Filosofía en español 
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Mitos (sistema mítico)

El sistema mítico respecto al origen de las religiones llevado a sus últimos límites, consiste en sostener que el hombre primitivo no tenía religión y no reconocía ser alguno superior a él; pero que, al ver los fenómenos naturales que le cercaban, representó metafórica y poéticamente las fuerzas que los producen como seres personales, antropomorfos, movidos de sentimientos humanos. Así al Sol lo habría convertido en un guerrero que recorre el espacio en su carro y ahuyenta con sus armas (los rayos de luz) a sus enemigos (las tinieblas), personificados por igual modo. La tempestad la habría representado como un combate entre dos adversarios; el retumbar del trueno sería el son del resurtir de las armas; el rayo el arma victoriosa, el disco irresistible lanzado por el vencedor, &c. Así se habría formado toda una serie de personajes sobrenaturales, que los primeros hombres miraron como mero juego de la imaginación. Mas con el tiempo, obscureciéndose los recuerdos, llegaron estas metáforas a ser otros tantos enigmas de los cuales se había perdido la clave, y no quedaron más que los mismos personajes cuyo origen y representación eran ya desconocidos. Se les tomó por seres realmente existentes, se creyó en su acción y poder, y he ahí formados los mitos. Con estos mitos comenzó la creencia en los seres sobrenaturales, en los dioses de quienes tiene el hombre algo que temer o que esperar, y de quienes depende. Así habrían nacido las religiones y los cultos, y no serían más que eso.

Semejante sistema se ha originado de los descubrimientos que de cincuenta años a esta parte han hecho la Lingüística y la Mitología comparadas. Nada casi se comprendía anteriormente de los mitos y de las aventuras dé los dioses paganos; veíanse en ello locuras poéticas, historias alteradas, conceptos derivados de creencias. El estudio de los Vedas suministró la clave de varias historias de la mitología griega, germánica, asiática, &c.; descubriéronse en ellas verdaderos mitos en el sentido actual de la palabra, pinturas metafóricas de la acción del Sol, de la luz, &c. El entusiasmo hizo al punto exagerar el alcance del descubrimiento, y hubo quienes, aguijados por el estímulo de sus anhelos librepensadores, sacaron en consecuencia que los mitos eran únicamente ficciones poéticas, y por añadidura que todo en las religiones, todo lo sobrenatural al menos, era mito, y nada más. Limitóse por de pronto el ensayo a las religiones paganas; pero, impulsados por la audacia y el deseo de inventar, no tardaron algunos en aplicar el sistema al Antiguo Testamento, al Evangelio y a todos nuestros libros sagrados. Los Vedas de la India eran desde entonces para tales ingenios la primera expresión de la religión; todo había sido tomado de la India; todo era mito solar, tempestuoso o luciente. Abraham y Sansón, por ejemplo, fueron colocados en la categoría de héroes solares, y la serpiente del Génesis fue considerada como la de la nube tempestuosa de los Vedas. Hasta a Cristo mismo trataron de dárnosle por un héroe mítico; su muerte era la desaparición del Sol en el crepúsculo; su resurrección la vuelta del Sol por la primavera o al tiempo de la aurora, &c.

El peligro que ofrece este sistema, hoy tan en boga, es considerable. Los extravíos de la Filosofía y de la Geología dejan todavía subsistir el Cristianismo, pero el sistema mítico lo aniquilaría. El Cristianismo no es para los que patrocinan tales ideas más que una fase de la Mitología, una religión superior a muchas otras, pero inferior en varios aspectos.

Tanto mayor es el peligro cuanto que el sistema mítico ostenta el espejismo de verdaderas conquistas y de brillantes descubrimientos, y abre el camino a otros nuevos, e invita a cada cual a lucir su perspicacia descubriendo nuevos mitos. De modo que se produjo entre los tales investigadores un inconcebible apasionamiento, una verdadera manía. Bástales descubrir cualesquiera analogías para dar ya el mito por cosa averiguada. Veámoslo con un ejemplo.

La historia de Sansón y Dalila es, nos dicen, un mito solar; es el Sol que desaparece ante la noche. Sansón, el gigante, es el Sol; sus cabellos, en que consiste su fuerza, son sus rayos, y su nombre Sansón es una forma adulterada del nombre del Sol, Shemesh. Dalila, que le atrae, en cuyo seno duerme y que le corta los cabellos, es la noche, en cuyo seno se sumerge el Sol, y que le quita a éste sus rayos; Dalila es una forma alterada de Dah-lailak (la noche). Y, por último, el palacio de los filisteos echado a tierra por el héroe ciego es el palacio que tan bien figuran las nubes acumuladas en el horizonte y atravesadas por los rayos del sol poniente. Al retirarse el sol, desmoronase y desaparece el palacio. Y a causa de estas analogías quieren negarle a Sansón toda realidad histórica.

Tanto más peligroso es el tal sistema cuanto que en varios casos particulares es embarazoso el refutarlo. Porque es muy fácil señalar algunas analogías más o menos aparentes entre un hecho histórico y un fenómeno del orden natural, analogías que hábilmente presentadas impresionan los espíritus poco reflexivos, y son necesarios después para borrar aquella impresión argumentos muy evidentes, que no siempre los hay. Por este motivo conviene mucho, en el estado actual de la lucha, guardarse bien de favorecer el sistema mítico y aumentar sus fuerzas con proseguir el procedimiento apologético de los tradicionalistas, que buscan por doquier semejanzas para probar una revelación primitiva, pues que de ello tan sólo perjuicios pueden seguirse a la verdad y la Religión. Importa, por el contrario, hacer resaltar cuán poco tiene de común con los falsos cultos la Religión verdadera.

No hay duda que la explicación mítica es verdadera en muchos casos respecto a las religiones paganas. Pero, erigida en sistema, resulta por completo falsa, toda vez que dicho sistema se apoya en un fundamento erróneo y sus procederes son ilógicos, como también igualmente sus deducciones.

Supone su principio que el hombre había llegado ya a un alto grado del desarrollo intelectual, y que la Poesía se hallaba ya del todo formada antes que hubiese algún concepto de un ser divino y superior a la humanidad. Supone además que se personificaban los elementos antes de tener idea de los agentes de carácter sobrenatural cuya forma y atributos se les concedían, cuando lo que hace posible el mito es precisamente el que ya de antemano se cree en poderes invisibles. ¿Puede, por ventura, considerarse al Sol como un dios si no se tiene ya antes la idea de una divinidad? El mito es posterior a los conceptos religiosos, es la religión poetizada, es un resultado y no una causa. Así que varios pueblos, tanto civilizados como salvajes, tienen una religión de un carácter muy acentuado y hasta muy subido sin haber tenido nunca mitos. Tal sucede, por ejemplo, con los chinos, los melanesios y muchos otros.

La táctica de la mitomanía consiste en confundir la analogía, la semejanza exterior, con la identidad. Así, por ejemplo, desde el punto en que los adeptos de tal sistema descubren coincidencias tal vez bien pequeñas entre dos religiones, muy separadas, por otra parte, en tiempos y lugares, ya concluyen desde luego que dichas religiones son idénticas, que proceden de un mismo y único origen. Y ante esta semejanza más o menos vaga desaparece para ellos el valor de los testimonios históricos.

Aplicando semejante táctica, se podrían reducir a mitos los hechos históricos más manifiestos. Se ha aplicado, en efecto, el sistema a la historia de Napoleón, a la de Gladstone y a la del mismo Max Müller, padre del sistema de los mitos mejor arreglados. Era emplear el argumentum ab absurdo, y con ameno y completo éxito.