La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo séptimo
Discurso segundo

Peregrinaciones de la Naturaleza


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§. I

1. Una de las cosas que más han ejercitado, y aún ejercitan hoy a los Filósofos de estos tiempos, es el origen, y formación de las piedras figuradas. Entendemos por tales, no a las que tienen cualquier configuración, pues en este sentido todas las piedras son figuradas, y es imposible haber alguna que no lo sea; sino a las que tienen figura propia de algún otro cuerpo de determinada organización específica, como de algún insecto, algún [27] pez, algún ave, alguna planta, algún fruto, algún miembro del cuerpo humano, u otro viviente, &c. cuales se hallan muchas en los gabinetes de los Curiosos de otras Naciones.

2. Los Filósofos anteriores a estos últimos tiempos, que discurrían al baratillo, y en el examen de las causas naturales se satisfacían de cualquier idea, se contentaron con decir, que estas configuraciones eran puros juegos de la naturaleza, o meras producciones del acaso. Pero los modernos, que estudian la Física no precisamente dentro de sus aposentos, o habitaciones, sino en los montes, en los llanos, en las selvas, en los ríos, en los mares, examinando la naturaleza en sí misma, no en las vanas imaginaciones de la naturaleza, que frecuentemente ofrece la imaginación destituida de la experiencia, tienen por cosa de risa ese natural juego, o producción del acaso. Sería sin duda cosa admirable, que por acaso se conformase una piedra, observando en sus externos lineamentos la perfecta figura de una planta, de un pez, o de otro cualquier viviente. ¿Qué será, si como ha sucedido varias veces, se hallan en un mismo paraje muchas piedras, observando con exactitud la misma configuración? En la Historia de la Academia Real de las Ciencias de 1703 se refieren tres casos, en que se hallaron dentro de una Cantera muchas piedras con figuras de peces, las cuales se separaban bien formadas del resto del peñasco. En la misma Historia año de 1705 se da noticia de que Monsieur de Lisle, Boticario de Angers, halló dentro de otra Cantera, en Anjou, muchas piedras, que representaban perfectamente los dientes del pez llamado Carcharia. Hállanse también en mucho número cerca de Seez, en Normandía, y otras partes. Estas son las mismas que en la Isla de Malta se llaman Glossopetras, voz Griega, que significa lenguas de piedra, y se crían hasta poco ha privativas de aquella Isla; estando el Vulgo en la persuasión, de que representan lenguas de Serpientes, y que allí las engendró el Cielo para recuerdo milagroso del prodigio, que acaeció [28] a S. Pablo en la propia Isla, de ser mordido de una víbora sin lesión alguna.

{(a) D. José Antonio Guirior, natural de la Villa de Aoiz en el Reino de Navarra, me ha escrito, que en aquel País hay piedras figuradas, perfectamente semejantes a las que en Malta llaman Glossopetras, lo que le hizo constar un hermano suyo Caballero en Malta.}.

3. En el término del Lugar de Concut, distante una legua de la Ciudad de Teruel, Reino de Aragón, hay un sitio de un cuarto de legua de longitud, y medio de latitud, del cual en cualquier parte que se cabe, se encuentran piedras, que representan varios huesos del cuerpo humano, y otras, que representan huesos de bestias. Tuve esta noticia, aún más circunstanciada que la doy, por un Eclesiástico amigo mío, que residió algunos años en Teruel, y hoy vive distante nueve leguas de aquella Ciudad. Aunque el informe de dicho Eclesiástico, el cual tres veces reconoció aquel sitio, y sus piedras, bastaba para asegurarme del hecho; mas no para satisfacer mi curiosidad; y así, por medio del mismo, solicité, y conseguí me remitiese muchos trozos de aquellas piedras, hasta la cantidad de una arroba, las cuales hice aquí examinar por dos sujetos bien instruidos en la Anatomía, uno el Médico D. Gaspar Casal, otro D. Bartolomé Sulivan, Médico, y Anatómico de la Escuela de París, aunque Irlandés de Nación; y uno, y otro fueron reconociendo en ellas la configuración propia, y exactamente observada de varios huesos humanos, entre quienes hay también algunos huesos, y dientes de Caballos. Quien creyere que esta regular configuración, fielmente observada en tantos millares de piedras, fue efecto del acaso, bien dispuesto está para asentir con Epicuro, a que todos los cuerpos del Universo son efectos del fortuito concurso de los átomos.

4. Podría acaso adaptarse a la explicación de estos fenómenos (como en efecto la quieren adaptar algunos) la opinión que hemos referido, Tom. V, Disc. XV, num. 47, [29] de Jorge Ballivo, y Monsieur Tournefort, de que las piedras provienen de semilla, y son verdaderos vegetables; pues de este modo se entiende bien, que en muchas se halla una determinada configuración regular, no menos que en los brutos, y en las plantas; pero bien mirado este sistema, no es adaptable a los casos propuestos, por tres razones. La primera, porque es absolutamente inverosímil, que en dos clases tan distintas de cuerpos, como son los minerales, y los animales, haya semillas perfectamente parecidas en la organización. Si dentro del mismo reino animal no se halla especie alguna, que se parezca perfectamente a otra en la configuración externa, ¿cómo es creíble, que si la configuración de las piedras viene de semilla, se hallan algunas especies de piedras, cuya semilla, sea homogénea en la organización a las de algunas especies de animales? La segunda, porque se han visto pedazos de vegetables en parte petrificados, y en parte que conservan enteramente la textura, peso, color, flexibilidad, y demás propiedades de vegetables. El P. Esteban Souciet, de la Compañía de Jesús {(a) Mem. de Trev. año de 1729. tom. 2, pág. 695.}, da noticia de una rama de pino con sus frutos, que hay en el Gabinete de la Rochela, de la cual una parte está petrificada, y la otra no; y lo que es más admirable, de un racimo de uvas, en el mismo Gabinete, de quien sólo los granos están petrificados. La tercera, porque en las piedras de Teruel, que tengo yo, hay manifiestas señas, de que son, o fueron un tiempo verdaderos huesos, porque algunos conservan aún la textura, y peso propios de tales, y otros vienen a ser un medio entre hueso, y piedra; de donde se infiere claramente, que habiendo sido un tiempo todo huesos, unos se petrificaron perfectamente, otros imperfectamente, otros muy poco, o nada.

5. La misma desigualdad se observó en multitud de huesos petrificados, hallados dentro de una Roca cerca de Burdeos el año de 1719. De una peña alta treinta pies se destacó la punta larga de once; y cayendo al llano, vertió en [30] él gran cantidad de huesos de bestias, de los cuales, unos estaban petrificados, otros no. Refiérese este hecho en la Historia de la Academia Real de las Ciencias de dicho año, donde se vieron, y examinaron los huesos, porque la Academia Real de las Bellas Letras, Ciencias, y Artes establecida en Burdeos, se los había enviado al señor Duque de Orleans, Regente a la sazón, del Reino.

6. Es, pues, cierto, que en aquellos dos sitios se congregaron muchos cadáveres, ya de hombres, ya de bestias; y consumidas las carnes con el tiempo, quedaron los huesos, los cuales poco a poco se fueron petrificando. El sitio donde se hallaron los de Burdeos, es de discurrir, que fuese destinado un tiempo para depósito, o ya de fieras muertas en la caza, o ya de bestias de bagaje, y otras, cuyas carnes, o por su naturaleza, o por haber muerto de enfermedad, se considerasen ineptas para el uso humano. Por lo que mira a lo de Teruel, no queda lugar a pensar otra cosa, sino que en tiempos muy antiguos se dio en aquel sitio, o en sus vecindades, alguna sangrientísima batalla, y todos los que perecieron en ella, tanto hombres, como caballos, fueron amontonados, y enterrados en aquel sitio, para precaver la infección del aire. Ni obsta la objeción, que ya me hizo alguno, de que no consta de las Historias batalla alguna dada en aquel sitio. ¿Por ventura constan de las Historias todas las batallas que ha habido en el mundo? ¿Y mucho menos con designación de los sitios? No es dudable, que en el largo tiempo que duraron en España las guerras de Cartagineses, y Romanos, que comprehendió, poco más, o menos, tres siglos, se dieron en esta Península innumerables batallas, de las cuales, ni aun la mitad se expresan en las Historias; y de las que se expresan, en las más no se señala el sitio. ¿Quién quita que de una de ellas fuese teatro el puesto referido? Discúrrase en esta parte, como se quisiere, las pruebas que hemos dado de que aquellos despojos no fueron en su origen piedras, sino huesos, son incontrastables.

7. No omitiré aquí una reflexión oportuna a favor de [31] nuestra opinión, establecida en el primer Tom. Disc. XII, núm. 29, de que los hombres de los pasados siglos no fueron de más agigantada corpulencia que los del presente. Estos huesos petrificados, son ciertamente de una gran antigüedad: con todo no exceden en magnitud, cotejado cada uno con su semejante, a los de ahora.


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§. II

8. Otros innumerables ejemplos de petrificaciones de varias materias, referidos por Autores modernos de la mejor nota, y testigos oculares de los hechos, confirman lo que hemos dicho. En la Historia de la Academia Real de las Ciencias, año de 1688, se da noticia de un Sauce petrificado, hallado cerca de Maitenon, a dieciocho pies de profundidad dentro de tierra. Conchas de varios peces petrificados, es cosa constantísima, por deposición de muchos testigos, que se hallan en muchos sitios, y especialmente en varias canteras. También lo es, que hay aguas, que tienen la virtud de petrificar. Tal es la del conducto de Arcuell, de que se proveen muchas fuentes de París. Tal la de Clermont de Auverna; sin que ni una, ni otra incomoden, u ocasionen mal de piedra a los que las beben. Ni esto debe mover a admiración; porque las piedras, o que se llaman piedras, engendradas en el cuerpo humano, en nada son semejantes a las piedras que con propiedad se dicen tales. Cerca del Monte Carpacio, donde tiene su nacimiento la Vistula, hay otra fuente, que petrifica la madera; y en fin, ella misma se hace piedra {(a) Regnault, tom. 2, dial. 12.}.

9. En muchos Autores se lee, que en Irlanda hay un Lago de tal naturaleza, que clavando en su fondo un báculo de madera, de modo, que quede alguna porción de él fuera del agua, pasados algunos meses, la parte que se metió dentro de tierra, se halla convertida en piedra, la que está en el agua en hierro, reteniendo la substancia de madera, [32] la que quedó fuera del agua. No salgo por fiador del hecho, pero sí de la posibilidad; pues por lo que mira a la petrificación, en lo que vamos escribiendo, y en lo que nos resta escribir de este Discurso, se ven, y verán hartos ejemplares. La conversión de la madera en hierro no parece que tiene más misterio, que la conversión de hierro en cobre, atestiguada por muchos Autores, que hacen algunas fuentes de Polonia; aunque con impropiedad se pueden llamar conversiones una, y otra, siendo la primera sólo introducción de partículas de hierro en los poros de la madera, en tanta copia, que ya toda parezca hierro; y la segunda introducción de partículas de cobre en los poros del hierro, junta con la sucesiva corrosión de este metal.

10. El P. Duchatz, citado en la Historia de la Academia de 1692, pág. 143, refiere como testigo ocular, que el río que pasa por la Ciudad de Bakan en el Reino de Ava, que creo estar comprehendido en los Estados de Pegu, tiene en aquel paraje por espacio de diez leguas la virtud de petrificar la madera, y que él vio gruesos árboles petrificados hasta la flor del agua; cuyo resto, fuera del agua, retenía la substancia, y textura de madera desecada. Añade, que la madera petrificada era tan dura como el pedernal. En la misma parte de la Historia de la Academia se cuenta, cómo a aquel sabio Congreso fueron presentados por el Abad de Leuvois dos troncos de palma petrificados, traídos del Africa, cuyo cotejo con otros troncos de palma, en su natural estado mostró todos los lineamentos tan uniformes, que no dejó duda alguna de que habían sido tales los conducidos del Africa. La dureza era también de pedernal. No doy igual fe a lo que dice Alejandro de Alejandro, lib. 5, Genial. dier. cap. 9, que desde Europa, Lugar de Macedonia, hasta Elis, Ciudad de la Acaya, cuanto se baña en las aguas del Mar, se convierte en piedra.

11. Las petrificaciones halladas en cuerpos humanos, y de otros animales, son las más decisivas a nuestro propósito. Mons. Litre vio el bazo de un hombre enteramente [33] petrificado. Tomás Bartolino el cerebro de un buey. Otro cerebro de buey hecho piedra, de la dureza de guijarro, fue hallado por Mons. du Vernei el mozo, y presentado a la Academia. En el gran Diccionario Histórico leí de la mujer de un Sastre de Borgoña, que reteniendo muchos años en la matriz el feto concebido, al fin murió, y el feto se halló enteramente petrificado. En el Museo Wormiano se halla un cuerpo humano convertido en pedernal hasta los pechos; y en Roma en el Huerto del Palacio Luciano un esqueleto entero hecho piedra. Refiere uno, y otro el P. Zahn, tom. 2. Mund. mirab.


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§. III

12. Estos hechos, que tengo por verdaderos, nos abren el paso a otros dos mucho más prodigiosos, y por lo mismo mucho menos verosímiles. El P. Kirquer {(a) In Mundo Subterraneo, lib. 8, sect. 2, cap. 2.} dice, que este pasado siglo, todo cuanto había en un Lugar de Africa llamado Biedoblo, habitadores, brutos, utensilios, ropas, manjares, sin reservar cosa alguna, en una noche, y casi en un momento se petrificaron, reteniendo todos la figura, y la positura misma, en que los cogió tan extraordinario accidente. Helmoncio {(b) Tract. de Lithjasi, cap. 1.} refiere, que el año de 1320, entre la Rusia, y la Tartaria, en la altura de sesenta y cuatro grados, no lejos de la Laguna Kitaya, una Horda entera (dáse este nombre entre los Tártaros a los Pueblos Errantes, que viven en Tiendas; y según la comodidad que hallan en diferentes estaciones, se mudan a distintos Países), con hombres, ganados, carros, tiendas, &c. fue convertida en piedra. Dales Helmoncio el nombre de Baschirdos, a los Bárbaros, que componían aquella Horda; y añade, que hoy permanece en el sitio con total integridad aquel funesto espectáculo.

13. Creo no será ingrato al lector ver filosofar un poco sobre la posibilidad, o imposibilidad de estos dos últimos [34] sucesos, mayormente cuando lo que se discurriere sobre ellos ha de envolver necesariamente en su asunto la causa general de las petrificaciones. A la verdad, el P. Kirquer parece tuvo por milagrosa la petrificación hecha en el Lugar de Biedoblo; pues dice fue efecto de la cólera divina contra los enormes delitos de sus habitadores. De este modo no tiene dificultad alguna el caso. Quien en un momento convirtió la mujer de Lot en una estatua de sal, con la misma facilidad puede convertir en estatuas de piedra, no sólo los habitadores de un Lugar, mas los de todo el mundo. ¿Pero es posible naturalmente el suceso? Eso es lo que vamos a examinar.

14. Los que dijeron que todas las piedras, cuantas se miran en el Universo, están formadas desde el principio del mundo; o muy de lejos, o con un velo delante de los ojos miraron esta parte de la Física. Es bien creíble, que muchas fueron criadas desde el principio, porque convenían, ya para la consistencia del globo terráqueo, ya para varios usos del hombre: pero juntamente es ciertísimo, que muchas se formaron después acá, y se están formando cada día. En el Tom. V, disc. XV, núm. 46. tocamos, y probamos este punto con los varios experimentos, que allí pueden verse. Aquí añadiremos otro, que tengo casi delante de los ojos, y de que puedo dar innumerables testigos. En el territorio de Gijón, en el distrito que llaman Nata Oyo, sito al Poniente, y a dos tiros de escopeta de aquel Puerto, el cual dista cinco leguas de esta Ciudad, a la lengua del agua, y en medio del arenal, que se extiende por uno, y otro lado, hay un sitio muy peñascoso, que por tal se ha hecho impracticable a los caminantes. ¿Qué antigüedad juzga el lector tendrán las peñas de aquel sitio? Tan poca, que hoy viven muchos que nacieron antes que ellas. Veinte años ha no había allí vestigio alguno de peñas. Todo era arenal seguido, y uniforme con lo restante. Los más de los vecinos de Gijón vieron su origen, y su incremento sucesivo; el cual se va continuando el día de hoy en la forma que diremos más abajo, [35] porque este fenómeno nos servirá más que para una cosa en el asunto presente.

15. Supuesta, como innegable, la nueva, y repetida generación de las piedras, también lo es, que antes de su perfecta formación están la consistencia de una masa blanda, y como lodosa, que poco a poco se va endureciendo, hasta llegar a la firmeza, y solidez propia de piedra. Consta esto lo primero de lo que hemos dicho en el lugar citado arriba del Tom. V, de haberse hallado dentro de varios peñascos diferentes cuerpos forasteros, los cuales, si los peñascos siempre hubiesen tenido la dureza de tales, nunca pudieran introducirse en ellos. Consta lo segundo de la experiencia de Fabricio, el amigo de Gasendo, referida en el mismo lugar. Consta lo tercero de las peñas de Gijón, citadas poco ha. En ellas se ve, y se palpa el sucesivo progreso, con que una masa blanda se va solidando más, y más, hasta lograr la rígida dureza de peñasco. Y esto es de suerte, que tocando en diferentes partes de la misma continuada peña, se perciben diferentes grados de dureza, o blandura. Aquí se encuentra una masa muy blanda, que facilísimamente cede al tacto; allí otra, que hace algo más de resistencia; acullá otra, aun un poco más dura, y en fin, en tal, o en cual parte se encuentra la perfecta rigidez, que es propia de una piedra.

16. Lo dicho se debe entender de las petrificaciones comunes, y regulares hechas en materia propia, y en algún modo destinada por la naturaleza para ser piedra; pues cuando la petrificación se hace en algún mixto extraño, por su naturaleza duro, como madera, o hueso, ya se ve que no precede a la petrificación esa masa blanda.

17. En lo que hasta aquí hemos dicho convienen todos los Filósofos modernos. Pero yo añado con el famoso Naturalista José Pitton de Tournefort, que la materia propia de las petrificaciones no es sólo blanda, como el lodo, o la cera, antes de hacerse piedra, sino sensiblemente líquida, y muy líquida. El fundamento que lo prueba es gravísimo. Las más duras piedras, aun después de conseguida su dureza, [36] crecen, como claramente se ha experimentado en muchas canteras. Ballivo en el tratado de Vegetatione lapidum testifica de varios ejemplares, aun en canteras de mármol, y alabastro. Esto no puede ser, sin que un jugo delicadísimo, y fluidísimo les dé el aumento; pues siendo algo más craso, o pastoso, no pudiera penetrar los angostísimos poros del mármol. En las citadas peñas de Gijón se experimenta lo propio; esto es, que no sólo la parte que está blanda crece, mas también la que ya llegó a la perfecta dureza. Sin duda de la tierra sube un jugo sensiblemente líquido por los poros de la peña, para darle aumento del mismo modo que otro jugo sensiblemente líquido sube por los poros de las plantas para engrandecerlas. El que aquel jugo, aunque fluido en su primer ser, se concrete, y consolide hasta la dureza de piedra, no tiene más dificultad, que el que el jugo fluido, de que se alimentan los huesos, se concrete hasta la dureza de tales.

18. Este jugo lapidífico no debe considerarse homogéneo, o uniforme en todas las piedras; sino diferente en diferentes piedras, como el jugo nutricio de los vegetables es diferente en diferentes plantas. Esta analogía de uno a otro jugo es naturalísima; y la razón en que la fundo es, a mi parecer, muy clara. Si el jugo lapidífico en todas las piedras fuera uniforme, también éstas lo serían: vése una gran diferencia en varias especies de piedras; luego también el jugo es diferente. Convengo en que en las petrificaciones imperfectas (llamo tales aquellas en que comprehendiendo el jugo lapidífico algunas materias extrañas, las conglutina de modo, que de la unión de ellas con el jugo resulta un todo, a quien damos el nombre de piedra), aunque el jugo sea uniforme, serán las piedras desemejantes, según la diferencia de las materias extrañas conglutinadas. Mas en las petrificaciones perfectas, en que hace toda la costa el jugo lapidífico, como parece suceder en el incremento de las canteras, es preciso atribuir toda la diferencia de las piedras a la diferencia del jugo lapidífico. Ni en otra cosa puede consistir la diversidad de las piedras preciosas, [37] en cuya composición, según se puede inferir de su diafanidad, y pureza, no entra otra materia que un jugo muy acrisolado.

19. Es verosímil que las diferencias del jugo lapidífico consisten en los diferentes azufres, sales, álcalis, ácidos, que están disueltos en él, y en la diferente mixtura de ellos. Acaso para la formación de las piedras preciosas se mezcla con el jugo lapidífico este, o aquel jugo, o tintura metálica. Acaso también toda la virtud unitiva, y coagulante del jugo lapidífico consiste en dichos sales, azufres, &c.

20. Supuesto que, como está probado, la materia propia de las petrificaciones es un jugo fluido, que se transmite, y penetra por los angostísimos poros de los mármoles, es consiguiente que se pueda levantar de la tierra en vapores; porque esto es común a los líquidos, por razón de su fácil divisibilidad en pequeñísimas partículas. Aun en caso que el jugo lapidífico se suponga tan pesado antes de la coagulación, como después de hecha ésta, la violencia de los fuegos subterráneos podrá atenuarle, dividirle, y darle todo el impulso, que es menester para que monte a la atmósfera.

21. Puestos estos principios, deduzco como consiguiente a ellos, que las dos portentosas petrificaciones, que refieren el P. Kirquer, y Helmoncio, son naturalmente posibles, porque pudieron repentinamente exhalarse de la tierra vapores lapidíficos en tanta copia, que petrificasen hombres, jumentos, ropa, &c. El P. Kirquer dice, que a la petrificación de la Africa precedió un horrendo terremoto. Siendo los terremotos efecto de la desordenada irritación de los fuegos subterráneos, es fácil concebir, que el impulso del fuego, ayudando la conclusión de la tierra, hiciese elevar en brevísimo tiempo tanta multitud de vapores lapidíficos, que bastasen para toda aquella petrificación. Helmoncio, ni expresa esta circunstancia, ni cosa que se le oponga, en el caso del Asia. Posible fue también allí el terremoto, y por consiguiente posible también la misma [38] funesta resulta. Aun sin terremoto pudieron los fuegos subterráneos elevar tanta cantidad de hálitos lapidíficos, que petrificasen aquella turba de Bárbaros.


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§. IV

22. La doctrina física, que hasta aquí hemos establecido, sirve, no sólo para explicar la generación de las piedras, que en su configuración íntegramente representan algunos cuerpos de determinada, y regular organización, o sean naturales, o artificiales, mas también la formación de aquellas que por alguna parte de su superficie están como selladas de la impresión de algún cuerpo extraño. Hállanse en varias partes muchas piedras figuradas por algún lado con la impresión, ya de alguna planta, ya de algún pez, ya de algún insecto, ya de otras cosas, con tanta exactitud, y perfección, cuanta apenas pudiera imitar el más excelente cincel.

23. Los que para la formación de las piedras figuradas de la primera especie recurren, o a juegos del acaso, o a semillas organizadas, del mismo recurso usan para las de la segunda; y a los ojos se viene, que las impugnaciones, que hemos propuesto en aquel asunto, con el mismo vigor sirven para éste.

24. Digo, pues, que la figuración de estas piedras se explica naturalísima, y simplicísimamente por la precisa, y fortuita aplicación de los objetos representados a la masa blanda de la materia, que empezaba a petrificarse, en cuyo estado se hallaba dócil a cualquier sigilación; y endureciéndose después la podía retener por muchos siglos.

25. Mas con toda la naturalidad, o simplicidad del sistema que seguimos, no se puede negar que hay contra él tres grandes dificultades: la primera, que toca a las piedras figuradas de la primera especie: la segunda, que pertenece a las de la segunda; y la tercera común a unas, y a otras. [39]


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§. V

26. La primera dificultad se toma de las piedras, que tienen figura de peces, y conchas marinas, y se hallan en algunos sitios muy distantes del mar, y aun tal vez en montañas bastantemente elevadas. ¿Quién, o por qué accidente, o con qué designio pudo llevar allí peces, o conchas? Mayormente cuando las piedras figuradas en conchas se hallan en grandísima cantidad en algunos sitios muy alejados del mar. Luego parece preciso confesar, que no son peces, o conchas petrificadas, sino piedras originariamente tales, que tomaron aquella figura, o por accidente, o por ser engendradas de semilla, a quien es connatural tal configuración.

27. El argumento es sin duda fuerte; pero todos están en la necesidad de buscarle respuesta, porque en muchos sitios, muy distantes del mar, se hallan en gran cantidad conchas marinas, que no están petrificadas, sino que aún hoy retienen toda la substancia, y accidente de tales. Lo que nos respondieron los contrarios acerca de la conducción de éstas a aquellos sitios, aplicaremos a la conducción de las otras, que se petrificaron.


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§. VI

28. Varias soluciones se han discurrido para esta dificultad. Dicen algunos, que todas esas conchas fueron conducidas del mar a diligencia de los hombres, para que les sirviesen de sustento los peces contenidos en ellas; y las conchas arrojadas, como inútiles despojos, quedaron derramadas en varias partes. Pero lo primero, esta solución, dado que sirva para las conchas, no sirve para los peces sin concha, que se hallan petrificados en sitios distantísimos del mar. ¿Llevaron los hombres allí los peces para arrojarlos como inútiles? Lo segundo, en algunas partes de Europa se hallan, como testifica el P. Souciet, citado arriba, conchas de peces testáceos, que no se encuentran sino en mares distantísimos de Europa; esto es, en las extremidades del Asia, y de la América. Monsieur de Jusieu envió a la Academia Real de las Ciencias el año de 1721 la quijada petrificada [40] de un pez propio de la China, y hallado cerca de Montpellier. ¿Qué verosimilitud tiene el que de tan lejos trajesen los hombres peces a las Provincias Europeas, y algunos al centro de las tierras, para servirse de ellos en la mesa, cuando acá con mucho menos fatiga, y coste tienen otros, tanto, y más regalados?

{(a) En las Memorias de Trevoux del año de 1736, art. 17, se da noticia de un nuevo sistema, muy oportuno para resolver la gran dificultad filosófica, que hay en señalar la causa de hallarse conchas, y peces petrificados en sitios muy eminentes, y muy distantes del mar. Este sistema consiste en suponer lo primero, que la tierra tiene una especie de movimiento peristáltico, con que sucesiva, y continuadamente va arrojando a la superficie varias materias, que contiene en su profundidad. Lo segundo, que los peces testaceos, y otros se comunican del mar por varios conductos, o canales, ya mayores, ya menores, a las entrañas de la tierra. Hechas estas dos suposiciones, se entiende fácilmente cómo de las entrañas de la tierra, aun a grandes distancias del mar, pueden subir conchas, y peces marítimos a las más altas montañas; esto es, impelidos del movimiento peristáltico de la tierra.

Sólo se necesita probar la primera suposición, pues la segunda fácilmente será admitida de todo el mundo por su gran verosimilitud. Pero aquella se prueba experimentalmente, como se nota en el lugar que citamos de las Memorias de Trevoux, cuyas palabras pondremos aquí traducidas, porque dan toda la luz necesaria en la materia. Es un hecho observado en mil parajes de la tierra, que hay tierras, campos, viñas, jardines, que producen, digámoslo así, conchas, piedras, arenas, que no se han sembrado allí; antes al contrario, muchos años se ha tenido, y continuamente se tiene el cuidado de limpiarlos de aquellas materias. Todos los años se sacan carretas llenas de conchas, y piedras inútiles: y el año siguiente se encuentran otras tantas. Esto consiste, en que cavando se halla, que debajo todo está lleno de ellas más allá de cualquier profundidad: y esto que está debajo, siendo repelido hacia la circunferencia, va montando poco a poco hasta ocupar el sitio de las conchas, y piedras, que se habían quitado el año antecedente. Aun sobre las montañas, sobre los Alpes, se ha observado, que hay sitios siempre cubiertos de conchas, guijarros, y otras piedras, aunque incesantemente su peso, y las lluvias las llevan a los más profundos valles. De esto es causa el movimiento peristáltico de la tierra, y sin duda los fuegos subterráneos, los cuales sin cesar arrojan a la superficie nuevas conchas, y nuevas piedras. Paréceme que este sistema tendrá con el tiempo más Sectarios que todos los demás.} [41]


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§. VII

29. Dicen otros, que todas las conchas, y peces petrificados, que se encuentran en medio de las tierras, y aun sobre las altas montañas, son míseros despojos del Diluvio Universal; porque como entonces las aguas inundaron los más elevados montes, pudieron al retirarse dejar enredados en lodo muchos peces testáceos, y no testáceos. Esta sentencia lleva el P. Souciet, y antes de él la había hecho plausible a los principios de este siglo Juan Jacobo Scheuzer, Docto Suizo, en un libro, que intituló Piscium querelae.

30. También esta opinión padece dos graves réplicas. La primera es la ya propuesta de la gran distancia, que hay entre los mares donde se crían algunos peces, y los sitios donde los de la misma especie se encuentran petrificados. La lluvia diluviana, y agitación de las aguas del Océano para inundar la tierra, no duraron más de cuarenta días. Sólo en aquel espacio de tiempo pudieron ser los peces violentamente movidos del patrio suelo a regiones distintas: pues aunque las aguas duraron después cinco meses sobre la tierra, cubriéndola enteramente, ya había cesado la agitación tempestuosa, sin la cual nada obligaba a los peces a dejar su patria. ¿Quién no ve que el tiempo de cuarenta días es cortísimo para transportarse los peces de los mares últimos de la Asia, y América a los montes de Europa? Mayormente cuando el impulso proceloso de las aguas no sigue determinado, y regular movimiento hacia algún término, antes en continuados embates el movimiento de unas olas destruye, y se opone al de las otras. La segunda réplica se funda en el peso, e incapacidad de nadar de los peces testaceos. Estos están siempre, o en el fondo del mar, o adherentes a los peñascos. ¿Qué apariencia hay de que el agua transporte unos cuerpos incapaces de nadar, y algunos de gran peso, a tanta distancia, y elevarlos a tanta altura, como ocupan algunos? El P. Souciet dice, que halló una concha de cuarenta libras de peso en una eminencia elevada sobre el nivel del mar más de doscientos cuarenta [42] pies. ¿Es verosímil que la agua agitada la levantase desde el fondo del mar hasta aquella eminencia?


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§. VIII

31. Otros dieron en el pensamiento de que los peces hallados sobre las montañas nacieron, se criaron, y petrificaron en los mismos sitios, donde fueron hallados. Parece una extraña paradoja. Sin embargo, le quitan toda la apariencia que tiene de imposible, suponiendo que el agua del mar por varios canales se difunde a infinitos senos, y concavidades de la tierra, de lo cual hay sin duda algunas pruebas experimentadas; y fuera de esto, todos los Autores, que deducen del mar la mayor porción del agua de las fuentes, haciéndola elevar en vapores desde las entrañas de la tierra hasta las cimas de los montes, dan por sentado el supuesto hecho. Dicen, pues, los que llevan esta tercera sentencia, que cuando los fuegos subterráneos elevan en vapores la agua marina de los canales subterráneos a la altura de los montes, nada prohíbe, que envueltas en los mismos vapores suban con ellos algunas minutísimas semillas de peces. Hoy ya es casi común entre los modernos, que las semillas de algunos insectos, especialmente de sapos, suben envueltas en vapores a la segunda región del aire; y a esas semillas atribuyen la pronta generación de aquellos pequeñísimos sapos, que se ven al caer un golpe de agua de trueno en tierras donde no había el menor vestigio de tales sabandijas. ¿Qué más dificultad tiene el ascenso de aquellas semillas, que el de éstas? Subidas las semillas de los peces con los vapores, se depositan sin duda en aquellos mismos receptáculos donde se depositan los vapores resueltos ya en agua; en aquellos receptáculos digo, de donde se suministra el agua a las fuentes. Colocadas las semillas en aquellos como estanques, de ellas se pueden criar los peces respectivos a sus especies. Hasta aquí nada hay de imposible. Tampoco lo es la petrificación de aquellos peces. Esta puede suceder por alguna ruina subterránea, que cierre el canal de donde se levantaban los vapores, [43] o el conducto por donde éstos subían; puesto lo cual, acabada, y consumida el agua del receptáculo, los peces quedarán en seco, o sepultados en el lodo, y entonces podrán petrificarse. Ni obsta el que las conchas, y peces petrificados se hallen muchas veces, no en esos interiores receptáculos, sino descubiertos sobre la superficie de las montañas; pues a esto se responde fácilmente, que las lluvias fueron cavando poco a poco tierra, y peñas, hasta poner patentes las conchas, y peces, que antes estaban sepultados.

32. El famoso Matemático Felipe de la Hire es Autor de este ingenioso sistema. Puede ser que no haya más realidad en él, que en los precedentes, y aun puede ser que haya menos; pero está más bien defendido. Ni yo veo cómo se pueda impugnar con objeción, que sea particular a él, sino averiguando primero, que hay peces petrificados, cuyas semillas son de tanto cuerpo, que no pueden ser elevadas con los vapores. ¿Mas cómo se ha de averiguar, o probar esto? El ímpetu de las exhalaciones es a veces tan grande, que puede levantar cuerpos mayores que cualquier semilla. En las Observaciones Físico-Médicas de Alemania del año de 1685 se refiere que en la India Oriental, tal vez en los nublados caen piezas metálicas, y que Rumphio, Historiador de la Compañía Holandesa del Oriente, envió de aquel País a Mentzelio, Médico del Elector de Brandemburg, una espátula de bronce, que pesaba cerca de once onzas, que decía haber caído de las nubes en una tempestad: Si penes illum fides.


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§. IX

33. La última sentencia es del Filósofo Tolosano Francisco Bayle, el cual supone debajo de tierra, no sólo brazos de mar, mas también ríos grandes, y pequeños, abundantes de peces, como los que corren sobre la superficie de la tierra, o en mucho mayor copia, porque no andan pescadores en ellos. La existencia de estos ríos se demuestra en varias partes y el que llevan peces se prueba [44] con el testimonio de Juan Ludovico Schaenleben, citado de Bayle, que dice que en la Carniola hay un lago llamado Czir Knits, el cual, a la entrada del Otoño se llena de agua, que sale debajo de tierra con copia de peces gustosísimos; y por la Primavera, sorbiéndose la tierra el agua, y los peces, queda seco. Añade, que en una cueva vecina a este lago se oye un ruido tan grande de agua corriente, que se conoce ser río navegable el que fluye por allí.

34. Puestos los ríos, y canales subterráneos de agua marina, unos, y otros habitados de varios peces, Francisco Bayle no recurre a la elevación de semillas sostenidas de los vapores, como Felipe de la Hire. Quiere que los mismos peces ya criados, y formados; y aun crecidos, hayan subido a la superficie de la tierra, y a las alturas donde se ven ahora. ¿Cómo? Trastornándose en diversos modos varias partes de la superficie de la tierra. Pudo, pongo por ejemplo, un pedazo de tierra, o peña, sobre la cual corría un río subterráneo, levantarse, impelido de un terremoto, a mucha altura sobre la superficie de la tierra, llevando consigo algunos de los peces, que reposaban en las ensenadas de ella.

35. No hay en esto, no sólo repugnancia, mas ni aun la menor inverosimilitud. Es cosa que ha sucedido muchas veces, levantar el horrendo ímpetu de los fuegos subterráneos tanta materia terrestre, que formó, no sólo nuevas Islas, sino nuevos montes. El Pico de Tenerife, tan alto como es, que acaso no hay otra montaña más alta en el Universo, da casi palpables muestras de que se formó de esta manera. Los fuegos subterráneos, de que abunda aquella Isla, los peñascos tostados, y mezclados con partes metálicas, y sulfúreas, que se ven en mucha porción del Pico, la colocación de ellos, las exhalaciones calientes, y sulfúreas, que continuadamente se perciben en la cumbre más alta del monte, apenas han dejado duda a algunos inteligentes en Física, de que su formación fue del modo que dijimos. Señaladamente Tomás Cornelio, en la Descripción de la Isla de Tenerife, dice, que un hombre de gran [45] entendimiento, que vivió veinte años en ella, en cualidad de Médico, y Mercader, y examinó con gran atención todas las circunstancias, era de este sentir.


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§. X

36. Referidas las opiniones, que hay sobre tan ardua cuestión, resta que propongamos la nuestra. Digo, pues, lo primero, que todas las opiniones propuestas pueden ser verdaderas en parte: esto es, que unos peces se hayan elevado sobre la superficie de la tierra, y de las montañas por un principio, otros por otro de los cuatro señalados, pero no todos por uno solo. De este modo, a la reserva de una sola, que es general a todos, se salvan todas las dificultades propuestas, porque se evita en uno, respecto de tales, o cuales peces, el inconveniente que hay en otro.

37. Digo lo segundo, que se pueden concebir otros dos medios, sobre los cuatro referidos, con que los peces subiesen, no sólo a la superficie de la tierra llana, mas aun a las cimas de los montes. El primero es suponiendo, que estos montes donde se hallan peces petrificados, se formaron del modo que hemos explicado en el Tom. V, Disc. XV, desde el núm. 41 hasta el 64 inclusive. Suponiendo, digo, que dentro del mar empezase por la generación de varias peñas a formarse un monte, e irse elevando más, y más por el sucesivo incremento de ellas, es fácil entender, que algunos, y aun muchos peces, que habitaban aquel distrito, comprehendidos en los varios senos de las mismas peñas, fuesen subiendo en ellas, al paso que ellas subían, hasta colocarse en una gran altura, donde al fin se petrificasen. Y aun es muy posible que se mantuviesen vivos, cuando el monte estaba ya muy elevado sobre la superficie del mar, por la agua marina, que pudo perseverar largo tiempo en algunas grandes ensenadas de la peña, o peñas de que constaba el monte, hasta que por la fuerza del Sol se evaporase, o por algunas cisuras formadas de nuevo se hundiese. Rogamos [46] al Lector, que para mejor inteligencia de esto recurra al lugar citado del Tomo V.

38. El segundo modo, es por la precipitación de algunas grandes masas de tierra, o porciones de montañas sobre las cavidades, que ocupaban los ríos, o brazos de mar subterráneos. Son muchos los ejemplares de montes, que repentinamente se han hundido. En las Gacetas de Madrid de estos últimos años se refirieron dos casos recientes de estas formidables ruinas. Los parajes por donde corren canales del mar, o ríos subterráneos, son más ocasionados a ellas, porque cavando continuamente el curso de las aguas los poyos, o estribos en que se firman las montañas, pueden en fin llegar a derribarlos enteramente; en cuyo caso caerán sin remedio las montañas sobre las concavidades mismas, por donde corrían las aguas. Arribando este caso, si la montaña se divide, como es natural, en varios trozos, que dejen entre sí algunos intersticios, por ellos montarán con violentísimo ímpetu las aguas del canal, lago, o río, juntamente con muchos peces, los cuales, supuesto el suceso, necesariamente caerán, y quedarán sobre la superficie de la tierra. Si no se hunde toda la montaña, sino una porción de ella, ésta cayendo sobre las aguas subterráneas, puede con el golpe darle tanto ímpetu, que suban con los peces a la altura del resto de la montaña, que quedó en pie.

39. Creo, que no es ilusión ocasionada del amor propio, el pensar que los dos sistemas de invención nuestra no son menos naturales, que cualquiera de los cuatro anteriores; y aun me parece, que explican más cómodamente lo más difícil del asunto, que consiste en los peces hallados sobre montañas inhabitables. Pero lo más verosímil es, que todos seis sistemas pueden tener su uso, tomados con distribución acomodada; esto es verificarse unos en cuanto a unos peces, y otros en cuanto a otros.

40. Sólo una dificultad general resta contra todos, que es la de los peces, cuyas especies no se hallan en nuestros mares, sino en otros distintísimos. Esta dificultad nada tiene [47] de insuperable, siguiendo el sistema de Felipe de la Hire, o el de Francisco Bayle, o el segundo mío, pues se puede responder, que aunque en nuestros mares, y ríos descubiertos no se hallen peces de tal, o cual especie de algunos, que en nuestras tierras se encuentran petrificados, puede haberlos, o los hay en los ríos, lagos, o brazos de mar subterráneos. Esta solución baste por ahora; abajo daremos otra más general, y que sirve para defensa de todos los sistemas propuestos; adaptando a este asunto la misma que daremos al argumento, que se forma contra las piedras figuradas de la segunda especie.


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§. XI

41. Este argumento se toma de las piedras halladas en algunas partes de Europa, que están figuradas con la impresión de semillas, frutos, hojas, o plantas, que no se producen en alguna parte de Europa, sí sólo en las Indias Oriental, y Occidental. Monsieur Jusieu descubrió muchas piedras de estas en una parte del Leonés, como se refiere en la Historia de la Academia de los años de 1718, y de 1721; siendo cosa admirable, que aunque son muchas, como se ha dicho, las piedras figuradas, que se hallaron en aquel sitio, todas las representaciones eran de plantas extranjeras a toda la Europa. En la Historia misma del año de 1706 se da cuenta de otras, que el Barón de Leibniz testifica hallarse en varias partes de Alemania con representación de plantas, que sólo nacen en las Indias. Parece que esta circunstancia convence, que aquellas figuras son obras del acaso, y no efecto de la aplicación de las plantas representadas a la masa, de que se hicieron las piedras.

42. Como estas observaciones son nuevas, y nunca hechas, cuanto yo alcanzo, hasta el siglo en que estamos, sólo los Filósofos de esta era pudieron discurrir sobre el asunto. En efecto, como los de la Academia Real de las Ciencias fueron los primeros que hicieron público al mundo tan raro fenómeno, fueron también los primeros que [48] filosofaron sobre él, y aun se puede decir, que no sólo fueron los primeros, sino que hasta ahora son los últimos porque tal cual Autor modernísimo, que ha tocado el punto, así como copió de ellos la noticia, también copió su modo de filosofar.

43. El dictamen, pues, que prevaleció entre aquellos doctísimos Académicos, para disolver la dificultad propuesta, es, que en los tiempos antiguos hubo algunas grandes inundaciones del mar sobre la tierra, que en diferentes veces cubrieron la mayor parte de ella, o apenas dejaron parte que no cubriesen. Con esta suposición evacuan varias dificultades grandes, como el que apenas haya territorio donde no se vean conchas marinas, ya petrificadas, ya sin petrificar; el que encuentren huesos de elefantes en algunas Regiones Septentrionales; y en fin, que se hallen piedras figuradas con la impresión de plantas extranjeras; porque, dicen, las aguas del mar, violentísimamente conmovidas por algunas grandes alteraciones de los elementos, pudieron, no sólo arrojar sobre la haz de la tierra gran multitud de peces testáceos, y no testáceos; mas también transportar huesos de elefantes de las Regiones Meridionales a las Septentrionales, y plantas de la América, Asia, o Africa a Europa, donde encontrando en algunas partes aquella blanda masa, que toma después la dureza de piedra, estampasen en ella su figura.

44. No puedo acomodarme a este modo de discurrir; y la suposición de esas grandes inundaciones me parece mera suposición sin realidad alguna. Más ha de veinte siglos que no se vio inundación alguna tan grande como la que esta opinión supone; y en los Autores que escribieron de veinte siglos a esta parte, no se halla memoria de inundación alguna grande, que por tradición, o escrito hubiese llegado a su noticia, exceptuando dos; esto es, el Diluvio de Deucalión, cuya época se señala comúnmente mil quinientos años, poco más, o menos, antes de la venida del Redentor, y la que sumergió la Isla Atlántida. [49] El Diluvio de Deucalión, tan famoso en Historiadores, y Poetas, no comprehendió más que una parte de la Grecia; conviene a saber, la Tesalia. Esto es muy poca cosa para lo que en el presente asunto necesitamos. La inundación de la Atlántida, es, como vimos en otra parte, fabulosa. Con que sólo resta el Diluvio Universal, que nos consta por Fe Divina, a quien atribuir esas grandes transmutaciones de peces, plantas, y huesos de brutos.

45. Ni yo entiendo por qué los Académicos no recurrieron, para disolver la dificultad, a esta generalísima, y verdaderísima inundación, dejando otras arbitrariamente supuestas; sino que caso los embarazase la objeción, que arriba hemos propuesto, que el movimiento proceloso del Diluvio Universal no duró tanto tiempo, cuanto era menester para transportar plantas, y peces desde las extremidades Orientales de la Asia a las Regiones de Europa.

46. Pero la verdad es, que ni la inundación del Diluvio Universal, ni otras cualesquiera que supongan, basta para evacuar la dificultad. Convengo en que dichas inundaciones pudiesen llenar la tierra de conchas, y esparcir en ella muchos peces de varias especies. Consiento también en que pudiesen transportar a Europa plantas de la Asia, y de la América. ¿Pero esas plantas en qué estado llegarían a Europa, después de tan largo viaje, por un elemento tan inquieto, batidas, y rebatidas a cada momento, y en largo espacio de tiempo, por las olas furiosamente irritadas? Sin duda casi enteramente destrozadas, y que apenas mantendrían el menor vestigio de su antigua figura; especialmente las hierbas, y aun las hojas de las plantas mayores, si llegasen acá, llegarían arrolladas, y hechas ovillos; por consiguiente incapaces de señalar con su impresión en algún cuerpo su natural figura.

47. Tampoco pudo, ni el Diluvio Universal, ni otra alguna inundación, fínjase como se quisiere, transportar los huesos de elefantes de las partes Australes a las Regiones del Norte. ¿Qué verosimilitud tiene, que las aguas, por más impetuosamente que se moviesen, pudiesen conducir a [50] Países distantísimos de aquellos, donde se crían huesos de tan enorme peso, como son los de los elefantes? En la Siberia, Región Septentrional, dominada del Czar, y por su espereza destinada al destierro de muchos criminales, se hallan más huesos elefánticos, que en otro algún País del mundo; y los Moscovitas hacen un gran tráfico de los muchos dientes de elefantes, que a cada paso se hallan en aquel País. ¿Por qué más a aquél que a otros habían de transportar las inundaciones esos dientes? Pues aunque hay noticias de que también en Hungría, en Flandes, en Inglaterra se han descubierto algunos, son pocos, y por consiguiente hay lugar a creer, que los hombres transportaron algunos vivos a esas Regiones, como no ha muchos años que fueron traídos dos a París; el uno el año 1668, presente que hizo el Rey de Portugal a Luis Decimocuarto. Lo que aumenta al supremo grado la dificultad, es, que no sólo se hallan en la Siberia dientes, y otros huesos de elefantes; mas también se ha encontrado uno, y otro esqueleto entero; lo que se debe reputar imposible, si dichos huesos fuesen conducidos allí por las aguas tumultuantes, siendo preciso, que éstas dislocasen, dividiesen, y desparramasen los huesos. Véase sobre los huesos de elefantes de la Siberia la Disertación del Caballero Sloane en las Memorias de la Academia del año de 1727.


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§. XII

48. Rechazada, pues, esta opinión, digo, que la dificultad presente se puede evacuar con otra suposición, que nada tiene de imposibilidad, ni inverosimilitud, antes es natural, y precisa. Nuestra suposición es, que esas plantas peregrinas, cuya impresión se halla en algunas piedras de nuestras Regiones, aunque hoy son peregrinas, no en todos tiempos lo fueron; antes en aquel, en que se configuraron esas piedras, se criaban en los mismos sitios, o Países donde se hallan las piedras. Esta suposición allana la dificultad generalmente para todas las piedras, que tienen representación de cuerpos extranjeros, [51] que sean plantas, que animales, que miembros, o huesos de estos; y asimismo, que sean petrificados aquellos cuerpos, o que su representación en las piedras sea mero efecto de su aplicación, o impresión en ellos. Por consiguiente, ésta es una solución universal, de que se pueden servir todas las sentencias referidas arriba, en orden a los peces petrificados, y conchas marinas, que se hallan en la tierra. Pongo por ejemplo: Cuando a la primera sentencia se oponga la inverosimilitud de que los hombres, para su sustento, condujesen a Europa peces, que sólo se hallan en los mares de América, se responderá, que aunque hoy sólo se hallen en la América, en otro tiempo se criaban en el mar de Europa. Cuando a la segunda se arguya con la imposibilidad de que las aguas del Diluvio condujesen esos peces peregrinos de tan remotos mares, se responderá asimismo, que en el tiempo del Diluvio eran esos peces vecinos nuestros. Con el mismo principio se puede resolver también la difícil cuestión de los huesos, y dientes de elefantes de la Siberia; bien que en cuanto a esta parte es el negocio algo más arduo, como veremos abajo.

49. Esto viene a ser substituir, para el efecto de resolver esta gran cuestión, las peregrinaciones, o translaciones de las especies de unas partes a otras del globo terráqueo, en lugar de las peregrinaciones de determinados individuos de ellas, que proponen los de la Academia Real de las Ciencias.

50. Pruébase lo primero nuestro sistema con la impugnación del precedente. Verdaderamente, excluido éste, no parece que hay otro modo de componer las cosas, y dar vado a la dificultad, sino el que proponemos. Pruébase lo segundo por la comodidad de este sistema, para allanar sin recurrir a otro principio alguno, cuantas arduidades se ofrecen en toda la amplitud del asunto presente, como poco ha hemos insinuado. Este es un carácter precioso de verosimilitud.

51. Pruébase lo tercero, y principalmente con varios ejemplares de translaciones de especies diferentes de unas [52] partes a otras del globo terráqueo, y a partes distantísimas. Los ejemplares serán tomados de todos tres reinos, animal, vegetal, y mineral. En el animal, y dentro de la clase de peces, que es la idéntica a nuestro propósito, sabemos, que en los tiempos antiguos había copia de Murices, aquellos peces de que se extraía el precioso jugo purpúreo en el mar de Tiro. Hoy no parece ni uno en aquel mar, y se halla esta especie en los mares de la América, como hemos visto en el Tomo VI. Disc. 4. núm. 6.

52. En el año de 1725, por la Primavera, que es el tiempo que en las Costas de Bretaña, se hace gran pesca de sardina, no pareció en ella sardina alguna: y en su lugar se llenó aquel mar de una gran multitud de peces de especie incógnita a todos los Naturalistas, y Pescadores de estas Regiones, que suplieron abundantemente la falta de sardina {(a) Hist. de la Academ. año de 1725, p. 2.}. Es verdad, que después acá no volvieron a aquel sitio dichos peces. Pero esta circunstancia nada obsta a nuestro propósito, pues no quita que aquélla fuese verdadera peregrinación de una especie de peces, desde algún mar distantísimo al de Bretaña; y así como se retiraron luego, pudieron, si quisiesen, hacer allí una colonia estable. Quizá la experiencia de lo que padecían por la pesca los hizo desertar.

53. Si acaso se nos responde, que no es menester que aquellos peces viniesen de muy lejos, pues podían habitar algún espacio de mar no muy distante, pero donde nunca llegaron los Pescadores; replicaremos lo primero, que, aun admitido eso, no infiere que no hubo peregrinación, sino que la peregrinación no fue muy larga; fuera de que la posibilidad de las cortas infiere la posibilidad de las largas. Replicaremos lo segundo, que para nuestro principal intento, lo mismo hace uno que otro. Si en nuestros mares puede estar escondida una, u otra especie de peces, de modo, que por espacio de algunos, o de muchos siglos no se descubra a Pescadores, y Naturalistas, pueden entre éstas ser comprehendidas [53] algunas de las que hoy se cree hallarse sólo en los mares Asiáticos, o Americanos. Por consiguiente, no es menester recurrir a que nos vengan de allá algunos individuos de ellas por medio de portentosas increíbles inundaciones, pues estando en nuestros mares, por inundaciones, pequeñas, u otros accidentes, pudieron ser arrojados sobre nuestras tierras, y petrificarse en ellas.

54. Estrabón dejó escrito, lib. 3, que España producía muchos Cisnes. Ni uno produce hoy España. Así estas aves, que un tiempo fueron domésticas en nuestra Región, hoy son tan peregrinas, que como tales son alhajas de Príncipes.

55. Del reino vegetable nos ocurre lo primero el árbol del bálsamo, el cual en la antigüedad, según testimonio de Plinio, era privativo de la Judea; y hoy en Judea ni una planta de estas nace, pero sí innumerables en la Arabia. Si es verdadera la tradición Judaica, referida por Josefo, de que la Reina Saba había traído aquella planta, hasta entonces peregrina, a Judea, ve aquí dos translaciones, o peregrinaciones de una misma especie vegetable. Hágase aquí la reflexión de que, si faltando hoy la noticia de que un tiempo fue fecunda de bálsamo la Judea, se hallase hoy en aquella tierra petrificada una planta de esta especie, o una piedra figurada con la impresión de ella, se quebrarían las cabezas los Filósofos discurriendo sobre el fenómeno; y unos dirían, que había sido juego de la Naturaleza, o efecto del acaso; otros, que el Diluvio Universal, u otra gran inundación había traído de remotas tierras aquel árbol a Judea; pero todos errarían miserablemente. ¿Por qué no sucederá hoy lo mismo con las piedras figuradas de plantas, que al presente son extranjeras? ¿O por qué algunas de las que hoy son extranjeras, no serían domésticas un tiempo a nuestras Regiones, del mismo modo que el bálsamo extranjero hoy a Judea, fue un tiempo producción de aquel terreno?

56. Ocurre lo segundo el árbol de la canela, el cual, como se colige de Plinio, no se criaba en su tiempo en la [54] Isla de Ceilán: y hoy la Isla de Ceilán es quien reparte este aroma a todo, o casi todo el mundo. Añádese, que así como la canela se produce hoy en la Isla de Ceilán, donde no nacía en otro tiempo, nacía en otro tiempo en el Continente de la Asia; esto es en el territorio de Cochin, donde hoy no hay un árbol de esta especie. Es el caso, que los Holandeses desarraigaron enteramente las selvas de canela de aquel Partido, para hacer más lucroso su comercio con la de Ceilán. Así son varios los accidentes, porque puede una planta nacer donde antes no nacía, y al contrario.

57. Ocurre lo tercero, lo que referimos en el Tom. VI, Disc. V, núm. 9 de las nuevas plantas, incógnitas a todos los grandes Botanistas de París, que se aparecieron el año de 1715 en el Jardín de Monsieur Marchant. Es cierto, que las semillas de que se formaron (pues hoy apenas hay quien dude que todas las plantas se formen de semillas) no estuvieron ociosas desde el principio del mundo hasta entonces. Luego en otra parte nacían aquellas plantas, y sus semillas verosímilmente fueron transportadas por los vientos de sitio muy remoto al Jardín de Monsieur Marchant. Si se me dijere, que a veces los mejores Botanistas no conocen todas las plantas de su Región, o de los Países vecinos a ella, porque algunas pueden estar escondidas en sitios inaccesibles; por consiguiente podían las semillas de las plantas en cuestión haber venido de sitio muy distante, sin que los Botanistas de París las conociesen: vengo en ello con mucho gusto. Pero aplico la reflexión a mi favor, y pregunto: Si los Botanistas, por la razón expresada, no conocen todas las plantas de su Región, ¿de dónde consta, que las plantas creídas extranjeras, cuya impresión se halló en varias partes de Francia, y Alemania, no nacen en estos dos Reinos? Pues el que los Botanistas no las hubiesen descubierto jamás, nada prueba, por lo mismo que acaban de proponer los Contrarios.

58. Finalmente, por lo que toca a los minerales, es cosa constante, que muchos no se hallan, ni se producen hoy en algunos Países, que en otros siglos los produjeron [55] en gran copia: sobre que se puede ver lo que decimos en el Discurso sobre el sitio del Paraíso, desde el núm. 45, hasta el 48 inclusive.

59. De todo lo dicho resulta, que muchos géneros de todos tres Reinos, que hoy se reputan extranjeros, respecto de varias tierras, fueron un tiempo producción de ellas mismas. Por consiguiente, esto pudo acontecer, y se debe creer que aconteció a las plantas, y peces, cuya figura se halla estampada en varias piedras de Europa, sin que tales plantas, y peces parezcan hoy en nuestras tierras, o en nuestros mares.


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§. XIII

60. Réstanos saber si podemos comprehender debajo de este sistema los huesos de elefantes de la Siberia, lo que es sin duda negocio algo más arduo, por ser el clima helado de aquel País muy contrario al temperamento de los elefantes, que pide Países calientes, como la experiencia enseña; y debiendo creerse, que el clima de cualquier País, en cuanto al exceso, o moderación de frío, y calor siempre fue uno; parece que no pudiendo hoy vivir los elefantes bajo el Cielo de la Siberia, en ningún tiempo pudieron.

61. Si debiésemos asentir a lo que los Naturales de aquel País, especialmente los Idólatras (que son muchos), publican en orden a dichos huesos, cesaría toda la cuestión, faltando el asunto. Lo que dicen aquellos Bárbaros es, que los huesos de que tratamos no son de elefantes, sino de unos brutos especiales de aquella Región, a quienes llaman Mamoudes, o Mamares, y a quienes atribuyen mayor corporatura, que la de todos los demás animales terrestres. ¿Mas por qué no hemos de creer, dirá el Lector, a los Naturales del País sobre una cosa, que es propia de él, y de que ellos son, o pueden ser los únicos testigos que hay en el Orbe? Porque no son testigos, ni hablan en la materia, sino lo que soñaron. No se ha visto jamás en la Siberia algún animal vivo de esta especie. Dicen los Siberianos, que viven en unas anchurosas, y dilatadas cavernas, con tanta necesidad [56] de habitar sus lobregueces, que al momento que alguno sale a la superficie de la tierra, y logra la luz del día, muere sin remedio. A esto juntan otras patrañas. Por lo cual, y por la conformidad testificada por los Moscovitas de los huesos, especialmente los dientes, que se hallan en aquel País, y los del elefante, no es dudable que son huesos elefantinos.

62. ¿Mas cómo pudieron en ningún tiempo habitar los elefantes en Región tan fría? De varios modos se puede responder. Lo primero, que la Siberia no en toda su extensión es excesivamente fría, como se lee en el gran Diccionario de Moreri. Y el que pueden vivir los elefantes en Región fría, como no lo sea con gran exceso, se prueba con el elefante, que dijimos arriba envió el Rey de Portugal al de Francia; el cual habiendo llegado a París el año de 1668 no murió hasta el de 1681. Lo segundo, que en las Regiones más frías, si son de suelo muy desigual, como lo es la Siberia, hay algunas quiebras muy abrigadas, donde hiriendo fuertemente el Sol las conserva calientes, y acaso esas quiebras fueron un tiempo habitación de los elefantes. Lo tercero, que no hay repugnancia alguna en que en siglos muy remotos la Siberia, o parte de ella fuese bastantemente templada. Para esto no es menester recurrir a la hipótesis de la variación de altura de Polo, de los siglos pasados al presente, o a la de la variación del curso del Sol; aunque no faltaron Astrónomos, que pensaron ya en uno, ya en otro. Aunque siempre se conserve la misma correspondencia del Cielo a la tierra, puede haber causa, o causas por donde se altere notablemente la temperie de las Regiones. Los fuegos subterráneos pueden con las exhalaciones, que levantan, calentar bastantemente una Región muy Septentrional. Pueden esos fuegos extinguirse después, o por la total consumpción del pábulo, o por verterse por el sitio de ellos, mudando el curso antiguo, o un río subterráneo, o un brazo subterráneo de mar, en cuyo caso la Región, que antes era caliente, pasará a intensamente fría. [57]

63. Finalmente se puede responder, que el que los elefantes no pueden vivir en las Regiones frías, se dice sin bastante fundamento. De esto no puede haber otra prueba, sino la experiencia (si es que la hay), de que se conserven poco tiempo los que son trasladados de los Países calientes de la Asia, y Africa a los Septentrionales de Asia, y Europa. Pero este argumento, aun concedido su asunto, es muy débil. Los hombres de esos mismos Países, trasladados a las Regiones del Norte, viven poco, y trabajosamente: ¿de aquí se inferirá, que los climas muy fríos son generalmente opuestos al temperamento humano? De ningún modo, pues, vemos los Reinos Septentrionales no menos poblados de hombres, que los Australes, lo que se infiere únicamente es, que tanto a hombres, como a brutos, que nacieron en País muy caliente, les es muy adverso por insólito el gran frío, y también al contrario; con la diferencia, de que los hombres pueden usar, y usan de varias precauciones, para que la cualidad excesiva, y opuesta del País, a donde son trasladados, no los ofenda tanto: comodidad, de que no pueden gozar, o no aciertan a procurarse los brutos.

64. ¿Pero por qué accidente, se me preguntará, pudieron faltar totalmente los elefantes en la Siberia, no mudándose la constitución del clima? Respondo, que por el mismo, porque faltaron totalmente los lobos en Inglaterra. Estuvo aquella Isla algún tiempo inundada de ellos. Hoy ni uno se encuentra en todo su recinto; porque los Naturales conspiraron con tanto tesón contra aquellas dañosas bestias, que acabaron enteramente su generación. Lo mismo pudo suceder en la Siberia a los elefantes. Respondo lo segundo, que como hay pestilencias respectivas a esta, o aquella determinada especie de brutos (lo que atestiguan mil experiencias), pudo venir alguna tan devastante por los elefantes de la Siberia, que no dejase ni uno vivo. [58]


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§. XIV

65. Llegamos ya a exponer la tercera dificultad, que dijimos arriba militar contra ambas especies de piedras figuradas. Esta se funda sobre varias piedras, en quienes ya de relieve, ya con colores nativos se han hallado, y hallan imágenes puntualmente delineadas de varias cosas, que ni pudieron petrificarse, ni imprimir su imagen por la aplicación a la materia de las piedras. Tal fue, en primer lugar, la famosa Agata de Pirro, Rey de Albania, cuyas venas con sus lineamentos, y colores representaban las nueve Musas, cada una con la insignia correspondiente, y Apolo presidiéndolas con la Lira en la mano. Tal otra Agata, que dice Ambrosio, citado por el P. Zahn, que vio, en quien estaban estampados los Círculos Celestes, y las Estrellas. Tal otra piedra de la misma especie, que dice Mayolo fue presentada al Emperador de Romanos por los Embajadores del Rey de Persia, y representaba exactamente a María Señora nuestra con el Divino Infante en los brazos. Jonstono da noticia de otras piedras halladas en tiempo de Juan Federico, Elector de Sajonia, en quienes perfectamente estaban delineados Cristo crucificado, nuestra Señora, y el Apóstol S. Juan. En fin, omitiendo otras muchas, el P. Kirquer refiere, que vio en el Gabinete del Caballero Magnino Patricio Romano, una piedra en quien estaban figurados con propios, y vivísimos colores los cuatro Elementos.

66. En estas piedras, y generalmente en todas aquellas, que por la disposición de betas de diferentes colores representaren cualesquiera objetos, no se puede decir, que la representación es efecto, ni de la petrificación del objeto, ni de la aplicación, o impresión de éste en la masa, que después toma la dureza de piedra. Luego sólo se puede atribuir a juego de la Naturaleza, o a manejo del acaso. Puesto esto, está abierto el paso para que sea asimismo juego de la Naturaleza la configuración de todas las piedras, que representen esto, que aquello; pues no es mayor maravilla, que por acaso tome una piedra la figura, v.g. de un pez, ni [59] aun tan grande, como que por acaso en las betas de otras se expriman Apolo, y las nueve Musas, o Cristo crucificado, acompañado de su Madre Santísima, y del Discípulo amado, con los colores apropiados.

67. No juzgo absolutamente imposible el que con algunas tinturas penetrantes, que no son incógnitas a los Químicos, se pinte en una piedra algún objeto, de modo, que no parezca la representación artificiosa, sino natural; esto es, que sus colores parezcan nativos de las betas de la piedra, y no inducidos por arte. Y en conformidad de esto, ¿quién me quitará responder, que las imágenes de la Agata de Pirro, y las de otras Agatas referidas arriba, no fueron efectos de otra causa que la dicha?

68. Pero tengo por mejor responder con el P. Malezieu, y echar por el atajo, diciendo, que a esas imágenes pintadas de mano de la Naturaleza les falta mucho para estar en la perfección que les atribuyen. Encuéntrase en esta, o en aquella piedra una disposición de betas, que asoma confusamente a la representación de tal objeto. Esta es obra de la Naturaleza. Todo lo que resta de ahí arriba, para llegar a la exactitud de imagen, lo ponen de su casa, ya la imaginación de los que contemplan aquellos rudos lineamentos, ya la ficción de los que se deleitan en la relación de un mentido prodigio.

69. Firmemente creo, que la Agata de Pirro no tenía más misterio que éste. Diez figuras humanas exactamente pintadas, o dibujadas, son demasiada obra, para que se crean efecto del acaso. La razón lo resiste invenciblemente, y como dije arriba sobre asunto semejante, quien lo creyere, tiene casi todo el gasto hecho, o lo más del camino andado, para asentir a que todo el Universo fue formado por el fortuito concurso de los átomos, como quería Epicuro.

70. No repugnaré yo, que tal vez se hallen bien dibujadas en los nativos lineamentos de las piedras algunas figuras más simples, como de la hoja de una flor, de un círculo, de un triángulo, de una letra del Alfabeto. Así, aunque [60] pudo ser antojo del vano genio de Jerónimo Cardano lo que nos dejo escrito de haber visto perfectamente formadas en una piedra las dos letras iniciales de su nombre, y apellido G, C, también pudo ser realidad.

71. También es posible, que alguna, o algunas sagradas imágenes, como las que se refirieron arriba, se hayan estampado milagrosamente en las piedras, por querer Dios darnos ese testimonio más de la verdad de nuestra santa Fe. Más que por mero capricho de la naturaleza se forman imágenes, y aun complejos de imágenes, tan compuestas, y juntamente tan acabadas, como las que se nos alegan en la objeción, es cosa que está fuera de la esfera de mi creencia.


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§. XV

72. Ya el lector habrá comprehendido la correspondencia del título al asunto de este Discurso, pues cuanto hemos tratado en él son verdaderas peregrinaciones de la naturaleza, y peregrinaciones de dos clases diferentes; unas en cuanto al ser, otras en cuanto al sitio. En cuanto al ser, pues vimos hacerse piedras los que eran troncos, los que eran peces, los que eran huesos de animales terrestres, pasando al reino mineral innumerables individuos pertenecientes al animal, y vegetable. En cuanto al sitio, por los muchos ejemplares propuestos de tránsitos a partes diferentes, y remotas, de especies, e individuos de todos tres reinos. Vimos, digo, pasar a la tierra vivientes propios del mar: colocarse sobre las cimas de las montañas los que habitaban hondísimas cavernas: pasar de unos mares a otros distantísimos, y de unas tierras a otras, ya peces, ya vegetables, ya minerales.


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§. XVI

73. Mas por complemento del Discurso, aunque la materia no corresponde al título, porque pertenece al asunto de piedras figuradas, que nos hicieron casi todo el gasto en esta Disertación, es bien digamos algo de aquellas, que observan constantemente alguna configuración geométrica regular, cuales se hallan en varias partes. El P. Zahn dice, que cuantos pedernales hay en la Isla de [61] Cuba son perfectamente esféricos; de modo que apenas al compás se formarían con mayor exactitud. El mismo Autor asegura, que en la Calabria hay una cantera, de donde cuantas piedras se extraen tienen figura cúbica, como el dado más bien labrado. Mi íntimo, discretísimo, y generosísimo amigo D. Manuel de Vorges y Toledo, Secretario de S.M., y del Real Consulado de Sevilla, me hizo noticioso de otras piedras de tamaño, y figura de dado, por cuya razón se llaman cuadras, y se hallan en la Tartaria, en Congo, y sobre los minerales de oro. Son de color de hierro. El primero que las trajo a Europa fue el P. Fr. Rafael de Milán, Misionero Capuchino, juntamente con la noticia (creída buenamente por él) de estar dotadas de innumerable virtudes medicinales: fama cuya posesión aún hoy gozan en la común estimación, que en las lenguas de muchos las califica con el alto epíteto de Botica universal. Pero el referido Caballero, que poseyó algunas de estas piedras, y las probó en varios experimentos, en todos las halló enteramente inútiles; lo que yo creería muy bien, aun sin testificármelo un sujeto de tan inviolable veracidad. Como de estas drogas se venden para vender las drogas.

74. Hállanse también en varios parajes piedras de otras figuras. En un sitio distante de esta Ciudad una legua, donde llaman las Torres del Priorio, mezcladas con la tierra, se encuentran innumerable piedrecillas de tersísima superficie, todas formadas en punta de diamante. En muchas partes se ven cristales hexágonos, estrellados, &c. ¿A qué principio hemos de atribuir estas figuras?

75. No se puede discurrir sobre este asunto en materias, ni animales, ni vegetables, petrificadas; porque ni en uno, ni en otro Reino produce la naturaleza algún cuerpo que tenga la superficie figurada, ni en esfera, ni en cuadro, &c. Por la misma razón tampoco se puede pensar, que dichas piedras se formen en algunos moldes, cuyas concavidades sean esféricas, cuadradas, hexágonas, &c. pues no hay tales moldes en el mundo, sino los que trabaja el arte; y dado que por accidente en alguno de estos [62] se formase una, u otra piedra, para la multitud de homogéneas en la figura que hay en algunos sitios, es claro que no ministra el arte moldes, ni por accidente, ni por designio.

76. Sólo, pues, parece caben aquí dos modos de opinar. El primero, que estas piedras estén producidas desde el principio del mundo, y hayan salido configuradas así de las manos del Criador. Mas esto tiene contra sí, que en el discurso de tantos siglos ya se hubieran desfigurado, especialmente las que están en la superficie de la tierra, no pudiendo menos de rozarse infinitas veces contra la arena, y otros cuerpos, movidas al impulso de los vientos, y de los terremotos. El segundo, que sean piedras vegetables, o producidas de verdadera semilla; pues el ser un mismo cuerpo piedra, y vegetable, no tiene implicación alguna, como se ve en el coral, en la madrepora, en la seta marina, y otras plantas petrosas, que nacen en el suelo del mar. Esto parece da un gran aire de verosimilitud a la opinión de Ballivio, Tournefort, y otros, que quieren vengan las piedras de semilla; y en caso que esta opinión no tenga lugar con la generalidad que la dan sus Autores (pues tomada generalmente padece terribles objeciones), por lo menos será con probabilidad adaptable a las piedras figuradas de que hablamos; a lo que se muestra bastantemente inclinado el Tolosano Francisco Bayle. Verdaderamente parece inconceptible, que sin provenir de semilla observen tantos millares de piedras con tanta exactitud la misma configuración.

77. Sin embargo, contemplada con más reflexión la materia, se deducirá, que sin semilla pueden salir esas figuras uniformes. La razón es, porque en otras materias, en que se sabe de cierto que no interviene semilla, produce la naturaleza figuras igualmente, y constantemente uniformes. Los ejemplos ocurren a millares en las cristalizaciones, y concreciones de metales, licores, y sales. De la mezcla de plata, mercurio, y espíritu de nitro, manejados en la forma, que hemos propuesto Tom. II, Disc. XIV. [63] núm. 43, se forma el que llaman Arbol de Diana, y que imita exactamente la figura de los árboles verdaderos. De limadura de hierro, espíritu de nitro, y aceite de tártaro por deliquio, resulta otro árbol semejante. Véase el lugar citado arriba, núm. 41. y 42. De modo, que si cien veces, o mil se repite cualquiera de las dos operaciones, sin que haya error en ellas, otras tantas resulta la misma figura. En las concreciones de la orina por frío, se aparecen siempre unos ramales como plumas, o espinas llanas de pescado. En las de la parte acuosa del vino unas láminas triangulares. Una especie de nieve representa en todos los copos unas estrellas de seis rayos. En las cristalizaciones de las sales siempre resulta determinada figura; pero diferente en diferentes especies de sales. El sal marino se cristaliza en cubos. El salitre en figuras hexágonas. El vitriólico en rombóides, &c. Si, como nadie duda, sin usar de semillas, la naturaleza observa constantemente dichas figuras en las materias expresadas, ¿por qué sin semillas no podrá obrar del mismo modo en las piedras? Este argumento de paridad es tan fuerte, que por lo menos funda una presunción vehemente de que aquellas figuras en las piedras, no menos que las observadas en sales, licores, y metales, son obras de puro mecanismo.

78. ¿Mas qué mecanismo será éste? Rem difficilem postulasti. En esta materia todo lo que hasta ahora se discurrió fue no más que un tentar la ropa, formando para cada diferente figura diferente hipótesis, e infiriendo de la posibilidad la existencia. Esto hizo, y no más, Monsieur Petit, Médico Parisiense, en un largo discurso, que se lee en las Memorias de la Academia Real de las Ciencias del año 1722, destinado a explicar únicamente el mecanismo, con que se fabrican las diferentes figuras en los sales, ya cristalizados, ya concretados: Pero estoy muy lejos de la intención de copiarle aquí; pues sobre todo es un mero adivinar, en la explicación del mecanismo de cada sal no hallarán los más de los lectores, especialmente faltando las [64] láminas, que la ilustran en el impreso de la Academia, más que una algarabía ininteligible.

79. Omitiendo, pues, lo que dice este docto Médico, propondré una explicación universal del mecanismo, que me ha ocurrido, adaptable a todos los fenómenos expresados, y proporcionada por su simplicidad, y claridad a la inteligencia de casi todos los lectores. Supongo con todos, o casi todos los modernos, que la coagulación de las materias líquidas, o licuadas se hace por el recíproco enlace de las partículas insensibles, de que constan, por cuyo enlace pierden el movimiento respectivo, que antes tenían, y en que consiste la fluidez. También supongo, que las partículas insensibles piden colocarse en tal, o cual positura, para trabarse unas con otras, de modo que pierdan el movimiento. Esta colocación ha de ser proporcionada a la cantidad, y figura de las partículas, las cuales en diferentes cuerpos son diferentes en magnitud, y figura, por lo menos algunas de ellas, pues a cada cuerpo corresponde diferente textura, y a diferente textura diferentes partículas.

80. Puestos estos principios, bien se entiende que las partículas de algunos cuerpos entre innumerables combinaciones, que pueden imaginarse en orden a la colocación de unas, respecto de otras, piden para enlazarse tal, o cual combinación determinada, de modo que hasta lograr aquélla, siempre estarán desprendidas, y en movimiento. Ve aquí, pues, compuesto el negocio. Cuando las partículas de algún cuerpo sólo se pueden enlazar, o fijarse debajo de alguna determinada combinación, es preciso que de su fijación siempre resulte tal determinada figura; porque a tal determinada combinación de tales partículas, necesariamente corresponde tal determinada configuración; como a tal determinada combinación de tales, o cuales letras del Alfabeto, corresponde tal determinada dicción. Luego si las partículas de algún cuerpo sólo pueden fijarse debajo de una tal combinación, que, puesta ésta, resulte la figura esférica, siempre que se fijen, se compondrán en figura [65] esférica, y hasta lograrla estarán siempre en el estado de fluidez; esto es, en movimiento recíproco, o por lo menos en próxima aptitud para él. Del mismo modo, si las partículas de otro cuerpo sólo pueden fijarse debajo de tal combinación, que puesta en ella, resulte la figura cuadrada, siempre que se fijen, se compondrán en cuadro. Lo mismo digo de otra cualquiera figura elíptica, v. gr. triangular, pentágona, &c.

81. Doy un ejemplo claro de esto en las obras de Carpintería, que llaman de enlazado, en que las diferentes piezas de madera, sin clavos, ni cola se atan, o fijan unas a otras, sólo en virtud de la figura que les dio el Artífice. Es cierto que aquellas piezas sólo se atarán unas a otras, aplicándose recíprocamente debajo de una determinada combinación; y no usando de ésta, aunque se apliquen, variando por millones de otras combinaciones, siempre quedarán sueltas. Pero puesta aquella combinación, ¿qué figura resultará en el todo? Una única, y determinada; esto es, aquella que ideó el Artífice; y si mil veces se desunen, y vuelven a unirse, siempre resultará la misma. El símil no puede ser más literal.

82. Debe, pues, inferirse, que la diferencia de las piedras, que observan determinada configuración, a las que son indiferentes para varias figuras, pende precisamente de que las partículas insensibles del jugo, de que se forman las segundas, pueden trabarse debajo de muchas combinaciones diferentes. Mas las partículas insensibles del jugo, de que se forman las primeras, sólo debajo de una combinación determinada pueden enlazarse, y perder el movimiento respectivo. Así, si un sitio, o territorio abunda de jugo lapidífico, cuyas partículas, por razón de su figura, y tamaño, sólo pueden unirse debajo de tal determinada combinación, se producirán en él muchas piedras uniformes en la figura. El que no tuviere esta explicación por buena, busque otra mejor, y se le pagará el hallazgo. En materia tan arcana, y que se puede reputar por uno de los mayores misterios de la naturaleza, lo más que puede pretender el discurso, es encontrar con lo verosímil.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo séptimo (1736). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por Andrés Ortega, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo séptimo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 26-65.}


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