La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Antonio de Guevara 1480-1545

Menosprecio de corte y alabanza de aldea

Capítulo IX
Que en las cortes de los príncipes son muy pocos los que medran y son muy muchos los que se pierden.


En la corte, poco aprovecha que sean los hombres cuerdos si por otra parte son mal fortunados; porque allí los servicios se olvidan, los amigos faltan, los émulos crecen, la nobleza no se admite, la ciencia no se conoce, la cordura no aprovecha, la humildad no luce, la verdad no se consiente, la habilidad no se emplea, el consejo no se recibe, ni aun el necio no se conoce. El minero más rico y la alquimia que más aprovecha en la corte es ser el cortesano bien fortunado o ser privado del privado.

En la corte no sólo se mudan las complexiones, mas aun las condiciones. Para probar esta sentencia no hemos menester a Platón que lo diga ni a Cicerón que lo jure, pues vemos de cuerdos tornarse locos; de mansos, presuntuosos; de abstinentes, golosos; de pacientes, mal acondicionados; de nobles, maliciosos; de pacíficos, revoltosos; de callados, chocarreros; de honestos, amancebados; de ocupados, vagabundos; y aun de devotos, tibios cristianos.

En la corte es la virtud muy trabajosa de alcanzar y muy peligrosa de conservar, porque allí la humildad peligra entre las honrras; la paciencia, entre las injurias; la abstinencia, entre los manjares; la castidad, entre las damas; la quietud, entre los negocios; la caridad, entre los enemistados; la paz, entre los émulos; la solicitud, entre los vagabundos; el silencio, entre los chocarreros; y aun el seso, entre los locos.

En la corte ninguno vive contento y no hay quien no diga que está agraviado, porque se queja del rey que no le hace mercedes, del privado que no le es amigo, del émulo que se lo estorba, del pariente que no le ayuda, del amigo que no le habla, del presidente que no le despacha, del aposentador que no le aposenta, del portero que no le abre, del contador que no le libra, del tesorero que no le paga, del alguacil porque le desarma, del trapero porque no le espera, del banquero porque le ejecuta, y aun del truhán si le dijo alguna malicia.

En la corte, si leen una carta que da placer, se reciben otras veinte que dan pesar. Y porque no parezca hablar de gracia, hallará cada uno por verdad que, si la carta habla de la mujer, es que se tarda mucho; si de las hijas, quieren que las case; si de los hijos, que son traviesos; si de los amigos, que los olvida; si de los parientes, que los socorra; si de los vasallos, que le ponen pleito; si de los renteros, que no le pagan; si de los caseros, que se caen las casas; si del mayordomo, que no ha cobrado; si del procurador, que le envíe dinero; si de su amigo, que es un desconocido; y si es del trapero, que es llegado el plazo. Bien creo yo que hay muchos en la corte que si dieron de porte un real al correo, le dieran cuatro por no las haber recibido.

En la corte muchas cosas hace un cortesano por necesidad que no las haría en su tierra de voluntad. Que sea esto verdad, parece claro en que come con quien no le ama, habla a quien no conoce, sirve a quien no se lo agradece, sigue a quien no le honra, defiende a quien no le ayuda, empresta a quien no le paga, comunica con quien no le es grato, disimula con quien le injuria, honra a quien le infama y aun fíase de quien le engaña.

En la corte a ninguno le conviene vivir con esperanza que otros le han de ayudar. ¡Oh!, triste del cortesano, el cual, si viene a pobreza, ninguno le socorre; si cae enfermo, nadie le visita; si allí se muere, todos le olvidan; si anda pensativo, nadie le consuela; si es virtuoso, pocos le alaban; si es travieso, todos le acusan; si es descuidado, nadie le avisa; si es rico, todos le piden; si está empeñado, nadie le empresta; si está preso, nadie le fía; y aun si no es algo privado, no tiene ningún amigo.

En la corte no hay cosa más rara de hallar y más cara de comprar que es la verdad. En las cortes de los príncipes y en las casas de los grandes señores, de tres géneros de gentes hay mucha abundancia, es a saber: quien se atreva a murmurar, quien sepa lisonjear y quien ose mentir. Al príncipe engáñanle los lisonjeros; a los privados, los negociantes; a los señores, los mayordomos; a los ricos, los truhanes; a los mozos, las mujeres; a los viejos, la codicia; a los prelados, los parientes; a los clérigos, la avaricia; a los frailes, la libertad; a los presuntuosos, la ambición; a los maliciosos, la pasión; a los agudos, la afección; a los prudentes, la confianza; a los locos, la sospecha; y aun a todos juntos, la fortuna.

En la corte es a do los hombres más tiempo pierden y que menos bien le emplean. Desde que un cortesano se levanta hasta que se acuesta, no ocupa en otra cosa el tiempo sino en ir a palacio, preguntar nuevas, ruar calles, escribir cartas, hablar en guerras, relatar parcialidades, halagar a los porteros, visitar a los privados, banquetear en huertas, mudar amistades, remudar mesas, hablar con alcahuetas, recuestar damas y aun preguntar por hermosas.

En la corte más que en otra parte son todas las cosas pesadas y tardías. ¡Oh!, triste del cortesano el cual se levanta tarde, va a palacio tarde, viene de allá tarde, negocia tarde, oye misa tarde, come tarde, despacha tarde, visita tarde, le oyen tarde, se confiesa tarde, reza tarde, se retrae tarde, se enmienda tarde, le conocen tarde y aun medra tarde.

En la corte son infinitos los que se pierden y muy poquitos los que medran. No podemos negar sino que allí se mueren los privados, allí se mudan los estados, allí caen los favorecidos, allí se enzarzan las viudas, allí se infaman las casadas, allí se sueltan las doncellas, allí se enmohecen los ingenios, allí se acobardan los esforzados, allí se derraman los religiosos, allí se anegan los prelados, allí se olvidan los doctos, allí desatinan los cuerdos, allí se envejecen los mozos y aun allí se tornan locos los viejos.

En la corte es llegada a tanto la locura, que no llaman buen cortesano sino al que está muy adeudado. ¡Qué lástima es de ver a un cortesano, el cual debe al trapero el paño para los mozos; al joyero, la seda de la librea; al sastre, la hechura que no le pagó; a la dama, el raso que le mandó; a la amiga, la holanda que le prometió; al juez, las costas del proceso; al platero, la hechura de la medalla; a los mozos, la soldada del mes; a los huéspedes, el alquiler de las camas; al correo, el porte de las cartas; al corredor, la venta del caballo; a los porteros, el aguinaldo de la Pascua; y aun a la lavandera, el lavar de la ropa.


{Antonio de Guevara (1480-1545), Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539). Edición preparada por Emilio Blanco, a partir de la primera de Valladolid 1539, por Juan de Villaquirán.}

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