Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo segundo

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo segundo

Respuesta al Doctor D. Martín Martínez
del Rmo. Padre Maestro Fr. Benito Feijoo, Benedictino

Al Ilustrísimo Señor D. Fr. José García
Obispo de la Santa Iglesia de Sigüenza, del Consejo de S. M. &c.

Ill.mo Señor.

Osadía fuera buscar a tan pequeño escrito tan esclarecida sombra, si a los hombres grandes no los hiciera mayores la benignidad de extender su protección hasta los más humildes. La aceptación conque V. S. I. se dignó recibir, y leer el primer Tomo (hasta ahora único) de mi Teatro Crítico, me esperanza de que abrazará gustoso el patrocinio de este Papel, que es defensorio suyo. Cuando aquel Libro no me hubiera producido otro fruto que la ocasión de ver, y tratar a V. S. I. daría por bien empleado el trabajo. Medía yo, antes de conocer a V. S. I sus eminentes prendas por el alto carácter de primer Prelado de una Religión de tantos modos grande; y también juzgaba que no podía crecer un sujeto a mayor magnitud que a aquella que desde el Claustro le hace claramente visible a las distancias del Trono, haciendo que en un Monarca grande sea uno de los más sensibles cuidados el premio de sus méritos. Estas eran las señas que yo antes tenía de la persona de V. S. I. y por donde medía su estatura; pero luego que le traté, conocí que era defectuosa la medida. Tan allá pasa ese mérito gigante. Y pues no alcanzan a definir lo que es V. S. I. tan gloriosas circunstancias, menos podrán mis voces. Nuestro Señor guarde a V. S. I. muchos años. Oviedo, y Noviembre 26 de 1728.

Ill.mo Señor,
B. L. M. de V. S. I.
su más rendido siervo, y Capellán,
Fr. Benito Feijoo.

Al Doctor Martínez

§. I

1. Muy Señor mío. Ya prevenía yo cuando escribía el Discurso Médico de mi Teatro Crítico, que habían de salir a mi oposición muchos contrarios. Pero no me ocurría entonces que me había de combatir (lo que es más de temer) unida en uno solo, la fuerza de muchos; Tu unus pro decem millibus computaris puedo decir a V. md. como el Pueblo de Israel a David. ¿Quién no ha de temer viendo delante de sí al sabio, al elocuente, al sutil Martínez? Pero me alienta la consideración de que si el enemigo es muy valiente, a proporción es generoso. Monstruosidad sería a esa grande elevación de ingenio no correspondiese igual nobleza de ánimo.

2. A esta me reconozco yo deudor de los elogios conque V. md. en su doctísima Carta gratuitamente me ilustra. Esta la contemplo una cortesanía heróica (que también es capaz del heroicismo esta virtud). ¿Y quién puede dudar de que arriba a este eminente grado, cuando en un grande ingenio logra el triunfo de confesar superioridad en otro? Arduidad tan encumbrada, que Ovidio creyó no la superaría jamás hombre alguno:

Qui velit ingenio cedere nullus erit.

3. Así que las mismas alabanzas que V. md. galantemente desperdicia en su Carta, son prueba de las que de justicia merece su persona. ¡Oh qué a propósito me ocurre ahora mi Padre S. Bernardo, respondiendo a otra carta de su grande amigo, y gran Prelado de Turón Hildeberto! Ego laudum tu arum argumentum teneo minime dubium ipsas mei laudatrices literas tuas (Epist. 123). Proseguiré con [356] el contexto, porque todo es del caso presente: In quibus (la misma carta de Hildeberto) alium fortasse delectet eruditiones insigne sermo suavis, & purus, oratio luculenta, gratum, laudabileque compendium. Mihi vero prae his illa ducitur miranda humilitas, qua tantillum tantus praevenire curasti, & obsequio salutandi, & praeconio praedicanti, & precandi reverentiam. Sane quod ad me attinet, lego de me in literis tuis, non quod sum, sed quod esse vellem. Dicha es poder en la ocasión presente decir, con voces de S. Bernardo, cuanto siento de la carta de V. md. de su persona, y de la mía. Sólo hay la diferencia de que el agigantado exceso de prendas, que San Bernardo confiesa en el amigo a quien respondía, al Santo se le dictaba su humildad, a mí mi conocimiento. Para conocer lo mucho que el ingenio de V. md. excede al mío, no he menester ser humilde, bástame ser racional.

§. II

4. Entrando ya en la materia (que lo es más de conversación erudita, que de disputa contenciosa), empiezo con una cláusula conque V. md. acaba: Creo que estamos los dos de un mismo pensamiento. En la substancia del asunto no tiene duda que estamos convenidos; pues ni V. md. niega a la Medicina la incertidumbre, ni yo le niego la utilidad. Lo primero consta de la Carta de V. md. Lo segundo de mi Discurso Médico, especialmente desde el número 65 en adelante.

5. En lo que yo acaso soy singular es en que estoy persuadido a que para lograr la utilidad, importa que todo el mundo conozca la incertidumbre. La verdad de esta máxima (que fue la que motivó mi Discurso Médico, y a la que muchos parece extraña) se conocerá si se ponen los ojos en los estragos que ocasiona la imaginada seguridad de la Medicina, así de parte de los Médicos, como de parte de los enfermos. El que contempla en la Medicina el provecho, y no el daño, se medicina tanto, que padece el daño sin lograr el provecho. La multitud, y frecuencia [357] de remedios, aún siendo por su especie oportunos, siempre es nociva, según todos los Autores cordatos, salvo el estrecho paso de una urgencia grande, donde es menester que el Médico camine al paso del peligro. El que considera al purgante como un fiel barrendero (y este es el concepto común del vulgo), que sólo saca fuera las inmundicias del cuerpo, no recela a cualquier indisposicioncilla (tal vez sin ella) menudear los purgantes. Si supiera que es un ladrón, que entrando a obscuras, juntamente con lo inútil, lleva lo precioso, se fuera con más tiento.

6. Lo mismo digo de parte de los Médicos. El Dogmático, a quien su poca reflexión hizo arrogante, y llevando, siempre que receta, como aguja magnética la pluma, dirigida al polo del sistema que sigue, juzga que no puede errar; yerra más que todos: porque seguro de que tiene cuanta luz necesita en las Máximas de su Escuela, cierra los ojos a las observaciones que, o las impugnan, o las limitan. Y como es más natural que se extravíe el caminante, que debiendo dudar del camino, no duda, que aquel que en cada división de sendas, tímido se detiene, así en la Medicina va mucho más expuesto al error el Dogmático presumido, que el Escéptico receloso. Si aquel advirtiera que la contradicción que hacen a su sistema infinitos hombres doctos, y expertos, evidentemente le deja dudoso, no le mirará como infalible, y obraría, a fuer de menos confiado, más seguro. Véase a Bernardino Ramazzini, para ver si yo tengo razón (Orat. 4.), donde dice que no hay cosa más perniciosa a la Medicina que la confianza conque entra el Médico en la cura: Qua confidentia, ut pote ignorantie filia, nihil in Arte Medica exitialius.

§. III

7. A mí se me nota de que quiero introducir en el mundo una general desconfianza de los Médicos. No intento tanto. Lo que yo digo es que entonces deberá confiar el mundo de los Médicos, cuando los Médicos desconfíen de sí mismos. Si nos figuramos dos hombres caminando [358] con escasa luz por suelo resbaladizo, y desigual, el uno, que, conociendo el riesgo, se mueve con mucha pausa; el otro, que, como si fuera a medio día, y por camino llano, trepa sin recelo: ¿de quien fiaré yo que no tropiece, o por lo menos que no tropieze tanto? No hay duda que del primero. Este es el caso en que estamos: luego para lograr útil la Medicina, conduce mucho que Médicos,y enfermos reflexionen bien sobre cuánto es incierta.

8. Responderáseme que los Médicos ya lo saben. Pero yo replico que no todos lo saben; y de los que lo saben, muchos lo ocultan. Los muy encaprichados de la doctrina de su Escuela, como si fuera demostrada, ignoran en gran parte la falibilidad de la Medicina. Como en la curación obren conforme a la mente de sus Autores, se libran de toda duda, porque tienen por un delirio cuanto dicen los contrarios. Entre los que advierten la falibilidad del Arte, muchos dolosamente ostentan al vulgo la certeza, para hacer más plausible la facultad, o más atendida la persona.

9. Entra el Médico al cuarto de un enfermo (esto lo he visto yo muchas veces), y a dos palabras de informe que le oye, empieza a hacer una descripción exacta de la enfermedad: averigua su esencia, deslinda sus causas, señala el foco, explica cómo se hace la fermentación, dónde, y por qué conductos la excreción, apura la análisis de la materia pecante, hasta determinar la configuración de las partículas que la componen, con otras mil cosas que omitimos; y esto todo con tanta confianza, como si fuera para sus ojos perfectamente diáfano el cuerpo del doliente. Toda esta retahíla tienen los circunstantes por cierta; siendo así que no hay en toda ella ni una proposición sola, que, a buen librar, no sea dudosa. En cuanto a los medicamentos habla con la misma satisfacción. Determina a punto fijo su actividad, y modo de obrar, califica su importancia, justifica su inocencia. ¿Qué se sigue de aquí? Que el vulgo, contemplando una deidad tutelar de su vida en el Doctor, le fatiga con contínuos votos, obligándole a que [359] sin necesidad amontone recetas sobre recetas, sobre el supuesto de que de aquella mano no puede venir cosa que no sea muy conveniente a su salud. Por evitar este riesgo me pareció importante desengañar de su error al vulgo. Y por lo que llevo expresado siento que será en el mundo más útil la Medicina, constando a todos que es incierta.

§. IV

10. Ocurre Vmd. diciendo: Que está el mundo tan lejos del supuesto que yo presuma, que siendo error popular la desestimación, y el desprecio, más necesitamos torcer al vulgo al honor, y al aplauso (como dice el Sagrado Texto) que a la desconfianza, y al desprecio. Señor D. Martín, el desprecio que V. md. supone en el vulgo, puede entenderse de dos maneras; porque, o es relativo al carácter de las Médicos, de modo, que tengan por poco decorosa su profesión, y por este capítulo desestimen a los Profesores: siendo así, yo confieso que este es error que se debe corregir: la Facultad Médica es por su naturaleza honoratísima, y nobilísima (diga lo que quisiere Jacobo Primerosio, Lib. 1. de Erroribus vulgi in ordine ad Medicam, cap. 18. probando, injurioso a su propia profesión, que es Arte Mecánica): así que el Médico por su profesión es honorable; y siendo Médico sabio, perspicaz, y sincero, cualquiera República le debe estimar como alhaja preciosísima; o el desprecio del vulgo, en orden a los Médicos, significa que tiene hecho más bajo concepto de su alcance del que en realidad merece su conocimiento. Y este error no le hay en el vulgo; antes el opuesto, que es juzgar que saben más de lo que saben, V. md. mismo lo confiesa en su Carta, diciendo al fol. 22. Confieso, P. Mro. que no hay tanta Medicina como el vulgo piensa. Lo mismo asienta Gaspar de los Reyes, citado ya en el Discurso Médico, num. 63. Y aún este añade, que no sólo imagina el vulgo en el Médico más ciencia de la que tiene; pero aún más de la que puede tener: Caeterum apud rude, & indoctum vulgus, & quod in Medico plus credit, quam habet, aut [360] habere potest, &c. Este es el error que yo supongo en el vulgo, y de que pretendo retraerle; no el de reverenciarlos más de lo que corresponde a su carácter.

11. Pero V. md. me hace el cargo de que he cortado tan elásticos los puntos de la pluma, que es de temer que la vehemencia de mi Retórica, queriendo apartar al vulgo del extremo de la confianza, le haga pasar al opuesto extremo del desprecio, y de la desesperación. Señor D. Martín, antiguamente Arquímedes, y poco ha el P. Marino Merseno decían, que como les diesen un punto fijo en que estribar, independiente del globo terráqueo, se atrevían a mover toda la tierra de su sitio. Yo nunca imaginé en mi pluma tanta arte, o tanta fuerza, que pueda hacer otro tanto. Apartar al mundo de un error envejecido, de suerte que pase al extremo opuesto, pide brazo soberano. Al vulgo sólo le mueve tanto quien le domina:

Mobile mutatur semper cum Principe vulgus.

12. Pero demos que fuese tan dócil al impulso de mi pluma; no por eso se seguiría el inconveniente que V. md. previene: porque aunque él por sí no resista, hay fuerza mayor al encuentro de la mía que le detiene. Cuantos se interesan en la estimación de la Medicina, procurarán con todo su conato mantener al vulgo en la ciega veneración del Arte. Ni Hércules contra dos: ¿qué haré yo contra tantos? Y aún si lo miramos bien, con casi ninguna fuerza se puede hacer vano mi empeño: pues yo lidio contra el peso del vasto volumen de la plebe, y ese mismo peso tiene de su parte el que impugna para mantenerla en el error donde hizo asiento. Pongamos que alguno, por haber leído mi Discurso médico, cayese en una total desconfianza de la Medicina. Esta sólo durará hasta que padezca la primera calentura. Entonces, aún cuando él no llame al Médico, los domésticos harán que venga. Si el enfermo le hace alguna objeción, citándome, suelta Dios su ira. Responde, que el Fraile (Médicos hay también que hablan de este modo) no supo lo que se dijo: que le hubiera sido mejor rezar, que meterse a escribir lo que no entendía: [361] que no sabe las Súmulas de la Medicina: que citó unos Autores disparatados, o él no supo construirlos: que se gobierne por lo que siente todo el mundo, y por lo que dicen tantos hombres doctos, y no por lo que dice un Fraile solo, que tomó el capricho de impugnar a todo el mundo, &c. Con estas razones, sin dar ninguna, tiene desbaratado cuanto está escrito en el Teatro Crítico, y logra una obediencia ciega en el enfermo. No digo yo un Médico, cualquiera Barberillo, diciendo otro tanto, y contando luego los milagros que él hizo con sus emplastros, deja satisfechos al enfermo, y a todos los domésticos. Esto es, Señor D. Martín, lo que sucederá; y sucedería del mismo modo, aún cuando fuese mucho mayor la elasticidad de mi pluma. Estas defensas de cal, y canto burlan las baterías de la más viva elocuencia. El vulgo no ha menester más argumentos, ni más respuestas para mantenerse en la opinión en que estaba.

§. V

13. El cargo que V. md. me hace sobre la cláusula conque empiezo el Discurso del régimen de los sanos, es más grave; porque aquella cláusula, desnuda de una restricción conque yo la limito, sería injuriosa. Yo digo que los Médicos nada saben, ni aún pueden saber en particular del régimen de los sanos. Esta proposición, si se le quita aquella restricción en particular, es injuriosa, y falsa; pero con ella tiene decente, y verdadero sentido. Confieso que los Médicos saben, y pueden saber en común los preceptos del régimen: que muchos, no sólo comprenden los que yo estampé en aquel Discurso; pero adelantarían mucho sobre ellos, si se pusiesen como yo a corregir los errores del vulgo en esta materia. Lo que yo niego sólo es, que el Médico pueda saber qué, y cuánto le convenga comer, y beber a este individuo, Pedro, v. gr. que ahora le consulta, sin que él le dé primero la noticia. Que esta limitación sea común al Jurista, y al Teólogo Moral dentro de sus profesiones, a mí nada me importa; porque mi interno no fue poner tachas a la Medicina, sino [362] desengañar el vulgo, el cual ciertamente necesita de este desengaño; pues a cada paso se ven individuos, que contra el informe de la experiencia propia arreglan su régimen al dictamen del Médico; y se ven Médicos que por las reglas comunes de las calidades de los manjares, sin examinar qué efecto hacen en este particular temperamento, a todos prescriben aquellos que estan reputados comúnmente por mejores. Si se me dijere que esto no sucede, diré yo lo que he visto infinitas veces. Y no sólo esto sucede, sino que hay Médicos tan poco advertidos, que aquello que a ellos les hace provecho, juzgan que ha de aprovechar a todos, y hacen su propio temperamento regla de su práctica. Señor D. Martín, haga V. md. que en todas partes haya Médicos ingenuos, sabios, cuerdos, y sagaces, que entonces yo quemaré por inútil cuanto he escrito en aquellos dos Discursos.

14. He dicho que a mí no me importa que la ciencia del Jurista, y del Teólogo esté tan estrecha en esta parte como la del Médico. Todavía hallo entre estas facultades una gran diferencia. El reo, demandado ante el Juez, sabe que posee la hacienda; pero no sabe si el poseerla es conforme a la virtud de la justicia. El que consulta al Médico, sabe que usa de tal alimento; y demás a más sabe que ese alimento es conforme a su complexión, y estómago. Así el Juez, como el Médico han menester informarse de las partes; pero el Juez sólo del hecho: el Médico también del derecho: El Juez halla el hecho en los autos; pero el derecho en los libros. El Médico uno, y otro ha de buscar en el informe del consultante, del cual únicamente puede saber qué es lo que le conviene determinar. Así el reo no sabe qué sentencia debe dar el Juez; pero el consultante, si no está preocupado del error común, sabe qué sentencia debe dar al Médico: pues si le informa de que con este alimento le ha ido bien, y con el otro mal, es claro que el Médico debe determinar que use del primero, y no del segundo. La misma disparidad es adaptable respecto del Teólogo Moral. [363]

§. VI

15. El punto que acaba de tocarse me conduce naturalmente al cotejo que hace V. md. de la Medicina con las demás Ciencias, en cuanto a la incertidumbre. Señor D. Martín, yo por ninguna me apasiono, aun de aquellas mismas que he estudiado. Pero encuentro notable diferencia entre la Medicina, y las otras Ciencias que V. md. trae al paralelo.

16. Es verdad que el Teólogo (como V. md. dice) no sabe si el penitente se salva; pero sabe ciertamente qué es lo que le conviene al penitente hacer para salvarse. Aquí no llega el Médico; pues no sabe ciertamente qué es lo que le conviene hacer al enfermo para curarse. El Teólogo da receta infalible para conseguir la salud eterna: El Médico no la tiene sino dudosa para lograr la temporal. El penitente si no se salva es porque él no quiere aplicar el remedio: Ex te Israel perditio tua. Si el enfermo no se cura es porque el Médico no aplica medicina a su alcance. ¿Pretendo yo por eso que esta ventaja del Teólogo se deba a su mayor ingenio, o estudio? No por cierto. En la Teología el topo encuentra con la certeza: en la Medicina el lince no puede pasar de la conjetura.

17. Usa también el Teólogo de probabilidades. Y aún los Moralistas (dice V. md.), procediendo con opinión, sólo están obligados a seguir la probable; los Médicos tienen más estrecho el camino, pues están obligados a seguir la más probable. Es verdad; pero la eficacia es muy diversa: porque el Moralista, usando de opinión probable, absuelve al penitente de la culpa; el Médico, usando de la más probable, no puede muchas veces curar al enfermo de la dolencia. Fuera de que si el penitente, o consultante quiere usar de la receta, siempre se la dará el Moralista, no sólo probable, sino cierta; pues el consejo de que vaya por el camino más seguro, omitiendo aquella acción que está en duda si es lícita, o ilícita, no tiene falencia.

18. Sea cuanto se quisiere la Arte Militar, falible en sus proyectos, hallo no obstante entre ella, y la Medicina [364] notables disparidades. La Arte Militar siempre que hay guerra es necesaria; pues el enemigo ciertamente triunfa si no se sale a la defensa. No puede decirse otro tanto de la Medicina, aún cuando hay enfermedad; pues muchas veces, sin que el Médico acuda, resiste la naturaleza. El General siempre sabe a qué enemigo ha de combatir; el Médico muchas veces ignora la enfermadad que debe expugnar. El General, viéndose inferior en fuerzas, puede excusar la batalla: el Médico no puede evitar la lid con la enfermedad, aunque vea débil la naturaleza. El General, si no es el caso raro de ser traidor, nunca se pone de parte del Ejército contrario. El Médico infinitas veces, por su ignorancia, ayuda contra el enfermo a la dolencia. Así no se puede negar que procede con mucha mayor obscuridad el Médico en su Arte, que el Caudillo en la suya.

19. Dice V. md. que con un yerro ocasiona más muertes un General en un día, que un Médico en cien años. Es así; pero hagamos el cotejo, tomando en lugar de dos individuos, todos los que profesan una, y otra facultad. ¿Quienes ocasionarán más muertes en un Reino dentro del espacio de cien años, los Generales con sus yerros, o los Médicos con los suyos? O substituyendo a los individuos las facultades, ¿qué yerros son los que hacen más estragos, los de la Medicina, o los del Arte Militar? Yo creo que V. md. resuelve la duda en el segundo tomo de la Medicina Escéptica, fol. 248. cuando dice: Aquel texto de Galeno, en el método (no solo en las continentes, sino en otras fiebres, causadas por pútrido humor, es saludabilísimo sangrar) tiene muertos más hombres que la Artillería. Si solamente una máxima errada en la Medicina hace más daño que todos los cañones de bronce, ¿qué estrago no harán tantas máximas erradas como es preciso que haya en tantas opiniones controvertidas, pues siempre que hay contradictorias, es preciso que sea falsa la una?

20. La Matemática me parece que no puede, en cuanto a la certidumbre, entrar al cotejo con ninguna de las ciencias naturales; porque es la facultad que con buen derecho [365] tiene estancadas las demostraciones. No todo lo puede demostrar; ya porque como está en nuestros entendimientos, es ciencia finita; ya porque en la aplicación salen muchas veces los hombres con el uso fuera de la esfera de su objeto.

21. En cuanto a la política, si se habla de aquella que pasa por tal en el mundo, la juzgo más incierta que la Medicina; y así lo he explicado en el cuarto Discurso de mi primer tomo. Para mí, respecto de los que gobiernan Estados, no hay otra política segura que la que consiste en el complejo de las dos virtudes justicia, y prudencia.

§. VII

22. A los reparos que V. md. pone sobre las advertencias que hago para la elección de Médico, responderé con ingenuidad, y sin cavilación. A la primera de que el Médico sea buen Cristiano, opone V. md. que es difícil hacerle los informes, y aún más difícil averiguarle las hipocresías. Señor D. Martín, los Médicos viven muy en los ojos del Pueblo. Apenas con otra clase de hombres hay tan frecuente trato. Una hipocresía tan doble, que en la frecuencia del comercio no deje traslucirse la alma, es rarísima. Ni los Médicos son la gente que más estudia en esconder vicios, u ostentar virtudes: luego si aún los que no son muy perspicaces, comúnmente hacen un juicio prudencial, bastantemente seguro de la cristiandad de aquellos con quienes tratan, podrá el Pueblo comúnmente no engañarse en el concepto que hace del Médico sobre su virtud, o malicia.

23. A la segunda de que sea juicioso, y de temperamento no muy ígneo, dice V. md. que el vulgo suele tener por juicio lo que es simpleza, y estolidez, y en todo hay riesgo; porque cuando el Médico debe ser pegaso, no se le ha de buscar tortuga. Confieso que este reparo está bien hecho. Es cierto que el vulgo equivoca comúnmente al tardo con el juicioso, y al pronto con el intrépido. También es cierto que ninguna Arte pide tanta agilidad intelectual como la [366] Medicina, no sólo en las enfermedades muy ejecutivas, pero aún en las comunes; porque necesita correr el Médico los ojos por tanta variedad de indicantes, y contraindicantes; y no sólo mirarlos, sino pesarlos. Es cosa muy distinta tener ágil el discurso de tener azorada la mano. No es lo mismo viveza que precipitación. No se opone la prontitud del ingenio con la solidez del juicio. Las águilas cuando quieren, vuelan, y cuando quieren, paran. Y por el contrario, puede ser el Médico tardo en entender, y atropellado en obrar: y aún creo que esto es lo que comúnmente sucede: como también que el que es más veloz en las reflexiones, es más perezoso en las recetas. Aquel atiende a un precepto solo, y por eso obra; este a muchos, que están encontrados, y por eso se detiene. Confieso, pues, que el vulgo no es capaz de hacer juicio del juicio, ni los discretos le pondrán en razón sobre este artículo; pues él siempre se estará en sus trece de tener por hombre muy juicioso a aquel que por su lengua torpe, por su paso lento, y por su entendimiento tardo está ras con ras de ser tronco.

24. La objeción que V. md. hace a la tercera advertencia, es un gracejo galante de aquellos que usan oportunamente los discretos para quitar el fastidio a las seriedades; y así no me detengo en ella.

25. A la cuarta de que el Médico no sea adicto a sistema alguno filosófico, opone V. md. que el Pueblo no entiende de sistemas, ni de filosofías. Todo el Pueblo, es verdad; pero raro es el Pueblo de algún tamaño, donde no haya muchos que entiendan lo bastante para hacer este juicio; y fácilmente desciende de estos a los demás en crédito, o descrédito del Médico.

26. A la quinta advertencia de que el Médico no sea amontonador de remedios, V. md. la califica, apuntando enérgicamente el destrozo que hace en los hombres la multitud de medicamentos. Díceme V. md, que procure yo desterrar este pernicioso error del vulgo de los Médicos. Esa es empresa más proporcionada a las fuerzas de V. md. [367] y si V. md. no puede, mal podré yo. Con más razón me pudiera V. md. decir, en caso de ponerme a esa empresa, lo que Héctor a Eneas:

... Si pergama dextra
Defendi possent, etiam hac defensa fuissent

27. A la sexta de que el Médico observe, y se informe exactamente de las señales de la enfermedad, que son muchas, y se toman de muy varias fuentes, dice V. md. que el que haya de ser fiscal de esto, debe primero saberlas todas. No es menester tanto. Yo sin saber qué señales se deben observar, con saber que son muchas, conoceré que no las observa todas exactamente el Médico, que se contenta con examinar ligeramente no más que la orina, y el pulso: así como sin saber dónde está la mina, con saber que está profunda, sabré que no llegará a ella el que se contenta con dar dos azadonadas.

§. VIII

28. He reservado para ahora (porque me he de detener más en él) el cargo que V. md. me hace de que me muestro rígido Escéptico. Puede ser que en mi escrito, por no haberme explicado bien, lo parezca, pero es cierto que no lo soy. Escéptico rígido es aquel que nada tiene por cierto, y en lo opinable queda siempre con perfecta suspensión, por no admitir desigualdad de probabilidades entre las opiniones opuestas. No es ese mi carácter: pues algo juzgo cierto en la Medicina, y admito desigualdad en lo que es puramente probable. Es verdad que inclino mucho al Escepticismo, y no hallo modo de remediarlo: porque los mismos Médicos que me habían de curar esta enfermedad (si lo es), me la aumentan. Véolos casi generalmente discordes en toda la práctica del Arte. Pues si ellos no han averiguado la verdad, ¿por qué no he de quedar yo en la duda? No son muchos los Autores Médicos que he visto; pero esos bastaron para asegurarme de que rara aserción hay en la Medicina, que esté fuera de controversia. Si leyera más, dudaría más: que es puntualmente lo que Ramazzini, citado arriba, dice de sí mismo, que [368] cuanto más leía los más excelentes Autores antiguos, y modernos, tanto más incierto, y dudoso quedaba de lo que debía obrar: Quoties cum veterum, tum recentiorum Medicinae Procerum praestantiora monumenta, & quae creduntur cedro magis digna volumina, evolvere mihi volupe est, idem prorsus mihi evenire sentio, ac Terentiano Seni, qui cum in filii sui causa plures advocatos accersisset, eosque inter se pugnantes depredisset: incertior (inquit) multo sum, quam dudum.

29. A vista de lo que dice Ramazzini, y a vista de la innegable oposición de los Autores, no creo deban irritarse los Médicos por haber dicho yo que saben poco de curar los enfermos. Ya se ve que sabrán más que los Teólogos, porque lo que se sabe, ellos lo saben. Pero que es poco lo que se sabe, lo pruebo, a mi parecer, con evidencia, de este modo, poniendo por mayor en el silogismo una proposición de V. md. Aquello que se disputa se ignora; sed sic est que en la Medicina casi todo se disputa: luego casi todo se ignora. La menor del silogismo es innegable, pues apenas hay precepto práctico, que no tenga sus contradicciones, como hice ver en el Discurso Médico, y como se podría probar más largamente: y aún los mismos que concuerdan en el precepto, se hallan después discordes en la aplicación. La mayor es de V. md. en su Carta, fol. 23. a aquellas palabras: Confieso la ignorancia de las causas morbíficas. (¿Pues quién negará que se ignora lo que se disputa?) Tengo por concluyente la razón para la ignorancia de las causas; pero del mismo modo prueba la ignorancia de los remedios: pues no menos se disputan (con cortísima excepción) los remedios que las causas.

30. Juan Doleo, en su Enciclopedia Médica, casi en todas las enfermedades, después de referir las varias sentencias que hay en orden a las causas, trae las que hay en orden a los remedios. El mismo Doleo, hablando de las fiebres, dice que los Médicos del mismo modo ignoran los remedios, que las causas: Febris morbus, vel a limine, sive sui initio, cognitus, at nequidquam a medentibus cognitus [369] hactenus in causis, modo fiendi, sedibus, ut nec in remediis. (De Febribus, cap. 1.). ¿Por qué he de creer yo que cualquiera Médico ordinario sabe lo que un hombre de tanto estudio, y experiencia como Juan Doléo dice que todos los Médicos ignoran?

31. Y sin apartarnos de la fiebre (por ser esta la mayor provincia del gran reino de la Medicina), ¿cuánto encuentro de opiniones se observa en orden a su curación? Unos (y esto es lo más común) culpan los ácidos, y quieren que se acuda con alcalis. Otros (como Ballivio lib. 1. Prax. Medic. fol. mihi 50.) acusan los alcalis, y buscan el socorro en los ácidos. O estos, o aquellos dañan, sin que yo pueda saber quienes aciertan. Unos dicen que en la fiebre la sangre circula a más velocidad: otros que camina con más lentitud. Aquellos quieren que se le tire la brida: estos que se le arrime la espuela. Si yerran aquellos, estancan lo que se había de mover: si yerran estos, precipitan lo que se debía refrenar. ¿Cómo he de confiar ni en aquellos, ni en estos mientras no se aclara la duda?

32. No para aquí la controversia en materia de fiebres. Toda la práctica está llena de dudas. El Ramazzini, en el lugar citado arriba, se pone a describir la variedad de opiniones que hay en una junta de Médicos, llamados en el principio de una fiebre, hablando cada uno según la práctica que sigue; y dice así: "Unos muy activos claman hasta ponerse roncos, que se ha de procurar extinguir desde luego el fuego de la fiebre, porque no se abrase toda la casa: que se acometa al enemigo dentro de sus líneas, antes que tome más fuerzas. Otros con el mismo ahínco replican que se debe ir poco a poco: que se ha de procurar la cocción de los humores, porque no se invierta la crisis: que se espere a que la fiebre por sí misma se quebrante, porque según la sentencia de Livio, más aprovechan los Médicos a veces estando ociosos, que obrando. Del mismo modo en el uso de los remedios: unos dicen que sólo con las sangrías se ha de degollar la fiebre: otros, parcos en la efusión de sangre, oponen [370] que inutilmente se derrama en la fiebre el tesoro de la vida; porque según Galeno, la obstrucción, y podredumbre, que son principalísima causa de la fiebre, no se quitan con la sangría. Unos todo el cuidado ponen en purgar a los enfermos; de modo, que tendrían por delito no dar al principio su leniente, y al fin; o quitada la calentura, una purga radical para quitar el miedo de recaida. Otros por el contrario, atendiendo al genio de la naturaleza, que rara vez, o casi nunca termina las fiebres con evacuación por el vientre, aborrecen mortalmente la purga en el fin de la fiebre. Algunos quieren que el enfermo beba agua copiosamente, siguiendo una máxima de Hipócrates, que da a entender que el fuego de la calentura se apaga con agua. Otros quieren que se huya del agua fría, de miedo que se sofoque el calor nativo, y la causa morbífica empeore. Algunos todo su conato ponen en recetar cordiales, para domar, o precaver la malignidad. Otros (acaso más cuerdos) se detienen en el uso de los cordiales, por no añadir fuego al horno". Hasta aquí el Ramazzini.

33. Sobre esta relación se debe hacer una reflexión, y es, que cada Médico, siguiendo su doctrina, dice de la práctica contraria, no sólo que es inútil, sino dañosa. Luego cualquiera Médico que llame yo, hay otros que dicen que la práctica que sigue este, no sólo no me aprovecha, sino que me daña. No quiero sacar más consecuencias, porque están bien a la vista.

34. Hablando en general de los remedios (exceptuando el mercurio para el mal venéreo), ninguno hay que sea de la aceptación de todos los Médicos. Aún el mercurio le contradijo Fernelio. La purga, que es el remedio más común, tiene muchos, y grandes enemigos aún fuera de la escuela de Helmoncio, en consideración de su inutilidad, y malignidad. No alcanza a la causa morbífica: sólo se entiende con el producto morboso, y es indecible el daño que ocasiona en el cuerpo. Señaladamente puede verse sobre este punto la doctísima Diatriba de Christiano Kursnero [371] de Purgantium proscriptione, que apenas deja duda en la materia: y el Panegírico que de aquella Disertación hace Juan Doleo en una Carta que se halla en el segundo tomo de Juan Jacobo Waldismith, fol. mihi 375. de quien pudiera yo trasladar algunas palabras, como son aquellas, fol. 378: Quamvis tota Medicastrorum cohors furore agitata torvo vultu veritatem sit inspectura. Y aquellas más abajo: Sane crumenam habebunt nimis purgatam, & aliorum excrementis minus impletam, quod minime illis placebit. Estas expresiones del furor, y del motivo de furor de algunos Doctores, cuando se manifiestan al Mundo los riesgos de sus remedios, ya se yo que no vienen a los Médicos de la sabiduría, e ingenuidad del Doctor Martínez. Pero esta Carta, no sólo la ha de leer el Doctor Martínez, sino algunos, que aunque tengan nombre de Médicos, no merecen ser discípulos suyos.

35. De las opiniones que hay sobre la sangría ya se dijo bastante en el Discurso Médico. Todo lo demás va del mismo modo. A las fuentes en brazos, o piernas, remedio tan común, las condenan muchos por inútiles, y nocivas. Jacobo Primerosio (lib. 4. de Erroribus in ordine ad Medicinam, cap. 56), tratando de las fuentes, empieza con esta vehemente invectiva: Ignotum veteribus: & nostro tempore, in Anglia praesertim, nimium familiare, & nostro tempore, in Anglia praesertim, nimium familiare, & abominandum prosusque inutile remedium, sunt ulcera illa, quae vulgo fontanellae vocantur. No se contenta con llamarlas remedio inútil, sino también abominable.

36. No con menos energía Teodoro Craanén (tom. 1. cap. 43. de Fonticulis, & Setonibus) declama contra fuentes, sedales, ventosas, y vesicatorios. Empieza así el capítulo: Nunc autem progredimur ad Fontuculos, Setones, Cucurbitulas, & Vesicatoria. Y poco después: Dicimus haec medicamentorum genera, esse potius tormentorum genera, planè inutilia, & contra omnem rationem, sine judicio efficta, & lucri causa tantum ab otiosis, & irrationabilibus Medicis, & Chirurgis excogitata.

37. A los cordiales tienen infinitos por remedio puramente [372] nominal: algunos (como vimos en Ramazzini) por nocivo. Primerosio (lib. 4. cap. 35) dice que el uso de la Triaca, Mitridático, y otros cardíacos, muchas veces aumenta la causa de la enfermedad, sin remediar la debilidad del corazón.

38. En tanta oposición ¿quién nos ha de sacar de la duda? ¿Acaso la experiencia? Todos la alegan a su favor. Los que siguen la doctrina de los días críticos se fundan en la experiencia; y en la experiencia se fundan también los que niegan que haya tal orden de días críticos. Waldismith (tom. 1. fol. 244) se funda en la experiencia para decir que la sangría rectamente administrada tiene fuerza de específico en las fiebres intermitentes. Y Doleo (de Febribus, cap. 8. ) dice que la experiencia cotidiana muestra que las fiebres intermitentes no remiten, antes se aumentan con la sangría.

39. Otro recurso nos dio poco ha un Médico de la Corte, que en no hacer caso de lo que dicen los demás Autores, sino sólo de Hipócrates. Esto sí que es cortar el nudo Gordiano; pero sea así norabuena, quémense todos los demás libros, y queden sólo las Obras de Hipócrates. ¿Nos libramos por eso de las dudas? No por cierto. Entero se queda el Escepticismo, como se estaba. Todos dicen que siguen a Hipócrates, y con todo eso no se ajustan. A Hipócrates seguía poco ha el Doctor Díaz; a Hippócrates seguía el Doctor Boix; con todo sabemos, y consta de los Escritos de uno, y otro, que iban tan opuestos en la práctica, como un Polo está con el otro.

40. ¿Pues cómo hemos de evitar el Escepticismo Médico? Para evitar el Escepticismo rígido ya hay remedio; para evitar el Escepticismo moderado no le veo. Es cierto que no todas las opiniones que hay en la Medicina son de igual probabilidad; y el conocimiento de esta verdad basta para no ser Escéptico rígido.

41. El Escepticismo moderado, no sólo es inevitable, pero útil en el Médico. Yo he notado siempre, que los Médicos que más han estudiado son los que hablan con más [373] incertidumbre de su propia Arte. Los doctísimos Jesuitas Autores de las Memorias de Trevoux (año de 1709 Mayo, art. 70.) asientan, que la sincera confesión de la incertidumbre de la Medicina es el carácter propio del Médico sabio, y la señal que le distingue del ignorante. Así dicen, con ocasión de hablar de la Carta de un Medico docto: El Autor de este pequeño escrito es uno de los más juiciosos que produjo este siglo. Empieza confesando, que la Medicina está sujeta a molestas incertidumbres. Esta confesión sincera es el carácter que distingue al Médico sabio del charlatán temerario. Este quiere engañar; el otro quería curar. Este promete más de lo que puede; aquel no ofrece sino hasta donde alcanza. Este tiene por motivo su interés propio; aquel es movido del bien público.

42. Un engaño perniciosísimo, y dos engaños en uno, padece el Vulgo en el concepto que hace de los Médicos. Tiene por Médico docto al arrogante, y operativo; y al contrario, por ignorante al que duda mucho, y obra poco. Todo es al revés. El que más ha estudiado es el que más duda; y el que más duda es el que menos obra. Divina es aquella sentencia de Ballivio, de que en la Medicina, más que en todas las demás Artes, importa estudiar mucho, y obrar poco: Si in aliqua Arte, certe in Medicina plura scire oportet, & pauca agere.

43. Otra vez lo digo. De aquel Médico que desconfíe de su Arte, es de quien debe confiar el enfermo. La confesión sincera de la incertidumbre de la Medicina, es el carácter que distingue al Médico sabio del charlatán temerario. ¡Oh error fatal! Que si el Medico no receta siempre que visita, juzga el enfermo que es porque apenas sabe menos que el otro que apenas suelta la pluma de la mano. Tan al contrario es, que este receta mucho porque estudió poco, y aquel receta poco porque ha estudiado mucho: Plura scire oportet, & pauca agere.

44. Y es de advertir aquí, que entre los que estudian poco cuento aquellos que adictos a Escuela determinada, sólo estudian los Autores que siguen aquel ripio. Estudian [374] sólo a Galeno, y a los que ciegamente siguieron a Galeno: aunque días, y noches estén maceando en esa lectura, es estudiar poco; porque es estudiar sólo el dictamen de un hombre. Es menester ver, y examinar sin pasión lo que dicen, y en qué razones se fundan las impugnan a Galeno, haciendo siempre entre todos los Autores más estimación de aquellos que con sinceridad, y atención escucharon la naturaleza en el órgano de la experiencia, que de los otros que no hicieron más que sacar consecuencias de principios dudosos, aunque para ellos fuesen ciertos. Estos hombres, que como dice Cicerón, con invencible adhesión se pegan a la Escuela en que empezaron su estudio: Ad quamcumque sunt disciplinam quasi tempestate delati, ad eam tanquam ad saxum adhaerescunt (in Lucul.), son incapaces de hacer recto juicio en las cosas de Medicina.

§. IX

45. Permítame V. md. decir algo ahora sobre los Textos de la Escritura, conque muchos Profesores pretenden probar la seguridad de su Arte. A la verdad, a V. md. que usa tan sobriamente de ellos, nada tengo que decirle; pero, como he dicho, esta Carta no solo V. md. ha de leerla.

46. Muchos Médicos quieren probar con aquellos Textos tanto más de lo que persuaden, como si con ellos canonizara el Espíritu Santo toda su Práctica, por errada que sea. Yo nunca he negado la utilidad de la Medicina, ni predicado que el enfermo no llame al Médico. ¿Pues qué pretenden contra mí con esos Textos, que a lo sumo sólo podrían probar contra quien absolutamente, y sin restricción alguna condenase como inútil toda la Medicina? ¿Dice acaso la Escritura, que la Medicina que saben los hombres sea cierta? No hay tal cosa: luego no contradice a la Escritura quien sólo establece su incertidumbre.

47. Pero demos el caso, que yo dijese que toda cuanta Medicina se practica en el Mundo, es no sólo incierta, [375] sino falsa; y no sólo inútil, sino nociva. Digo que no prueban lo contrario esos Textos. Y lo primero debemos echar a un lado aquellos a quienes se tuerce la inteligencia, entendiendo de la Medicina corporal lo que el Espíritu Santo dicta de la espiritual. Tal es aquella sentencia de Cristo Señor nuestro: Non egent, qui sani sunt Medico; sed qui male habent. Lo que evidentemente se colige del contexto, pues prosigue el Salvador: Non veni vocare justos, sed peccatores ad paenitentiam. Tal es también lo de Isaías: Non sum Medicus...Nolite constituere me Principem Populi. Que aquí se habla del Médico Espiritual, o Político de una República decadente, lo asientan todos los Expositores, y consta evidentemente de lo que antecede, y se subsigue; pues no se habla de otra cosa que de la enfermedad espiritual, y política del Reino de Israel.

48. Así se engañó mucho el Divino Valles (de Sacra Philosoph. cap. 74. ) entendiendo aquel Texto del Médico corporal, y pretendiendo probar con él la nobleza de su Arte, como que en aquella antiguedad se buscaba en los Príncipes el requisito de Médicos, o buscaban a los Médicos para Príncipes: Ut ego existimo (dice Valles) in magna illa antiquitate Medici requirebantur, ut reliquis hominibus imperarent, ac Reges fierent. Ni en la Historia Sagrada, ni en las Profanas se encuentra vestigio de tal costumbre. Fuera de que este honor de la Medicina, si fuera verdadero, recaía sobre los Cirujanos; porque donde la Vulgata dice Medicus, se lee en el Hebreo la voz Chobes, que significa lo que la voz Latina Chirurgus.

49. A esto no obsta que algunos pocos en diferentes tiempos, de Médicos ascendiesen a Príncipes; pues esto es común a otros empleos menos nobles, de quienes la fortuna elevó algunos a la Corona. Fuera de que las Historias que sobre esto se alegan, son por la mayor parte inciertas. Avicena, que es quien más se proclama, no fue Rey. Lo más a que llegó fue a ser Visir del Sultán de los Arabes Cabous, cuyo Médico había sido antes, como consta de su Vida, escrita en Arábigo por Giozgiani, y traducida [376] en Latín por Nicolao Masa. Giges, Rey de los Medos, no le encuentro en las Historias; pero sí Giges, Rey de Lidia. De este consta, que había sido Capitán de la Guardia de su antecesor Cadaulo, a quien mató; pero no Medico. Cuando se dice que Sapor, Rey de los Medos, fue Médico, no sé de qué Sapor se habla, porque hubo tres Reyes de los Medos de este nombre; aunque no se decían Reyes de los Medos, sino de los Persas, por estar la Media entonces sujeta a la Persia. De todos tres he leído algo; pero de ninguno que fuese Médico. El Trismegisto no fue Rey, sino consejero de Osiris, Rey de Egipto. El gran Mitrídates no fue Médico, en cuanto esta voz significa Oficio; aunque lo fuen en cuanto significa Ciencia; porque gustó de aplicar su rarísimo talento a las Ciencias naturales, como su prodigiosa memoria a aprender veinte y dos lenguas. En fin, que hubiese uno, u otro Rey que supiese Medicina, está muy lejos de verificar que los Médicos fuesen Reyes; así como el que hubiese algunos Príncipes que supiesen Música, no probará que los Músicos fueron Príncipes; y cierto que hubo muchos más Reyes Músicos que Médicos.

50. Separados los Textos que hablan de la Medicina espiritual, sólo queda a favor de la corporal el célebre del Eclesiástico al cap. 38. donde se dice: Que se honre al Médico, porque es necesario que se llame en la enfermedad: que Dios crió de la tierra los medicamentos, &c.

51. Para sacar de este sagrado alcázar a los Médicos, les preguntaré, si saben que la Medicina de los antiguos Griegos, dice Ballivio que discrepaba mucho de la que hoy se usa: Regula erat apud Graecos Medicinae Patres praescripto moderamine in sex rebus non naturalibus Medicinam, ut plurimum exercere. Novissime abjecta veterum norma, syrupis, aliisque saccharatis indultum iri video(de Morbor.Success.cap.14). Y prosigue aprobando el modo de curar de los Antiguos, y rebrobando el de los Modernos. Si la Medicina de la Grecia, de donde se dervó, aunque con varias alteraciones, la nuestra, era distinta de la que hoy se usa; con más razón sería distinta la de Palestina, de cuyo método no nos ha quedado monumento alguno. Siendo distinta, podía aquella ser buena, y útil: la de hoy mala, y nociva; y supuesto esto, podía el Sirácides, Autor del Eclesiástico, aprobar la de entonces, sin calificar la de ahora: Luego nada prueba aquel capítulo contra quien dijese, que es inútil, y nociva la Medicina que hoy se usa.

52. Esfuerzo esto. La doctrina de la verdadera, y útil Medicina, no es de fe que se haya de conservar siempre en el Mundo; porque este es privilegio singular de la Doctrina Sagrada, que Dios reveló a su Iglesia: Luego pudo en un tiempo haber arte Médico, que constase de documentos saludables, y degenerar después en un sistema lleno de errores. En este caso se conservaría en la Iglesia la misma doctrina del Eclesiástico, sin ser por eso aprobación del errado método. ¿Cómo, pues, se podrá probar que sea aprobación del método que hoy se usa, o que este no sea errado?

53. Más. Los Galénicos reprueban la Medicina Helmonciana por inútil. Los Helmoncianos la Galénica por nociva. ¿A cuál de las dos aprueba el Espíritu Santo? A entrambas no puede ser; porque de ese modo irían contra la Escritura así Galénicos, como Helmoncianos, reprobando la Escuela opuesta que el Espíritu Santo califica. Decir que a esta más que a aquella, será voluntario: luego es preciso confesar, que el Espíritu Santo aprobó el uso de la Medicina recta como tal, sin determinar cuál es la recta, o la torcida, y caso de determinar alguna, determinó la que se usaba en aquel tiempo: luego podré yo decir que la Medicina de este siglo va totalmente errada, sin contravenir a la Escritura.

54. Más. Desde el siglo XI hasta el XV reinó la doctrina [378] de los Arabes en la Medicina; de modo que no había otra. Hoy dicen mil males de ella infinitos Autores, tanto Galénicos, como no Galénicos. Ballivio da a aquella doctrina el nombre de Pestilencia. Si alguno en aquel tiempo en que reinó declamase en esta forma contra ella, le argüirían los Médicos de entonces con el Texto del Eclesiástico, con la misma justicia que ahora se argüirá a quien declame contra la Medicina de este siglo; porque ¿qué más razón hay para decir que el Espíritu Santo aprobó la que ahora se practica, que la que se practicaba entonces? Luego si el argumento entonces no era bueno, tampoco ahora lo es.

55. De lo dicho evidentemente se infiere, que no hay necesidad alguna de entender el consejo del Eclesiástico, como que comprenda a la Medicina, y Médicos de nuestro tiempo, sino debajo de la condición de practicarse en este tiempo la Medicina de aquel siglo. Es de creer, que la Medicina practicada en la Palestina, cuando escribía el Eclesiástico, fuese la mejor del Mundo: siendo verisímil que se conservasen en aquella tierra algunos restos de la Ciencia infusa de Salomón: así como en sentir de muchos Expositores duraron en el Mundo hasta el Diluvio muchas reliquias de la Ciencia infusa de Adán, a las cuales se debió en parte la grande prolongación de la vida de los hombres Antediluvianos.

56. Pero prescindiendo de esto, tengo para mí como cierto, que la Medicina de la antigüedad fue mucho mejor que la de ahora. Ya porque no se fundaba en raciocinios ideales, sino en experiencias sensibles; ya porque usaba de medicamentos más simples, cuya preferencia, sobre los compuestos, reconocen hoy algunos Filósofos, especialmente el mayor de todos los Físicos Roberto Boyle, en tratado particular que hizo sobre este asunto; ya porque procedía con más seguridad, y menos riesgo, procurando al cuerpo humano la conservación de sus fuerzas, que hoy debilita la nimia repetición de los que llaman remedios mayores. [379]

57. Es muy de notar que la única vez que trata de intento la Escritura de Médicos, y Medicina, no hace memoria de otros remedios más que de los ungüentos: Unguentarius faciet pigmenta suavitatis, & unctiones conficiet sanitatis. Lo que da a entender, que los ungüentos hacían la parte principal de la Medicina de aquel tiempo. Son estos unos medicamentos que carecen de peligro. Es verdad que se creen comúnmente de poca eficacia. Pero lo que yo veo es, que las dos únicas enfermedades que cura hoy con evidencia la Medicina, el mal venéreo, y la sarna, se curan con ungüentos. El proclamar tanto la inutilidad de los remedios externos, nace, ya de que no se conocen los que son oportunos, ya de que es impenetrable el modo conque obran varios agentes. Tres dedos (dicen) de carne interpuesta, ¿cómo han de dejar transitar al interior la virtud del más activo medicamento? Pero yo les preguntaré: ¿Cómo un baño de agua tibia sosiega en un momento (como he visto muchas veces) los dolores internos de una furiosa cólica? Dejémonos de filosofías, y atendamos a las experiencias. Si es verdad lo que refiere Helmoncio de aquella prodigiosa piedra del Químico Irlandés Butler, todo lo demás es menos; pues con sola una unción externa, hecha con el aceite en que se infundía aquella piedra, curaba males incurables para los demás Médicos.

§. X

58. A algunos se hará difícil que la Medicina antigua fuese mejor que la moderna; porque están en el vulgar dictamen de que todas las Artes se fueron perfeccionando, y hoy gozan el aumento que nunca antes tuvieron: aprehensión común, pero errada. Muchos excelentes conocimientos, de que gozó la antigüedad, se perdieron con el tiempo. El gran secreto de las Lámparas Sepulcrales inextinguibles, hoy del todo se ignora. El modo de adobar los cadáveres, de suerte que para siempre quedaban preservados de corrupción, tan común entre los Egipcios, ni hoy le saben los Egipcios, ni otra [380] Nación alguna Varias Artes, que florecieron entre los Antiguos, padecieron después notable decadencia. La Pintura, y Escultura, que llegaron a la mayor perfección en los Apeles, Zeuxis, Protógenes, Parrhasios, Fidias, y Praxiteles, se deterioraron tanto en los tiempos siguientes, que apenas había quien supiese tomar el pincel, o el buril en la mano. Algunas Artes las malearon los hombres, pensando que las perfeccionaban (como sucedió a la Retórica, y a la Poesía), porque adelgazando inconsideradamente, gastaban lo útil, y lo sólido, y no quitaban defectos, sino perfecciones, como el que afila demasiado, echa a perder lo mismo que afila.

Si nimis attenuas ferrum, non ensis acutus,
Nullus erit.

59. No estoy lejos de pensar que sucedió otro tanto a la Medicina en manos de Avicenistas, y Galénicos. Casi todo era raciocinios delgados, en que se hilaba el discurso, dejando intacta la naturaleza. En noche obscura andaban buscando las causas, y cada uno abrazaba como causa la sombra que primero le ocurría; o se le presentaba en las tinieblas de la razón, en lugar de la causa una vana imagen de la causa: como a Eneas en la noche fatal, en vez de la esposa que buscaba, el aéreo simulacro de su esposa.

Infelix simulacrum, atque ipsius umbra Creusae.

60. Hoy ya trabajan algunos con mejor luz. Y no vivo, Señor Don Martín, tan desesperanzado de los progresos de la Medicina, que si se aplican muchos del mismo modo, no me prometa considderable aumentos en ella,aún en más breve plazo que el que V. md. señala. Desea V. md. justísimamente pare este efecto la protección de los Príncipes; pero para ser esta fructuosa, creo se debe aplicar, no indiferentemente a todos los Profesores quiero decir, no a aquellos, que haciendo asiento en la doctrina estudiada en la Escuela, no adelantan, ni juzgan que se puede adelantar en ella algo; sí solo a aquellos que con sus observaciones propias, o descubren verdades nuevas, o [381] manifiestan errores antiguos. Los dos grandes Reinos de Francia, e Inglaterra tienen para este efecto dos insignes Escuelas, la Academia Real de las Ciencias de París, y la Sociedad Regia de Londres. En España poco ha se erigió la Regia Sociedad de Sevilla; de la cual, si nuestros Monarcas fomentan su útil aplicación, se pueden esperar no menores frutos que los que producen aquellas grandes Academias Extranjeras.

61. Ni pretendo yo que entre tanto que se adelante más la Medicina, se dejen todas las enfermedades al beneficio de la naturaleza. Con lo que hoy se halla en los libros pueden ser útiles los Médicos. Pero si se me pregunta ¿cuáles son ahora los útiles? Responderé, que aquellos que traen el sobrescrito de Ballivio: Plura scire oportet, & pauca agere. Es verdad que paga el Mundo a muy alto precio los aciertos de estos con el mayor número de los yerros de los otros. Dice V. md. que en todas las Facultades hay Idiotas, y dice la verdad; pero no sé si tantos en las demás como en la de Medicina. Pide esta Ciencia por su mayor arduidad, mayor ingenio; y no tienen sus Profesores tanto tiempo para el estudio. Pero sea el número de los Idiotas igual en todas, no en todas es igualmente pernicioso. De que el Metafísico no prescinda bien la formalidad, o el Teólogo Escolástico no responda bien al argumento, ningún daño se sigue al Mundo. En la Medicina de las almas la buana fe del penitente suple el defecto de Ciencia del Confesor. En la de los cuerpos el enfermo por su buena fe no dejará de morir. El veneno hará su efecto por más que él lo imagine triaca:

Littera jam lasso pollice sistat opus.

62. He sido, Señor Doní, más largo en la Carta de lo que juzgué al principio. Como la tomé por vía de conversación con V. md. y esta me es tan dulce, me engolosiné demasiado. Como sea este escrito de algún provecho al público, habrá sido bien empleado el tiempo. Eso es el motivo que me he propuesto en mis Escritos, y ese es el que los hace dignos de mi profesión. La materia [382] por sí misma es digna; el recto fin la hace dignísima. Las razones de Hombre, de Cristiano, y de Religioso, todas conspiran a influir el amor del Público, y el deseo de ser útil al prójimo: Deus est homini, juvare hominem, decía Plinio el Mayor. No dudo que hallará V. md. en esta Carta algunas erratas que corregir, o ya porque no alcanzase más mi ingenio, o ya porque llevé demasiadamente veloz la pluma. Pero si el yerro no está en lo substancial de las máximas, no es justo que la corrección de él interrumpa a V. md. sus preciosas tareas. A tan noble entendimiento no le crió Dios para pequeños asuntos. Y la Medicina es acreedora a que V. md. la ilustre más cada día con sus excelentes Libros. Prosiga V. md. en purgar su Arte de varios errores. Los demás Médicos sonlo únicamente de los hombres. V. md. es Médico de los hombres, y es también Médico de la misma Medicina.

Quae, nisi tu velis, non est habitura salutem.

Nuestro Señor guarde a V. md. muchos años para esplendor de su Facultad. Oviedo, y Noviembre 6 de 1726.

B. L. M. de V. md.
Su más el servidor, y Amigo,
Fr. Benito Feijoo.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo segundo (1728). Texto tomado de la edición de Madrid 1779 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 353-382.}


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