La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Antonio de Guevara 1480-1545

Oratorio de religiosos y ejercicio de virtuosos

Capítulo XLI
De la gran excelencia de la obediencia: y de cómo por autoridades y figuras se prueba ser ella la virtud más antigua.


Ex omni ligno paradisi comede: de ligno autem scientie boni et mali ne comedas, dijo Dios a nuestro padre Adán, en el II cap. del Génesis, y es como si dijera: De todos los árboles que yo he criado, y de todas las frutas que hay en el paraíso, podrás libremente comer, y a tu voluntad de ellas gozar: excepto de un árbol solo, que tengo yo para mí plato vedado: porque en la misma hora que te atrevieres de aquel árbol comer, comenzarás a saber qué cosa es morir. Si Dios agravió tanto en Adán aquel delito fue, porque el precepto que le había dado era muy pequeño: y para con Dios y aun para con los hombres, tanto más merece de ser castigado, cuanto menos ocasión tuvo de cometer algún delito. Si como Dios le dio licencia para comer de todos, y no le vedó más de uno, le mandará comer de uno, y le vedará todos los otros, parece que tuviera más ocasión, aunque no ninguna razón para hacer lo que hizo: mas pues Dios le dio tanto de que comiese, y tan poco de que se abstuviese: muy poca fue la pena, a respecto de la que él merecía. Es aquí ahora de ponderar, que la primera palabra que Dios con el hombre habló, y el primer precepto que de Dios recibió fue, que no llegase al árbol que estaba acotado, y que no comiese del fruto que estaba vedado: de lo cual podemos inferir, cuán alto precepto es el de la obediencia, y cómo él es el más antiguo de la sinagoga. En remuneración que había Dios criado al mundo para el hombre, y al hombre para sí mismo, no le pidió otra cosa sino que le diese la obediencia, y le reconociese el vasallaje: y de aquí es, que entró Dios en el mundo [LXXXIr] mandando, y del hombre se enseñoreando: porque no hay para Dios igual injuria, que mostrar contra él alguna desobediencia.

San Agustín sobre el Génesis dice: El daño de aquella fruta que Dios vedó, no estaba en ser gusanienta, ni ser podrida, ni ser agreste, ni aun ser añublada: sino que antes era muy hermosa para ver, y muy sabrosa para gustar: sino solamente era ella mala, no por más de porque estaba prohibida. Las obras que Dios hace, y los mandamientos que él nos da, tenemos obligación de guardarlos, mas no licencia de examinarlos: pues ninguna cosa se ha de tener por mala, sino la que él condena, ni aun por buena, sino la que él aprueba. La prueba de esto puede cada uno ver, en que a la hora que Dios crió al hombre, luego le bendijo: y al punto que pecó, luego le maldijo: por manera, que con la bendición le habilitó para ser bienaventurado siendo bueno, y con la maldición le condenó al infierno siendo malo. Mucho nos es necesario a sólo Dios adorar, a él solo servir, y con él solo cuenta tener: pues todo nuestro bien está en alcanzarnos su bendición, y todo nuestro malestar en cabernos parte de su maldición. Como Dios había dado al hombre el libre albedrío, para que hiciese lo que quisiese, y le había dotado de razón natural para que entre bueno y malo discerniese: quísole luego probar con el precepto de la obediencia: para ver si sabría emplear en bien la libertad que le había dado, y si sabría con el don de la razón elegir lo que fuese bueno. Bien parece que el primer padre fue formado de tierra seca, y su mujer Eva fue hecha de naturaleza flaca: pues en el punto que fueron probados, fueron quebrados, y aun reprobados: para que más en el paraíso no estuviesen, y para que después con grandes trabajos a él tornasen. Así como errar el camino en el principio, es más peligroso, que no errarle en el cabo: así el triste del hombre como en el principio del mundo comenzó a Dios desobedecer, y el precepto de la obediencia a quebrantar, nunca después acá a derechas ha caminado, ni aun con el camino de la ignorancia topado. No vaca de alto misterio, que no probó Dios al hombre en la humildad, ni en la castidad, ni en la paciencia, ni en la abstinencia, sino solamente en la obediencia: de lo cual podemos colegir, que al siervo del señor que viéremos firme y sinceramente obedecer: no curemos de en otra ninguna virtud le probar.

En el capítulo décimo octavo del Deuteronomio, dijo Dios a Moisés: Todos los que fueren a mis mandamientos obedientes, bendeciré a sus personas, a sus casas, a sus familias, a sus heredades, y a sus viñas: y más y allende de esto, los libraré de las manos de sus enemigos, y no permitiré que sean de nadie molestados. Acabados de bendecir los obedientes luego allí comienza Dios a maldecir a los inobedientes: diciendo, que malditos sean ellos, y sus campos, y sus hijos, y sus graneros, y sus ganados, y aun que morirían a manos de sus enemigos: y que nunca acertarían en cosa que pusiesen las manos. En todas las divinas letras no se hallará que con tan terribles maldiciones haya sido maldita la envidia, ni la ira, ni la avaricia, ni la lujuria, ni la gula, sino solamente la desobediencia: a cuya causa debe el siervo del señor vivir muy avisado, y recatado, para que debajo de tan áspera maldición no sea comprehendido.

A este [LXXXIv] propósito dice Orígenes en su Pentateuco: No os echo del paraíso la soberbia, no la ira, no la acidia, no la lujuria, ni aun la gula, sino solamente la desobediencia: mediante la cual fuimos entonces a muerte condenados: y andamos hasta hoy corridos y desterrados. La desobediencia hizo al primer padre caer en ignorancia, la ignorancia en flaqueza, y la flaqueza en la gula, y la gula en la culpa, y la culpa en la pena, y la pena en tener mala vida: por manera, que los ángeles cayeron por quererse con Dios igualar, y los hombres se perdieron por no le querer obedecer. Dime yo te ruego, ¿qué galardón esperas tú de tu desobediencia: pues ves que el ángel se tornó demonio por sola la soberbia? La desobediencia hizo al hombre sentir las pasiones de hombres: es a saber, que experimentase qué cosa era enfermedad, que sufriese frío, que sintiese calor, que padeciese tristeza, que supiese qué trabajo era el hambre, y gustase a qué sabía la muerte. La desobediencia hizo que comiese el hombre del árbol que le fue vedado, y no gustase del fruto que le fue concedido: por cuya causa fue del paraíso alanzado, y a gravísimas penas como malhechor condenado: y lo que no sin muchas lágrimas puedo decir es, que el primer padre comió la fruta, y en sus tristes hijos dura hasta hoy la dentera. Sea pues la conclusión, que así como un contrario se cura con otro contrario, así la desobediencia se ha de remediar con la obediencia: y por esto tengo para mí creído, que todo cristiano que rehusare de obedecer: será imposible que se pueda salvar. Lo de suso es de Orígenes.

Scalam vidit Jacob cuius cacumen celum tangebat, dice la sagrada escritura en el vigésimo octavo capítulo del Génesis, y es como si dijera: Vio entre sueños el santo Jacob una tan altísima escalera, que fija los pies en el suelo, tocaba en lo más alto del cielo: y vio muchedumbre de ángeles que por la escalera subían, y que de grandísimo resplandor la henchían: y lo que más le espantó fue: que el señor estaba arrimado a la escalera: para que no se trastornase a una parte ni a otra. Admirable cosa es la profecía, mas muy más admirables son los misterios de ella: pues no hay en ella palabra, que no sea misteriosa, y de quien no se saque alguna notable doctrina. La escalera que los pies tenía en el suelo, y con la cabeza tocaba en el cielo, ¿qué otra cosa es sino la obediencia santa y bendita: cuyas obras aunque las obramos como hombres, nos encumbran encima de los ángeles? Entre las virtudes no hay virtud más segura para elegir, ni hay consejo más sano para tomar, ni hay camino más seguro para ir, ni hay escalera más derecha para subir a la bienaventuranza, que es el mérito de la obediencia: el privilegio de la cual es, que estando nosotros descuidados, negocia ella con Dios nuestros hechos. Dime yo te ruego, el verdadero siervo del señor, ¿en qué no merece, si siempre obedece? Si negamos nuestra voluntad, y nos damos a obedecer, estando solos y acompañados, tristes y alegres, hablando y callando, sanos y enfermos, y aun prósperos y abatidos, negocia con Dios la obediencia, y suple si hay en nosotros alguna falta: porque no hay cosa que no sea meritoria, a la hora que entreviene en ella la obediencia. Oh cuán santa, oh cuán bendita, y oh cuán gloriosa es la [LXXXIIr] virtud de la obediencia: pues por muy pequeña que sea la obra que se hace en fe de ella, vale para un escalón de la escala por donde subimos a la gloria: de manera, que cuantas buenas obras hago, tantos escalones en mi salvación pongo. Oh buen Jesús, oh amores de mi ánima, ¿y qué será de mí cuando me viere delante de ti: a dar cuenta de mi vida, y a esperar tu terrible sentencia? Lo que a mí me duele, y lo que a mí espanta señor es, que el día de mi triste muerte, si me faltare escalera para al cielo subir, habrá sido mía la culpa de no la haber querido yo hacer: habiéndome dado tú señor licencia, para que con alguna escala escalase y subiese a tu gloria.

San Bernardo en el libro de Escala paradisi dice: Si eres buen obediente, no te doy licencia que andes triste, sino que vivas muy alegre, y come, y duerme, y vela, y habla, y calla, y trabaja, y descansa: con tal que todo esto hagas por sola la obediencia: pues jamás dejarás de merecer, sino cesas de obedecer. Has también de notar, en que así como no se puede llamar escalera la que no tiene más de un escalón, así no se puede llamar cumplida obediencia, la que no se extiende a más de a una cosa: porque el siervo del señor no puede en todo merecer, sino quiere en todo obedecer. No vaca de alto misterio, que no vio el santo Jacob subir por aquella escalera hombres, sino a sólo los ángeles: de lo cual se puede colegir, que el siervo del señor que renuncia lo que tiene, y no hace cosa que quiere, y más y allende de esto, obedecer a sus mayores en todo lo que debe, y persevera en la obediencia hasta que muere: injuria le hacen en llamarle hombre terrenal, sino ángel celestial. ¿No te parece que merece nombre de ángel, y aun de ángel muy seráfico, el que a cada paso niega su inclinación propia: y se deja a lo que la santa obediencia le manda? Obedecer en algunas cosas y aun en muchas, pertenece a los hombres, mas obedecer a todos en todas, pertenece a oficio de ángeles: y entonces se puede llamar ángel la humana criatura, cuando el señor la dota de su bendita gracia. Ángel te has de tornar, si por la escala de Jacob quieres al cielo subir: lo cual veremos que haces, cuando a tus mayores obedecieres.

Dice también más adelante la figura, que aunque era noche oscura estaba llena de resplandor la escalera: para darnos a entender, que a la hora que el cristiano su voluntad propia niega, y que se deja a lo que la obediencia le manda, no puede el camino del cielo errar, ni en cosa fea estropezar: porque todos los que se esfuerzan a subir por la escalera de la obediencia, los alumbra el señor con su gracia. ¿Qué quire decir, que no menos eran alumbrados los que descendían que los que subían por aquella escala, sino que también da el señor su gracia a los tristes como a los alegres, a los sanos como a los enfermos, y a los que están abatidos, como a los que viven honrados? Trabaja de caminar por la escalera de la obediencia, y no se te dé nada, que te mander subir, o que te manden descender: es a saber, que te hagan prelado, o que te dejen súbdito, que seas acatado, o que estés arrinconado, que te encomienden cosas justas o que te manden cosas ásperas: porque ado quiera, y en que quiera que te pusiere la obediencia, es cierto que allí te alumbrará el señor con su gracia. Mucho te debes hermano mío consolar, en que en todos los otros lugares al derredor estaba oscuro, y ado estaba la escala de Jacob hacía claro: en [LXXXIIv] el cual misterio se nos da a entender, que en solos aquellos envía el señor su gracia, que suben o descienden por la escala de la obediencia. En el mismo sueño y visión vio el santo Jacob, que el señor estaba arrimado a la escalera, y que la escalera no se movía: el cual hecho no vaca de misterio que decir, ni aun de ejemplo que tomar. Oh cuán seguro vive, el que sobre el yugo de la obediencia vive: pues a cada paso y en cada momento halla a Dios cabe sí junto: y esto para darle la mano cuando sube, y para tenerle la escalera cuando desciende. Oh buen Jesús, oh amores de mi alma, ¿y porque tengo yo de temer ni rebusar el subir por tu escalera: pues soy cierto que si subiere me has de ayudar, y si me fuere a caer me has de tener? Estando tú, oh mi buen señor arrimado a la escalera, aunque la escalera fuese de horca subiría yo por ella: pues muy más vil muerte moriste tú por mí, en morir crucificado: que moriría yo por ti en morir ahorcado.


{Antonio de Guevara (1480-1545), Oratorio de religiosos y ejercicio de virtuosos (1542). El texto sigue la edición de Valladolid 1545, por Juan de Villaquirán, 8 hojas + 110 folios.}

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