La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo octavo
Discurso XIII

La ociosidad desterrada, y la milicia socorrida


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§. I

1. En el Discurso pasado ofrecí mostrar en éste, que puede España subvenir a la Milicia con suficiente número de Guerreros, sin desterrar la cultura de los campos. Llega el caso de cumplir lo ofrecido.

2. A todo el mundo, a todos los Reinos convendría mucho que los Labradores gozasen una perfecta exención de los males de la guerra; esto es, que no sólo sirviesen en la Milicia, mas que tampoco se ejerciese hostilidad alguna, ni contra sus personas, ni contra sus casas, ni contra sus haciendas. Parece que propongo una idea Platónica. Sin embargo, tengo por fácil la ejecución. Ciñamos la idea a la Europa, y Reinos confinantes. Como los Príncipes quieran establecer esto, con un pacto recíproco está hecho. ¿Y hay mucha dificultad en que quieran? No la hallo, porque todos son interesados en el establecimiento de esta ley, y en su observancia. La abundancia de los frutos de la tierra constituye la principal felicidad de un Estado, y esta felicidad es sumamente menoscabada con la guerra en la forma que [428] practica; siendo ordinarísimo alentar la Soldadesca en País enemigo, talar los campos, ahuyentar los Labradores, y aún tal vez entregar al fuego sus habitaciones. ¡Oh, cuánto se quitaría de funesto a la guerra! ¡Oh, cuánto más benigno sería Marte, si entre los Príncipes se capitulase conceder inmunidad de sus furores a los Labradores, y a sus haciendas! No se seguiría, como se sigue muchas veces, a la guerra la hambre, efecto peor que su causa, e hija más cruel que su madre.

3. Pero acaso no tendrá este proyecto ejemplar alguno; y lo que, siendo conveniencia común, nunca se ha hecho, es de presumir que sea imposible hacerse, por más que la apariencia lo represente factible. ¿Cómo es creíble, se me dirá, que siendo comodidad recíproca, algunos Príncipes no hubiesen hecho esta convención, si la práctica no tuviese algunas dificultades insuperables? Digo, que la objeción sería fuerte, si el supuesto no fuese falso. En efecto la idea que propongo no carece de ejemplar. Celio Rodiginio nos dice, que entre los Indios se observaba religiosamente esta inmunidad de los Labradores: de modo, que en el mismo País donde ardía el furor de la guerra, los rústicos, quieta, y pacíficamente, sin el menor susto de que llegase a ellos alguna centella de aquel fuego, cultivaban los campos: Apud Indos Agricolae ita sunt a caeteris feriati, ut inter congredientes acies, volantia tela, armorum strepitum, nihilomninus omnis expertes curae, iniucta sibi munia obeant, nec laccessantur vel minimo. ¡Oh, cómo en muchas cosas hemos visto, que algunos de los que tenemos por bárbaros, son más advertidos, y considerados, que nosotros!

4. No puede negarse, que en estos siglos la guerra se ha humanizado mucho, y depuesto gran parte de la fiereza con que se ejercía en otros tiempos. ¿Quién prohibe, que a la equidad con que hoy se hace la guerra, se añada esta importantísima mitigación de su cólera? ¿Cuánto convendría al linaje humano, que se agregase [429] este capítulo más, como perteneciente al Derecho de las Gentes! Pero magna petis Phaeton, & quae non viribus istis numera conveniunt. Dejemos tan alto asunto, y ciñámonos a ver, si podemos procurar más limitado alivio de los trabajos de la guerra a los Labradores de nuestra España; esto es, la exención de servir en la Milicia.


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§. II

5. Cierto es, que si la Tropa, que puede sustentar este Reino, y ha menester para su defensa, se pudiere completar de gente inútil a la República, sin tocar en los Labradores, cuyo trabajo en los campos es inexcusable, debiera hacerse así. ¿Y hay tanta gente inútil en España, que baste para completar la Tropa? Y aún ha de sobrar una buena parte.

6. Por gente inútil cuento en primer lugar los ociosos. ¿Qué digo inútil? Y aún perniciosa. Quien limpiase la tierra de ociosos, haría un gran servicio, no sólo a la tierra, mas aún al Cielo. En ninguna clase de hombres domina tanto el vicio, como en estos. Es la ociosidad escuela, o maestra de la malicia, dice el Espíritu Santo: Multam enim malitiam docuit otiositas {(a): Eclesiastic. cap. 33.}. Casi todos los ladrones, y la mayor parte de los incontinentes se hacen de los ociosos. Para que Egipto fuese adúltero, dice discretamente Ovidio, no era menester más causa que vivir entregado al ocio.

Quaeritur Aegystus quare sit factus adulter:
In promptu causa est: desidiosus erat.

7. Es advertencia del Chrisóstomo, que al hombre ocioso sucede lo mismo, que a la tierra no trabajada; la cual, incapaz de dar buenos frutos, sólo produce malas hierbas. Una razón filosófica me persuade fuertemente, que es preciso suceda así. Es cierto, que en reprimir las [430] pasiones propias se experimenta alguna, y no leve fatiga. Los ociosos por vicio, y por genio huyen de toda fatiga, pues por eso se dan al ocio: luego no ponen cuidado alguno en reprimir sus pasiones: luego todos los de este carácter son viciosos. Es tan clara esta consecuencia, como la primera. No hay hombre sin pasiones viciosas: unos las padecen más fuertes, otros más tibias: unos en orden a estos objetos, otros en orden a aquéllos. Pero todos tienen algunas. Aquél, pues, que no reprime sus pasiones, y se deja arrastrar de ellas a los actos viciosos a que inclinan, por consiguiente es pecador habitual en las materias de ellas.

8. Límpiense, pues, de esta basura los Pueblos: hágase con ella lo que con las inmundicias, que se vierten en las calles, que en ellas apestan, y sacadas al campo sirven: en la Ciudad son perniciosas, y fuera de ella fructíferas. Salga, digo, esa canalla de la calle a la campaña. ¡Oh, cuántos insultos se excusarán en los poblados, reclutando con ellos los Regimientos! Aún cuando sean víctimas del enemigo acero, gana mucho en perderlos la República.


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§. III

9. Supongo, que es inevitable la necesidad de mantener Tropas en el Reino, aun en tiempo de paz, y así siempre habrá en que ocupar esta gente. Mas ni aun dado caso, que faltase esta ocupación, o que sobrase gente para ella, se había de consentir su ociosidad. Nunca faltaría en que hacerlos trabajar, ya labrando territorios incultos, ya componiendo caminos, ya sirviendo a la construcción de puentes, u otros edificios públicos, ya plantando arboledas, ya persiguiendo, y matando fieras adonde las hay, &c. No sólo se lograría con esta providencia el beneficio de muchas obras útiles al común, mas aún otro mayor, que es purgarse la República de muchos tramposos, y ladrones, pues es innegable, que muchos de los paseantes de calles, que no [431] tienen tierras, ni rentas, ni oficio, sólo pueden vivir de trampas, o hurtos.

10. En el Tomo V, Discurs. I, Paradoja VIII, dejo escrito, que hubo Repúblicas donde tomaba razón el Magistrado de los fondos, que tenía cada uno para sustentarse. Si esto se hiciese en todos los Pueblos de España, yo sé que se descubrieran los autores de muchos grandes robos, que para siempre quedan ocultos. Esto se conseguiría, poniendo en prisión, como bastantemente indiciados del crimen de latrocinio, de estafa, o trampa (que todo coincide) a todos aquellos, que se hallase portarse, y sustentarse bien, sin tener oficio, ni beneficio, o cuyo porte, y sustento exceda mucho el producto del oficio, o beneficio; y hecho esto, procediendo a una exacta pesquisa de su vida, y milagros, con reconocimiento de su patria, de los parajes donde han vivido, en qué tiempo cada uno, de qué vivió allí, &c. ¡Oh cuántos misterios de iniquidad se revelarían a la luz de estas averiguaciones! A muchos no se descubrirían trampas, o hurtos; pero sí lo que es peor que uno, y otro; esto es, execrables ventas de cuerpo, y honra de la hija, de la hermana, y aún de la mujer propia.

11. Una especie de ociosos hay, cuya holgazanería podrían, como me creyesen a mí, remediar los particulares, sin mezclarse en ello el Magistrado. Hablo de los mendigos capaces de trabajar. En el Tomo, y Discurso citado poco ha, Paradoja IX, propongo el arbitrio, que es negarles todo el mundo la limosna; con eso se verán precisados a trabajar, y buscar con su sudor la comida. A Dios sería grata, y a la República utilísima esta denegación de socorro, como pruebo en el lugar citado.


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§. IV

12. Cuento en segundo lugar por gente inútil una gran multitud de Oficiales, sin cuyo trabajo podría pasar muy bien la República. Estos son de dos géneros. Unos, cuya ocupación absolutamente, como [432] hoy están las cosas, es excusada, y está de sobra. Otros, que aunque hoy no son superfluos, se puede fácilmente tomar providencia para que lo sean, y por consiguiente se puedan aplicar a la Milicia.

13. Los primeros son los Oficiales de Justicia. Tengo, para mí por cierto, que de los Escribanos, Recetores, Procuradores, Notarios, y Ministriles, sobran más de la mitad de los que hay. Y si he de hacer, en orden a toda España el cálculo por lo que pasa en el País que habito, diré, que de Escribanos sobran de tres partes las dos.

14. La multitud de esta gente, no sólo es inútil, mas aún perniciosa en los Pueblos; porque, como respecto de tantos, no puede haber ocupación bastante para sustentarlos, procediendo justa, y legalmente, a muchos induce la necesidad a cometer mil infamias. ¡Cuántos cohechos, cuántas estafas, cuántos pleitos injustos, cuántas falsedades, cuántas usurpaciones se cometen por este motivo! Un Escribano, que tiene poco que hacer, es un complejo de las tres furias para el Partido, o Pueblo donde vive. Teje enredos, vierte chismes, suscita discordias, mueve pleitos, promueve los que están movidos, sugiere trampas, oculta unos delitos, agrava, o minora otros. Así pasa, y no puede pasar de otro modo. En un País tan corto, como es éste del Principado de Asturias, hay doscientos y sesenta y cinco Escribanos. Creo que sobran los doscientos, y bastarían los sesenta y cinco. Si en las demás tierras hay a proporción la misma sobra de Escribanos, del número de Individuos, que se cortase a este Oficio, se podrían formar algunos Regimientos; y añadidas las sobras de otros Oficios de Justicia, ya tendríamos un competente pie de Ejército.


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§. V

15. Pero la gruesa mayor con grande exceso, se ha de considerar en la sobra de Oficiales mecánicos. No hago el cómputo por la sobra, que actualmente hay, sino por la que, mediante una fácil providencia [433], puede haber. Es cierto, que hay algunos más de los necesarios; porque veo, y oigo de no pocos, que pasan míseramente por faltarles que trabajar. Mas este número es cortísimo, respecto del que se puede ahorrar, usando de la que llamo fácil providencia. ¿Mas cuál es ésta? La que propuse en el Tomo VI, Disc. I, Paradoja II, cuyo asunto es el cercén de días festivos.

16. Para ver el producto de gente, que puede resultar de esta providencia, pongamos que se quiten veinte días festivos de tantos como hay en el discurso del año; con que otros tantos se añaden de trabajo, que viene a ser la diez y ochena parte del año. A proporción que se añaden días de trabajo, se rebaja el número de Oficiales necesarios, porque cada Oficial podrá trabajar entonces una diez y ochena parte más de lo que trabaja ahora. Con que si hay un millón de Oficiales mecánicos en España (que me parece es lo menos que se debe computar), se puede excusar de estos una diez y ochenta parte: luego quedan más de cincuenta mil para la guerra.

17. Puede ser que tal vez no bastase, aunque es harto difícil, la gente extraída de los oficios de Justicia, y mecánicos, aún junta con los ociosos, que no tienen oficio alguno, por necesitarse en una, u otra ocurrencia mayor número de guerreros. Mas en ese caso, tomada la providencia, que hemos dicho del ahorro de días festivos, sin inconveniente se podía suplir el resto de la gente del campo. La razón es, porque con la adición de los veinte días de trabajo, el mismo número de Labradores haría mucho más labor (esto es, una diez y ochena parte más, o casi) que hacía hasta ahora: con que la Agricultura será más bien servida, que hoy lo es: no sólo por quedarle más días de trabajo, mas también por dejársele mayor número de operarios; pues aunque en el caso propuesto se sacase d aquel gremio alguna gente, no tanta, ni aún la mitad de la que hoy se extrae; siendo cierto, que ahora casi toda la Soldadesca se forma de hijos de Labradores: A que se añade, que [434] esta extracción, sobre ser de corto número, sólo tendría lugar en uno, u otro caso muy raro.


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§. VI

18. Yo no sé qué esperanza me puedo formar de que esta representación mía produzca el efecto que deseo. Si los que pueden influir en la ejecución no atienden más que a la autoridad del que la hace, nada puedo esperar. Si consideran, como es creíble de su celo, y capacidad, la utilidad de la propuesta, separada, o abstraída de la pequeñez del Autor, debo esperar mucho.

19. Es fuera de toda duda, que la minoración de días festivos es importantísima, no sólo al provecho temporal, mas aún al espiritual de los Pueblos. Por el primer capítulo capítulo han procurado persuadirla algunos grandes Políticos Españoles, como Don Diego de Saavedra en la empresa 71; Don Gerónimo Ustariz, en su Theorica, y Práctica de Comercio, y de Marina, cap. 107; y Don Pedro Fernández Navarrete en el libro intitulado: Conservación de Monarquías, disc. 13. Por el segundo rebajaron el número de días festivos en diferentes tiempos el Papa Urbano VIII para toda la Cristiandad; y respectivamente a sus Provincias, el Concilio de Treveris, celebrado el año de 1549, el de Cambray, año de 1565, el de Burdeos el de 1583, y el Cardenal Camppegio, como Legado de su Santidad el año de 1524, para toda Alemania.

20. Que se atropelle la conciencia por la conveniencia, el alma por el cuerpo, y el bien espiritual por el temporal, es lo que pasa ordinariamente en el mundo; y aunque es una irracionalísima barbarie, por ser tan común, no se admira. Pero que no se ponga remedio en lo que perjudica justamente al alma, y al cuerpo, es digno de admiración. Tal es el asunto en que estamos. La multitud de días festivos nadie duda que es nociva a la utilidad temporal de los Reinos; ni nadie puede dudar tampoco, que es perniciosa al bien espiritual de las almas. [435] Véase lo que a este intento hemos escrito en el Tomo VI, Dis. I, num. 12, o por mejor decir véase lo que pasa en todos los Pueblos, en orden a la observancia, y culto de los días festivos. Dios manda santificar las Fiestas; pero comunmente, en vez de santificarse, se profanan. Son poquísimos, mejor diré es rarísimo, el que contempla los días festivos, como dedicados al Culto Divino: casi todos los miran como determinados al regocijo licencioso. ¿Qué parte tiene Dios en el baile, en la merienda, en la conversación libre, especialmente si en la conversación, en la merienda, y en el baile concurren, como es ordinario, individuos de uno, y otro sexo? Aún si no pasase más adelante en el año, sería tolerable. ¡Pero hay Dios! ¡cuán ordinario es formarse en estas juntas proyectos facinerosos, que ni aún a la imaginación habían ocurrido en los días de trabajo!


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§. VII

21. Este asunto está tan enlazado con el Discurso antecedente, que el recurso deprecatorio a mi Eminentísimo Mecenas, que hice en aquel, se debe entender extendido a éste. ¿Y quién, ni con más oportunidad, ni con más acierto puede tantear, y proponer al Monarca el justo temperamento, que en esta materia se puede, y debe solicitar de su Santidad? Los Ministros puramente seculares, cuando a los intereses políticos se atraviesan algunos respectos de la línea Eclesiástica, por lo común inciden en uno de dos extremos: u obran demasiadamente resueltos, o se detienen nimiamente tímidos. No hay duda, que es mucho peor lo primero; mas también tiene grandes inconvenientes lo segundo, aunque confieso que nace este temor de cierto fondo de piedad, y Religión. Un Ministro lego, de delicada conciencia, y no de la más alta comprensión, en la simple propuesta de solicitar por medios legítimos la moderación (aunque muy importante al Estado) de todo lo que tiene, o realidad, o sonido de espiritual, contempla [436] la sacrílega osadía de tocar con mano profana lo más sagrado del santuario. Un Ministro Eclesiástico, que por su doctrina, y talento sabe perfectamente discernir lo que es de Dios, y lo que es del Cesar, no está sujeto a estos melindres; y así puede sin miedo, y aún haciendo mérito para con Dios, y con el Cesar, cortar por uno, o por otro, hasta poner en el debido punto la harmonía, que debe haber entre lo espiritual, y temporal de un Reino.

22. He dicho haciendo mérito para con Dios, y con el Cesar, sin que haya el más leve motivo para mirar esto como Paradoja. Dios es servido muchas veces, en que se excusen algunas acciones, que absolutamente, y prescindiendo de determinadas circunstancias, son de su servicio; porque ejecutadas en tales, y tales circunstancias, practicadas de tal, o tal modo, o inducen inconvenientes, que preponderan a la bondad de ellas, o son impeditivas de mayor bien, o de bien más debido. No faltará quien exclame: ¡Jesús! ¿Cercenar los días de fiesta? ¿Quitar a los Santos este culto? ¿Y esto lo propone un Religioso? Sí: un Religioso lo propone; y lo propone asegurado con toda evidencia de que es acepto a Dios el celo con que lo hace: y lo propone despreciando esas exclamaciones como melindres de una piedad mal entendida. El gobierno espiritual, y temporal de un Reino debe seguir las reglas de una virtud varonil, y sólida, no ceñirse a máximas de beaterío. Una beata (determinado el significado de esta voz a unas mujercillas, o ya de devoción indiscreta, o ya de virtud sólo aparente), que constituye toda la bienaventuranza en rezar; y aún los días feriales se está en la Iglesia una buena parte del día: ¡Oh, qué ocupación tan santa! No, sino maldita, si lo que deja de trabajar para su sustento, se ha de compensar después con pedir prestado lo que nunca pagará: no, sino maldita, si, como sucede muchas veces, la madre está hambreando por la ociosidad de la hija; e hiciera muy bien la madre, si fuese [437] a la Iglesia, y trajese, arrastrada por los cabellos a la hija, para ponerla la rueca en la cinta, aunque se escandalizasen las demás beatas del Pueblo. Tal es la virtud de una beata simple; y tal es la de muchos devotos indiscretos, que, por una obra de supererogación, atropellan muchas veces las más inviolables obligaciones.

23. Y si aún tales ocupaciones en la Iglesia pueden tener tal vez tan malas resultas, claro está, que no podrán dejar de ser pésimas las que se seguirán a una ociosidad ocupada en el teatro, no sólo los días de trabajo, sino mucho más los días festivos. Así, en prosecución de lo que dejamos dicho en el num. 80 del Discurso XI. de este Tomo, encargo, especialmente a los padres, y madres de familias, retiren a sus hijas jóvenes de la comedia. No por experiencia, ni por noticia positiva, sino por discurso conjetural, tengo hecho el concepto de que a las mujeres en el tiempo de la juventud, especialmente si son algo presumidillas, hacen notable impresión aquellos cultos, y rendimientos con que en el teatro lisonjean los galanes a las damas: una impresión, digo, muy capaz de ejercitar en ellas deseos de gozar como realidad, lo que en las tablas es representación. Me inclino bastantemente a que, respecto d muchas de esta edad, y carácter se podrá guardar de ocasión próxima la comedia.

24. Aún cuando la multitud de días festivos no produjese en lo espiritual algún inconveniente sólo por el daño temporal, que ocasiona, sería justo solicitar su rebaja. ¿Justo dije? Y aún debido, me atrevo añadir. La razón es clara. Siempre que por medios lícitos se puede socorrer alguna necesidad grave del prójimo, la ley de la caridad nos obliga a hacerlo. Apliquemos esta máxima, que es indubitable, al asunto. Nadie ignora que es grande la pobreza de España; y las necesidades, que padecen innumerables individuos, graves, y gravísimas. Es cierto también, que aumentando los días de trabajo, o minorando los festivos, que es lo mismo, se [438] remediarían muchas de estas necesidades, porque las tierras producirían más frutos, y las Artes mecánicas más obras. El minorar de los días festivos con autoridad legítima (esto es la Pontificia) o solicitar, que por medio de esa autoridad se minoren, es lícito: luego la ley de la caridad obliga a solicitar por ese medio la rebaja de ellos.

25. Pero fuera del perjuicio temporal, son muchos los daños espirituales, que ocasiona la multitud de los días festivos, no sólo por el licencioso modo de vivir, que comúnmente se estila en esos días, como ya tenemos ponderado en este Discurso, y en el primero del Tom. VI, mas también por los muchos pecados, que en innumerables pobres ocasiona la necesidad. Ambos extremos, la copia, y la inopia de bienes temporales, la riqueza, y la mendicidad, son incitativos al vicio. Advertido de esta verdad el sapientísimo Salomón, le pedía a Dios le librase de estos dos extremos, como de dos escollos de la virtud: No me hagas, le decía, ni mendigo, ni rico; sí sólo dame lo preciso para mi sustento. Señala luego los riesgos de uno, y otro: en la riqueza el de ensobervecerse, y faltar a la sumisión debida a la Deidad: Ne forte satiatus illiciar ad negandum, & dicam: ¿Quis est Dominus? En la mendicidad el hurtar, y jurar falso: Aut necessitate compulsus furer, & periurem nomen Dei mei. Es así, dice, Cornelio Alapide sobre este lugar, que los mendigos, sobre ser muy inclinados al robo, a cada paso juran, y perjuran: Hinc videmus pauperes, & mendicos furaces tertio quoque verbo jurare, & saepe perjurare. Juvenal sienta, que es en los pobres tan frecuente el jurar falso, que se cree desprecian a los Dioses.

.... Iuret licet, & Samothracum,
Et nostrorum aras, contemnere fulmina pauper
Creditur atque Deos.

Estos vicios son comunes a los pobres de uno, y otro sexo [439]. En las mujeres se agrega el de la lascivia.

26. De aquí se excita una reflexión importantísima a favor de los limosneros; y es, que la limosna es, no sólo subsidio temporal, mas también espiritual: socorre al cuerpo, y juntamente al alma; y si es meritoria por lo primero, mucho más por lo segundo. ¡Qué acción tan grata al Altísimo dar nutrimiento al pobre, y al mismo tiempo quitarle un grande incentivo para el vicio! Tal vez sucederá (y aún sucederá muchas veces) darse una limosna a tiempo, que evite la condenación eterna de un alma, excusándole cometer un pecado, por el cual Dios determinase precipitarla al abismo. ¡Oh, ricos! ¡Cuánto bien podéis hacer a los pobres, y a vosotros mismos! Dichosos vosotros, si sois limosneros. Desdichados vosotros, si no lo sois.

O.S.C.S.R.E.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo octavo (1739). Texto tomado de la edición de Madrid 1779 (por D. Pedro Marí, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo octavo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 427-439.}


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