Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo tercero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo tercero

Prólogo Apologético

1. Lector mío, este Tomo muchos días ha debiera estar impreso, si yo pudiese cumplir la promesa que te hice en el segundo. Pero no estuvo más en mi mano; porque desde aquel tiempo continuaron tan porfiadas mis indisposiciones, que en muy pocos ratos pude tomar la pluma por el espacio de siete meses. Así que en todas las promesas de los hombres, por lo que tienen de Pronósticos, pues aseguran futuros contingentes, se debe entender adjunta la adición de Dios sobre todo. En la mía no es menester suplírmela; porque al pie de ella expresé la condición, dándome Dios salud. Dios no quiso dármela, cual era menester para continuar mis tareas, y estoy muy conforme con su santísima voluntad.

2. Si eres algo reflexivo, excuso armarte de nuevas advertencias contra las sofisterías de mis contrarios; y ninguna bastará, si te riges por primeras aprehensiones. En el cotejo fiel de lo que yo digo, y de lo que dicen ellos, consiste la mayor parte de mi defensa: porque la mayor parte de las impugnaciones consiste en una inteligencia errada de mis escritos. Pero no pocas veces se hizo la malicia parcial de la rudeza: de que hallarás un insigne ejemplo en aquel embozado Autor de la Tertulia Apologética, que ocultando la cara, descubrió la intención: aquel que con insulso, y pesado estilo, con insulsos, y pesados cuentos se hizo contemptible simio, pretendiendo imitar el estilo, y chistes de un Escritor conocido: lo que logrará cuando el Avestruz siga el vuelo del Águila, o la Tortuga el curso del Ciervo: aquel que con groseras calumnias quiso degragarme del honor que me han dado [XXIV] eruditos bien intencionados: aquel, que mintiendo aun en el intento del escrito, estampó en el fondo una sátira, habiendo propuesto en la frente una Apología. No se me extrañe el escribir contra mi costumbre con tanta licencia; pues cuando se habla de un incógnito, se corrige el vicio sin tocar en la persona.

3. ¿Qué servía al intento del Apologista la mentira de que lo que he dicho de Savonarola, lo trasladé al pie de la letra de Gabriel Naudé? Seis hojas enteras gasta este Autor (de la Edición de Amsterdam en 1712, que es la que he visto) en la relación de las cosas de Savonarola; siendo así que es bastantemente conciso; yo media página. ¿Puede ser este traslado al pie de la letra? Mi estilo es muy desemejante al de aquel docto Francés. Lo que él dice de Savonarola, lo dicen otros infinitos. Conque bien lejos de copiarle las palabras, ni aun era necesario sacar de él las noticias.

4. ¿Qué le conducía la insigne falsedad de que mis escritos son una mera traducción de las Memorias de Trevoux, y del Journal des Sçavans? ¡Que haya osadía para una impostura tan crasa, aun debajo de la capa anónima! Del Journal des Sçavans (o hablando en castellano, Diario de los Sabios) no tengo, ni he visto jamás sino un Tomito en dozavo, que es el décimo: y aun éste le adquirí después de impreso mi primer Tomo, porque me le dió en Madrid por el mes de Agosto del año de 26 el Hermano Fr. Andrés Gómez, Fraile Lego de mi Religión: conque no habiendo parecido más que mi primer Tomo cuando se escribió la Tertulia Apologética, es preciso suponga el Apologista que yo traduje el Diario de los Sabios en profecía. Pongo por testigos a todos los Religiosos de este Monasterio, de que ni en mi Librería, ni en este Colegio vieron jamás otro libro del Diario de los Sabios, sino el dicho, y que saben que éste le traje de vuelta de Madrid, cuando fui a imprimir mi primer Tomo. Pongo asimismo por testigos a todos los Eruditos de este Principado, de que en todo él no vieron, ni oyeron [XXV] jamás decir que hubiese tales libros. Así verás, Lector mío, que en todo el primer Tomo no cité el Diario de los Sabios, y sólo le cito en el segundo Tomo, Disc. XV, n. 16, dando noticia del libro de Andrés Cleyero (que por yerro de Imprenta se escribió Cluverio) de Medicina Chinensium, del cual habla dicho Diario de los Sabios en el Tomito décimo que yo tengo, a la página cuarenta y cinco de la Edición de Amsterdam de 1683.

5. De las Memorias de Trevoux tengo la cantidad de cien Tomos; esto es, hasta el año de 25 inclusive: y es cierto que me han servido, como todos los demás de mi Librería, y muchos de las ajenas, para enriquecer la memoria de especies, de las cuales vierto las que hallo oportunas en el discurso de mi Obra. Pero una cosa es aprovecharse de libros, y otra copiarlos. ¿Se dirá por ventura que un Sermón es traslado de Plinio, porque en él se hallan dos, o tres noticias sacadas de su Historia Natural? Lector mío, si estás en Madrid, y entiendes el Francés, ruégote que busques las Memorias de Trevoux, y el Journal des Sçavans, que no pueden faltar en la Biblioteca Real, y en otras; que unos, y otros libros vuelvas, y revuelvas bien; y cuando halles ni un párrafo sólo, ni aun cuatro líneas, que sean traslado, o traducción de ellos, o en este Tomo, o en alguno de los antecedentes, quiero que todos tres los des al fuego, y me obligo a restituirte el dinero que te han costado.

6. ¿Qué le importaba para defender a Savonarola la calumnia, de que contra la intención de D. Luis de Salazar, dí su Carta a la estampa? Este doctísimo Caballero está en Madrid, y no negará, a cualquiera que se lo pregunte, la verdad, pues nunca la niega, de que para este fin me la envió.

7. Pero quien más injuriado sale en lo que el Apologista dice sobre este asunto, es el mismo D. Luis de Salazar, de quien supone ser un vil adulador, que contra su verdadero sentir me colmó de elogios en aquella Carta; y no habiéndose notado jamás este vicio en D. Luis, es [XXVI] bien extravagante imaginación la de que ahora quisiese adular a quien para nada ha menester.

8. Mas si quieres, Lector mío, enterarte bien, y a poca costa de la veracidad, buena intención, modestia, y otras prendas del Apologista, lee con reflexión aquel desatinado Soneto conque coronó su Obra: donde verás que aun más infeliz en el verso que en la prosa, si con ésta muele, con aquél descalabra. ¡Raro capricho! Meterse a Poeta, quien ignora hasta la medida de los pies, y la colocación de los consonantes. El primero, y segundo pie del Soneto son largos; en otros es menester andar a rempujones con las sinalefas para ajustarles el número: en los tercetos están los consonantes fuera del lugar debido; pues concuerda el primero con el sexto, debiendo concordar con el cuarto; y el tercero con el cuarto, debiendo concordar con el sexto.

9. Lo que sin embargo no se puede negar es, que tiene dos grandes partidas de Poeta, que son el furor, y la ficción. Una, y otra brillan con eminencia en su Soneto. El furor es más que Poético: la ficción más que soñada. Aquél llega a rabia, ésta a quimera. Yo quiero concederle lo que nadie le concede; esto es, que mi estilo, ingenio, y erudición merecen el bajo concepto en que él quiere ponerlos. ¿Pero a quién persuadirá que yo, inconstante en la Filosofía entre Aristóteles, y Descartes, ya Aristotélico soy, ya Cartesiano? ¿Yo Cartesiano, ni siempre, ni a tiempos? ¿No están viendo todos, que en ninguna parte de mis escritos encuentro con Descartes, que no le impugne a viva fuerza? Danse la mano el furor, y la ficción: sólo un hombre, a quien el furor tiene fuera de sí, fingiera en una materia donde está tan patente la verdad?

10. Por lo que mira a la cuestión de Savonarola, puedo asegurar que no me intereso en ella poco, ni mucho: en una línea del pasaje mismo que me acusa he dicho cuanto ha dicho después el Apologista, y cuanto se puede decir a favor de este Religioso. ¿Ha hecho, ni [XXVII] puede hacer más en su defensa, que alegar algunos Autores Católicos que le celebran? Esto ya lo tenía dicho yo en aquella cláusula: No sólo los Herejes le veneran como un hombre celestial, y precursor de Lutero por sus vehementes declamaciones contra la Corte Romana, mas aun algunos Católicos hicieron su panegírico.

11. Pude (dicen) omitir aquella noticia, o en caso de tocarla examinar mejor la materia. A uno, y otro satisfaré. Para omitir la noticia no había motivo alguno. Si el hecho de Savonarola fuese oculto, o no fuese tan manifiesto, la caridad, y aun la justicia me obligarían a dejarle en ese estado. Pero estando vertido por toda la Iglesia en millares de libros, ¿qué quita, ni pone el que se lea lo mismo en un libro más? ¡Oh! que muchos lo ignoraban, y ahora lo saben. Es verdad; pero en cuanto a la parte por donde puede doler la noticia, no la saben por mí, sino por el Apologista. Yo callé que Savonarola fuese Religioso Dominicano; él lo clamoreó. Y llanamente confieso, que mi silencio no fue estudioso; porque nunca me pasó por la imaginación, que aun cuando expresase el Instituto que había profesado Savonarola, pudiese producir esto la más leve queja en la Ilustrísima Religión Dominicana. Nadie ignora que no hay Instituto tan austero donde no flaquee uno, u otro individuo. Es cierto que no por eso es lícito sacar las faltas de los Religiosos particulares al público. Pero cuando es un hecho notorio a todo el Orbe, el particular no es acreedor al silencio, y la Religión nada pierde en que en este, o aquel libro se repita. He venerado siempre la de Santo Domingo como un Cielo luminoso, que dio, y da a la Iglesia más Astros brillantes de virtud, y sabiduría, que estrellas se cuentan en el Firmamento. En este tono, y aún más alto se me oyó hablar siempre. Pero Coeli non sunt mundi in conspectu ejus. Aun en el Cielo hay manchas, y sombras. La Religión que contáre entre sus individuos menor número de descaminados, será la más feliz; pero ninguna habrá jamás que no tenga alguno. [XXVIII]

12. Nunca pude yo considerar el nobilísimo cuerpo de la Religión de Santo Domingo tan sensible a un motivo tan leve (en caso de serlo, pues aun leve le niego), que pueda decir de sí por delicadeza lo que decía cierto Gascón por fanfarronada; esto es, que en cualquier parte del cuerpo que le hiriesen, sería la herida mortal, porque todo era corazón. Es muy robusto aquel gigante cuerpo para ser tan delicado. Cuanto más abunda en una indecible copia de altísimos ejemplos de virtud, tanto menos deber sentir el que se sepa que ha degenerado de ellos algún particular. Dichosa Religión donde se cuentan por millaradas los virtuosos, por millares los Santos, y por unidades los díscolos.

13. Esta tolerancia creyera yo justísima, aun cuando expresase el Hábito de Savonarola, y me declarase en términos más decisivos contra su conducta. Y así el silencio de su profesión no fue estudioso cuidado de evitar la queja, sino seguir mi común estilo de no tocar las noticias más que cuanto es necesario para el asunto. Pero el Apologista, aun conteniéndome yo en los límites a que me reduje, supone quejosa la Religión de Santo Domingo. Es así que la supone quejosa, porque la queja es supuesta. Después de impreso mi primer Tomo, conversé bastantemente con algunos Religiosos Dominicanos. Los Monjes de este Colegio que habito tratan frecuentemente, y con muy amorosa correspondencia con los individuos que hay en el Convento de Santo Domingo de esta Ciudad. Estos leyeron muy desde los principios mi primer Tomo, porque luego que se imprimió, se trajeron a aquel Convento dos ejemplares. ¿Cómo ninguno de ellos alentó jamás (lo que es cierto) hacia nosotros la más leve respiración de sentimiento en el asunto de Savonarola? ¿Cómo singularmente el Rmo. P. M. Fr. Pedro Menéndez, Prior que es hoy de dicho Convento, y Catedrático de Santo Tomás de esta Universidad, a quien trato con frecuencia, y a quien no sólo yo, pero todos mis compañeros cordialísimamente estiman por sus excelentes prendas, [XXIX] siendo hombre de admirable candor, discreción, y virtud, no me hizo por sí, o por tercera persona alguna caritativa admonición sobre mi yerro, para que no cayese en otro igual en adelante? ¿Cómo ninguno de los Monjes de mi Orden, que están en Madrid, y en otras partes donde hay Dominicanos, me dio jamás noticia de que hubiese de parte de éstos el menor resentimiento? ¿Cómo a ninguno de tantos Seglares discretos, Eclesiásticos, y legos, que por espacio de año y medio me hablaron innumerables veces sobre varias especies de mi primer Tomo, oí jamás poner semejante nota?

14. Es cierto que no la hubo hasta que el Apologista con ronca bocina tocó al arma. Los Dominicanos pasaban por encima de aquella noticia sin el menor sentimiento. Nadie la censuraba, nadie la notaba. Pero

Ut belli signum Laurenti Turnus ab arce
Extulit, & rauco strepuerunt cornua cantu,
Extemplo turbati animi.

Entonces muchos del vulgo, que están siempre con el Amen entre los labios para cualquier papel satírico nuevo que salga, por fútil, y despreciable que sea, fueron dignos ecos de tal Apologista, repitiendo que yo había hecho mal en tocar aquella especie.

15. Muy diferente fue el lenguaje de los advertidos, y desapasionados; porque éstos luego hicieron reflexión, no sólo sobre que en el Teatro Crítico se calla que Savonarola fuese Religioso Dominico, mas también sobre que la substancia del hecho está tocada tan de paso, e introducida entre tanto número de otras noticias de igual entidad, y aun mayor, que a nadie, o a rarísimo excitaría la curiosidad de andar preguntando de oreja en oreja de qué Orden había sido Savonarola: y para los que sabían antecedentemente esta circunstancia, nada se aventuraba en estampar aquella especie; pues donde habían leído que Savonarola era Religioso Dominico, habían leído también su Historia, y conforme a lo que hubiesen leído, harían juicio de lo que hallaban de nuevo impreso [XXX] en el Teatro Crítico. Por consiguiente si la especie tenía algo de odiosa, o podía inducir alguna queja, toda la queja, y todo el odio venía a recaer sobre el Apologista.

16. No creo yo, ni creyeron otros, que este hombre estuviese tan ciego, que no previese todo esto; y así se discurrió entre muchos Cortesanos, que el motivo que tuvo para escribir, fue muy diferente del que suena. Los que incurrieron la temeridad de adivinar el Autor, pensaron muy maliciosamente sobre el caso, atribuyéndolo a emulación, y envidia. Otros, procediendo sobre el mismo supuesto, encontraban en la publicación de aquel escrito cierta política, aunque soez, astuta, conque se procuraba la reputación, y despacho de otros.

17. Ninguna de estas cavilaciones me pareció verisímil, y sólo me incliné a que el motivo del Apologista fue el que indujo a otros muchos Escritores de este tiempo. Es el caso que yo tengo una gracia gratis data, de la cual renunciara con mucho gusto la mitad. Esta es el lograr fácil venta, no sólo a mis escritos, mas también a los de mis contrarios. El cariño conque el Pueblo recibió mis producciones, interesó tanto su curiosidad en las materias de que trato, que quiso ver cuanto en orden a ellas se escribía por una, y otra parte. Esta inclinación, experimentada en las primeras impugnaciones que parecieron contra mí, fue la que produjo después tanto número de papelones al mismo intento, que hicieron arrepentir a los que, por estar fuera de Madrid, encargaron a sus corresponsales la compra de los que fuesen saliendo; porque como por el interés que les resultaba del despacho se metieron a escribir muchos que no habían aprendido a hablar, al fin de la jornada hallaron, que, exceptuando muy pocos, habían dado monedas sanas por escritos chanflones. Viendo, pues, el Apologista, que en este río revuelto todos los que escribían pescaban algo de interés, se hizo la cuenta de procurarse por el mismo camino algún socorro; y diga el mundo lo que quisiere de [XXXI] Savonarola, y sepan todos que fue Religioso Dominico, que eso nada importa, como él saque su tajada. Dije en cuanto a la primera parte de mi satisfacción.

18. En cuanto a la segunda, ahora se verá quién examinó mejor esta materia, si el Apologista o yo. A la verdad en él sería mucho más reprehensible la falta de cabal examen que en mí, porque muy diferente obligación tiene a apurar la verdad de una noticia quien la hace asunto único, o principal de un escrito, que quien la toca de paso para ejemplo. Con todo, lo dicho dicho: ahora se verá quién examinó mejor esta materia.

19. Toda la batería del Apologista consiste en que yo no tengo otro fiador de lo que escribí de Savonarola sino Gabriel Naudé, Autor, como dice, que aunque grave, y docto, no merece fe, por no ser coetáneo al suceso: esto es repetirnos la cantinela cotidiana, y concluyentemente rebatida tantas veces del Doctor Ferreras. Retuerzo el argumento: el Apologista no es coetáneo a Savonarola: luego no merece fe en lo que dice de este Religioso. Responderáme, que lo que escribe lo leyó en otros Autores más antiguos. Lo mismo respondo yo por Naudé, quien estando generalmente reputado por grave, y docto, tiene a su favor la presunción de que escribió sobre fundamentos sólidos más que el Apologista, que no sabemos hasta ahora quién es. De hecho Gabriel Naudé, en el lugar citado, nombra gran número de Autores, individuando los que leyó sobre el asunto de Savonarola; de donde se colige, que examinó con madurez el punto.

20. Mas no me detengo en esto. Dejemos lo que leyó Naudé, y vamos a lo que he leído yo. De suerte que no tengo más fiadores que Naudé. ¿No es así? Pues vaya el Apologista registrando los siguientes.

21. Juan Nauclero, grave Cronista Alemán, Preboste de la Iglesia Tubingense, y Catedrático en el Derecho Canónico, Volum. 2, Chronografiae generat. 51, después de referir muchas predicciones falsas de Savonarola, dice cómo el Papa le envió a llamar, y no quiso comparecer: [XXXII] que le prohibió predicar, y despreció la prohibición: que fue execrado (esto es, excomulgado) por la contumacia, mas por eso no se abstuvo de celebrar el santo Sacrificio de la Misa. Vocavit (Papa) hunc Fratrem Hieronymum, sed comparere noluit: interdictus post praedicationem, non curavit: propter contumaciam execratus est, nec propterea a celebratione divinorum abstinuit. Trata luego de su prisión, y proceso; y después de referir cómo le pusieron en tortura, dice cómo algunos días después fue examinado sin tortura, y que en esta confesión declaró que todas sus profecías habían sido fingidas: que había predicado tales cosas por conseguir gloria humana: que le había parecido la Ciudad de Florencia buen instrumento para este fin: que para el mismo había procurado manifestar a los hombres las abominaciones que se hacían en Roma; porque en fe de esto esperaba que los Reyes, y Príncipes hiciesen juntar un Concilio, donde fuese depuesto el Papa con otros muchos Prelados; y en caso que de aquí no resultase hacerle Papa a él, lograría por lo menos el primer lugar después del Papa, y quedaría con gran estimación en el mundo. Postea demum die decima nona ejusdem mensis (Aprilis) sine lesione dixit omnia per ipsum prophetizata fuisse ficta, & quod ob gloriam humanam aucupandam talia praedicaverit, & quod videbatur Civitas Florentina bonum instrumentum ad faciendum crescere gloriam suam. Et ad coadjuvandum suum finem confessus est se praedicasse res, per quas Christiani cognoscerent abominationes, quae fiebant Romae, & quod Reges, & Principes se congregarent ad faciendum Concilium: quod ubi factum fuisset, sperasset deponi multos Praelatos, etiam Papam. Et quando fuisset aestimatus in Concilio, mansisset, & stetisset in magna reputatione in toto mundo; & sin non fuisset in Papam electus, saltem primum locum tenuisset.

22. Piero Valeriano, hombre ilustre entre los amantes de buenas letras, en el libro segundo de Infelicitate Litteratorum dice, que habiendo Savonarola, con su [XXXIII] extremada facundia, y doctrina, prendas que manchó su mala índole, apartado al Pueblo Florentino de la obediencia debida a la Santa Sede, y arrogádose a sí mismo mayor autoridad de la que tienen los sucesores de S. Pedro, perseverando pertinazmente en persuadir que tenía revelaciones divinas, fue convencido finalmente de impostura, condenado como impío, y quemado en la misma Ciudad de Florencia, a quien había engañado. Savonarola Divi Dominici sacris initiatus, non modo litteratus, sed magnae apud litteratos omnes auctoritatis, Christianae disciplinae concionator egregius, admirabilis omnino doctrinae, nisi pravo eam ingenio contaminasset, postquam facundia fretus sua Florentinum Populum eo compulerat, ut ab Alexandro Pontifice Maximo, atque adeo ab Ecclesiae Romanae institutis dissentiret, majoremque sibi abrogaret auctoritatem, quam ab ipso rerum opifice per manus traditam assequutus esset Petri successor Romanus Pontifex: dum de doctrina sua, deque Dei familiaritate, qua se ad coloquium usque dignatum palam profitebatur, Fidem aeque pertinacius tueri perseverat: mendacitatis, & imposturae demum convictus, impietatisque damnatus, in Urbis quam deceperat medio, cum aseclis aliquot concrematus est.

23. Pedro Delfino, General de la Camáldula, residente actualmente en Florencia cuando se hizo el proceso a Savonarola, en Carta escrita al Obispo de Padua, que se halla impresa en Oderico Raynaldo, continuador de Baronio, al año de 1498, dándole noticia de aquel suceso, dice que fueron finalmente descubiertas las tramas del Ferrariense (así llama a Savonarola, porque era natural de Ferrara): que habiendo sido excomulgado por el Papa, y por el General de su Orden, no se abstuvo de predicar, ni de celebrar; y que dio a entender no tenía respeto alguno, ni a Dios, ni a los hombres: Detectae sunt tandem Ferrariensis insidiae. Excommunicatus hoc anno a Pontifice, & a Generale sui Ordinis, & praedicare, & celebrare non destitit, ac palam de Pontifice obloquutus, [XXXIV] nec Deum visus est, nec homines revereri. Da después noticia de su prisión, y de cómo fue puesto en la tortura; conque concluye la carta, porque ésta fue escrita antes de la muerte de Savonarola: Heri in equuleum cum eisdem (dos cómplices) sublatus est. Per omnia benedictus Deus. Vale. Florentiae die 11 Aprilis, anni 1498.

24. Juan Bucardo, Maestro de Ceremonias del Sacro Palacio, en su Diario refiere, que puesto el Savonarola varias veces en tortura, pidió misericordia, prometiendo que confesaría todos sus delitos: que de hecho lo ejecutó así por escrito, y manifestó entre otras cosas la criminal, y atroz industria de que se había valido para persuadir que tenía revelaciones: Frater Hieronymus carceribus mancipatus, postquam septies quaestionibus, & tormentis expositus fuit, supplicavit pro misericordia, offerens dicturum, & scripturum omnia in quibus deliquisset. Dimissus est de tortura, & ad carceres repositus, & assignata sibi charta, & attramento scripsit crimina, & delicta sua in foliis, ut asserebant, octoginta, & ultra scilicet, quod non habuit unquam aliquam revelationem divinam, sed intelligentiam cum pluribus... Lo que añade este Autor a lo que dicen los demás es tan horrendo, que serían menester muchos más testimonios que el suyo para creerlo.

25. Juan Poggio Florentino descubrió, y convenció largamente las imposturas de Savonarola en un Tratado compuesto a este fin, que no he visto; pero le cita, y resume Antonio Duverdier en su Prosopografía, tom. 3, fol. 2333, por estas palabras: «Uno llamado Juan Poggio hizo un Tratado, que fue impreso en Roma, y contiene trece capítulos, en todos los cuales, hablando siempre con el mismo Savonarola, después de haber convencido de impostura, y falsedad sus predicciones, especialmente en que habiendo enviado su capa a Carlos Strozzi, enfermo de peligro, con la promesa de que luego que se la pusiese sanaría, no obstante luego murió: y habiéndola [XXXV] también enviado a un Platero llamado Cosme, y a otros muchos con la misma promesa, asimismo murieron. También en que él había afirmado públicamente que Juan Pico de la Mirándola sanaría de la enfermedad, de la cual dentro de tres días murió. Después, digo, de haber Juan Poggio confutado las razones de dicho Savonarola, y exhortándole a volver a la obediencia del Papa, le demuestra que es infiel, infame, apóstata, sedicioso, perturbador del bien, y reposo público, cismático, desobediente al Soberano Pontífice, y por consiguiente haber sido justísimamente excomulgado.»

26. Los cinco Autores que hemos alegado, todos fueron contemporáneos de Savonarola. Vea ahora el Apologista, que recusa a Naudé por no ser coetáneo, si nos hace falta este Autor, y si no tenemos otro fiador que Gabriel Naudé de lo que hemos dicho.

27. Paulo Jovio en los elogios de hombres doctos dice, que aunque al principio era Savonarola buen Religioso, la ambición, y una desordenada, y perniciosa afectación de extender la verdad le inflamó tan fuera de los límites de lo justo, que con precipitada, y cruel sentencia hizo morir a siete nobilísimos Ciudadanos Florentinos; y declamando acerbamente con loca libertad contra las acciones del Papa Alejandro VI, llegó a poner en duda la Sacrosanta Potestad Pontificia: Ejus ingenium ab occultga ambitione, & nimio, exitialique proferendae veritatis studio inflammatum, adeo aestuanter effervuit, ut capitale judicium de suspectis nobilissimis septem civibus saeva sententia praecipitarit, moresque Alexandri Summi Pontificis vesana declamandi libertate cum acerbe sugilaret, Sacrosanctam Potestatem in dubium revocarit. Jovio también puede pasar por contemporáneo, porque en su juventud alcanzó la muerte de Savonarola.

28. El Padre Martín Delrio (Disquisit. Mag. lib. 4, cap. 1, quaest. 3, sect. 6.) en esta conformidad habla de Savonarola: En mi sentir vanamente intentaron algunos [XXXVI] defender las revelaciones de Jerónimo Savonarola, que están condenadas por el Juicio Apostólico. Cuantas cosas predijo este hombre de la reformación de la Iglesia, de la conversión de Moros, y Turcos, de la felicidad de los Florentinos, las cuales decía habían de ver antes de morir muchos de sus oyentes; añadiendo que aquellas profecías eran inmutables, y absolutas; de las cuales, no obstante, nada casi sucedió, por la mayor parte, dentro de los cien años, que se siguieron, sucedió todo lo contrario. Por lo cual, de la pasión de sus parciales, y del odio que muchos tenían a Alejandro VI, y a la casa de Médicis, nació que algunos Historiadores inconsideradamente emprendiesen su defensa, o revocasen en duda la justicia de la sentencia que se fulminó contra él. A la verdad, así como el suceso mostró ser falsas sus profecías, también su contumacia contra el General de su Orden, y el desprecio de la excomunión Pontificia (que aun cuando fuese claramente injusta, debiera ser temida), y otras semejantes acciones, son urgentes argumentos, que prueban su arrogancia, obstinación, e ilusión diabólica. Léase a Rafael Volaterrano, que consta escribió la verdad por lo mismo que el Guicciardino, aunque algo inclinado a favor de Savonarola, publicó. ¿No obran por ventura con más piedad, y prudencia los que defienden el Juicio de la Silla Apostólica, que los que batallan por el honor de un particular? Ni esto deslustra en algún modo a la ilustrísima Religión Dominicana, la cual como astro resplandece en el Cielo de la Iglesia Militante; así como no es mancha para los Coros de los Ángeles la facción de Luzbel, ni para el Apostolado la perfidia de Judas. Hasta aquí el Padre Martín Delrío; y esto es hablar con juicio, discreción, y piedad. Dejo de poner este testimonio en Latín, porque siendo el libro muy común, todos pueden ver si he sido fiel en la traducción.

29. Juan Fischerio, Cardenal de la Iglesia, y Mártir, en el artículo 33 de Non comburendis haereticis, §. Quorum exemplum, dice que Savonarola manifiestamente fue contumaz contra las censuras de la Iglesia: [XXXVII] Aperte contumacem se praestitit contra censuras Ecclesiae.

30. Son muchos más los Autores que he visto citados en otros. Pero no omitiré, que el célebre Analista Dominicano Abrahán Bzovio, que tanto hizo por defender a Savonarola, cita, como declarados contra él, a dos grandes hombres, Ambrosio Catarino, y Jacobo Laynez, el primero Dominicano, el segundo Jesuita, uno de los primeros, y más queridos compañeros del Glorioso Patriarca S. Ignacio de Loyola. Donde también debe advertirse que Catarino, sobre la circunstancia de Dominicano, a quien sólo la fuerza de la verdad pudo hacer contrario a Savonarola, le alcanzó en su juventud, y tomó el hábito en la misma Ciudad de Florencia, donde le fue fácil enterarse cabalísimamente de la conducta, y proceder de Savonarola.

31. Aun los mismos Autores de aquel tiempo (dejo aparte los que declaradamente eran de su facción, o interesados en su honor), que se mostraron propensos a favor de Savonarola, no pudieron dejar de decir lo bastante para que se conozca que fue Impostor, y falso Profeta. El Guicciardino planamente asienta que el Papa le prohibió la predicación, y que él al principio obedeció; mas después, viendo que con su silencio iba decayendo su crédito, el cual estribaba enteramente en su facundia, rompió el precepto, y volvió a predicar, despreciando las censuras impuestas, y afirmando que eran nulas, como contrarias a la voluntad divina. El haber obrado contra el precepto, y contra las censuras, ninguno de sus Apologistas lo niega, aunque procuran disculparle con extraña Teología. Véanse Abrahán Bzovio, y Natal Alejandro. Dice más el Guicciardino, que habiendo muchas veces prometido en sus Sermones, que en confirmación de la doctrina que predicaba, pasaría sin lesión por medio de las llamas cuando fuese necesario, llegando después el caso de aceptarle la promesa, e instarle a la ejecución, retrocedió con frívolos pretextos, lo que acabó [XXXVIII] de arruinar su reputación; y así el día siguiente le prendieron. En fin, que en la confesión declaró, que sus predicciones no habían sido fundadas en revelación Divina, sino en su opinión propia, y en la doctrina, y observación de la sagrada Escritura. Esto era contra lo que antes siempre había dicho.

32. Felipe de Comines, a quien el Apologista cita, no da a entender, aunque algo afecto a Savonarola, que éste tenía buena causa, sino que él deseaba que la tuviese. Antes de lo que dice aquel Historiador se infiere evidentemente que Savonarola era reo de dos grandes crímenes: el primero, el que hemos dicho de Impostor, y falso Profeta. Dice Comines, hablando de él en la Vida de Carlos VIII, cap. 193, que Savonarola pública, e incesantemente predicaba en Florencia que el Rey Carlos había de volver a Italia segunda vez; y de todo el contexto consta que esto lo fundaba en revelación divina: sed sic est, que el Rey Carlos no volvió a Italia segunda vez: luego fue falsa la profecía de Savonarola, y él por consiguiente falso Profeta. El segundo crimen es de Estado. Este es tan claro en Comines, que no tiene réplica; pues asegura, y repite que Savonarola instantemente solicitaba a Carlos VIII para que viniese a Italia segunda vez con Ejército, a fin de reformar la Iglesia con mano armada. Pregunto: si el solicitar la entrada de un Príncipe Extranjero, y armado de tropas no es delito gravísimo contra el Estado, ¿valdrá en ninguna República (salvo que conste de unos Ministros fatuos) al que cayere en este comiso el pretexto de que sólo pretenden reformar las costumbres corrompidas?

33. No falta quien, por patrocinar a Savonarola, atribuya a Comines la noticia de que aquel profetizó a Carlos VIII la muerte del Delfín, y aun la del Rey mismo, como castigo del Cielo, si no volvía a Italia. Pero esto es muy falso. Lo que en Comines se halla es, que Savonarola en términos generales amenazó al Rey con el castigo divino; y Comines, viendo suceder poco después la [XXXIX] muerte del Delfín, discurrió conjeturalmente que a este objeto se terminaba la amenaza de Savonarola. Es cierto, como dice un Autor moderno, que si Comines entendiera tanto de los artificios de los hipócritas, como entendía de máximas de Príncipes, no le hiciera fuerza alguna la aparente correspondencia del suceso a la amenaza. Cualquiera que profetiza castigos del Cielo, va seguro de no ser cogido en mentira; porque como en este valle de lágrimas son tan frecuentes las desdichas, rara vez dejará de acaecer algún suceso funesto que se interprete como ejecución de la profecía; y en caso que no, discurren los preocupados que Dios con ira más severa reservó el castigo para el otro mundo. Aquel astuto hombre en un tono hablaba a los Florentinos, y en otro al Rey de Francia. A aquéllos les predicaba, como constantemente decretada por el Cielo, la vuelta del Rey a Italia, para tenerlos firmes en su partido; con éste solicitaba el que volviese para conseguir la reputación de verdadero Profeta, y los demás fines a que aspiraba su ambición. En una parte profetizaba lo que no sabía; y en otra pretendía que se ejecutase lo que había profetizado.

34. Finalmente, en una cosa concuerdan todos los Autores, lo cual excluye todo juicio prudencial a favor de Savonarola. Esta es, que los Jueces diputados por el Papa para examinar su causa, y pronunciar la sentencia, fueron su propio General, y el Obispo Romulino. Dígase lo que se quisiere de la política, y costumbres de Alejandro VI, en este caso no puede negarse que deseó se procediese con justicia. Y aun diré, que si quiso que se faltase a ella, su intención fue que se declinase al extremo de la benignidad; pues no había de esperar el Papa, ni es creíble que el General de la Religión de Santo Domingo fuese inicuamente cruel con un súbdito suyo. Toda la Iglesia sabe qué hombres se colocan en aquel puesto: y aun cuando alguno no igualase el mérito de los demás, con toda certeza se puede asegurar que ninguno hubo capaz de una iniquidad tan grande, como sería condenar [XL] con rigurosísima sentencia a un Religioso inocente. Protesto que si yo fuese Religioso Dominicano, antes batallaría por el honor del General, que por el de Savonarola: porque mucho más se interesa cualquier Religión en la buena opinión de su supremo Prelado, que en la de cualquier particular súbdito.

35. Esto es lo que yo he hallado contra Savonarola. O por mejor decir, he hallado mucho más; pero hay razones para no escribirlo todo. Veamos ya lo que alega a favor suyo el Apologista, para averiguar quién de los dos examinó con más madurez esta materia. Apenas causa alguna se habrá visto más miserablemente defendida. De los testigos que cita, unos no dicen cosa a favor de Savonarola, y otros padecen excepción, según reglas de Derecho.

36. Abrahán Bzovio, el Padre Maestro Lorea, y otros Dominicanos padecen la excepción de deponer en una causa, en que se consideran, y muestran interesados: el Apologista, haciéndose cargo de esta objeción, responde que los Dominicanos son veracísimos, y sincerísimos; y que un Papa, y un Emperador dieron a la Religión de Santo Domingo el epíteto de Orden de la verdad. Pero esta respuesta, aunque verdadera en el asunto, es inútil al propósito. En el Derecho se señalan dos capítulos genéricos (que después tienen sus subdivisiones) por donde se puede poner excepción a los testigos. El primero mira a la calidad de la persona; el segundo a la calidad de la causa. El que es notado de mentiroso, padece excepción por el primer capítulo; pero por fidedigno que sea, si es interesado en la causa que se agita, padece excepción por el segundo. Aquella excepción es general; ésta limitada. La respuesta, pues, del Apologista sería del caso, si se recusasen los Autores Dominicanos por el primer capítulo, de que estamos muy lejos; pero es impertinente cuando la excepción se pone por el segundo. También digo, que cuando se trate de un hecho, que no es contestado, daré entera fe a los Escritores Dominicanos [XLI] que le afirmaren; pero si hay división de sentencias entre los Autores, deben ser preferidos los indiferentes, que no tienen interés alguno en la causa que se disputa, a los que de algún modo se consideran interesados en ella.

37. Fuera de esto, los mismos Dominicanos no están acordes. El General de la Religión dio sentencia contra Savonarola. Ambrosio Catarino creyóle culpado. Abrahán Bzovio, aunque se extiende largamente en el alegato por Savonarola, en la conclusión se dobla, y permite al Lector hacer el juicio que quisiere: Quae omnia judicio S. R. E. & arbitrio Lectorum libenter subjicimus. Todos estos están contra los que absolutamente, y sin perplejidad le justifican.

38. Henrico Spondano únicamente cita por su sentir a Juan Francisco Pico, íntimo amigo de Savonarola, de quien hablaremos abajo, y los Monumentos manuscritos que hay en la Biblioteca Florentina de los Dominicos; y un testigo, que se refiere únicamente a lo que le dijeron los amigos del reo, hace poca, o ninguna fuerza en un severo juicio. Fuera de que, como confiesa el Apologista (pag. 45), Spondano duda si fue cierta la confesión que le atribuyeron a Savonarola; y un testigo, que duda del hecho en que depone, es como si no depusiera.

39. Comines era Ministro de especial confianza de Carlos VIII, cuyo faccionario era Savonarola; lo que es capítulo suficiente de recusación. Sin embargo no hay embarazo en admitirle, porque de lo que refiere este Escritor, más consta la culpa que la justificación de Savonarola. Y en caso que esto se me niegue, no puede negárseme que suspendió el juicio; porque él lo dice así expresamente. Así no se debe reputar por testigo, pues nada afirma.

40. El Padre Mariana es mucho de extrañar que se halle alegado por el Apologista, pues se declara por la sentencia contraria a Savonarola, como más probable. Así [XLII] concluye: Muchos hasta el día de hoy en Florencia le tienen por Mártir, y otros condenan su atrevimiento; cuyo parecer tengo por más acertado.

41. El Autor de la Historia Pontifical suspende el juicio. ¿Y ésta será razón bastante para que todos le suspendan? ¿Quién hizo a Illescas regla inalterable de todos los Escritores? Fuera de que quien suspende el juicio, no afirma, ni niega. ¿Pues a qué propósito se cita?

42. De Odorico Rainaldo es falso lo que dice el Apologista; esto es, que no duda afirmar que fueron calumnias los cargos que contra él se divulgaron, y que no tuvo otro delito que el demasiado ardor, o imprudencia conque declamó contra los vicios de su siglo. Dos partes tiene esta proposición, y en entrambas es falsa. En la primera, porque no afirma, con la generalidad que la proposición suena, que los cargos fuesen calumnias, sino precisamente limitándose a los cargos especiales de horrendos sacrilegios, que le atribuye Burcardo; y yo también asiento a que éstos fueron supuestos. En esta noticia es singular Burcardo; en las otras dice lo que los demás. En la segunda, porque también le señala por delito principal (como en realidad lo es muy grave) haber introducido una facción, de quien se hizo Caudillo, en la Ciudad libre de Florencia. Añádese que Rainaldo no le culpa las declamaciones contra los vicios de su siglo en general, como dice el Apologista, sino determinadamente contra los del Papa. Lo primero podía ser celo; lo segundo siempre es escándalo.

43. Angelo Policiano, cuyo testimonio se cita indirectamente dos veces en la Tertulia, nada sirve al intento; porque este Autor escribió en tiempo que aun Savonarola era bueno, o por lo menos aún no se había descubierto que fuese malo. Todos, o casi todos los Autores convienen en que este Religioso en los principios fue fervoroso, y ejemplar; pero habiendo conseguido, en fuerza de su predicación, una gran diferencia entre los Florentinos, y grande opinión con todos, se estragó su [XLIII] espíritu con un desordenado deseo de exaltar su dominación en Florencia, y su estimación en el mundo. Y parece ser que ni esta corrupción acaeció hasta sus últimos años, ni fue descubierta hasta sus últimos días. Habiendo, pues, fallecido Angelo Policiano cuatro años antes que Savonarola, pues aquél murió el año de 1494, y éste el de 1498, es constante que salió a luz el Panegírico de Policiano antes que la ambición de Savonarola.

44. Réstanos el gran Panegirista de Savonarola Juan Francisco Pico Mirandulano; y aquí es donde más se hace admirar, o la ignorancia suma, o la temeridad insigne del Tertulio Apologista, pues nos alega un escrito enteramente condenado por el Santo Tribunal de la Inquisición de España; conviene a saber, la Apología, que por Savonarola hizo el Mirandulano. ¿Qué es esto? ¿Adónde estamos? ¿en España, o en Ginebra? Véase el Expurgatorio del año 1707, en el primer tomo, pág. 732, y allí al fin de la página estas palabras:

Joannes Franciscus Pici Mirandulae.
Ejus Opusculum secundum de sententia
excommunicationis injusta pro Hieronymi
Savonarolae innocentia prohibetur.

Lo mejor es, que al tiempo de citar al Mirandulano, dice el Apologista en voz de D. Alonso a los otros cuatro, no de la Tertulia, sino de la vida airada: Sólo prevengo a Vs. mds. que se ha de leer con veneración, porque tiene al principio un Privilegio de León Décimo, y una Censura de Alejandro Sexto, en que favorece las obras de este Príncipe; y no ignoran Vs. mds. que una de ellas es la Apología de Savonarola. Y yo prevengo al Apologista, y a todos los Tertulios, que esa Apología no merece veneración, sino abominación, y que ni los Tertulios pueden leerla, cuanto menos citarla, como prueba legítima a favor de Savonarola; y que la aprobación de los dos Papas no recayó sobre esa Apología, sino sobre estas obras, aunque [XLIV] después se incorporase con ellas, y en la frente de todas se fijase la aprobación. ¿Cómo había de aprobar Alejandro Sexto una Obra, que era un libelo infamatorio contra su propia fama? No sólo no la aprobó, pero ni pudo verla, ni tener noticia de ella; porque fue escrita después de su muerte, como leí en buen Autor, y consta claramente de su contexto.

45. No se duda que Juan Francisco Pico, aunque muy inferior a su gran tío Juan Pico, fue un hombre muy docto; pero la amistad que tuvo con Savonarola, llegó al extremo de pasión ciega, y le hizo desbarrar sin límite en sus elogios, y aun a decir sobre la muerte de Alejandro VI muchas patrañas, parte de las cuales trasladaron de él los Herejes.

46. Todo esto debiera saber el Apologista para no precipitarse temerariamente en el pantano en que se ha metido. Es bueno que a cada paso me nota de fácil, porque he tocado la especie de Savonarola, sin haber leído éste, o el otro libro que me cita; y él se pone a escribir muy de intento, sin saber lo que el Tribunal de la Fe tiene condenado en orden al mismo asunto que trata. Yo he leído lo que basta, y aun lo que sobra, para saber que por lo menos es probabilísimo lo que escribí de Savonarola. Nadie tiene a mano todos los libros que tratan de un asunto tan vulgarizado como éste: ni aunque los tenga todos, puede leerlos todos; ni aunque pudiera, debiera, pues ni aun en materias de mayor importancia es menester leer todo lo que hay escrito para formar un concepto bien fundado; pero el Expurgatorio de la Santa Inquisición todo Escritor debe tenerle a mano; y cuando se trata de un asunto tan delicado, por no decir tan sospechoso, como es la Apología de un hombre condenado por autoridad de la Silla Apostólica, no se ha de citar Autor, o libro alguno, sin una perfecta seguridad de que no está, ni en todo, ni en parte, reprobado por aquel Santo Tribunal.

47. Y ya que se tocó este punto, añado, que debiera también saber el Apologista, que muchos de los Sermones [XLV] impresos de Savonarola, juntamente con su libro Dialogo della veritá, están asimismo enteramente prohibidos en el Expurgatorio Español (Tomo 1, pág. 536): así como saber que todos los Sermones del mismo están mandadods retener en el Índice Romano donec expurgentur. También debiera saber (que pues lo calla, debe de ignorarlo), que aun en el mismo Índice Romano está prohibido con prohibición absoluta, y no limitada, como los Sermones, el libro Dialogo della veritá. Véase el Índice impreso en Roma el año 1621. ¿Puede ser doctrina inspirada (como pretendieron sus ciegos apasionados), ni aun doctrina sana la que condenaron los dos Supremos Tribunales de la Fe?

48. Últimamente debiera saber, que también fue condenada en Roma la Apología del doctísimo Natal Alejandro por Savonarola, como se puede ver en la segunda edición de su Historia Eclesiástica, Tom. 8, cap. 4, art. 3; siendo así que le defiende, no decisivamente, sino con alguna perplejidad. Si otras Apologías por Savonarola no están prohibidas, será, o porque están estrechadas a términos tan angostos, que sean tolerables, o porque no todos los libros se llevan al examen del Santo Tribunal.

49. Fáltanos sólo hablar de las revelaciones que se alegan por Savonarola. Sobre que digo lo primero, que como nos constase ciertamente que había habido tales revelaciones, se quitaba toda la duda, porque Dios no puede mentir; pero el que las haya habido, estriba sólo en la fe de los Autores que las refieren; y los que nos citan por ellas (exceptuando la de S. Francisco de Paula, de la cual se hablará aparte) son Dominicanos; por tanto son comprehendidos en el capítulo de excepción señalado arriba.

50. Digo lo segundo, que aun cuando los Autores citados, no sólo fuesen gravísimos, sino superiores a toda excepción, como la noticia de las revelaciones no llegó a ellos por participación inmediata de los mismos Santos [XLVI] que las tuvieron, pudo falsearse en alguno de los conductos por donde pasó; y para presumir que sucedió así, hay gravísimos motivos, como constará de lo que vamos a decir en los números siguientes.

51. Digo lo tercero, que el Padre Natal Alejandro, ni en la Apología por Savonarola, ni en la respuesta que en la segunda edición dio a los Censores Romanos, no hizo memoria de las alegadas revelaciones. Sobre lo cual arguyo así: O tenía noticia de ellas, o no. Si tenía noticia, señal es que las reputó por apócrifas; pues a juzgarlas verdaderas, ¿qué comprobación mejor podía hallar a su intento? Si no tenía noticia, ¿por qué extraña tanto el Apologista que yo ignorase tales revelaciones, habiéndolas ignorado un Autor, que sobre ser doctísimo en la Historia Eclesiástica, por Dominicano estaba mucho más proporcionado que yo para saberlas? A Abrahán Bzovio, aunque le leí, no le tengo presente; pero me parece que tampoco hace memoria de alguna de las tres revelaciones.

52. Digo lo cuarto, que de la revelación de Santa Columba sólo consta que Savonarola, y sus dos compañeros en el suplicio, se salvaron; lo cual pudo ser, y es verisímil que sucediese así, aunque el suplicio fuese justo. Es verdad que en la relación se llama la muerte injusta, y a ellos se les da el título de grandes Siervos de Dios. Pero esto pudo añadirlo el Escritor, o quien le dio la noticia al Escritor, siguiendo la opinión de que por otros motivos estaba preocupado. Quiero decir: pudo la Santa ver en espíritu no más que la substancia del hecho; esto es, la muerte de los tres Religiosos; pero después el que refiere aquella visión, por estar en fe de que ellos eran grandes Siervos de Dios, y la muerte injusta, noticiarla con estas voces: Vió demás de esto en espíritu la injusta muerte, que en Florencia se dio a tres grandes Siervos de Dios Religiosos de su Orden.

53. Digo lo quinto, que la visión de S. Felipe de Neri es increíble. El Tribunal de la Inquisición de Roma [XLVII] prohibió absolutamente parte de las Obras de Savonarola, y parte con la limitación donec expurgentur. ¿Cómo he de creer que Cristo se le apareció al Santo echando la bendición a todos los que oraban para que se lograse su aprobación? ¿Condena el Tribunal de la Fe lo que virtualmente aprobó el mismo Cristo? ¿Cristo echa bendiciones a los que piden la aprobación, y el Santo Tribunal censuras para impedir la lectura? Digo que no lo creo. Más: habiendo el Santo, como se refiere, tenido esta visión en la Iglesia del Convento de la Minerva en Roma, no pudieron los Inquisidores Romanos ignorarla, ni es admisible que los Dominicanos de aquel Convento no se la participasen cuando se entendía en el examen de las Obras de Savonarola, a que se siguió la prohibición. Tampoco, por la misma razón, es creíble que la ignorasen los Inquisidores que hubo después acá. Y pues ni entonces sirvió esta noticia para omitir la prohibición, ni después acá para levantarla, es evidente que la juzgaron apócrifa: y nadie puede reprenderme, porque subscribo al juicio de aquel doctísimo, y gravísimo Tribunal. A lo de que San Felipe de Neri tenía el retrato de Savonarola en su aposento; como sólo se prueba con la proposición vaga, y general de que es tradición común, y muchos Autores lo dicen, responderemos cuando la tradición se pruebe, y los Autores se exhiban: lo que aun supuesto uno, y otro, será muy fácil.

54. Digo finalmente, que la Carta, y revelación de San Francisco de Paula tienen señas visibles de suposición. Es cierto que dicha Carta, no sólo se halla en la Colección impresa en Roma por cuidado del Padre Francisco Longobardi, citada en la Tertulia, mas también al fin del libro cuarto de la Crónica General de San Francisco de Paula, escrita por el Padre Fray Lucas de Montoya.

55. Pero observo lo primero, que el Padre Longobardi dice que el original de la Carta está en la Iglesia de Santa Cecilia en Roma; y el Padre Montoya, que se [XLVIII] conserva en la Casa de la Limena, y en mano de los sucesores de aquel Simón de la Limena, a quien el Santo la escribió, que residen en la Ciudad de Montalto; y aunque es absolutamente posible que de la casa de aquellos Señores pasase a la Iglesia de Santa Cecilia, mientras no se señalen los motivos, y circunstancias de esta translación, se encuentra con la dificultad de que ellos se deshiciesen de tan rico tesoro.

56. Observo lo segundo, que el contexto de la Carta parece desdice de la sobriedad conque los Siervos de Dios comunican los secretos que les revela el Altísimo; pues sin haber precedido pregunta de parte de Simón de la Limena en orden a los sucesos futuros de Savonarola, se le revelan, no sólo éstos, mas también los inmediatos Papas, y Duques, que han de gobernar la Iglesia, y dominar la Ciudad de Florencia: lo que para nada era conducente a aquel Caballero.

57. Observo lo tercero, que en la Carta se dice que Savonarola había de hacer libros de Sermones de grandísima excelencia. Y no es éste el concepto que hasta ahora hizo de ellos la Inquisición de Roma; antes opuesto.

58. Observo lo cuarto, que en algunas de las Cartas de San Francisco de Paula a Simón de la Limena, que trae el Padre Montoya en el lugar citado, se hallan errores, absurdos, y profecías falsas. En la primera le dice: Vos, y vuestra consorte deseáis también hijos, y serán os concedidos, porque de razón os toca el tenerlos, y porque el Gran Dios os ha concedido mucha mayor gracia que se puede dar a los Santos. Proposición errónea en la Teología, e implicatoria en la Lógica. Lo primero, porque Dios puede dar a los Santos mayor, y mayor gracia sin límite. Lo segundo, porque como del acto a la potencia vale la consecuencia, implica haber dado a Simón de la Limena mayor gracia, que la que puede dar.

59. Más abajo en la misma Carta primera le escribe que tendrá un sucesor, que será gran Capitán, y [XLIX] Príncipe de la gente santa, llamada los Santos Crucifixos de Jesucristo, con los cuales deshará la secta de Mahoma con todo el resto de los infieles; aniquilará todas las herejías, y tiranías del Mundo; reformará la Iglesia de Dios con sus secuaces, los cuales serán los mejores hombres del mundo en santidad, en armas, en letras, y en toda otra virtud; tendrá el dominio de todo el Mundo temporal, y espiritual, y regirán la Iglesia de Dios in sempiterna saecula. Amen. Estas últimas palabras suponen que la Iglesia Militante ha de subsistir eternamente en la tierra contra lo que está profetizado en la sagrada Escritura. Y el resto de la profecía se ha falsificado, pues Simón de la Limena no ha tenido el glorioso sucesor que se le predice, ni ha venido esa gente exterminadora de toda la maldad de la tierra.

60. Ni se me puede responder que aún vendrá; porque el Autor de estas Cartas predijo muy cercana la venida de esta gente admirable, y la reforma general del Mundo. Véase la Carta sexta (en la Colección de Montoya de que hablamos), donde repite lo mismo, que estos hombres, los cuales aquí llama, no Crucifijos como en la primera, sino Crucíferos, después de conquistar todo el Mundo, y destruir todos los Infieles, se volverán contra los malos Cristianos, y matarán todos los rebeldes de Jesucristo, y les quitarán todo lo temporal, y espiritual, y regirán, y gobernarán todo el Mundo santamente in saecula saeculorum. Amen. Y prosigue inmediatamente, hablando con el mismo Simón de la Limena: De vuestro linaje será el Fundador de tal gente santa. ¿Mas cuándo, cuándo será tal cosa? ¿Cuándo serán las Cruces con las señales, y se verá sobre el estandarte el Crucifijo? Viva Jesucristo bendito, gaudeamos omnes, nosotros que estamos en servicio del Altísimo, porque se allega ya la gran visita, y reformación del Mundo. Será un Ganado, y un Pastor. Es la fecha de 25 de Mayo de 1460. Conque pasaron doscientos y sesenta y ocho años desde que se dijo que se allegaban ya estos grandes sucesos; y aun no llegaron. [L]

61. En la suposición de las dos Cartas citadas, primera, y sexta, parece que por lo que hemos dicho no se puede poner duda; y quien fabricó éstas, pudo fabricar la duodécima que trata de Savonarola.

62. Sería muy temeraria imaginación, de la cual estoy harto distante, sospechar que ni ésta, ni las otras revelaciones en orden a Savonarola, de que hablamos arriba, se fabricasen en alguna de las dos ilustrísimas Religiones de Santo Domingo, o de S. Francisco de Paula. Lo que es de presumir, en caso de ser supuestas, como persuaden los fundamentos alegados, es, que fueron inventadas en la Ciudad de Florencia por algunos parciales de Savonarola, y enemigos de Alejandro VI, y de los Médicis. Esta presunción, por lo que mira a las Cartas, que se atribuyen a S. Francisco de Paula, se fortifica mucho con la semejanza, o por mejor decir, identidad, que se observa entre la profecía que hay en ellas, y la predicción de Savonarola a los Florentines; pues como Abrahán Bzovio refiere al año de 1494, número 35, también Savonarola profetizaba que Turcos, Moros, y todos los demás Infieles se habían de convertir a la Fe Católica; añadiendo que esta reforma general había de suceder muy luego, por estas palabras que se leen en Bzovio en el lugar citado: Sunt de his stantibus, qui haec videbunt. Concuerdan también en el modo, o medio de la reforma, porque una, y otra profecía dice que se ha de hacer con espada en mano.

63. Lector mío, has visto lo que hay por una, y otra parte en orden al famoso Savonarola; tú harás el juicio que te pareciere más razonable. Lo que yo siento de este Religioso es, que ni fue tan bueno como dicen sus parciales, ni acaso tan malo como le fingen sus enemigos. Es constante que a la reserva de los últimos años de su vida fue, no sólo buen Religioso, sino ejemplar, austero, y celoso en alto grado. En los últimos años tengo por imposible la justificación de su conducta: pues aun cuando se admita que todo el proceso que [LI] se le hizo fue falso, su confesión supuesta, y que fue tan grande el artificio de sus contrarios, que echó cataratas a los ojos de los Jueces; las Cartas que Comines dice vió en poder del Rey de Francia, hacen fe de que Savonarola solicitaba ardientemente su segunda entrada en Italia. Esto en un Religioso ignorante podría atribuirse a un celo imprudente. Pero Savonarola, que era, como todos aseguran, doctísimo, no podía menos de conocer lo criminoso de esta acción; por consiguiente sus designios caminaban a otro fin que la reforma de la Iglesia. No niego que si se quieren extender los ojos a toda la anchura de la posibilidad, posible es que Comines mienta, que mientan cuantos en aquel tiempo hablaron mal de Savonarola, que fuesen engañados, o inicuos los Jueces, que sean supuestas todas las obras, o las viciadas, que andan con el nombre de Savonarola, y que en fin éste fuese un hombre santísimo; pero esta posibilidad no es moral, sino metafísica; y así el juicio prudencial no se ha de hacer por ella.

64. Esto es, Lector, mi defensa en orden a lo que dije de Savonarola en el primer Tomo del Teatro Crítico. Digo que ésta es mi verdadera defensa, y no la que por mí hizo en la Tertulia Apologética uno de los cinco personajes introducidos en ella, llamado D. Santiago, que ciertamente es la criatura más cándida que ví en mi vida. Él se pasma, él se acorta, él enmudece, él se admira, sin qué, ni por qué, y a cada paso se da por convencido, aunque no le propongan, sino una falsedad notoria, o una cosa que no es del caso. Es verdad que tal vez hace algún reparo oportuno; pero se da por satisfecho con cualquier despropósito que le respondan sus camaradas: a manera del niño cuando empieza a andar, que da uno, o dos pasos, y al momento se cae, sin que nadie le derribe. El es mudo para replicar, y ciego para creer: esto en tanto grado, que da asenso a lo que le dicen sus compañeros, contra lo mismo que le informan sus propios ojos. [LII] Procuran persuadirle que trasladé al pie de la letra de Gabriel Naudé la especie de Savonarola: Pónenle delante el libro de Naudé: Ve que este Autor gasta seis hojas en octavo en la relación de aquel Religioso, y que media página que gasto yo en cuarto, no puede ser traslado al pie de la letra de doce páginas en octavo: Ve también que no hay cláusula alguna en mi escrito, que copie alguna de Naudé al pie de la letra. Sin embargo, el buen Caballero cree cuanto le dicen como un Santo.

65. Con la misma facilidad que le hacen creer que yo sólo escribí lo que trasladé de Naudé, le persuaden que Naudé escribió lo que en ningún otro Autor se halla escrito. ¿Y esto cómo? Mostrándole unos pocos libros, en los cuales no se encuentra lo que dice Naudé. ¿Hay modo de argüir más extraño, ni facilidad en persuadirse más estúpida? ¿No hay más libros que ésos en el Mundo? ¿O lo que no se halla en esos pocos, no se encontrará en otros de los infinitos que hay? Vea lo que le hemos citado arriba, y en ellos hallará, no sólo (sin reservar nada) cuanto escribe Naudé, sino muchísimo más. El Epigrama de Flaminio (sobre que se hace en la Tertulia la ridícula nota de que se halla en Naudé al pie de la letra como le pongo yo; como si el Epigrama de otro Autor que se cita hubiésemos de alterarle, ni Naudé, ni yo, sino proponerle al pie de la letra como le hizo su artífice) le verá en Tomás Popeblount, Abrahán Bzovio, Paulo Jovio, y otros trescientos; pero ni en Naudé, ni en ningún otro con el sonsonete de hermoso, aunque falso.

66. Lector mío, me he detenido mucho en esta materia, porque me importa, para hacerte más cauto en adelante en dar asenso a lo que escriben mis contrarios. La mala fe de algunos ha llegado a un punto que asombra. ¿Quién creyera que había de haber osadía para dar a la estampa, que mis escritos no son otra cosa que una traducción de las Memorias de Trevoux, y [LIII] del Diario de los Sabios de París? Desatino tan extravagante, como si uno dijera que los Sermones del Maestro Navajas no son otra cosa que una traducción de la Biblioteca de D. Nicolás Antonio; porque así las Memorias, como el Diario, no son otra cosa que unos meros catálogos de los libros que van saliendo a luz, dando una noticia tan ligera, y superficial de su asunto, que en media hora se lee el contenido de más de treinta libros. Pero el que escribió esta patraña, se hizo la cuenta de que entre los muchos millares de sujetos que leen mis escritos, sólo ocho, diez, o doce han visto las Memorias de Trevoux, y el Diario de los Sabios; que éstos se reirán de la quimera del Apologista; pero todos los demás, aunque no tengan las creederas de D. Santiago, tragarán el embuste, y me tendrán por Autor plagiario. Esta misma cuenta se han hecho otros para citar contra mí lo que no dicen los Autores, o negar que dicen aquello en que yo los cito. Si el libro es muy exquisito, como asegura el Apologista ser el de Gabriel Naudé, es levísimo, o ninguno el riesgo a que se expone la calumnia.

67. Ruégote, pues, lo que pudiera pedirte por justicia; esto es, que suspendas el asenso en caso de no poder hacer el examen debido, para saber quién falta a la legalidad, si mis contrarios, o yo, por más que aquéllos te hablen con aire de seguridad, y confianza, que es artificio ordinario del embuste. Ruégote más: que cuando en los escritos de mis contrarios halles censuradas algunas proposiciones mías, que te parezcan, o falsas, o duras, remires en el Teatro Crítico el lugar que se cita, y hallarás, o que la proposición no está concebida en aquellos términos, o que en su contexto se halla alguna explicación, o limitación, que la lleva a otro sentido diferente de aquel que le dio el impugnador. Esto sucederá por lo común; pues no niego que también habré dicho algunas cosas, las cuales nunca logren tu aprobación. Ni yo presumo acertar [LIV] siempre, ni tú debes presumir que yerro siempre que no cuadre a su dictamen lo que escribo.

68. Algunas, y aun las más veces, no es falta de legalidad, sino de inteligencia la que en mis contrarios da motivo a la impugnación. No mucho después de salir al público mi segundo Tomo, un Caballero impugnó cierta proposición mía con un texto de la Escritura, y una autoridad de Santo Tomás: en que manifestó no haber entendido, ni a la Escritura, ni a Santo Tomás, ni a mí; pues ni yo dije en el lugar que se me citaba, sino lo mismo que había dicho Santo Tomás: bien entendido; ni Santo Tomás podía decir cosa opuesta a la Escritura.

69. No por eso pienses, que tan generalmente me indemnizo de las objeciones de mis contrarios, que siempre les niegue la razón por adjudicármela a mí en todo, y por todo; ni yo lo creo así, ni quiero que tú lo creas. Y para que veas que te hablo sinceramente, haré aquí la justicia que debo a uno de ellos. No ha mucho que pareció en público cierto escrito de un docto Mínimo, en el cual me impugna aquella nota que se halla en mi segundo Tomo, Discurso primero, número 35.

70. Dos cosas decía yo en aquella nota. La primera, que en el libro Accidentia profligata hay una proposición, que parece ser manifiestamente opuesta a la doctrina del Concilio Tridentino, sesión 13, canon 3. La segunda, que aquel librito no tiene por Autor al Padre Sagüens.

71. En uno, y otro me contradice el Docto Mínimo; y llanamente confieso, que en uno, y otro tiene razón. Tiénela en lo primero; y de aquí infiero que también la tiene en lo segundo; porque el motivo principal, y casi único, que yo tenía para negar el libro al Padre Sagüens, era juzgar errónea aquella proposición. Conque probando, como de hecho prueba bien el Docto Mínimo, que la proposición en el sentido en [LV] que la profiere su Autor es sana, se me desarma del fundamento, por el cual negaba ser el Padre Sagüens Autor de ella.

72. Es el caso que en el librito citado, pág. 230 y 231 se lee que el Cuerpo de Cristo se divide con real, y verdadera fracción en la Hostia; sin que en las páginas citadas se limite, o explique con distinción alguna, dicha proposición; pero se limita, y explica más adelante en la página 269, concediendo al Cuerpo de Cristo fracción, o división a se, y negando fracción, o división in se; con cuya distinción la proposición es sanísima. Yo, pues, cuando escribí la nota, tenía en la memoria el primer pasaje, y me había olvidado del segundo. Por eso juzgué la proposición contradictoria a la definición del Concilio Tridentino, como de hecho lo sería, proferida absolutamente, y sin restricción. Mas habiendo el Docto Mínimo, que estudió con más cuidado, y reflexión que yo la doctrina del doctísimo Padre Sagüens, manifestádome mi yerro, con ingenuidad le conozco, y con gusto le retracto. Así te ruego, Lector, que borres aquella nota, o la reputes por borrada.

73. Esta misma sinceridad hallará en mí cualquiera que me impugne con razón, como yo la alcance. El evitar todo descuido no está en mano del hombre; pero sí el tratar verdad, y hacer justicia, cuando se conoce, a quien la tiene. Naturalmente aborrezco todo engaño; de modo que en mí el ser sincero, más es temperamento que virtud. Puedes, pues, estar cierto, Lector mío, de que jamás incurriré, ni en la ruindad de dejar engañado al Público, por no confesar algún yerro mío, ni en el apocamiento de callar por algún civil, y bastardo miedo la verdad que perteneciere a mi asunto, cuando honestamente pueda decirla. También advierto, que en el Discurso XI de este Tomo, número 24 se imprimió por equivocación Sexto Pompeyo, en lugar de Sexto Pomponio. Y en la pag. 29 Tubit [LVI] mineral, por Turbith. Este para Prólogo ya es muy largo, aunque para Apologético no pudo ser más corto. VALE.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo tercero (1729). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo tercero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas XXIII-LVI.}


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