Ante el fallecimiento de

José Luis López-Aranguren Jiménez

9 junio 1909 / 17 abril 1996

 

Cronología & Diccionarios

  1. Cronología de José Luis López-Aranguren Jiménez
  2. 1965 Ferrater Mora, Diccionario de filosofía (5ª edición)
  3. 1976 Quintanilla (dir.), Diccionario de filosofía contemporánea
  4. 1979 Ferrater Mora, Diccionario de filosofía (6ª edición)
  5. 1991 Gonzalo Díaz, Hombres y documentos de la filosofía española
  6. 1992 Garzanti & Ediciones B, Enciclopedia de la filosofía
  7. 1993 Editorial Acento, Los filósofos

Selección de comentarios ante su muerte

  1. Gabriel Albiac, Necrofagias (El Mundo)
  2. Gustavo Bueno, ¿Quién fue Aranguren? (El Mundo)
  3. Victoria Camps, Amigo y maestro (El País)
  4. Francisco Carantoña, Bueno contra Aranguren, o el sistema contra la anarquía (El Comercio)
  5. Enrique Miret, El compromiso de un cristiano heterodoxo (El País)
  6. Javier Muguerza, Los puntos suspensivos (ABC)
  7. Javier Neira, Al revés (La Nueva España)
  8. Carlos París, Un espíritu socrático (El Mundo)
  9. Fernando Savater, Un profesor diferente (El País)
  10. Francisco Umbral, Un cristiano (El Mundo)

Cronología de
José Luis López-Aranguren Jiménez

1909
9 junio. Nace en Avila, ciudad donde transcurren los primeros años de su vida.
1914
1 enero. Muere su madre.
1918-1923
Internado en el colegio de Nuestra Señora del Recuerdo (Chamartín, Madrid), de los jesuitas.
1926
Empieza la carrera de Derecho en la Universidad de Madrid.
1931
Licenciatura en Derecho.
1936
Licenciatura en Filosofía y Letras.
1936-1937
Estancia en Toledo, en la oficina de Tabacalera, dirigida provisionalmente por su padre. Movilizado durante la guerra pasa varios meses en el frente sirviendo en el batallón de artillería pesada.
1938
29 enero. Contrae matrimonio en la sacristía de la Iglesia de San Vicente (San Sebastián) con María del Pilar Quiñones Villanueva.
diciembre. Nacimiento del primer hijo: José Luis. Después vendrían seis más: Eduardo, Pilar, Isabel, María («Fisa»), Felipe y Alfonso.
1944
agosto. La Junta Restauradora del Misterio de Elche premia su ensayo El pensamiento filosófico de Eugenio d'Ors, que, con el título de «La filosofía de Eugenio d'Ors», ve la luz en la revista Escorial (48-49 [1944]).
1945
Publicación del primer libro: La filosofía de Eugenio d'Ors.
1948
A partir de este año colabora habitualmente en las revistas Arbor, Cuadernos Hispanoamericanos, Escorial, Papeles de Son Armadans.
1949
Asiste por primera vez a las Conversaciones Católicas Internacionales de San Sebastián, dirigidas por Carlos Santamaría.
1951
Doctorado en Filosofía con la tesis El protestantismo y la moral. Asiste, por tercera vez, a las Conversaciones Internacionales de San Sebastián.
23 mayo. Se celebran, en el Parador Nacional de Gredos (Avila), las primeras Conversaciones Católicas, en cuya constitución Aranguren fue principal protagonista.
1952
Publicación de Catolicismo y protestantismo como formas de existencia.
El 1 de mayo inicia colaboración quincenal en El Correo Literario (Barcelona) con la sección «También entre los libros anda el Señor».
1953
Aparece el primer número de la revista Espiritualidad Seglar, dirigida por E. Miret Magdalena. Aranguren forma parte del consejo asesor y colabora con el artículo «Laicado: un neologismo y una nueva realidad».
1954
septiembre. Firma las oposiciones a la cátedra de Ética y Sociología de la Universidad de Madrid.
Publicación de El protestantismo y la moral.
1955
Catedrático de Ética y Sociología. Publicación de Catolicismo, día tras día.
1957
Publicación de Crítica y meditación.
1958
Publicación de Ética y La ética de Ortega.
1961
Dirige un seminario internacional, en Madrid, sobre Nacionalismo y marxismo. Cultura de élites y cultura de masas.
Publicación de La juventud europea y otros ensayos.
8-14 noviembre. Interviene en la XIV Semana de Intelectuales Católicos de Francia con la conferencia Catolicismo, uno y diverso.
1962
Bajo su presidencia, y con Tierno Galván, Aguilar Navarro, J.L. Sureda y Angel Latorre, se intentó constituir el Movimiento de Reforma Universitaria.
1963
Publica Ética y política, El futuro de la Universidad e Implicaciones de la filosofía en la vida contemporánea.
Dirige un seminario internacional sobre el «Nouveau roman» y la novela del realismo español.
Dirige la colección de libros colectivos «Tiempo de España» (Madrid).
1965
24 febrero. Encabeza la multitudinaria y silenciosa marcha estudiantil hacia el Rectorado de la Universidad Complutense en protesta por la falta de libertad de asociación.
Se le incoa expediente académico.
1 agosto. Aparece en el Boletín Oficial del Estado el fallo del expediente por el que se le separa definitivamente de la cátedra.
Publicación de La comunicación humana, Remanso de Navidad y examen de fin de año y Obras selectas.
1966-1969
La revista Cuadernos para el Diálogo dedica el n° 31 al pensamiento de Aranguren.
Profesor visitante en diversas universidades europeas y americanas (países escandinavos, Francia, Italia, México, Puerto Rico y Estados Unidos). Publicación de Moral y sociedad. Introducción a la moral social española del siglo XX y Religiositat intel.lectual.
1967
Publicación de Lo que sabemos de moral.
1968
Publicación de El marxismo como moral y El problema universitario.
1969
Publica La crisis del catolicismo y Memorias y esperanzas españolas.
Es nombrado profesor permanente de la Universidad de California, en Santa Bárbara (full professor, en la categoría de Over scale).
1970
Publicación de El cristianismo de Dostoievski.
Con motivo de su 60 cumpleaños se edita el libro colectivo Teoría y sociedad. Homenaje al profesor Aranguren.
1971
Publicación de Juventud, universidad y sociedad.
septiembre. Participa con una conferencia (sólo Ortega y d'Ors lo habían hecho antes) en las «Rencontres Internationales de Genève», bajo el lema de Où va la civilisation?
1972
Publicación de Erotismo y liberación de la mujer.
Aparece el libro colectivo Homenaje a Aranguren.
1973
Publica El futuro de la universidad y otras polémicas, Moralidades de hoy y de mañana y San Juan de la Cruz.
1974
Publicación de La cruz de la monarquía española y Entre España y América.
1975
Publica La cultura española y la cultura establecida y Talante, juventud y moral.
1976
mayo. Publicación de Qué son los fascismos, Conversaciones y Estudios literarios.
junio. Primera colaboración en el diario El País bajo el título de «Dionisio de todos. Homenaje a Dionisio Ridruejo en el primer aniversario de su muerte». El 11 del mismo mes inicia en el diario madrileño su colaboración habitual con «El intelectual y la vigilancia de la vigilancia».
18 octubre. Pronuncia la primera clase en el Aula Magna de la Universidad Complutense, una vez repuesto en la cátedra por el Gobierno de Suárez.
15 diciembre. Multitudinaria cena-homenaje, en Madrid, con motivo de su reincorporación a la cátedra.
1977
Jubilación en la Universidad de Santa Bárbara. En nombrado Profesor Emérito.
Deja su antiguo piso de Velázquez, 25 y se traslada a Aravaca.
1978
Muere su hijo Alfonso, minusválido. Publicación de Contralectura del catolicismo.
1979
Jubilación en la Universidad Complutense.
Publica El oficio del intelectual y la crítica de la crítica y La democracia establecida.
1980
Nueva edición, revisada, de Catolicismo y protestantismo como formas de existencia.
14 marzo. En el salón de Grados de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense pronuncia la última lección magistral sobre la obra y figura de Marcuse. El presentador, Jacobo Muñoz, lamentó la injustificada y prematura jubilación del «maestro de la ética».
1981
Edición muy aumentada –con extenso prólogo del profesor Abellán– de La filosofía de Eugenio d'Ors.
1982
Publica Sobre imagen, identidad y heterodoxia y Bajo el signo de la juventud. Recibe la «Creu de Sant Jordi». Concesión de la medalla de Pierre de Fermat por la Universidad de Toulouse.
2 julio. Premio de Ciencias Sociales «Giner de los Ríos», concedido por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo con la unanimidad del jurado.
1983
Publicación de España: una meditación política y Propuestas morales.
1984
18 diciembre. Homenaje público con motivo de la aparición del n° 1 de la Revista del Conocimiento, cuyo monográfico sobre «La violencia y la ética» estaba dedicado «Al profesor José Luis López Aranguren».
1985
Publicación de El buen talante. Recibe la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio.
1986
Nueva edición, con epílogo del autor, de La comunicación humana.
1987
Publica Moral de la vida cotidiana, personal y religiosa.
1989
Publicación de Ética de la felicidad y otros lenguajes.
1 junio. Premio Nacional de Ensayo por su libro Ética de la felicidad y otros lenguajes.
1990
3 febrero. Muere su mujer María del Pilar Quiñones Villanueva.
1991
Libro-homenaje Ética, día tras día. Homenaje al profesor Aranguren en su ochenta cumpleaños, coordinado por J. Muguerza, F. Quesada y R. Rodríguez Aramayo.
1992
Publicación de La vejez como autorrealización personal y social, con prólogo de su hijo Eduardo López-Aranguren.
Recibe la Medalla de la Comunidad Autónoma de Madrid.
1993
15 enero. Premio «León Felipe» por su «constante defensa de la dignidad y los derechos de la persona».
2 febrero. Investido doctor honoris causa por la Universidad Carlos III de Madrid en reconocimiento a su larga tarea docente y de investigación.
marzo. Publicación de Avila de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz. «Avila es para mí –escribe– no tanto mi pueblo como la ciudad lejana, entre pétrea y mística en la que, más que vivir y, desde luego, más que avecindarme, he elegido recordar, visitar, soñar, y, un día, ser llevado a reposar.»
16 septiembre. Nuevo homenaje a cargo del Círculo de Lectores (Madrid) con motivo de la edición de Retrato de José Luis L. Aranguren, por E. López-Aranguren, J. Muguerza, J. M. Valverde y la inclusión de una «Bibliografía» del autor a cargo de Feliciano Blázquez, así como de la nueva edición de Estudios literarios, en la que se añaden ensayos sobre Lope de Vega, Tirso de Molina, Quevedo, Jovellanos y Unamuno.
12 octubre. Medalla de Oro de la ciudad de Zaragoza. Es nombrado «Abulense de Pro» por la Cámara de Comercio de Avila.
noviembre. Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid.
1994
9 febrero. «Más de una veintena de destacados escritores (entre los que se encuentran Aranguren, Umbral, Gala, Muñoz Molina, Bernardo Atxaga, &c.) convocan mañana el II Foro de Escritores Contra la Guerra. La guerra del Golfo motivó el I Foro. Ahora, la protesta se formula contra el conflicto bosnio y contra "el pensamiento militar y los intereses económicos en juego que sustentan todas las guerras".»
8 marzo. «Organizaciones sindicales, intelectuales y representantes políticos critican a Candau por su política de fichajes en TVE (...) José Luis López Aranguren, filósofo y miembro de la Plataforma de Ciudadados por la Radiotelevisión Pública, considera que el derroche de gasto de TVE le parece negativo y que ello se debe a la fuerte competencia entre las cadenas. Acusa a la televisión pública de incumplir su función social y de marginar los espacios culturales.»
24 marzo. «El filósofo y escritor presentó ayer el primer tomo de sus obras completas, dedicado a la religión. José Luis López Aranguren ejemplifica mejor que nadie el papel de intelectual comprometido y crítico con el poder que tanto se echa en falta en la sociedad española de hoy. La publicación de su obra supone el rescate de una reflexión ética sobre la política, que caracteriza los trabajos del filósofo nacido en Avila.»
30 abril. «La Asociación Pro Derechos Humanos de España (APDH) se ha dirigido por segunda vez a los grupos parlamentarios para pedirles que apoyen la candidatura de José Antonio Martín Pallín como Defensor del Pueblo. La APDH, que ya hizo esta petición el pasado mes de septiembre, afirma que "la idoneidad de las cualidades personales y profesionales del candidato se añade, en esta ocasión, el aval de más de un centenar de destacadas personalidades y organizaciones del más diverso signo, que apoyan la propuesta". Entre estas personalidades destacan el filósofo José Luis Aranguren, el escritor José Luis Sampedro, el secretario general de CCOO, Antonio Gutiérrez, el dramaturgo Antonio Buero Vallejo, Fernando Savater, el actor Juan Echanove y la abogada Cristina Almeida.»
13 noviembre. «Corrupción en la Tierra de los Pasos Perdidos. Un juego de rol real. El juego de rol se basa en el diálogo entre los participantes a partir de una idea del master. Coincidiendo con la reunión, este fin de semana, en Barcelona de 10.000 aficionados, Txema Pamundi, creador de juegos de rol, ha ideado uno de ellos con la corrupción como tema central y Felipe González, Luis Roldán, Jordi Pujol y López Aranguren como protagonistas. (...) Aranguren, Mago de la Pureza Etica. El filósofo mantiene que la corrupción se debe al robo del Talismán del Bien Puro. Proporciona amuletos y conjuros para capturar a Roldán.»
22 noviembre. «Carmen Martín Gaite gana el Premio Nacional de las Letras por la trascendencia de su obra. José Luis Aranguren quedó finalista.»
20 diciembre. «Presentada ayer una edición póstuma del Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora. José Luis Aranguren destacó, en la Residencia de Estudiantes, la agilidad mental del autor La enciclopedia de José Ferrater Mora.»
1995
22 abril. «La labor del filósofo y catedrático de Etica José Luis López Aranguren fue reconocida ayer, junto a la de la agencia estatal de noticias Efe, por el jurado del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. El pensamiento y la personalidad de Aranguren, "que explica ética y practica lo que enseña", y la implantación y desarrollo en Iberoamérica de Efe, merecen sin duda este Galardón.»
1996
abril 17. Aranguren fallece en Madrid, víctima de una insuficiencia cardiaca.

{Hasta 1993 tomado de José Luis L. Aranguren, Obras completas, volumen 1, págs. 17-20, edición a cargo de Feliciano Blázquez, Editorial Trotta, Madrid 1994. Desde 1994 tomado de Mundired. Servicio electrónico de El Mundo.}


Un cristiano

Francisco Umbral. El Mundo, 18 de abril de 1996.

Lo tuve junto a mí, el verano pasado, en El Escorial, donde accedió a participar en nuestro curso «Hombre clínico/hombre lírico» justamente como hombre lírico (místico).

No sólo dio su conferencia, informal y conmovida, «improvisada» y profunda, sino que me pidió quedarse todo el curso, pues que le interesaba mucho la intersección entre la barbarie científico/técnica y el hombre lírico/místico/humanista: dos mundos que se ignoran y hasta repelen. Ya Ortega, en su «Libro de las misiones», denunciaba al científico como «hombre inculto». Aranguren veía en nuestro curso una posibilidad de humanizar la ciencia, la técnica, la medicina incluso. Aranguren auspiciaba en la barbarie técnica una nueva idolatría, certificada esta vez por las ciencias exactas y los brillantes resultados. Contra la idolatría de la máquina, Aranguren fue uno de los últimos en levantar una forma de humanismo, en su caso el cristiano. Ya Cela (debe ser una cosa generacional) dice en uno de sus libros de viajes que los autos, las máquinas y los bidés le parecen «cosa de masones». Descontada la ironía cachonda de Cela, viene a ser lo mismo de Aranguren. Quizá el común horror generacional, ya digo, de unos hombres que nacieron bajo el patronazgo de Unamuno y van a morir por computadora.

Bergamín tuvo la gallardía de negarse a ser hospitalizado y consiguió morirse en casa, realizar «su propia muerte» rilkeana. Aranguren, en el curso que digo, también manifestó su voluntad de morirse en su cama (no sé todavía dónde ni cómo ha muerto, mientras escribo), y no por rechazo irracional de la medicina, naturalmente, sino por rechazo político de la muerte serializada que nos imponen estas democracias cibernéticas.

Era, en agosto del año pasado, un hombre acabado, una hilacha del Aranguren dandy, ácrata y cristiano primitivo que a todos nos fascinó durante muchos años. Le dejaron finalista del Premio Nacional de las Artes y las Letras (una de esas formidables y espantosas máquinas ministeriales), para premiar a un remoto discípulo suyo. Me lo comentaba una tarde merendando en Lhardy, y terminó lleno de bondad (éste sí que sin acritud):

—A mí siempre me dejan finalista en todo.

Espero que ahora los plurales autores del disparate escribirán, como los beneficiarios de aquella injusticia, temulentos artículos sobre la «irreparable pérdida», pues que son inevitables asiduos del tópico. Aranguren, aquel gran finalista de la vida, una trayectoria que va de Eugenio d'Ors a los nuevos teólogos antivaticanos, Hans Kung y todo eso, muere como tal finalista, pues que España nunca le dio reconocimientos reales, y sólo algunos oficiales, que no sirven para nada, salvo para salir en los periódicos, y él no quería salir en los periódicos porque se creía feo.

Feo, cristiano y poco sentimental, sino más bien intelectual hasta la raya de luz o sombra de la fe, he sentido muchas veces cómo apoyaba en mi brazo su esquelatura sin peso, hecha de balbuceo y teología. Era como llevar del brazo a un levísimo ciego lleno de lucidez y clariver. Hasta le hice un soneto en el homenaje final que le dedicamos, y, como no había flores a mano, mandé cortar un árbol de la montaña para él. El árbol no llegó, pero hubiera sido su merecida cruz.

{El Mundo, Madrid 18 abril 1996, página 64.}


Un profesor diferente

Fernando Savater. El País, 18 de abril de 1996.

De entre todos los profesionales que hoy nos dedicamos a la filosofia moral soy quizá uno de los que menos vinculación filosófica tuvo con Aranguren, pues parto de presupuestos no sólo alejados, sino parcialmente opuestos a la tradición cristiana. Ni siquiera gocé de la ocasión de ser, si no discípulo, al menos alumno suyo: precisamente un año antes de que yo cursara ética en la Universidad Complutense fue privado de su cátedra por la majadería autoritaria entonces infelizmente reinante. Por supuesto, la lectura de sus libros y artículos me ha enriquecido mucho a lo largo de los años con inspiraciones afortunadas (por ejemplo, su antología de Unamuno para Fondo de Cultura Económica, con una introducción muy sugestiva que inició en gran medida mi apego por don Miguel), pero no es esto lo que ha constituido el núcleo central del aprecio y gratitud que siento por Aranguren.

Otra cosa más bien: su talante –la palabra le pertenece– a la vez abierto y firme, sus chispas de travesura sobre el fondo de una seriedad que no necesita revestirse de ropones fúnebres y altos coturnos para tratar los asuntos esenciales. Aranguren fue lo opuesto a tantos doctores de mi gremio, cuya irrelevancia congestionada pasea su nimiedad ahuecando el tono de falsete académico para que parezca que transpiran sabia dignidad por cada poro mal duchado de sus personas. Una reciente experiencia –la oposición de un amigo maltratado por burócratas– me ha convencido de que el disco duro de nuestras humanidades universitarias sigue estando programado por la falta de imaginación y el caciquismo, como siempre. A lo largo de los años, Aranguren fue para muchos de nosotros el vivo ejemplo de que es posible otra universidad, otra enseñanza y otra dignidad docente. Ahora que ya no está le agradezco su aliento y también que un día caminase, a la cabeza de muchos de nosotros y por la avenida Complutense, hacia lo gris: contra lo gris.

{El País, Madrid 18 abril 1996, página 32.}


Amigo y maestro

Victoria Camps. El País, 18 de abril de 1996.

No por esperada es menos triste y dolorosa la noticia de la muerte de Aranguren. Esperada por imperativos cronológicos, no porque él abdicara de una vitalidad a la que no quería renunciar. Es dificil despedir a quien siempre estuvo cerca y al alcance de lo que se le pedía: una conferencia, un artículo, un prólogo. Amigo, sobre todo, pero también maestro, colega, intelectual íntegro a la vieja usanza, universitario concienzudo mientras le dejaron serlo, filósofo y pensador de la vida, Aranguren deja demasiados huecos para que sea justo rendirle homenaje en unas pocas líneas.

Le gustaba hablar del talante y supo cultivar el suyo hasta hacerlo ejemplar. Creía que la moral era eso: la formación de un carácter, de un estilo de vivir, más que el ajuste a unas normas o deberes inflexibles. La ética del profesor, ética docente pero también ética vivida, como él mismo se ocupó de precisar, fue una puerta abierta hacia la innovación filosófica y una práctica cotidiana revulsiva y transformadora. El suyo fue un talante valiente y atrevido. No reparó en las consecuencias que a él, sólo a él, podrían depararle sus exabruptos y sus críticas. Se opuso al régimen franquista y le echaron de la universidad. Ahí se truncó una carrera académica brillante, que necesariamente tuvo que torcerse hacia otras formas de ejercer la docencia eincluso otras formas de escritura. No le ahorró críticas a la democracia cuando llegó y empezó a funcionar con menos esplendor del esperado. Pero Aranguren era, al mismo tiempo, discreto y reservado. La dureza de la crítica no le llevó nunca a la insolencia o al mal gusto. Supo unir la ética a la estética, como le recordó José María Valverde cuando fue tras él en la protesta y el exilio.

Entendía la falta de moral como desmoralización, deserción de la vida. Por eso presumió siempre de su talante joven. Cultivó la juventud porque amaba la vida y quería vivirla intensamente y aprovecharla en todas sus posibilidades. La noticia de su muerte me ha venido junto a una de sus últimas declaraciones en que le daba un sí rotundo, nietzscheano, a la vida: me alegro de haber vivido y de lo que me ha tocado vivir. Cuando recibió, hace muy poco, el único galardón que tuvieron a bien concederle, se quejaba –camino de los 90 años– de empezar a sentirse viejo y cansado. Me estoy desmoralizando, decía. Le adornaba una cierta vanidad. Mejor dicho, tenía esa grandeza del alma que Aristóteles atribuía a los espíritus grandes que no entienden de falsas modestias.

Aranguren ha sido la voz que había que oír a propósito de casi todo. Nos ha enseñado muchas cosas. La expulsión de la universidad no le impidió que siguiera allí, como referente profesoral e intelectual, con más presencia que otros muchos profesores cargados de títulos y de cargos. Aunque nos deja como desprotegidos, la obligación de quienes le hemos seguido y querido es conseguir que no deje de estar entre nosotros.

{El País, Madrid 18 abril 1996, página 36.}


Los puntos suspensivos

Javier Muguerza. ABC, 18 de abril de 1996.

Acababa de preguntarle a José Luis Aranguren si, a juzgar por la larga conversación que habiamos mantenido, cabria suponer que hay «otra» vida además de «ésta». A lo que dio en responderme: «No lo sé. Si me tienta pensar en ello es, más que nada, por la posibilidad de seguirla compartiendo con los seres queridos. Pero habría que dejarlo, me parece, en puntos suspensivos». Y como yo insistiese –«¿Lo dejamos en puntos suspensivos?»–, me volvió a responder: «Dejémoslo en puntos suspensivos...» En ese mismo instante, la cinta de la grabadora se agotó y, en lugar de recambiarla, los dos al unísono decidimos dar por concluida la entrevista que le hacía con destino a un «Retrato de José Luis L. Aranguren», publicado con posterioridad conjuntamente por su hijo Eduardo, José María Valverde y yo mismo.

A semejante conclusión se había llegado a partir de todavía otra pregunta, esta vez relativa al «texto vivo» que, como todo ser humano, era el propio Aranguren. Como él me recordara, la fórmula procedía de un episodio de la historia universitaria de nuestro siglo XIX, en que la expulsión de los profesores krausistas sentaría un precedente para futuras expulsiones de profesores de la Universidad, según vino a ocurrir con Aranguren sin ir más lejos. Las autoridades académicas de la época habían ya expurgado los «libros de textos» de aquellos profesores, pero se pensó que el expurgo no bastaba si no iba acompañado de la separación de sus autores y enseñantes, considerados desde entonces como «textos vivos». Y eso es lo que, en definitiva, somos todos y cada uno de nosotros en opinión de Aranguren, a saber, textos que reflexivamente cada quien va escribiendo y contándose a sí mismo, con más o menos tino, al hilo de la vida que ejecutivamente protagoniza con sus actos. Como los textos literarios, proseguía Aranguren, también los textos que somos requieren de interpretación. Por lo pronto todos aventuramos para ellos, clara o confusamente, una hermenéutica de nuestra cosecha. Y, una vez terminado nuestro relato, cabe también la exégesis que hagan del mismo los demás, si es que se toman la molestia de esforzarse en comprendernos a través de unas paginas que, por asi decirlo, no tienen ya vuelta de hoja. «¿A quién pedir esa última comprensión que consista no tanto en juzgarnos cuanto en revelarnos quiénes somos, quién soy? No sé» –proseguía Aranguren– «tal vez a la Deidad ante la cual hayamos existido, si quiera como sueño, de suerte que, si la vida es sueño, sea, haya sido, esté siendo, vaya a ser sueño de Dios. Pero ya digo que no sé».

Me parece que el texto precedente resume a la perfección la religiosidad de ese hombre profundamente religioso que fue José Luis Aranguren, mi maestro. Su religiosidad fue en otro tiempo tachada de heterodoxa, y él mismo no vacilaría en considerarla tal, esto es, contraria a la opinión supuestamente recta u ortodoxa dominante, si bien cuidaba a este respecto de distinguir entre heterodoxia y hereiía. Por mi parte no voy a entrar en semejantes distinciones, importantes sin duda entre creyentes, pero también sin duda prescindibles para quienes no lo son. Pero precisamente para éstos, entre los que quien ahora escribe ha de contarse, tal religiosidad en modo alguno apabullante abría la puerta a un interés en reciprocidad respetuoso. Y sentaba las bases de un diálogo posible, a través del que creyentes e increyentes actualizasen lo que Aranguren dio en llamar «la dialéctica del espíritu humano», concibiéndola como un drama en que intervienen tres personajes, a saber, el metafísico, el religioso y el escéptico. El primero es quien formula las preguntas que más importan al hombre. El segundo, el que, mejor o peor, intenta darles respuesta. Y el tercero vendría a ser, en fin, quien no las admite, quien las pone en cuestión y, en el caso extremo, quien rechaza no solamente la validez de las respuestas sino el sentido mismo de las preguntas. Personalmente debo a Aranguren el haberme obligado a matizar para mí mismo esta última posición, que es en principio la única que podría atribuirme del anterior reparto de papeles.

Como Aranguren escribiera alguna vez, «los metafisicos, y en especial los metafisicos profesionales, acostumbran a ser lo suficientemente osados como para responder por su cuenta a las preguntas, e incluso sus sistemas contienen de ordinario bastantes más respuestas que preguntas; en cambio, lo más interesante de la religión no son siquiera para mí sus posibles respuestas, sino las preguntas mismas, es decir, me interesa más el enigma que su solución; pero en cuanto al escéptico, considero legítimo que cuestione cualquier género de respuestas, más cuando niega que las preguntas que más nos importan, como la pregunta por el sentido de nuestra vida, tengan a su vez sentido, me temo que su postura no se distinga de la del dogmático para quien todo es en el fondo incuestionable, es decir, que el escepticismo así entendido vendría en definitiva a reducirse a un dogmatismo de signo inverso». Planteada la cuestión en estos términos, ¿qué habriamos de entender por increencia? Desde luego, no lo mismo que por agnosticismo, pues lo que está aquí en juego no es exactamente un asunto de conocimiento. La fe religiosa, pongamos por caso la cristiana, es a la vez menos y más que conocimiento a secas. Es menos, por ejemplo, que conocimiento científico, pues los requisitos de contrastabilidad de este último siempre resultarán, por laxamente que los estipulemos, inasequibles a las pretensiones de la creencia en la divinidad. Pero la creencia en Dios envuelve un componente de confianza que por principio va más lejos de lo que cualquier clase de conocimiento, incluido el conocimiento personalizado entre seres humanos en cuanto diferente de las impersonales variedades del conocimiento científico, pudiera pretender. Por lo demás, las fronteras entre la creencia y la increencia son ciertamente lábiles y difíciles de establecer, pues la confianza del creyente tampoco instala a éste en una imperturbable seguridad que le mantenga a salvo de la duda. Y por eso Aranguren gustaba de citar el testimonio del teólogo Karl Barth, quien rechazaba la distinción entre creyentes y no creyentes aduciendo el ejemplo de un tal Karl Barth en quien se daban cita a un tiempo la fe y la incredulidad. Pero también el increyente que se considera instalado en la moderna convicción de que Dios ha muerto podría experimentar, como Max Horkheimer, la nostalgia de lo perdido y hasta el anhelo de su harto improbable, cuando no imposible, recuperación.

Que la linea divisoria que separa a la creencia de la increencia no sea nitida no quiere, por descontado, decir que no exista. Pero la afirmación de que existe tampoco la convierte en una barrera infranqueable que impida toda comunicación entre el creyente y el increyente. José Luis Aranguren y yo mantuvimos a nuestro modo esa tan problemática comunicación de la que guardo un recuerdo entrañable, y quiero ahora decir en su homenaje que todo lo que nos separaba era una línea de puntos suspensivos...

{ABC, Madrid 18 abril 1996, página 3.}


Al revés

Javier Neira. La Nueva España, 19 de abril de 1996.

Las oraciones fúnebres tras la muerte de Aranguren se estudiarán en el futuro como datos inexcusables para saber qué pensaba –qué fantaseaba– de sí misma la sociedad de nuestro tiempo.

Por lo general, se ha presentado al pensador como un rupturista contra corriente. Pero lo cierto es precisamente lo contrario: Aranguren fue por lo común un filósofo de territorios oficiales y, en las últimas décadas, el pensador oficial por excelencia. O sea, hegemónico, de referencia o como se quiera decir.

A la ortodoxia de Aranguren en la primera mitad de su vida no es preciso dedicarle ni una línea por obvia. En los sesenta, que siempre se alegan, también lo fue, porque el heterodoxo era, sin duda, el general Franco, mientras que Aranguren estaba en perfecta sintonía con la doctrina socialcristiana que a la postre ganó la guerra fría. Después –ahora–, con la desaparición de todo pensamiento sistemático, para qué insistir en su brillante y moralizante sociología: la apoteosis de lo que debe ser. En el diccionario de Quintanilla –tan poco sospechoso para el caso: fue senador del PSOE– se define el pensamiento de Aranguren como «catolicismo liberal inconformista». En fin, Aranguren no fue ajeno a la gigantesca operación –verdadero hito de la confusión– montada en la Santa Transición para sustituir la moral, cosa de curas carcas, por la ética, cosa de ciudadanos comprometidos y solidarios.

¿Cómo es posible, entonces, ese monte de oraciones fúnebres desnortadas? Porque la izquierda en el poder es un disparate conceptual y existencial, y en ese trance kafkiano tal es su crisis de identidad que se empeña en seguir con las cantilenas del criticismo, el inconformismo y tal y tal y tal. Pero no, Aranguren, adoptado por la izquierda en el poder, fue un pensador español –sin duda de lo mejor de la segunda mitad de este siglo– ortodoxo e integrado, y lo digo en su honor, porque también lo fueron Santo Tomás y Kant y mil más.

{La Nueva España, Oviedo 19 abril 1996, página 2.}


Un espíritu socrático

Carlos París. El Mundo, 18 de abril de 1996.

Con la muerte de José Luis Aranguren se nos va no sólo una figura sino una parte importante de la vida intelectual española, si tenemos en cuenta lo que Aranguren ha venido significando y simbolizando, incluso, en la larga historia de la oposición a la dictadura y en estos años de la transición.

Fue, en efecto, una personalidad que jugó un papel muy peculiar, enormemente propio, en la dinámica profunda de una renovación y una resistencia a la «España oficial», que discurrió prolongadamente en muy complejos y diversos sentidos, aunque hoy las versiones manipuladas y más fáciles de nuestra reciente historia den la espalda a tal realidad. Un análisis que requeriría un espacio, imposible en estos momentos, marcados, además, por el dolor de esta pérdida, pero que no impiden señalar la necesidad de esta tarea autorreflexiva sobre nuestro inmediato pasado, en el cual Aranguren significó muchas cosas: filósofo y maestro, ensayista ágil y brillante en tiempos en que lo plúmbeo dominaba, analista sutil, católico heterodoxo –la heterodoxia en tado era uno de sus rasgos y lemas– personalidad coloquial, dialogante y singularmente curiosa incluso de los pequeños detalles y ávida siempre de juventud y contacto con los jóvenes.

Si quisiera definir la actitud filosófica de Aranguren –él diría su «tálante»– hay un modelo que inmediatamente me viene a la mientes: el socrático. Antes he escrito que José Luis Aranguren fue un «maestro», pero él siempre señaló que jamás trató de «formar escuela» en el sentido tradicional del término, que supone inculcar unas ideas y una metodología. Más bien lo que él pretendía, al modo de Sócrates, era que sus discípulos formularan su propia verdad. Y no tenía empacho en aprender de ellos. Porque era un espíritu siempre en alerta para lo nuevo. El ideal orteguiano de «estar a la altura de los tiempos», que no deja de tener sus peligros, cuando se convierte en persecución y adopción de las «modas», encontró en Aranguren una feliz realización, tan oportuna en tiempos de cerrazón dogmática, dentro de la filosoíia oficial. Su genio antidogmático le conducía, también, más a la crítica y el análisis que a la construcción. Habría que señalar aquí también la coincidencia con Sócrates en la ironía como arma en la dialéctica y en la investigación. Una ironía que no dejaba de aplicar a sí mismo. Cuando, por ejemplo, relataba cómo su secretaria en California al presentarle a su marido, le indicó que podía no entenderse con él... porque su marido «trabajaba» y, al parecer, Aranguren se hallaba instalado en el puro ocio. Y, ciertamente, pocas personas han habido menos quejosas de su destino que Aranguren y menos presuntuosas de su esfuerzo.

Si Sócrates fue acusado de introducir «nuevos dioses», Aranguren lo fue de incorporar nuevas ideas y actitudes, de «dar una clase de ética al aire libre», tal como él calificó su intervención en la manifestación estudiantil de febrero de 1965. No fue, afortunadamente, condenado a beber la cicuta, sino separado de la catedra, y el voluntario exilio en California le deparó nuevas oportunidades de enriquecimiento y renovación en el largo viaje de José Luis Aranguren hacia la verdad, que desgraciadamente, ahora ha concluido.

{El Mundo, Madrid 18 abril 1996, página 57.}


El compromiso de un cristiano heterodoxo

Enrique Miret Magdalena. El País, 18 de abril de 1996.

Aranguren ha sido siempre un intelectual, pero un intelectual comprometido, que ha hecho mella sobre la gente y particularmente sobre la juventud, y nunca ha estado apartado de la inquietud religiosa. Sus preocupaciones han sido la religión, la moral, la sociología y en mucha menor medida la política, si bien siempre resultó escuchado cuando decía sus opiniones políticas.

Yo le conocí en 1952. Me lo presentó mi gran amiga, la inquieta católica y seglar excelencia, Lili Alvarez. Fue una inolvidable tarde tomando el té en la residencia de las Misiones Evangélicas, en la calle de Zurbano, y discutiendo yo con la que era superiora acerca del original y heterodoxo mistico católico maestro Eckart, que ella consideraba un hereje nefando y yo lo defendía de las equivocadas condenaciones sufridas después de muerto.

Aquello fue el inicio de una perdurable amistad que nunca disminuyó.

Aranguren ha sido intelectual, un filósofo sin jerga, como usan muchos de ellos y la gente recusa. Resultó además siempre un crítico que paso por cuatro fases en su postura religiosa. Primero la crítica moderada, después la acerada sin ofender, para pasar a la de un católico heterodoxo, y terminar en un cristiano solamente dentro de esa heterodoxia que nunca le ha abandonado. Su peor momento ocurrió cuando estaba tan dolido por los injustos ataques que recibía de las alturas católicas. Durante un tiempo estuvo sin tratar el tema religioso, hasta que pasó a su tercera fase de católico heterodoxo. Fue en America, y al volver a España.

Sus últimos años han sido de sentirse un cristiano heterodoxo, que tenía opiniones divergentes –según su etimología– de las comunes en el mundo de tradición cristiana, que en España era la católica que en los últimos dos siglos, sobre todo, era muy conservadora. Sus libros para mí más representativos han sido su Catolicismo día tras día, su Catolicismo y Protestantismo como formas de existencia, su Ética, y su pequeño, pero muy jugoso librito, Lo que sabemos de moral. Lo demás son puestas a punto críticas, desde su prisma religioso evolucionado, de lo que se contiene sustancialmente en esos libros. Y contribuí, desde la Acción Católica de los años cincuenta, a que pasase la censura su libro Ética, porque me pidieron un informe sobre él para darle la censura, y que di razonadamente de modo totalmente favorable.

Ante todo ello habrá que preguntarse si Aranguren ha cambiado sustancialmente, desde el punto de vista religioso, y habría que concluir que no. Que sólo ha habido un desarrollo de lo que bien leído se encontraba latente desde el principio en sus obras religiosas. Es cierto que a los protestantes españoles no les gustó su libro citado sobre el protestantismo, pero quiza no entendieron que la idea fundamental, de talante, que distingue lo católico de lo protestante, cada vez parece hacerse más evidente. Lo fundamental de la concepción aranguniana del talante es muy cierta: es la característica que ha tenido la influencia de las ideas de Aranguren en religión, su talante más que su contenido, que va evolucionando con el tiempo. Tuvo muchos amigos, de los que era entrañable amigo: lo mismo de sus alumnos que de sus conocidos y afines. Pero tenía también muchos enemigos doctrinales, lo mismo en la derecha que en la izquierda intemperantes.

Aranguren representa y representará por todo ello un hito importante en el transcurrir de la religión en España.

{El País, Madrid 18 abril 1996, página 35.}


Necrofagias

Gabriel Albiac. El Mundo, 19 de abril de 1996.

Tanto hace ya desde que Freud desvelara las trampas del elogio funerario que da un cierto pudor rememorarlo. La oración fúnebre en nada concierne al muerto: el muerto ya no está y en ningún modo es afectado por palabra alguna. Exorciza, tal liturgia, al vivo sólo. Le permite desnudarse de sus propias culpas, purificarse así a costa de quien ya ni puede replicar. El de mortuis nil nisi Bonum, no expresa generosidad hacia quien zozobró en la nada. Sólo es retórica con la cual exhibir la mentida bondad de quien lo invoca. Su desprecio de verdad y razón es soberano. Como en los viejos westerns, los vivos se parapetan tras los muertos. No es necrofilia siquiera: su nombre es necrofagia.

Martes 16 de marzo, siete y media de la tarde. Cuando entro en la sala de conferencias de la Biblioteca Nacional, no puedo evitar cierto asombro. También un íntimo placer. Un local abarrotado para oír hablar de libros y de filosofía a alguien tan escasamente complaciente como lo es Gustavo Bueno, resulta algo rayano en el prodigio. Lo resulta, al menos, en un país donde todo cuanto debemos al Estado, en lo que a filosofía concierne, es la destrucción metódica de cualquier territorio –mundano como académico– propicio al pensamiento. Nunca, en lo que va de siglo, el estatuto institucional de la filosofía fue en España tan precario: desde la degradación material de facultades trituradas por la masificación delirante y la perfecta escasez de medios, hasta la aberración de una enseñanza media reducida a menos que escombros. La analfabetización metódica de la sociedad española no es la menos amarga de las herencias de estos trece años insensatos.

La mañana del miércoles trae la noticia de la muerte del profesor López Aranguren. Y, de pronto, es como si toda la pléyade de necios amamantados por el Erario público se hubiera, milagrosamente, descubierto vocación filosófica entusiasta de la noche a la mañana. Hay que tener, desde luego, una jeta de acero inoxidable para haber perpetrado la Ley de Reforma Universitaria, para haber consumado esa desertizante monstruosidad pomposamente bautizada de Enseñanza Secundaria Obligatoria, y permitirse ahora descubrir las excelencias de ética y filosofía en la formación de una sociedad libre.

«La consideración al muerto –que para nada la necesita– está para nosotros por encima de la verdad», escribía Freud allá por el lejano 1915. Nadie se engañe: no está en juego la preservación de su memoria. La memoria de un pensador queda en sus libros y no en la pésima locuacidad de los políticos que se reparten cachitos de un cadáver al fin sacralizado y, en tal medida, inofensivo. Desplegar teatralmente esas mentirosas reliquias es un excelente modo de invisibilizar la realidad que hiere: el Estado –para el cual no hay más filósofo bueno que el filósofo muerto– llora al pensador ausente, para mejor ocultar al pensamiento asesinado. Trampa vieja como el mundo. Teognis –hace 26 siglos–: «Insensatos los hombres que lloran a los muertos.»

{El Mundo, Madrid 19 abril 1996, página 2.}


¿Quién fue Aranguren?

Gustavo Bueno. El Mundo, 21 de abril de 1996.

Aranguren ha muerto. Me sumo al duelo de su familia y de sus amigos. Descanse en paz. Por mi parte nada más tendría que añadir. Pero no he podido encontrar razones para eludir la invitación de EL MUNDO a escribir sobre el particular. Considero un «deber cívico» dar mi opinión cuando me la piden, en circunstancias como la presente.

Conocí a Aranguren hace ya cincuenta años, con ocasión de la publicación de su primer libro, La filosofía de Eugenio d'Ors, en 1945, texto premiado el año anterior por la Junta Restauradora del Misterio de Elche (circunstancia que determinaba un gran distanciamiento entre el grupo de recién licenciados en filosofía que, al modo marrano, manteníamos en privado posiciones racionalistas y hasta «volterianas»).

Trabajaba yo entonces en mi tesis doctoral, como becario del Instituto Luis Vives de Filosofía del CSIC, de cuya Revista de Filosofía era director don Manuel Mindán Manero. Recuerdo que la secretaria María Jesús me pasó el recado de Mindán a la sala de becarios: me llamaba para presentarme a «alguien que había escrito un libro». Mindán, en su despacho, me presentó a un hombre de unos cuarenta años, vestido de oscuro, encogido, que casi no hablaba nada (se acercaba allí claramente como un hombre ajeno a las instituciones oficiales en solicitud de algo). Mindán me invitó en su presencia a escribir la reseña del libro recién publicado. Recuerdo que a la vuelta a la sala de becarios, al ojear el libro conjuntamente, se produjo un cierto regocijo por las cosas que decía sobre las teorías de d'Ors sobre su «ángel» y sus comparaciones con el «super-ego» de Freud. Años después, en pleno «reinado» del PSOE, el Luis Vives fue suprimido y renació bajo el nombre de Instituto de Filosofía, como plataforma, precisamente, de los socialdemócratas cristianos, algunos vergonzantes, ex monjas y ex jesuitas, que vienen pretendiendo ofrecer como símbolo de la democracia ética a la figura de Aranguren.

Hacia 1955 presencié los ejercicios de su oposición a la cátedra de Etica de Madrid: Aranguren representaba allí el símbolo del cristianismo aggiornato, la «acción católica» de las vanguardias dialogantes con Lutero que alzaban la bandera de Zubiri; oposiciones que se desarrollaron ante un público muy parecido al que describe Martín-Santos en Tiempo de silencio al hablar de los asistentes y asistentas a las conferencias de Ortega. Su rival, el dominico Todolí, representaba el cristianismo escolástico medieval. Desde mi punto de vista de entonces tan medieval era Aranguren como Todolí, sólo que Todolí sabía más.

En el transcurso de los años, y cuando Aranguren comenzó a ser conocido como un personaje público, yo no deje de reconocer sus virtudes cívicas (de hecho organicé en Oviedo, en 1965, la recaudación de fondos entre los compañeros para ayudar a los catedráticos destituidos, entre ellos Aranguren; colaboré en el «Homenaje» de 1970 y recibí cartas suyas de agradecimiento). Sin embargo el reconocimiento de sus virtudes públicas no fue bastante para hacerme rectificar mi juicio sobre la mediocridad de sus dotes intelectuales.

En los años ochenta participé en un jurado de los Premios Príncipe de Asturias. Propuse a Juan David García Bacca: muchos de los miembros del jurado, que no habían oído jamás tal nombre, me miraron asombrados confundiendo su ignorancia con una supuesta extravagancia mía. Aranguren era su candidato. Ante quienes no conocían a García Bacca y conocían de Aranguren sólo algunos artículos de El País, pude desmontar una tabla de valores que resistía la comparación con María Zambrano pero que era ofensiva ante la figura de García Bacca: terminamos dando el premio a Claudio Sánchez Albornoz. Más tarde, el año pasado, los Premios Príncipe de Asturias «saldaron» la deuda que tenían pendiente con Aranguren.

Es evidente que cada grupo social «elige» a sus sabios y a sus héroes. Pero al elegirlos se define a sí mismo, tanto o más que a la persona escogida como paradigma de sabio, de filósofo o de héroe. Quien dice «Aranguren nos enseñó a pensar» no está definiendo a Aranguren, sino a su propio y mediocre nivel de pensamiento. La presencia continua de Aranguren como modelo de «pensador», sobre todo en la televisión única, en los primeros años de la democracia, diciendo cosas sencillas que todo el mundo entendía, un sombreado trivial y neutro que ni siquiera hería por su ingenio a los que le contemplaban, alentaba a todos a sentirse también pensadores y filósofos. Y por tanto a rebajar la significación de la filosofía al nivel en que ahora se encuentra.

Los discípulos que proponen a Aranguren como paradigma, en su mayor parte exjesuitas, exmonjas y teólogos postconciliares, se corresponde en gran medida con el gremio de los profesores universitarios de ética, que se sirvieron de Aranguren para constituirse en «comunidad de filósofos morales» (cualquier lector alejado de estas cuestiones académicas puede apreciar la cursilería y ridiculez de semejante autodenominación).

Pero Aranguren no fue un sabio, ni menos aún un filósofo. Fue un profesor de filosofía que escribió para la universidad un manual de Etica (un manual escolástico, mucho más parecido al que hubiera escrito el padre Todolí de lo que sus discípulos creen), y para fuera de la universidad libros y artículos sobre el cristianismo (de interés para gentes postconciliares) y artículos de opinión sin doctrina firme como los que escriben tantas y tantas personas en los periódicos sin necesidad de recibir el título de sabio o de filósofo.

Aranguren ha fallecido en fechas que coinciden simbólicamente con el final socialdemócrata de la monarquía consensuada, la etapa que escogió a Aranguren como emblema de la sabiduría, de la ética y del heroísmo, definiendo así su propio nivel de sabiduría, de ética y de heroísmo. Estas líneas quieren ser una voz de alerta. Una voz que, sin perjuicio del reproche asegurado que ellas merecerán por parte del coro consensuado que ha procurado monopolizar los elogios fúnebres, sirva también para llamar la atención de otras muchas personas que forman parte de la gran mayoría de españoles que, al margen del coro, y acaso habiendo oído ahora el nombre de Aranguren por primera vez, se disponen a experimentar los efectos de los nuevos consensos autonómicos y europeos.

{El Mundo, Madrid domingo 21 abril 1996, página 37, Crónica, página 5.}


Hombres y documentos de la filosofía española

Gonzalo Díaz Díaz. CSIC, Madrid 1991.

José Luis López Aranguren. De familia oriunda del País Vasco por línea materna, nació en Avila el 9 de junio de 1909. Su niñez transcurrió, por la prematura muerte de su madre, entre su ciudad natal y el País Vasco, donde seguía residiendo su abuela materna, hasta 1918 en que inició el bachillerato en el Colegio de Chamartín de la Rosa de la Compañía de Jesús, concluido el cual (1925), pasó un año en Francia, iniciando después la carrera de derecho en la Universidad Central de Madrid, cuya licenciatura obtuvo en 1931, pero en cuyo decurso descubrió su interés por la filosofía a la que, después de haber intentado sin éxito, cediendo a la presión familiar, la praxis jurídica, se dedicó, emprendiendo su estudio académico que estaba a punto de concluir cuando estalló la guerra civil. El doctorado en filosofía lo obtendría en 1951, con una tesis titulada El protestantismo y la moral.

Durante la contienda fue movilizado y aún pasó algunos meses en el frente sirviendo en la artillería pesada, hasta que su deficiente estado de salud hizo precisa su hospitalización; y tras la guerra, fueron aún varios los años que hubieron de transcurrir hasta su total restablecimiento físico, pero que llenó con extensas lecturas: San Juan de la Cruz, Baltasar Gracián, Romano Guardini, Max Scheler, Kierkegaard, Séneca, Martin Heidegger... y sobre todo Eugenio D'Ors, al que llegó a unirle una sincera amistad y al que consagró su primera publicación La filosofía de Eugenio D'Ors (1945). Luego su amistad con un grupo de poetas: José María Valverde, Luis Rosales, Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, y más tarde su amistad epistolar con numerosos intelectuales trasterrados a América –Juan Ramón Jiménez, Américo Castro, Sánchez Albornoz, José Gaos, Ferrater Mora, García Bacca– a partir de la publicación de su ensayo La evolución espiritual de los intelectuales españoles en la emigración, fueron nutriendo su vida intelectual que gravitaba a la sazón en torno a dos polos de atracción: el catolicismo y el existencialismo, y que en algún momento se vio enriquecida por las Conversaciones católicas de Gredos, por él fundadas, celebradas anualmente a partir de 1951. Fruto el más sazonado de aquel período fue su libro Catolicismo y protestantismo como formas de existencia de 1952, y tres años más tarde obtenía por oposición la cátedra de ética y sociología de la Universidad de Madrid.

Los diez años de su permanencia en aquella cátedra constituyen un período de extraordinaria fecundidad intelectual y humana. Instalado ya críticamente en la «heterodoxia civil (y no sólo religiosa), cultural», su temperamento siempre receptivo se abre a una fase de intensa productividad. Desde la cátedra renueva, acorde con los usos de la mejor tradición europea, permanentemente los programas de su actividad mediante tratamiento monográfico de diversos aspectos de la ética y de la sociología y a través de seminarios sobre las más palpitantes cuestiones de su especialidad, labor toda ella que se va decantando en una larga serie de publicaciones: Etica, El protestantismo y la moral, la Etica de Ortega, Etica y política, La comunicación humana, &c.; pero, al tiempo, un grupo de jóvenes promesas de la cultura española se van integrando en torno suyo, creando una corriente de opinión, especialmente a través del Seminario «Eugenio D'Ors» que desde su origen dirige nuestro autor, y que sin tener ni carácter ni pretensiones políticas, se ve, por razones simplemente éticas y sociológicas, implicada en la situación política del momento, en la que genera una dinámica de censura y reprobación que culminó el 24 de febrero de 1965, cuando, al aceptar Aranguren la invitación de una Asamblea Libre Estudiantil en la que se iba a examinar la formación de asociaciones universitarias independientes de la oficial (SEU), y ponerse al frente de una manifestación silenciosa reivindicativa de aquella demanda, fue detenido, procesado y separado de su cátedra.

A partir de aquel momento nuestro autor se ve obligado a pasar largos períodos de cada año en el extranjero para proseguir su labor docente ahora como conferenciante o profesor invitado, visitando Suecia, Dinamarca, Francia, Italia, Méjico y, sobre todo, los Estados Unidos, en cuya Universidad de Santa Bárbara de California obtiene un puesto de profesor permanente.

Pero esta vida inestable y viajera, que trueca por sus propios imperativos al hombre de estudio en hombre de acción, si le ofrece un auditorio permanentemente renovado al que exponer sus demandas e inquietudes, le reduce drásticamente el sosiego preciso para escribir reposada y meditadamente. «El académico, ha escrito F. Blázquez, deja paso al crítico trashumante, divulgador de ideas renovadoras y heterodoxas.» (Cuatro etapas..., pág. 510). Y, en efecto, tal fue la vida de nuestro autor hasta que, restablecida la democracia, en octubre de 1976, era repuesto en su cátedra de la Universidad Complutense, que ocupó hasta su jubilación en 1979.

Desde entonces la presencia de Aranguren en la vida nacional ha sido constante a través de conferencias, artículos en los diarios, sobre todo en El País, entrevistas periodísticas, &c., habiendo llegado a ser algo seguramente distinto de lo que soñó en su juventud, pero sin duda mucho más importante, pues, «desnudando hipocresías e injusticias, destruyendo arribismos, matizando situaciones, denunciando los vicios de los hombres y del sistema», ha devenido, como certeramente señala el autor antes citado, en «conciencia crítica de la sociedad» (Ibid., pág. 519).

La doctrina ética de J. L. Aranguren se halla tan íntima e indisolublemente unida a su peripecia vital que resulta poco menos que superfluo, y desde luego reiterativo, presentarla al término de su semblanza biográfica. Limitándonos, pues, a destacar de su vida aquellos rasgos o elementos que nos permitan esquematizar su posición doctrinal, recordemos su preocupación inicial y nunca abandonada por el fenómeno religioso y sus relaciones con el comportamiento ético. Etica y religión, viene a decir, son dos ámbitos o dimensiones del espíritu humano relacionados dinámicamente entre sí de tal modo que ni deben disociarse, como parecen propugnar algunas formas de protestantismo, ni identificarse como pretenden otras posiciones más tradicionales, y que en el fondo lo que postulan es una subordinación de lo ético a lo religioso.

Más adelante, durante su permanencia en la cátedra, Aranguren mostró un gran interés por introducir y estudiar las más recientes doctrinas éticas, tales como las de la escuela analítica o la del marxismo y con cuya introducción contribuyó a enriquecer el horizonte intelectual patrio. En fin, especialmente significativo es el estudio que lleva a cabo en multitud de trabajos de la dimensión social de la moral individual, su distinción entre moral como estructura y moral como contenido y la consideración de la ética como fundamento y sustrato último de las relaciones sociales con sus respectivas derivaciones hacia el campo de la política y de la cultura en general.

{siguen los datos bibliográficos de las obras (papeletas 13586-13931), prólogos (13932-13986) y estudios (13987-14073).}

{Gonzalo Díaz Díaz, Hombres y documentos de la filosofía española, CSIC, Madrid 1991, volumen IV, páginas 742-743.}


Diccionario de filosofía contemporánea

Dirigido por Miguel A. Quintanilla. Sígueme, Salamanca 1976.

Aranguren, José L. L. Nació en Avila, 1909. Fue catedrático de ética y sociología en Madrid desde 1955 hasta 1965 en que fue separado de la docencia junto con Tierno Galván y García Calvo, por motivos políticos. La universidad española perdía así una de las figuras que más entusiasmo y vitalidad intelectual han suscitado desde el final de la guerra. Sus escritos giran en torno a problemas de ética, filosofía de la religión y de la cultura. Si hubiera que encuadrar su pensamiento filosófico podría hablarse de él en términos de «catolicismo liberal inconformista». La enorme influencia que ha ejercido sobre generaciones más jóvenes de la filosofía española hay que comprenderla no tanto en sentido doctrinal, como en un sentido «socrático». «Aranguren brindó siempre –dicen los compiladores del volumen Teoría y sociedad, homenaje al profesor Aranguren– toda su comprensión y estímulo a cuantos nos acercamos a él desolados ante la imposibilidad de encontrar en el medio español establecido un marco en que desarrollar las inquietudes que nos movían, animándonos a ahondar críticamente en nuestras particulares inclinaciones teoréticas, ya fuesen de índole filosófica, sociológica o política y estuviesen guiadas por enfoques analíticos, dialécticos o de cualquier otra índole».

Algunas de sus obras más importantes son: Catolicismo y protestantismo como formas de existencia, madrid 1952; El protestantismo y la moral, madrid 1954; Etica, Madrid 1958; Etica y política, Madrid 1963; Moral y sociedad, Madrid 1965; El marxismo como moral, Madrid 1967; La comunicación humana, Madrid 1967. Una bibliografía bastante completa hasta 1969 en Teoría y sociedad (homenaje al profesor Aranguren), compilado por F. Gracia, J. Muguerza y V. Sánchez de Zavala, Barcelona 1970.

{Miguel A. Quintanilla (dir.), Diccionario de filosofía contemporánea, Sígueme, Salamanca 1976, páginas 33-34.}


Los filósofos

Fran├žois Aubral. Acento, Madrid 1993.

Aranguren, J. L. López. Filósofo y ensayista, catedrático de ética de la Universidad de Madrid de 1955 a 1965, fue separado de la docencia por razones políticas. Desde entonces ha enseñado en diversas universidades americanas, alternando la docencia con intervenciones públicas, conferencias y abundantes publicaciones. Algunas de ellas son: Catolicismo y protestantismo como formas de existencia (1952), El protestantismo y la moral (1954), Etica (1958), Etica y política (1963), Moral y sociedad (1965), El marxismo como moral (1967), La comunicación humana (1967), Juventud, universidad y sociedad (1971), Sobre imagen, identidad y heterodoxia (1981). Retornó a su cátedra en 1976 con el advenimiento de la democracia. Su reflexión ha estado siempre centrada, como bien puede deducirse por los títulos de sus obras, en los problemas éticos, con especial atención a su vertiente sociológica. Ha elaborado una teoría del «talante» para poder distinguir a continuación el talante religioso católico del protestante. Ha analizado también con detenimiento las relaciones entre ética y religión. En los últimos años se ha convertido en una de las voces españolas más respetadas, asumiendo la función crítica del intelectual, nunca al servicio de nadie y siempre presto a la denuncia cuando la ocasión lo merece. Pero, más allá del valor intrínseco indudable de su obra, nos encontramos aquí con un pensador emblemático que, precisamente con su talante, digamos «socrático», ha sabido ejercer una enorme influencia sobre varias generaciones de jóvenes españoles. Fue, en un momento de pertinaz sequía intelectual y moral, uno de los pocos con quien la juventud española pudo aprender a valorar, a respetar, a analizar. En él encontramos siempre el ánimo y el estímulo necesarios «para ahondar críticamente en nuestras particulares inclinaciones teoréticas, ya fuesen de índole filosófica, sociológica o política»

{Los filósofos, texto: François Aubral, traducción y adaptación: José Manuel Revuelta; Acento Editorial, Madrid 1993, página 11.}


Diccionario de filosofía, 5ª edición

José Ferrater Mora. Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1965.

Aranguren (José Luis L.) nacido (1909) en Avila, profesor de ética en la Universidad Central (Madrid) desde 1955, ha trabajado hasta ahora sobre todo en cuestiones de ética y de filosofía de la religión. Nos hemos referido con algún detalle a su doctrina del talante –tanto en sentido general como en el sentido específico de «talante religioso»– en el artículo sobre la noción de Temple (v.), y a algunas de sus ideas acerca de la relación entre religión y ética en el artículo sobre Religión (v). Agregaremos aquí que en el curso de sus investigaciones sobre la ética del protestantismo Aranguren ha mostrado que éste se desliza muy fácilmente hacia una ruptura excesiva de lo ético y lo religioso. Tal ruptura debe ser rechazada. Pero debe serlo también la identificación, propugnada consciente o inconscientemente por algunas tendencias filosóficas, entre lo religioso y lo ético, con frecuencia basada en la subordinación del primero al segundo. Según Aranguren, la ética está abierta a la religión, y ello en tal forma que la confluencia de ambas se da más en el punto de llegada que en el de partida.

Obras: La filosofía de Eugenio d'Ors, 1945. Catolicismo y protestantismo como formas de existencia, 1952. El protestantismo y la moral, 1954. Catolicismo día tras día, 1955. Crítica y meditación, 1957. Ética, 1958. La ética de Ortega, 1958. La juventud europea y otros ensayos, 1961. Implicaciones de la filosofía en la vida contemporánea, 1962 [Cuadernos Taurus]. Ética y política, 1963.

{José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía, 5ª edición, Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1965, página 125.}


Diccionario de filosofía, 6ª edición

José Ferrater Mora. Alianza Editorial, Madrid 1979.

Aranguren, José L[uis] L[ópez], nacido (1909) en Avila, fue profesor de ética y sociología en la Universidad de Madrid de 1955 a 1965; en esta última fecha fue separado de la cátedra por motivos políticos. Desde 1965 profesó durante un semestre cada año en la Universidad de California (Santa Bárbara). En 1976 le fue restituida la cátedra de Madrid con todos los derechos. La influencia de Aranguren sobre las jóvenes generaciones de filósofos españoles ha sido considerable.

Los primeros trabajos de Aranguren en ética y en filosofía de la religión pusieron de relieve la importancia del talante religioso. (Para el sentido que ha dado Aranguren a «talante», véase Temple). Aranguren se interesó por las relaciones entre ética y religión (véase). En su investigación de la ética del protestantismo, Aranguren puso de manifiesto que éste se desliza fácilmente hacia una excesiva ruptura entre lo ético y lo religioso. Esta ruptura debe ser rechazada. Debe ser rechazada asimismo, sin embargo, la identificación entre lo religioso y lo ético según la propugnan, consciente o inconscientemente, algunas tendencias filosóficas –las cuales, por otro lado, más que identificar lo religioso con lo ético subordinan éste a aquél–. Aranguren indicó que la ética está «abierta a la religión», de modo que la posible confluencia entre ambas se encuentra más en el punto de partida que en el de llegada.

Especialmente a partir del ejercicio de su cátedra en 1955, Aranguren difundió corrientes filosóficas contemporáneas, dando amplia cabida a las discusiones de problemas éticos por parte de filósofos de tendencia analítica y otras tendencias, como la marxista. Esto no significaba para Aranguren adscribirse estrictamente a ninguna de estas corrientes, sino más bien introducir problemáticas hasta entonces poco cultivadas en España en ambientes universitarios. Personalmente, Aranguren se preocupó por proveer a su teoría ética de una dimensión social y ligarla al debate de cuestiones fundamentales sociales y políticas. Entre otros conceptos, Aranguren introdujo los de «aliedad» y «alteridad» como dos niveles o aspectos de la «otredad» humana en que se dan respectivamente lo moral estrictamente social y lo moral interpersonal. Aranguren ha investigado la constitución social de lo moral individual en una larga serie de estudios literarios, históricos y sociológicos sobre varios aspectos de la vida moderna y contemporánea. Es importante su concepto del Estado de justicia social, equidistante del simple «Estado de bienestar (social)», por un lado, y de todo «totalitarismo», incluyendo el que se presenta bajo la forma de un «socialismo». Tanto en el campo de las creencias católicas como en todos los demás problemas filosóficos, políticos, sociales y culturales ha caracterizado el pensamiento de Aranguren en los últimos años una actitud de inconformismo y de «heterodoxia», así como una mezcla de compromiso intelectual y moral con un cierto distanciamiento que el propio Aranguren ha calificado de «irónico».

Obras: La filosofía de Eugenio d'Ors, 1945. Catolicismo y protestantismo como formas de existencia, 1952. El protestantismo y la moral, 1954. Catolicismo día tras día, 1955. Crítica y meditación, 1957. Ética, 1958. La ética de Ortega, 1958. 2ª ed., rev., 1959. La juventud europea y otros ensayos, 1961, reimp., 1969 (trad. italiana, aum., 1962). El futuro de la universidad, 1962. Implicaciones de la filosofía en la vida contemporánea, 1962, reimpresión 1971. Ética y política, 1963, reimp., 1968. Remanso de Navidad y examen de fin de año, 1965. Moral y sociedad: Introducción a la moral social española del siglo XIX, 1965, reimp., 1966. Religiositat intellectual, tr. Gabriel Pas, 1966. La comunicación humana, 1967 (versiones simultáneas a varias lenguas). Lo que sabemos de moral, 1967. El marxismo como moral, 1968. La crisis del catolicismo, 1969. Memorias y esperanzas españolas, 1969. El cristianismo de Dostoievski, 1970. Juventud, universidad y sociedad, 1971. Erotismo y liberación de la mujer, 1972. El futuro de la universidad y otras polémicas, 1973. Moralidades de hoy y de mañana, 1973. San Juan de la Cruz, 1973. La cruz de la monarquía española actual, 1974. Entre España y América, 1974. La cultura española y la cultura establecida, 1975. Talante, juventud y moral, 1975. Estudios literarios, 1976.
Edición de obras selectas: Obras, I, 1965 (contiene reimp. de Catolicismo y protestantismo como formas de existencia, El protestantismo y la moral, Ética, La ética de Ortega, La juventud europea y otros ensayos, El futuro de la universidad, Implicaciones de la filosofía en la vida contemporánea, Ética y política, y un ensayo sobre Zubiri).
Además Aranguren ha editado, con amplias introducciones, una Antología de M. de Unamuno, 1964, y una edición de Obras de S. Juan de la Cruz, 1965.
Véase: Varios autores, Teoría y sociedad: Ensayos ofrecidos al Profesor Aranguren con ocasión de su 60 cumpleaños, comp. Francisco Gracia, Javier Muguerza y Víctor Sánchez de Zavala, 1970, con bibl., págs. 453-465. Varios autores, Homenaje a Aranguren, comp. Pedro Laín Entralgo, 1972.

{José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía, 6ª edición, Alianza Editorial, Madrid 1979, páginas 194-195.}


Enciclopedia de la filosofía

Garzanti/Ediciones B, Barcelona 1992.

Aranguren, José Luis López (Avila 1909), filósofo español. Tras licenciarse en derecho y en filosofía y letras en la universidad de Madrid, la guerra civil le lleva a un intimismo religioso-existencial en el que el estudio de la religión y la apertura a la poesía se prolongan durante una década. Esos años de meditación y de «catolicismo día tras día», pronto adquieren una significación política: crítica y ruptura respecto del nacionalcatolicismo establecido, con lo que emprende una incesante labor reflexiva sobre la moral, la política y la cultura, mientras su «heterodoxia» religiosa y civil le convierte en la figura del intelectual comprometido y reconocido. Luego de obtener el doctorado en filosofía por la universidad de Madrid, comienza en 1955 una labor docente en la cátedra de ética y sociología de la Universidad Complutense, que se ve interrumpida en 1965 al ser expulsado junto con A. García Calvo y E. Tierno Galván. En 1966 inicia así un enriquecedor periplo por diferentes universidades europeas y americanas (Aaruhs, California-San Diego, Texas, Indiana, Puerto Rico, &c.) en calidad de profesor visitante, y en 1969 es designado profesor emérito de la universidad de California en Santa Bárbara. Con el retorno de la democracia a España, Aranguren es restablecido en su cátedra, en la que permanece hasta 1979.

La aproximación de Aranguren a los temas éticos se realiza desde la convicción, reafirmada y cada vez más amplia con los años, de que la función del intelectual es crear un ethos social, una moral para una sociedad desmoralizada. En sus textos se hace evidente la vinculación con X. Zubiri, pero es J. Ortega y Gasset quien incide más claramente en su inspiración filosófica.

Crónica moral de nuestro tiempo, su obra filosófica persevera en la misma preocupación: la realidad constitutiva del hombre, el bien moral, la comunicación y el lenguaje, la intersubjetividad, la conciencia crítica, la experiencia del sentido de la vida, utopía y drama, la vida como autonarración. Y ello en virtud de lo que constituye, desde sus primeras obras, la base estructural de su pensamiento, el concepto de felicidad, «el supremo bien» de Aristóteles, que ya en 1958, en su Ética, es una tesis antropológica de primer orden: «la estructura humana es constitutivamente felicitante», de tal modo que la felicidad humana como quehacer se muestra como «la apropiación de la posibilidad fundamental, como el cumplimiento de nuestro ethos». Este verdadero tratado de ética, que marca un hito en la evolución del pensamiento de Aranguren, y en el que demuestra su conocimiento de la escolástica, desarrolla una serie de reflexiones iniciadas anteriormente y abre nuevas orientaciones que podrán reconocerse en sus escritos posteriores.

Se distinguen tres condicionamientos de la libertad en la vida de cada hombre: el de su estructura psicobiológica, el de sus hábitos adquiridos y el de su situación social. El primero, que corresponde al «talante», había sido desarrollado principalmente en Catolicismo y protestantismo como formas de existencia (1952), y da lugar en la Ética a la afirmación de que «la moral pensada debe mantenerse abierta a la moral vivida». El segundo indica el modo en que se configura nuestra personalidad moral o ethos y, desplazando el lugar central que ocupaba el concepto de talante (forma natural de enfrentarse con la realidad) en la obra citada, este ethos o carácter moral se constituye en el objeto de la ética. El tercero, es decir el condicionamiento de nuestra situación social, se erige como un elemento decisivo en las elaboraciones ulteriores, ya sea en sus escritos sobre crítica moral (Propuestas morales, 1984), ya en las más diversas reflexiones acerca de la situación política y social de la época. Además de analizar el desarrollo histórico de las relaciones existentes entre la actitud religiosa y la actitud ética, cuestión que está presente en gran parte de la actividad teórica de Aranguren, su Ética permite comprobar cómo las obras siguientes mantienen una fidelidad básica a aquellos enunciados: que «el hombre es constitutivamente moral» y que «el ethos personal debe abrirse al ethos social». Estos postulados están en la base de escritos como Ética y política (1963), Lo que sabemos de moral (1967), La democracia establecida (1979) y en La actitud ética y la actitud política (conferencia, 1985). La actual situación de los valores morales y la no vigencia de las éticas normativas, vuelve a ser materia de reflexión en su Moral de la vida cotidiana, personal y religiosa (1987), donde reaparece la idea de la moral como estructura, prolongándose en una concepción de la ética como narración, en la que la función de la vida personal, la «liberación de la vida cotidiana», se expresa como voluntad de ser, entre la esperanza y la utopía. Otras obras: La filosofía de Eugenio d'Ors (1945); La juventud europea y otros ensayos (1960); Moralidades de hoy y de mañana (1973); España: una meditación política (1983); Ética de la felicidad y otros lenguajes (1988).

{Enciclopedia de la filosofía, Garzanti/Ediciones B, Barcelona 1992, página 52.}


Bueno contra Aranguren, o el sistema contra la anarquía

Francisco Carantoña. El Comercio, 22 de abril de 1996

El fallecimiento del profesor Aranguren ha ido acompañado, como resulta lógico en la desaparición de una personalidad tan destacada, de glosas y comentarios generalmente laudatorios, e incluso entusiastas, en alguno de los cuales se homologa su figura con la de Sócrates, tanto por el sufrimiento que se vio obligado a padecer por sus actitudes morales como por la universal utilidad de su método filosófico.

Evidentemente, esas alabanzas son exageradas, y seguramente hubieran hecho reír a su destinatario de haberlas oído en vida. En contraste don Gustavo Bueno ve las cosas de otra manera, lejana del ensalzamiento. Este párrafo del artículo que ayer publicaba don Gustavo en El Mundo es suficientemente explícito:

«Es evidente que cada grupo social elige a sus sabios y a sus héroes. Pero al elegirlos se define a sí mismo, tanto o más que a la persona escogida como paradigma de sabio, de filósofo o de héroe. Quien dice Aranguren nos enseñó a pensar no está definiendo a Aranguren, sino a su propio y mediocre nivel de pensamiento. La presencia continua de Aranguren como modelo de pensador, sobre todo en la televisión única, en los primeros años de la democracia, diciendo cosas sencillas que todo el mundo entendía, un sombreado trivial y neutro que ni siquiera hería por su ingenio a los que le contemplaban, alentaba a todos a sentirse también pensadores y filósofos. Y por tanto a rebajar la significación de la Filosofía al nivel en que ahora se encuentra.»

¿Quién tiene razón? Probablemente el señor Bueno, y aceptarlo no exige compartir ciertos aspectos de sus opiniones, por ejemplo, la «mediocridad de sus dotes intelectuales» que le atribuye al filósofo desaparecido.

Recuerda Bueno las oposiciones en que ganó su cátedra Aranguren, «allá por 1955», donde tuvo por rival al «dominico Todolí», que «representaba el cristianismo escolástico medieval». Y añade: «Desde mi punto de vista de entonces tan medieval era Aranguren como Todolí, sólo que Todolí sabía más.»

Es cierto que Todolí sabía más ética, aunque ello no le sirvió porque lo que se buscaba en aquella oposición no era, realmente, un catedrático de esa asignatura que sucediera con dignidad a García Morente, sino introducir en la Universidad una cuña aperturista, en línea con lo que se pudiera llamar pensamiento falangista liberal que dominaba entonces el Ministerio de Educación. Discípulo de D'Ors, orteguiano dentro de un orden, colaborador de Arriba, católico con inquietudes, con múltiples lecturas y espíritu abierto, Aranguren era entonces un buen candidato para desempeñar la misión de introductor de novedades desde cualquier cátedra. Se eligió para él la de Etica porque era la disponible, pero la tarea que «el grupo falangista universitario» le quería atribuir hubiera podido desempeñarla también desde una cátedra de Metafísica.

En el fondo hay que reconocer que en todas las universidades hace falta algún profesor no metódico, con vocación de promover la curiosidad intelectual sin ceñirse demasiado a las exigencias de las normas reglamentarias, más preocupado por crear impulsos que por transmitir conocimientos metódicamente articulados.

Para esa tarea el señor Aranguren estaba perfectamente dotado. Algo de esto venía a decir ayer en El País Javier Muguerza:

«Somos un club abierto, no una secta,» afirma Javier Muguerza, primer director del Instituto de Filosofía del CSIC y actual catedrático de Filosofía del Derecho en la UNED, al referirse a los discípulos del filósofo desaparecido. «Discípulos en el sentido orteguiano, sí; pero no administradores. Aranguren no quería discípulos, era más bien un excitador de conciencias y era tan versátil que si te descuidabas te desbordaba por la izquierda,» relata Muguerza. «Predicaba la infidelidad en el aspecto de ser fiel a uno mismo y a su tiempo, que es cambiante,» agrega. «Por eso entre nosotros nunca hubo tentación de matar al padre.»

En las oposiciones que presenció Gustavo Bueno cuando era joven, sin embargo, Aranguren representaba cierta intención aperturista dentro de la ortodoxia del sistema.

Rodríguez-Puértolas, en su Literatura fascista española, cita un artículo publicado por Aranguren en Arriba, en 1947, al cual pertenece este párrafo:

«¿Hay acaso un hombre menos libre que el demócrata? Está sometido (generalmente, sin tener conciencia de ello y de ahí la suma irrisión) a los tiránicos caprichos de mil poderes, no por anónimos menos absolutos la opinión pública, la prensa, la radio, los partidos políticos, los trusts económicos, los usos, los slogans, las sugestiones de la propaganda... Tiranías específicas de la democracia, a las que deben ser agregadas las genéricas de la vida moderna.»

Ese era todavía en 1955 el modo de entender la política del «grupo falangista universitario». La ruptura vendría después. La oposición que contempló Bueno estaba inserta en la lucha entre católicos reaccionarios y católicos aperturistas, o entre los del Opus y los liberal falangistas, pero no en una dialéctica de resistencia y conspiración.

En la cobertura de los huecos dejados en el escalafón de catedráticos después de la guerra civil, hubo dos etapas. En la primera, con múltiples vacantes, el mérito principal era la camisa azul o el historial de ex-combatiente, que pesaban más que las publicaciones. En la segunda etapa, a la cual ya se había llegado en el 55, la batalla era, como quien dice, entre reacción y renovación, dentro de un orden, y de las limitaciones tácita o explícitamente establecidas por el sistema. El único para quien obtener una cátedra resultaba imposible, por su orteguismo puro y duro, y por haber eserito en el Abc incautado de la contienda, era Julián Marías, que ahí sigue, veterano de la marginalidad. No sé si será santo merecedor de devoción para don Gustavo Bueno, pero algo habrá que hacer para subrayar la coherencia de su larga trayectoria.

En cuanto a Aranguren, sería tan absurdo negar su legado, es decir, su ejecutoria de sembrador de inquietudes, como ponerle a la altura de Sócrates, de Spinoza o de Kant. Un catedrático para cumplir bien con su misión no necesita volar tan alto.

Bueno es el filósofo sistemático; Aranguren era, como quien dice, la anarquía. Uno comprende las distancias que los separan.

{El Comercio, Gijón 22 abril 1996, página 3}

 

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