Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo segundo

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo segundo • Discurso XIII

Del Antiperístasis

§. I

1. Creyóse hasta ahora, y aún se cree, que los sitios colocados a alguna distancia debajo de la superficie de la tierra, como los pozos profundos, y cavernas subterráneas, son en el Estío absolutamente fríos, y en el invierno absolutamente calientes. Dando por constante este hecho a persuasión del sentido, entraron los Filósofos a examinar la causa. Conviniéronse inmediatamente en que las cualidades contrarias crecen en intensión, cuando está cada una cerca de su enemiga; y así el cuerpo frío se enfría más, si está sitiado de algún cuerpo caliente, como el cuerpo caliente se calienta más, si está sitiado de algún cuerpo frío. Colocaron luego, sin más fundamento que la experiencia dicha, esta resolución filosófica en grado de axioma. Tomaron en uso para ella la voz griega Antiperístasis, que vale lo mismo que circumobsesión, ú obsesión del contrario: a la verdad con buen consejo; porque a la sombra de una voz griega se autoriza mucho la decisión más errada; y adquiere cierta pompa de verdad sublime, todo lo que se adorna con un rasgo de idioma forastero.

2. Pero como quedase en pie la dificultad de explicar cómo, y por qué del encuentro de las cualidades contrarias resulta la mayor intensión de ellas, aquí se dividieron los sabios exploradores de la naturaleza; cuyas opiniones se entenderán mejor usando del ejemplo de la agua del pozo, que suponen más fría en el Estío. Los rigurosos Antiperistáticos dicen que la frialdad de la agua, sitiada [260] de su contrario el calor que reina en el ambiente vecino, esfuerza su propia actividad, como quien al verse combatido de su enemigo, pone para defensa el último conato. Pero esta opinión no puede subsistir: lo uno, porque no pueden las cualidades obrar sobre el grado en que están, pues nadie da lo que no tiene; y así la frialdad como dos no puede producir la frialdad como cuatro. Lo otro, porque se siguiera que la nieve metida dentro de un círculo de fuego, en vez de derretirse, se congelára más.

3. Otros recurren a ciertos efluvios, ó hálitos (algunos los llaman especies intencionales) despedidos de la agua, que al tropezar con el calor del ambiente, retroceden fugitivos a la madre de donde salieron, y le aumentan la frialdad. Este modo de decir padece las mismas dificultades que el antecedente, y sobre ellas las que se siguen. La primera, que a los hálitos, o efluvios leves de los cuerpos húmedos, el calor los eleva; y así no puede ser el calor quien los abate. La segunda, que si son especies intencionales hallarán tan abierto el paso por el aire caliente, como por el frío; pues caminan tan bien, y vienen tan prontas a nuestros sentidos en el Estío, como en la Primavera, sin necesitar, aunque son tan delicadas, de prevenirse de enfriadera de camino para la jornada. La tercera, que sean lo que fueren aquellos entecillos duendes, que van, y vienen, no pueden tener más frialdad cuando vuelven a la agua, que antes de salir de ella, pues no encuentran en el camino quien pueda comunicársela; y así , ni ellos pueden participársela a la agua, sino es que como el miedo grande se dice que hiela, sueñen estos Antiperistáticos, que aquellas espías avanzadas, que envía la agua a reconocer el calor de su enemigo, vuelven a ella heladas del susto.

4. Otros, en fin, son de sentir que las exhalaciones calientes de la tierra, detenidas en el Invierno dentro de sus entrañas, por la oposición del frío externo, que no las deja salir, calientan en aquella estación la agua de los pozos, y evaporándose por la falta de ese estorbo en el [261] Estío, la ausencia de ellas le permite a la agua recobrar su frialdad nativa.

5. Aunque esta sentencia es más verosímil en cuanto a la causa que señala, padece la nulidad de proceder sobre un supuesto falso; conviene a saber, que la agua de los pozos está más fría en Estío, que en el Invierno; y así todo lo que hace es proponer una explicación que no disuena de un efecto que no existe.

§. II

6. Digo, pues, que es falso que en los pozos, y lugares subterráneos haya más frío, a proporción que es más cálido el ambiente externo. La verdad de nuestra conclusión se prueba evidentemente con el Termómetro, testigo mayor de toda excepción en esta materia; pues habiéndole colocado en varios lugares subterráneos, se ha visto mantenerse el licor contenido en él en la misma altura todo el año; y si el sitio fuese más frío durante la estación ardiente, necesariamente se había de comprimir, o condensar algo el licor; y por consiguiente bajar algunas líneas en los meses calientes. En este Monasterio hay un pozo, cuya agua juzgan todos ser mucho más fresca en el Estío, que en el Invierno; pero yo, habiéndola examinado varias veces con el Termómetro, la hallé más fresca en Invierno, que en el Estío.

{(a) Monsieur Mariote tuvo por muchos años colocado un Termómetro en una cueva del Observatorio de París, de ochenta y cuatro pies de profundidad: después le puso en una cueva de la calle de Santiago, de treinta pies de profundidad. En uno y otro lugar observó constantemente, que el licor subía siempre a proporción que en la superficie de la tierra se aumentaba el calor; y bajaba a proporción que en la superficie de la tierra se aumentaba el frío; aunque tanto el ascenso, como el descenso, eran mucho menores que el ascenso, y descenso del licor en los Barómetros colocados en la superficie. Prueba concluyente de que no se aumenta el frío en los sitios subterráneos, cuando se aumenta el calor en los superterráneos; ni el calor en aquellos, cuando el frío en estos; antes al contrario, se aumenta el calor en los sitios subterráneos, cuando se aumenta [262] en los superterráneos, y el frío asimismo se aumenta en aquellos cuando en estos, aunque es mucho menor el aumento de frío, y calor en aquellos. Por estas observaciones se debe corregir lo que decimos en el citado número, donde fiados en otro Autor, no digno de tanta fe, sentamos, que en los sitios subterráneos se mantiene el licor del Termómetro en la misma altura todo el año. Pero se debe hacer excepción de los sitios nimiamente profundos.} [262]

7. Contra esta prueba, que es concluyente (pues jamás miente el Termómetro en el informe de los grados de frío, y calor), reclaman los que no la comprenden con el testimonio del sentido, diciendo que la experiencia muestra lo contrario; porque si alguno baja a alguna cueva subterránea en el mayor frío del Invierno, percibe en ella sensación de calor; y si en el mayor calor del Estío, sensación de frío. Asimismo la agua de pozos o fuentes profundas se siente fría en el Estío, y tibia en el Invierno.

8. Respóndese fácilmente, que para que resulten las sensaciones dichas, no es menester que los lugares profundos estén fríos en el Estío, y calientes en el Invierno; sí solo que en uno y otro tiempo conserven una temperie media, como de hecho la conservan. La razón es clara: porque el que de un ambiente muy cálido (cual es el del Estío) pasa a un ambiente templado, al entrar en él siente frío; y al contrario siente calor el que entra en él, saliendo de un ambiente muy frío, cual es el del Invierno: siendo regla general en todos los sentidos, que en el tránsito de un extremo al medio, no sienten el medio como tal, sino como que declina al extremo opuesto. Y así, si dos hombres que tengan las manos, uno muy frías, y el otro muy calientes, las entran en una agua que esté en la temperie media, aquel siente el agua caliente, y este fría. Del mismo modo, si en un edificio grande hay tres cuartos, uno caliente, otro frío y otro templado, el que del cuarto frío pasa al templado, le siente caliente; y el que del cuarto caliente pasa a él, le siente fresco.

9. Pero donde más palpablemente se demuestra esto, es en la misma agua de los pozos: la cual los que en el [263] Estío están hechos a beber de nieve, sienten caliente, o tibia en aquel mismo grado que la experimentan en las mayores heladas de Enero; y los que en el Estío beben del agua expuesta al común ambiente, sienten el agua de los pozos muy fresca.

10. En los demás sentidos se experimenta lo mismo. El que acostumbra a beber vinos muy dulces, como la Malvasía, siente como agrio, o avinagrado el de Ribadavia, aunque sazonado, y maduro; y el que acabase de tomar algo de zumo de limón, sentirá un vino verde, como si fuese algo dulce. No tiene, pues, gran misterio la sensación de frío que se percibe en los lugares profundos en el Estío, que el que entra en él acaba de salir de un ambiente cálido: ni la sensación de calor en el Invierno pide más causa, que acabar de salir el que la percibe de un ambiente frío.

§. III

11. Pero es de advertir, que lo dicho se entiende hablando por lo general. Sin embargo de lo cual es cierto que hay algunos lugares subterráneos, que son absolutamente fríos, y otros absolutamente calientes; mas esto sin distinción de tiempos, o estaciones. Varias mineras se han hallado, cuyo ambiente, no sólo cerca de su orificio, mas también en la profundidad, es más caliente que el aire externo aún en el mayor fervor del Estío. En los montes Ruthenenses, que pienso están en la Provincia Aquitania, hay algunas cuevas calidísimas, donde se mueve valientemente el sudor al que por algún tiempo se detiene en ellas. Lo mismo se refiere de otras que hay en el Apenino.

{(a) En el Franco Condado, a cinco leguas de Besanzon, al pie de una roca hay una cueva de ochenta pies de profundidad, donde realmente, durante el Estío, se siente gran frío, y mucho menos en el Invierno. La agua que entra en ella está helada en el Estío, y en el Invierno deshelada. Monsieur de Villerez, Profesor de Anatomía y de Botánica en la Universidad de Besanzon, entró en ella el año de 1711, por el mes de Septiembre, cuando la agua contenida en la [264] cueva empezaba a deshelarse. Con todo, halló el pavimento de la cueva, que es igual y llano, cubierto de tres pies de hielo. Examinando las tierras vecinas, descubrió la causa de tan raro fenómeno. Todas, especialmente las que están sobre la bóveda de la cueva, abundan de un sal nitroso, o sal amoniaco natural. Este sal, puesto en movimiento por los calores del Estío, se mezcla más fácilmente con las aguas, que por la tierra, y por las cisuras de la roca penetran a la cueva. De aquí resulta el hielo, y el frío de la cueva; como con la mezcla del mismo agente se hiela la agua contenida en un vaso artificial.} [264]

12. Ni este calor, ni el de las aguas minerales, nace por lo común (como vulgarmente se juzga) de la proximidad de los fuegos subterráneos. Digo por lo común, pues en algunas partes podrá también depender de este principio. Pero en las más, donde salen aguas calientes, no se ha descubierto jamás algún fuego subterráneo, ni es menester ese agente para comunicarles el calor, sabiéndose por muchas experiencias, que la mezcla de algunos minerales, cuyas partículas raen y llevan consigo estas aguas, tropezando con ellos en los conductos subterráneos, excita con la fermentación un calor muy sensible, y a veces violento. A la mezcla que se hace del espíritu de vitriolo, o del espíritu de nitro con el hierro, para sacar la sal de este metal, estando fríos antes uno, y otro material, se sigue prontamente una grande efervescencia. En la mezcla de varios líquidos, donde reine de una parte el alkali, y de otra el ácido, sucede lo mismo. Pero lo más admirable en esta materia es, que haciendo una pasta bastantemente grande de limaduras de hierro, azufre y agua, sin otra cosa, llega a concebir fuego, y se puede hacer con ella artificialmente el volcán, y el terremoto; porque metiéndola debajo de tierra, a poco tiempo rompe la llama, moviendo la tierra sobrepuesta. Monsieur Lemeri hizo esta experiencia, como se refiere en la Historia de la Academia Real de las Ciencias año de 1703.

13. Siendo, pues, constante que en las entrañas de la tierra hay infinita copia de estos minerales, cuya mezcla excita ya menor, ya mayor calor, no ha menester el agua [265] para calentarse mas que mezclar en sí misma las partículas de ellos. Yo me acuerdo de haber leído de un inglés, destinado por su Rey a la averiguación física de las aguas minerales, que habiendo abierto a largo trecho el conducto de una fuente de estas, llegó a un sitio, donde vio que este raudal se formaba de dos diferentes, que concurrían allí; y siendo las aguas de uno y otro frías antes de juntarse, después de la mezcla concebían excesivo calor: lo cual no puede atribuirse a otra cosa que a la fermentación de las partículas de diferentes minerales, que traían una y otra agua. Las aguas de Carlsbaden son de las más calientes que se conocen en Europa: pues hay entre ellas fuente donde se cuecen los huevos; y otra, que llaman la fuente Furiosa, porque rompe hacia arriba con ímpetu desmesurado, vierte el agua casi hirviendo; lo que atribuye con sólido fundamento el médico Juan Gofredo Bergero a la abundancia que hay en el terreno por donde corren estas aguas de alumbre, nitro, vitriolo, hierro y azufre, que se ha visto ser los minerales más aptos para excitar con la fermentación un calor vehemente. Las resoluciones analíticas que se han hecho infinitas veces de las aguas termales, han mostrado esto mismo; pues siempre se han encontrado en ellas partículas de estos minerales, que al fermentarse se encienden. Las que hay en la Ciudad de Orense, patria mía, llamadas de las Burgas, son tan ardientes como las de Carlsbaden, y jamás en aquellos términos se descubrió algún fuego subterráneo; pero el grave, y molesto olor que exhalan, muestra la abundancia de partículas sulfúreas, y de otros minerales que embeben.

14. La mezcla, pues, de varios hálitos nitrosos, sulfúreos, vitriólicos y otros mezclándose en menor cantidad, pueden producir un calor bien sensible en algunas mineras, o cavernas: así como mezclados en mayor abundancia, producen en la región ínfima del aire los fuegos fatuos, y en la media los rayos. Ni tienen tampoco otro principio los volcanes que la mezcla de dichos minerales en los lugares donde hay gran copia de ellos, concurriendo [266] juntamente mucha materia bituminosa, en quien se cebe y persevere la llama. Aunque de otro modo lo pensó un español, cuyo gracioso discurso refiere el Padre Milliet en el libro 2 de Astronomía. Éste, considerando que los volcanes duran sin extinguirse por tantos siglos, hizo la cuenta de que la materia que arde en ellos no podía ser otra que oro; porque sólo este metal resiste sin consumirse al más porfiado y activo incendio. Pensando, pues, enriquecerse a poca costa, cogiendo una buena porción de aquel metal derretido, descolgó para este efecto, cuando la llama del volcán estaba abatida, desde el borde de la caverna una caldera fuerte pendiente de una cadena de hierro. Pero fue tan infeliz en esta tentativa, como en el primer discurso, porque no bien tocó la caldera aquel voracísimo fuego, cuando se derritió con parte de la cadena, quedando el buen español atónito por un rato con el resto de la cadena en al mano.

§. IV

15. En cuanto a algunos lugares subterráneos, que se experimentan rigurosamente fríos, se debe discurrir del mismo modo, que esto lo ocasionan algunos minerales dotados de esta actividad, o por mejor decir, esto mismo se experimenta, porque en las cuevas donde nace el nitro, se siente en todos tiempos un frío muy agudo. El famoso ingles Boyle, fundado en repetidos experimentos que hizo, dice que si a cuatro libras de agua se mezcla una libra de sal amoniaco hecho polvos, toma el agua una frialdad intensísima. Puede, pues, suceder que los arroyos que discurren por los conductos subterráneos, tropiecen con este mineral u otros semejantes, con lo cual enfriándose mucho el agua, enfríe asimismo a otros lugares por donde transita. Pero creo que los hálitos nitrosos, por la mucha abundancia que hay de ellos, harán más en esto: y a ellos se debe atribuir la frialdad más que mediana de esta o aquella fuente. Digo de esta o aquella fuente, porque aunque en todos los Países montuosos ponderan muchas como friísimas, yo, siendo harto curioso en [267] esta materia, y habiendo viajado por montañas altas varias veces, no he encontrado agua de fuente que pudiese decirse muy fría, sino una que hay en lo alto del monte de Latariegos, que divide al Principado de Asturias por aquella parte del Reino de León. Y aún esta dista algo de la frialdad que da a la agua la nieve. Las demás, que comúnmente se dicen muy frías, se juzgan tales por la comparación que se hace con otras fuentes de conducto poco profundo, a quienes por tanto destempla algo el calor del ambiente externo en el Estío.

16. Ni la desigualdad que comúnmente se observa en las fuentes, depende ordinariamente de otro principio que de la mayor, o menor profundidad del conducto, por la cual son más o menos susceptivas de la impresión del ambiente caliente en el Estío, ú del frío en el Invierno; pero si una ú otra se halla intensamente fría, se debe atribuir a las partículas, o hálitos de los minerales arriba dichos; si no es que el agua que fluye sea de nieve, que se derrite en algún seno no muy distante de la montaña donde nace la fuente.

17. En fin, jamás la frialdad de las aguas, o sitios subterráneos se puede atribuir a la cercanía del ambiente fogoso en el Estío. Y si a proporción del calor externo se hubiese de aumentar el frío en el agua de los pozos, ¿quién no ve que en Países muy ardientes debería llegar a helarse la agua de pozos muy profundos, lo cual sin embargo nunca sucede?

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo segundo (1728). Texto tomado de la edición de Madrid 1779 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 259-267.}


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