La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Antonio de Guevara 1480-1545

Menosprecio de corte y alabanza de aldea

Capítulo XIV
De muchos trabajos que hay en las cortes de los reyes, y que hay muchos aldeanos mejores que cortesanos.


El poeta Homero escribió los trabajos de Ulises el griego; Quinto Curcio, los de Alejandro con Darío; Moisés, los de José en Egipto; Samuel, los de David con Saúl; Tito Livio, los de Roma con Cartago; Lucídides, los de Jasón con el minotauro; y Crispo Salustio, los de Sofonisa con Jugurta. Queriendo, pues, imitar a estos tan ilustres varones, emprenderemos de escribir los ingratos trabajos que pasan los cortesanos en estos nuestros tiempos, los cuales tienen paciencia para los sufrir y no cordura para lo dejar. No por descuido llamamos a los cortesanos trabajos trabajos ingratos, pues vemos a los más de ellos tantas cosas padecer sin ningún fruto de ellas sacar; y lo que peor de todo es, que están quedos cuando los cargan y tiran coces si los descargan.

No es pequeña empresa la que quiere tomar nuestra pluma en decir que el cortesano pasa mala vida; porque andar uno en la corte no se tiene por errado, sino por bienaventurado. Piensa el cortesano que todos los que viven fuera de la corte son necios y él sabio, son rudos y él agudo, son apocados y él honrado, son torpes y él pulido, son cortos y él bienhablado, son locos y él cuerdo. Nunca Dios tal quiera, ni nunca Dios tal mande, que a ser verdad que en las cortes de los príncipes residían todos los sabios y cuerdos, gran locura era no nos tornar nosotros cortesanos, porque no hay años tan bien empleados como los que se gozan con hombres discretos.

¡Oh, cuántos discretos aran en los campos y cuántos necios andan en los palacios! ¡Oh, cuántos hombres de juicios delicados y de sesos reposados viven en las aldeas, y cuántos cortesanos rudos de ingenio y huecos de seso residen en la corte! ¡Oh, cuántos en las cortes de los príncipes tienen oficios muy preeminentes, a los cuales en una aldea de cien vecinos no los hicieran alcaldes! ¡Oh, cuántos salen de las cortes hechos corregidores, a los cuales no hicieron los labradores aun regidores! ¡Oh, cuántos se asientan en palacio a dar consejo, los cuales en la aldea no tendrían voto en concejo! ¡Oh, cuántas buenas razones se dicen entre labradores dignas de notar y cuántas se dicen delante de los reyes dignas de mofar! ¡Oh, cuántas personas inhábiles hay en las cortes muy mejoradas y cuántas habilidades hay por las aldeas por no se emplear mohosas! ¡Oh, cuántos en las cortes de los príncipes valen y prevalecen, no porque tienen habilidad, sino porque les sobra autoridad, y cuántos y cuántos se quedan en las aldeas olvidados y arrinconados, más por falta de autoridad que por mengua de habilidad!

Los príncipes dan los favores, los privados los oficios, naturaleza la buena sangre, los padres el patrimonio, la honra el merecimiento y la fama la fortuna; mas el ser sabio, cuerdo, agudo y reposado son habilidades que no pueden los príncipes repartir, sino que sólo Dios las ha de dar. Si en mano del príncipe estuviese el repartir las habilidades como está el poder hacer otras mercedes, a buen seguro podemos jurar que tomase para sí más seso, más cordura, más prudencia, más ciencia y aun más paciencia; porque los príncipes, si se pierden, es por lo mucho que tienen y por lo poco que saben.

Mucho me cae a mí en gracia en que si uno ha estado en la corte y ahora vive en la villa o en el aldea, llama a todos patacos, moñacos, toscos, groseros y malcriados, motejándolos de muy desaliñados en el vestir y de muy groseros en el hablar. Si por caso miramos lo que él hace y la crianza que de la corte trae, es acostarse a media noche, levantarse a las once, vestirse muy despacio, calzarse muy justo, atacarse muy estirado, peinarse a menudo el cabello, traer de tema la gorra, hablar de la amiga que en la corte tenía, asirse de la barba cuando habla, contar mil mentiras de la guerra, pedir prestados dineros al cura, requebrarse con alguna casadilla y andarse con una varilla todo el día por el aldea. No para aún en esto su locura y liviandad, sino que estando los labradores al sol el domingo, comiénzales a contar de cómo se halló en la del Garillano con el Gran Capitán, en la de Rávena con don Remón, en la de Pavía con el señor Antonio, en la de Túnez con César y en la de Corrón con el príncipe Doria; y, si a mano viene, en todos aquellos tiempos se estaba él en el Zocodover de Toledo o en el Potro de Córdoba, no capitán en la guerra, sino rufián en la ramería.

Hemos querido decir esto para avisar a los cortesanos a que no curen de mofar y motejar a los aldeanos, diciéndoles que son necios y malcriados; porque si mi amo y señor César mandase desterrar de la corte a todos los necios, imagino que no quedase hecha aldea aún de cien vecinos.

Prosiguiendo, pues, nuestro intento, decimos que muy tarde conocen los cortesanos la vida que pasan y la profesión que en la corte hacen, porque su estado es muy costoso y su profesión de muy gran trabajo. Por la profesión que hacen conoceremos la religión estrecha que tienen, pues prometen al demonio de no le desagradar, a la corte de la contentar y al mundo de le seguir. Prometen de andar siempre por la corte abobados, tontos, amodorriados, sospechosos y aun pensativos. Prometen de siempre trafagar, negociar, importunar, pedir, comprar, vender, trocar, llorar y pecar, y aun nunca se enmendar. Prometen de andar hambrientos, rotos, descalzos, apocados, abatidos, corridos, lastimados y aun empeñados. Prometen de sufrir desacatos de alguaciles, hurtos de vecinos, descuidos de criados, rencillas de huéspedes, lodos de las plazas, codazos de las gentes, importunidades de parientes y aun necedades de amigos. Prometen de acompañar al presidente, visitar al privado, halagar al portero, servir al contador, dar algo al pagador, hablar al alcalde, entretener al alguacil, sobornar al secretario y aun untar las manos al que aposenta.

Ésta es, pues, la profesión que los cortesanos hacen, ésta es la regla que en su religión tienen, a la cual no llamaré yo religión sino confusión, no orden sino desorden, no monasterio sino infierno, no frailes sino orates, no regulares sino irregulares, no rezadores sino murmuradores, no monjes del yermo sino hombres del mundo. El que en tal monasterio como éste quisiere tomar el hábito, hágale por cierto muy buen provecho; mas hágole saber que fuí en él muchos y muchos años fraile, y nunca me faltó en él que llorar, ni aun de que me quejar.

El oráculo de Apolo dijo a los embajadores del Pueblo Romano que, si querían que estuviese el pueblo bien regido, que se conociese cada uno a sí mismo. Grave, por cierto, es esta sentencia y muy digna de encomendar a la memoria; porque si cada uno conociese lo que es y para cuánto es, reglarían sus deseos y tendrían la rienda a los apetitos. En todo su seso piensa un cortesano que, si dentro de un año que vino a la corte, no tiene honras, favores y oficios como los otros ancianos, que no es por inhabilidad de su persona, sino porque le es muy contraria fortuna. El que tales palabras dice y tales quejas forma no lleva camino de medrar, ni aun de perseverar, que la corte es como la palma, la cual primero tiene so la tierra una vara de raíz que muestra dos dedos de hoja. Quiero por lo dicho decir que en la corte muchas veces hunden diez años de servicios antes que venga un día de mercedes. Hablando con verdad (y aun con libertad), en las cortes de los príncipes, si son tres los que merecen más que tienen, son trescientos los que tienen más que merecen.

¡Oh, cuán pocas veces hace la fortuna con los míseros cortesanos no lo que debe, sino lo que quiere! En la corte es vanidad y aun superfluidad gastar el tiempo en inquirir lo que se hace y quién lo hace y por qué lo hace; pues es cosa muy averiguada que allí vale más una hora de fortuna que un año de cordura. La vara con que mide la fortuna los méritos y deméritos de los cortesanos es no la razón, sino la opinión. En la corte más que en otra parte arde el agua sin fuego, corta el cuchillo sin acero, alumbra la candela sin llama y muele el molino sin agua. Quiero por lo dicho decir que en la corte muchas veces huye la fortuna de quien la busca y busca a quien de ella huye. Buscar nadie la fortuna aprovecha poco y hallarla cuesta muy mucho. Si topa con alguno la fortuna, no es su amistad segura, y si nunca topa con ella, más le valiera no salir de su casa. Si la fortuna sublima a algunos cortesanos, no piensen que lo hace por honrarlos, sino por de más alto despeñarlos. Si la fortuna disimula con ellos algún tiempo, no es más de por tomarlos de sobresalto. Ni se espante ni se asegure nadie de la fortuna, porque al cortesano que amaga es que le quiere sublimar, y al que más y más halaga es al que quiere derrocar. No se fíe ni se confíe nadie de lo que ha jurado y con él capitulado fortuna, porque es tan voluntariosa en lo que hace y tan absoluta en lo que quiere, que ni guarda palabra que haya dado, ni aun escritura que haya hecho.


{Antonio de Guevara (1480-1545), Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539). Edición preparada por Emilio Blanco, a partir de la primera de Valladolid 1539, por Juan de Villaquirán.}

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