Obras de Aristóteles Moral a Nicómaco 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 Patricio de Azcárate

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Moral a Nicómaco · libro octavo, capítulo XIII

De las quejas y reclamaciones
con relación a las distintas clases de amistad

Las amistades son de tres especies, como dijimos al principio; y en cada una de ellas los amigos pueden ser o completamente iguales o el uno superior al otro. Así los que son igualmente [236] buenos pueden ser amigos; pero el mejor puede hacerse también amigo de otro que sea menos bueno. Lo mismo sucede con los que se unen por placer, y lo mismo, en fin, con los que se ligan por interés, y cuyos servicios pueden ser iguales o diferentes por razón de su importancia. Cuando los dos amigos son iguales, es preciso en virtud de esta misma igualdad que sean también iguales en su recíproca afección, así como en todo lo demás. Pero cuando los amigos son desiguales, sólo se conserva la amistad mediante una afección que debe ser proporcionada a la superioridad de uno de ellos.

Las quejas y las recriminaciones sólo se producen en la amistad por interés, o por lo menos es en la que se producen con más frecuencia, lo cual se concibe sin dificultad. Los que son amigos por virtud sólo se proponen hacerse un bien recíproco, porque esto es lo propio de la virtud y de la amistad. Cuando no hay otro motivo de división que esta noble lucha, no hay que temer que haya entre ellos quejas ni luchas. Nadie lleva a mal que se le ame ni que se le hagan favores; y si está dotado de buen gusto, toma el desquite volviendo servicios por servicios. El mismo que tiene la superioridad, si obtiene en el fondo lo que desea, ningún cargo podrá dirigir a su amigo, puesto que uno y otro desean únicamente el bien. Tampoco ha lugar a disputas en las amistades por placer, porque ambos tienen igualmente lo que desean, sino aspiran a otra cosa que al placer de vivir juntos; y sería perfectamente ridículo echar en cara al amigo el no tener gusto en esta relación íntima, pues que se puede siempre dejar de vivir con él.

Pero la amistad por interés está muy expuesta, lo repito, a quejas y disgustos. Como no hay en ella otro vínculo que el interés, se apetece siempre más de lo que se tiene y se imagina recibir menos que lo que es debido. De aquí entonces las quejas, porque no se obtiene todo lo que se desea y todo lo que con motivo se creía merecer; mientras que por su parte a los que dan les es imposible satisfacer nunca con sus dones las necesidades ilimitadas de los que los reciben. Así como dentro de lo justo puede distinguirse un aspecto doble, lo justo que no está escrito y lo justo legal, en igual forma se puede distinguir en la amistad o relación interesada el lazo puramente moral y el lazo legal. Las recriminaciones y los cargos se suscitan principalmente, cuando después de contraída la amistad se cesa en ella bajo el influjo de [237] una relación que no se comprendía por ambas partes de la misma manera. La relación legal, la que se funda en estipulaciones expresas, es, ya puramente mercantil, como cuando se hace el trato con dinero en mano, ya un poco más liberal, como cuando se hace a plazo. Pero por ambas partes siempre hay el convenio de entregar más tarde tal cosa por otra. La deuda en este caso es perfectamente clara y no puede dar lugar a la menor disputa; pero el plazo que se concede prueba el afecto y la confianza que se tiene en aquel con quien se trata. Por esto en algunos países no se da acción jurídica para hacer efectivos estos contratos a plazo, porque se supone siempre que los que contraen mostrando esta confianza deben tenerse un afecto recíproco.

En cuanto a la relación moral en este género, no descansa sobre convenciones positivas. En este caso parece hacerse un don como el que se hace a un amigo, o por lo menos tiene algo de análogo; pero realmente se espera recibir el equivalente de lo que se ha dado y quizá más; porque no ha sido una pura donación, sino más bien un préstamo el que se ha hecho. Cuando el convenio no se realiza en los mismos términos en que primitivamente se creyó que se realizaría, se suscitan quejas; y si las reclamaciones son tan frecuentes en la vida, nace de que ordinariamente todos los hombres, o por lo menos la mayor parte, tienen verdaderamente la intención da obrar bien, pero en realidad lo que buscan es su utilidad. Y si es cosa bella hacer un bien sin pensar en recibir nada, en cambio siempre es provechoso recibir un servicio.

Siempre que se pueda, debe devolverse, según los casos, todo lo que se ha recibido, y es preciso volverlo de buen grado. Jamás debe uno hacerse amigo de otro con repugnancia; y por esto, si uno devolviera de mal grado lo recibido, parecería indicar que se había equivocado al contraer tal amistad, y además parecería también resultar que había recibido un servicio de una persona de quien no debió aceptarlo; no se habría recibido entonces el servicio de un amigo o de una persona que os había servido por la simple satisfacción de servir. Es preciso cumplir siempre las obligaciones que se han contraído, como si hubiera habido convenios terminantes. Debe manifestarse además, que no habría dudado un momento en devolver el servicio, si hubiera estado en disposición de poderlo verificar: así como que está persuadido de que si no le fuera posible pagar, [238] tampoco al que ha prestado se le ocurriría exigir la deuda. Pero tan pronto como se puede, repito, es preciso corresponder; pues al principio es cuando se debe examinar de quién se recibe el servicio y bajo qué condiciones, para saber fijamente si se quiere o no aceptarlo y sufrir sus consecuencias.

Pero aquí se suscita una duda: ¿debe graduarse el valor de un servicio por la utilidad que reporta al que lo recibe y deberá a su vez prestar precisamente otro proporcionado? ¿O bien debe tenerse en cuenta tan sólo la generosidad del que presta el servicio? Los favorecidos en general se sienten inclinados a sostener, que lo que reciben de sus bienhechores no tiene para estos la menor importancia, y que otros muchos pudieron muy fácilmente hacerles el mismo favor; despreciando y rebajando así el servicio que se les ha hecho. Los bienhechores, por lo contrario, pretenden que lo que han dado era para ellos de la mayor importancia, que otros, que no hubieran sido ellos, no habrían prestado semejante servicio, sobre todo dadas las circunstancias peligrosas y ahogos insuperables en que se encontraba el agraciado. En vista de estas contradicciones, es preciso reconocer que, cuando la relación se funda exclusivamente en el interés, el provecho del que recibe el servicio es la verdadera medida de lo que debe devolver. El es el que ha reclamado el servicio; y el que se lo hizo tenia la convicción de que recibiría más tarde de el una cosa equivalente. Y así el auxilio que se le ha procurado es precisamente tan grande como el provecho que ha sacado de el; y debe devolver otro tanto como ha sacado, y si devolviera más, aria una cosa altamente honrosa.

Pero en las amistades que sólo están fundadas en la virtud, no hay que temer recriminaciones, ni quejas. La intención del que presta el servicio es en este caso la única medida, puesto que en materia de virtud y en las cosas que tocan al corazón la intención es siempre lo principal.

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  Patricio de Azcárate · Obras de Aristóteles
Madrid 1873, tomo 1, páginas 235-238