La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Antonio de Guevara 1480-1545

Oratorio de religiosos y ejercicio de virtuosos

Capítulo XLVII
Que conforme a la doctrina del apóstol no sólo es peligro las cosas mundanas procurarlas, mas aun nos es prohibido el desearlas.


Qui volunt divites fieri, incidunt in tentationem: et in laqueum diaboli, dice el apóstol escribiendo a Timoteo, VI capítulo, y es como si dijese: El peligro de los que quieren ser ricos es, que caen en una grave tentación, y en el lazo del demonio, y en muchos deseos inútiles: los cuales traen a los hombres ahora en perdición, y después en damnación. Muy a la clara pone aquí el apóstol el poco provecho que traen los ricos, y el mucho daño que nos hacen las riquezas, pues podemos muy bien pasar sin ellas: lo cual parece claro, en que naturaleza no te pide cuando has sed, pajes, ni toballas, ni plata, sino sólo un jarro de agua: porque todo lo demás sirve a la vanidad, y no a la necesidad. A la vanidad y no a la necesidad sirven muchas ropas, pues no se visten más de una: y lo mismo diremos de muchos sayos, pues abasta uno: y de muchos zapatos, pues abastan dos: y de muchos libros, pues abastan pocos: y de muchas casas, pues no moramos más de en una: de manera, que sin comparación son más las cosas que buscamos, que no las de que nos servimos. Séneca a este propósito dice: Si quieres creerme, oh Lucilo amigo mío, de dos extremos en que caen los hombres, antes elige que te falte algo, que no que te sobre mucho: porque las riquezas que no nos sirven, han de ser ellas por fuerza servidas: y el que no las sujetare, ha de estar él sujeto a ellas.

Sócrates el filósofo, yendo de Sicilia a Atenas, echó en el mar del archipiélago una barra de oro que le había dado Dionisio siracusano, diciendo: Allá irás malvado oro, que más quiero yo ahogarte a ti, que no que tú me ahogues a mí. Mucho es aquí de ponderar, y aun nos ha de espantar, en no condenar el apóstol a los que las riquezas tienen, sino a los que las desean: y la causa de esto es, porque tales somos nosotros, cuales son nuestros deseos: y tales son nuestros deseos, cuales son las cosas que deseamos. Así como los buenos deseos acarrean la salvación, así los malos deseos son fundamento de nuestra perdición: porque el premio que esperamos, o el castigo que [XCIIr] tenemos, no depende por cierto de lo que las manos hacen, sino de lo que el corazón piensa. Decir el apóstol que en la codicia estaba la culpa, díjolo por salvar a muchos ricos: los cuales hacen muchos bienes con sus riquezas: y por mostrar que el pecado está en el que las codicia para mal, y no en el que las consume bien: como fueron Abraham, y Lot, y Job: los cuales fueron más santos siendo ricos, que no lo fueron otros siendo pobres.

San Agustín a este propósito dice: El corazón del que quiere ser rico con dos deseos es atormentado: es a saber, con un querer, y con un no querer: querríase él mucho enriquecer, y no querría para ser rico trabajar: y en tal caso no menos condenamos lo uno, que condenamos lo otro: porque de mucho holgar vienen los hombres a hurtar. Quia vir desideriorum est: ego ostendam tibi quae futura sunt, dijo el ángel santo a Daniel, en el capítulo nono, como si dijera: Porque eres varón de muy buenos deseos, y veo en ti muy santos propósitos, yo te enseñaré cómo ahora has de vivir, y te mostraré lo que de ti ha de acontecer. No vaca de alto misterio, no hacer cuenta el ángel de que era Daniel hebreo mancebo, casto, abstinente, docto, profeta, celoso, y contemplativo: sino solamente le loa, que tenía los deseos de varón santo: para darnos a entender, que sin comparación se sirve más el señor de los santos deseos que tenemos, que no de las flacas obras con que le servimos. No condenar pues el apóstol las riquezas, sino los deseos de ellas, y no loar el ángel en Daniel las obras que hacía sino los deseos que tenía, es un aviso muy notable, para que si el siervo del señor no tiene fuerzas para hacer siempre buenas obras, tenga a lo menos las entrañas para su servicio aparejadas. No dice el profeta David tengo señor los pies aparejados para ir a la iglesia, y tengo las manos abiertas para dar limosna, y tengo las orejas atentas para oír tu palabra: sino que solamente dice: paratum cor meum deus, paratum cor meum: es a saber, que tengo señor mi corazón aparejado, y aun aparejado para tu servicio: pues todas las obras que hago, no son de ningún caudal ni peso. Pues dice el apóstol que con sólo el querer ser rico se pierden los hombres malos, razón será que pongamos recaudo en ese desordenado querer, a causa que después no haga el demonio de nuestro querer riquezas, un no querer virtudes: porque si los deseos desordenados no tenemos muy encerrados, nunca las manos ni los pies andarán quedos. David erat robustior seipso. I Regum XXX capítulo: dice la sagrada escritura, y es como si dijera: Entre los fuertes era el más fuerte David, y el mismo David era más fuerte que no David.

Oh alto misterio, oh profundo secreto, decir que David era más fuerte que David: lo cual se averiguó ser así de hecho, cuando el buen David vencía a sí mismo: perdonando al rey Saúl las injurias que le hacía, y no dando a su carne los apetitos que le pedía. Gran gloria alcanzó David en vencer al gigante Goliat en el campo, mas muy mayor la alcanzó cuando venció a sí mismo: porque venciendo a sí mismo: venció al que venció al tirano. Cuando el invencible César venció en la farsalia al gran Pompeyo, y luego perdonó a los que se hallaron en aquella batalla: díjole un capitán suyo. Mayor gloria te ha dado hoy la clemencia, que te dio ayer la lanza: porque con la lanza venciste a tu enemigo, mas con la clemencia venciste a ti [XCIIv] mismo. Lo que este capitán dijo fue cosa notable, mas lo que el gran César hizo fue cosa heroica: porque más ánimo ha menester el hombre para reprimir los vicios, que no fuerzas para vencer los enemigos. Cuando Cristo dijo al que quería ser perfecto, abneget semet ipsum, no le mandaba vencer al moro, ni al judío, ni tampoco al pagano, sino solamente a sí mismo, como a enemigo más poderoso: porque mucho más es irse hombre a la mano en lo que quiere: que no tomar a otro lo que tiene. Amenazar el apóstol al que desea ser rico como al que lo es de hecho: es darnos a entender, que a las veces se salva mejor el que es pobre de deseos y rico de dineros: que no el que es pobre de dineros y rico de deseos. Con los dineros allegados se suelen hacer muchas cosas buenas, mas los deseos desordenados, nunca paran sino en cosas malas: y de aquí es, que nadie puede vivir conforme a razón, si primero no se sujeta a la razón. Su corazón sujeta el que no le consiente desear cosa mala: porque es tan antojadizo, y aun tan mal contentadizo, que si una vez toma gusto en lo que piensa, él muere hasta que lo alcanza. Dice también el apóstol, que el hombre que deseare ser rico, caerá en tentación: y Cristo por otra parte dijo et ne nos inducas en tentationem: de manera, que una es la tentación que hemos mucho de temer, y una es la tentación porque hemos siempre de rogar. No diremos por cierto que desacierta el que dijere que esta tentación es la tentación de la avaricia: porque a la verdad ella sola es, la que la más ordinariamente nos tienta, y aun la que en más trabajos nos pone.

Bien dice Cristo: et ne nos inducas in tentationem: pues la codicia de tener levanta la guerra entre los príncipes, trae a los salteadores por los montes: lleva a los mareantes por las mares, pone a los labradores en muchos trabajos, causa a los letrados abogar en pleitos, mete a los arrendadores en mil trasagos, y aun quita el sueño a los muy codiciosos. San Crisóstomo sobre estas palabras dice: Et ne nos inducas in tentationem: es a saber, en codicia de hacienda: pues si es cosa penosa el allegarla, es muy más enojosa el repartirla: porque son tantos los que nos la piden, y los que nos la toman, y aun los que nos la hurtan: que si se allega sudando, se reparte llorando. El día que acierta uno a ser rico, aquel día se tienen todos sus deudos por ricos, y se tratan como ricos: y si para sustentar aquel fausto no les da de su dinero: ha se de tener por dicho, que han de comer sobre su honra: pues no comen de su hacienda. No hay rico que no diga y jure, ser más lo que otros le llevan, que no lo que a su placer gasta: de manera, que les sobran siempre los enojos, y les faltan algunas veces los dineros.

Séneca a Lucilo dice: Díganme los ricos de este siglo, ¿cuál les será más fácil de contar, los trabajos que tienen, o los dineros que poseen? Por muchos dineros que tengan, tienen que contar para un día, mas en los trabajos que padecen tienen que llorar toda su vida. ¿Qué mayor venganza quieres tú de un rico, que verle arrodeado de factores, cargado de alhajas, citado para pleitos, envidiado de los pobres, y enemistado con otros ricos, quiébras en sus tratos, hurtos de sus criados, testimonios de sus vecinos, y aun persecuciones de sus dueños? La costa ordinaria de la despensa, el acompañamiento de su persona, la frecuentación de los huéspedes, y la muchedumbre de los negocios: aunque le pese lo ha el rico de sustentar, o [XCIIIr] sobre eso ha de reventar, y morir: porque es de tal calidad este mundo, que quieren más los hombres cumplir con la opinión, que no seguir la razón. Todo el trabajo de los hombres está, en que después que su fortuna o su locura, les puso en estado de algo tener, o de algo valer, aunque después la fortuna de vuelta, ellos no quieren descaer de su locura: y lo que más de espantar es, que a las veces no vale cien ducados su hacienda, y tiene más de mil de locura. Todo lo de suso es de Séneca.

Oh qué trabajos, y oh qué afrentas pasan los ricos con los dezmeros, con los alcabaleros, con los renteros, con los portazgueros, con los factores, y con los acreedores: que a las veces querría más un rico sufrir una pobreza honesta, que no su locura desvergonzada. Hay otro trabajo en los bienes temporales: y es, que por mucho que tenga uno en el mundo, le faltan hartas cosas al mejor tiempo: mayormente que si tiene para sus necesidades, le falta para sus mocedades. San Anselmo dice: Si los mortales moderasen su renta con su despensa, y que el gasto no excediese al recibo: hallarían por verdad, que todo el trabajo que pasan es, no tanto para satisfacer a la necesidad que tienen, cuanto para cumplir con la vanidad en que viven. Aun hay otro peligro en las riquezas y es, que cuanto más en los tratos van entendiendo, tanto más se van cada día enzarzando, y entrampando: es a saber, en darse a contar, a buscar que vender, atreverse a fiar, ocuparse en trocar, y no dejar de mohatrar: de manera, que al tiempo que pensaban todos se apartarían del trato, se meten más cada día en lo hondo. San Jerónimo sobre San Mateo dice: El que fuere amigo, o vecino de algún hombre rico, si le quiere ayudar a salvar, no le aumente la hacienda, sino disminúyale la codicia: porque la condición de los tales es, lo mucho suyo parecerles poco, y lo poco ajeno parecerles mucho.

San Gregorio en una homilía dice, el mal de los bienes temporales es, que antes de alcanzarlos tenemos de ellos muy grandes apetitos: y después de alcanzados nos ponen luego hastío: de manera, que se ganan con peligro, y se gozan sin apetito: Siendo pues verdad lo que hemos dicho, falso testimonio levanta el que a las riquezas llama bienes: pues de todo en todo son ellas malas: porque si males hoy hay en el mundo, los avaros ricos los causan, y los tristes pobres los padecen. ¿Cómo se pueden llamar bienes las riquezas temporales: pues sin comparación son más los que con ellas se tornan malos, que no los que de malos se tornan buenos? Males y muy grandes males son los bienes de este siglo: pues son tan vedriados de sustentar, y tan peligrosos de allegar: lo cual parece claro, en que si la riqueza está en poder de alguno que es viejo, no tiene ya fuerzas para gozarla, y si está en poder de algún mozo, carece de seso para sustentarla. Séneca a este propósito dice: Yo te confieso mi Lucilo, que sabe el rico lo que deja, y sabe cuándo lo deja, y sabe a quién lo deja, mas no sabe por cuánto tiempo lo deja: porque pensando que deja hacienda para hijos y nietos, y vecinos se la desperdician todos sus herederos en pocos años. Oh cuántos hombres hay muertos y sepultados: los cuales si tornasen ahora a esta vida, y viesen la destrucción que han hecho los herederos de su hacienda: piadosamente es de creer, que maldecirían todo cuanto allegaron, y desheredarían al que lo dejaron. ¿Cómo osarás tú Lucilo decir, que las riquezas son bienes: pues nos ponen en peligro los [XCIIIv] cuerpos, nos remotan los juicios, nos privan de los amigos, nos alteran los corazones, nos acarrean enemigos, y nos meten en tantos pleitos? Lo peor de todo que me parece a mí es, que los debates que entre si los ricos traen, y los muchos trabajos que padecen: no es sobre enmendar la vida que hacen, sino sobre mejorar la hacienda que tienen. Qué otra cosa son las riquezas mundanales, sino un deseo de vanos, un resbaladero de malos, un atolladero de buenos, y un reventón ado revientan todos? Todo lo sobredicho es de Séneca. Sea pues la conclusión de todo esto, que nadie debe seguir al mundo pues va errado, nadie debe servirle pues es ingrato, nadie debe creerle pues es fementido, ni nadie debe amarle pues es peligroso: porque si halaga es para prender, y si prende es para no soltar. Los que no conocen los engaños del mundo, aquellos son los que sirven al mundo, y se pierden en el mundo: porque los hombres hostigados, y los que viven avisados, de sólo oírle se santiguan, y por no verle se esconden.


{Antonio de Guevara (1480-1545), Oratorio de religiosos y ejercicio de virtuosos (1542). El texto sigue la edición de Valladolid 1545, por Juan de Villaquirán, 8 hojas + 110 folios.}

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