La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Antonio de Guevara 1480-1545

Reloj de Príncipes / Libro III

Capítulo XXXVIII
En el qual el Emperador Marco Aurelio prosigue su carta y persuade a las mugeres biudas se conformen con la voluntad de los dioses, y también les aconseja que sean muy honestas.


Pues tu remedio y mi desseo no se pueden cumplir a causa de que resuscitar ni aun de hablar con los muertos no tenemos poder, es mi parescer que este caso le devemos tú y yo poner en manos de los dioses, los quales saben mejor repartir que nosotros sabemos escoger. ¡O!, señora Lavinia, mucho te ruego, como amigo te aviso, de veras te aconsejo y de todo mi coraçón te importuno tengas por bien lo que han hecho los dioses, te conformes con la voluntad de los dioses y no quieras más de lo que quieren los dioses, ca ellos solos saben (y en lo que saben no yerran) por qué a tu marido saltearon tan en breve con la muerte y a ti su muger alargan tanto tiempo la vida. Siendo como son los dioses tan sabios y poderosos, ¿quién es el que osará ser juez de sus profundos juyzios? Los dioses saben muy bien quién los sirve y quién los ofende; quién los quiere y quién los aborresce; quién los alaba y quién los blasphema; quáles son gratos y quáles son ingratos. E dígote más, que muchas vezes se sirven más los dioses de los que están encerrados en las sepulturas que no de los que andan orando por los templos de Roma. Ya que quieras tú entrar con los dioses en cuenta, deves mirar y considerar que te dexaron hijos con que te consueles, te dexaron hazienda con que tu pobreza passes, te dexaron amigos con que te favorezcas, te dexaron parientes con que te honres, te dexaron fama con que te precies, te dexaron salud con que vivas; finalmente [832] digo que es muy poco lo que los dioses nos quitan respecto de lo mucho que nos dexan.

De una manera nos emos de aver con los hombres y de otra con los dioses, ca a los hombres algunas vezes es necessario hazerles rostro para umillarlos, pero con los dioses es necessario andar pecho por tierra para atraerlos. Si no nos engaña el oráculo de Apolo, muy más aýna se aplacan los dioses con la umildad que los adoramos, que no con los suntuosos sacrificios que les ofrecemos. Pues tú, señora Lavinia, eres biuda y eres muger cuerda, ruega a los dioses que te guarden tus hijos, que te defiendan tu fama, que no te aparten tus amigos, que no se dissipe tu hazienda y que conserven la salud de tu persona, y, sobre todo, que estés en su gracia; porque desta manera no podrás ganar ni perder tanto en tu vida quanto los dioses te pueden dar o quitar en una hora. ¡O!, si supiesse una muger biuda quán poco gana con los hombres y quánto pierde con los dioses en no tener en las adversidades paciencia; porque la mucha impaciencia provoca a los dioses muchas vezes a yra. Vemos por experiencia en los cuerpos umanos que ay unas enfermedades las quales no se sanan con palabras que nos dizen y después sanan con algunas yervas que nos ponen; lo contrario acontesce en otras enfermedades, a las quales no les aplicando medicinas se sanan con solas palabras. Es mi fin de traer esta comparación para que sepan todos que los coraçones aflictos y hechos mar de pensamientos algunas vezes se consuelan más con un beneficio que hazen en la persona que no con muchas palabras que le dizen a la oreja; otras vezes más se alegra un coraçón triste con una palabra sola de su amigo que con todos los servicios del mundo.

¡O, triste de mí!, que assí en lo uno como en lo otro en todo estoy falto; ca, considerando tu grandeza y mi poquedad, véome tan inábil, que para consolarte no tengo sciencia y para remediarte no tengo hazienda; pero tengo gran lástima, si lástima se rescibe en cuenta. No quiero pagar con papel y tinta lo que yo puedo hazer por mi persona; porque el hombre que consuela no más de con palabra pudiendo remediar con obra declárase aver sido amigo fingido en el tiempo passado y aun que le tengan no por fiel amigo en el tiempo advenidero. [833] No haré yo contigo, señora Lavinia, lo que oy usan hazer los romanos con las biudas de Roma, conviene a saber: que, en muriendo el marido, todos van a visitar la biuda, todos escriven a la biuda, todos se le ofrecen a la biuda, todos consuelan a la biuda y todos lloran con la biuda; y, dende a pocos días, si la triste biuda ha menester un poco de favor en el Senado, assí se sacuden de hazerlo como si nunca a su marido ovieran conoscido, ni jamás con ella ovieran tratado.

La fama de las biudas romanas es muy delicada, a causa que de su honestidad o desonestidad depende la fama de su persona, la honra de su parentela, el crédito de sus hijos y la memoria de los muertos. Por esso es saludable consejo en los hombres prudentes que a las biudas hablen pocas palabras y las obras buenas sean muchas; porque ¿qué les aprovechan a las biudas tristes que tengan las arcas llenas de cartas de promessas y tengan las orejas llenas de palabras de lisonjas? Si hasta aquí me has tenido por vezino tuyo y por pariente de tu marido, ruégote que de aquí adelante me tengas por marido en el amor, por padre en el consejo, por hermano en el servicio y por abogado en el Senado. Y cumplirse ha todo esto tan de veras, que yo espero que con verdad dirás: «Lo que perdí en muchos, hallé en Marco Aurelio solo.» Bien sé yo, y bien lo sabes tú, que quando los coraçones están apoderados de tristeza, los pensamientos se turban, la memoria se embota, la carne tiembla, el juyzio se altera y la razón se retira. Y, pues al presente la desconsolación y tristeza en tu casa tienen su morada, los dioses me desamparen si yo te desamparare y los dioses me olviden si yo te olvidare, sino que assí como Claudio el muerto hasta a la muerte fue todo mío, assí Marco Aurelio quanto tiempo viviere será todo tuyo. Pues yo te quiero tanto, y tú confías de mí tanto, y tú agora estás llena de dolores, y yo tengo el coraçón cargado de cuydados; sea, pues, el caso que tú, señora Lavinia, tengas auctoridad de mandarme como a cosa tuya y yo tenga licencia de rogarte y avisarte lo que tocare a tu honra y persona; porque a las vezes tanta necessidad tienen las biudas de un buen consejo como de un mediano remedio.

Mucho te ruego que dexes las estremidades de las biudas romanas, conviene a saber: cerrar las puertas, ronper las tocas, [834] acortar las vestiduras, andar descalças, pintar las caras, comer a solas, llorar en las sepulturas, tresquilar a las criadas, coger el agua de las goteras, yr de noche a las encruzijadas, poner bellotas sobre las sepulturas, cortarse con los dientes las uñas, untar con sangre de herizo las gargantas; ca estas y otras semejantes liviandades no sólo no convienen a la gravedad de las matronas hazerlas, mas aun ni verlas ni saberlas. Como no aya estremo en que en el estremo no aya vicio, hágote saber, señora Lavinia, si no lo sabes, que las biudas estremadas fatigan a sí, enojan a sus amigos, ofenden a los dioses, desconsuelan a los suyos y al fin no aprovechan a los muertos y dan que dezir a los maliciosos.

Sería yo de parescer y voto que las mugeres que son matronas y biudas, tal estado y vestido deven tomar el día que los dioses llevaren a sus maridos desta vida, qual ellas le entienden de tener por toda su vida. ¿Qué aprovecha que una muger biuda esté un mes en su casa encerrada y después la topen entre año por todas las plaças de Roma? ¿Qué aprovecha que se absconda por algunos días de sus parientes y amigos, y después sea ella la primera en los coliseos y teatros? ¿Qué aprovecha que las mugeres biudas en el principio de su biudez anden maltratadas, si después compiten en hermosura con las romanas casadas? ¿Qué aprovecha que las biudas tengan por algunos días las puertas cerradas, si después se freqüentan sus casas más que no las de otras? ¿Qué aprovecha que a las mugeres biudas las vean llorar mucho por sus maridos, y después las vean reýr mucho más en sus passatiempos? Finalmente digo que poco aprovecha que la muger haga y muestre gran sentimiento por el marido muerto si ella de secreto tiene ya otro marido buscado; porque la biuda virtuosa y honesta luego se le paresce en el trage que toma.

Quiérote contar, señora Lavinia, una cosa que aconteció en Roma, porque no pienses que hablo de gracia. Uvo antiguamente en Roma una generosa romana, muger que fue del noble Marco Marcello, la qual se llamava Fulvia. Fue el caso que, como esta romana muger viesse enterrar a su marido en el campo Marcio, y del gran pesar que tenía se arañasse la cara, se messasse los cabellos, se rompiesse toda la ropa, se [835] cayesse en el suelo desmayada; teniéndola dos senadores los braços porque más no se lastimasse, díxoles Gneo Flavio censorino: «Soltadle las manos a Fulvia, que la jornada de la biudez ella la quiere andar oy toda.» Hablando la verdad, yo no sé si este romano Flavio avía hablado con el oráculo o si él era adivino, pero soy cierto que acertó en todo lo que dixo. Por aver sido esta Fulvia muger de tan excellentíssimo romano como fue el buen Marco Marcello, no quisiera que a ella le oviera acontecido tan desastrado caso, y fue que entretanto que se quemavan los huessos de su Marco Marcello, ella se estava concertando con otro marido, y (lo que más fue) que a uno de los senadores que la llevavan de braço dio allí la mano como romana a romano de perpetuo casamiento. Fue el caso tan feo, y justamente de tantos afeado, que afrentó a todas las romanas presentes y dio ocasión a que jamás en Roma crean ya a biudas. No lo digo, señora Lavinia, con pensamiento que tú assí lo has de hazer, que a ley de bueno te juro ni mi coraçón lo sospecha, ni la autoridad de tan grave romana lo demanda; porque ternías tú sola la culpa y sería a mí solo la afrenta. Mucho te encomiendo la honestidad que deves a matrona romana y el retraymiento que se requiere en tan generosa biuda; porque si te fatigare la soledad que sientes de los muertos, te consuele la buena reputación en que te tienen los vivos. No quiero por agora más dezirte, sino que tal sea tu fama entre los presentes y assí hablen de ti los absentes, que a los malos eches freno para callar y a los buenos pongas espuelas para te servir; porque a la biuda de mala fama en la sepultura la avían de meter en vida.

De acá no ay al presente qué te escrevir; porque las letras son peligrosas para confiar dellas cosas delicadas, y aun porque tu coraçón no está agora en disposición de oýr nuevas. Razón es que sepas cómo tus amigos y parientes hablamos en el Senado, y la merced y oficio que en Bizancio tenía tu marido se ha traspassado a tu hijo. Y ten en mucho lo que te dieron y en mucho más lo que allí de ti todos dixeron, conviene a saber: que, aunque Claudino tu marido no oviera sido vezino de Roma, aquello y mucho más se te avía de dar por sola tu fama. Mi Faustina te saluda, y diré que nunca la vi llorar [836] tanto por cosa quanto ha llorado por tu desdicha; porque sentía tu pérdida, que era grande, y mi tristeza, que no era pequeña. Aý te embío iiii mil sextercios en dinero, con pensamiento que ternás necessidad dellos, assí para tus necessidades, como para pagar tus deudas; porque a las biudas romanas más son las demandas que les ponen y los pleytos que les levantan que no la fazienda que sus maridos les dexan. Los dioses que dieron descanso a Claudino, tu marido, tengan por bien de dar consolación a ti, Lavinia, su muger. Marco del monte Celio te escrive de su propria mano. [837]


{Antonio de Guevara (1480-1545), Relox de Príncipes (1529). Versión de Emilio Blanco publicada por la Biblioteca Castro de la Fundación José Antonio de Castro: Obras Completas de Fray Antonio de Guevara, tomo II, páginas 1-943, Madrid 1994, ISBN 84-7506-415-9.}

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Edición digital de las obras de
Antonio de Guevara
La versión del Libro áureo de Marco Aurelio, preparada por Emilio Blanco, ha sido publicada en papel en 1994 por la Biblioteca Castro, y se utiliza con autorización expresa de su editor y propietario, la Fundación José Antonio de Castro (Alcalá 109 / 28009 Madrid / Tel 914 310 043 / Fax 914 358 362).
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