La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo quinto
Aprobación

Del Rmo. Padre Antonio de Goyeneche,
de la Compañía de Jesús, Maestro que fue de Escritura
en su Colegio de la Universidad de Alcalá, y ahora de Historia,
y Erudición Sagrada y profana en los Estudios Reales de Madrid


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M.P.S.

De orden de V.A. he visto el quinto Tomo del Teatro Crítico del Rmo. P. M. Fr. Benito Gerónimo Feijoo; y sin faltar a las severas leyes de censura, compatibles, diga cada uno lo que quisiere, con los justos elogios que se merecen las Obras bien escritas, como ésta; digo que el Padre Maestro no le hace el mundo gracia, sino justicia en el alto concepto que tiene formado de las admirables prendas de su Rma. Y aún decía yo, que le debe estar sumamente agradecida toda la Nación Española; porque la redime de la nota de inerudita, que padecía en la opinión de las Extranjeras; pues cuando esta nota fuera verdadera, que no lo es, bastaban para desagraviar a los propios, y desmentir a los extraños, los libros solos del Padre Maestro Feijoo, en todo sobresaliente, especialmente en el uso de la Crítica, que es un arte de juzgar bien, en que se dice no poco; pues siendo el juzgar bien, o mal, y a bulto, arte tan fácil, que todos la aprenden sin Maestro, y aun hacen de ella profesión; el arte de juzgar bien es tan delicada, expuesta, y difícil, que su uso se le ha reservado Dios a sí solo, manifestando que cualquiera que separase lo precioso de lo vil, y lo exquisito de lo vulgar, que es el oficio de la Crítica, se puede alabar de que tiene la boca del mismo Dios: Si [XXVII] separaveris pretiosum a vili, quasi os meum eris{(1) Jerem. 15. 16}. La razón de esta dificultad se viene a los ojos. Los buenos Críticos en su arte, son, o deben ser lo que los Jueces en sus Tribunales: pues véase cuan dificultoso es a un Juez saberse entender en su oficio, y dar a cada uno lo que es suyo. Importaría mucho que los Jueces fuesen, como en la antigua Ley, Profetas, para romper el velo de que se cubren muchas de las acciones humanas, y adivinar penetrando las más ocultas intenciones.

De aquí infiero, que quien ha de juzgar bien de las Facultades ha de ser muy Maestro de ellas; y nos hallamos luego con el Padre Maestro en el sentido y aplicación de estas palabras, que son su más vivo retrato: Qui omnium Academiarum opes sinu complexus, sit cum Poetis canorus; cum Oratoribus disertus; cum Philosophis subtilis; cum Geometris immensus; cum Astronomis sublimis; cum Chimicis curiosus; cum Anotomicis oculatus; cum omnibus omnis homo; in disciplinis versatus, & in singulis plane singularis {(2) P. Carolus Poree in Oration. vel discursu de Criticis habito coram Eminent. Car. in Regio Ludov. Magni Collegio anno 1731}. Todo lo es nuestro Autor con aquel su ingenio universal para todas las Ciencias. Canóro con los Poetas, cuya facultad o numen posee con eminencia, y no le envilece con la frecuencia y costumbre. Discreto con los Oradores, por los talentos que Dios le dio para el Púlpito, y por la elocuencia que se admira en sus Discursos. Sutil con los Filósofos, cuyas vulgaridades corrige, y cuyos verdaderos arcanos revela. Sublime con los Astrónomos; pero distante mil leguas de la Astrología Judiciaria, cuyos desvaríos refuta. Curioso con los Químicos, cuyos secretos maneja con magisterio. Todo Argos con los Anatómicos en esta viviente organizada maravilla del hombre, [XXVIII] cuyos ocultos senos profundamente examina. En fin Versado en todas, y en cada una de las Facultades, y en todas grandemente singular, y por eso gran Crítico. Si alguno me notare que excedo, yo le probaré que aún quedo corto.

Importaría poco este agregado de prendas, si les faltase la utilidad, motivo principal de tomar la pluma el Autor; pues apenas hay en sus libros noticia exquisitamente curiosa, que no vaya buscando el centro del bien común. Como no hay cosa más nociva para el público, que el licencioso abuso de la Crítica, así no hay cosa más útil que su buen uso. Si no hubiera en el mundo hombres laboriosos y eruditos, que enmendasen aquellos errores, que por descuido o ignorancia hicieron asiento en nuestra cabezas, no sé a que estado las Artes, y Letras se verían reducidas. Sígame el Lector, si tuviere paciencia, en los ejemplares que le pongo delante, para que pueda hacer mejor juicio de la utilidad de esta Obra. Si no hubiera en el mundo los Escalígeros, que enmendaron los tiempos, y los Petavios, y Userios, que enmendaron después a los mismos Escalígeros, ¿qué Cronología tuviéramos{(1) Idem ibidem}? Si no hubiera en el mundo los Cluverios, los Brietos, los Sansones, los Celarios, diligentísimos observadores de los rumbos y caminos que tomaron los Geógrafos, bien cierto es que no tuviéramos tan cabal y exacta descripción del Orbe: tuviéramos sí mezclados los Imperios con los Imperios, las Provincias con las Provincias, los Mares con los Mares, y el mundo en un nuevo caos. Si no hubiera en el mundo los Sabios Benedictinos de la Congregación de San Mauro, que tan gloriosamente trabajan en la edición de los Padres de la Iglesia Latina, [XXIX] y Griega, como hijos de aquella gran Madre, que ha poblado al mundo de más Santos, y Sabios que ninguna de las Religiones, sin agravio de ninguna, no los tuviéramos tan purgados como hoy están de muchos errores, restituidos a sus Padres los hijos legítimos, y separados los intrusos, o ilegítimos, cuya confusión y mezcla era no menos indecorosa para los verdaderos Padres, que perjudicial para la religión. Si no hubiera los Aguirres, los Sirmondos, los Labbés, los Cosarcios, y los Harduinos, que han sido los famosos restauradores de los Concilios, no tuviéramos sus Sagrados Cánones en la pureza y buen orden que hoy gozan. Si no hubiera de una parte los Tornielos, los Salianos, los Calmetes, y por otra los Baronios, los Pagis, que con infatigable aplicación tejieron sus Historias, no tuviéramos tan bien dispuestos, o coordinados los Anales de uno, y otro Testamento. Si los eruditos Jesuitas de Amberes no trabajaran más ha de ochenta años, no sé qué fuera de las Vidas de los Santos: todo estuviera confuso y mezclado, lo claro con lo obscuro, lo cierto con lo incierto, y el grano con la paja: a su estudiosa diligencia debe la Iglesia, que los enemigos de ella no se rían ya de nuestra simple crédula piedad, cuando tenemos Vidas de innumerables Santos, bien comprobadas, para confusión suya, y edificación nuestra. Si no hubiera Mabillones, y Germonios, aquel Benedictino, y este Jesuita, tan versados en el obscuro difícil manejo de los Manuscritos, ni aun de nombre conociéramos la Diplomática, a cuya curiosa investigación deben tantas ignoradas verdades su feliz descubrimiento. No olvidemos las célebres Memorias de Trevoux, en cuyo fiel contraste se pesa la calidad de los buenos y malos escritos, aquella para elogio, y ésta para la precaución, con que de antemano [XXX] se le avisa al lector, para que no deje coger del veneno que la malicia de los Protestantes sabe esconder entre las flores de sus escritos: Latet Anguis in herba.

Bastan, y aun sobran estos ejemplares para conocer la grande utilidad que le viene al mundo de una juiciosa Crítica. Como estos insignes Escritores no dejaron de trabajar, a pesar de las muchas y graves contradicciones que les suscitaron sus émulos, no es mucho que el nuestro, imitador de su estudio, haya corrido con ellos la misma fortuna. Admiraba yo antes la capacidad y extensión de su entendimiento para todo género de noticias: ahora admiro la grandeza de su corazón para emprender, y superar tantas dificultades interpuestas para retardar su Obra. Nunca he estado bien con una Crítica remisa y pusilánime, que teniendo luz bastante para conocer, y desenvolver los errores del Pueblo, no tiene ánimo para refutarlos. No culpo el encogimiento, y alabo la animosidad: trátase de hacer apear, o si decir se quiere, hacer revenir las gentes de sus antiguos perjuicios. ¡Ardua empresa! pues el error que una vez por suyo adopta el Pueblo, como es fácil en concebirle, suele ser difícil en deponerle: y si es sabio (que también en lo sabio hay su vulgo), le cuesta mayor dificultad y embarazo; porque la docilidad, que es virtud para abrazar el desengaño, tómala por vicio o ligereza, si le obligan a mudar de parecer; y aun se hace más pertinaz con la vergüenza que siente de que le supongan engañado. ¡Notable desorden! ¡Que tenga mayor atractivo la mentira para pervertir el entendimiento, que la verdad para desengañarle! De la vergüenza pasa luego al resentimiento o indignación, que sin dejarle tomar partido con la razón, le presta sus armas tumultuariamente para combatir a diestro y siniestro, fortificándose más y [XXXI] más en su error. De aquí han dimanado las porfiadas oposiciones de algunos Escritores, que tomando por su cuenta la defensa de los errores populares y dejándose llevar también de su aura, intentaron oprimir en su utilísimo trabajo al Autor de estos desengaños, hasta disuadirle por modo de consejo, pero sospechoso, la continuación de esta Obra, porque quizás les incomodaba aquella grande justa estimación, que aun el mismo Pueblo, bien instruido, no le niega ya. ¿Qué digo el Pueblo? los mismos que exteriormente le contradicen, si quieren confesar la verdad, interiormente le aplauden, haciéndose en la bien cortada pluma del P. Maestro amable la verdad, que la dejaría malquistada, o contenta la imprudente Crítica de otros.

De este quinto Tomo, que ahora sale a luz, puedo anunciar que logrará la misma estimación que se han merecido sus compañeros, aunque estos previendo de lo que ha sucedido, lo que puede suceder: es verdad que de un año a esta parte ha calmado la tempestad: sin duda, que su docta y erudita Apología fue el Iris de la paz, y causa de la experimentada quietud; pero esta quietud más parece calma que serenidad, más parece tregua que paz; y si a esta sucediere lo que sospecho; también aseguro, que no le cojan de nuevo al Autor los reparos que le hiciesen: podrán estos inquietarle, pero no ofenderle: como las saetas disparadas contra una estatua de bronce, más mal se hacen a sí mismas que a la estatua: aun dudo que puedan asustarle, cuanto más derribarle; porque en la armería de sus exquisitas noticias tiene fuerzas reservadas para bien defenderse: en el fondo de sus razones se ven anticipadas salidas a las dificultades, porque todo lo previene, todo lo dice, y de todo se hacer cargo, como en los contradictores haya penetración y sinceridad para leerle sus [XXXII] pensamientos, que ciertamente no son obscuros, si los quieren entender.

Después de esto es tan humilde y modesto, que no hace del sabio, ni quiere que se tengan por oráculos sus sentencias, ni por demostraciones (aunque lo sean) sus dichos. Como su filosofía es libre, a cada uno deja en su libertad para que discurra como quisiere; y así puede su ilustre adversario seguirle paso a paso, y punto por punto, que no se lo estorbará; así le hará brillar más su ingenio, y todos le agradeceremos la oposición; porque así también desfrutaremos al Autor mayores noticias, como el Antagonista venga con buenas armas: éstas son, como ya insinué, ingenio, y buena fe: aquel para regir el entendimiento, y ésta para dirigir la voluntad. Con estas dos calidades el Teatro Crítico siempre, y a todos está abierto. Pero advertimos, aunque hablando en general, y sin determinar persona, que en esta guerra, que es pacífica por serlo de entendimientos, más crédito se gana con la moderación, que con el ardimiento. Ordinariamente en semejantes lides aun los vencedores salen vencidos, porque pelean más con las armas del odio, que del amor {(1) Odio, non amore certamus. P. Nav. Vera effigies}. Buen ejemplo nos da el Autor de su modestia y mansedumbre; pues no se hallará en sus escritos palabra, o ápice en que diga bien de sí, o diga mal de otros: dice sí, o persigue los defectos de las personas, pero no las personas por sus defectos. Si alguno se lastimó, quéjese de su temeridad, y arrojo. Es verdad, que yo no gastaría más mi calor natural en responder a los argumentos, o por mejor decir improperios de mis contrarios; porque me acuerdo de lo que a los suyos respondió un virtuoso sabio, cuando dijo: Los argumentos y despropósitos [XXXIII] de mis émulos no necesitan tanto de solución, como de absolución. Y en este intento creo que está nuestro famoso Autor, mientras no se abuse de su silencio. No negaré, que hay alguna viveza en sus respuestas, y en las de su erudito discípulo, y fidelísimo Intérprete {(1) Excusabo te forsitan, si admorsus remordeas: sed non laudabo. Tunc mihi laudandus venies, cum dictum ignominiosum acceperis animo leni, & joco urbano refelleris. Qui supra laudatos Auctor}. No canonizo, ni alabo las retorsiones; pero aquí tampoco las condeno. Y a vista de una suma provocación puramente voluntaria, las disculpo. ¿Qué ha de hacer la inocente irritada Abeja, sino lastimar a quien sin causa ni motivo la viene a herir, cuando no tiene otro modo de defenderse? ¿Qué ha de hacer sino armarse contra el agresor, que intenta divertirla de la grande obra o milagro de la naturaleza a que está aplicada?

Y pues nos han venido a las manos las Abejas, no fuera acción impropia ponerlas por símbolo, o emblema del P. Maestro en la frente de sus libros. Ellas se sacrificarían con gusto a las alabanzas del Autor, con quien también sospecho, que no harían lo que hicieron, según se refiere, con un curioso que queriendo explorar el admirable oculto modo que usan para fabricar su miel, les puso una vidriera cristalina que ellas luego advertidas, para que no transpirase su ingenio, la cubrieron de cera: digo que no serían tan reservadas con el Autor; porque a ser capaces de libertad, a él solo revelarían el secreto, ambiciosas de que no con otra pluma que la suya se escribiese la maravilla de su artificio. Y volviendo a mi asunto, ellas mismas en otro caso más reciente, que también toca el libro, dicen al Autor el poco cuidado que le deben dar los impresos de sus émulos. El caso fue, que estando estas oficiosas obreras en su labor ocupadas, entro en su Colmena un [XXXIV] caracol: apenas sintieron el importuno huésped, cuando se pusieron en armas para expelerle; y quedaron bien vengadas, dejándole a él bien escarmentado. Después el embarazo, que no tenían por sí fuerzas para sacarle afuera, y dentro les era estorbo para perfeccionar el dulce fruto de su trabajo: ¿qué hicieron, pues, o qué medio tomaron? Diestras en el arte de hacer la necesidad virtud, como si le fabricasen un túmulo de cera, le dejaron con ella cubierto, que es lo que dicen aquellos elegantes versos del P. Jacobo Vanier {(1) In praedio Rustico, lib. 14}:

Irrita jam cum tela forent, Apis advocat artes

Ingeniosa suas; & cerae prodiga totam
Incrustat
Cochleam monstrum fatale recondens
Hoc veluti tumulo...

Esto quiere decir, que no pudo tomar de sus adversarios mejor satisfacción la mansedumbre del Autor, que ofrecerles copiosa cera de blanda doctrina con que se iluminen, si quieren; así como los demás, que hemos leído con admiración sus excelentes libros, le confesamos agradecidos el beneficio de haber sido ilustrados con sus discursos y noticias, sin venirnos el pensamiento, o prurito de inquietarle con insubsistentes reparos en el discurso de su Obra, de que haríamos grave escrúpulo. Dejando aparte la novedad que nos hace ver, que cuando todas las Naciones extrañas le aplauden, algunos de la Española, aunque pocos, le satiricen, confundiéndose la estimación de los unos con la envidia de los otros. El consejo que yo daría a su Rma. si me permitiese, en frase o tono de conversación, es que prosiga, y no se le dé un caracol de todas las contradicciones, cuando en la continuación de su glorioso [XXXV] trabajo tiene el público un buen fiador, para esperar no menos que la reformación de las Artes, y Ciencias; pues yo aseguro, que con cuatro hombres tan universalmente eruditos como Rmo. Feijoo, o con él solo, si continúa, pues no es fácil hallarle compañero, estará hecho este milagro. Con esto tengo también dicho, que no hay en esta Obra cosa que se oponga a nuestra Santa Fe, y buenas costumbres. En este Colegio Imperial de la Compañía de Jesús de Madrid, 20 de Octubre de 1732.

P. Antonio de Goyeneche


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo quinto (1733). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por D. Blas Morán, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo quinto (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas XXVI-XXXV.}


Biblioteca Feijoniana
Edición digital de las Obras de Feijoo
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