La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo tercero
Discurso octavo

Piedra filosofal


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§. I

1. La sagrada hambre del oro se fingió la invención de dos Artes; una para fabricar este precioso metal, otra para buscarle. La primera tiene por blanco la transmutación de los demás metales en oro, que con voz Griega se llama Chrysopeya. La segunda consiste en el uso de la que llaman Vara Divinatoria. Trataremos en este Discurso de la primera; de la segunda ya hemos dado noticia en el Discurso Quinto.

2. Es la Crisopeya en el sentir común de los hombres del juicio, un empeño antiguo, pero vano de la codicia; un apacible embeleso que empieza sueño, y prosigue manía; un entretenido modo de reducirse a pobres los que aspiran a opulentos, porque en las experiencias se [163] consume el oro poseído, y no se logra el esperado. Los más de los Filósofos tienen este Arte por absolutamente imposible; por el contrario los Alquimistas le aseguran existente. Pienso que unos, y otros se engañan. Yo, siguiendo el camino medio, asiento a su posibilidad contra los Filósofos, y niego su existencia contra los Alquimistas.

3. El Autor, que debajo del nombre de Teófilo tradujo, e ilustró con adiciones el tratado de Alquimia de Eirenaeo Filaleta, filosófa muy bien sobre la posibilidad del oro artificial: explica oportunamente cómo el arte puede hacer las obras de la naturaleza; lo cual consiste en que usa de los sujetos, y agentes naturales; de modo, que la naturaleza pone actividad, y solo corren por cuenta del arte la dirección, y aplicación. Prueba sólidamente que en la vulgar Filosofía es innegable la posibilidad del oro por arte; porque siendo, según la Escuela Peripatética, la materia indiferente para todas las formas, si el Artífice encuentra con el agente proporcionado para introducir en ella la forma de oro, aplicándole debidamente, logrará sin duda la producción, o educción de dicha forma. Supone los principios químicos, y los aplica muy racional, y metódicamente a su intento. En fin, con la famosa experiencia de la transmutación del hierro en cobre por medio de la piedra Lipis, o Vitriolo azul, comprueba especiosamente la posibilidad de la transmutación metálica.

4. Donde noto que el argumento tomado de la indiferencia de la materia para todas las formas, aunque puesto por el Autor solo en los términos de la Filosofía Aristotélica, tiene aun más sensible fuerza en los de la Cartesiana; porque como en el sistema de Descartes la variedad de los mixtos consiste solo en la varia textura, y configuración de sus partes, tiene, según este sistema, menos que hacer el Artífice para la producción de cualquiera mixto; pues no ha menester educir de la materia aquel nuevo ente que llaman los Aristotélicos forma substancial, [164] sí solo variar la textura, y figura de las partes, lo cual igualmente, y aun con más propiedad es de la jurisdicción del arte que de la naturaleza; por lo cual dicen algunos, y dicen bien, que la composición de los mixtos naturales, como la pone Descartes, más es artificial que natural. A lo menos es cierto que la forma de los compuestos artificiales no consiste sino en la contextura, y configuración de las partes que los componen.

5. Noto también que aquel argumento no es adaptable al sistema de los Atomistas, los cuales no admiten materia indiferente para toda forma; porque siendo invariable en su sentencia la figura y movimiento de los átomos, no cualesquiera átomos pueden componer cualesquiera mixtos. Así la naturaleza, no pudiendo alterar en alguna manera aquellas últimas partículas indivisibles de la materia que ponen estos Filósofos, está precisada para la formación de tal mixto en particular a usar de tales átomos, que son sus elementos. No pudiendo, pues, la naturaleza hacer cualquiera mixto de cualquiera materia, con mayor razón no podrá el arte, el cual en todo lo que es producción nada logra sin el ministerio de la naturaleza.


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§. II

6. Por esta razón, para probar la posibilidad del oro artificial con argumento común a todo sistema filosófico, es preciso formarle, no sobre la materia primera, o remota del oro, sino sobre la próxima. Es cierto que en la formación de los mixtos de todos tres Reinos Animal, Vegetable, y Mineral, la naturaleza no usa inmediatamente de la materia desnuda de toda forma, ni tampoco de ella colocada debajo de cualquiera forma indiferente; sí de la materia colocada debajo de alguna forma determinada, la cual se ha como preludio, o preliminar de la forma del mixto que se intenta. Así el animal se forma de la materia colocada debajo de la forma de embrión, la planta de la materia colocada debajo de la forma de semilla. La materia próxima de los minerales [165] no incurre a nuestros sentidos de manera que podamos tener certeza de cual es; pero no hay duda que a proporción tienen también su materia seminal; y en cuanto a los metales, muchos Filósofos juzgan que se procrean de verdadera semilla, y son rigorosos vegetales; por lo cual no recelan darles el nombre de plantas subterráneas. En nuestras Paradojas Físicas, contenidas en el segundo Tomo, hemos tocado esta materia, y allí se puede ver.

7. Pero sean, o no vegetales los metales, no se puede negar que inmediatamente a su generación precede la materia debajo de alguna determinada forma, con la cual hace una masa que viene a ser como semilla, preludio, o rudimento del compuesto metálico que intenta la naturaleza. Sea esta masa compuesta de vapor, y exhalación, como quiere Aristóteles, u de azufre, y azogue, como pretenden los Químicos, u de ácido, alkalí, y azufre, como sienten muchos modernos, u de agua, y tierra, como juzgan otros, en cualquiera sentencia se verifica nuestro asunto.

8. Asimismo es cierto que hay algún agente determinado, el cual, obrando sobre esta materia próxima, la reduce al ser de metal. Sobre estos supuestos innegables se forma nuestro argumento de este modo. Puede el arte aplicar aquel agente, sea el que se fuere, que tiene actividad para formar el oro, a aquella materia próxima de que se forma el oro: luego puede el arte hacer oro. La consecuencia es evidente, y el antecedente innegable; porque suponiendo que hay en la naturaleza aquel agente, y aquel paso, y que son aplicables uno a otro, ¿qué repugnancia se puede señalar para que la diligencia del hombre los conozca, y aplique?


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§. III

9. Hasta aquí voy con los Alquimistas; pero no paso de aquí; porque dejando el asunto en esta generalidad, me parece se prueba eficazmente la posibilidad [166] del oro artificial: mas pasando a la materia, y agente, que los Alquimistas señalan para lograrle, apenas encuentro supuesto, o proposición que no me parezca falsa, o por lo menos dudosa. Propondré aquí en compendio la doctrina de aquellos pocos que han escrito de modo que pudiesen ser entendidos, como Bernardo Trevisano, Teobaldo Hoghelande, el Traductor de Filaleta, y otros pocos; porque a los demás, que de intento hablaron en algarabía, ¿quién los podrá impugnar, si nadie los puede entender?

10. Dicen, pues, lo primero, que todos los metales constan de unos mismos principios específicos; conviene a saber, el Azufre, y Mercurio, o Azogue; que es lo mismo que decir, que es una misma con unidad específica la materia próxima de todos los metales. Dicen lo segundo, que los metales solo difieren unos de otros, según su mayor, o menor perfección accidental, la cual depende de la mayor, o menor depuración, decocción, exaltación, o fijación del Mercurio, y Azufre, de que constan. Consiguientemente dicen lo tercero, que cualquiera metal se puede transmutar en oro, reduciéndose del ser imperfecto al perfecto, y adelantando con el arte los grados de depuración, exaltación, o fijación del Mercurio, y el Azufre. Dicen lo cuarto, que para esto se han de buscar por agentes el Azufre, y Azogue filosóficos, de los cuales a aquel llaman agente masculino, y a este femenino; y en uno, y otro mezclados reside la virtud seminal adecuada productiva del oro. Dicen lo quinto, que este Azufre, y Azogue filosóficos se han de buscar en el mismo oro por la disolución de este metal en sus principios. Dicen lo sexto, que el Azufre, y Azogue en que se disuelve el oro, aun no son filosóficos en este natural estado; esto es, aun no tienen la actividad transmutativa, sí que es menester exaltarlos a mucho mayor perfección por el arte; y exaltados de este modo, tienen la virtud de teñir, y penetrar íntimamente todos los demás metales, dándoles al Azufre, y Azogue, de que constan, aquel grado [167] más perfecto de fijación, con el cual componen el oro. Esta mezcla de Azufre, y Azogue, exaltados, en que reside la virtud transmutativa, es lo que llaman Elixir, tintura del oro, y con voz más vulgarizada, Piedra Filosofal; aunque no está, a lo que ellos dicen, en forma de piedra, sino de polvos.

11. Esto es puesto en compendio, y con la mayor claridad posible, todo lo que se halla inteligible en los escritos de los Alquimistas. Lo demás todo es sombras, y alegorías, frases enigmáticas, y contradicciones de unos a otros. Aun en algunas cosas de las que hemos propuesto se halla alguna dificultad para entenderlos; de modo que leyendo en diferentes Autores, se hace diferente concepto. Pongo por ejemplo: Unos no señalan por materia de la Piedra Filosofal sino el Azufre del oro: otros el Azufre, y el Mercurio; y otros el Mercurio solo. Pero parece se pueden conciliar con la explicación que da Bernardo Trevisano (Autor de especial autoridad entre los Profesores de la Crisopeya), diciendo que el Azufre, y Mercurio filosóficos no son dos substancias que estén jamás separadas, sino contenida, e implicada la una en la otra; conviene a saber, el Azufre en el Mercurio: Es his mamifestè patet (son palabras del Trevisano) Sulphur non esse quid per se seorsim extra substantiam Mercurii. Y poco más abajo, citando a Geber: In profundo naturae Mercurii est Sulphur.

12. He dicho, y vuelvo a decir, que no hay en toda esta serie de doctrina cosa alguna que no sea falsa, o dudosa. Lo primero supone los principios Químicos, cuya existencia es tan incierta que nada más. El que todos los mixtos se componen de Sal, Azufre, y Mercurio, que llaman principios activos, y de Agua, y Tierra, que llaman pasivos, no lo prueban los Sectarios del sistema Químico, sino de que en la resolución de los mixtos, que se hace mediante el fuego, se ven separarse estas cinco substancias: pero esta prueba es muy defectuosa, pues no se sabe si el fuego las separa, o las produce. Por lo cual, [168] como advierte el gran Químico Boyle, la experiencia alegada más apta es, para inferir que la Sal, Azufre, y Mercurio se hacen de los mixtos, que para inferir que los mixtos se hacen de Sal, Azufre, y Mercurio. Y si se nota la grande actividad que tiene el fuego para inducir nueva textura, aun en las partes insensibles de los cuerpos que resuelve, se hallará sumamente verosímil que de su acción resulten nuevas substancias, que no existían en el cuerpo disuelto: de hecho, por la acción del fuego vemos formarse de tierra, y ceniza, y aun de tierra sola, si la acción del fuego es muy violenta, aquella substancia transparente, que llamamos vidrio. ¿Quién por esto creerá que la tierra se forma de vidrio? Mas: aquellos cinco principios se extraen de algunos mixtos determinados; no de todos, como confiesa Boyle, y con él otros Químicos veraces, y de algunos, además de los cinco principios, se extraen otras substancias diferentes de todos ellos. Pone ejemplo el mismo Boyle en el zumo de las uvas, el cual con varias operaciones se resuelve en muchas sustancias de diferente textura, y virtud, de las cuales algunas no tienen afinidad alguna con los principios Químicos. Más: la separación, que como más peculiar, y sensible se puede atribuir al fuego, es aquella con que se divide lo fijo de lo volátil, disipándose esto en humo, y quedando aquello en ceniza. Con todo, aun esta separación es engañosa; pues del humo condensado en hollín se sacan por nueva resolución Sal, y Tierra, que son fijos. Quien quisiere ver mucho más sobre la falencia de los experimentos Químicos, lea al citado Boyle en el Tratado que intituló: Chymista Scepticus; que a mí me basta la autoridad de este grande hombre, a quien confiesan los Sabios de todas las Naciones que en cuanto a la Física experimental de nadie fue excedido en conocimiento, exactitud, y veracidad.

13. Lo segundo noto que los Alquimistas, por lo menos los que yo he visto, alteran substancialmente el sistema Químico; pues en la composición de los metales solo [169] introducen el Azufre, y el Mercurio, sin hacer memoria de la Sal, la cual los Químicos ponen como elemento tan preciso de todos los mixtos, sin reservar alguno, como el Azufre, y Mercurio. Donde es muy de notar, que siendo la Sal, según la doctrina Química, quien da el peso, y firmeza a los cuerpos, con más razón debe entrar en la composición de los metales, y especialmente del oro, por ser el mixto más pesado, y de más firme textura que se conoce.

14. Lo tercero, demos que los metales consten de los dos principios señalados, Azufre, y Mercurio. Pregunto: ¿Cada uno de estos dos principios es homogéneo, o específicamente uno en todos los metales? Esto es lo que no se podrá afirmar con alguna verosimilitud. Vemos que la Sal, Azufre, y Mercurio, o por mejor decir, la Sal, Aceite, y Espíritu, que por destilación se extraen de las plantas, son tan diferentes entre sí, como las plantas mismas, y así tienen muy distintas propiedades, virtudes, y usos en la Medicina: luego lo mismo sucederá en los metales, los cuales no tienen menor disimilitud entre sí, que las plantas, y aun la tienen mayor que algunas plantas, cuyos principios se hallan ser muy diferentes. Siendo, pues, distintos el Mercurio, y Azufre en distintos metales, nunca del Azufre, y Mercurio del hierro v. gr. se podrá hacer oro, así como ni del Azufre, Sal, Mercurio, Tierra, y Agua de una planta se puede hacer otra planta específicamente distinta.

15. Sé lo que en consecuencia de su doctrina responderán a esto los Alquimistas. Dirán que cada planta es un mixto perfecto de por sí, primariamente intentado por la naturaleza, como los demás contenidos debajo del mismo género; pero no así los metales, en quienes la naturaleza siempre intenta la producción del oro, y lo demás metales se comparan a él, como lo imperfecto a lo perfecto dentro de la misma especie: por eso entran en ellos los mismos principios que componen, o están destinados a componer el oro; pero muchas veces no arriba [170] la naturaleza a la perfección de la obra, o por las impuridades de la matriz, o porque los principios no están combinados en la proporción de cantidad debida a cada uno, o por estorbo.

16. Pero todo esto se dice voluntariamente, y fuera de toda probabilidad. Si el intento de la naturaleza fuese solo formar el oro, y la distinción de los metales a él fuese la que hay de lo imperfecto a lo perfecto dentro de la misma especie, en las mismas mineras del oro, la misma vena, que últimamente, en fuerza de mayor decocción, u depuración, viene a ser de oro, se vería antes en el estado de plomo, estaño, hierro, cobre, y plata; así como porque la naturaleza intenta el árbol en su debida magnitud, se ve antes ir gradualmente pasando por menores dimensiones, y porque intenta el fruto maduro, y sazonado, se ve antes en diferentes grados de verde y desabrido. Y esta paridad se hallará ser muy ajustada, si se hace reflexión a que los Alquimistas llaman maduración aquella última perfección que los principios metálicos logran en el oro. No hallándose, pues, esto en la experiencia, es claro que los demás metales son mixtos perfectos, adecuadamente distintos del oro, e intentados como él primariamente por la naturaleza.

17. No obsta a lo dicho el que en todas, o casi todas las mineras del Mundo se halla el oro mezclado con plata, cobre, u otro metal; pues esto depende de no hallarse pura en los senos de la tierra la materia de que se hace el oro, sino mezclada con la de otros metales. Antes, si todos los metales fueran convertibles en oro, muchas veces se hallára el oro puro en la mina; conviene a saber, en aquel tiempo en que los metales llegasen a la perfecta maduración. Asimismo se halla algunas veces mezclado el oro con tierra, sin que por eso pretendan los Alquimistas que la tierra se convierta en oro. No ignoro que el Caballero Borri le dijo a Mr. Monconis que había visto en una mina de plata convertirse este metal todo en oro de un día para otro por un vapor [171] copioso que había subido de la tierra. Cuéntalo Mr. Monconies en su Viaje del País Bajo. Pero el Borri no merecía mucha fe, y mucho menos en esta materia, pues andaba a persuadir a todo el Mundo la posibilidad de la Piedra Filosofal, y que él estaba sobre el punto de lograrla.

18. Lo cuarto, admitiendo que del oro se pueda extraer su tintura propia, llámese Mercurio, o Azufre, o uno, y otro, es falso que en ella resida la virtud seminal, y activa del oro. Lo cual prueblo así: Ni el Mercurio, ni el Azufre del oro, ni uno, y otro juntos, son el agente, mediante el cual la naturaleza hace el oro: luego no reside en ellos la virtud activa del oro. La consecuencia es clara; porque, como confiesan los mismos Alquimistas, el Arte ni tiene actividad, ni puede producir agente alguno; sí solo aplicar aquel mismo de que usa la naturaleza. Pruebo el antecedente. La naturaleza para la producción del oro no usa del Azufre, y Mercurio, ni antes de lograr aquella perfecta depuración, o maduración que tienen cuando componen este metal, ni al lograrla. No lo primero; porque los principios metálicos en el estado de imperfección no pueden producir la mayor perfección metálica, cual es la del oro. No lo segundo; porque cuando llegan a su perfecta depuración el Azufre, y Mercurio, ya está formado el oro, no siendo otra cosa el oro, según los Alquimistas, que el mixto compuesto del Azufre, y Mercurio depurados.


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§. IV

19. Dos argumentos fuertes nos oponen por su sentencia los Alquimistas. El primero es la experiencia, alegada por el Traductor de Filaleta, del hierro convertido en cobre por medio de la Piedra Lipis, la cual prueba, que un metal puede convertirse en otro más perfecto.

20. Respondo lo primero, que no nos consta si lo que resulta de la operación en dicha experiencia es verdadero [172] cobre, o solamente el hierro depurado de algunas partes más groseras, con lo cual adquiere aquella semejanza de cobre. Respondo lo segundo, que de que el plomo, estaño, y hierro puedan convertirse en cobre, no se infiere necesariamente que cualquiera metal pueda convertirse en oro: porque acaso aquellos metales constan de los mismos principios que el cobre, o son un mismo metal en la substancia, sin otra distinción, que la que les dan la mezcla de otras substancias heterogéneas; y de aquí no se puede deducir que el oro sea uno mismo con los demás metales, o conste de los mismos principios que ellos. Confieso no obstante, que si en las experiencias que propone el Traductor de Filaleta en orden a la transmutación del hierro, estaño, y plomo en cobre, no hay alguna falencia, su argumento no deja de hacer armonía.


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§. V

21. El segundo argumento, que es el Aquiles de todos los Alquimistas, se funda en las Historias que hay de varios Profesores de la Crisopeya, los cuales transmutaron otros metales en oro. Los más famosos, y de quienes hay alguna verosimilitud que hayan alcanzado este gran secreto, son Raimundo Lulio, Arnaldo de Villanova, Teofrasto Paracelso, Bernardo Trevisano, un Boticario llamado Antonio, de la misma Ciudad de Treviso, y en fin Nicolás Flamel. [173]

{(a) En este siglo pareció otro personaje, que hizo creer a muchos tenía el secreto de la Piedra Filosofal. Este fue el General Prikel, natural de la Livonia, que militando por el Rey Augusto de Polonia contra su Soberano el Rey de Suecia, fue hecho prisionero en la batalla de Cracovia el año de 1705, y el de 1707 condenado a muerte por el crimen de Rebelión: el cual después que vio inútiles las súplicas de muchos que pidieron su vida al Rey de Suecia, apeló al recurso de manifestar que poseía la Piedra Filosofal; ofreciendo que no solo emplearía todo lo que le restaba de vida en trabajar por el Tesoro Real, mas le descubriría al Rey el secreto. Dicen que para prueba evidente de su verdad le dijo al Coronel Amiltón que comprase tales, y tales drogas, y las preparase de tal, y tal manera, [173] lo cual ejecutado, le entregó ciertos polvos, para que los arrojase en la materia preparada. Hízolo Amilton, y en efecto dicen resultó una cantidad de materia metálica, que examinada en la Casa de Moneda, se halló ser verdadero oro. Añaden para confirmación el mucho dinero que expendió a fin de salvar la vida, computando que llegó a la suma de doscientos mil escudos. Pero a mí me hace mucho mayor fuerza en contrario el que no pudo salvarla. ¿Qué cosa más fácil a quien podía fabricar cuanto oro quisiese, que corromper los Guardas? Si no bastasen doscientos mil escudos, bastarían dos, o tres millones. En dos años que estuvo preso tuvo lugar para hacer el oro que era menester, no solo para enriquecer a todos los Guardas, mas aun para conquistar el Mundo. Añádese el desprecio que hizo el Rey de Suecia de la propuesta, que aunque se quiera atribuir a un desinterés heroico, significado en aquella generosa respuesta, de que lo que no había hecho por la intercesión de sus amigos, no lo haría por todo el oro del mundo; o colocarse entre los caprichos singulares de aquel Príncipe; es mucho más creíble que el ardiente deseo de destruir a su enemigo el Czar le indujese a abrazar un medio tan fácil de lograr su intento, cual era tener un tesoro inagotable en el ofrecido secreto. Así se debe juzgar, o que no hubo tal oferta, o que la tuvo por falsa. A la experiencia del Coronel Amilton es fácil decir que es cuentecillo fabricado de intento, como otros muchos que hay en esta materia.}

22. Respondo que todas estas relaciones no hacen fuerza, porque ninguno de los Autores de ellas fue testigo de vista. Todos escribieron sobre el flaco fundamento de rumores populares, que suelen levantarse de ligerísimos motivos; y en esta materia más que en otras están sujetos al error por los agudos estratagemas, y engañosas apariencias de que suelen valerse los Alquimistas para persuadir que tienen el secreto de la Piedra Filosofal.

23. Fuera de que, discurriendo por las Historias mismas que nos alegan, hallaremos circunstancias para no prestarles asenso. De Raimundo Lulio se dice que en Alcázar de Londres, en presencia, y de orden del Rey de Inglaterra, fabricó oro de excelente calidad, y que de aquel oro se formó un género de moneda que llamaron El noble de Raimundo. ¿Pero quién lo asegura esto? Roberto Constantino, Médico de Caén en Normandía, que vivió dos siglos después de Raimundo Lulio. A este citan todos los [174] que refieren aquella historia. Pregunto si en un hecho de esta naturaleza debemos creer a un Autor Francés tan posterior a él, no obstante el silencio de todos los Autores Ingleses anteriores. Es verdad que Raimundo Lulio escribió de este arte, y aseguró que le sabía (si todavía es suyo el escrito sobre el asunto que tiene su nombre, y de que yo vi algunos fragmentos). Pero esto nada prueba, entretanto que no consta que alguno por aquellas instrucciones aprende a hacer oro; lo cual no sucederá jamás.

24. De Arnaldo de Villanova refieren algunos Jurisconsultos, citados por Beyerlink en el Teatro de la vida humana, y por el P. Delrio en las Disquisiciones Mágicas, que por el Arte Alquímico hizo algunas varillas de oro, las cuales públicamente ofreció en Roma a todo examen. ¿Pero cómo es creíble que siendo tan público el hecho, el Sumo Pontífice, que reinaba entonces, no se aprovechase, siéndole tan fácil, de la habilidad de Arnaldo en beneficio de la Iglesia, juntando para ella inmensos tesoros? En conciencia debía hacerlo; y pues no lo hizo, es claro que no dio Arnaldo las muestras que se dice de su habilidad; y que los Jurisconsultos, que se citan, no tuvieron otro testimonio del hecho que alguna hablilla vulgar.

25. De Paracelso no hay otro testigo que su discípulo Oporino, el cual refiere muchas cosas increíbles de su Maestro; fuera de que no dice que jamás le viese transmutar algún metal en oro, sí solo que anocheciendo algunas veces pobrísimo, le mostraba por la mañana algunas monedas de oro, y plata, como que las había hecho por el arte de la Alquimia. ¿Pero de dónde sabemos que Paracelso no tenía aquellas monedas escondidas, para ostentarlas a su tiempo a Oporino, y hacerle creer que poseía el secreto de la Piedra Filosofal, como quiso hacerlo creer a todo el Mundo? Hay tan poco que fundar en todo lo que dijo, y escribió Paracelso, que es excusado detenernos en esto. Los Autores que se jactaron de poseer la Crisopeya escribieron de este arte en jerigonza: Paracelso [175] escribió también en jerigonza la Medicina.

26. En orden a Bernardo Trevisano, o Conde de la Marca Trevisana, no sé que conste el que supo la fábrica artificial del oro, sino de que él mismo lo dice en el libro de Secretissimo Philosophorum opere Chemico. Y no pienso que estemos obligados a creerle sobre su palabra; mayormente cuando en aquel escrito da bastantes señas de Autor vano, y mentiroso. No es menester para el desengaño más que ver los Autores, o libros supuestos que cita, como las Crónicas de Salomón; las Pandectas de María Profetisa; el testamento de Pitágoras; la Senda de los errantes, escrita por Platón; no sé qué breve tratado de Euclides; el libro de un Aristeo, que dice gobernó todo el Mundo diez y seis años, y que fue el más excelente de todos los Alquimistas, después de Hermes.

27. Donde se ha de advertir, que cuanto dicen los Alquimistas de estos, y otros Autores antiquísimos que trataron de la Crisopeya, es invención, y sueño. El célebre Médico de Lieja Herman Boerhave, que examinó con cuidado esta materia, dice (in Prolegom ad institu. Chemmiae) que el Autor más antiguo que apuntó algo de la Crisopeya, fue Eneas Gasero, el cual floreció al fin del quinto, o al principio del sexto siglo de nuestra Restauración; y el primero que trató doctrinalmente esta materia fue Geber, o Gebro, que unos hacen Arabe, otros Griego, y floreció en el séptimo siglo.

28. Del Boticario de Treviso cuenta Cardano que en presencia de Andrés Gritti, Dux de Venecia, y los principales Patricios de aquella República, convirtió el azogue en oro. Julio César Scalígero hace a Cardano sobre esta noticia la misma objeción que arriba hicimos sobre la de Arnaldo de Villanova. Si esto, dice, fuese verdad, el Senado Veneciano se hubiera servido de aquel hombre para enriquecer con inmensos tesoros la República, y aun le hubiera obligado a revelar el secreto. El Padre Delrio desprecia este argumento, y responde lo primero que de dónde supo Scalígero que el Senado no lo hizo. Lo [176] segundo responde, que cree que aquellos Senadores, u despreciaron el suceso como dudoso, o tuvieron aquella experiencia por puro juego de manos. ¡Flaca solución a fuerte argumento! En cuanto a lo primero digo, que supo Scalígero, y yo también lo sé, que el Senado no se hizo dueño del arte de la Crisopeya; porque a ser así, se hubiera también hecho dueño del Imperio Otomano, y aun de todo el Mundo, como se hará cualquiera República que pueda aumentar sus tesoros sin límite. En cuanto a lo segundo, ¿quién creerá que pudiendo el Senado examinar seriamente el hecho, y enterarse de la verdad en materia de tanta importancia, no lo hiciese? El Boticario Trevisano era súbdito de la República, porque Treviso es del dominio de Venecia, y así justamente podía obligarle a trabajar para ella: con que es indubitable que en caso de tener la experiencia por segura, se serviría del Artífice; y en caso de juzgarla dudosa, con severo examen se aplicaría a averiguar la verdad. Si lo hizo, pues no se sirvió del Artífice, es claro que halló ser la arte delusoria. El Padre Delrio, para fortalecer el testimonio de Cardano, añade el de Guillermo Aragosio, que se halla en el Teatro de la vida humana, verbo Chymia. Pero sobre que la Relación de Aragosio se halla en dicho Teatro sin cita alguna, contiene algunas circunstancias que la hacen inverosímil.

29. Nicolás Flamel, vecino de París, que vivió al principio del siglo decimoquinto, y se jactó también de poseer el secreto de la Piedra Filosofal, fue quien, entre todos los pretendidos adeptos, tuvo derecho más aparente para ser creído. La-Croix Dumaine, citado en el Diccionario de Moreri, pinta muy hábil a este hombre, pues dice que era Poeta, Pintor, Filósofo, Matemático, y sobre todo grande Alquimista. En el Cementerio de los Santos Inocentes, donde fue enterrado, dejó una tabla pintada al oleo, donde debajo de figuras enigmáticas, dicen están representados los secretos que había alcanzado de la Alquimia. Lo principal, y lo que más hace al caso es, que al paso que los que se jactan de saber el gran secreto de la Piedra Filosofal, por lo común son unos pobres [177] derrotados, que en su desnudez traen el testimonio de su falsedad. De Nicolás Flamel se sabe que llegó a tener el caudal de más de quinientos mil escudos, suma prodigiosa para aquella edad. Sin embargo, algunos Autores Franceses de buen juicio descubrieron en esta adquisición de bienes otro secreto muy distinto del de la Piedra Filosofal. Dicen que Flamel, teniendo manejo en las Finanzas, ganó tan grueso caudal con robos, y extorsiones, especialmente sobre los Judíos del Reino; y para ocultar los inicuos medios por donde había llegado a tanta riqueza, y evitar el castigo merecido, fingió deber aquellos tesoros al secreto de la Piedra Filosofal. [178]

{(a) 1. Monsieur de Segrais da noticia de otro Francés, llamado Nicolás Duval, en tiempo de Francisco Primero, de quien se creyó también saber el misterio de la Piedra Filosofal a causa de sus muchas riquezas. Pero el citado Autor asegura que sobre que Duval tenía una grande hacienda, ganó intereses crecidísimos en un comercio de granos con España. Monsieur de Segrais habla en la materia con prueba auténtica; pues dice que vinieron a parar en su poder los Registros de un Asociado de Duval en aquel comercio. En una hermosa casa que hizo Duval en París hay unos bajos relieves, que representan algunas historias de la Sagrada Escritura. Conjeturaron unos Alemanes que aquellas eran figuras simbólicas donde estaban representados los secretos de la Alquimia, y sobre ese supuesto hicieron un viaje inútil a París.

2. Con otras historias extremamente ridículas pretenden los Alquimistas confirmar sus sueños por verdaderos. Como creen, o quieren hacer creer, que la Piedra Filosofal hace al hombre que la posee otro beneficio mucho mayor que enriquecerle: esto es, preservarle de toda enfermedad, y alargarle la vida por muchos siglos, era preciso que también a este intento fingiesen algunos hechos. Así lo ejecutaron. De un tal Artefio publican, que por la virtud de su Piedra Filosofal vivió mil y veinte y cinco años. En tiempo de Rogerio Bacon decían que Artefio había viajado todo el Oriente; que sabía los secretos más altos de todas las Ciencias; y que estaba aún en Alemania. Juan Francisco Pico, Conde de la Mirándula, riéndose de tales simplezas, añade que había Alquimistas que aseguraban que Artefio era el mismo que Apolonio Thyáneo.

3. Pocos años ha que en Madrid uno de estos que buscando el [178] oro por medio de la Piedra Filosofal no hallan ni aun el cobre, contaba al propósito como verdadero, y como reciente un suceso capaz de hacer reventar a carcajadas a diez hipocondríacos, según me refirió un sujeto de mi Religión, que aseguró habérselo oído. El caso es como sigue:

4. Llegó a Toledo un Forastero, el cual, o por casualidad, u de intento, trabó comunicación con un Religioso Dominicano, cuya celda dio en frecuentar. Tenía el Religioso en ella una pintura de la Pasión de nuestro Salvador. Notó el Religioso que siempre que siempre que el Forastero venía a hablarle se detenía un rato suspenso, mirando con una especie de admiración, u de asombro aquel lienzo. Preguntóle la causa. Respondió el Forastero que el motivo de la suspensión era, que habiendo visto infinitas pinturas de la Pasión, aquella era la única que había hallado enteramente conforme al original. Replicóle el Religioso, que de dónde, o cómo podía saberlo? A lo que el Forastero frescamente satisfizo, diciendo que había sido testigo de vista de la tragedia que representaba aquel lienzo. Juzgó el Religioso que hablaba por pura chanzoneta; pero él prosiguió en asegurar que había alcanzado aquellos tiempos, y que era uno de los que habían asistido a aquel gran suceso. Continuando el Religioso en despreciar lo que testificaba el huésped, llegó el caso de explicarle éste el misterio, el cual no era otro sino que tenía la Piedra Filosofal, con cuyo beneficio había vivido tantos siglos, y esperaba vivir muchos más; porque de cincuenta a cincuenta años se rejuvenecía con el uso de ella. El modo era este. Tomaba una porción de aquellos preciados polvos (que polvos dicen que son, aunque les dan el nombre de Piedra), y al punto quedaba dormido. Duraba el sueño tres días naturales, al fin de los cuales despertaba, hallándose reducido a la más florida juventud. Persistiendo siempre el Dominicano en despreciar como fabulosa toda la narración, se ofreció el Forastero a comprobar la verdad de ella con la experiencia. Esta se hizo en un perro, el más viejo de su especie que se pudo hallar. En la celda del Religioso dio el Forastero sus polvillos al Perro, el cual al momento cayó en un profundo sueño; y advirtiéndole al Religioso que no le despertase, o inquietase hasta ver en lo que paraba, se despidió, como que se volvía a su posada. El perro durmió los tres días, los cuales pasados [179] despertó con todo el vigor, y robustez que había tenido en sus mejores años. Visto este prodigio por el Dominicano fue a buscar a su Forastero, verosímilmente para solicitar de él, ya que no el descubrimiento del secreto, por lo menos alguna cantidad de aquellos polvos, siquiera para remozarse dos, o tres veces. Pero el Forastero no pareció, ni en la posada, ni en la Ciudad, ni nadie pudo dar razón del rumbo que había tomado.

5. Hasta aquí la Relación del Alquimista Matritense. Dios tenga en descanso su Alma, que según me dijo un sujeto, ya murió: y no pienso que en su testamento haya dejado grandes legados, ni fundado muchas obras pías. Este cuento es verosímil que se haya fabricado a imitación de otro que oí de uno que el siglo pasado decía haberse hallado en las Guerras de los Macabeos (o fingió la existencia de tal hombre algún Alquimista), y también debía su larguísima edad a la Piedra Filosofal. Lo que en el 8 Tomo, Disc. 5 num. 18 referimos de Federico Gualdo, es también natural fuese invención de algún Alquimista.}


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§. VI

30. El traductor de Filaleta, omitiendo algunos de los ejemplos propuestos, que son comunes, alega otros tres más particulares, o menos vulgarizados. El primero [179] es del Rey Don Alonso el Sabio citándole en su tratado del Tesoro, donde dice que con la Piedra Filosofal hizo oro, y creció muchas veces su caudal. Respondo que yo no vi, aunque tengo noticia de él, este escrito del Rey Don Alonso; pero estoy cierto de que no poseyó el secreto de la Piedra Filosofal; pues a ser así, no se hubieran visto tan apurado de medios que por falta de ellos perdió el Reino. Léase el cap. 5 del libro decimocuarto de la Historia del Padre Mariana, y en él estas palabras, hablando de Don Alonso: Nada más le aquejaba que la falta de dinero, cosa que desbarata los grandes intentos de los Príncipes. Y luego añade este grande Historiador, que para ocurrir al ahogo hizo batir nueva moneda de plata, y cobre de más baja ley, y menor peso que la ordinaria, reteniendo el mismo valor: con que acabó de irritar a sus vasallos. Buena traza de poder multiplicar cuanto quisiese su caudal con el arte alquímico.

31. El segundo ejemplo es del Emperador Fernando Tercero, de quien sobre la fe de Zuvelfero en su Mantisa Espagirica dice que por su propia mano hizo en la Ciudad de Praga de tres libras de Azogue dos libras y media [180] de oro puro, con solo un grano de la tintura de los Filósofos, del cual oro envió al Padre Kirquer, que estaba en Roma, unas monedas para que las examinase; y habiéndolas pasado por todas las pruebas halló que era oro como el natural.

32. Séame lícito contradecir a Zuvelfero sobre este hecho; porque me acuerdo muy bien de haber leído en el Mundo Subterráneo del Padre Kirquer, que habiéndole llegado a este docto Jesuita, estando el Roma, la noticia de que el Emperador Fernando había hecho oro artificial, le escribió a aquel Príncipe, de quien era muy estimado, preguntándole se era verdad; y el Emperador, cuya carta pone allí a la letra el Padre Kirquer, le respondió que no había tal cosa. El testimonio del Padre Kirquer en esta materia es de muy superior aprecio al de Zuvelfero. Y valga la verdad; si aquel Emperador hubiese logrado este secreto, le haría hereditario en su Augusta familia, para bien de ella, y de la Cristiandad. ¿Cómo, pues, los tres Emperadores que le sucedieron, se valieron de los mismos medios que los demás Príncipes para ocurrir a sus urgencias, y algunas veces por falta de oro, así ellos, como sus vasallos, se vieron en no pequeños ahogos?

33. El tercer ejemplar, aun más reciente que el segundo, que alega el Traductor de Filaleta, es del Conde Rocheri, Napolitano, de quien dice, no que sabía el secreto de hacer la Piedra Filosofal, sino que la tenía, por habérsela quitado juntamente con la vida a un pobre Adepto que había hospedado en su casa: y usado de ella dicho Conde engañó, y estafó muchos Príncipes, en cuya presencia hizo la transmutación con la promesa de enseñarles el secreto de hacer la Piedra, hasta que parando en la Corte de Brandemburgo, donde también engañó a aquel Soberano, descubierta al fin la impostura, fue ahorcado de su orden el año de 1708. Añade el Traductor que él mismo fue testigo de algunas transmutaciones hechas en Bruselas, no solo por dicho Conde Rocheri, [181] mas también por el señor Maximiliano Emanuel, Duque de Baviera, a la sazón Gobernador del País Bajo, a quien el Rocheri había dado alguna porción de la tintura filosófica que había robado al Adepto.

34. Era menester, para que este ejemplo nos persuadiese, estar asegurados de que en las transmutaciones dichas no intervino alguna ilusión, o juego de manos de tantos como han discurrido, y practicado varios embusteros para persuadir que sabían el secreto de la transmutación. En el Teatro de la vida humana se lee de un Veneciano llamado Bragadino, que con tales ilusiones dementó a muchos Príncipes, y en fuerza de sus aparentes operaciones tenía persuadido a todo el Mundo que poseía el secreto de la Piedra; hasta que queriendo también engañar al Duque de Baviera, este Príncipe, explorando su modo de obrar con más cautela que los demás, conoció la impostura, y le hizo ahorcar. ¿Por qué las transmutaciones hechas por el Rocheri no serían puramente delusorias, como lo fueron las del Bragadino? El mismo fin tuvieron uno, y otro; y creo que también el mismo artificio. ¿Pero qué diremos a las trasmutaciones hechas por el Duque de Baviera? Que el Rocheri le enseñó a su Alteza el juego de manos que sabía; y este Príncipe se complacía algunas veces en la ejecución de aquel inocente espectáculo, en que a nadie perjudicaba; porque también los Príncipes tienen sus humoradas como los demás hombres.


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§. VII

35. Aquí será bien descubrir algunos de los artificios de que se valen los embusteros Alquimistas para persuadir que convierten los demás metales en oro. En suma se reducen a que tienen oculto el oro en polvos, o en masa, ya en los carbones con que dan fuego, ya en la ceniza, ya en la misma materia metálica que dicen han de transmutar en oro (de suerte que ponen al fuego, pongo por ejemplo, un pedazo de hierro; pero sólo es de hierro la superficie exterior, y por adentro es oro), ya [182] en la punta de un báculo de metal, con que revuelven la mixtura en el fuego; y el oro que aparece después hecho masa al fondo de la copela, y que quieren persuadir se hizo de otro metal, es el mismo que tenían oculto, y se derritió durante la operación. Estos son los artificios que he leído; pero puede haber otros muchos.

36. Algunas veces proceden con tan doblada simulación estos embusteros, que engañarán al hombre más advertido. Sirva de ejemplo el suceso siguiente. Un Químico se presentó en el Palacio de Ernesto, Marqués de Bade, ofreciendo a aquel Príncipe hacer oro en su presencia. Tratándose de la ejecución, dijo que no tenía la materia de se hacía; pero que eran unos polvos de poco precio, que se hallarían en cualquiera Botica, o tienda de Droguista. Dijo cómo se llamaban; salió un criado del Marqués de orden suyo, a buscarlos. La primera tienda que encontró fue la de un Droguista extranjero que había expuesto sus Mercaderías a las puertas del Palacio. Preguntóle si tenía tales polvos, respondió que sí, y le vendió alguna cantidad en tan bajo precio, como si fuesen de salvadera. Llevólos al Quimista, el cual poniéndolos al fuego, y mezclando un poco de azogue, sacó al fin un pedazo de oro. Gratificóle magníficamente el Marqués por el gran secreto que le había revelado; y queriendo después ejercitarle por sí mismo, solicitó mayor cantidad de aquellos polvos; pero en ninguna Botica parecieron, ni se halló Boticario, ni Droguista que no dijese que jamás había oído la voz con que el Quimista los había nombrado. El Droguista que estaba a la puerta de Palacio, y de cuya tienda se habían sacado, ya se había desaparecido. Asimismo el Quimista ya se había ido a engañar a otra parte. Súpose en fin, que el Quimista, y el Droguista eran compañeros, y obraban de concierto: que con designio formado había puesto su tienda el Droguista en paraje tan oportuno, para que luego se tropezase con él, al tiempo que el Quimista usase de su farándula; y en fin, que los polvos, vendidos en tan vil precio [183] para disimulo, eran de oro, mezclados, y ofuscados con arte. Refiere Beyerlinck este chiste, citando a Jeremías Medero; y el Padre Gaspar Scotto cuenta otro semejantísimo a este, que pasó en Bruselas.


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§. VIII

37. Últimamente se me puede argüir con la barra que tiene el señor Duque de Florencia entre las preciosidades de su gabinete, la cual es la mitad de hierro, y la otra mitad de oro; por consiguiente la mitad que es de oro no pudo hacerse sino por transmutación alquímica del hierro. Respondo, que Mr. Homberg, Químico excelente de la Academia Real de las Ciencias, descubrió la falacia de esta barra, y en las Memorias impresas de la Academia se halla expuesto por el mismo Homberg el artificio con que dos porciones separadas, una de hierro, otra de oro, se unieron de forma que parezcan una misma pieza.


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§. IX

38. Hasta aquí he impugnado la posibilidad de la transmutación metálica que pretenden los Alquimistas; mas como yo no tengo la presunción de que mis argumentos sean concluyentes, añadiré ahora, que aun cuando sea posible este arte, nadie se debe aplicar a él: antes será imprudencia darse a su estudio, por la inverosimilitud grande que hay de lograr buen suceso.

39. Esta inverosimilitud se colige de varios fundamentos. El primero es, que, como confiesan los mismos Alquimistas, entre millares de hombres que con suma aplicación anduvieron toda su vida buscando la Piedra Filosofal, solo uno, u otro rarísimo la hallaron. ¿Quién, pues, verosímilmente se puede persuadir que ha de ser de aquel número escaso de felices, y no antes de la inmensa multitud de desdichados? ¿O quién prudentemente se meterá en un negocio, donde de mil uno se hace rico, y todos los demás no sacan otro fruto de su fatiga que verse reducidos a mayor pobreza? Todos es bien que tengan [184] presente lo que dijo a la hora de la muerte de Bernardo Penoto, Químico hábil, que murió casi en edad de cien años, y toda su vida anduvo buscando la Piedra Filosofal. Pidiéronle sus discípulos, y amigos, que cercaban el lecho, que les comunicase los secretos que había alcanzado tocante a la Crisopeya; y él les respondió: Amigos, no tengo otro secreto que fiaros sino éste; que si tuviereis algún enemigo poderoso, a quien queráis destruir, porcureis inspirarle el deseo de buscar la Piedra Filosofal. Este es el mayor mal que le podéis hacer. Mr. Duclos, Médico de París, que murió de ochenta y siete años, y visitaba muy pocos enfermos, por gastar lo más del tiempo en el estudio de la Crisopeya, dijo casi lo mismo, estando para morir.

40. El segundo fundamento, por donde se hace inverosímil (y aun moralmente imposible) la consecución de la Piedra Filosofal, es la falta de instrucción. El medio de que se echa mano para lograrla, es la lectura de los libros que tratan de ella; pero estos, en vez de dar alguna luz, no dan sino sombras: tanta es la obscuridad con que están escritos. Los Autores que con más claridad hablaron, solo pusieron de manifiesto aquellos pocos principios generales de teórica, de que arriba damos noticia. Pero llegando a tratar de las operaciones con que se debe extraer, y perfeccionar la tintura del oro, todos, sin reservar alguno, implican la materia con tales enigmas, que aunque se juntasen mil Edipos, no podrían descifrarlos; de modo, que el que más hace, hace lo que el río Alfeo, que va descubriendo un pequeño trecho, y lo más del camino se oculta debajo de tierra. Filaleta (de quien escribe se Traductor que escribió con más claridad que todos los demás) confiesa de sí, cap. 14, que no nombra los cosas por sus propios nombres. Si así se explica quien habla con más claridad que todos, ¿qué esperaremos de los demás? ¿ni qué esperaremos tampoco de este mismo?

41. En efecto los mismos Autores de primera estimación entre los Alquimistas asientan, que solo ellos entienden lo que escriben; pero los que no saben el arte, nada [185] sacarán de sus libros, sino fuere por revelación divina. Teobaldo Hoghelande en el libro de Difficultatibus Alchemicae, part. 2, junta algunos testimonios de estos. El mismo Autor confiesa, que aunque tenía cien libros de este arte (los cuales se conoce revolvió bien), nada pudo adelantar en ella.

42. El tercer fundamento se toma de las inconsecuencias, y contradicciones de los Alquimistas, no solo en cuanto a la materia de la Piedra Filosofal, mas también en cuanto a la preparación de ella, en la cual unos piden mayor, otros menor número de operaciones; varían también en la substancia, y serie de ellas. Unos quieren que la primer operación, o primer grado de la obra sea la Solución, otros la Calcinación, otros la Sublimación. Donde noto que el Traductor de Filaleta se hizo cargo de las contradicciones que hay sobre la materia de la Piedra, y las concilió muy bien; mas no de las que hay sobre la preparación, que son casi tantas como aquellas.

43. Pero la inconsecuencia más visible, y juntamente más ridícula que noto en los Escritores de Alquimia, es la siguiente. Todos, o casi todos los Autores Cristianos que han escrito sobre ella, dan por precepto indispensable que el que se halla de aplicar a este arte sea buen Cristiano, devoto, humilde, de intención recta, de conciencia pura; y asientan que sin esa inexcusable circunstancia nunca llegará a alcanzarse el gran secreto de la Piedra Filosofal. Por otra parte confiesan que este secreto se comunicó de los Arabes a los Latinos, y los Autores primordiales, o Príncipes que alegan, todos son canalla Sarracénica, y Mahometánica: Geber, Rasis, Avicena, Haly, Calid, Jazich, Bendegid, Bolzain, Albugazal. De estos tomaron todo lo que escribieron Lulio, Villanova, Paracelso, Basilio Valentino, el Trevisano, Morieno, Rosino, y lo demás Europeos, celebrando a aquellos por adeptos insignes, especialmente a Geber, que lleva la bandera delante de todos. Conciértenme estas medidas. Dícennos que es necesaria para lograr la Crisopeya práctica del Evangelio, [186] y al mismo tiempo nos proponen como los mayores Maestros del arte a los Sectarios del Alcorán.


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§. X

44. De lo dicho se infiere, que los escritores de Alquimia solo pueden ser útiles a quien los lee, no para instrucción, sino para diversión, como las Novelas de Don Belianis de Grecia, y Amadis de Gaula. No por eso condeno aquellos Autores, que, sin jactarse de poseer el secreto de la Piedra, tratan esta materia filosóficamente, como el Traductor de Filaleta, probando su posibilidad, a que muchos hombres de juicio, y de doctrina han asentido. Este asunto es tan digno de disquisición seria, como otras materias filosóficas. Pero con los libros de aquellos Alquimistas que prometen, en fuerza de sus preceptos, la consecución del gran secreto, creo que se podría hacer lo que los Alquimistas hacen con los metales: esto es, calcinarlos, disolverlos, amalgamarlos, fundirlos, precipitarlos, &c. Y cuando no se llegue a este rigor, hágase de ellos la estimación que hizo León X de un libro que le dedicó un Alquimista. Esperaba el Autor una considerable gratificación de aquel generoso Protector de las Artes, y buenas letras; pero la que le hizo el Pontífice, se redujo a una bolsa vacía que le envió, diciendo, que pues sabía el arte de hacer oro, no necesitaba otra cosa que bolsa donde echarlo.


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Adición

45. El Traductor de Filaleta dice, fol. 64 que Santo Tomás en sus Obras Morales confiesa la posibilidad del oro artificial, y asegura haberlo hecho. Como el Autor no señala el lugar sino debajo de la generalidad de Obras Morales, imposibilita el examen del testimonio en que se funda. Pero sin temeridad creo poder afirmar, que en ninguna de las Obras de Santo Tomás se [187] lee que el Angélico Doctor afirme de sí haber hecho el oro; y cuando le hubiera hecho, podría, no solo confesar la posibilidad, sino afirmar la existencia. Bien lejos de eso, en el segundo de los Sentenciarios, dist. 7, quaest. 3, art. 1, da por imposible la Crisopeya. Es verdad que la razón del Santo no me parece muy eficaz; pues se funda en que la forma substancial del oro no se hace por el calor del fuego, sino por el del Sol; y en las Paradojas Físicas hemos mostrado lo contrario; esto es, que la formación del oro no se debe al calor del Sol, siendo imposible que éste penetre a la profundidad de las mineras, sino al del fuego subterráneo.

46. Citó también a favor de la Crisopeya a Santo Tomás, 2, 2, quaest. 77, art. 2, el Autor de un papel anónimo, que se imprimió dos años ha; pero allí el Santo no determina cosa alguna, y solo habla condicionalmente, diciendo que si los Alquimistas hiciesen verdadero oro, podrían venderle como tal: Si autem per Alchimiam fieret verum aurum, non esset illicitum ipsum pro vero vendere. Antes bien la condicional si fieret parece que supone que efectivamente no se hace.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo tercero (1729). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo tercero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 162-187.}


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