La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo séptimo
Discurso sexto

Purgatorio de San Patricio


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§. I

1. Dios, no sólo quiere en los hombres Religión verdadera, sino pura; y con tal pureza, que excluya, no sólo errores perniciosos, mas también fábulas inútiles, o noticias inciertas. Aquellos la destruyen; éstas la afean. El grano del Evangelio no presta nutrimento seguro, sino separado de la paja. Paja llamo a las relaciones de revelaciones, y milagros, que carecen de fundamento sólido; y aunque vulgarmente se crea, que éstas alimentan en algún modo la piedad, digo, que ése es un alimento vicioso, sujeto a muchos inconvenientes, que hemos ponderados en otros lugares. La doctrina celestial por sí misma sola tiene todo el influjo, que es menester para conducirnos a la Patria. Todo lo que se le sobreañade es superfluo; y las superfluidades, no menos que en el humano, son nocivas en el cuerpo místico.

2. La Iglesia, que en todo lo que propone a la creencia de los fieles, siempre ha seguido esta máxima, tratando en el Concilio Tridentino del dogma del Purgatorio, precisamente define, que le hay, y que las almas detenidas en él son auxiliadas con los sufragios de los fieles, principalmente con el santo sacrificio de la Misa. Esta doctrina pura ordena a los Señores Obispos cuiden de que se enseñe, y predique a sus ovejas, mandándoles al mismo tiempo, que no permitan se mezcle con ella cosa alguna incierta, o que tenga alguna apariencia de falsa: Incerta item, vel [154] quae specie falsi laborant, evulgari, ac tractati non permittant.

3. Este motivo bastaba para examinar, qué verdad tiene la vulgarísima historia del Purgatorio de S. Patricio. Pero otro más alto, y más importante me anima; y es, que en esta historia anda envuelto un error directamente opuesto a la doctrina, que sobre cierto punto tiene recibida la Iglesia Católica.


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§. II

4. En el Condado de Dongall, que hace parte de la Ultonia, Provincia Septentrional de Irlanda, sobre el célebre lago Earne, o Erno, hay otro pequeño lago, formado por el río Liffer, hoy llamado Derg, poco después de su nacimiento. En este lago hay algunas Isletas, y entre ellas una a quien los Irlandeses llaman Ellanu' Frudagory, esto es, Isla del Purgatorio, por estar en ella la famosa Cueva, a quien se dio el nombre de Purgatorio de S. Patricio.

5. Aunque si se atiende al número de Autores, que refieren la historia del Purgatorio de S. Patricio, y en parte a la calidad, pueda reputarse el suceso, o verdadero, o a lo menos bastantemente probable; la oposición, que hay entre ellos, en cuanto a las circunstancias, es tan grande, que da no leve motivo para creer que la historia es fabulosa, o que por lo menos se mezcló mucho de fábula en la historia. Esto es lo que vamos a notar, apuntando al mismo tiempo todo lo demás que nos pareciere que autoriza la historia, o que la redarguye de suposición; para que visto todo, pueda el lector formar un juicio cabal.


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§. III

6. Entre los Autores, a quienes debemos la noticia del Purgatorio de S. Patricio, el más conocido, el más acreditado, el más ilustre es Mateo de París, Monje Benedictino Inglés, que floreció a la mitad del siglo trece, y escribió la historia de Inglaterra desde el principio del [155] mundo hasta el año de 1259, en que murió, o a lo más en el siguiente. Bien que algunos creen, que sólo es obra suya desde Guillermo el Conquistador; y en efecto esta parte anda separada de la otra. Fue Mateo de París uno de los mayores hombres, que produjo Inglaterra, y uno de aquellos pocos, a quienes la naturaleza hizo capaces de mucho. Era Teólogo, Matemático, Historiador, Orador, Poeta, Pintor, Arquitecto, y sobre todo hombre de eminente virtud, y generoso celo; lo que se hace palpable en sus vehementes Declamaciones contra la corrupción de la Corte Anglicana, sin distinción de personas; lo que no estorbó (¡tan poderoso era el atractivo de sus excelentes dotes!) el que fuese muy querido del Rey Enrico III de Inglaterra, y de los primeros Próceres del Reino. Es verdad que por otra parte se le notan terribles invectivas contra la Corte de Roma; lo que hizo decir al Cardenal Baronio, que exceptuando esta mancha, se puede decir, que su historia es un Comentario de oro.

7. Este Autor al año de 1153, con ocasión de la entrada de un Soldado en la Cueva de S. Patricio, refiere el origen, e historia de su Purgatorio en la forma siguiente: «Predicando el gran Patricio en Irlanda el Evangelio, donde se hizo ilustre con los muchos milagros, que Dios obraba por su intercesión, procuraba convertir los bestiales hombres de aquella Región con el terror de las penas del Infierno, y con la esperanza de los gozos del Paraíso. Pero ellos resueltamente le decían, que no se habían de convertir a Cristo, si ocularmente no les mostrase aquellas penas, y aquellos gozos, y él les prometió uno, y otro. Por lo que, aplicándose el Santo con fervorosísimas oraciones, vigilias, y ayunos a solicitar de Dios este favor; apareciéndosele Cristo, Señor nuestro, le condujo a un lugar desierto; y mostrándole allí una Cueva redonda, obscura, le dijo: Cualquiera que, verdaderamente arrepentido, y constante en la Fe, entrare en esta Cueva, y estuviere en ella por espacio de un día, y una noche, saldrá purgado de todos los pecados con que [156] haya ofendido a Dios en el discurso de su vida: y el que entrare en ella, no sólo verá los tormentos, que padecen los malos; mas también, si perseverare en el amor de Dios, las dichas, que gozan los bienaventurados. Desapareciéndose luego el Señor, S. Patricio alegre por la aparición de Cristo, y por el descubrimiento de la Cueva, esperaba convertir el miserable Pueblo de Irlanda a la Fe; y edificando al punto en aquel lugar un Oratorio, cercó la Cueva, que está en el Cementerio delante de la frente de la Iglesia, y la cerró con puerta, para que nadie entrase en ella sin su licencia. Introdujo en aquel lugar Canónicos Reglares, y al Prior entregó la llave de la Cueva; ordenando, que ninguno pudiese entrar en el Purgatorio, sin obtener licencia del Obispo de aquella Diócesis; la cual el que la obtuviese, llevando carta suya para el Prior, e instruido por él, entrase en el Purgatorio. Muchos en tiempo de S. Patricio entraron en el Purgatorio, los cuales volviendo, testificaron, que habían padecido graves tormentos, y visto grandes, e inefables gozos.» Hasta aquí Mateo de París, el cual inmediatamente prosigue refiriendo el maravilloso suceso de un Soldado llamado Oeno, que en el año de 1153 entró en aquel Purgatorio.


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§. IV

8. He anticipado a esta relación los merecidos elogios del Autor de ella, porque se vea que no disimulo lo que puede dar peso a su testimonio. Pero también es cierto, que si hallamos fundamentos sólidos para que en esta materia no nos haga fuerza la autoridad de Mateo de París, hay lo más hecho para dudar de la verdad del Purgatorio de S. Patricio, por ser el crédito de tan grave Autor el más firme apoyo, que sostiene la historia de dicho Purgatorio. Yo creo haber hallado motivos suficientes, para no dejarme arrastrar sobre este asunto de la autoridad de Mateo de París. Mas para manifestarlos, es preciso proponer primero en compendio el suceso del Soldado Oeno, [157] que refiere el mismo Autor; que aunque anda vulgarizado en una Comedia de nuestro discretísimo, y agudísimo Cómico D. Pedro Calderón de la Barca, intitulada: El Purgatorio de S. Patricio, este Autor usó de la licencia poética, alterándole en una, u otra circunstancia, como también desfiguró algo el nombre del Soldado. En compendio, digo, le pondré, porque la relación de Mateo de París es muy prolija.

9. Este Soldado, que había militado muchos años bajo las banderas de Esteban, Rey de Inglaterra, y cometido innumerables atrocísimos delitos, volviendo a Irlanda, patria suya, por ver a sus padres, y deteniéndose algún tiempo en aquel Reino, empezó a hacer seria reflexión sobre su flagiciosísima vida, y sentir eficaces deseos de la enmienda. Con este motivo fue a confesarse con el Obispo (parece era de la Diócesis donde estaba comprehendida la Cueva), el cual, después de reprehenderle severísimamente, le quiso imponer penitencia saludable, y oportuna; pero el Soldado, que ya estaba penetrado de dolor, ocurrió diciendo, que así como era deudor de mucha mayor penitencia, así quería padecer la más grave, que puede haber en el mundo, para cuyo efecto se resolvía a entrar en la Cueva de San Patricio. Procuró el Obispo disuadirle de tan ardua empresa; mas al fin, vencido de sus porfiados ruegos, le dio carta para el Prior de los Canónigos Reglares, que tenía la intendencia de la Cueva. Este le admitió, y detuvo quince días ocupado en oraciones, y otros devotos ejercicios. Pasados los quince días, le dio la sagrada comunión; llevándole luego a la entrada de la Cueva, le roció con agua bendita. Abrió la puerta, y le introdujo: lo cual hecho, volvió a cerrar la puerta. Empezó Oeno a caminar por la Cueva hasta meterse en una gran obscuridad. Prosiguió constante; y volviendo a lograr algo de luz, se halló en un dilatado campo, donde le salieron al encuentro quince varones vestidos de blanco, de los cuales el uno, confortándole en su buen propósito, le previno, que luego que él, y sus compañeros [158] se apartasen de allí, se vería en poder de los demonios, los cuales con amenazas, y tormentos procurarían moverle a que retrocediendo saliese de la Cueva; pero que si quisiese ejecutarlo, en poder de los demonios quedaría para siempre: así toda su dicha consistía en proseguir, por más espantos que viese, o tormentos padeciese. Instruyóle en que, al verse en cualquier angustia, invocase el nombre de Cristo, con lo cual saldría de ella. Con esto se despidieron de él los quince varones, y a breve rato se vio cercado de demonios, que al principio tentaron con halagos, mezclados con amenazas, a persuadirle que se volviese. Viéndole constante, sucesivamente le fueron conduciendo por varios sitios, donde estaban padeciendo horribles, y varios tormentos innumerables hombres, y mujeres: voraces llamas, cruelísimos azotes, garfios ardientes, que despedazaban los cuerpos, serpientes, dragones, sapos que roían las entrañas, y otras penas semejantes, fue cuanto presentaron a su vista, y que en parte le hicieron padecer, aunque muy transitoriamente; porque Oeno, aprovechándose de la instrucción, a cada nueva especie de tormento que le daban, invocando el nombre de Cristo, se libraba luego de él. Al fin, después de pasar por indecibles angustias, llegó a la mayor de todas, que fue el tránsito de un puente larguísimo, altísimo, estrechísimo, y sobre esto sumamente resbaladizo, colocado sobre un anchuroso profundo río de azufre, y plomo derretido, cuyos peces eran serpientes, y dragones, y cuyos vapores eran hediondas espesas nieblas. Añadíase para complemento del terror gran multitud de demonios, que sobre las sulfúreas ondas le esperaban con arpones encendidos, para disparárselos, luego que le viesen sobre el puente. Este tránsito era inevitable, si no se resolvía a volver a la puerta de la Cueva, a lo cual le convidaban amigable, pero dolosamente los demonios. Mas Oeno, puesto el corazón en Dios, y la lengua en el dulcísimo nombre de Jesús, se arrojó a pasar el puente. Movíase al principio con tímidos, y perezosos pasos. Los aullidos, que [159] desde el río daban los demonios, para atronarle, eran tan espantosos, que parecía hundirse la máquina del Orbe. Veía volar por el aire, llegando casi a tocar su cuerpo, gran multitud de encendidos arpones, y garfios. Mas viendo que el puente, al paso que se iba avanzando en él, se iba ensanchando más, y más, cobrando más ánimo, fue prosiguiendo hasta colocarse felizmente en la opuesta imagen.

10. Aquí se mudó enteramente el teatro. Desapareciéronse horrores, tormentos, y demonios; y en su lugar sucedió una bien ordenada procesión de devotísima gente de todos estados, bellamente adornada. Traían en las manos ricas cruces, preciosos estandartes, y ramos de oro; y saliendo al encuentro a Oeno, después de repetidos parabienes de su santa resolución, y el feliz éxito de ella, le condujeron a un sitio de incomparable amenidad, y hermosura.

Devenere locos laetos, & amoena vireta
Fortunatorum nemorum, sedesque beatas.

11. No me detengo en la pintura del sitio, por pasar a lo que principalmente hace a mi propósito; y es, que los felices habitadores de aquella amenidad le dijeron a Oeno, que la región de tormentos, por donde había pasado, era el Purgatorio, y todos los que había visto en él padeciendo eran los justos, a quienes había cogido la muerte en gracia, pero sin satisfacer enteramente por la pena debida a sus culpas; que debajo de aquella región en mayor profundidad estaba el Infierno: finalmente, que aquella feliz estancia, que pisaba entonces, era el Paraíso Terrenal, de que habían sido desterrados nuestros primeros padres por su inobediencia; y que a él eran trasladados inmediatamente los que habían expiado enteramente sus culpas en el Purgatorio, donde residían, hasta que llegase el tiempo, en que Dios había determinado trasladarlos al Paraíso Celestial. Añadieron, que todos los que allí veía [160] eran de este número; y que habiendo pagado totalmente la pena debida a sus culpas en el Purgatorio, habían sido transferidos a aquel felicísimo sitio, donde estaban detenidos, aunque pasando una vida dichosísima, esperando el plazo de su translación a la Patria Celestial, lo que ellos ignoraban cuándo sería, porque Dios a ninguno se lo había manifestado. Oídas Oeno estas cosas, e instruido de aquellos habitadores del Paraíso de cómo había de dar la vuelta para restituirse a la boca de la Cueva, se despidió de ellos con lágrimas, y caminando sin comodidad alguna, llegó a la entrada de aquel abismo al tiempo mismo que el Prior del Convento abría la puerta, por ser el punto en que se cumplían las veinticuatro horas, término fatal, en que si no parecía allí el que había entrado, era señal indefectible de que quedaba en poder de los demonios para siempre.


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§. V

12. Esta historia en su última parte tiene dos visibles notas de falsedad: la primera, en afirmar un lugar medio entre Cielo, y Purgatorio, donde, después de perfectamente purgadas, están detenidas por algún espacio de tiempo las almas de los justos, antes de gozar la visión clara de Dios. Lo contrario está expresamente definido por el Concilio Florentino en la ses. 25; donde, después de establecer el dogma del Purgatorio, para purificar las almas, que salieron de este mundo sin satisfacer enteramente la pena temporal debida por sus pecados, se afirma, que las almas, que, después de recibido el bautismo, no incurrieron mancha alguna de pecado, y también las que, después de contraída mancha de pecado, o unidas a los cuerpos, o separadas de ellos, se han purgado, al momento son recibidas en el Cielo, y ven claramente a Dios Trino, y Uno. Lo mismo, y aun con las mismas palabras se había establecido antes en el Concilio Lugdunense segundo. Así por esta parte la historia del Soldado Oeno incluye el error de algunos Griegos, que, como se refiere [161] en el Concilio Florentino, afirmaban un lugar medio entre Purgatorio, y Cielo, donde daban mansión a las almas purgadas, antes de pasar de aquél a éste; y en cuanto a la substancia, también el del Papa Juan XXII, que como Doctor particular inclinó fuertemente a la opinión de que las almas de los justos no entrarán en la Patria Celeste, hasta que se haga el juicio final. Pero debo advertir, que no es reprehensible Mateo de París por haber escrito, o creído una historia inconciliable con estas definiciones, de las cuales no pudo tener noticia, porque fue anterior a entrambos Concilios. Murió quince años antes que se celebrase el Lugdunense; y cerca de doscientos antes de la celebración del Florentino.

13. La segunda nota visible de falsedad de dicha historia es colocar el Paraíso Terrenal debajo de tierra; pues aunque éste no es error condenado por la Iglesia, tiene sobrada disonancia para que ningún hombre de razón dé asenso a tan absurda paradoja. Paraíso sin luz es una quimera; y Paraíso, que logre luz por un milagro continuado, pues de otro modo no puede tenerla debajo de tierra, necesita revelación para ser creída.

14. La historia del Soldado Oeno está, en cuanto a la credibilidad, tan enlazada con la del origen, y existencia del Purgatorio de San Patricio, que falsificada aquélla, queda ésta muy sospechosa. Mateo de París, no sólo con igual, pero aun con mayor seguridad refiere aquélla que ésta. Y si padeció engaño en la noticia de una aventura, cuya data es de muy corta anterioridad a este Historiador, pues se asigna el suceso al año 1153, y él murió el de 1259; ¿cuánto es más fácil que padeciese engaño en el origen del Purgatorio de San Patricio, habiendo fallecido este Santo más de setecientos años antes que naciese este Autor?

15. Opondráseme acaso, que otros muchos Autores, y algunos anteriores a Mateo de París, afirman el origen mismo, y existencia del Purgatorio de San Patricio. Respondo, que otros muchos, y uno por lo menos algo anterior a Mateo de París, que es Enrico Salteriense, afirman [162] el suceso del Soldado Oeno; mas no se declara Historiador alguno del origen del Purgatorio de San Patricio, que no diste mucho más del tiempo de este Santo, que Enrico Salteriense, y Mateo de París del tiempo a que se asigna la aventura de Oeno. Si estos en un suceso que miraban tan de cerca, padecieron engaño, ¿qué mucho le padeciesen otros en uno, que quedaba muy lejos de ellos?

16. No sólo por el capítulo expresado flaquea la historia del origen del Purgatorio de San Patricio. Señalaremos otros. San Patricio ofreció a los Irlandeses mostrarles las penas del Infierno, según la relación; y luego del contexto de ella consta, que en la Cueva no se veían sino las del Purgatorio. Más: Prometióles también mostrarles los gozos del Paraíso, en que se entendían sin duda los del Paraíso Celestial, pues con la esperanza de éstos, brindaba el Santo a los Irlandeses para su conversión: en la Cueva no parece se veían sino los del Paraíso Terrenal. Más: Respecto de que los Irlandeses decían al Santo que se convertirían, como con sus propios ojos viesen las penas, y gozos expresados; lo que correspondía era mostrárselos antes de su conversión, para que se convirtiesen. Pero esto es lo que no se hizo, pues de la misma historia consta, que la promesa de Cristo a San Patricio sólo contenía, que vería aquellas penas, y gozos el que entrase, no sólo convertido ya a la Fe, mas también constante en ella, y arrepentido de sus pecados. Todos los hechos, que se refieren a este propósito, confirman lo mismo. Y si se mira bien, esto era inconducente para convertir a los Irlandeses gentiles, porque éstos no creerían lo que les decían los Cristianos, que habían entrado en la Cueva, como interesados en causa propia.


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§. VI

17. Así debilitado por las razones alegadas el testimonio de Mateo de París, es cierto le falta a la historia del Purgatorio de San Patricio su mejor apoyo, siendo cierto, que casi todos los Autores posteriores, que [163] asintieron a ella, se fundaron principalmente en la autoridad de Mateo de París. Pero pasemos adelante a examinar otras razones, que debilitan la autoridad, no sólo de este, o el otro Escritos en particular, sino en general de todos los de alguna antigüedad, que trataron de esta materia.

18. La primera se toma de la mucha discrepancia, que hay entre ellos, en orden a varias circunstancias. Lo primero, Mateo de París atribuye aquel Purgatorio (y ésta es la opinión que hoy prevalece) a San Patricio el Grande, Apóstol de Irlanda, que floreció en el quinto siglo. Pero el Cronicón de Juan Bromton, Abad Cisterciense, Giraldo Cambrense, y Enrique Knighton, se inclinan a que aquel Purgatorio no fue obra de San Patricio el Grande, sino de otro Patricio, Santo también, posterior cuatro siglos a aquél, y que no fue Obispo, sino Abad. Lo segundo, Mateo de París, a quien siguen muchos, pone por fundador del Monasterio de Canónigos Reglares, sito junto a la Cueva, a San Patricio. Pero los Padres Henschenio, y Papebroquio, continuadores de la gran Obra de las Actas de los Santos de Bolando, por lo que tomaron la denominación de Bolandistas, al día 17 de Marzo con gravísimos fundamentos niegan tanta antigüedad a la introducción de los Canónigos Reglares en aquella Isla, y la retardan hasta el siglo duodécimo. Lo tercero, unos pintan la Cueva de un modo, y otros de otro muy diverso. La opinión vulgar la supone muy prolongada, y la historia de la aventura de Oeno la favorece, pues la alarga hasta desembocar en el Purgatorio. Pero David Rhoto, Autor antiguo Irlandés, y Obispo Osoriense, citado por los Bolandistas, la pintan tan estrecha, que apenas era capaz de contener diez hombres. Lo cuarto, la opinión vulgar, a quien son conformes las historias de los que entraron en ella, es, que entraba uno sólo de cada vez a purgar sus culpas. David Rotho dice que entraban de nueve en nueve, los cuales estaban allí veinticuatro horas muy apretados. Estas son sus palabras, después de referir, que entraban [164] los penitentes de nueve en nueve: Est autem caverna ipsa lapidea domuncula, tam angustis lateribus, & fornice tam depresso, ut homo procerae staturae adeo se erigere non posset, ut nec sedere quidem, nisi in linata cervice, valeret. Arcte se comprimunt noveni sibi assidentes, & acclinantes; nec decimus nisi maximo cum labore subsistet cum aliis.

19. La segunda razón contra la opinión vulgar del Purgatorio de San Patricio, se toma del silencio de todos los antiguos Escritores, que trataron de este Santo. Este silencio se halla notado por los Padres Bolandistas; los cuales, después de manifestarse inclinados a que no fue el Abad Patricio, sino Patricio el Grande el Autor del Purgatorio, añade: Non tamen sine scrupulo propter antiquorum omnium Biographorum (Vitae Scriptorum) hac de re silentium, quos par erat rem adeo illustrem non tacuisse. Esta testificación de parte de los Padres Bolandistas, que en materia de Actas de Santos vieron (se puede decir) todo lo que hay que ver, es de gran peso.

20. La tercera deduciremos de las historias individuales de los que entraron en aquella Cueva a purgar sus pecados. No he podido hallar noticia más que de tres. De estas tres, las dos primeras envuelven señales evidentes de la suposición; y la tercera, si es verdadera, prueba por lo menos, que más ha de dos siglos ya no había Purgatorio. La primera de estas historias es la del Soldado Oeno por el año de 1153, cuya falsedad descubrimos arriba. La segunda es de un Caballero Aragonés, o Catalán, llamado Don Ramón de Perellós, Vizconde de Perellós, Señor de la Baronía de Seret. La entrada de este Caballero en la Cueva de San Patricio refiere D. Felipe Osullevano, Irlandés, en el Compendio Historiae Catholicae Hibernicae, impreso en Lisboa, año de 1621. Dice este Escritor, que Don Ramón de Perellós, con el motivo de saber si la alma de D. Juan, Rey de Aragón, de quien había sido súbdito, y favorecido, estaba en el Purgatorio, obtuvo en el año de 1328 licencia de Benedicto XIII (D. Pedro de Luna) para entrar en la Cueva de San Patricio: que en efecto entró, y el suceso [165] fue muy semejante al de Oeno. Pone original toda la historia, advirtiendo que se tradujo de la lengua Catalana a la Castellana, y él la tradujo de la Castellana a la Latina. Mas para ver qué fe merece semejante relación, basta advertir en ella dos evidentes, y horrendos paracronismos. Dice lo primero, que el año 1328 obtuvo licencia de Benedicto XIII para entrar en la Cueva; pero Benedicto XIII, o Don Pedro de Luna, no fue colocado en el Solio Pontificio hasta el de 1394. Dice lo segundo, que el motivo de la entrada fue saber si estaba en el Purgatorio la alma de Don Juan, Rey de Aragón. Don Juan el I, Rey de Aragón, murió el año de 1395: con que era menester, que este Príncipe estuviese en el Purgatorio 67 años antes de morir. No sólo esto; pero también 23 años antes de nacer, pues nació en el año de 1351: de que se colige, que esta relación fue forjada sobre la de Oeno por algún Catalán igualmente ignorante, que ocioso. La tercera historia individual de entrada en la Cueva de San Patricio es la que traen los Bolandistas, extraída, dicen, de un manuscrito.

21. El sujeto de esta entrada fue un Monje Holandés del Monasterio de Eymsteede, el cual, por el año de 1494, deseoso de hacer mayores penitencias, que aquellas en que se había ejercitado hasta entonces, resolvió pasar a Irlanda para entrar en la Cueva. Halló dificultad en la entrada, porque le pedían por ella no sé qué propina, que debía ser algo cuantiosa, y él era pobre. Al fin logró entrar, y estuvo un día en la Cueva; pero (dice el Autor del manuscrito Bolandino) este Religioso salió con gran admiración, por no haber visto, oído, ni tolerado incomodidad, o aflicción alguna, y revolvió en su ánimo varios pensamientos sobre las cosas, que había leído, y oído de este Purgatorio; porque no sabía, que, firmada la Fe en aquella Región, el milagro antiguo ya había cesado. Pero los habitadores de aquel sitio, por sacar dinero, afirmaban a los que venían de fuera, que aún se hacía allí la expiación de los pecados. Añade el Autor del manuscrito, que el Monje pasó a Roma a informar del [166] engaño al Papa, el cual mandó que se destruyese enteramente aquella Cueva.

22. Dije arriba: que si esta relación es verdadera, prueba, que por lo menos ya ha más de dos siglos no existe la comunicación de aquella Cueva con el Purgatorio: y añadí la voz por lo menos, porque si la razón de haber cesado el milagro fue, como se expresa en el manuscrito, estar ya firmada la Religión Católica en aquella Isla; no sólo de dos, o tres, mas aun de ocho, o diez siglos a esta parte ha cesado ya el milagro del Purgatorio Irlandés, porque más ha de ocho, o diez siglos que está firmada la Religión en Irlanda.

23. Finalmente no es de omitir una noticia, que dan los Bolandistas, muy propia del intento; y es, que en una impresión del Breviario Romano, que en Venecia se hizo el año de 1522 por Antonio de Giunta, no se sabe con qué autoridad se introdujeron unas lecciones de S. Patricio, donde se contenía la historia de su Purgatorio; la cual, como la exhiben los Bolandistas, es copiada al pie de la letra de la que en el número 7 propusimos de Mateo de París. Pero añade a las cláusulas de este Autor las siguientes: Cuyas revelaciones (de los que entraron en la Cueva) mandó San Patricio se anotasen en la misma Iglesia: y con la atestación de ellos empezaron otros a recibir la predicación de S. Patricio. Y porque allí se purga el hombre de sus pecados, por esto aquel lugar se llama el Purgatorio de San Patricio: porque algunos de aquellas partes afirman comúnmente, que después de estar en aquel lugar del Purgatorio por algún breve tiempo, en el cual padecen las grandes penas del Purgatorio, satisfacen las penas debidas por los pecados.

24. Dicen luego los Padres Bolandistas, que al punto que estas lecciones fueron vistas en Roma, se expidió Decreto para que se borrasen, y en efecto se ejecutó prontamente, de modo, que habiendo hecho el mismo Impresor Veneciano Antonio de Giunta dos años después; esto es, de 1524, nueva edición del Breviario Romano, ya en aquella impresión se echaron fuera las lecciones. [167]


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§. VII

25. Por todo lo dicho parece no se debe dar asenso a la existencia del Purgatorio de San Patricio en la forma que comúnmente se pinta. Pero es de creer, que en el sitio donde se dice está, o estuvo el Purgatorio de San Patricio, hubo alguna Cueva, a quien con fundamento, y sin violencia se dio este nombre. David Rotho nos da luz para rastrear lo más verosímil en el asunto. Por la relación de este Autor sabíamos que había una Cueva, donde los que querían entraban a hacer rigurosísima penitencia por espacio de 24 horas. Esto bastaba para que no sólo alusivamente, mas aun con propiedad, se le diese el nombre de Purgatorio, pues era sitio, donde los que entraban con verdadero arrepentimiento purgaban parte de la pena debida a sus pecados. ¿Pero por qué se llamaría Cueva, y Purgatorio de San Patricio? Verosímilmente San Patricio había estado retirado algún tiempo en aquella Cueva, haciendo penitencia en ella, y esto daría motivo para que después muchos, o por contemplarla santificada con la asistencia de un Varón de virtud tan eminente, o por imitarle, entrasen a mortificarse en la misma Cueva. La devoción de los Irlandeses con su Apóstol extendería, y propagaría por los siglos siguientes esta devota práctica.

26. Del retiro de San Patricio a la Cueva de Ultonia, y de haberle imitado en esto algunos fervorosos espíritus, hay otros ejemplares en la Iglesia. El gran Benito en la Cueva de Sublago, mi P.S. Millán en la de Suso, los Santos de nuestro Monasterio de Arlanza en sus Cuevas, Santo Domingo en la de Segovia, San Ignacio en la de Manresa, son originales, de quienes la Divina mano sacó en varios tiempos algunas copias. Hoy vive un Religioso, hijo del Monasterio de nuestra Señora de Montserrat de Cataluña, el cual no suspira por otra cosa, sino por que, en restituyéndose a aquel Monasterio, le permitan entrar en la Cueva de Manresa, y hacer de ella su continua habitación. Su modo de vivir, especialmente por el gran amor que tiene al retiro, hace fe de que esta vocación no es ilusoria. [168]

27. Acaso al Gran Patricio, o a alguno de los muchos que le imitaron, habría hecho Dios el favor de representarle en aquella Cueva, por medio de visión imaginaria, las penas del Purgatorio, y gozos del Paraíso; y sobre este fundamento se levantaría la voz de que todos los que entraban en la Cueva tenían la misma visión. Acaso algunos, que entrarían más por hipocresía, que por penitencia en la Cueva, fingiendo, y persuadiendo, que habían tenido visiones semejantes, darían fomento, y vuelo a la opinión del Vulgo, haciéndole creer, a vueltas de tal cual visión verdadera, muchas fingidas.

28. No es dudable, que el Gran Patricio fue uno de los más insignes ejemplares de santidad, que tuvo la Iglesia. Convienen los Historiadores Eclesiásticos en que Dios, por su intercesión, y para hacer su predicación más fructuosa, obró varios prodigios. Uno de ellos sería el que refiere Henrico de Erfordia, citado en el Teatro de la Vida Humana, que viendo obstinados a los Irlandeses, hizo con el báculo un círculo en la tierra, y al punto se hundió toda la que estaba comprehendida en el círculo, abriéndose una profundidad horrenda, por donde el Santo los amenazó bajarían, si no se convertían, precipitados al abismo. Acaso sobre la verdad de este milagro, se añadiría después, que por aquel boquerón los había mostrado los tormentos de los condenados, y sobre esta ficción la otra de quedar estable una apertura, por donde había comunicación al lugar de las penas de la otra vida.


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§. VIII

29. Es cierto que algunos Escritores Irlandeses, llevados del gran amor, y veneración, que tenían a su Apóstol, o creyeron más de lo que debían creer, o escribieron prodigios, que no creían, para que otros los creyesen; a imitación de aquel Presbítero Asiático, de quien dice Tertuliano, que por el amor que tenía al Apóstol de las Gentes, compuso unas Actas apócrifas en honor suyo, donde introdujo prodigios fingidos. En esta clase comprehendemos [169] lo que se lee en el Cronicón de Juan Bromton como opinión recibida en Irlanda, que San Patricio había alcanzado de Dios, que ningún Irlandés esperará la venida del Ante-Cristo. Supongo se debe entender, que todos morirán antes; lo que parece increíble.

30. Comprehendemos también en el número de milagros supuestos a San Patricio, el que anda vulgarizado en muchos libros, de haber arrojado de Irlanda con su báculo todas las sabandijas venenosas: prodigio, que dicen se continúa hasta hoy, conservándose siempre aquella Isla totalmente exenta de ellas por los méritos de su Apóstol. Que no es infestada Irlanda por especie alguna de serpientes, y que no sólo traídas allí, para hacer prueba, al momento mueren; mas aun un poco de la tierra de aquel País trasladada adonde las hay, las ahuyenta, es testificado por muchos Escritores. Pero parece cierto, que este beneficio se debe al influjo nativo de aquel suelo. Lorenzo de Beyerlink se ríe, y hace mofa de Giraldo Cambrense, porque en su Topografía Hibérnica se inclinó a esto mismo, llegando a tratar de fatuidad lo que dice sobre esta natural virtud del suelo Hibérnico. Pero probablemente Beyerlink, cuando le trató con tanto desprecio, debió de ignorar qué hombre fue Giraldo Cambrense, o Silvestre Giraldo, como le llaman otros, sujeto sin duda doctísimo, conocido por muchos libros que dio a luz, venerado, y admirado en su tiempo por muchas excelentes cualidades. Aunque era Inglés, estuvo mucho tiempo en Irlanda, y se informó exactamente de las cosas de aquella Isla, de quien hizo una descripción, que anda con el nombre de Topographia Hiberniae. ¿Qué le falta a un Autor de tales circunstancias para que, ya que no sea creído, sea, por lo menos, oído con respeto sobre el asunto?

31. Giraldo dice, que de las Historias consta, que no sólo antes que S. Patricio pasase a Irlanda, pero aun mucho antes de la Venida de Cristo estaba Irlanda exenta de toda sabandija venenosa. Lo que yo puedo asegurar es, que Solino, que floreció más de tres siglos antes que viniese al [170] mundo S. Patricio, en el cap. 25, hablando de Irlanda, o Hibernia, a quien llama Juverna, dice, que no se ve en aquella Isla serpiente alguna: Illic nullus anguis.

32. En algunos antiguos Escritores se lee el mismo prodigio natural de otras tierras. Plinio dice, que la Isla Ebuso (Ibiza) no engendra serpiente alguna: y añade, que la tierra de aquella Isla transportada a la Isla Ofiusa, o Colubraria, llamada así por nacer muchas en ella, las ahuyenta. Aristóteles atribuye el mismo privilegio de estar libre de serpientes, y de morir luego allí las que son llevadas de otras partes, a la Isla de Creta. Pero Belonio halló en esto algo de equivocación, porque dice, que él vio tres géneros de serpientes en Creta; aunque añade, que no son nocivas, lo que le constó por experiencia; pues siendo mordido de una, no le resultó de la mordedura otro daño que una ligera cicatriz. No es menos prodigioso esto, que aquello; antes parece que no es tan admirable el que falten serpientes en un País, como el que habiendo serpientes, les falte a éstas una específica propiedad, cual es su cualidad venenosa.

33. Caso muy diferente de todos los referidos es el de la Isla de Malta, ora no haya víboras en aquella Isla, ora no sean venenosas, que uno, y otro se lee en diferentes Autores. Pero que sea uno, que otro, es cierto, que no es cualidad nativa de aquel suelo; sino privilegio soberano concedido por la bendición, que echó sobre él el Apóstol S. Pablo, desde que en aquella Isla fue (como consta de los Actos de los Apóstoles, cap. 28) mordido por una víbora. Digo que es cierto que esta inmunidad no se debe a cualidad nativa de aquel suelo. Lo primero, porque ninguno de los antiguos Naturalistas se la atribuye, ni hace memoria de ella. Lo segundo, y principal, porque del lugar citado de los Actos de los Apóstoles consta lo contrario; pues los Bárbaros de la Isla, viendo que de la mordedura de la víbora no había resultado la muerte, ni daño alguno al Apóstol, admirados creyeron que era alguna Deidad: Diu autem illis expectantibus, & videntibus nihil mali in eo fieri, [171] convertentes se, dicebant eum esse Deum. ¿Qué motivo tenían para la admiración, y mucho menos para creer existente alguna Deidad en el Apóstol, si las víboras de Malta naturalmente por nativo influjo del suelo no fuesen venenosas?


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§. IX

34. He propuesto lo que en orden a la Cueva, y Purgatorio de Ultonia me ha parecido (según diferentes partes del asunto) ya más verdadero, ya más verosímil. Vaya por conclusión un pensamiento ameno, que me ha ocurrido, y de que otros acaso harían mucho fondo; mas yo protesto, que le estampo, no para la persuasión sino para el deleite de los Lectores.

35. He leído, que algunos Irlandeses llaman Cueva de Ulises a la que comúnmente se llama de S. Patricio, y que dicen ser tradición que Ulises la fabricó. Esta tradición puede tener su origen de algunas noticias, ya históricas, ya mitológicas, que vamos a proponer. Solino, hablando de Inglaterra, dice, que aquel Héroe Griego, llevado de uno de sus errores náuticos, aportó a aquellas partes: Id quo recessu Ulyssem Calidoniae appulsum manifestat ara Graecis litteris inscripta voto. Esto es histórico. Todo lo que se sigue es poético. Que Ulises estuvo siete años en la Isla Ogigia, detenido por las caricias de la Ninfa Calipso, Reina de la Isla, es de Homero. Que Ogigia fue en la antigüedad uno de los nombres de Irlanda, dícelo nuestro doctísimo Nebrija por señas tomadas de Plutarco. Que Ulises en vida bajó al Infierno, es común entre los Mitológicos, cuyo Estandarte llevó Homero, no menos que el descenso de Orfeo, Hércules, Teseo, y Eneas. Que este descenso de Ulises al Infierno fue por un boquerón colocado en una Isla hacia aquellas partes, cántalo Claudiano {(a) Lib. 1. in Ruffinum.}: [172]

Est locum extremum, pandit qua Gallia littus,
Oceani praeventus aquis, quo fertur Ulysses
Sanguine libato populum movisse Silentum.

Prosigue diciendo, que los habitadores de la Isla en aquel sitio oyen los llantos, clamores, y gemidos de los condenados, y aun ven sus sombras, o simulacros.

Illic umbrarum tenui stridore volantum.
Flebitis auditur questus: simulacra coloni
Pallida, defunctasque vident migrare figuras.

Que aquella caverna, o boquerón por donde se daba tránsito para el Infierno, era un conducto estable, y permanente, no sólo se infiere con evidencia de que el Poeta habla de presente, como de cosa que subsistía en su tiempo; mas también de que inmediatamente refiere, que por aquella Cueva salió del Infierno la Furia Alecto a incitar a todo género de atrocidades el corazón de Rufino, indigno favorecido del gran Teodosio, y contemporáneo del mismo Claudiano:

Hinc Dea prosiluit, Phoebique egressa serenos
Infecit radios, ulutatuque aethera rupit
Terrifieo, sensit ferale Britannia murmur.

Ultimamente, que Calipso, la enamorada de Ulises, habitaba en una cueva, dícelo Luciano, copista de Homero en cuanto a esta circunstancia, en el segundo libro de sus Historias verdaderas, que llama así por ironía.

36. El complejo de todas estas especies nos muestra en Irlanda, muchos siglos antes de San Patricio, una Cueva por donde había tránsito para el Infierno: visiones allí de demonios, y condenados: la percepción de sus tormentos en sus clamores; y en fin un aventurero, que tuvo la osadía de introducirse por aquel boquerón al lugar de las penas; y la felicidad de volver a gozar la luz del Sol. ¿No es [173] posible, que transportadas todas estas especies de siglo en siglo, desde la antigua Idolatría al Cristianismo de Irlanda, el Vulgo, ayudando la confusión, propia de su rudeza, a la indiscreción de su piedad, las cristianizase, haciendo prodigios de su Apóstol de los delirios del Paganismo? ¿No es posible, que la aventura del Soldado Oeno se fraguase en el molde de la del Guerrero Ulises? Sí, posible es todo; mas no verosímil. Ya he prevenido, que éste no es más que un pensamiento alegre. Pero antes de acabar de escribirle, me ocurrió otro del mismo carácter.

37. Tan famosa fue en la Boecia la Cueva de Trofonio, como en Irlanda la del Gran Patricio. Trofonio, hijo de Apolo, y constituido Deidad infernal por la superstición Gentílica, era consultado como Oráculo en aquella Cueva; y la Cueva había sido formada abriéndose la tierra, para bajar por allí Trofonio al Infierno. Los que querían consultar el Oráculo, primero se preparaban por algunos días con ciertas expiaciones, y ritos, en que los instruían los Sacerdotes. El tiempo que estaban en la Cueva no comían. Allí, ya mediante el oído, ya mediante la vista, se les comunicaban por el Oráculo varios secretos, los cuales después revelaban a los Sacerdotes. Pausanias, que refiere todo esto con mucha mayor extensión {(a) Lib. 9.}, y habla como testigo de vista, pues entró en la misma Cueva, añade, que todos los que entraron en ella volvieron; exceptuando un Soldado de Demetrio, que creyendo había allí un tesoro, sin hacer las previas ceremonias, y llevando el ánimo depravado de hurtar, allá se quedó; bien que su cadáver pareció después en otra parte hecho pedazos.

38. Bien patente está la semejanza de una Cueva a otra. En una, y otra precedían expiaciones. En una, y otra había visiones infernales. En una, y otra era arriesgada la entrada. De una, y otra se cuenta, que de los que entraron, uno se quedó allá en poder de los demonios. [174]

39. Añadamos que Plutarco en el libro de Daemonio Socratis cuenta de un Timarco Queronense, que bajó a la Cueva de Trofonio, y su aventura es muy parecida a la del Soldado Oeno. Al principio se halló en una gran obscuridad: Dixit autem, cum descendisset in Oraculi locum, se primum incidisse in multas tenebras: después pasando adelante, empezó a ver iluminado el sitio. Lo propio afirma Mateo de París del Soldado Oeno: Miles itaque per speluncam audacter progrediens lumen paulatim claritatis amisit; sed tandem parvo lumine apparente, &c. A uno, y otro la Cueva, que antes parecía estrecha, poco a poco se fue dilatando a larguísimos espacios. Uno, y otro vieron, y oyeron demonios. Timarco no llegó a ver los mortales, que eran atormentados en el abismo; pero sí a oír sus llantos, y clamores: Mixtos virorum, ac mulierum ploratus, strepitus autem omnifarios, & tumultus ex profundo procul remissos. Y el no ver los que padecían, sólo se lo estorbó la gran obscuridad del sitio: Deorsum autem aspicienti visum esse hiatum magnun... muultarum plenum tenebrarum. Finalmente, uno, y otro, Timarco, y Oeno, volvieron felizmente, y refirieron lo que habían visto, y oído.

40. Plutarco, aunque refiere la aventura de Timarco Queronense, no cree palabra de ella; y a mí me sucede lo propio con la aventura de Oeno. Puede ser que una fábula naciese de otra; aunque lo más verosímil es, que sea casual la semejanza de las dos, pues no pocas veces sucede, que por accidente sean parecidas unas ficciones a otras.

41. En lo que no hay duda es, en que ambas Historias no tienen en su origen otro testimonio, que el de los mismos aventureros: ni uno, ni otro dieron seña alguna por donde mereciesen ser creídos; lo que me pareció notar aquí, porque el caso de Oeno (aun cuando no tuviese las señas de falsedad, que hemos notado arriba) es muy peregrino, para que se le crea al mismo aventurero sólo sobre su palabra. Y aun se debe añadir, que no se supo la Historia [175] inmediatamente del mismo Oeno, sino por el órgano de un Religioso, a quien Oeno se la había fiado bajo la obligación del secreto: Sub sigillo secreti. Así lo dice Mateo de París, y que esto fue mucho tiempo después del suceso.

42. Varias reflexiones se pueden hacer sobre estas circunstancias. ¿Un suceso de este carácter pudo estar tan oculto mucho tiempo? ¿No lo supieron los Religiosos, que tenían la dirección, o intendencia de la Cueva, luego que Oeno salió de ella? ¿Callóselo éste entonces? ¿Si lo supieron, no lo publicarían para terror, edificación, y estímulo de otros pecadores? ¿Si lo supieron, o por lo menos por ellos no se supo cosa alguna, qué crédito merece la relación hecha por Oeno, mucho tiempo después, en causa tan propia, y en una aventura tan extraña? ¿Y de qué consta tampoco, que el Religioso, que fue órgano de la Historia, fuese órgano muy fiel? Era menester para darle entero asenso, que fuese su santidad notoria, y de esto nada nos dice Mateo de París, sino que era un Monje llamado Giliberto.

43. Por lo que mira a la tradición de la Cueva de S. Patricio, tomada en general, y prescindiendo de las Historias particulares de éste, o aquel que entraron en ella, soy de sentir que no tiene respecto alguno, ni al fabuloso descenso de Ulises al Infierno, ni a la Cueva de Trofonio: antes estoy persuadido a que en el fondo tiene mucho de verdad, en la forma que expliqué arriba; aunque a aquella verdad se hayan sobreañadido algunas fábulas.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo séptimo (1736). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por Andrés Ortega, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo séptimo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 153-175.}


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