La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Antonio de Guevara 1480-1545

Oratorio de religiosos y ejercicio de virtuosos

Capítulo XI
Ado se comienza a tratar de la virtud de la abstinencia, y para mostrar su grandeza se traen grandes figuras de la escritura sacra.


Hablando más en particular, uno de los más seguros fundamentos que podemos echar, y uno de los más derechos caminos que podemos tomar, para llegar a la perfección, y conservarnos en la religión es, abezar al cuerpo a que trabaje mucho: y acostumbrar el estómago, a que coma poco. Cinerem, tanquam panem manducabam, et poculum meum cumfletu miscebam, decía el santo rey David: y es como si dijera. Nunca comí manjar que no le polvorizase con ceniza, ni nunca bebí gota, en que no cayese alguna lágrima. Aquel con verdad amasa el pan con ceniza, y agua el vino con lágrimas, que acordándose que es pecador, y por amor de su redentor, se va a la mano en lo que podría hacer, y se abstiene de lo que podía comer; porque no hay género de más alta abstinencia, que refrenar la gula en una opulenta comida. Entonces el monje come pan con ceniza, cuando ruega a Dios por los bienhechores que están ya hechos ceniza: los cuales fundaron y dotaron el monasterio ado él es religioso: y en tal caso y por tal cargo, no sólo es obligado por ellos rogar, mas aun llorar y se disciplinar. Aquél come pan ceniciento, y bebe el vino que ha llorado, que no contento de afligirse por su mala vida, se aflige también por los malos de su república: lo cual sino hace, es obligado a hacer: porque por eso nos dan el pan de sus sudores, [XXIIIv] para que con él comamos la ceniza de sus pecados. Aquél come pan con ceniza, y no bebe más de lo que llora: que los manjares que come son poco costosos, y de gusto mal sabrosos, y en cantidad muy pocos, y en el aderezo mal sazonados, y en el servicio mal ministrados. Aquél come pan con ceniza, y no bebe gota sino la que llora: que da muchas gracias al señor cuando el manjar le sobra, y no murmura del prelado cuando algo le falta: porque el monje bien disciplinado, no come más de para vivir: mas el que es glotón, no vive sino para comer. Aquél come pan con ceniza, que el manjar que ha de comer, no pone mucho estudio en lo buscar, ni gran solicitud en lo aderezar, ni aun mucha prisa en lo tragar: porque el verdadero siervo de Dios ha de comer de burla, y orar de veras. Aquél come pan con ceniza, que deja de la ropa por haber frío, que se levanta de la cama con sueño, que sale del refitorio con hambre, y que se alza de la mesa con sed: porque el verdadero siervo del señor, ha de pensar que no le falta cosa, si tiene caridad para servir, y paciencia para sufrir.

Si lo que el rey David dice, y que yo te aconsejo, te parece áspero: dime yo te ruego, pues nacimos de ceniza, somos ceniza, y nos hemos de tornar ceniza: ¿es mucho que comamos ceniza? Pues nacemos llorando, nos criamos llorando, vivimos llorando, y morimos llorando: ¿es mucho que comamos y bebamos llorando? Si por caso no pudieres comer ceniza, ni fuere en tu mano de llorar alguna lágrima, no queremos más de ti, sino que refrenes un poco la gula, y te avezes a hacer abstinencia: porque es de tal calidad el calor de nuestro estómago, que si te pide mucho cuando estás comiendo, después se huelga de haber comido poco. Es tan antigua, es tan honrada, y es tan estimada la virtud de la abstinencia, que sola ella y no otra con ella, fue en el primer estado de gracia dada, y en el paraíso terrenal canonizada: porque a nuestros primeros padres, si les dieron árboles de que comiesen, también se les vedó uno de que no gustasen. Oh tristes de nosotros, pues fue tan triste su fortuna, y fue tan mala nuestra dicha, que no leemos haber ellos gustado de la fruta que les fue concedida, sino que solamente comieron de una que les fue vedada: por manera, que si guardaran el precepto de la abstinencia, ni ellos osarán gustar la fruta, ni durará en nosotros hasta hoy la dentera. El buen varón de Moisés, no sólo salió de Egipto, pasó el mar bermejo, atravesó el desierto, se apartó del pueblo, y se subió al monte santo: mas aun allí ayunó un ayuno que fue meritorio y prolijo, derramando lágrimas de sus ojos, y rompiendo los cielos con suspiros. Deste tan notable ejemplo podemos colegir, que no por más, de por haber dado Moisés a su cuerpo ley de abstinencia, mereció que por sus manos diese Dios su ley a la gran sinagoga.

En el treceno capítulo del libro de los jueces se lee, en cómo el ángel del señor apareció a un hebreo llamado Manuel, y a su mujer también: a los cuales mandó de parte del señor, que si no bebiesen vino, ni probasen sidra, ni comiesen cosa sucia, ni prohibida, les nacería un hijo santificado en el ánima, y fortísimo en el cuerpo, que tuviese nombre Sansón: por cuyas manos fuese el pueblo hebreo librado, y todo su linaje honrado. En el mismo libro se lee, que habiendo sido vencidos todos los once tribus, de sólo el tribu de Benjamín: acordaron los capitanes que tenían, de irse a orar al tabernáculo, y darse todos al ayuno santo: lo cual ellos hicieron en tan buen punto, y en tan buena hora, que las dos batallas que de antes habían [XXIVr] perdido con las armas, recuperaron después con las lágrimas. En el cuarto capítulo del libro de Judith se lee, que teniendo Holofernes cercada a la ciudad de Getulia, como fuese mayor su potencia que no las fuerzas de la sinagoga: acordaron todos los del pueblo, de irse al templo, vestirse de sacos, echarse en oración, cubrirse de ceniza, darse al ayuno, y abstenerse de beber vino: por méritos de la cual penitencia y abstinencia, alcanzaron del señor, no sólo que su ciudad fuese descercada: mas aun que al superbo Holofernes cortase la cabeza. Cuando la buena reina Esther hubo de hablar y aplacar a su marido el rey Asuero, de la ira que tenía contra el pueblo israelítico, por consejo de Amán su privado: mandó a todos los de la ciudad de Susis, que en tres días continuos no comiesen pan, ni bebiesen vino, ni se acostasen en cama, ni se levantasen del suelo: y así fue, que antes que la abstinencia fuese acabada, fue la buena reina oída, y fue la ira del rey aplacada: y aun fue el malsín de Amán puesto en una horca. Después que la reina Jezabel mandó a apedrear al inocente Naboth, por tomarle una viña para hacer una real huerta: como vio el rey Achab el pecado que su mujer había cometido, y las amenazas que Dios le había hecho: vistióse de un cilicio, cubrióse de polvo, abstúvose de comer, y comenzó fuertemente a llorar: mediante la cual abstinencia y penitencia, mereció luego alcanzar perdón de su culpa, y sobre leerle la sentencia que contra él estaba dada.

Jeremías en el capítulo XXXV cuenta la gran observancia y abstinencia de unos hebreos, que llamaban los recaritas: los cuales no bebían vino, no edificaban casas, no plantaban viñas, no labraban tierras, no tomaban dineros, ni comían manjares delicados: de cuya vida y honestidad se enamoró el señor tanto, que les prometió y dio su divina palabra, que jamás en su sangre y casa faltaría una santa persona. El santo profeta Ezequiel, no comió en trescientos noventa días, sino trescientos noventa panes a secas; los cuales eran no de trigo y centeno, sino de habas y lentejas y millo: y porque fuesen más desaborados a la garganta, cocíanselos sobre la ceniza, y su beber eran solas seis onzas de agua al día: en méritos de la cual abstinencia, mereció alcanzar todo el discurso de la sinagoga, y grandes secretos de la Iglesia. Del gran san Juan Bautista leemos, que desde muy niño se fue al desierto, andaba en él solitario, vestíase con pellejos de camellos, comía langostas silvestres, bebía agua salobre, dormía en los zarzales, y acompañábase de animales salvajes: mediante la cual abstinencia, mereció ver a Cristo con sus ojos, mostrarle con sus dedos, y bautizarle con sus manos. Del mismo hijo de Dios se lee también, que a la hora que tomó el bautismo, y apareció sobre él el espíritu santo, luego se subió en un monte muy apartado, no a más de a orar, y ayunar, y penitencia por nuestros pecados hacer: de manera, que así como el primero Adán plantó la sinagoga sobre la gula, así el segundo Adán fundó su Iglesia sobre abstinencia. He aquí pues declarado, cuán loada, cuán estimada, y cuán celebrada es la bendita abstinencia en toda la escritura sacra: la morada de la cual es, en los corazones santos que se guardan de pecar, y en los cuerpos virtuosos que se abstienen de comer. Refrenar el corazón de que no ame los vicios, y abstener el cuerpo de manjares delicados, aunque a todos los del mundo sea cosa necesaria, mucho más lo es a los de la vida monástica: porque no es otra cosa la vida religiosa, sino una penitencia [XXIVv] continua, y una abstinencia voluntaria.

Los que están sobre algún castillo fuerte, o ponen cerco a una ciudad muy murada: ante todas cosas trabajan de quebrar los caños por donde les viene el agua, y atajarles los pasos por donde les vienen los mantenimientos: porque a los enemigos que están dentro revelados y protervos, la falta de la vitualla, los constriña a dar la obediencia. No hay cosa en esta vida que nos dé tantos trabajos, ni que nos pida tantos regalos, como es nuestra propia carne: con la cual es imposible del todo cumplir, ni menos a su apetitos satisfacer: porque para contentarla es muy antojadiza, y para servirla es muy ingrata. Jamás cesa de importunar, jamás se harta de pedir, ni aun jamás se cansa de se quejar esta nuestra carne: lo cual parece claro, en que por beneficios que le hacemos, ni por flaquezas que le sufrimos, más sañuda está, por sólo un apetito que le negamos: que contenta por cuántos vicios le consentimos. Como la carne y el demonio, está contra nosotros amotinados, y para nuestro mal confederados, muchas veces nos persuaden, a que nos demos una hartazga de vicios, con decir que luego nos tornaremos a ser virtuosos: en lo cual ellos mienten y notoriamente nos engañan: porque es de tan mal viduño la planta de nuestra carne, que si hoy le consentimos un vicio, luego otro día se quiere tornar al regosto. No sabes hermano, que si a la carne das una buena comida: que no te perdonará la cena: Ahora sabes, que ni porque duermas ocho horas de noche: que también quiere ella reposar una hora de día: Ahora tienes por saber, que si la consientes avezarte a adulterar: primero serás tú muerto, que pierda ella el apetito: ¿Y tú no sabes, que muchas veces importuna por manjares tan exquisitos, y por apetitos tan extraños: que ni la hacienda lo sufre, ni aun el estómago lo quiere? De tal enemigo no es de fiar, contra tal enemigo razón es de pelear, con tal enemigo no es de conservar, y aun tal enemigo razón es de castigar: que pues ella nos descamina del camino del cielo, justa cosa es que le vamos nosotros siempre a la mano.

En esta opinión, y deste parecer era el apóstol cuando decía: Castigo corpus meum: et in servitutem redigo, y es como si dijera: De tal manera me he yo con mi cuerpo, que no le consiento comer sino ayunar, no dormir sino velar, no holgar sino sudar: y si por caso en alguna cosa se me demanda, luego es con él la disciplina: por manera, que le trato como a esclavo, y él a mí como a señor. Como hay en el mundo pocos apóstoles, y muchos apóstatas, no saben los hombres ya otra cosa: sino cargar a la triste alma de pecados, y bañar al cuerpo con regalos. Oh no una ni dos, sino mil y diez mil veces bienaventurado, el que a su corazón tiene limpio, y a su cuerpo amedrentado: porque jamás el espíritu se verá en libertad, si primero el cuerpo no está en sujección. ¿Cómo dirás con el apóstol, castigo corpus meum: pues en habiendo hambre le das de comer, y en habiendo sed le das de beber, y en habiendo frío le calzas, y en habiendo sueño te acuestas? ¿Cómo dirá con el apóstol, castigo corpus meum: el que jamás consiente que su cuerpo se canse, ni permite que se le moje, ni aun sufre que se le enlode? ¿Cómo castiga a su cuerpo, el que se pone a murmurar: porque no le dan a comer manjares costosos, y no le dan a beber vinos preciosos? No diremos por cierto del tal que a su cuerpo castiga, sino que le cría, no que le disciplina, sino que le regala, no que le torna siervo, sino que le hacer señor: pues por consentirle lo que quiere, y darle lo que le pide: [XXVr] padece su hacienda necesidades, y su cuerpo enfermedades.

Si el apóstol San Pablo siendo trono de sabiduría, y que estaba confirmado ya en gracia, no había empacho de llorar, de a su cuerpo castigar: qué será de tí y de mí que no estamos en gracia, sino en desgracia: y qué delante de la justicia divina está corriendo sangre nuestra culpa. Mucho es de ponderar, que no dice el buen apóstol castigo en el cuerpo de mi vecino, sino solamente dice, que castiga su propio cuerpo: en lo cual nos da a entender, que hartos vicios y pecados hay que castiguemos en nosotros sin que nos encarguemos de castigar pecados ajenos. Oh con cuanta facilidad se suelen encargar muchos hombres, de castigar y corregir culpas ajenas, y aun a vueltas dellas meten la mano en sus propias honras: los cuales si considerasen cuánto son mayores los males que a ellos disimulan, que no las culpas que a los otros acusan: soy cierto que para juzgar a sus prójimos serían piadosos, y para contra sí mismos muy crueles verdugos. No vaca tampoco de misterio, que no dice el apóstol, que trata a su cuerpo como a hijo, ni como a hermano, ni como a amigo, ni aun como a vecino: sino como a siervo y aun siervo muy azotado: para darnos a entender, que si queremos ahorrar muchos enojos, y ser de nuestro cuerpo bien servidos, ni le consintamos vicio que tuviere, ni le perdonemos culpa que cometiere. Deus qui culpa offenderis: penitentia placaris, dice San Gregorio en una oración hablando con Dios, y es como si dijese: Oh sumo y eterno Dios, cuya es tan grande la clemencia, y tan inmensa la bondad, que tan fácilmente te aplacas con la penitencia, como te ofendiste con la culpa: humildemente te rogamos, y con muchas lágrimas te pedimos, tengas señor por bien, que nuestra flaca abstinencia temple tu recia ira.

El glorioso San Ambrosio dice también en el prefacio: Qui corporali jejunio vicia comprimis, mentes elevas, virtutem largiris et premia: per Christum nostrum, y es como si más claro dijese: Eres tú mi Dios tan bueno, y conténtaste con tan poco servicio, que en remuneración de un simple ayuno que te ayunamos: nos debilitas los vicios, nos levantas los corazones, nos enriqueces de virtudes, y nos prometes grandes mercedes. Si en la corporal abstinencia, y en el refrenamiento de la gula, no hubiese mucho mérito, y no esperásemos por ello gran premio: ¿osaría por ventura la Iglesia tanto loarla, y los santos tan de corazón abrazarla? La lengua que pone lengua, y la boca que se desmanda a decir mal de la santa abstinencia, a piedra lodo había de ser cerrada, y la lengua a raíz cortada; porque de virtud tan necesaria, y que de tan santos está aprobada, nadie puede decir mal della, sino fuere el que es poco disciplinado, y muy mucho regalado. Dime yo te ruego, pues en esta vida mortal no tiene el hombre a otro peor enemigo que esa su mismo cuerpo: ¿no sería por ventura loco y muy loco, el que a este enemigo regalase: y contra sí mismo armas le diese? Dejar a mis ojos que vean lo que desean, y que mis orejas oigan lo que les aplaze, y que mi lengua parle lo que se le antoja, y que mi corazón piense en lo que se deleita, y que mi cuerpo tenga con que se regale: ¿por ventura no salen estas armas de mí mismo, para contra mí mismo: y no para contra otro alguno? El santo rey David cuando hizo campo con el gigante Goliat, como le derrocase de una pedrada, y no de cuchillada: fue el caso, que con el mismo cuchillo que llevaba el gigante en la cinta, le cortó David la cabeza. Es aquí pues ahora de notar, que si el triste de Goliat viniera a pelear a [XXVv] pedradas y no a cuchilladas, como vino, escapara él descalabrado, mas no quedara allí muerto: de lo cual podemos inferir, que el mundo y la carne, y el demonio pueden con sus tentaciones lastimarnos: mas sino les damos armas no pueden derrocarnos. Tantas armas damos al demonio con que nos combata, cuantos manjares consentimos al cuerpo que coma: porque esta nuestra carne mortal y bestial, después que se ve harta, y se siente contenta: dime yo te ruego, ¿no tiene por ventura más habilidad para bocezar, que no para rezar?

El glorioso San Bernardo en un sermón que predicó a sus monjes dice: Abstenéos mucho hermanos míos de comer, y templaos en el beber: pues sabéis, y sabemos, que el cuerpo después que está harto, no quiere sino dormir, no sabe sino bocezar, no descansa sino en se esperezar, y no se querría aun mover: las cuales cosas todas son en los del mundo pecado, y en los religiosos sacrilegio. Inpinguatus, ingrassatus recalcitravit dilectus: Deuteronomio, cap. XXXII. Y es como si dijese: No pensando lo que hacía, ni el mal que a mí me venía, permití a mi cuerpo que engordase, y dile lugar a que se regalase, y ahora en pago de aquellos regalos, ni le puedo contentar, y mucho menos domeñar. La queja que da aquí contra su prelado el santo profeta, muchos la podrían dar de sí mismos hoy día: los cuales ni se acuestan a la noche, ni se levantan a la mañana, sino con decir qué es lo que comerán y beberán aquel día. El que se obliga a regalar su cuerpo, se obliga a un gran trabajo, y echa sobre sí un terrible censo: porque después que le tenga cenado, y le haya mucho regalado, si le manda algo dirá que no quiere, y si se lo ruega responderá que no puede. La licencia que tiene el profeta a reprehender al hombre que es graso, lucio y gordo, y regalado, tenemos también nosotros de alabar al que es flaco, abstinente y amarillo: porque entre otros este bien tiene la moderada abstinencia, que para el alma es muy meritoria, y para el cuerpo muy gran medicina. ¿Qué otra cosa es decirnos el profeta, que el cuerpo regalado y vicioso tira coces: sino que el pago que nos da es darnos de coces? Entonces nos trae nuestro cuerpo sobre los pies acoceados, cuando todo lo que ganamos es para le servir, y todo lo que sudamos es para le substentar: y de aquí es que hay muchos hombres tan dados a la gula, y tan enemigos de la abstinencia; que no tienen cosa por bien gastada, si no es la que se come a su mesa, y se desperdicia en su casa. Hablando más en particular, dado caso que en todos los estados sea vituperada la gula, mucho más lo es en los religiosos que profesaron vida monástica: a los cuales pertenece en igual grado tener enemistad con los regalos, como la tienen con los demonios: porque hasta hoy por ver tengo a ningún monje, que fuese muy amigo del refitorio: que no fuese enemigo del oratorio.

Créeme hermano y no dudes, que la gula y la abstinencia, el velar y el dormir, el holgar y el trabajar, y el comer y el orar, si en toda parte son enemigos, mucho más lo son en los monasterios: porque en las casas de los siervos de Dios jamás por jamás vicio se admite, ni virtud se despide. El que de nuevo viene a ser religioso, y que pretende ser perfecto: ante todas cosas se debe guardar de la gula, y avezarse a hacer abstinencia: porque se han de tener por dicho, que con los manjares que engorda el cuerpo, se enflaquece el espíritu: y con los que engorda el espíritu, se enflaquece el cuerpo. ¡Oh tú que viniste del [XXVIr] siglo al monasterio, si vienes con intención de salvarte, y no de regalarte, debes te de acostumbrar a comer poco, a beber poco, a dormir poco, y a trabajar mucho: porque si desde el año de tu noviciazgo, no empones a tu cuerpo, a se abstener, y aun a se disciplinar: andarás toda tu vida desesperado, y no será mucho que al fin apostates del monasterio. Mira tú también por tí y no te engañe el demonio, en decir que estás sano, y recio, y gordo, podrás mejor llevar los trabajos del monasterio, y hacer lo que te mandare el prelado: la cual tentación no debes admitir, ni en ella consentir: porque el verdadero hijo de Dios habiendo de hacer armas con el demonio, no tomó otras ningunas armas, sino fue el ayuno de cuarenta días. ¿No quiere Cristo lidiar con el demonio sino ayuno, y osas tú esperarle estando harto? Las aves que tienen poca pluma y gruesa carne, vuelan poco: y las que tienen mucha pluma y poca carne vuelan mucho: de lo cual podemos colegir, que los buenos religiosos más necesidad tienen de tener a sus carnes bien disciplinadas, que no muy gruesas y muy regaladas: porque en los grados de perfección, nadie llegó a ser contemplativo: si no fue por el camino de la abstinencia y ayuno.


{Antonio de Guevara (1480-1545), Oratorio de religiosos y ejercicio de virtuosos (1542). El texto sigue la edición de Valladolid 1545, por Juan de Villaquirán, 8 hojas + 110 folios.}

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