La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Antonio de Guevara 1480-1545

Oratorio de religiosos y ejercicio de virtuosos

Capítulo VIII
De cuán gran ánimo han menester los que quieren al señor servir, y pruébase muy bien esto con una figura del levítico.


Homo qui offert vitulum coram domino, sacerdotes effundant sanguine iuxta altare: et detracta pele artus in frustra concidant.

Estas palabras son palabras de Dios, y dichas al santo Moisés en el monte Rafin, y escritas en el principio del levítico, y es como si dijera: Si algún hombre israelítico quisiere ofrecer algún becerro o ternera al señor, degollarle han los sacerdotes a la puerta del templo, y derramarán la sangre cabe el altar, y desollarle han todo el cuero, y harán muchos pedazos la carne, y puestos sobre un haz de lana, quemarla han allí toda. Si bien queremos mirar el misterio, muchas cosas mandaba Dios que se hiciesen en el sacrificio, para que el sacrificio le fuese acepto: es a saber, que fuese buen becerro, que fuese sano, que no fuese manchado, que fuese degollado, y a la fin que fuese todo quemado. Ante todas cosas es aquí de saber, que se tenía por gran locura, si navegase el piloto sin saber para qué puerto, si hiciese el capitán ejército sin saber contra quién, si peregrinase el romero sin saber adónde, y si mudase uno estado, y tomase otro el hábito sin saber para qué deja el mundo, y se mete religioso: porque el mérito, o demérito de nuestra vida, no está en las obras que hacemos: sino en el fin para que las guiamos. No en vano dice David, utinam dirigantur vie: y no sin misterio nos aconseja Isaías, que no vamos por nuestros caminos: pues es imposible que en ellos no nos perdamos, y que al fin no nos condenemos: pues tantos cuantos son los vicios, tantos y no menos son los caminos. Séneca en una epístola dice: No te fíes no te fíes amigo mío Lucilo del mundo: el cual es tan mal acondicionado, que si nos deja dormir un sueño con lo que tenemos allegado, nos despierta con otro nuevo cuidado, dando lo que nos ha dado a otro nuevo dueño.

Como el emperador Trajano preguntase a su gran maestro y filósofo Plutarco, qué era la causa por la que había más malos que buenos en el mundo, respondióle: Has de saber serenísimo príncipe, que allende que nuestra natural inclinación, es más pronta para seguir el mal que el bien, todo el daño desto está: en que se va gente tras gente, y no razón en pos de razón. ¿Oh tú que vienes del mundo, oh tú que vienes al monasterio, para qué quieres mudar el hábito, si no sabes qué cosa es ser religioso? Si no sabes lo que tomas, ¿para qué lo tomas? Y si sabes lo que dejas, ¿para qué lo dejas? ¿Piensas que la perfección de la religión consiste, en que como traigas de antes sayo, traigas ahora el hábito? ¿En que como te llamaban de antes hombre, te llamen ahora monje? Y en que como [XVIIIr] morabas en una casa, mores ahora en el monasterio: y en que como allá llamabas al que servías señor, llames al que acá en la religión te manda abad, o prior: Muy fuera vas de camino, si vienes a la orden con ese pensamiento: porque el bien de su salvación consiste, no en el nombre que mudas, ni en las ropas viejas que dejas, sino en las nuevas costumbres que tomas. El llamarte religioso, el encerrarte en el monasterio, el traer hábito negro, o blanco, y el no salir ya por el mundo, quitarte han las ocasiones de ser malo: mas no son suficientes para hacerte santo y perfecto: porque si junto con esto no tienes humildad con el prójimo, obediencia al prelado, paciencia en el trabajo, disciplina en el cuerpo, recogimiento en el monasterio, devoción en el oratorio, y caridad con tu hermano: dime yo te ruego ¿para qué viniste acá del mundo? Oh tú que vienes a la religión, has de pensar hermano mío que viniste a ofrecer, y a sacrificar al señor: no sólo la hacienda mas aun el ánima, no sólo el ánima mas aun el cuerpo, no sólo el cuerpo mas aun la vida, y no sólo la vida mas aun la honra: de manera, que digas con el apóstol, vivo yo mas ya no yo: vive en mí aquel que murió por mí. Allá en el mundo el mayor sacrificio que hacíamos a nuestro Dios era irnos a la iglesia, santiguarnos en entrando, hincar luego las rodillas, tomar un poco de agua bendita, y dar una blanca en limosna: mas acá en la religión, has de ofrecer hermano mío a tu Dios las manos para trabajar, los ojos para llorar, el cuerpo para ayunar, la boca para rezar, y el corazón para le amar. Allá en el mundo ofrecías a Dios los diezmos, las primicias, y las obladas, y otras semejantes ofrendas: mas acá en la religión ofreces a ti mismo, que vale más que todas ellas: porque no puede el hombre hacer a Dios otro mayor sacrificio, que sacrificarle a su corazón propio.

Viniendo pues al caso, manda Dios en la figura arriba tocada, que el animal que le hubiesen de sacrificar fuese becerro y no becerra, y el que le sacrificase fuese hombre y no niño, y el tal animal que fuese sano y no manco: en lo cual se nos da a entender que no ha menester la religión hombres enfeminados ni regalados que entren en ella: sino varones que sean hombres para soportar los trabajos del monasterio, y tengan esfuerzo para sufrir las tentaciones del demonio. Si para doctrinar eligen al mejor maestro, y para navegar al mejor piloto, y para pelear al más esforzado caballero, y para caminar al más ligero correo: ¿por qué han de querer para el monasterio al más inhábil y manco? Para alcanzar la alteza de la perfección, y para tolerar los trabajos de la religión, hay gran necesidad, de tener el cuerpo muy fornido, y el corazón muy esforzado: de lo cual podemos inferir, que aunque todos los del mundo tienen habilidad para ser cristianos, muy poquitos son los que la tienen para ser religiosos. Si bien lo queremos entender, no es otra cosa mandar Dios que le ofrezcamos animal recio y grande, sino que el novicio que hubiere de entrar en la religión sea ya del todo hombre: porque de otra manera, si el tal es niño, o muy muchacho, el tiempo que había de gastar su maestro en doctrinarle, habrá de expender en criarle. Guardar los ayunos, levantarse a maitines, madrugar a prima, barrer la casa, hacer la cocina, servir en la enfermería, y cumplir con la obediencia: ¿por ventura son estos trabajos para niños, y mozuelos, y no para monjes recios y muy sanos? Lo contrario desto que aquí [XVIIIv] decimos, suelen hacer en algunos monasterios no bien disciplinados: en los cuales reciben y admiten a unos que son niños, a otros que son viejos, y a otros que son flacos: de lo cual suele suceder, que después de recibidos, todo lo más del tiempo gastan en criar a los muchachos, y en curar a los enfermos, y en regalar a los viejos. Los monjes que en la orden se envejecieron, y los religiosos que en la religión enfermaron, justa y justísima cosa es, que sean los unos curados, y los otros sobrellevados: mas pues destos hay más que tierra en los monasterios, para qué quieren los prelados encargarse de mozuelos que críen, y de hombres flacos que soporten.

Cristo nuestro Dios y señor, cuyas pisadas hemos de seguir, y cuyas obras hemos de imitar, no tomó para poblar su monasterio y colegio sacro, a mozuelos pequeños, ni a hombres viejos y flacos: sino a los que tenían fuerzas para andar descalzos, y tenían estómago para comer espigas por los campos: de lo cual podemos colegir, que de tal edad ha de entrar el monje o monja en la religión, que sepa muy bien lo que deja, y tenga fuerza para guardar lo que toma. Entonces se ofrece a Dios animal grande y sano, cuando el que viene a la religión es hombre y no mozo, y es recio y no flaco: porque de otra manera, mucho más los tales estorbarían, que ayudarían: pues con los mozuelos, no haríamos sino burlar, y con los enfermos todo el día parlar. El [falta texto] dice, que los monjes de Egipto, que recibían en sus monasterios, que por lo menos abajase de veinte años abajo, y a lo más subiese de los cuarenta arriba: porque les parecía a ellos, que en aquellas dos edades, ni podía el mozo allegar ignorancia, ni podía el viejo eximirse por flaqueza. En recibir niños o niñas en la orden, hay otro inconveniente muy grande y es, que en la hora que los toman sus maestros, o maestras a cargo, trabajan mucho de los regalar, y aun de los trabajos del monasterio los exentar: y lo que es peor de todo, que piden de comer para ellos, como para hombres: y por otra parte quieren que estén exentos como niños. Hay otro inconveniente en recibir mozuelos en la orden: y es que si por caso hacen algún descuido en el coro, o intentan alguna golosina en el refitorio, o dicen alguna descortesía al que es viejo, o inventan al guna travesura en el monasterio: si por caso les quiere poner la mano, y castigar el prelado, a la hora le resiste y torna por el su maestro diciendo, que todo aquesto es niñería, y que la edad tierna lo demanda. Hay otro inconveniente en este caso y es, que muchas veces, como son tan tiernos para sufrir los trabajos del monasterio, es necesario que los despida el prelado, o se tornen ellos al mundo: y tornados allá, cuentan a sus deudos y padres, no las muchas bondades que vieron en los buenos, sino algunas flaquezas si notaron en los flacos.

También hay otro descuido en este caso y es, que tienen ya por estilo en algunos monasterios, de recibir algunas mozuelas, o mozuelos depositados: y esto no para que sean allí religiosos, sino para que estén allí guardados, y sean criados: de lo cual se sigue, que como los vienen a visitar muchas veces sus parientes y padres, disuélvense mucho los monasterios con las pláticas de los padres, y con las burlas y niñerías de los hijos. El prelado que por interés de dinero, o por amistad de algún amigo permite que con los tales mozuelos sea profanada la religión: tan justamente merece ser alanzado del [XIXr] monasterio, como lo fueron por Cristo los que vendían y compraban en el templo; porque mucho más peca el que ahora peca contra la Iglesia, que no el que pecaba entonces contra la sinagoga. Lo segundo que mandaba Dios en su ley era, que el animal que le hubiesen de ofrecer fuese, no sólo másculo y sano, mas aun fuese de una color todo, y la causa desto era: porque los egipcios como eran idólatras, adoraban por su Dios único a un buey, que llamaban Isis criado en las riberas del Nilo, y que era de varios colores todo. Querer Dios que le ofrezcan animal, que no tenga más de una color: es darnos a entender, que no ha de entrar nadie en el monasterio, si no fuere con un solo propósito: y este ha de ser con todas sus fuerzas al señor servir, y su ánima salvar: porque si viene a ella con otros siniestros propósitos, o él se saldrá en breve del monasterio, o la religión le echará de sí como cuerpo muerto. Entonces es el monje de una color sola, cuando no tiene más de una fe, no cree más de en una Iglesia, no guarda más de una ley, no tiene más de un buen propósito, no quiere más de a sólo Cristo, y no tiene cuenta sino con su prelado. Dime yo te ruego, sino vienes por sólo servir a Cristo: ¿por qué dejaste al mundo, y te encerraste en el monasterio? Los que entran en la religión diciendo que quieren hacer penitencia, y ellos no vienen sino por tener la vida más segura, y por escapar de la infame pobreza, discípulos son los tales del demonio: el cual fue a buscar a Cristo al desierto, no para le servir, sino para le tentar. Entonces es el sacrificio a nuestro señor acepto, cuando todos los religiosos se visten de un paño, comen en un refitorio, se asosiegan en un monasterio, obedecen a un prelado, concurren todos al coro, se juntan en el oratorio, y son de un parecer en capítulo.

Según lo que leemos, y según lo que ahora vemos, ya se pasó el tiempo santo, ya se acabó la edad dorada: en la cual todos los heroicos religiosos, y todos los varones aprobados, no tenían más de un ser, un querer, un deseo, un propósito, una caridad, y una conformidad: por manera, que nadie de los que quería tanto a sí mismo, cuanto procuraba la consolación de su prójimo. Oh cuán pocos animales se ofrecen hoy al señor que sean de una color sola: es a saber, que muy pocos son los monasterios ado siguen lo que manda Cristo, y hacen lo que quiere su prelado: sino que hay entre ellos más variedad de pareceres, y más disonancia de voluntades: que en las plumas de los jergueritos hay colores. De varias y diversas colores es el animal del sacrificio, cuando en un mismo monasterio andan unos bien vestidos y otros rotos, unos no salen fuera y otros no entran en casa, unos están exentos y otros hacen los oficios, unos son regalados y otros aun no curados: finalmente digo, que unos obedecen al prelado, y otros no quieren aun mirarle al rostro. De muchas colores es el animal del sacrificio, cuando los monjes debaten entre sí, sobre quién será mayor abad, quién llevará el principal priorazgo, con quién quedará el más rico monasterio, sobre a quién se dará la mejor celda, y sobre quién se asentará en el mejor asiento de la mesa. Dejar el mundo y venir a la religión, a desear estas dignidades, y mandos, y a procurar estas liviandades: ¿no te parece hermano que es con sobra de desvergüenza, y por falta de consciencia? Preguntado el abad Arquimio, que cuál era el [XIXv] mayor trabajo que padecía el monje, respondió: El mayor trabajo que los monjes tenemos es, no la soledad que poseemos, no el yermo ado estamos, no el hambre que padecemos, no las disciplinas que hacemos, ni aun las tentaciones que sufrimos: sino los muchos apetitos que tenemos, y la poca resistencia que les hacemos: por cuya ocasión, no sólo somos a la religión penosos, mas aun de nosotros mismos andamos descontentos. Unam petii a domino: et hanc requiram: decía el profeta David, y es como si dijera: Sola una cosa señor te pido, y por sola una te ruego, y no más de una te demando, y es: que me tengas con tu gracia para que no pueda caer, y si cayere me des tu bendita mano para me levantar: porque ya sabes tú oh buen Jesús, que no sé tenerme si a ti no me arrimo, ni puedo levantarme, si no me das tú la mano.


{Antonio de Guevara (1480-1545), Oratorio de religiosos y ejercicio de virtuosos (1542). El texto sigue la edición de Valladolid 1545, por Juan de Villaquirán, 8 hojas + 110 folios.}

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