La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Antonio de Guevara 1480-1545

Menosprecio de corte y alabanza de aldea

Capítulo IV
De la vida que ha de hacer el cortesano en su casa después que hubiere dejado la corte.


Mirónides, docto filósofo e ilustre capitán que fue de los beocios, solía muchas veces decir que no se conocía la prudencia del hombre en saberse apartar de lo malo, sino en saber elegir lo bueno; porque debajo del mal ningún bien se puede esconder, mas debajo del bien puédese mucho mal disimular. Así como la hechicera comienza con per signum crucis y acaba en Satanás y Barrabás, por semejante manera los muy grandes males siempre tienen principio en algunos fingidos bienes, de manera que vienen enmascarados como el momo, cebados como anzuelo, azucarados como ruibarbo y dorados como píldora. No hay hombre en el mundo tan insensato, que no se sepa guardar de lo que notoriamente es malo, y por eso el varón cuerdo de ninguna cosa debe vivir tan recatado, como de aquello que él piensa no ser del todo bueno. Como al Magno Alejandro le curasen de unas heridas que había recibido en una batalla y Parmenio, su gran privado, le riñese porque se metía tanto en los peligros, respondióle él: «Aseguráme tú, Parmenio, de los amigos fingidos, que yo me guardaré bien de los enemigos manifiestos.» Alejandro, Alcibíades, Agesilao, Demetrio, Pirro, Pompeyo, Antígono, Léntulo y Julio César nunca les pudieron acabar sus enemigos y al fin murieron a manos de sus amigos.

Viniendo, pues, al propósito, decimos que el hombre que quiere dejar la vida de la corte debe mucho mirar no sólo lo que deja, mas aun lo que toma, porque yo no tengo por tan dificultoso el dejarla como es hallarse el cortesano fuera de ella. ¿Qué aprovecha salirse uno de la corte aburrido y cansado si no lleva el corazón asosegado? Aunque nuestro cuerpo es pesado y regalado, si le dejan descansar, adoquiera se halla; mas el traidor del corazón es el que nunca se contenta, porque, si fuese posible, querría el corazón quedarse en la corte privando y estarse en el aldea holgando. Si las afecciones y pasiones que cobró el cortesano en la corte lleva consigo a su casa, más le valiera nunca retraerse a ella; porque en la soledad son los vicios más poderosos y los hombres muy más flacos. En las cortes de los príncipes muchas veces acontece que los varios negocios y aun los pocos dineros son causa para abstenerse un hombre de los vicios, el cual, después que se va a su casa, hace cosas tan feas, que son dignas de murmurar y mucho más de castigar. Muchos hay que se van de la corte por estar más ociosos y ser más viciosos, y de los tales no diremos que como buenos se van a retraer, sino a buscar más tiempo para pecar. Ora por no ser acusados, ora por no ser infamados, muchos se abstienen en la corte de ser viciosos, los cuales, después que de allí salen y se van a su casa, ni para con Dios tienen conciencia ni aun de la gente han vergüenza. Ante todas cosas conviene al que sale de la corte dejar en ella las parcialidades que siguió y las pasiones que cobró, porque de otra manera sospirará por la corte que dejó y llorará por la vida que tomó.

No se niega que en la corte no haya ocasión para uno se perder y que en su casa hay más aparejo para se salvar, mas al fin poco aprovecha al cortesano que mude la región si no muda la condición. Cuando dice el cortesano: «Quiérome ir a mi tierra a retraer, y quiérome ir a mi casa a morir», bien le perdonaremos aquella promesa, porque abasta al presente que se retraiga a bien vivir sin que se determine morir. Esta nuestra vida mortal ninguno tiene licencia de aborrecerla, mas tiene obligación de enmendarla. Cuando el santo Job decía «Tedet animam meam vite mee», no le pesaba porque vivía, sino porque no se enmendaba. El que deja la corte y se va a su casa, con más razón puede decir que se va a vivir que no se va a morir; porque en escapar de la corte ha de pensar que escapa de una prisión generosa, de una vida desordenada, de una enfermedad peligrosa, de una conversación sospechosa, de una muerte prolija, de una sepultura labrada y de una república confusa. El hombre cuerdo y que sabe el reposo, lo que está en la corte dirá que muere y lo que reposa en su casa dirá que vive; porque no hay en el mundo otra igual vida sino levantarse hombre con libertad e ir ado quiere y hacer lo que debe. Muchos son los cortesanos que hacen en la corte lo que deben y muy poquitos hacen lo que quieren; porque para sus negocios y aun pasatiempos tienen voluntad, mas no libertad. Al que se va de la corte, conviénele que mucho tiempo antes comience a recoger los pensamientos y aun a alzar la mano de los negocios, porque para llegar a su tierra ha menester pocos días, mas para desarraigar de sí los malos deseos ha menester muchos años. Como los vicios se apegan al hombre poco a poco, así los debe de ir desechando de sí poco a poco; porque si espera a echarlos de sí todos juntos, jamás echará de sí ninguno. Debe, pues, el cortesano mirar cuáles son los vicios que tienen su corazón más ocupado y su cuerpo más enseñoreado, y de aquellos debe primero comenzar a se sacudir y expedir, es a saber: hoy uno, y mañana otro, y otro día otro; de manera que de do saliere un vicio le suceda una virtud.

No se entiende tampoco esto a que como suceden los días, así por orden se hayan de ir expidiendo los vicios; porque no hará poco el que cada mes echare de sí un vicio. El mayor engaño que padecen los cortesanos es en que, habiendo sido en la corte treinta años malos, piensan que, idos a sus casas, serán en dos años buenos. Muchos días ha menester un hombre para aprender a ser virtuoso, y muchos más días para dejar de ser vicioso; porque los vicios son de tal calidad, que se entran por nuestras puertas riendo y al despedirse nos dejan llorando. ¡Oh!, cuánto mayor es el dolor que los vicios dejan cuando se van, que no el placer que nos dan cuando se gozan; porque, si el vicio da pena al vicioso cuando cada día no le frecuenta, ¿qué hará cuando de su casa se despida? Al cortesano que es ambicioso, pena se le hará el no mandar; al que es codicioso, pena se le hará el no ganar; y al que es bullicioso, pena le será el no trampear. Y por eso decimos y afirmamos que, si para dejar la corte es menester buen ánimo, para saber gozar del reposo es menester buen seso. A los que fingidamente dejan la corte más pena les dará el verse de ella ausentes que tenían placer estando en ella presentes; los cuales, si mi consejo quisiesen tomar, no sólo trabajarían de dejarla, mas aun de olvidarla; porque la corte es muy apacible para contar de ella nuevas y muy peligrosa para probar sus mañas. De tal manera conviene al cortesano salirse de la corte, que no deje pasto para tornarse a ella; porque de otra manera la soledad de su casa le hará tornar a buscar la libertad de la corte. Al corazón del hombre ya retraído y virtuoso, todas las veces que vacan obispados, encomiendas, tenencias y otros oficios le tocan alarma los pensamientos vanos y livianos, diciendo que si no se hubiera retraído le hubieran ya mejorado; y por eso decimos que se guarde el tal de tomar la corte en la lengua, ni aun de traerla a la memoria. Debe también pensar el buen cortesano que otras veces hubo vacantes y no fue él proveído, y que ya pudiera ser que tampoco le cupiera ahora ninguna cosa, y que le es menos afrenta esperar de lejos la grita; porque en la corte a las veces se siente más lo que os dicen de no haberos proveído que lo que os quitan en la tal provisión.

Son las cosas de la corte tan enconadas, y aun tan ocasionadas, que no ha de pensar el cortesano que las menosprecia de voluntad, sino de necesidad; porque todo hombre maligno que tiene tesón de perseverar en la corte, o en breve acabará, o al cabo se perderá. Después que el cortesano se viniere a reposar a su casa, débese mucho guardar de no tomar enojo en ella; porque de otra manera, si en palacio estaba aburrido, en la aldea vivirá desesperado. La soledad de la conversación, la importunidad de la mujer, las travesuras de los hijos, los descuidos de los criados, y aun las murmuraciones de los vecinos, no es menos sino que algunas veces le han de alterar y amohinar; mas en pensar que escapó de la corte y de su tan peligroso golfo, lo ha de dar todo por bien empleado. No ha de pensar nadie que por venirse a morar a la aldea y a retraer a su casa, que por eso las necesidades no le han de buscar y los enojos no le han de hallar; que a las veces el que nunca tropezó caminando por los puertos ásperos cayó y se derrostró en los prados floridos.

Al que va a buscar reposo, conviénele estar en buenos ejercicios ocupado; porque si deja al cuerpo holgar y al corazón en lo que quiere pensar, ellos dos le cansarán y aun le acabarán. No hay en esta vida cosa que sea tan enemiga de la virtud como es la ociosidad, porque de los ociosos momentos y superfluos pensamientos tienen principio los hombres perdidos. Al cortesano que no se ocupa en su casa sino en comer, beber, jugar y holgar, muy gran compasión le hemos de tener; porque si en la corte andaba rodeado de enemigos, andarse ha en la aldea cargado de vicios. El hombre ocioso siempre anda malo, flojo, tibio, triste, enfermo, pensativo, sospechoso y desgañado; y de aquí viene que de darse el corazón mucho a pensar viene después a desesperar. El hombre ocupado y laborioso siempre anda sano, gordo, regocijado, colorado, alegre y contento; de manera que el honesto ejercicio es causa de buena complexión y de sana condición.

Debe también el que se va a retraer a su casa procurar de conocer hombres sabios con quien conversar; porque muy gran parte es para ser uno bueno acompañarse con hombres buenos. Débese también mucho apartar de los hombres viciosos, holgazanes, mentirosos y maliciosos, de los cuales suelen estar los pueblos pequeños muy llenos; porque si las cortes de los príncipes están llenas de envidias, también en las aldeas hay muchas malicias.

No sería mal consejo que el hombre retraído procurase de leer en algunos libros buenos, así historiales como doctrinales; porque el bien de los libros es que se hace en ellos el hombre sabio y se ocupa con ellos muy bien el tiempo. Conviénele también hacer su condición a la condición de aquellos con quien ha de vivir, es a saber, que sea en la conversación manso, en la crianza muy comedido, en las palabras muy corregido y en el tratamiento no presuntuoso; porque se ha de tener por dicho que no sale de la corte por mandar, sino por descansar. Si le quisieren hacer alcalde o mayordomo de alguna república, guárdese de ello como de pestilencia; porque no hay en el mundo hombres tan desasosegados como los que se meten en negocios de pueblos. Al hombre bullicioso y orgulloso mejor le es andarse en la corte que no retraerse a la aldea; porque los negocios de la aldea son enojosos y costosos, y los de la corte son honrosos y provechosos. Sin encargarse de pleitos ni tomar oficios puede el buen cortesano ayudar a los de concejo y favorecer a los de su barrio, es a saber: dándoles buenos consejos y socorriéndolos con algunos dineros. Si viere a sus vecinos reñir, póngalos en paz; si los viere llorar, consuélelos; si los viere maltratar, defiéndalos; si los viere en necesidad, socórralos; y si los viere en pleitos, atajéselos; porque de esta manera vivirá él asosegado y será de todo el concejo bienquisto. Conviénele también que no sea en su casa orgulloso, pesado, enojoso e importuno; porque de otra manera la mujer le aborrecerá, los vecinos le dejarán, los hijos le desobedecerán y aun los criados le deservirán. Es, pues, saludable consejo que honre a su mujer, regale a sus hijas, sobrelleve a sus hijos, espere a sus renteros, se comunique con sus vecinos y perdone a sus criados; porque en la casa del hombre cuerdo más cosas se han de disimular que castigar. No le conviene tampoco fuera de la corte hacer convites costosos, aparejar manjares delicados, enviar por vinos preciosos ni traer a su casa locos ni chocarreros; porque el fin de retirarse de la corte ha de ser no para más se regalar, sino para más honestamente vivir.

El cortesano que se retrae a su casa debe ser en el comer sobrio, en el beber moderado, en el vestir honesto, en los pasatiempos cauto y en la conversación virtuoso; porque de otra manera haría de la aldea corte habiendo de hacer de la corte aldea. Aquél hace de la aldea corte que vive en el aldea como vivía en la corte, y aquél hace de la corte aldea que vive en la corte como viven en la aldea. Esle también necesario que, puesto en su casa, visite los hospitales, socorra a los pobres, favorezca a los huérfanos y reparta con los mezquinos; porque de esta manera redimirá los males que cometió y aun los bienes que robó. También es oficio del buen cortesano concordar a los descasados, reconciliar a los enemigos, visitar a los enfermos y rogar por los desterrados; por manera que no se le pase día sin hacer alguna notable obra. Debe también mirar si tiene algo robado, cohechado, emprestado, hurtado o mal ganado; y, si hallare algo no ser suyo, tórnelo luego a su dueño; porque es imposible que tenga la vida quieta el que tiene la conciencia cargada. Conviene también al cortesano retraído frecuentar los monasterios, ver muchas misas, oír los sermones y aun no dejar las vísperas; porque los ejercicios virtuosos, aunque a los principios cansan, andando el tiempo deleitan. Seríale también saludable consejo que en su vida repartiese su hacienda y descargase su conciencia, es a saber: socorriendo a sus deudos, pagando a sus yernos, descargando con sus criados y remediando a sus hijos; porque después de él muerto todos serán a hurtar la hacienda y ninguno a descargar el ánima. El que repartiere su hacienda en la vida, desearle han todos que viva; y donde no, con esperanza de le heredar, todos le desearán ver morir. Finalmente decimos y aconsejamos que el cortesano que se va a su casa a retraer no se ha de ocupar sino en aparejarse para morir.

Todas las sobredichas cosas no diga nadie que si son fáciles de leer, son difíciles de cumplir; porque si nos queremos esforzar, muy para más somos que nosotros de nosotros mismos pensamos.


{Antonio de Guevara (1480-1545), Menosprecio de corte y alabanza de aldea (1539). Edición preparada por Emilio Blanco, a partir de la primera de Valladolid 1539, por Juan de Villaquirán.}

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