Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo segundo

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo segundo • Discurso XII

Esfera de fuego

§. I

1. Muy desigual contemplo la fortuna en dos Filósofos antiguos, Xenofanes el uno, el otro Occelo, discípulo de Pitágoras. Estos dos Filósofos nos trajeron dos notables noticias de dos regiones confinantes entre sí; bien que muy distantes de nosotros. Xenofanes dijo que la Luna era habitada no menos que la tierra, y del mismo modo poblada de hombres, brutos, y vegetables. Occelo esparció por el Mundo que inmediata al Cielo de la Luna yacía extendida por toda su concavidad una Esfera de verdadero fuego. La primera noticia, bien que opuesta al testimonio de las Sagradas Letras, no tiene contra sí el informe de los sentidos: para conocer la falsedad de la segunda, no es menester más que abrir los ojos. Con todo, Occelo tuvo, y tiene aún hoy infinitos Sectarios. A Xenofanes apenas se le puede asegurar alguno; pues aunque poco ha el célebre matemático Christiano Huigens, inventor de la Péndula, escribió un libro sobre el asunto de estar habitados todos los Planetas, mas se debe creer que lo hizo por juguete de ingenio, a competencia de Keplero, que por opinión: y el mismo concepto se puede hacer del otro filósofo, que en Plutarco (lib. de Ore orbis Lunae) para comprobación de la sentencia de Xenofanes fingió haberse visto caer un León de la Luna sobre la tierra del Peloponeso.

2. La sentencia de la existencia del fuego próximo al [252] Cielo de la Luna, sería sin duda muy cómoda a los antiguos Persas, y Caldéos, que adoraban este elemento como Deidad, y así estaría mas proporcionado a sus cultos, colocándole en aquella elevación. Con todo, a ninguno de aquellos ancianísimos Filósofos de Caldéa, y Persia, los dos Zoroastros, Azonaces, Beroso, Hystaspes, ni Ostanes; sí solo a Occelo Pitagórico se atribuye la gloria de este descubrimiento. Dio gran vuelo a la opinión de Occelo la persuasión (falsa como luego veremos) del patrocinio de Aristóteles. Debajo de cuyo supuesto, hecho el Estagirita dueño del Orbe literario, todo el Mundo subscribió a la existencia de la Esfera del Fuego; hasta que haciendo frente Cardano al consentimiento universal, tras de este algunos ilustres Peripatéticos se declararon contra la común opinión. De este bando fueron muchos famosos Jesuitas, como Arriaga, Cabeo, Scheinero, Kircherio y Gaspar Scotto, a quienes sin embarazo seguimos; porque a la común opinión, al paso que ni la autoridad de Aristóteles la favorece, ni alguna sólida razón la apadrina, la experiencia manifiestamente la impugna.

3. Los lugares que se citan de Aristóteles por la Esfera del Fuego, son: El primero, lib. I. de Caelo, cap.2 & 3. El segundo, lib. 4. de Caelo, cap. 4. El tercero, lib.I. Meteor. cap. 3. En el primer lugar habla Aristóteles, no del Fuego elemental, sino de la materia celeste, a quien a veces da nombre de Fuego: de lo cual se convencerá quien leyere con atención aquellos dos capítulos, especialmente la última parte del cuarto. En el segundo lugar no dice palabra de tal Esfera del Fuego. Solo afirma, y prueba que es el Fuego el más leve de todos los elementos, porque en cualquiera parte del aire que se coloque la llama, se mueve hacia arriba.

4. El último lugar, que es donde podía buscar algún patrocinio la común sentencia, es donde Aristóteles manifiestamente la destruye; pues dice abiertamente que aquel cuerpo colocado entre el aire inferior, y el último Cielo, aunque se acostumbra llamar fuego, no lo es, y que solo [253] se le dio ese nombre por ser un cuerpo caliente, y seco. Pondré sus palabras, porque a nadie quede vestigio de duda: Ergo in medio, & circum mediun id habetur, quod gravissimum, atque frigidissimum, idemque discretum est, terram dico, & aquam. Sed circum haec, & illa quae iisdem proxima cohaerent, tum aerem, tum id quod ex consuetudine Ignem vocamus, poni affirmamus; ignis tamen non est, cum ille sit caloris redundantia, & quasi fervor quidam. Inmediatamente se explica más, advirtiendo que aquello que ocupa la parte superior del espacio interpuesto entre la Luna y la Tierra, y a quien se dio el nombre de fuego, no es otra cosa que el agregado de muchas exhalaciones, que como más leves subieron sobre los vapores; y por ser cálidas y secas se pueden considerar como virtualmente ígneas: Verum oportet intelligere partem elementi terrae circumfusi, qui aer dicitur, quique etiam a nobis ita appellatur, bamidam, calidamque esse, quoniam vapores mittit, ipsiusque terrae aspirationes continet: superiorem autem partem calidam, & siccam. Natura enim evaporationis, statuitur humor, & calor; aspirationis calor, & siccitas. Evaporatio etiam facultate est tamquam aqua; aspiratio perinde ac ignis. ¿Quién no se admira a vista de esto que en las Escuelas constantemente se dé a Aristóteles por Patrono de la Esfera del Fuego, creyéndolo unos sin examen, porque otros lo dijeron sin reflexión?

§. II

5. ¿Y qué importaría que Aristóteles fuese de ese sentir, si la experiencia y la razón están por el opuesto? Nadie ha visto ese fuego allá arriba. Luego no le hay. Es clara la consecuencia; porque el fuego, como resplandeciente, donde no hay estorbo interpuesto, necesariamente es visible. Ese fuego no tiene pábulo en que cebarse, porque el aire no puede serlo: luego aunque Dios le hubiera criado al principio, muy luego se hubiera apagado. Decir que aquel fuego, por ser elemental , y puro, no quema, ni resplandece, es hablar por [254] antojo introducir un misterio increíble en la naturaleza, y confundir toda la Filosofía. Nadie hasta ahora descubrió otro medio para conocer que dos sustancias son de una misma, o de diferentes especies, que la conveniencia, o desconveniencia en los accidentes sensibles; porque las sustancias por sí mismas no pueden conocerse. Luego careciendo aquel cuerpo contiguo al Cielo de la Luna de todos aquellos accidentes que observamos en el fuego de acá abajo, necesariamente se debe reputar por ente de distinta especie. Y si este argumento no valiese, no habría alguno conque convencer a quien se le antojase decir que el aire mismo que respiramos es fuego: que la agua es tierra: que la tierra es aire: que todas las plantas son de una misma especie, &c. Dios nos dio sentidos para informarnos de los objetos. Ellos son las guardas, que puestos a la entrada de la alma, deben registrar si es contrabando, o género permitido; esto es, mentira o verdad, cuanto la opinión ajena pretende introducir en esta animada república. Ceder al testimonio uniforme de los sentidos, es obsequio vinculado a los derechos de las verdades reveladas. Por tanto, si esta humilde deferencia, concedida a la autoridad divina, es sacrificio; concedida a la humana es sacrilegio, porque es igualarlas en el tributo, y el respeto.

6. La razón conspira con el sentido a desterrar ese invisible fuego, como ocioso, y inútil en el Mundo. ¿De que puede servir una llama que a ningún viviente alumbra, ni calienta? Sólo asintiendo a la opinión apuntada arriba de que hay habitadores en la Luna, se podría decir, que les hace el fuego inmediato el beneficio de enjugarlos de las humedades de aquel Astro. En una región donde no hay generaciones, y corrupciones, tampoco puede servir, ni para la composición, ni para la disolución de los mixtos; ¿pues a qué fin le ha criado Dios? [255]

§. III

7. Prueban los Autores contrarios su sentencia, lo primero con la experiencia de que la llama siempre sube arriba, como que va a buscar su esfera. Este es el grande argumento de los contrarios. A que respondo, que la llama para subir no ha menester tener arriba su esfera; sí solo ser más leve que el aire que la circunda. Generalmente entre cuerpos líquidos de desigual levedad, o gravedad, siempre el mas leve sube sobre el que lo es menos, sin necesitar para esto de tener arriba esfera propia que le llame. Así sube el humo, sin que haya arriba una esfera propia del humo. Suben las exhalaciones, suben los vapores sin parar, hasta que llegan a aquel punto donde el aire, siendo ya más leve que este inferior que respiramos, quedan en equilibrio con él en cuanto al peso, no pudiendo alguno de los dos cuerpos elevar, o impeler al otro más arriba, porque para esto era necesario que fuese más pesado que él, contra lo que se supone.

8. Lo mismo se experimenta en todos los licores de sensible desigualdad en cuanto al peso. El aceite que se estaba quieto en el suelo del vaso, si echan otro licor más pesado que él en el mismo vaso, va subiendo tanto más, cuanto más licor echaren, según la capacidad del continente; no porque haya arriba alguna esfera de aceite, sí porque siendo el otro licor más pesado que él, llevándole su peso hacia abajo, reempuja hacia arriba el aceite, el cual queda sobre el licor, por ser más leve que él, y debajo del aire, por ser más pesado que el aire. Lo mismo que el aceite con la agua, sucede al espíritu de vino rectificado con el aceite, por ser aquel mucho más leve. No es, pues, necesario para que la llama suba, que mire arriba a su elemento; sino que el ambiente inmediato, como más pesado, la obligue al ascenso.

9. Confírmase más esto, porque el carbón encendido no sube, aunque tiene la forma de fuego. Y esto no tiene solución en el sentir de aquellos Filósofos, que no [256] admiten en el carbón encendido otra forma substancial que la de fuego. Ni hay lugar a la disparidad que señalan entre el carbón, y la llama, diciendo que aquel es pesado, y denso; esta leve, y rara: porque aunque esto es verdad, no es compatible con los principios de los que dan esta respuesta; pues si, según los Peripatéticos, la raridad y levedad son propiedades de la forma substancial de fuego, y la materia del carbón, y la llama es específicamente una, que no tiene diferentes propiedades, o por mejor decir ninguna tiene, deberá ser igualmente leve, y raro uno que otro. Tampoco cabe la solución que dan otros Peripatéticos, diciendo que el carbón encendido conserva la forma substancial del leño, envolviendo en sus poros las partículas de fuego, así como el hierro encendido. No cabe, digo, en la sentencia común que da a la forma de ceniza por sucesora de la forma de fuego, como a la cadavérica de la viviente. En la cual se infiere, que como todo el carbón se hace ceniza, todo fue fuego antes. No sucede así en el hierro encendido; pues sacudida la llama, se ve que retiene su antigua forma.

10. Es cierto, pues, que el fuego sube, o baja según la materia en que prende. Si esta es más leve que el aire, sube: si es más pesada, baja. Dejando aparte otra razón más oculta, que en algunas materias determinadas interviene para el descenso, como en el rayo, y en aquella valiente imitación del rayo, que por entrar en su composición el metal precioso, se llama Oro fulminante; pues es cierto, que como las llamas de estos dos Meteoros ardientes, no solo bajan a proporción de su gravedad, más rompen los cuerpos que les ocurren al paso con extraña furia; otra causa más que la gravedad de la materia influye en su violento precipicio.

11. Para mayor desengaño de los que atribuyen el ascenso de la llama al conato de buscar su elemento, hagan la reflexión de que, como ellos mismos enseñan, la inclinación natural puede frustrarse en uno, u otro individuo de una especie, pero no en todos; porque inútilmente [257] imprimiera el Autor de la naturaleza en alguna especie un movimiento, que nunca, o en ningún individuo de ella había de llegar al término. At sic est, que ninguna llama que arde acá abajo, logra, en fuerza de su conato subir, llegar a la esfera ígnea, que dicen está allá arriba: luego no tiene tal inclinación a buscar esa esfera.

12. Últimamente. No es cierto que toda llama afecte el ascenso, extendiéndose en forma piramidal hacia arriba; antes bien, apartando toda presión externa, se conforma en figura orbicular. Lo cual se comprueba con el célebre experimento de Bacon de Verulamio, que citamos en las Paradojas Físicas, núm. 27, y siguientes. Véase aquel lugar.

§. IV

13. Oponen lo segundo los contrarios, que siendo el fuego uno de los cuatro Elementos, se le debe señalar sitio, o lugar determinado, como le tienen la tierra, el aire, y la agua: luego no teniéndole acá abajo, se le debe señalar allá arriba.

14. Respondo lo primero, que este argumento procede sobre un supuesto muy dudoso; esto es, que el fuego sea elemento: nadie ignora cuánto ha estado, y está en opiniones cuales sean los verdaderos elementos de los mixtos, y cuanta variedad de sentencias hay en esta famosa cuestión. Respondo lo segundo, que no en cualesquiera circunstancias se infiere la consecuencia de unos elementos a otros. En toda la naturaleza no se encuentran tierra, ni agua elementales puras. Con todo, no querrán los contrarios que no haya fuego elemental puro; pues sobre esto reñimos ahora. Del mismo modo, pues, de que los otros tres elementos tengan lugar determinado, no se infiere que le tenga el fuego. La disparidad está en que el fuego, a distinción de los demás, necesita de pábulo el cual no puede tener en el lugar que los contrarios le señalan; antes es preciso que se mezcle con los otros tres elementos para cebarse en ellos.

15. Respondo lo tercero, que no es difícil señalar lugar [258] propio al elemento del fuego, y de hecho ya muchos se le señalaron, aunque con harta diversidad. Los astrónomos modernos, que de común acuerdo convienen en que el Sol es formal, y verdadero fuego, señalan por sitio propio de este elemento todo el espacio que ocupa el cuerpo solar. Otros filósofos constituyeron el lugar principal del fuego en las íntimas entrañas de la tierra, donde dicen hay un pyrofilacio grandísimo, o depósito inmenso de llamas, que en varios ramos se difunde, y comunica a los conceptáculos de los muchos volcanes que hay en la superficie de la tierra. Sobre que se puede ver el Padre Kirquer en su Segundo Viage extático; y Bayle en el segundo Tomo de Física.

16. Oponen lo tercero la generación de los Cometas, y otros Meteoros ígneos en la suprema región del aire. Respondo, que también en las otras dos regiones se engendran, sin que en ellas haya fuego formal antecedentemente a su formación, como en la región media los rayos, y en la ínfima los fuegos fatuos. Cómo se producen estas llamas, ora sea por antiperístasis, ora por la violenta fermentación de materias heterogéneas inflamables, tratan en su lugar los Filósofos. Ni ahora es razón detenernos en esto. Añado, que los Cometas es muy incierto que se engendren en la suprema región del aire. A lo menos es cierto, que los que pudieron ser registrados como más exactas observaciones, se halló estar colocados sobre el Cielo de la Luna. Véase lo que sobre esto hemos dicho en el primer Tomo, Discurso X.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo segundo (1728). Texto tomado de la edición de Madrid 1779 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 251-258.}


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