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Antonio de Guevara 1480-1545

Reloj de Príncipes / Libro III

Capítulo LIII
En el qual el Emperador Marco Aurelio concluye su plática y pone muy notables exemplos de algunos príncipes moços, los quales por ser viciosos perdieron a sí y a sus reynos.


¡O!, qué lástima es tan grande ver a un padre cómo compra de los dioses a sus hijos con sospiros, cómo los pare la madre con dolores, cómo los crían ambos con trabajos, cómo se desvelan por sustentarlos, cómo se fatigan por remediarlos; y después salen tan rebeldes y tan viciosos, en que muchas vezes se mueren los tristes padres no porque avían muchos años, sino por los enojos que les dieron los hijos. Acuérdome que el príncipe, mi hijo, siendo él moço, y yo como soy, siendo viejo, con mucho trabajo le destetávamos de los vicios. Temo que, después de yo muerto, ha de aborrecer las virtudes.

Acuérdome de muchos príncipes moços que de su edad eredaron el Imperio de Roma, los quales todos fueron de tan reprobada vida, en que juntamente merescieron perder la vida y la honra. Acuérdome de Dionisio, famoso tyrano que fue de Sicilia, del qual se dize que assí dava premio a los que inventavan vicios, como nuestra madre Roma corona a los que vencen reynos. No podía ser obra sino de tyrano y moço a los que fuessen más viciosos tenerlos por más privados.

Acuérdome de los quatro príncipes moços que sucedieron en el Imperio, mas no en el esfuerço al Magno Alexandro, es a saber: Alexandro, Anthíoco, Silvio y Tholomeo, a los quales por sus vanidades y liviandades, como llaman al Magno Alexandro Emperador en Grecia, también llaman a estos moços [915] tyranos en Asia. Muy felice fue Alexandre en la vida y muy infelicíssimo después en la muerte; porque todo lo que él ganó con gloriosos triumphos, ellos lo perdieron con muy feos vicios, de manera que el mundo que partió Alexandro entre solos quatro, vino a manos de más de quatrocientos.

Acuérdome que el rey Antígono, teniendo en poco lo que a su señor el Magno Alexandro avía costado mucho, era tan liviano en el tratamiento de su persona y tan infame en las cosas de su república, que por escarnio en lugar de corona de oro traýa unas ramas de yedra, y en lugar de sceptro traýa unas hortigas en la mano; y desta manera se assentava a juyzio con los suyos y a negociar con los estraños. Mucho me escandalizó de hazer tales liviandades aquel príncipe moço, pero espantóme la gravedad de los sabios de Grecia sufrirlo; porque muy justo es que tenga parte en la pena el que quiso ser consentidor en la culpa.

Acuérdome de Calígula, quarto Emperador que fue de Roma, el qual fue tan moço y tan loco, que dudo yo destas dos cosas quál fue mayor en su tiempo, es a saber: la desobediencia que tuvo el pueblo al señor, o el aborrescimiento que tuvo el señor al pueblo; porque tan desapoderado yva aquel malaventurado en sus mocedades y tan desapoderado en sus tyranías, que si todos los romanos no velaran por quitarle a él la vida, él se desvelava por quitarla a todos. Traýa Calígula en la cabeça un joyel de oro, en el qual estava esculpido este letrero: «Utinam omnis populus unam precise habeat cervicem, ut uno ictu omnes necarem»; que quiere dezir: «Pluguiesse a los dioses que toda Roma no tuviesse más de una garganta porque yo solo los pudiesse matar de una cuchillada.»

Acuérdome del Emperador Thiberio, hijo adotivo que fue del buen César Augusto (y llamáronlo Augusto por lo mucho que al Imperio aumentó); pero no aumentó el buen viejo tanto bien a la república, quanto Thiberio la desminuyó en quanto le duró la vida. El odio que tenía el pueblo romano con Thiberio en la vida después se lo mostró muy largamente en la muerte. El día que murió Thiberio (o, por mejor dezir, quando le mataron) el Pueblo Romano hazía grandes processiones, y los senadores davan a los templos muy ricas dádivas, [916] y los sacerdotes ofrecían a sus dioses preciosos sacrificios; y todo esto era porque los dioses no rescibiessen el ánima de aquel tyrano consigo, sino que la entregassen a las furias del infierno.

Acuérdome de Patroclo, rey segundo que fue de Corinto, el qual eredó el reyno de xxii años, y fue aquel moço tan incontinente en la carne, y tan desenfrenado en la lengua, y tan cobdicioso de hazienda, y tan covarde en su persona, que do su padre posseyó el reyno quarenta años, no le posseyó el hijo treynta meses.

Acuérdome de Tarquino el superbo, el qual entre los siete reyes de Roma fue el postrero; y, según se escrive dél, fue en gesto muy hermoso, en armas muy esforçado, en sangre muy limpio y en gastar muy dadivoso. Este malaventurado de moço todas las abilidades que los dioses le dieron para servirlos, todas las empleó en ofenderlos; porque la hermosura empleó en luxuria y las fuerças empleó en tyranía. Por la trayción y alevosía que cometió con la casta Lucrecia, no sólo perdió el reyno y él anduvo hasta la muerte huydo, mas aun el linage de los Tarquinos fueron para siempre de Roma desterrados.

Acuérdome del cruel Emperador Nero, el qual eredó, y vivió, y murió moço; y no sin causa digo que vivió y murió moço; porque en él se acabó la cepa de los generosos césares y se renovó la memoria de los antiguos tyranos. ¿A quién piensas tú, Panucio, que este tyrano diera la vida, quando a su propia madre osó dar la muerte? Dime, yo te ruego: coraçón que mató a la madre que le parió, abrió los pechos que él mamó, derramó la sangre de que nasció, ató los braços en que se crió y vio las entrañas donde se formó, ¿qué piensas que no haría el maldito coraçón que tal consigo acabava? El día que mató a su madre el Emperador Nero, dixo un orador orando en el Senado: «Iure interficienda erat mater Agripina, quia tale portentum peperit in populo Romano»; que quiere dezir: «Por justicia merescía ser muerta Agripina, pues parió tan mal hijo en Roma.»

No te deves, pues, maravillar, Panucio, de las novedades que en mí has visto, ca en estos tres días que assí he estado [917] elevado y ajeno de mi juyzio, todas estas cosas se me han ofrecido y en lo profundo del coraçón comigo las he pensado; porque los hombres cuydadosos no se cevan sino de sus pensamientos. Todas las condiciones que tenían entre sí derramadas estos príncipes de quien he hablado, todas juntas concurren en mi hijo Cómodo; porque, si ellos eran moços, él moço; si ellos ricos, él rico; si ellos libres, él libre; si ellos atrevidos, él atrevido; si ellos indómitos, él indómito. Pues, si ellos fueron malos, no por cierto pienso yo que será mi fijo bueno. Si a muchos de los príncipes moços que fueron bien criados, bien enseñados y bien disciplinados, los vemos luego en eredando ser derramados y dissolutos, ¿qué esperança ternemos de los que desde su infancia son absolutos y mal inclinados? De buen vino hazerse fino vinagre muchas vezes lo he visto, pero de algún puro vinagre tornarse vino nunca lo he oýdo.

Tiéneme este hijo puesto entre las olas del temor y las áncoras de la esperança. Espero que será bueno, porque yo le he doctrinado bien; y tengo temor que será malo, porque su madre Faustina le crió mal y (lo que es peor) que de su natural es el moço inclinado a mal. Muéveme a dezir esto ver lo artificial perescer y lo natural durar, por cuya causa me recelo que, después de yo muerto, mi hijo se torne a lo con que su madre le parió y no a lo con que yo le crié. ¡O, quién nunca tuviera hijo por no estar obligado a dexarle el Imperio, y entonces escogera yo entre hijos de muy buenos padres y no estuviera atado a este tal qual me dieron los dioses! Pregúntote una cosa, Panucio: ¿a quién llamarás más fortunado: a Vespasiano, padre natural que fue de Domiciano, o a Nerva, padre putativo que fue del buen Trajano? Vespasiano y Nerva ambos a dos príncipes fueron buenos, pero de los hijos el Domiciano fue summa de toda maldad, y Trajano fue espejo de toda bondad; de manera que Vespasiano en la dicha de tener hijos fue desdichado, y Nerva en la desdicha de no tener fijos fue dichoso.

Quiérote dezir, Panucio, otra cosa, la qual si rumiares en ella ternás en poco la vida y perderás el temor a la muerte. Yo he vivido sessenta y dos años, en los quales he leýdo mucho, he oýdo mucho, he visto mucho, he desseado mucho, he [918] alcançado mucho, he posseýdo mucho, he sufrido mucho y he gozado mucho. Y, al cabo de todo, véome agora morir, y que mis plazeres y yo nos hemos de acabar. De todo lo que he tenido, posseýdo, alcançado y gozado, solas dos cosas tengo, es a saber: pena por lo que a los dioses ofendí y lástima por el tiempo que en los vicios gasté. El rico y el pobre muy más diferentes son en la muerte que no en la vida, porque el pobre muere para descansar y el rico, si muere, es para penar; por manera que al uno privan de lo que tenía y al otro ponen en la possessión de lo que desseava. Gran cuydado tiene el coraçón en buscar estos bienes, gran trabajo se passa en allegarlos, gran solicitud es menester para conservarlos, gran viveza es menester para aumentarlos; pero sin comparación es muy mayor dolor el repartirlos. ¡O, qué intolerable trabajo es verse un hombre cuerdo al passo de la muerte dexar el sudor de su casa, la magestad del Imperio, la honra de su persona, el abrigo de sus amigos, el remedio de sus deudos, el pago de sus criados y la memoria de sus passados en poder de un tan mal hijo, el qual ni los merece, ni los quiere merescer!

En la nona tabla de nuestras leyes antiguas estavan escriptas estas palabras: «Mandamos y ordenamos que el padre que en opinión de todos fuere bueno pueda deseredar al hijo que en opinión de todos fuere malo. (Y dezía más la ley.) El hijo que uviere desobedecido a su padre, robado algún sacro templo, sacado sangre a muger biuda, huydo de alguna batalla, hecho trayción a algún estrangero; el que en estos cinco casos fuere tomado sea de la vezindad de Roma y de la herencia de su casa expelido.» La ley por cierto fue buena, aunque por nuestros pecados está ya olvidada. Si no me faltasse como me falta el anhélito, que a la verdad estoy muy fatigado, yo te contaría quántos de los partos, medos, egypcios, asirios, caldeos, yndos, hebreos, griegos y romanos dexaron a sus hijos pobres, pudiéndolos dexar ricos, y esto no por más de porque fueron viciosos; y por el contrario a otros, siendo pobres, los dexaron ricos porque eran virtuosos. Yo te juro a los immortales dioses que, quando vine de la guerra de los partos, y Roma me dio a mí el triumpho, y a mi hijo confirmó el Imperio, si entonces no me fuera a la mano el Senado, [919] yo dexara a Cómodo pobre con sus vicios y a un hombre virtuoso hiziera eredero de todos mis reynos.

Hágote saber, Panucio, que cinco cosas llevo atravessadas en mi coraçón, las quales yo quisiera más dexarlas remediadas que no encomendadas. La primera es por no poder en mi vida determinar el pleyto que la noble biuda Drusia trae con el Senado; porque, como es pobre y fea, no avrá quien le haga justicia. Lo segundo, por no morir en Roma, y esto no para más de dar un pregón que todos los que tuviessen de mí o de mi casa querella, viniessen por la paga o por la satisfación de su querella. La tercera, que como justicié a quatorze tiranos que tyranizavan a Asia y a Italia, no eché a hondo ciertos piratas que andavan por la mar. La quarta, porque no dexé acabado el templo que para todos los dioses dexé començado; porque pudiera yo dezirles después de mi muerte que, pues para todos yo avía hecho casa, no era mucho que alguno dellos me recibiesse en la suya. (Solos aquéllos se pueden llamar felices y bienaventurados, los quales passan desta vida quando están en gracia de los dioses y no en desgracia de los hombres; porque, muriendo desta manera, los hombres nos sustentarán la honra y los dioses darán recaudo del alma.) La quinta lástima con que muero es ver que dexo vivo y por mi único eredero al príncipe Cómodo, y esto no tanto por la perdición que verná por mi casa, quanto por el gran daño que sucederá en la república; porque los verdaderos príncipes los daños de sus personas han de tener por estraños y los daños de su república han de sentir como suyos proprios.

¡O!, mi Panucio, sea, pues, ésta la postrera palabra que te digo, es a saber: que el mayor hado que los dioses pueden dar al hombre que no es cobdicioso sino virtuoso es darle buena fama en la vida y después darle buen eredero en la muerte. Finalmente digo que si parte tengo con los dioses, yo les pido y suplico que, si ellos se han de ofender, y Roma escandalizar, y mi fama se ha de perder, y mi casa se ha de desminuyr por ser mi hijo de mala vida; tengan por bien de quitarle la vida antes que a mí den la muerte. [920]


{Antonio de Guevara (1480-1545), Relox de Príncipes (1529). Versión de Emilio Blanco publicada por la Biblioteca Castro de la Fundación José Antonio de Castro: Obras Completas de Fray Antonio de Guevara, tomo II, páginas 1-943, Madrid 1994, ISBN 84-7506-415-9.}

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Antonio de Guevara
La versión del Libro áureo de Marco Aurelio, preparada por Emilio Blanco, ha sido publicada en papel en 1994 por la Biblioteca Castro, y se utiliza con autorización expresa de su editor y propietario, la Fundación José Antonio de Castro (Alcalá 109 / 28009 Madrid / Tel 914 310 043 / Fax 914 358 362).
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