La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo quinto
Discurso once

El gran Magisterio de la experiencia


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§. I

1. Al gran Reino de Cosmosia arribaron dos famosas mujeres, muy mal avenidas la una con la otra; pero ambas con un mismo designio, que era lograr el dominio de aquel Imperio. La primera se llamaba Solidína, la segunda Ideária: la primera sabia, pero sencilla: la segunda ignorante, pero charlatana. La gente del País era ignorante como la segunda, y sencilla como la primera. Así Solidína pensaba captarla con el beneficio de instruirla, e Ideária con la mala obra de engañarla. Abrió Ideária Escuela Pública, prometiendo con magníficas palabras hacer doctísimos en breve tiempo y a poca costa a todos los que quisiesen acudir a ella. Lo grande de la promesa, junto con [255] ver a la nueva Doctora en elevada Cátedra, con representación del alto Magisterio y gran charlatanería, presto llenó la Aula de gente. Empezaron las lecciones, las cuales todas se reducían a exponer a los oyentes con voces nuevas o inusitadas, las quimeras que pasaban en el dilatado país de la imaginación. ¡Cosa admirable! O fuese que Ideária tenía algo de hechicería o que era muy singular el artificio de su embuste, a pocos años de escuela la persuadía a aquella mísera gente, que ya sabía cuanto hay que saber.

2. Solidína seguía rumbo totalmente contrario. En traje humilde, sin aparato alguno se andaba de casa en casa, domesticándose con todos, y enseñando con voces claras y usuales doctrinas verdaderas y útiles. Hasta la Choza más retirada, hasta la Oficina más humilde eran Aula acomodada a su doctrina; porque en todas partes hallaba objetos sensibles, que examinados por el ministerio de los sentidos, eran los libros por donde daba sus lecciones. Bien lejos de inspirar una indiscreta presunción a sus discípulos, ingenuamente decía que cuanto les enseñaba era poquísimo, respecto de lo infinito que hay que saber; y que para arribar a un mediano conocimiento de las cosas, era menester inmenso trabajo y aplicación. Esta modestia de Solidína la fue perjudicial; porque como al mismo tiempo blasonaba Ideária de hacer a poca fatiga universalmente sabios a sus oyentes, unos en pos de otros fueron mudando de partido, pensando en la escuela de Ideária arribar a la cumbre de la sabiduría por el atajo. Ayudó mucho a esto, que Ideária y sus discípulos hablaban siempre con desprecio de Solidína, llamándola vil, mecánica y grosera: con que la pobre, abandonada de toda la gente de calidad, hubo de retirarse de las Ciudades a las Aldeas, donde se aplicó a dar a pobres Labradores la enseñanza que necesitaban para la cultura de los campos.

3. Triunfante Ideária con el desierto de su émula, trató de establecer un absoluto despotismo sobre sus discípulos, expidiendo un Edicto para que ninguno en adelante creyese, ni lo que viesen sus ojos ni lo que palpasen sus [256] manos; sí sólo lo que ella dictase, imponiéndoles de más a más la precisa obligación de defender su doctrina con invencible porfía, y con vocinglería interminable contra cualquiera demostración que la impugnase. Bajaron todos las cabezas al tiránico Decreto, y empezaron a creer firmemente muchas máximas, a quienes antes dificultaban el asenso; como el que la verdad no se puede conocer sino por medio de la ficción: que hay un modo de saber las cosas, el cual puede aprender un muchacho en cuatro días: que hay un hombre, que es todos los hombres, (lo mismo en todas las demás especies) y conocido éste, están conocidos todos: que las cosas insensibles e inanimadas tienen sus apetitos, sus odios, sus amores no menos que las animadas y sensibles: que aquel cuerpo, que más que todos luce y quema, nada tiene de ígneo; y al contrario hay un grandísimo cuerpo puramente ígneo, que ni luce ni quema ni necesita de pábulo: que todos los vivientes constan de una buena porción de fuego, sin excluir ni aun los peces, por más que estén siempre metidos en el agua; ni aun la tortuga, cuya sangre es positivamente fría.

4. Estos y otros portentos semejantes dictaba Ideária a sus crédulos discípulos, quienes los abrazaban como verdades infalibles hasta que en la Escuela de la misma Doctora se formó un contencioso cisma o división escandalosa, cuyo Autor fue Papyráceo (este es su renombre propio), hombre de genio sutil, animoso, y amante de novedades. Éste introdujo nuevos y no menos admirables dogmas: Como el que cuantos vivientes hay en el mundo (exceptuando el hombre) son verdaderamente cadáveres: que aun en el hombre sólo una parte mínima del cuerpo goza de la presencia del alma: que la extensión del mundo es infinita: que es sempiterno el movimiento de los cuerpos Sublunares, no menos que el de los Celestes: que el espacio imaginario es real y verdadero cuerpo: que cuanto hay sobre el haz de la tierra está puesto continuamente en tan rápido vuelo, que en cada veinticuatro horas corre algunos millares de leguas: que en todo se debe creer a la imaginación, y en [257] nada a los sentidos: que éstos engañan groseramente en todas sus representaciones: que ni el Cisne es blanco, ni el Cuervo negro, ni el fuego caliente, ni la nieve fría, &c.

5. Estas novedades, y otras de este género, bien que condenadas desde su nacimiento como herejías por el mayor número de los discípulos de Ideária, no dejaron de arrastrar bastante gente para hacer cuerpo de Secta considerable y constituir Aula separada. Acerbamente se combatieron los dos partidos, capitulando recíprocamente cada uno de errores absurdos lo que el otro asentaba como inconcusos dogmas.

6. Esta división, después de largas y porfiadísimas disputas en que conservándose siempre las fuerzas en equilibrio por ningún partido se declaró la victoria, abrió en fin los ojos a muchos para conocer que había sido ligereza y aun ceguera admitir como artículos de fe humana unas doctrinas sujetas a tan terribles contestaciones. Observaron, que los argumentos con que cada uno impugnaba las opiniones opuestas, eran sin comparación más fuertes que los fundamentos en que apoyaba las propias. De aquí infirieron, que unas y otras eran evidentemente inciertas, y muy probablemente falsas. Entonces les ocurrió a la memoria la pobre y desatendida Solidína, haciendo reflexión, que ésta probaba con demostraciones sensibles cuanto dictaba. Propagándose más y más cada día esta advertencia en los mejores Ingenios de las dos Aulas, determinaron finalmente revocar a Sodidína de la Aldea a la Ciudad; lo que ejecutado con solemne pompa, la erigieron Aula magnífica, donde desde entonces está enseñando con mayores y mayores créditos cada día, a que contribuye mucho el favor de algunos ilustrísimos Próceres, especialmente los dos Príncipes Galindo, y Anglosio, que aman mucho a Solidína.


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§. II

7. Esta Historia me dio a leer un Extranjero Viandante en un libro Francés que traía; y arrebatándomele luego de las manos porque no viese lo que se seguía, me [258] preguntó, si entendía lo que había leído. La pregunta me dio a conocer que la Historia era misteriosa, y debajo del velo de la letra ocultaba significado diferente del sonido. Respondile, que no había entendido sino lo que sonaba; mas que si me dejase repetir con alguna reflexión la lectura, acaso arribaría a su inteligencia. Concediómelo; y entonces reparando, lo uno en calidad de las doctrinas de que se hacía relación, aunque no con toda claridad; lo otro en la alusión de los nombres de los personajes que se introducían en la Scena, me fue fácil descifrar todo el enigma; el cual interpreté en esta forma:

8. El Reino de Cosmósia es el Mundo; porque esto significa la voz Griega Cosmos. Solidína es la Experiencia; Ideária la Imaginación. Vienen con suma propiedad a una y otra, así la alusión de los nombres como los caracteres de sus doctrinas. La Experiencia sólidamente prueba sus máximas con demostraciones sensibles; la imaginación en la vana representación de sus Ideas funda las opiniones. Estuvo mucho tiempo desterrada Solidína, y triunfante Ideária; porque desde que Pitágoras redujo toda la Filosofía a sus Números, Platón a sus Ideas, y Aristóteles a sus Precisiones, por muchos siglos no hubo más que una Física Ideal, sin cuidar alguno de la Experimental y Sólida. En las máximas primeras de Ideária se descubren varios dogmas de la doctrina Peripatética: en las segundas los de la Cartesiana, a cuyo Autor se da el nombre de Payráceo; porque Carte, voz Francesa de donde tomó Cartesio su apellido, significa lo mismo que la voz Latina Papyrus. Colócase Cartesio entre los oyentes de Ideária, porque no menos, antes más que los Peripatéticos, quiso reglar toda la Física por imaginaciones e ideas. Al fin, el desengaño hizo llamar de la Aldea a la Ciudad a Solidína; porque la observación experimental, de la cual sólo usaban antes los rústicos para el cultivo de las mieses, beneficio de los montes, y propagación de los ganados, fue traída como en pompa poco ha a algunas Cortes en las Academias que se instituyeron para examinar por este camino la Naturaleza. Y como entre todas [259] son las más célebres la Academia Real de las Ciencias de París, y la Sociedad Regia de Londres, fundadas debajo de la protección de los Monarcas Inglés, y Francés, se dice, que los dos Príncipes Galindo, y Anglosio, cuyos nombres se derivan de las voces Latinas de los dos Reinos Gallia, y Anglia, favorecen mucho a Solidína.

9. Aprobó en todo y por todo el Extranjero mi explicación, asegurándome con el texto que después se seguía, que no había sido otro el intento del Autor de aquella misteriosa Historia. Pero yo no quise, ni pude aprobar en todo y por todo su contenido, por notar en él algunas desmandadas voces que redundan en desdoro de la doctrina Peripatética, confesándole sólo, que en lo más esencial me parecía muy bien. Díjome, que para ser Español y Profesor del Peripatísmo, bastantemente me ponía en la razón. Con esto se despidió de mi y prosiguió su camino, dejándome con deseos de meditar en el asunto, y expresar al público las reflexiones que hiciese sobre él, lo que ejecutaré en este Discurso.


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§. III

10. Lo primero que a la consideración se ofrece es el poco o ningún progreso que en el examen de las cosas naturales hizo la razón, desasistida en la experiencia por el largo espacio de tantos siglos. Tan ignorada es hoy la naturaleza en las Aulas de las Escuelas, como lo fue en la Academia de Platón, y en el Liceo de Aristóteles. ¿Que secreto se ha averiguado? ¿Qué porción, ni aun pequeñísima, de su dilatados países se ha descubierto? ¿Qué utilidad produjeron en el mundo las prolijas especulaciones de tantos excelentes ingenios como cultivaron la Filosofía por la vía del raciocinio? ¿Qué Arte, ni Mecánica ni Liberal, de tantas como son necesarias al servicio del hombre y al bien público, les debe, no digo ya la invención, más ni aun el menor adelantamiento? ¿A qué Labrador se ha conducido de las Aulas documento alguno para beneficio de las tierras? Háblase mucho de causas, efectos, producciones, disposiciones de la materia, sin que esto hasta ahora haya producido [260] máxima alguna en orden al beneficio con que se debe disponer la tierra para la feliz producción de esta o aquella planta, qué tiempo, qué otras circunstancias se deben observar. Tratan los Escolásticos latamente de las cualidades, a quienes colocaron en predicamento aparte siguiendo a Aristóteles, sin que por este camino se hay descubierto cualidad alguna, ni en los mixtos ni en los Elementos; antes bien erró miserablemente Aristóteles en las que quiso señalar a éstos por sus reglas de proporción o combinación, como en orden al aire y agua se probó en otra parte, y no es difícil probarlo también de la tierra. Si acaso se acertó con las del fuego (lo que también en orden al calor in summo hemos negado en las Paradojas Físicas), no es porque la Filosofía las haya penetrado, sino porque nos las manifestaron nuestros sentidos.

11. Estos son los órganos por donde se condujeron a nuestro espíritu todas las verdades naturales que alcanzamos. Aun en las Facultades Matemáticas, que pretenden fiarlo todo a teóricas demostraciones, no se pudiera (exceptuando las dos elementales Aritmética, y Geometría) dar un paso, sin llevar delante la luz de la experiencia. Ésta enseñó a la Geografía la positura de las diversas parte del Orbe; a la Náutica la virtud directiva del Imán; a la Estática el peso, descenso, y aceleración de los cuerpos que llama graves; a la Mecánica o Maquinaria el aumento de la potencia por la Máquina; a la Astronomía los movimientos y rumbos de los Astros; a la Hidrostática la gravitación respectiva de los fluidos; a la Música los intervalos consonantes y disonantes; a la Optica, y Perspectiva cuanto pertenece a la vista respecto de su objeto; a la Catóptrica, y Dióptrica todas las leyes de la reflexión y refracción.


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§. IV

12. Y es muy digno de notarse, que aun después que la experiencia hizo los primeros descubrimientos en que estriba la teórica y práctica de las Artes, no bastó por lo común aquella luz primitiva, para que el discurso [261] prosiguiese adelantándolas; antes fue necesario que la misma experiencia fuese dirigiendo sus pasos, o corrigiendo sus errores. Explicaránme dos ejemplos tomados de la Náutica.

13. El primero es sobre la dirección del Imán hacia el Polo. Esta admirable propiedad, totalmente incógnita a los Antiguos, se descubrió el siglo decimotercio y luego se aplicó a la Navegación. Ya descubierta, los Filósofos especulativos la creyeron, según su costumbre, efecto de oculta simpatía, derivada de la misma esencia, forma, o substancia del Imán: y como ésta se supone invariable, supusieron como consecuencia forzosa, invariable la dirección. En esta buena fe se estuvo trescientos años poco más o menos: a cuyo dilatado plazo Criñon, Piloto de Diepa según unos, o Caboto, navegante Veneciano según otros, observó el primero las declinaciones del Imán; esto es, que no miraba por lo común en derechura al Polo, sí que declinaba algún tanto, ya más ya menos, según los diferentes parajes, ya hacia el Oriente, ya hacia el Poniente. Oyeron con gran disgusto esta novedad los Filósofos; porque desmentía algunas de sus más constantes máximas, y así la contradijeron con todas sus fuerzas. Mas al fin fue preciso rendirse a continuados experimentos, autorizados por innumerables testigos fidedignos.

14. Habiéndose después visto que debajo del Meridiano de las Islas Azores no padecía declinación alguna el Imán, se creyó por los Astrónomos, y Geógrafos haber hallado un principio fijo para colocar allí el primer Meridiano, que antes se había señalado arbitrariamente. Mas luego se desvaneció esta idea, descubriéndose otros dos Meridianos exentos de declinación; el uno que pasa por un Cabo, cerca del de Buena Esperanza, que por esta razón se llamó después Cabo de las Agujas, tomando la denominación de la Aguja Náutica: el otro por la Ciudad de Canton en la China. Sobre este hecho se pensó haber encontrado un principio seguro para formar sistema completo sobre las declinaciones del Imán, graduando éstas a proporción de la mayor [262] o menor distancia de los Meridianos intermedios a aquellos dos donde no había declinación.

15. Como la naturaleza frecuentemente se burla de las ideales proposiciones que fabrica el cerebro del hombre, este alegrón se disipó algunos años después, averiguándose que la declinación del Imán variaba en un mismo lugar de unos años a otros, y que esta variación era perpetua: de suerte, que el mismo Imán y en el mismo sitio declina, ya más ya menos del Polo en diferentes tiempos. Esto, no sólo acabó de desbaratar las reglas antecedentemente imaginas, mas casi quitó la esperanza de hallar en adelante alguna segura; bien que aun hoy trabajan algunos insignes Físicos, y Matemáticos sobre el asunto.

16. En este ejemplo se ve cuan falibles son los más plausibles raciocinios, que no van acompañados de los experimentos. Lo mismo se verá en el otro que vamos a proponer, tomado del flujo y reflujo del Mar.

17. Como el flujo y reflujo del Mar está patente a los que habitan a sus orillas, y el curso de la Luna a todos los mortales, fue fácil notar la correspondencia de uno a otro movimiento; esto es, que la marea sube y baja, a proporción que la Luna sube y baja, ya en este, ya en el contrapuesto Horizonte; y sin duda, que los primeros que la notaron, con esta sola observación juzgaron tener comprehendido el sistema de estos admirables movimientos. Pero duraría poco esta satisfacción, porque luego se advertiría dentro del mismo mes Lunar la desigualdad de las mareas, y que éstas son mayores en el Novilunio, y Plenilunio, y menores en las Cuadraturas. Avanzando este paso, es verosímil que creyesen haber llegado al término, y que sabían cuanto había que saber en la materia, mayormente porque viendo tan exacta correspondencia en las mareas a los movimientos y fases de la Luna, no dudarían ser única causa de ellas este Astro. Mas también de este error desengañó a los hombres la experiencia, notándose después otra variación en las mareas, correspondiente, no a la revolución de la Luna, sino a la del Sol; esto es, que son mayores [263] (suponiendo iguales las demás circunstancias) en los Equinocios o cerca de ellos, que en los Solsticios. Esto dio a conocer, que no era la Luna tan despótica en el Mar, que no le tocase algo de dominio al Sol.

18. Mas después de averiguado todo esto en cuanto a la mera combinación de las expresadas observaciones, se fió el arribo de los Bajeles a los Puertos, y se cayó en muchos peligrosos errores; porque hay otras dos variaciones muy grandes, y que no pueden (especialmente una) comprehenderse bajo de alguna regla segura: la una en cuanto al tiempo, la otra en cuanto a la magnitud. Varían las mareas en diferentes Puertos en cuanto al tiempo; porque no en todos, aun los más están bajo del mismo Meridiano, ocurren a una hora. Varían también en cuanto a la magnitud; porque son más altas con enorme diferencia en unos Puertos que en otros, pues hay orillas donde las aguas se levantan a sesenta pies, y más; otras donde sólo se aumentan algunos dedos; otras donde apenas es sensible el aumento.


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§. V

19. Si son tan falibles las reglas generales deducidas de experimentales observaciones, y es preciso para evitar todo error, seguir el hilo de éstas tan escrupulosamente, que tímido el discurso no se atreva a dar un paso sin la luz de algún experimento apropiado: ¿qué confianza se podrá tener en aquellas máximas, cuyo primer origen se debe a nuestras arbitrarias ideas?

20. La naturaleza sigue la idea de su Artífice, no la del hombre; y es gran temeridad del hombre presumir que puede comprehender la idea de su Artífice. Algunas veces he pensado, que si tuviésemos noticia de que hay en el Cielo estos cuerpos luminosos que llamamos Estrellas, pero no las viésemos, cada uno idearía la distribución y colocación de ellas en la Esfera, según aquella proporción que cuadrase más a su gusto particular. Uno las concebiría repartidas en varios cuerpos de figuras regulares, como Triangular, Hexágona, Circular, &c. que harían otras tantas [264] constelaciones: otro, formando entre todas un hermosísimo lazo de bien seguidos y armoniosos rasgos: otro, dispuestas a la manera de las flores que hubiese visto en algún jardín: otro, en la positura de formar varias imágenes, o naturales o místicas. En fin, nadie habría que no les atribuyese algún bellísimo dibujo o imitación de otro u otros, que con más complacencia suya hubiese presentado a sus ojos, o el Arte o la Naturaleza. Sin embargo, todos se engañarían y todos quedarían sorprendidos, si descubriéndoles después el Firmamento, viesen las Estrellas colocadas en otra positura respectiva, distintísima de todo lo que habían imaginado.


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§. VI

21. Así sucede frecuentemente, que los hombres piensan de un modo, y Dios obra de otro. Suponen los hombres, y suponen bien, que Dios obra siempre con orden y proporción; pero aunque suponen bien, discurren mal, porque piensan que no hay otro orden y proporción que la que a ellos se representa como tal. Obra Dios con proporción; pero una proporción altísima, y muy superior a todas nuestras reglas. ¡Ciega temeridad del hombre imaginar, que Dios en sus obras se ha de atemperar a sus crasas proporciones!

22. Por esto erró torpemente Pitágoras en la dimensión de la magnitud y distancia de los Cielos, que quiso reglar por la serie numérica de los intervalos músicos. Y no fueron mucho más sabios que Pitágoras, otros, que hallando no sé qué especial perfección en el número cuaternario, quisieron sellar con él toda la naturaleza. De aquí vinieron los cuatro Elementos, las cuatro Cualidades primitivas, los cuatro punto Cardinales del Orbe, las cuatro Estaciones del año, los cuatro humores del cuerpo, &c.


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§. VII

23. Aun aquellas consecuencias, que a nuestro parecer deducimos inmediatamente de las verdades que la misma naturaleza presenta a nuestros sentidos falsean [265] muchas veces: ¿cuánto más aquellas, que se fundan en principios que sin consultar a la naturaleza establece nuestra fantasía? ¿Qué consecuencia pareció más bien inferida, que la de la repugnancia del vacío; fundada en la sensible experiencia del ascenso del agua en la Bomba? A la luz de otros innumerables experimentos se conoció el error, descubriendo ser el peso del aire legítima causa de aquel fenómeno, y otros semejantes.

24. Nuestros ojos ven que la gravedad (explíquese como se quisiere, o por la cualidad intrínseca, o por atracción, o por impulsión) precipita con pronto movimiento los cuerpos hacia la tierra. Parece discurso naturalísimo, fundado en el famoso axioma, sicut se habet simpliciter ad simpliciter, ita magis ad magis, que a duplicada gravedad corresponde duplicada aceleración en el movimiento. Pero el hecho dista muchísimo de esa proporción.

25. Es claro, que el aire es mucho más sutil y tenue que el agua. ¿Quién de aquí no inferirá, como consecuencia forzosa, que el aire penetra todos los cuerpos que penetra el agua? No obstante vemos que el agua penetra el papel, a quien no penetra el aire, o le penetra tan poco y tan lentamente, que puede reputarse por nada.

26. Siguiendo los principios comunes, ¿quién no dirá que el heno mojado está mucho más lejos de encenderse, que el heno seco? Pero la experiencia hace ver, que amontonado mucho heno húmedo, se enciende por sí mismo, lo cual nunca sucede al heno seco.

27. ¿Qué cosa más sentada entre los Físicos, que el que el calor vivífico de la sangre es indispensablemente necesario para la conservación de la vida? Con todo, el Padre Plumier, sabio Mínimo, que en un viaje por el Mar Americano, por falta de agua se vio precisado a beber sangre de Tortugas que iban vivas en el Navío, testifica haberla hallado tan fría como el agua común de Europa (Mem. Trev. an. 704, tom. I, pág. 175). ¿Quién por la ley del raciocinio no dirá, que el tercero que resulte de la mezcla de tres o cuatro cosas fétidas, será fétido? La experiencia [266] manifestó que la consecuencia no es forzosa. Mr. Lemeri, habiendo comprado a un Droguista una porción de Gálbano, otra de Sagapéno, otra de Betún de Judea, otra de Opopanax, y metiéndolas en el pecho, vio que de su mezcla resultó un olor muy fuerte de almizcle; siendo así, que el Betún de Judea no tiene semejanza alguna con el almizcle, y las otras tres drogas son fétidas. (Histor. de la Acad. Real, an. 1706)

28. Si a un Filósofo, desnudo de otras noticias de las que le dio la escuela, le dicen, que dos licores que el tacto percibe fríos, sin aplicar causa alguna exterior que los inmute, sólo por mezclarse uno con otro, no sólo se calientan, no sólo hierven, pero llegan a levantar llama, se alborotará terriblemente y gritará contra la propuesta, armado de su inconcuso principio nadie da lo que no tiene. Pero grite lo que quisiere, el hecho es cierto, mezclando un ácido depuradísimo con el aceite esencial de alguna planta aromática.

29. Sábese, que el agua es muchísimo más pesada que el aire. Sábese también, que los vapores que suben de la tierra, no son otra cosa más que partículas de agua menudamente divididas, por consiguiente mucho más pesadas que las partículas de aire de igual volumen. Sábese también, que un líquido no pude ascender sobre otro que en igual volumen es más leve que él. De estas premisas parece consecuencia forzosa, que los vapores no pueden ascender sobre este aire inferior que respiramos. Pero por más que la consecuencia parezca forzosa, convence lo contrario la experiencia.

30. Nadie ignora que las especies aromáticas, el clavo, la pimienta, la canela son ardientes como ni que las Regiones Septentrionales son frías, y las que llamamos Meridionales, calientes. De estas premisas ¿qué Físico habrá que no infiera que el uso de aquellas especies debe ser menos nocivo a los habitadores de las Regiones Septentrionales, que a los de las Meridionales? La experiencia muestra constantemente lo contrario. Mas ofende a aquellos un [267] escrúpulo de clavo, que a estos una dracma ni aun dos.

31. A lo mismo puede concernir en parte la experiencia de los Holandeses en sus viajes a la India Oriental. Sucedía que al pasar la Línea, enfermaba y moría la mayor parte de sus equipajes: de modo, que de tres apenas quedaba la una, y sólo se salvaban los que se daban con exceso al aguardiente. Dificultaban mucho los Médicos que se debiese el beneficio de la conservación de la vida a un licor, que bebido sin mucha reserva y moderación, se reputa pernicioso a la salud. Mas al fin fue preciso creer a la continuada experiencia. Dieron todos en usar con igual libertad el aguardiente, y después libraban todos con igual felicidad.

32. Es preciso, pues rendirse a la experiencia, si no queremos abandonar el camino real de la verdad; y buscar la naturaleza de sí misma, no en la engañosa imagen que de ella forma nuestra fantasía.


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§. VIII

33. No ignoro que algunos Escolásticos acusan como empleo poco decoroso a la nobleza Filosófica la aplicación a los experimentos. ¡Absurdísimo error! Será a esta cuenta ocupación más honrada estudiar las imaginaciones de los hombres, que las obras de Dios. En los libros teóricos se hallan estampadas las ideas humanas; en los entes naturales las Divinas. Decida ahora la razón cuál es más noble estudio.

34. De otro modo sentía que estos Filósofos Escolásticos, el Príncipe de ellos Aristóteles, cuando dijo que no debemos desdeñarnos de examinar con los sentidos aun las obras menos nobles de la naturaleza; porque en todas resplandece un alto numen, y un honesto y hermoso ingenio: Aggredi enim quaeque sine ullo pudore debemus, cum in omnibus naturae numen, & honestum, pulchrumque insit ingenium. Es así, que en la más humilde planta, en el más vil insecto, en el peñasco más rudo se ven los rasgos de una mano Omnipotente, y de una Sabiduría infinita. [268]

35. Fuera de que a quien busca la verdad, lo que importa es elegir aquel camino que le conduce al término; no aquel que le aparta de él, aunque más hermoso a la vista. No hay duda que hace figura más ostentosa un Médico presidiendo un Acto en el Aula, que asistiendo en el Hospital a la disección anatómica de un cadáver; pero en el Hospital averiguará la disposición de las partes internas del cuerpo humano, a lo que jamás arribará, disputando toda su vida en el Aula. El oro soñado le hallan los errores de la imaginación en los ocios del lecho: el verdadero se encuentra a fuerza de brazos, cavando en la mina. No de otro modo solo una apariencia o sombra de la verdad, que llamamos verosimilitud, puede lograrse a esfuerzos de nuestra imaginación en los retiros del Gavineto; mas la verdad misma sólo se hallará penetrando en los objetos sensibles los hondos senos de la naturaleza.


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§. IX

36. Otra acusación, no más razonable que la pasada contra las observaciones experimentales, es la que oí algunas veces a ciertos Escolásticos superficiales; conviene saber, que éstas no piden discurso, sí solo vista, aplicación, y memoria: de aquí resulta, que las condenen como inútiles para ejercitar el genio. Qué poco saben estos, cuáles son, y cómo se hacen los experimentos físicos, en que se ejercitan tantos sabios y sublimes espíritus de Francia, Italia, Inglaterra, y Alemania: cuántas vueltas y revueltas se da a todo experimento, a fin de precaver cualquiera apariencia engañosa: qué modos tan sutiles se discurren para examinar, colocando en diferentísimas circunstancias el objeto, si el fenómeno nace de aquella causa que primero se presenta a los ojos, o de otra accidental y escondida: qué combinaciones tan exactas, tan precisas, tan cabales se hacen de unos experimentos con otros, pesando el discurso en delicadísima balanza, así las analogías, como las discrepancias, para sacar con certeza casi matemática las consecuencias: con qué sagacidad se buscan [269] a la naturaleza los más imperceptibles resquicios, para penetrar por ellos sus más retirados secretos. Ciertamente, yo hallo más delicadeza de ingenio y más perspicacia en muchos de los experimentos del famoso Boyle, que en todas las abstracciones y reduplicaciones que he oído a los más ingeniosos Metafísicos.


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§. X

37. Y es sin duda más preciso hacer las observaciones experimentales con tan exquisita diligencia para que no nos engañen, como engañaban a nuestros mayores, y aun hoy engañan a muchos que fiándose a una experiencia superficial y grosera, precipitan las consecuencias sobre el primer informe de los sentidos. Del ascenso del agua en la Bomba, tomado a bulto, se infirió la repugnancia del vacío. ¡O a cuántas fatigas se sujetaron, cuántos experimentos diferentes hicieron, y cuán ingeniosamente los combinaron Torriceli, Pascal, y otros nobles Ingenios, para desengañar el mundo, y darle a conocer la verdadera causa de aquel ascenso! sobre que se puede ver nuestros Discurso del Peso del Aire.

38. Del movimiento de la llama hacia arriba se infirió la quimérica Región del Fuego inmediata al Cielo de la Luna. En las Paradojas Físicas, número 28, referimos el sutil experimento con que Bacon probó que la llama sube, no por inclinación suya, sino muy contra ella, obligada de la presión del aire.

39. Hallándome en una conversación con ciertos Filósofos de la Escuela, y ofreciéndose hablar de algunas materias Físicas, propuso uno la novedad de que la agua fría (lo mismo se debe entender de otro cualquiera licor frío) era más sutil y penetrante que la caliente; la cual le pareció probar concluyentemente con la experiencia de que cuando bebía frío de nieve en el Estío, luego que echaba agua en el vidrio, le veía mojarse por la parte exterior, lo cual no podía atribuir sino a que la agua se rezumaba por los poros del vidrio; y como esto no suceda [270] estando en agua tibia o templada, infería que ésta no es tan tenue y sutil como la fría. A fe que les hizo a los demás circunstantes no poca fuerza la prueba experimental que alegaba, y a mi me costó no poco trabajo desengañarlos a todos, aunque al fin lo logré, haciéndoles notorio con varios experimentos clarísimos que aquella humedad que baña el vidrio por defuera no es resudor del licor contenido dentro, sino coagulación de los vapores errantes en el ambiente vecino, los cuales estando algo calientes, se cuajan de nuevo en agua siempre que encuentran algún cuerpo frío, y tanto más, cuanto menos poroso fuere éste. Por esta razón los vapores que eleva el fuego, se cuajan luego que llegan a la cabeza del Alambique. Por la misma, si respiramos hacia una reja de hierro u otro cualquiera cuerpo metálico, que esté frío, se cuaja en él el vapor que exhalamos por la boca. Por la misma, en las noches de helada, se ven las vidrieras mojadas por la parte de adentro quedando enjutas por defuera, lo que he visto sorprendía a algunos, que pensaban que aquella humedad venía del aire externo. Por la misma, nuestro vaho y el de otros animales se hace visible en tiempo frío, porque el ambiente le condensa lo bastante para que se haga perceptible a la vista. Pero lo más decisivo en el caso de nuestra disputa, y que propuse como tal, es que cubriendo por la superficie exterior el vidrio con un papel, no se humedece por defuera poco ni mucho; y es claro que el papel aplicado así, no puede impedir que el licor se rezume, sí solo que el vapor extraño se acerque.

40. Y no dejaré de notar aquí, porque concierne a la misma materia de la impenetrabilidad del vidrio respecto de los licores, otro error comunísimo, originado de consultar con poca reflexión la experiencia. Ordinariamente se cree que el zumo de la cáscara del limón penetra el vidrio, fundándose esta persuasión en que exprimiendo el luquete sobre su superficie externa, se percibe después por el paladar en el licor contenido. Yo, juzgando imposible esta penetración y meditando sobre la materia, fácilmente [271] descubrí la causa del error. Es el caso, que al exprimir el luquete, algunas partículas del zumo llegan al borde del vaso, o muy cerca de él, en aquella parte donde después se aplica el labio para beber: así el paladar percibe el gusto del zumo que chupa en el borde del vaso, y la razón engañada juzga que está en el mismo licor. Para asegurarme de esto, habiendo disparado el zumo del luquete contra el vidrio en la forma ordinaria, volví la copa; y bebiendo por el lado opuesto, no percibí el más leve vestigio de sabor de limón. A cualquiera que haga el mismo experimento, sucederá lo mismo.


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§. XI

41. No bastan, pues, los sentidos solos para el buen uso de los experimentos: es menester advertencia, reflexión, juicio, y discurso; y a veces tanto, que apenas bastan todos los esfuerzos del ingenio humano para examinar cabalmente los fenómenos. El Caballero Newton, Ingenio de primer orden de la Sociedad Regia de Londres, publicó a los principios de este siglo en varios tratados de Optica una gran novedad para los Filósofos, y Matemáticos: esto es, que todos los colores existen actual y formalmente en los rayos de la luz, los cuales por tanto constituyó heterogéneos, y de desigual refrangibilidad. Probó esta singular opinión con muchos experimentos de exquisita invención, reflexionados con no menos exquisita delicadeza, y de hecho hizo no pocos Sectarios, especialmente entre los Matemáticos Ingleses. Mr. Gauger, uno de estos, esforzó con mayor copia de experimentos la opinión Newtoniana. Escribió luego contra éste el señor Rizetti, Italiano, no sólo alegando a favor de la opinión común otros muchos experimentos, mas aún pretendiendo que los mismos que proponía Gauger, probaban contra la sentencia de Newton. Volvió a la palestra Gauger, y pagó a Rizetti en la misma moneda: esto es, no sólo salvó la consecuencia que sacaba de los experimentos propios, mas retorció contra el Autor Italiano los suyos. [272] Tan cierto es, que la experiencia abre en muchos objetos un dilatadísimo, y fertilísimo campo al ingenio del hombre; y que la naturaleza, aun a quien la busca por este camino, es en varios casos inaccesible.

42. Pero se debe confesar, que por lo común no son las dificultades tan invencibles que no puedan superarlas el discurso y la aplicación; y que los engaños que tal vez resultan de los experimentos, nacen de faltar, o la diligencia debida o el ingenio necesario.

43. En las observaciones Médicas sucede esto frecuentísimamente: de aquí viene la enorme discrepancia de las opiniones, que se fundan en ellas. Éste funda en la experiencia la utilidad de tal remedio para tal enfermedad; y otro funda en la experiencia que el mismo remedio en las mismas circunstancias es nocivo. Uno de los dos se engaña, y no pocas veces se engañan ambos; porque ni es nocivo ni útil, sino indiferente. ¿De qué depende esto? De que aquel vio que un enfermo, habiéndose aplicado, mejoró; y éste vio que otro, habiéndose aplicado, empeoró; siendo muy posible, que ni uno mejorase ni otro empeorase por el remedio, sino por otra causa distintísima, o porque las enfermedades de los dos en virtud de la diferente disposición interna, oculta por la mayor parte a los Médicos, estaban puestas en contrarios movimientos, la una hacia la disminución, la otra hacia el aumento.

44. Ni arriban jamás al desengaño, aunque sean muchos los enfermos, en quienes hacen experiencia: porque suponiendo que ni todos mueren, ni todos viven, cada uno según su preocupación imputa al remedio o la felicidad de los que mejoran o la desdicha de los que perecen; sin que ni uno, ni otro piensen siquiera en hacer un cómputo prudencial de los buenos y malos sucesos que ocurren en los que usan de aquel remedio, cotejándolos con los de aquellos que no usan de él.


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§. XII

45. Esta inatención es sin duda la que produjo y la que conserva en el mundo la estimación que [273] éste da a infinitas cosas inútiles con el noble nombre de Remedios: está la que ha llenado los libros de Medicina, y las Boticas de innumerable broza, que leída, sólo sirve de fatigar la memoria, y tomada, de desbaratar el cuerpo. Para las enfermedades leves y que por sí mismas se curan, hay muchísimos remedios, aunque no todos aprueban unos mismos. ¿En qué consiste esto? En que cada uno mejoró, tomando tal o tal cosa. ¿Pero tú, enfermo imprudente, no advertirás, que otros muchísimos que no usan de este remedio ni aun de otro alguno, mejoran como tú, y tan prontamente como tú?

46. Llega la epidemia de un catarro benigno, como lo es ordinariamente, por una Ciudad. Unos llaman al Médico, y se medican; otros no: y es tal la ceguera de los que se medican, que creen deber al Médico el recobro de su salud, aunque ven que la recuperaron como él todos los que no se medicaron.

47. La señorita delicada que a cualquiera leve dolor de cabeza llama al Médico, queda, aunque el dolor dure veinte o treinta días, en la persuasión de que las píldoras capitales de que usó, se le quitaron; y no repara la pobre, que esta y la otra vecina, amigas suyas, que padecen también a tiempos sus dolores de cabeza, sin tomar píldora alguna mejoran, y muchas veces con más prontitud que ella con todas sus píldoras.

48. Ordinariamente los que padecen dolores de muelas (lo mismo digo de otros dolores que por sí mismos se vienen y se van) califican tal o tal remedio, con el cual dicen les va bien; pero se debe entender que cada uno alaba el suyo, y reprueba como inútiles aquellos de que usan otras. ¿De qué depende esto? Dirá alguno, que como son diferentes los temperamentos, puede, aun dentro de la misma especie de enfermedad, aprovechar a este individuo el remedio que para aquel es inútil. Evasión ordinaria, pero insuficiente, y que da por el pie a toda la Medicina; pues si ello fuese así, como todos los individuos tiene distinto temperamento no menos que distinta [274] cara, sería menester estudiar distinta Medicina para cada individuo, y a todas sus enfermedades aplicarles unos remedios particularísimos, distintos de todos aquellos que en las enfermedades de la misma especie se aplican a cualquiera otro individuo.

49. La causa, pues, de aquella oposición de dictámenes es la que ahora expondré. La primera vez que uno padece dolor de muelas es lo ordinario usar de muchos remedios; porque, aun dejando aparte los que ordena el Médico, entre los acuchillados del mismo mal uno le recomienda uno, otro otro; y como el dolor es agudo, el pobre paciente, ansioso del alivio, sucesivamente se va aplicando todos aquellos remedios. Llega el caso de quitarse el dolor, sea al término de ocho, diez, o quince días; y como no hay día alguno en que el paciente no use de alguna receta, dichosa aquella que usó la última. A aquella atribuye su alivio, y reprueba las demás como inútiles. Otro enfermo lleva los remedios por distinto orden; porque esto depende de la casual ocurrencia de los consultores, y de la fuerza que cada uno tiene para persuadir: con que viene a suceder que éste usa un último lugar del remedio que aquel tocó entre los primeros, y usa entre los primeros el que aquel tocó el último. De aquí resulta, que califica el remedio que aquel reprueba, y reprueba el que aquel califica. Toda la dicha del remedio, sea el que se fuere, está en su casual aplicación en aquel tiempo en que está ya para terminar el dolor, porque de aquí depende que se le atribuya el alivio. Y no obsta que después en otra ocasión, usando del mismo remedio a los primeros ataques del dolor, no experimente alguna mejoría. Ya preocupado del dictamen que formó la primera vez, aunque la convalecencia se retarde muchos días, siempre piensa debérsela a su querida receta; y juzga que sin ella, o sería el dolor más dilatado o más intenso. Tampoco obsta el ver que otros que no usan de aquel remedio, o de ninguno usan, no por eso padecen más vivos ni más prolijos los dolores; porque eso aunque lo vea, no lo mira; y si lo mira, no lo pesa. [275]


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§. XIII

50. En fin, no sé qué ilusión, feliz para los Boticarios, y fatal para los dolientes, les persuade a muchos de éstos que sus males serían eternos o incurables sin el auxilio de la Medicina, aunque vean a cada paso sanar otros de las mismas dolencias sin ese socorro. Aunque el mal sea de aquellos leves de que todos convalecen dejados sólo al beneficio de la naturaleza, en llegando la convalecencia se agradece al Médico la cura, el cual acaso no hizo otra cosa que retardarla. Protesto haber observado en varias epidemias catarrales, que tanto tiempo duraba el catarro a los que se medicaban como a los que no. La diferencia sólo estaba, en que éstos luego que les cesaba el catarro se hallaban perfectamente restablecidos en su natural robustez; pero aquellos, si habían usado de remedios mayores, tardaban más en recobrarla.

51. Coincide en lo mismo otra experiencia engañosa con que algunos defienden los remedios mayores más comunes contra los que los impugnan. Los rígidos Helmoncianos detestan como perjudiciales en todos casos la purga y la sangría. Opóneseles la ordinarísima experiencia de los infinitos que se purgan y sangran, sin que por eso dejen de recobrar la salud. Hay semana en que un Médico sangra a cincuenta hombres y purga otros tantos, sin que ninguno de ellos perezca. ¿Cómo a vista de esto puede decirse, que la purga y la sangría sean tan nocivas?

52. No defiendo a los Helmoncianos, ni tengo su opinión por más probable que la opuesta; pero digo, que de aquella experiencia nada se puede concluir contra ellos. Debe suponerse, que los que declaman contra la purga y la sangría, no las juzgan tan perniciosas que degüellen a cuantos se administran. Aun debajo de la suposición de ser muy nocivas, no sólo no matarán a quien se halla en entera salud, mas ni aun a quien padece poco mal. Yo creo, que bien que su intempestiva aplicación mata a [276] muchos; pero sólo a aquellos que gimen debajo de una gravísima dolencia, porque como entonces está la naturaleza muy débil y lidiando con una enfermedad fuerte, añadiéndose otro enemigo en el imaginado remedio, acaba de dar con ella en tierra. Pero los que padecen una dolencia benigna (y muchas lo son, aunque en la apariencia graves) conservan bastante residuo de fuerzas para resistir la enfermedad, y demás a mas algunas purgas y sangrías; de modo, que éstas harán al enfermo algún daño, debilitaránle más las fuerzas y atrasarán la cura, pero no llegarán a quitarle la vida.

53. Siendo, pues, cierto, que es con enorme exceso mayor el número de las enfermedades benignas que el de las peligrosas, ¿qué mucho que los más enfermos convalezcan, por más que los purguen y sangre? De cien personas que visita en una semana un Médico, apenas hay uno o dos enfermos de peligro. Para un flemón, para un catarro, para un dolor de cabeza, para una efémera, para una fluxión a los ojos, para una replecioncilla de estómago, y otras indisposiciones semejantes se llama al Médico; y éste, si es de los vulgares, no deja de sangrar o purgar. ¿Por eso han de morir, por malas que sean la purga y la sangría? ¿Por qué? si en esa situación no murieran aún de una puñalada que no fuese muy profunda, ni tocase en parte príncipe.

54. No estoy, como he dicho, de parte de los Helmoncianos; pero tampoco a favor de los Galénicos. Lo que tengo por constante es, que la purga y la sangría, por su intempestiva aplicación, degüellan no pocos hombres por la razón ya expresada, de hallar sus fuerzas muy decadentes. Persuádome que son convenientes en algunos casos. Si son precisas; esto es, si pueden o no substituirse por otros remedios, es lo que yo no me atreveré a decir, porque tengo presente y me hace fuerza una muy seria protesta del famoso Médico Lucas Tozzi. Éste, exponiendo el Aforismo 3 del Libro I de Hipócrates, Habitus Athletarum, &c. después de impugnar con razones, al parecer muy eficaces, el uso de la sangría, probando [277] que en ninguna enfermedad es conveniente, se propone por objeción la experiencia de su utilidad que alegan los Galénicos. ¿Y qué responde? Que su experiencia está en contrario. Si apelan (dice) a la experiencia, que les muestra que muchos han sido curados con la sangría, yo testifico por lo contrario, que en el Hospital de la Anunciada de Nápoles, donde ejercí la Medicina muchos años, he curado prontamente, sin sacarles una gota de sangre, a centenares y millares de enfermos de frenesíes, costados, esquinencias, encendimiento de hígado, esputos sanguíneos, erisipelas, y fiebres de todos géneros.

55. ¿Qué hemos de decir a esto? Lucas Tozzi fue, no sólo un gran teórico, mas también expertísimo, felicísimo, y acreditadísimo práctico, y como tal solicitado con ansia para la asistencia de los más altos personajes. Véase lo que de él decimos Tomo II, Discurso X, en una Nota al fin del Discurso. Si él curaba sin sangría aquellas enfermedades, que según la opinión común, más necesitan de ese auxilio, y las curaba brevemente, ¿cuáles serán las que no puedan curarse sin sacar sangre?

56. Y es muy de notar, que del mismo modo que hoy comprueban los Galénicos con la experiencia la necesidad de la sangría en muchas enfermedades, comprobaban antes la elección de vena respectiva a varias partes del cuerpo, como la Hepática, y Cefálica. Sin embargo la Anatomía hace más claro que la luz meridiana, que esa elección no estriba en fundamento alguno, y que no tiene más relación o conexión la Cefálica con la cabeza, que la Hepática; ni la Hepática con el hígado, que la Cefálica; y que todas las venas de un mismo brazo son indiferentes para todas las partes del cuerpo, por la razón Anatómica que hemos expuesto en otra parte. Como aquella experiencia fue engañosa, puede serlo también la que se alega en general a favor de las sangrías.

57. Lo que veo es, que la regla decantada antes por los Galénicos, como generalísima de sangrar en los costados, padece tantas excepciones, que ya no se debe mirar [278] como regla general. Ya en otra parte notamos que en algunas epidemias de costado se experimentó manifiestamente nociva. Y ahora poco ha un docto Médico Francés (de quien, y de cuyo escrito dan noticia las Memorias de Trevoux) escribió fuertemente contra la sangría en los costados, y peripneumonías de Invierno: e hicieron gran fuerza sus razones a algunos Médicos de París. Yo certifico, que el Invierno pasado del año de 31, en que hubo muchos costados en este país, de varias partes de él vinieron noticias que morían los que se sangraban, y se salvaban los que no.

58. Entiéndase todo lo dicho en orden a la utilidad o inutilidad de purga y sangría, consideradas generalmente sin tomar partido, y sólo propuesto como problemáticamente, a fin de persuadir que se consulte con exactitud y sin preocupación alguna la experiencia, que es uno de los designios de este Discurso.

59. Es notable flaqueza del juicio estimar alguna cosa como remedio para tal enfermedad, no advirtiendo una diferencia muy sensible y que incurra en los ojos de todos, entre los sucesos de los que usan de ella y de los que no. No han faltado, ni aun hoy faltan Médicos enemigos de la Quina. Con todo, nadie la disputa la cualidad de febrífugo en las intermitentes; porque la experiencia muestra que las ahuyenta, prescindiendo de si repiten después, o de si la Quina deja alguna mala impresión en el cuerpo. Si la sangría o la purga hicieran lo mismo en algún género de fiebres, convendrían del mismo modo todos en atribuirlas la virtud febrífuga, aunque algunos acaso prefiriesen otros remedios por más seguros o por más benignos. Bien lejos de eso, sobre eso mismo son fuertes las contestaciones; porque la experiencia no ha manifestado que esos sean remedios, con algún cotejo o cómputo que no sea sumamente dudoso y disputable. [279]


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§. XIV

60. Cuanto lo permitiese la materia (porque no todas son capaces de una averiguación matemática, ni decisiva) se debiera imitar la diligencia de muchos Médicos Ingleses en el examen del remedio precautorio que usan los Turcos contra las viruelas, y que llaman, ya inserción, ya incisión, ya inoculación de las viruelas; materia de que se habló mucho estos años pasados, pero que en España se ignora por la mayor parte qué cosa sea. Esto se reduce a hacer dos o tres cisuras muy pequeñas en el cutis de un hombre sano que quiere precaver el riesgo mortal de las viruelas, e introducir en ellas la materia purulenta de dos o tres postillas de alguno que actualmente padece esta enfermedad. El suceso es, que ésta se comunica por medio de dicha inserción, pero en un grado muy remiso, y acompañada de levísimos síntomas: de modo, que los más no han menester hacer cama, y con esta prevención se redimen de padecer más la enfermedad de viruelas en toda la vida.

61. La noticia de este remedio se comunicó a Inglaterra, y a otras Naciones Europeas por Maisland, Cirujano del señor Worthei Montaigiu, Embajador del Rey Británico en la Porta, el cual habiendo vista establecida su práctica en todas las Ciudades de Levante, donde reinan más acá y hacen mayores estragos las viruelas, y observado tener casi siempre felices sucesos, hizo sabidores de todo lo que había notado a su Amo y Ama, los cuales tuvieron bastante valor para hacer experiencia luego en un hijuelo suyo de seis años, y repetirla en otro después de su vuelta a Inglaterra. Animáronse muchos, ya con los ejemplos, ya con las noticias, y empezó a tomar vuelo este género de cura precautoria en aquel Reino. Mas no por esto faltaban quienes la contradijesen. Especialmente los Médicos de París se declararon fuertemente contra ella. [280]

62. Como este pleito no debía decidirse por razones especulativas sino por experimentos, se apeló a la experiencia, y a una experiencia que parecía que excluía toda perplejidad por parte de los que defendían la cura. Recibiéronse, y se dieron al público impresas las atestaciones de muchos Médicos residentes en varios Países de la Gran Bretaña; por las cuales constaban dos cosas: La primera, que la inserción libraba ciertamente del riesgo de padecer de nuevo viruelas. La segunda, que era contingencia sumamente rara el que alguno muriese de las viruelas artificiales, exceptuando el caso de constitución epidémica, en la cual morían algunos de los mismos que procuraban precaverlas; pero sin comparación menos que los que padecían las viruelas naturales; hallándose, por cómputos fieles, que de éstos moría la octava parte, y aún algo más; de aquellos ni aun moría la octogésima.

63. Esto es lo que he leído en las Memorias de Trevoux de los años 24, y 25: si después hubo alguna novedad, la ignoro. Puede ser que aquellas atestaciones no se hallasen tan fieles, como se publicó. Pero más de creer es, que si las contestaciones duran aún, la fomenta por la parte negativa únicamente el espíritu de emulación y parcialidad; porque habiendo llegado a hacerse esta cura precautoria aun en personas de la familia Real de Inglaterra, como se lee en las mismas Memorias de Trevoux, ¿cómo es creíble que no precediese una experiencia infalible de su seguridad?

64. Ni se me oponga que si la experiencia fuese tan constante, ya habría aquietado todas las contradicciones. Poco conoce la fuerza de las pasiones humanas quien juzga sólida esta réplica. Los que contradicen, o por una preocupación ciega, o por emulación, o por interés, o por envidia, rara vez se rinden aun a la misma evidencia: ni hay evidencia que cierre todas las puertas a un falso efugio, ni a mil objeciones sofísticas, en quien dominado de alguna de aquellas pasiones le busca. ¡O cuánto he palpado yo esta verdad desde que empecé a escribir para el público! [281]

65. En efecto algunas objeciones que se hicieron contra la inoculación fueron de las más ridículas del mundo. Ciertos Presbiterianos rígidos lo hacían causa de la Religión, asegurando que aquella práctica era opuesta a la soberanía, y a los Decretos de Dios: y un Teólogo Protestante predicaba que era invención diabólica, procurando persuadir que el demonio, mediante la inoculación, había comunicado a Job las viruelas, y que esta había sido la enfermedad que tanto afligió a aquel Santo Patriarca. ¡En qué absurdos no precipita el ardor violento de una controversia! Entre cuantos pasan plaza de cuerdos en el mundo, no hay hombre alguno tan parecido a un loco como un disputante apasionado.

66. A vueltas de tan reñida cuestión se vino a saber una cosa harto curiosa; y es, que la cura precautoria de viruelas que tanto ruido hacía como traída de Turquía, estaba mucho tiempo antes establecida dentro de la misma Inglaterra. Esta práctica era frecuente desde tiempo inmemorial en la parte Meridional de la Provincia de Gales, y se hacía de dos maneras, o refregando una parte del cutis contra las postillas de un virolento, o haciéndose en él algunas picaduras con una aguja mojada en la materia purulenta de las postillas. Esto se llamaba comprar las viruelas. En efecto era así, que se concertaban en algún bajo precio con el doliente; y se alegan testimonios fidedignos de que ninguno que adquiría las viruelas con este método las padecía segunda vez; como ni tampoco había memoria de que alguno muriese de las viruelas artificiales, exceptuando una mujer en la cual concurrieron las circunstancias especiales de haberse hecho alguna herida, y de haber comprado las viruelas a un enfermo que estaba muy a los últimos.


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§. XV

67. Concluiremos este Discurso, manifestando tres errores capitales de donde se derivan otros infinitos, y que por falta de reflexión se incurren en las experimentales [282] observaciones. El primero es el de tomar por efecto lo que es causa, y por causa lo que es efecto. El segundo, tomar por causa alguna cosa que por accidente concurre sin influjo alguno. El tercero es, entre dos efectos de una misma causa, tomar uno por causa de otro. Pondré ejemplo de estos tres errores en observaciones pertenecientes a la Medicina; porque importa mucho más el desengaño en esta materia, que en otras de Física común.

68. Sucede, que uno, acosado de una sed ardiente y extraordinaria, sin causa manifiesta de ella, bebe agua con grande exceso, y dentro de algunas horas le asalta una fiebre o una fluxión acre. Es corriente en este caso atribuir la indisposición al exceso cometido, y aprehender este como causa de aquella. Está tan lejos de ser así, que antes la indisposición es causa del exceso. Nótese, que hablo del caso en que la sed no fue ocasionada de causa manifiesta, como de haber hecho algún ejercicio violento, o haber padecido algún gran calor, o del Sol o del fuego, o de haber estado mucho tiempo sin beber. Puestas así las cosas, es claro que la sed nació de causa interna. ¿Y qué causa interna? No otra, que la disposición morbosa que ya había empezado a reinar dentro del cuerpo, o dígase de otro modo: el humor acre o salso, que ya se había puesto en movimiento, y velicando las fibras donde se hace la sensación de la sed, la había excitado. Todo efecto preternatural y extraordinario pide causa preternatural y extraordinaria: Supónese, que la sed lo fue, y que no hubo causa externa a que atribuirla: luego hubo causa preternatural interna; y no es otra cosa que esto la disposición morbosa.

69. Por falta de esta advertencia se cometen gravísimos errores en la Medicina; porque tomando al revés el rumbo de la naturaleza, es preciso errar el camino de la cura. Lo que es efecto se aprehende como causa, a que es consiguiente aplicar como medicina, lo que es veneno: pues ya se ve, que si se acusa la humedad y frialdad de la agua como causa de la dolencia, cuando tiene toda la culpa un [283] humor acre, salso, mordaz, o ardiente, el Médico irá a corregir aquella, y los correctivos de aquella son incentivos de éste.

70. Esta especie de error no está limitada al caso que hemos propuesto; antes tiene una extensión dilatadísima. Inclínome mucho a pensar que todos los movimientos extraordinarios y vehementes, tanto de la irascible como de la concupiscible que preceden en la distancia de pocas horas a las enfermedades en su estado visible, y no tienen causa especial externa, son efectos de ellas consideradas en su principio; quiero decir, en aquella primera agitación del humor pecante. Concibe un sujeto una gran ira por algún leve motivo, del cual tiene experiencia que en otras infinitas ocasiones no le alteraba poco ni mucho: a la ira sucede inmediatamente, o dentro de pocas horas, una fiebre. Júzgase que la ira es causa de la dolencia; y yo digo, que la dolencia es causa de la ira. Pues este hombre en su estado natural nunca padecía algún violento rapto de cólera por él mismo, ni aun por algo más fuertes motivos, parece consecuencia forzosa que el que ahora padece, sea efecto de causa preternatura y extraordinaria que tiene dentro de sí; la cual no puede ser otra, que aquel primer movimiento fermentativo del humor pecante, que poco después se hace manifiesto al tacto en el pulso. En efecto, es fácil observar, como yo lo he observado muchas veces en mi y en otros, que la irascible está mucho más pronta a inflamarse, aun con levísimas ocasiones, en aquellos primeros amagos o casi insensibles preliminares de cualquier indisposición tanto cuanto grave.

71. No por eso niego que el ardor de la ira pueda encender el de la fiebre. Tiene sin duda aquella una proporción grande para ser causa de ésta, y se puede discurrir que lo es, cuando respectivamente al temperamento del sujeto hubo ocasión bastante para la cólera; mas cuando no la hubo, lo más que pudo pensarse, es que la ira haya dado algún aumento a la indisposición subsiguiente, [284] la cual aun sin eso existiera, aunque en grado más remiso. Lo mismo que decimos de la ira, se debe aplicar a la tristeza y al miedo, que son en el lenguaje Filosófico, pasiones pertenecientes a la parte irascible.

72. Con no menos generalidad se puede razonar en orden a los efectos de la concupiscible. Cualquier apetito vehemente totalmente insólito al sujeto respectivo a objeto ordinario que frecuentemente ocurría a sus sentidos, y que esté desnudo de toda circunstancia especial externa que pueda excitar la inclinación, se debe discurrir que nace de alguna preternatural disposición interna. La expleción o satisfacción de aquel extraordinario apetito, nunca deja de calificarse de exceso, a cuyo mal influjo se atribuye la indisposición que poco después se descubre; siendo así que la indisposición que antes estaba oculta irritando el apetito, fue causa del exceso, no el exceso de la indisposición.

73. Este error se comete frecuentísimamente. Uno, que miró siempre con indiferencia tal o tal manjar, pongo por ejemplo las lechugas, se halla con apetito vehemente de ellas, y cena dos o tres. Si amanece después con dolor de cabeza, o con una fluxión al pecho, o con diarrea, no dejará de echar la culpa a las lechugas, las cuales ya hallaron hecho el daño dentro del cuerpo, y el daño que estaba dentro del cuerpo, indujo a cenar las lechugas.

74. No por eso quiero decir que los desordenes del apetito no causen frecuentemente varias enfermedades. Nótense bien las circunstancias con que visto mis aserciones, cuya inadvertencia, en muchos de los que leen mis escritos, es causa de que me hagan mil objeciones impertinentes. Digo, que mi resolución se debe entender cuando el apetito es vehemente, extraordinario al sujeto, y no ha habido causa alguna externa que pudiese irritarle; porque debajo de estas circunstancias es preciso que la haya interna, y que sea de bastante gravedad [285] parece merecer el nombre de disposición morbosa; a lo que no llegaría, si el apetito, aunque extraordinario, fuese leve.

75. Confirmase eficazmente lo dicho con la reflexión de que la diversidad de apetitos nace sin duda de la diversidad de temperamentos: de donde es consiguiente forzoso, que a toda alteración en el temperamento se siga alguna alteración en el apetito. Así es fácil ver, que ningún enfermo conserva el apetito perfectamente en el mismo tenor que le tenía en el estado sano; y esto, no sólo en cuanto a la cantidad de comida y bebida, más también en cuanto a la calidad; y no sólo en orden a los objetos del gusto, mas también de las demás potencias, así internas como externas.


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§. XVI

76. El segundo error capital de las observaciones experimentales, que consiste en tomar por causa lo que concurre casualmente, y ni es causa, ni efecto, aun es más frecuente el primero. Apenas hay enfermo que no presuma tener bien averiguada la causa de su mal, y esta causa la halla siempre en cualquier particularidad que haya tenido poco antes en su modo de vivir, tenga o no proporción con la dolencia que le aflige. Una aceituna que haya comido fuera de su costumbre, medio cuarto de hora más de madrugada, dos gotas más de bebida, dos pasos menos del ejercicio ordinario, y otras cosas aún más impertinentes, su juzgan tener la culpa en el mal que ocurre, sin advertir que esa máquina nuestra en la debilidad de su propia contextura tiene suficientísimo principio para sus quiebras. Los humores del cuerpo, aun cuando el influjo de todas las causas externas, cuanto depende de nuestro albedrío estuviese siempre reglado en una perfecta uniformidad, no dejarían de padecer varias alteraciones. La heterogeneidad de ellos, no sólo respectiva de unos a otros, más aún de las partículas de cada uno, los conduce necesariamente a diferentes estados. Si considerasen esto bien aquellos espíritus supersticiosos [286], idólatras de su salud, que en orden al propio régimen quieren pesar aun los átomos, se librarían de aquel continuo afán con que viven, y que es más molesto que las mismas indisposiciones de que con terror pánico huyen.

77. Pero la acusación más vulgar de todos es contra el tiempo. El que no hace excesos no descubriendo otra causa de sus males, echa la culpa al tiempo; y aun el que los hace, suele echársela por no culparse a sí mismo. Que sea templado, que frío, que caliente, que húmedo, que seco, que vario, que constante, nunca falta alguna quisquilla por donde hacerle el proceso. Si en Julio, como suele, hace calor correspondiente a la estación, se dice que el calor es causa del mal; si el calor es más benigno o templado, también se le culpa con el motivo de que no es conforme a la estación aquella templanza. Lo mismos sucede respectivamente al frío, o más intenso o más remiso en el Invierno. Si el tiempo es vario, nadie hay que no le suponga delincuente; pero si es constante, tampoco se exime, porque se dice que nuestros cuerpos necesitan indispensablemente de la alteración de temporales: que cualquiera temperie que dure mucho, les hace guerra: que el frío los constipa, el calor los disipa, la humedad los ahoga, la sequedad los consume.

78. Varias veces he notado, que a dos enemigos nuestros se imputan vulgarmente casi todos nuestros males: al demonio todos los del alma; al tiempo los más de los del cuerpo. Apenas hay quien, a fin de minorar en parte su delito, no diga que el diablo le tentó. Tan irracional es quien piensa que si no hubiese diablo que nos tentase, nunca pecaríamos, como quien juzga que reglando el tiempo en alguna forma, la más perfecta de todas, nunca estaríamos enfermos. Dentro de nosotros, en el fondo de nuestro mismo ser está el origen de todos nuestros males, así espirituales como temporales: por su propio peso es llevada nuestra naturaleza a una y otra ruina; aunque a la primera siempre con [287] libertad; a segunda muchas veces sin dependencia del albedrío.


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§. XVII

79. El tercer error de las observaciones experimentales, aunque no tan frecuente como los dos primeros, no deja de ocurrir bastantes veces. Si el que (pongo por ejemplo) por haber hecho algún ejercicio muy violento, excede en la bebida, padece luego una fiebrecilla, ordinariamente se le imputa esta al exceso en la bebida; porque el común de los hombres apenas considera otros excesos nocivos a la salud, que los del paladar. Sin embargo, como un ejercicio violento, por lo que enciende la sangre y conturba los demás humores, es mucho más proporcionado a excitar la fiebre que el exceso en la bebida, especialmente si ésta en la cualidad es templada, es mucho más racional juzgar que el exceso en la bebida no tuvo algún influjo en la fiebre, sino que la fiebre y el exceso, ambos fueron efectos del ejercicio.

80. Creo que de esta equivocación de aprehender entre dos efectos de una misma causa el uno por causa del otro, nació la sentencia tan válida entre los Médicos, de que todas las fluxiones catarrales en cualquier parte del cuerpo que hieran, (comprehendiendo muchos aun la Gota) bajan de la cabeza. Sucede, siempre que se padece alguna molesta fluxión en cualquier parte del cuerpo, sentirse, o dolor, o por lo menos pesadez en la cabeza. De aquí, digo, es muy creíble que vino el colocar en el cerebro el origen de todas las fluxiones, lo que ya no pocos Modernos contradicen, y en mi sentir con bastante fundamento.

81. Lo primero, yo no sé ¿por qué los humores viciosos, que son materia de las fluxiones, han de hacer el gran rodeo de transitar por la cabeza para venir a caer en esta o aquella parte, pudiendo, en virtud del círculo que hacen con la sangre por venas y arterias, derivarse de estas inmediatamente a cualquier miembro?

82. Lo segundo, que si en el cerebro se amontonase [288] tanta copia de humor, cuanta cae en algunas fluxiones, le hiciera totalmente estúpido e inepto para todas sus funciones.

83. Lo tercero, que no es fácil señalar el conducto por donde el humor se deriva de la cabeza. Muchos dicen, que por el hueso Ethmoides, o Criboso. Pero Schneidero lo contradice, porque no se notan en él algunos agujeros por donde el humor se cuele, especialmente siendo pituitoso y craso, como lo creían los Antiguos: a que se añade, que este hueso está apretadamente ceñido de las meninges, y de la túnica interior a la nariz. Es verdad, (como advierte el Doctor Martínez en su Anatomía completa) que su parte superior es muy porosa, y por eso se llama Criboso, o Espongioso; pero como esos poros no lo taladran todo (aun dejando aparte el embarazo de las túnicas que le ciñen), no podrá derivarse por ellos el humor. Si se dice que baja por los nervios; pregunto, ¿cómo no causa en ellos obstrucciones, y otros peligrosos efectos?

84. Lo cuarto y último, que cualquiera conducto que se señale, se ofrece la grave dificultad de ¿cómo en él, y en las partes inmediatas no se hace sentir, sí sólo en aquella que se considera término o asiento suyo? ¿No es totalmente increíble, que si el humor fluyente o al pecho, o al estómago, o a los intestinos, o a las articulaciones de los pies, baja de la cabeza, no se haya de sentir (siendo por lo común tan acre y mordaz) en las partes intermedias? Esta dificultad, que muchos años ha me ha ocurrido, he propuesto a algunos Médicos; pero no me hice bastantemente capaz de sus soluciones.

85. Si se me opone, (lo que arriba hemos apuntado) que es frecuente acompañar dolor de cabeza a las fluxiones que se hacen a otros miembros: Respondo, que de eso no se puede inferir que el humor fluyente baje de la cabeza. Lo primero, porque muchas veces, aun las más (como en mi mismo he observado bien) no hay dolor de cabeza; y para que la hilación fuese buena, debiera haberle siempre. [289] Lo segundo, porque aun cuando acompañase regularmente el dolor de cabeza a la fluxión, se evacuaría oportunamente la dificultad, diciendo que su concurrencia simultánea depende de que son efectos de una misma causa, no uno causa de otro. De hecho la razón persuade que esto sea así. El humor acre, que separándose de la masa de la sangre, fluye a ésta o a la otra parte, no tiene estorbo para verter alguna porción suya en la cabeza y excitar dolor en ella, mayormente porque el asiento de dicho humor fluyente son las glándulas, entre quienes puede numerarse el cerebro; por cuya razón Hipócrates, y Warton le llaman la grande Glándula.

86. Si se me replica, que en toda fluxión algo fuerte, ya que no dolor propiamente tal, a lo menos se percibe un género de pesadez en la cabeza, por lo cual está menos apta para todas las operaciones que se ejercen en aquel órgano, confesaré que es así; pero añadiré dos cosas. La primera, que esto no es privativo de las fluxiones. En las demás enfermedades sucede lo mismo, sin que por eso pretendan los Médicos (exceptuando los pocos que siguen a nuestra Doña Oliva de Sabuco) que todas dependen de la cabeza. La segunda, que esa pesadez o ineptitud tampoco es privativa de la cabeza. La misma, si se hace reflexión, se observa en los demás miembros. Cualquiera que padezca una fluxión fuerte, que sea en la garganta, que en el pecho, que en el estómago, que en otra cualquiera parte, hallará que tiene todo el cuerpo más pesado que en el estado de sano: que todos los miembros están menos aptos para el movimiento: que todos, a poco que trabajen, se fatigan mucho. Así con ninguna razón se atribuye a la cabeza, como propia privativamente de ella, una pesadez compañera de todas las fluxiones, cuando ésta es común a los demás miembros; y por no hacer reflexión sobre esto, se ha creído venir todas las fluxiones de la cabeza.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo quinto (1733). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por D. Blas Morán, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo quinto (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 254-289.}


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