La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Antonio de Guevara 1480-1545

Oratorio de religiosos y ejercicio de virtuosos

Capítulo XXXV
De cuán bienaventurados son los religiosos, en no estar ocupados sino en los divinos oficios.


Beati qui habitant in domo tua domine: in secula seculorum laudabunt te: decía el serenísimo rey David: y es como si dijera. Oh cuán bienaventurados son los que merecen señor morar en tu casa, y los que de día y de noche residen en tu presencia: porque en los siglos de los siglos te loarán, y en [LXVIIIv] cuanto fueres Dios contigo morarán. Es ahora aquí de notar, que los santos que residen en los cielos, no son tan bienaventurados por el lugar que allí tienen, cuanto por el oficio de que allí usan: es a saber, fluir de la esencia divina, y no se ocupar sino en su eterna alabanza. Añádeseles otro bien a este bien y es, que el don de fruir de Dios, y el oficio de loar a Dios, es de ellos tan ejercitado, y por ellos tan continuado: que ni habrá tiempo que le acabe, ni vejez que le canse, ni noche que le oscurezca, ni aun tristeza que le empezca. Cuán gloriosos y bienaventurados son los que están ya en el cielo, tan tristes y malaventurados son los que viven en el mundo: porque acá no hacemos sino llorar, y allá no saben sino cantar. Muy acertada palabra, y muy verdadera sentencia dijo el apóstol, cuando dijo, et omnis creatura ingemiscit: es a saber, que el oficio de todas las criaturas es llorar, y sus infortunios plañir: pues todo lo más y mejor de la vida se nos pasa, en quejarnos por lo que a otros sobra, y en llorar por lo que a nosotros falta. Si al glorioso Gregorio queremos creer, no es vida nuestra vida , sino es una muerte prolija, que a sí y a nosotros acaba: pues desde la hora que empezamos a nacer, desde entonces nos comenzamos a morir. Preguntado Anaxágoras el filósofo, que qué hacía: respondió: Si queréis saber qué hago, es que me estoy muriendo. Muy gran verdad dijo este filósofo, en decir que se estaba muriendo: pues si quisiésemos hablar al propósito, y decir la verdad, cuando nos preguntasen qué edad habíamos, mejor diríamos que ha cuarenta años que nos morimos, que no ha otros tantos que nacimos. Si de algunos se puede decir que en esta triste vida tienen alguna manera de vida, son los religiosos de buena vida, y que con sólo el señor tienen cuenta: lo cuales retraídos en sus monasterios, y puestos sobre la disciplina de sus prelados, no se ocupan sino en loar al señor en el coro, y en cantar y rezar el oficio divino.

La reina de Saba dijo que eran bienaventurados los siervos del rey Salomón, pues merecían darlde de comer, y darle de vestir: y nosotros diremos que son muy más bienaventurados los religiosos y siervos del señor: los cuales no dan a su Dios de comer ni de beber, sino que de día y de noche no se ocupan sino en su santísimo nombre loar. Es tan alto, y es tan meritorio el oficio que los religiosos en sus coros tienen: que a hacerle los ángeles descenderían del cielo si se lo mandasen, y los muertos saldrían de los sepulcros si los dejasen. Debe pues el siervo del señor muy a la continua seguir el coro, y pagar muy bien todo el oficio divino: porque del coro al oratorio, y del oratorio al coro es el paseadero que ha de tener, y es el camino que mejor ha de saber. Dime yo te ruego cuando los trabajos de la orden te fatigan, y las tentaciones del demonio te molestan, ¿no las desecharás mejor en el coro cantando, que no por el monasterio parlando? El religioso que se aveza a seguir el coro, y que toma gusto en el oficio divino, téngase por dicho, que si el señor permite que sea tentado, no será a lo menos vencido.

El glorioso San Bernardo escribiendo a los monjes del monte dice: Mirad hermanos lo que hacéis, y mirad mucho en lo que os ocupáis, que el monje que rehusa de ir al coro, y se extraña de entrar en el oratorio, no osaría yo decir, que al tal le sacó el señor del [LXIXr] mundo, sino que le trajo el demonio de su mano al monasterio. Y dice más adelante: ¿No le tiene de su mano el demonio en el monasterio, al que no quiere ir a la iglesia a cantar con sus hermanos los salmos: y se anda por el monasterio, murmurando de sus prójimos? A este propósito decía San Basilio en su regla: Todos nuestros monjes concurran a la iglesia, para que de noche canten los salmos, y a la mañana digan las laudes, y a medio día entonen las horas, y a la tarde recen completas: de manera, que pues el señor los crió en cuerpo y en ánima, ellos le alaben de noche y de día. Y dice más en otro capítulo, de la regla: Solamente serán exentos del coro, los monjes que sirven a los enfermos y los que reciben a los peregrinos, y los que hacen espuertqs para mantener a los pobres necesitados: y aun a estos amonestamos y rogamos, que si no pudieren en el coro residir, a lo menos no dejen de allí se presentar. También en el libro de la vida solitaria están escritas estas palabras: El monje que emperezare de entrar cada día en el coro, y se descuidare de ir al oratorio, luego a la hora debe ser del prelado corregido, y aun algo disciplinado: porque no es menos sino que el tal, o anda del demonio tentado, o le tiene el señor olvidado, o se quiere tornar al mundo. En las vidas de los padres dijo un monje al abad Panucio: Dime padre honrado, ¿qué haré de mí que ando por este monasterio vagamundo, y tengo el espíritu resfriado? A esto le respondió el viejo. Hágote saber hijo, que tener el monje el corazón tibio, y el estar en el monasterio muy desconsolado, muchas veces procede de avezarse a entrar el primero en el refictorio, y de ir con los postreros siempre al coro: porque la ordinaria tentación con que el demonio tienta a los monjes es, que en el comer sean largos, y en el rezar cortos. En las colaciones de los padres dijo un monje al glorioso abad Arsenio: Pues soy mancebo y ha poco que salí del mundo, querría padre santo que me dijeses alguna palabra de corrección y de amonestación. A esta demanda le respondió el buen abad Arsenio: Cuarenta y dos años ha que estoy en este yermo: en los cuales nunca vez falté del oficio divino, que osase comer aquel día bocado: porque el monje que come sin primero haber al señor loado, es como el ladrón, que come no de lo que ha ganado, sino de lo que ha hurtado. Y dijo más Arsenio: Sé hijo amigo de irte al oficio divino, y sé amigo de gastar mucho tiempo en el coro: porque de mí te sé decir, que nunca estando allí el demonio me tentó, y salido de allí, ni un solo momento me dejó.

En las palabras de aquel santo viejo se nos da a entender, cuánta obligación tienen los buenos religiosos, de seguir continuamente el coro, y de no excusarse del oficio divino: porque no lo haciendo así, falsamente usurpamos el nombre de religiosos, y justamente andamos siempre desconsolados. No puede vivir sino muy desconsolado, y no puede andar sino muy tentado, el monje que no es amigo de ir al coro: porque si en tan santo ejercicio, y alto oficio como es aquel, su cuerpo no ocupa, y su corazón no se recrea: téngase por dicho, que llevará la orden con trabajo, y será al monasterio penoso. Pues dice el apóstol, qui non laborat non manducet: ¿dime con qué conciencia ni aun con qué vergüenza osas comer bocado, no habiendo aquel día entrado en el coro? ¿No te parece que es poco escrupuloso, y muy menos vergonzoso, el que [LXIXv] huelga cuando los otros trabajan, y se va a comer lo que los otros sudan y ganan? ¿Cómo tiene cara para asentarse en el refictorio: el que no tiene pies para entrar en el coro? ¿No te cansas de andar todo el día por el pueblo: y cánsaste de estar tan solamente una hora en el coro? ¿Qué paciencia basta, ni qué religión lo sufre: que tú comas en el refictorio como sano, y te eximas del coro como enfermo? ¿No tienes fuerzas ni cabeza para ayudar a cantar los salmos, y tienes lengua y cabeza para murmurar de tus prójimos? Pues en la orden no te mandan arar, ni cavar, ni tejer, ni labrar: ¿qué cuenta darás a el señor, de tanto tiempo como pierdes, y de cuán sin provecho en la orden vives? Los príncipes y grandes señores no comen lo que comen sino sudando y trabajando, ¿y quiérestelo tú comer holgando? ¿Holgado por cierto lo come, el monje que el coro no sigue? Muy grande vigilia debe pues poner el prelado, en que se haga muy bien el oficio divino: porque en los monasterios donde no concurren todos al coro, con más razón podremos de los tales decir, que hay desorden que no orden, y que hay confusión y no religión. Ado hay descuido en el rezar, y negligencia en el orar, no es por cierto monasterio, sino casa de los mundanos del mundo: porque este nombre de monasterio, o religión, no pertenece a los que tienen más virtud de vivir juntos, sino a los que con vivir juntos se ocupan en ejercicios santos. So color de ir a las granjas, o de granjear y entender en las haciendas, no deben consentir los abades, y priores que anden sus monjes distraídos, y que totalmente estén exentos, y libertados, de no seguir los coros y oficios divinos: porque muy gran falta de fe es, no esperar ni creer que dará el señor de comer, a los que en los monasterios le loan: pues lo da a los malos que en el mundo le blasfeman. Hay otro trabajo en ello y es, que el monje que una vez se aveza a entender en granjerías, y en cosas mundanas y profanas, no sólo es enemigo de ir al coro, mas aun de estar en el monasterio: lo cual parece claro, en que muchas veces viene a él de noche, y sale de él antes que amanece.

Querite primum regnum des: et omnia adiicientur nobis, decía Cristo, y es como si dijese: Antes que entendáis en otros negocios, buscad primero el reino de los cielos: porque a las cosas espirituales habéis de tener por el principal peso, y a las que son temporales por contrapeso. El monje que de cuando en cuando entra en el coro, y que por otra parte va todos los días al mundo, y anda por allá distraido, podremos del tal decir, que le da el demonio jarrete por pulpa, y el contrapeso por peso. A este propósito decía el serenísimo rey David: Iacta cogitatum tuum in domino, et ipse te enutriet, y es como si dijera: Oh tú que veniste del mundo a servir al señor en el monasterio, no tengas otro cuidado, sino de a tu Dios y criador servir, que él tendrá cuidado de te sustentar. ¿Pues Dios toma tus necesidades a cargo, para que de los bienes temporales estás tan cuidadoso? San Agustín escribiendo a los monjes ermitaños dice: Por más penuria que tengáis, y por más hambre que paséis, no os relajéis de hacer bien el oficio divino, ni de ir cada dia al oratorio: porque el señor que se acordó de mantener a Daniel en Babilonia, y de sustentar a Elías en el desierto: no es menos sino [LXXr] que socorrerá a vuestra necesidad, y se compadecerá de vuestra humanidad. El glorioso San Anselmo respondiendo a un monje que le pedía consejo, sobre saber que por qué deméritos merecía ser depuesto el prelado, le respondió: Al monje que fuere en la santa fe católica sospechoso, y el que con los religiosos enfermos no fuere caritativo, y el que no fuere amigo y celoso del coro, no permitas al tal que sea prelado. A este propósito decía San Basilio en su regla: Ningún monje sea osado, de ir a negociar al mundo, ni de abrir a nadie la puerta del monasterio, ni de tejer espuertas para vender, ni de encender lumbre para aderezar de comer, hasta que el oficio divino sea acabado, y todos los monjes hayan ya salido del coro. En las vidas de los padres preguntó un monje mancebo a un santo viejo, que cómo repartiría el tiempo en el monasterio, a lo cual el viejo le respondió: Ante todas cosas has de expender hijo siete horas, en las siete horas canónicas, y otra hora en las laudes, y otra hora con los peregrinos, y otra hora en visitar los enfermos, seis en el dormitorio, tres en el oratorio, una en el refictorio, y todas las de más en el cotidiano trabajo. A este propósito dice en el libro de la vida solitaria estas palabras: Cuando los del siglo ven a los religiosos que se excusan de negocios mundanos, y que residen en sus monasterios, y que se ocupan en los divinos oficios, son tenidos dellos en grande veneración: y donde no, piérdenles la devoción, y tiénenlos en abominación. Sea pues la conclusión de todo, que el abad o prior que fuere devoto, y celoso a que se haga bien el oficio divino, de todas las otras flaquezas y negligencias debe ser comportado y soportado: y si en el seguimiento del coro se relajare, y en el servicio del altar se descuidare, ni deben de él confiar, ni aun culpa le perdonar.

En cómo los siervos del señor se han de aparejar para el oficio divino, y de la manera que se han de haber en el coro.

Preparate domino corda vestra, dice Dios por el profeta, y es como si dijese: Si queréis que el señor venga en vuestras ánimas, y que sean a él aceptas vuestras buenas obras, alimpiad de vuestras consciencias los pecados, y aparejadle los corazones a que estén limpios. Así como no puede entrar el sol en la cámara, si primero no le abren la ventana que le impedía: así nadie puede la gracia del señor recibir, si primero algún aparejo en su ánima no quiere hacer: porque Dios nuestro señor ni desecha al que quiere, ni quiere al que le desecha. Muy dichosos somos los cristianos, pues es nuestro Dios tan benigno y tan piadoso que siempre nos responde cuando le llamamos, y siempre nos recibe cuando a él tornamos: de manera, que si a nuestras ánimas algo les falta, no es porque no nos lo quiere dar, sino porque nosotros no nos aparejamos para lo recibir. ¿Quién es el que a Dios llama y no le responde? ¿Quién es el que a Dios busca que no le halla? ¿Quién es el [LXXv] que a Dios algo pide y no se lo da? Y si pidió no se lo dio, a ese negar le llamo yo conceder: porque muchas veces nos atrevemos a pedir, aquello que nos estaría muy mal alcanzarlo. Muy poco aprovecha el rocío del cielo, la templanza del aire, y el calor del sol, a la tierra que está yerma y llena de grama: quiero por lo dicho decir, que nadie debe esperar el consuelo divino, si tiene en su corazón alguna grama de pecado. No vaca de alto misterio, que no dice el profeta que aparejemos los pies para ir alguna romería, ni las manos para hacer limosna, ni los ojos para ver su cara, ni las orejas para oír su palabra: sino solamente los corazones para recibir su bendición y gracia: porque Dios nuestro señor no mira lo poco que hacemos, sino lo mucho que si pudiésemos haríamos. Entonces el cristiano tiene el corazón al señor aparejado, cuando con igual ánimo recibe la adversidad que la prosperidad, y la prosperidad que la adversidad: porque el corazón del varón perfecto sufre que sea tentado, mas no se permite que sea mudado.

Aparejado tenía su corazón al señor el santo Job, cuando después de muertos sus camellos, y sus bueyes, y sus asnos, y sus hijos, y sus ovejas, y el lleno de sarna decía: El señor que me lo dio ese me lo quitó: y el que me lo quitó ese me lo puede tornar a dar. Sea pues por todo su santo nombre bendito, que yo con lo que él hiciere soy muy contento. Aparejado tenía su corazón el santo profeta, cuando decía: Paratum cor meum deus: paratum cor meum: cantabo et psallam domino, y es como si dijese: No una vez sino mil, no para una cosa sino para dos mil, está aparejado y dispuesto mi corazón: es a saber para mandar y obedecer, para sanidad y adversidad, para riqueza y pobreza, y aun para alegría y tristeza: con cada una de las cuales cosas te juro y protesto señor, de no llorar sino de cantar. Aparejado tenía el apóstol su corazón, cuando con muchas lágrimas y suspiros decía. Domine quid me vis tacere. Y es como si dijera: Hasme señor derrocado del caballo, hasme echado en este suelo, hasme quitado la vista de los ojos, y hasme privado de las potencias de mis sentidos: con lo cual todo digo que soy contento, con tal que tú dello seas servido. Aparejado tenía su corazón San Agustín al señor cuando decía: Hic ure, hic seca, hic flagella, e nihil parcas, ut in eternum parcas. Y es como si dijese: Aquí señor me azota, aquí me quema, aquí me lastima, aquí me derrueca, y arrastra: por manera, que aquí no me perdones la pena, porque delante ti parezca allá sin culpa. Oh cuán contrario desto es lo que dicen, y lo que hacen todos los vanos y mundanos deste siglo: los cuales engordan sus carnes para adulterar, buscan buenos vinos para beber, hacen buenas ropas para vestir, y aparejan buenos manjares para su comer: mas nunca aparejan sus corazones para al señor servir: de manera, que viven no como hombres racionales, sino como brutos animales. No es por ventura animal bruto, el que no tiene más de hombre, de sólo llamarse hombre: San Bernardo dice en el libro de consideración: El que no tiene cuenta con su corazón para lo alimpiar y aparejar, sino con su complexión para la sustentar, y con su condición para la seguir: más bestia que las bestias se puede bien llamar el tal: pues la bestia sigue [LXXIr] a lo que la naturaleza le inclina, y el hombre no sino a lo que su apetito le demanda.

Viniendo pues al propósito, dado caso que todos en general sean obligados a vivir recatados, y de tener sus corazones aparejados, mucho lo son los religiosos y siervos del señor: los cuales apartados de los tumultos del mundo, ¿están a Dios ofrecidos, y para los oficios divinos dedicados? Entonces el monje tiene aparejado su corazón al señor, cuando en el monasterio trabaja, en la celda lee, en el oratorio ora, en el claustro calla, y en el coro canta: de manera, que ni le sobra tiempo para se regalar, ni tampoco le falta para al señor servir. Aparejado tiene su corazón al señor el religioso que al primer toque de campana, o al primer estruendo de la matraca, deja el sueño que tenía, o el negocio en que entendía, y se va a orar al oratorio, o a loar a su Dios al coro. Para más su corazón aparejar, y aun para su cuerpo desemperezar, debe en saltando de la cama hincar allí luego la rodilla, y rezar alguna devoción a la imagen que tuviere a la cabecera: dando al señor inmensas gracias: así porque le despierta sano y vivo, com porque le llaman a loar su nombre santo. San Lucas dice en los actos de los apóstoles, et ibant apostoli gaudentes a conspectu concilii, quoniam digni habiti sunt pro nomine jesu contumelian pati, y es como si dijese: Jamás ningún príncipe fue tan alegre a se coronar, cuanto iban los apóstoles a morir y padecer: dando al señor muchas gracias: porque los hacía hábiles y dignos, de que por su santo nombre padeciesen tantos tormentos.

Dime yo te ruego, si los apóstoles iban con tanta alegría al tormento, ¿no seá cosa fea e inhonesta que vayas tú emperezado y gruñendo al coro? Para ir tarde y emperezando, y gruñendo, más vale que te quedes en el dormitorio, que no que vayas al coro: porque la suma bondad de nuestro señor Dios, compadécese de nuestra flaqueza, y desplácele nuestra pereza. Cuando te quitaren el dulce sueño, y te mandaren ir al coro, imagina luego entre ti que no te llaman a cavar, ni a arar, ni a navegar, ni a pelear, ni a caminar, sino a pie quedo al señor loar: algunos de los cuales oficios hicieras si allá tú en el mundo quedaras: porque en el siglo, quien no trabaja no come. Debes también hermano mío considerar, que para ir al coro no has de atravesar barrios, ni has de pisar lodos, ni te has de mojar la ropa, ni aun te ha de dar el sol en la cabeza: sino que a la sombra y limpio, y enjuto, y a pie quedo puedes juntamente al señor servir, y ganar de comer. Los patrones y fundadores de los monasterios, no los labraron, ni dotaron sino para que las religiones que en ellos morasen, hiciesen en el coro los divinos oficios, y rogasen a Dios por los vivos y muertos: porque de otra manera, o ellos lo gastarán en vida, o lo mandarán a sus deudos en la muerte. El monje que por la obediencia no está en algún oficio ocupado, ni quiere sino por fuerza ir al coro, al tal ni le osaría yo tener en la religión, ni aun asegurarle la salvación: pues no cumple con lo que los fundadores mandan, y come lo que sus hermanos ganan. Dime yo te ruego, ¿ado osarás ir de buena gana, si tú al coro vas por fuerza? Sea pues el caso, que para ir a loar a nuestro señor, no esperes que te vayan a llamar, ni aun tampoco aguardes a que tornen otra vez de nuevo la campana a tañer: porque para servir a Dios, ni [LXXIv] ha de haber pereza, ni faltar diligencia. El monje que no va al coro, sino a la postrera señal de la campana, o que le han de tornar a llamar a la celda, más parece que va por fuerza que de grado: pues le lleva la campana y no la obediencia.

Ya que vayas al coro, guiarte de ir por las claustras hablando, y mucho menos murmurando: porque en tal caso, menos mal sería, que te tornases a dormir, que no que te levantases a murmurar. A la puerta del coro, toma el agua bendita, besa la santa cruz, y éntrate signando y diciendo el verso de introibo in domum tuam: y el de dignare me laudarete virgo sacrata: porque en ellos invocas al hijo de Dios, y te encomiendas a su madre bendita. En el punto que entrares en el coro, quita luego la capilla y haz al sacramento una inclinación profunda: e hincadas las rodillas, y juntas ambas las manos, di la oración dominical, y la salutación angelical: y esto con la mayor atención y aun devoción que supieres y aun pudieres. En cuanto los otros religiosos se acaban de juntar, y cesan las campanas de tañer, recógete un poco en la silla, y cúbrete con las mangas la cabeza: y allí comenzarás a contemplar, y a rumiar el misterio que en tal hora nuestro señor Jesucristo obró, cuando vivía, y aun obra ahora cada día. En aquel recogimiento que tuvieres, y en aquella oración que hicieres, no te descuides de decir al señor que reciba tus buenos deseos, y no pare mientes en tus muchos descuidos: y que si en el oficio divino tuvieres poca atención y no mucha devoción, será por flaqueza y no por malicia. Si vieres que tan presto no vienen al coro, los monjes que entonan los cantos, toma tú trabajo de traer los atriles, y de poner los libros, y aun de registrar los salmos: porque en caso de servir al señor, nadie debe mirar a lo que allí es obligado, sino a lo que es más meritorio.

Hecha pues señal por el prelado para comenzar las horas, levántate en pie y quita la capilla, e inclinado todo el cuerpo di el pater noster y el avemaria: porque siendo como son estas dos las más altas oraciones de todas, con ellas comienza, y con ellas acaba la iglesia todas las otras. Comenzadas pues las horas, guárdate de estar en la silla arrimado, ni menos recodado, ni andar con la vista derramado, mirando de un coro a otro: pues allí has de pensar que estás loando al señor, no entre hombres humanos, sino en compañía de coros angélicos. Si te rezaren las horas pronuncia bien las palabras, y si se entonaren dilas muy bien pensadas, y se se cantaren no cantes cantos requebrados: porque Dios no dijo que le era acepta la voz requebrada, sino el corazón quebrantado. Has de estar en el coro desarrimado el cuerpo, juntos los pies, cogidas las manos, y bajos los ojos, y elevados en nuestro señor los pensamientos: de manera, que todos los monjes que allí están, loen en Dios la bondad , y en ti la gravedad. Sobre si será bueno que las horas se canten, o se recen, o sobre si rezarán de un santo, o de otro, o sobre si el canto va alto, o bajo, con nadie te debes allí tomar, ni trabajar: porque menos mal es, que se quebrante una ceremonia del ordinario, que no porfiar y tomar contiendas en el coro. Los salmos que has de entonar, las lecciones que has de rezar, los oficios que has de cantar, y todos los prefacios y evangelios que tú hubieres de decir, guárdate [LXXIIr] de decirlos en público, sin que primero los proveas en secreto: porque es tan grande la culpa de decir una mentira en el altar, o en el coro, que no se puede satisfacer con ningún castigo. Ya sabes que en el oficio divino si no tienes licencia de a nadie mirar, que mucho menos la tienes para con nadie parlar: porque allende que en el dormitorio y en el claustro, y en el coro, es prohibido en derecho el silencio, cometerías contra Dios muy gran sacrilegio, si osases hacer parlatorio, el lugar que está dedicado al culto divino. Si no estás muy sobre aviso, en el coro y en el oratorio, es ado el demonio más te tentará, a que derrames más la vista, y a que digas alguna palabra ociosa: porque naturalmente, las cosas más prohibidas siempre son más apetitosas. Aunque haya quien ponga los atriles, entone los salmos, alumbre a los maitines, y quite los libros, no esperes que te lo hayan de mandar, sino que tú te ofrezcas a lo hacer: porque allende que merecerás en ello mucho, darás a todos muy buen ejemplo.

No basta tener en el coro el cuerpo muy compuesto, sino que también has de tener el corazón con Dios muy elevado: y en lo que allí cantares estar muy atento: porque según dice el glorioso Bernardo: grandísima confusión del monje es, tener el cuerpo en el coro, y el corazón en el mercado. Como el coro sea lugar a Dios consagrado, y al culto divino solamente dedicado, nadie debe osar de traer allí el corazón desmandado, ni ponerse a hacer torres de viento: porque para no estar el monje atento a lo que reza o canta, menos mal sería hacer algo en la celda. Porfiando y peleando con el corazón, aun no le podemos del todo hacer estar atento, ¿cuánto más si le dejamos andar suelto y vagamundo? Si me dices que aunque quieres no puedes, a esto te respondo, que harto está atento, el que sobre la atención pelea con su pensamiento. En cualquier coro que estuvieres no seas el primero en asentarse, ni el postrero en levantarte: y ni hagas gran estruendo con la silla al tiempo de levantarla, o bajarla: porque dado caso que por acá sean estas cosas muy pequeñas, en acontecer en el culto divino se han de tener por muy pesadas. En el templo de Salomón nunca sonó marullo, ¿y ha de osar nadie en la iglesia de Dios hacer ruido? No hagas caso de tener en el coro silla baja o silla alta, ni de que te pongan en lugar humilde, o lugar honroso: pues te has de tener por dicho, que no vas a buscar allí para ti honra, sino a loar y dar a tu señor y criador alabanza. Cuando tus hermanos estuvieren en el coro en pie, no estés tú asentado, y cuando salieren ellos al facistor, no te quedes tú en la silla, y cuando ellos estuvieren cantando, no estés tu callando: porque no sólo parecería esto singularidad, mas aun monstruosidad. Si por caso vieres que algunos de tus hermanos no vienen tantas veces al coro como tú, ni por eso lo debes juzgar, ni aun dellos murmurar: teniendo para ti creído, que tu inhabilidad hace, que no seas más de para orar, y que ellos son no sólo para orar, mas aun para trabajar. Tente hermano mío por dicho, que desde el deus in adjutorium meum intende hasta que digan el benedicamus domino siempre estará allí cabe ti el enemigo, tentándote y persuadiéndote, a que salgas del coro, o a que tengas allí el corazón derramado: porque te hago saber, que no hay ningunos religiosos más tentados, que aquellos que los coros siguen, y los oratorios frecuentan.

Como el mérito de las buenas obras no consiste en comenzarlas, sino en [LXIIv] acabarlas, guárdate de ir al coro no más de por cumplir, y no por tu ánima aprovechar y al señor servir: porque en tal caso trabajarías sin alcanzar mérito, y andarías siempre desconsolado. Habiendo los antiguos padres ordenado el oficio divino para al señor servir, y el tiempo en ejercicios santos ocupar, ya podría ser que en lugar de tener el coro por refugio y consuelo, le tuvieses por tormento y enojo. Si quieres en la orden vivir consolado, avézate a seguir y a residir en el oficio divino: porque todo monje que fuere enemigo del coro, o será a la orden penoso, o al fin desamparará el monasterio. Acabadas pues las horas canónicas, aunque el prelado haga señal que se puedan todos ir, no te vayas tú luego: porque el verdadero siervo del señor ha de entrar en el coro el primero, y salir del coro el postrero. Acabadas las completas que es al fin del día, y acabados los maitines que es en lo profundo de la noche, suelen los varones perfectos y religiosos acabados quedarse postreros en el coro, por algún tiempo, y espacio, a particularmente orar, y a sus devociones rezar: porque aquellas dos horas son las más congruas para la contemplación, y las que más nos provocan a devoción. Del glorioso Santo Domingo se lee que jamás después de los maitines se acostaba ni aun del coro se salía: sino que orando y rezando le tomaba allí la mañana, y desde allí se iba a decir misa. En las vidas de los padres dijo el abad Serapio: Los lugares que el buen monje más ha de frecuentar, y los homenajes adonde sus tentaciones se ha de acoger son, la celda ado trabaje, el oratorio ado ore, y el coro ado rece: fuera de los cuales lugares ha de andar muy sobre aviso, y se ha de tener por muy extraño. El glorioso San Bernardo decía muchas veces, que no querría que le tomase la muerte, sino en el oratorio, cuando oraba con sus monjes, o en el coro, cuando en común se cantaban los salmos.


{Antonio de Guevara (1480-1545), Oratorio de religiosos y ejercicio de virtuosos (1542). El texto sigue la edición de Valladolid 1545, por Juan de Villaquirán, 8 hojas + 110 folios.}

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