadalso, que se le había preparado; esto aumentó sus preocupaciones contra la sociedad, a la cual tachaba de injusta, porque no podía obtener sus fines sin la sangre de las víctimas humanas.

Empezó a esparcir sus ideas en un periódico, titulado: La Falange, el cual tuvo poco éxito. Las principales obras que escribió son: Teoría de los cuatro movimientos, Tratado de la asociación doméstica agrícola, Nuevo mundo industrial, La falsa industria. Las ideas que expuso en estas obras se verán en el siguiente artículo.

Fourierismo

Sistema socialista de Carlos Fourier, en el que tiende a destruir radicalmente las bases de la actual organización social, política, familiar y religiosa, para sustituirlas por otras completamente distintas.

Como ya indicamos en el artículo Falansterianos (pág. 453), la peculiar organización del sistema fourierista en el orden social, aquí nos limitaremos a exponer los fundamentos en que se apoya este sistema, las causas que extraviaron a Fourier en el planteamiento del mismo, y las consecuencias morales y religiosas que de él se infieren.

Los fundamentos en que se apoya el sistema fourierista, no son otros que la idea exagerada de los males y miserias que aquejan a la humanidad, y el vano intento de remediarlas, y de mejorar la triste y penosa situación de gran parte de la sociedad humana, que vive en la indigencia y en la miseria.

El extravío de Fourier y de todos los demás socialistas consiste, en no haber conocido la naturaleza humana, y en querer buscar fuera del catolicismo y de las inspiraciones cristianas el remedio de unos males, que solo la religión puede aliviar en parte, pero no destruir por completo. Fourier, en efecto, sentó por base el principio de que el hombre ha sido creado para la felicidad, principio admitido también por el catolicismo, pero erró en determinar su naturaleza y condiciones. Para Fourier, la felicidad consiste en la satisfacción de todos los deseos, de todas las aspiraciones, de todas las tendencias del hombre; este derecho que el hombre tiene a gozar y a satisfacer todas sus pasiones y todas sus inclinaciones se funda en el mismo Dios. La voluntad divina es que las pasiones humanas tengan un verdadero objeto y una completa expansión, y no puede prohibirlas ni violentarlas, ni por consiguiente querer directamente las privaciones, los males y sufrimientos que aquejan al hombre.

Por lo tanto, los males y miserias que afligen a la sociedad y al individuo no provienen de Dios, y Fourier dice que provienen de la sociedad civil y religiosa, obras e instituciones del hombre, resultando del abuso que este ha hecho de las facultades que Dios le ha dado. La sociedad y la religión son causa de estos males, porque contrarían a la naturaleza del hombre, y a los derechos que Dios le ha dado de gozar sin límites y poseer la felicidad omnímoda. La sociedad civil se opone a la felicidad a que es llamado el hombre, contrariando las vocaciones e inclinaciones del mismo: la religión igualmente, porque rechaza los placeres presentes como contrarios a los futuros, y pone las privaciones y austeridades como condición de la futura felicidad.

De todo esto infiere Fourier que debe verificarse un cambio, un trastorno, una reforma radical en la actual organización civil y religiosa, para dar lugar a un nuevo orden de cosas y a una nueva organización social, en que serán posibles todos los deleites, todas las satisfacciones; la felicidad en este nuevo estado de cosas irá creciendo desde la infancia hasta la muerte, y el hombre llegará a ser más feliz y bienaventurado de lo que ahora podemos imaginarnos; sin que sea posible ningún exceso ni ningún vicio, porque el vicio no es más que el exceso a que el hombre se entrega en la satisfacción de sus apetitos. ¿Pero que es lo que entiende Fourier por virtud y por vicio, por santidad y por pecado? Para Fourier la virtud y la felicidad, el goce y el deleite no son opuestos, son una misma cosa; la santidad y legitimidad del goce, de las pasiones, tanto en acto como en potencia, se funda en tener a Dios por autor y creador de las mismas. Fourier no prohibe los placeres de la carne, los deleites sensuales; antes al contrario, admite la promiscuidad de sexos, y combate la continencia y [622] castidad como una de las cosas más opuestas a los derechos del hombre.

Finalmente, Fourier dice que en su organización falansteriana, las funciones más viles y más bajas de la sociedad actual estarán llenas de placer, porque serán conformes a los gustos y atracciones de los individuos.

Como se podrá comprender de lo dicho, Fourier padeció una alucinación, como la padecen todos los socialistas y los que sueñan en mejoras imposibles para la débil y flaca humanidad; la fogosidad de su imaginación le llevó hasta el extremo de pensar que el hombre es capaz de una perfección y felicidad ilimitada y absoluta, cuando esto es un atributo de la divinidad, y el hombre pequeño y limitado no puede gozar en este mundo más que de una felicidad imperfecta y relativa.

En la sociedad humana hay vicios, desórdenes, llantos y amarguras, y los habrá hasta la consumación de los siglos, porque el hombre no se halla en su verdadera patria, sino en un lugar de destierro, y todo destierro es un sitio de amargura, de gemidos y de llanto. Fourier, concediendo al hombre la satisfacción completa de las pasiones y apetitos, dio muestras de no haber comprendido la naturaleza, porque, ¿cómo puede esta ser sublimada y ennoblecida por las pasiones, cuando estas tienden a degradarla y envilecerla? ¿Cómo puede perfeccionarse la sociedad humana por medio de elementos que tienden a rebajarla, reduciendo a los individuos que la componen, a la condición de seres irracionales? Pero Fourier no solo se muestra desconocedor de la naturaleza humana, sino también de la experiencia, cuando dice que habrá equilibrio, no obstante permitir completa libertad a las pasiones. El simple buen sentido basta para hacer ver que siendo el hombre tan ilimitado en sus deseos, siendo tan grande su sed de goces, siendo tan indómitos sus apetitos, es imposible fundar estabilidad alguna en una sociedad organizada, sin un código de leyes respetadas por los individuos de la misma, y que será defectuosa y no podrá subsistir ninguna institución, si se empieza por suprimir todo elemento moral y de orden. Por lo tanto, no se hará feliz al hombre permitiéndole la satisfacción de sus pasiones, no se le ennoblecerá de este modo, no se mejorará con ello su situación; antes al contrario, se obtendrán estos fines, reprimiendo las pasiones humanas como hace el cristianismo. Con las ideas cristianas es como se puede lograr el perfeccionamiento de la sociedad, destruyendo en lo posible las miserias y males que en ella existen: el cristianismo es el único que puede aliviar estos males. El verdadero progreso para las gentes y los pueblos se funda en el Evangelio de Cristo, el cual lo anima y lo impulsa con estas palabras: Sed perfectos como lo es vuestro Padre celestial, con lo cual tiende al adelanto, a la perfección y a la mejora de la sociedad y del individuo. Pero no puede tolerar el cristianismo los delirios de esos hombres que, imaginándose posible una felicidad omnímoda, pretenden derribar todas las instituciones sociales y religiosas, para no respetar ley alguna ni divina ni humana.

Cualquiera que sea el valor de esta teoría económica e industrial, no es en Fourier más que la aplicación de una doctrina metafísica, cosmogónica y psicológica, que en sí misma no es otra cosa que un panteísmo materializado.

«El panteísmo de Fourier, dice Mr. Maret, y sus tendencias materialistas, son manifiestas; su sistema filosófico nada ofrece de nuevo. Nos limitaremos a una observación sobre la base moral de esta teoría, la legitimidad de todas las pasiones, y la necesidad de su desarrollo. No dar otra ley a la pasión, que la pasión misma; negar la ley moral destinada a regular y dirigir las pasiones; admitir en el sentido más absoluto la legitimidad de todas ellas, es divinizar todos los desórdenes, todos los vicios y degradaciones que pueden hacer al hombre inferior a la bestia. Creer y esperar, que con el principio de la legitimidad de todas las pasiones, se puede llegar a satisfacerlas, a ponerlas los límites que son necesarios para la existencia de la asociación, es desconocer enteramente la naturaleza del hombre y la de la pasión, es engañarse a sí mismo y engañar a los lectores.»

Lo que ha extraviado a Fourier en la investigación de la verdad, es el abuso que ha hecho de los métodos que se había creado, y que si no hubiese hecho de ellos más que un uso racional y discreto, le hubieran podido conducir sin tropiezo a poner las primeras bases de la ciencia social.

El sistema y delirantes utopías socialistas de Fourier, llegaron a desacreditarse apenas fueron examinadas sus bases a la luz de la buena filosofía y de la crítica imparcial y segura. Gran imitador del sistema sansimoniano, formuló un plan humanitario con mezcla de intereses materiales y morales, que difícilmente puede apreciarse en su extravagante extensión. Ello es, que rehabilitando el paganismo, amalgamado con un principio de fraternidad universal tomada de la religión cristiana, compuso un romance monstruo de industria, fruto de su imaginación tan fecunda como desarreglada, y por más que se afirme que Fourier siempre estuvo adherido a la religión, aparece de su falansterio una serie de absurdos deducidos de principios [623] falsos y opuestos a la religión, así como a la experiencia de todos los siglos. Júzguese de las tendencias de sus doctrinas por las proposiciones siguientes, que son como su resumen.

1ª. El hombre no es un ser decaído, no trae al nacer vicio alguno original.

2ª. Resulta el mal moral, no de alguna inclinación funesta de la naturaleza, sino de una mala organización social.

3ª. El fin del hombre es hacerse dueño del globo, y explotarle de modo que se procure todo el bienestar de que su naturaleza es susceptible.

4ª. No está el hombre obligado a mortificar sus sentidos, ni a someter el cuerpo al espíritu. Su única ley es entregarse a sus inclinaciones y satisfacer sus apetitos sensuales.

5ª. El hombre debe gozar en sociedad de una libertad ilimitada. Exento de todo temor y sujeción, no debe hacer más que lo que le agrada.

6ª. Nada obliga al hombre a ocuparse de Dios, ni de sus semejantes; pensando cada cual en sí mismo exclusivamente, resultará el bien general de los esfuerzos que haga cada uno en provecho propio.

7ª. Establecido el falansterio, no habrá ni choques de intereses, ni querellas de amor propio, ni conflictos de pasiones: todo será lo mejor en el mejor de los mundos posibles.

Semejantes proposiciones conculcan lastimosamente desde el dogma de la caída original hasta las bases de la vida cristiana y social. Nada de la inmortalidad del alma; nada de mortificaciones ni abnegación; nada de caridad: solo el mundo de los sentidos, de los intereses materiales, de los goces y placeres sensuales, solo el egoísmo; sola la deificación de la materia: el orgullo, la demencia del yo humano, el delirio más perjudicial que puede reducirse a sistema, he aquí las bases del nuevo Babel soñado por el autor de las falanges, grupos y falansterios.

Afortunadamente, y a pesar del epicureísmo de nuestra edad, ha pasado este sistema como una ráfaga imponente, que desaparece sin más consecuencia que la impresión producida en los ánimos de mil incautos entusiastas, siendo evidente que ensayada la armonía de Fourier, hubiera ofrecido una fiel imagen de todos los desórdenes y aberraciones del paganismo, conduciendo al hombre de placer en placer, hasta el estado de los brutos.

C. Tormo Casanova