Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo primero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo primero • Discurso XIII

Consectario a la materia del Discurso antecedente,
contra los Filósofos modernos

§. I

1. Habiendo en el Discurso pasado probado que el mundo, así en su todo, como en el de cada especie suya, no padeció hasta ahora algún sensible detrimento, hemos de probar ahora, que en el sistema, o sistemas de la Filosofía corpuscular, que con tanta prosperidad corren en este siglo, no sólo debió padecerle muy grande, pero ha muchos siglos estuviera resuelto en polvo, y acabado del todo, según los principios de la nueva Filosofía.

2. Es máxima inconcusa de Renato Descartes, firmemente recibida por sus secuaces, que el mundo no puede menos de ser eterno, en tanto grado, que le niegan a Dios toda potencia para aniquilar ente alguno, fundándolo en la ridícula razón de que se mudaría Dios, si habiéndole antes dado la existencia, se la quitase después. Con mucha justicia la llamo ridícula; porque la inmutabilidad de Dios queda ilesa, como no retrate el decreto, o propósito que concibió ab aeterno. Suponiendo, pues, que el propósito que Dios concibió ab aeterno, fue, que tal ente por tal tiempo existiese, y por tal tiempo posterior dejase de existir, no retrata el decreto, antes le ejecuta, quitando la existencia al tiempo determinado, al mismo ente que [263] antes había producido. Más: si Dios se mudase, haciendo que no exista el ente que antes existía, también se mudaría, haciendo que exista el ente que antes que no existía. Y de este modo, Dios nada pudo criar en tiempo, sino que debió criarlo todo ab aeterno, pena de quedar ocioso por toda la eternidad, para no incurrir en la nota de mudable. No es éste el único precipicio hacia donde resbala la doctrina Cartesiana.

3. Pero es cosa admirable, que habiendo Descartes soñado los entes tan de diamante, que no pueda deshacerlos la Omnipotencia, concibió el mundo tan de vidro, que a ser como el lo concibió, no pudiera tardar mucho en ser reducido a polvo. Firmemente creo, que si Dios hubiera hecho el mundo como imaginó Descartes, no llegaría el caso de haber Descartes en el mundo. Digo que formó este Filósofo, sin pensarlo, un mundo de vidro, y sobre eso puso sus partes unas con otras en continuo choque: de que se infiere, que por poco tiempo podría dilatarse la ruina, a ser cual él imaginó su estructura. Para probar esto, será menester poner delante en compendio con la mayor claridad posible su sistema.

§. II

4. Supone lo primero, que Dios crió la gran masa de la materia del Universo como un cuerpo inmenso solidísimo, la cual luego, dividiéndola en partes minutísimas, puso en movimiento. Supone lo segundo, que esta división no las puso, digámoslo así, al primer impulso en figura esférica; porque muchos globos juntos precisamente habrían de dejar en los intersticios algún vacío (el cual en la doctrina Cartesiana es absolutamente imposible), sino en figura cúbica, u otra cualquiera que tenga esquinas, o prominencias desiguales. Supone lo tercero, que puestas una vez en movimiento las partes de la materia, necesariamente se ha de continuar en ellas la misma cantidad de movimiento que les dio el primer impulso; pero no de modo, que simultáneamente hayan de estar todas [264] puestas siempre en movimiento; sí que la misma cantidad de movimiento haya de haber en el Universo, aumentándose a unas la porción de movimiento que se quitare a otras; para lo cual asienta por regla fundamental, o ley establecida por el Autor de la Naturaleza, que ningún cuerpo puesto en movimiento puede aquietarse sin comunicar todo su movimiento a otro, o a otros cuerpos, o la parte del que perdiere, si no le pierde del todo. Supone lo cuarto, que todo cuerpo por su naturaleza, o en virtud del impulso comunicado por el Criador, se mueve con movimiento recto; aunque después el encuentro de otros cuerpos le determine a dejar la rectitud. Supone lo quinto, que siendo imposible moverse algún cuerpo sin expeler del lugar, adonde se mueve, al que le ocupaba antes, necesariamente determina al cuerpo expelido a moverse en círculo, para llenar el espacio que desocupa el expelente: por lo menos, ya que no con todo cuerpo expelido suceda esto, ha de parar el impulso en algún cuerpo que se mueva en el modo dicho; porque si no, se había de proceder en infinito, impeliendo un cuerpo a otro por vía recta, éste a otro, y así sin término; y sobre este inconveniente había el otro de quedar vacío el lugar que antes ocupaba el primer cuerpo puesto en movimiento.

5. Hechas estas suposiciones, explica Descartes la formación del Universo del modo siguiente. Puestas en movimiento, inmediatamente a su creación, por rumbos encontrados las partes minutísimas de la materia (que para mayor claridad con el mismo Descartes suponemos de figura cúbica), fue preciso que en los repetidos encuentros de los ángulos de las unas con los de las otras, se fuesen rayendo, y deshaciendo los ángulos poco a poco, de modo, que últimamente se redujesen todas a figura esférica. En esta colisión es consiguiente, que las protuberancias quitadas de las partes de la materia para la formación de los glóbulos, se dividiesen en partículas de desigual tamaño: unas extremamente sutiles; otras más crasas, y variamente figuradas, como sucede en la confracción de cualquiera [265] cuerpo duro, donde aunque la trituración, respecto del todo, es la misma, y dura el mismo tiempo, se ven en la división unas partículas minutísimas, y otras de mucho mayor mole. No sólo por la confracción de las primeras partes, en que Dios dividió la materia, resultan estas partículas más gruesas; pero también se forman incorporándose, o uniéndose en una mole muchas partículas de la materia sutil.

§. III

6. De este modo están ya puestos a la vista los tres célebres Elementos de la Escuela Cartesiana. El primer Elemento, que se llama, ya materia sutil, ya etérea, ya celeste, consta de aquellos tenuísimos ramentos, o polvillo más menudo, y tenue, que resultó de la colisión. El segundo Elemento, que se llama materia globulosa, se compone de aquellas esferillas que quedan en esa figura, por habérseles raido en la colisión todos los ángulos, y prominencias que antes tenían. Y las partículas más crasas forman el tercer Elemento. Se dicen crasas respectivamente a las del primero, y segundo Elemento; pues realmente son tan menudas, que se esconden a toda la perspicacia de los sentidos, aun ayudados de cualesquiera instrumentos. Son, pues, las partes del segundo Elemento más sutiles que las del tercero; y las del primero, más que las del segundo.

7. Dividida la materia en los tres Elementos dichos, y continuando el movimiento, como también el repetido encuentro de unas partículas con otras, no pudieron menos de perder luego el movimiento recto, conmutándole en el circular. En cuyo regreso fueron más veloces las partículas más tenues. La razón es, porque siendo los cuerpos mayores más capaces de perseverar en el movimiento, o impulso adquirido, que los menores: y siendo movimiento recto el que al principio se imprimió a todas las partículas, si se considera juntamente que no se les pudo dar a todas el movimiento hacia una parte (porque si la extensión de la materia es infinita, no tenían adonde moverse; y si [266] finita, se moverían hacia un espacio imaginario), sino a partes opuestas; se concibe necesariamente un espacio que desocupan las partículas mayores de la materia dividida, hacia donde vuelven en giro las partículas menores, por ser las que más presto, a razón de su menor mole, son conturbadas de la rectitud del movimiento.

8. De esta suerte se entiende ya formado un género de remolino, o Torbellino (que no hallo otras voces Castellanas correspondientes al significado de la voz Latina Vortex, y a la Francesa Tourbillon, de que usan los Cartesianos, que escriben en las dos lenguas) en que la materia sutil, o etérea ocupa el medio, moviéndose sobre el centro en continuados giros: inmediata a ésta gira la materia globulosa, o segundo Elemento, por ser la más tenue después de la etérea; y en el último lugar de la circunferencia gira la materia del tercer Elemento, por ser de mayor mole sus partículas.

9. He dicho que se entiende formado un torbellino; esto es, hablando de un determinado espacio. Pero en toda la extensión de la materia coloca este sistema tantos torbellinos, o turbillones (usemos ya de esta voz Francesa, por complacer a los Cartesianos de España, que ya la introdujeron en el Castellano, pareciéndoles poco seguir la Filosofía de Francia, si no siguen también el Dialecto Francés) cuantos son los Astros que resplandecen con propia luz. Ni es otra cosa cada Astro, que una grande masa, o agregado de materia sutil pura, que puesta en medio de su turbillón, gira continuamente con suma rapidez sobre su propio eje. Inmediata a ésta, y en torno de ella ocupa la mayor porción del turbillón la materia del segundo Elemento, o globulosa, ocupando también los intersticios de esta otra porción de materia sutil, para que no quede algún vacío; de modo, que en el centro del turbillón para la formación del Astro sólo se recogió la materia etérea, que sobró para llenar los vacíos del segundo, y tercer Elemento. En la extremidad, o circunferencia del turbillón está la materia del tercer Elemento, cuyas partículas, [267] por ser de mayor mole, resistiendo más al encuentro de las otras, continuaron más el movimiento recto o casi recto, obligando a las más tenues a retroceder en círculo hacia la parte interior del turbillón.

10. La tierra, y sus habitadores estamos en uno de estos turbillones, cuyo centro ocupa la materia sutil, de que se compone el cuerpo solar: y así Descartes, en cuanto a la constitución del mundo, abrazó el sistema de Nicolao Copérnico, que colocando al Sol en el centro del Orbe, sin más movimiento que el que tiene sobre su propio eje, trasladó a la tierra los movimientos que en el sistema común se atribuyen al Sol. Es cierto que todas las apariencias se salvan bien en el sistema Copernicano. Así no tuviera contra sí la autoridad de la Sagrada Escritura, como ignoramos razón que le convenza de falso.

11. Como la materia sutil, que gira en el medio, afecta cuanto es de su parte el movimiento recto, el cual le estorba la materia globulosa, que tiene ocupado el paso, no dándole lugar a que ejercite su rápido impulso, sino en repetidos tornos sobre su centro, al mismo tiempo que gira está haciendo continuo conato contra la materia globulosa, cuyo impulso, por la contigüidad de todos los glóbulos se propaga hasta los cuerpos densos, constituidos en la circunferencia del turbillón. Este impulso es reciprocado con el contrario impulso de la fuerza elástica de los cuerpos adonde para: y de los dos impulsos resulta, así en la materia globulosa, como en los cuerpos que la impelen, o repelen, un movimiento vibratorio, en quien colocan los Cartesianos la sensación de la luz: de modo, que no es otra cosa en nuestros ojos la sensación de luz, que el movimiento vibratorio de la retina, que resulta del encuentro de su elasticidad con la acción de la materia globulosa: ni la sensación de color en los objetos otra cosa, que ese mismo movimiento vibratorio, respectivamente a la acción de la materia globulosa, modificado variamente por la diversa textura de las partes insensibles de los objetos, en la reflexión que hace de ellos. [268]

12. Omitimos, por evitar prolijidad, la explicación de otros Fenómenos, en consecuencia de este sistema, como también lo que discurren los Cartesianos de la formación del globo de la tierra, y de los Planetas; en que se hallan harto embarazados, pareciendo imposible que en tan breve tiempo como nos enseña la Sagrada Historia del Génesis, se formasen estos grandes cuerpos, especialmente el de la tierra, con tanta, y tan hermosa variedad, sólo en virtud de juntarse, y enredarse unas partículas de la materia con otras en la sucesión de sus varios movimientos. Por lo cual algunos de los más cuerdos ya asienten a que Dios formó desde el principio la tierra, y los Planetas en el modo que hoy se ven, sin fiar tales obras al ciego movimiento de la materia.

13. Omitimos también las reglas de la comunicación del movimiento establecidas por Descartes, de las cuales algunas se descubren encontradas con la experiencia; tanto, que el P. Malebranche, gran promotor del sistema de Descartes, y gran venerador suyo, de las siete reglas Cartesianas, condenó las tres por falsas. Ni el asunto de este Discurso pide más exacta explicación del sistema, ni se pudiera hacer sin usar de figuras Matemáticas; por cuya falta recelo, que aun lo que llevamos dicho, no sea muy entendido por los que están desnudos de toda noticia antecedente.

§. IV

14. Con muy poderosas razones han probado algunos Autores, que el mundo no se pudo formar según la idea de Descartes. Al primer paso de su sistema se tropieza en el grande inconveniente de dar vacío, e infinitos vacíos en el Universo (siendo así que le tenía Descartes tanto horror al vacío, que le juzgaba imposible a la absoluta potencia de Dios). La razón es clara, porque en la primera división, y primer movimiento de la materia, para encontrarse los ángulos de unas partes cúbicas con los de otras, era preciso dejar intersticios en los lados, los cuales no podía llenar entonces la materia sutil, porque [269] aún no la había; formándose ésta después con la repetida colisión de unas partículas con otras. La conservación de la misma cantidad de movimiento en el todo de la materia, no tiene fundamento alguno; porque el que toman de la inmutabilidad de Dios, ya se vio arriba en asunto semejante cuán fútil es. Ni tiene más solidez lo que dicen de que cualquiera cosa se conserva en el estado en que está, hasta que alguna causa extrínseca la mude; porque si se mira bien, el movimiento no se puede llamar estado de la cosa; pues la razón de estado dice permanencia, la cual es opuesta al concepto de movimiento.

15. Estas, y otras muchas cosas hay contra el sistema Cartesiano; pero no siendo mi intento ahora probar, que el mundo no pudo formarse del modo que pensó Descartes, sino que, aunque se hiciera así, se había de deshacer muy presto, le supondremos hecho según la idea Cartesiana, para mostrar en la breve consistencia de su estructura cuán mal empleó el tiempo Descartes en tan caduca fábrica. Hasta ahora sólo se había impugnado este sistema arguyendo de imposible su formación. Yo le he de combatir, suponiendo la formación, y arguyendo de imposible la permanencia.

§. V

16. El primer argumento que ocurre a nuestro propósito es, que cualquiera magnitud que Dios haya dado a la materia que crió al principio, siendo magnitud terminada, las partes constituidas en la extremidad de su circunferencia, no teniendo ya otras al encuentro que les estorben el movimiento recto, alejándose del centro se habían de esparcir por el espacio imaginario: tras de éstas se seguirían las inmediatas, por carecer ya del freno que les ponían las últimas estando ya éstas disipadas por aquel inmenso espacio; y así, procediendo hasta el centro del globo total de la materia, todo se disiparía a breve tiempo. Esta consecuencia parece forzosa, supuesta la máxima de Descartes, que todas las partes de la materia se [270] inclinan al movimiento recto, y sólo el encuentro de otras las determina al circular.

17. Este inconveniente sólo se podía evitar de dos maneras: o ciñendo todo el globo de la materia movida con una muralla tan diamantina, que ningunos embates de la materia encarcelada, y en ninguna sucesión de tiempo pudiesen deshacerla; o suponiendo infinita la extensión de la materia: porque de ese modo, ni habría partes últimas en la circunferencia, ni restaría espacio adonde se disipasen. El primer arbitrio no era conforme a las ideas de Descartes, por lo que abajo se dirá, sobre ser inconceptible cuerpo de infinita dureza; pues la opinión que se la atribuía a los Celestes, hoy está casi del todo abandonada. Conque era necesario recurrir al segundo; y de hecho recurrió Descartes, aunque con algún embozo: porque negando al mundo, o al todo de la materia, extensión infinita, se la concedió indefinita; esto es, no negó que tenga términos; sólo afirmó que los términos son indesignables: de modo que señalada cualquiera distancia (pongamos por ejemplo, desde el sitio en que estamos) aunque se multiplique más, y más veces toda la distancia que hay de aquí al Firmamento, siempre hay materia más y más allá.

18. Pero esto no sirve para evadir la fuerza de nuestro argumento: porque suponiendo términos a la extensión de la materia, aunque indesignables, se deben suponer partes últimas hacia la circunferencia, aunque indesignables; y de éstas procede el argumento, pretendiendo, que en virtud del impulso que tienen al movimiento recto, no pueden menos de esparcirse a un espacio vacío indesignable, o cuyo principio es indesignable.

§. VI

19. Añádese a esto, que el fundamento de Descartes, para no poner término al mundo, o ponérsele indesignable, es ruinoso hasta no más. Dice que a cualquiera distancia concebimos extensión, según la trina dimensión de los cuerpos. De aquí infiere, que a cualquiera [271] distancia la hay realmente; porque esta concepción viene de una idea innata: y las ideas innatas, como impresas por el Autor de la Naturaleza, están exentas de toda falencia. Como, pues, la extensión real sea, según sus principios, el constitutivo de la materia, se sigue que a cualquiera distancia hay materia; y así, lo que nosotros llamamos espacio imaginario, no es imaginario, sino real, verdadero, y corpóreo.

20. Para que se vea cuán ruinoso, y aun peligroso es este discurso, apliquemos el mismo a otro objeto. Es cierto que en este espacio que hoy ocupa el mundo, considerado por retroceso de la imaginación antes que Dios criase el mundo, concebimos extensión, según la trina dimensión, del mismo modo que en el espacio que hoy llamamos imaginario. Luego ya antes de criar Dios el mundo la había, y por consiguiente había materia. Luego la materia no fue criada en tiempo, o por lo menos no fue criada en el tiempo que nos dice la Sagrada Escritura; porque la idea de donde sale esta consecuencia, no hallo que sea menos innata, que la otra conque arguye Descartes. Del tiempo imaginario, que precedió a la creación del mundo, se hace el mismo argumento; porque en él concebimos la duración de un día, de un año, de un siglo, &c. Y así se inferirá que hubo tiempo real antes del tiempo real.

21. No es tiempo ahora de examinar lo que nos dicen los Cartesianos en materia de ideas. Asientan que no se ha de dar asenso a alguna cosa, de la cual no se tenga idea clara. Y lo que vemos es, que las que unos tienen por ideas claras, para otros son muy obscuras. Las que unos tienen por ideas innatas, o partos de la naturaleza, de otros son reputadas por abortos precipitados del juicio. Muchos dicen, que las ideas intencionales de Descartes son copia ajustada de las de Platón; pero se engañan. Cuando más, pueden pasar por un rudo diseño, a quien el P. Malebranche dio la última mano con su nueva, y singular sentencia de negar toda idea criada, y afirmar, [272] que cuanto conocemos es por las ideas divinas, y eternas, existentes en la misma mente de Dios. Llamo nueva, y singular esta sentencia, porque por tal está reputada; pero en la verdad es puntualmente la misma de Platón, como la refiere su apasionado Sectario Marsilio Ficino lib. 1. de Studios. sanit. tuenda, cap. 26. Estas son sus palabras: Atque, ut Plato noster inquit, quemadmodum visus nihil unquam visibile percipit, nisi in ipso summi visibilis, id est, Solis ipsius splendores: ita neque intellectus humanus intelligibile quidquam apprehendit, nisi in ipso intelligibilis summi, hoc est Dei, lumine nobis semper, & ubique praesente. Quien hubiere leído al P. Malebranche, verá que ni aun en las voces discrepa esta sentencia de la suya; y que todo lo que puso de su casa este Autor, fueron algunos discursos sutiles para persuadirla.

22. Abstrayendo de examinar la naturaleza de las ideas, que sirven a nuestros conocimientos, al argumento propuesto arriba decimos, que nuestro entendimiento por su limitación no puede concebir las carencias sino a modo de entes positivos. Así concibe la sombra como real imagen del cuerpo; la ceguera, como cualidad positiva de los ojos. Y ni más, ni menos aprehende el espacio imaginario como un aire tenebroso libre de todo corpúsculo extraño. Estas son unas primeras aprehensiones (en quienes formalmente no hay error), las cuales corrige después el juicio. Ni aun cuando no las corrija, podemos atribuir el error al Autor de la Naturaleza: así como el que cree que la vara metida en el agua está realmente torcida, no debe quejarse de que Dios le engaña, porque fabricó el órgano, y dispuso el medio, y el objeto de modo, que se le represente torcida al sentido. Aún menos puede tener esa queja en nuestro caso; porque Dios no es ni aun causa remota de las imperfecciones de nuestro conocimiento, que vienen de la limitación de nuestro ser. La razón es, porque no es causa de esta misma limitación. La limitación del ser es una pura carencia negativa de las perfecciones que le faltan; y Dios causa todo lo que hay de positivo [273] en el ser, no las carencias, ni, si se mira bien, las imperfecciones, y carencias pueden ser en algún modo causadas por quien es todo ser, y perfección. Por esta razón, aunque Dios causa nuestro ser, que es defectible, tanto física, como moralmente, no causa la misma defectibilidad. Y así los Teólogos, no sólo niegan que Dios sea causa del pecado, mas también que lo sea de la misma potencia de pecar, tomada formalmente. Si tuviesen presente esta doctrina los Cartesianos, acaso fiarían menos en sus congénitas ideas. Nada, pues, se infiere de que el primer ímpetu de la imaginación nos represente en el espacio imaginario una extensión real. Lo mismo sucedería respecto del espacio contenido entre estas cuatro paredes, aunque Dios aniquilára el ambiente que hay en él, prohibiendo al mismo tiempo la intromisión de otro.

§. VII

23. Hemos probado hasta aquí que el mundo, según el sistema Cartesiano, se había de marchitar, digámoslo así, en flor, o, como edificio mal fundado, se había de precipitar al suelo antes de formarse del todo; pero concedamos graciosamente su entera formación: probaré que había de ser brevísima su consistencia.

24. Pudiera esto persuadirse lo primero con el principio de que ningún movimiento violento permanece. Luego siendo el movimiento circular violento a las partes de la materia, pues en virtud del impulso recibido sólo piden movimiento recto, debería ser de poca duración, y por consiguiente, reduciéndose todas al estado de quietud, se haría de toda la materia una inútil, y ociosa masa.

25. Pero este argumento, que según los principios comunes parece tiene mucha fuerza, bien considerado nada vale respecto a los principios Cartesianos; porque en éstos no se puede decir que hay movimiento alguno violento a la materia. Ella por sí no es capaz de moverse, ni tiene exigencia a movimiento alguno. Aquel movimiento, pues, le será connatural, que se le comunica según las [274] leyes establecidas por el Autor de la Naturaleza. Y como la disposición de éste fue, que las partes de la materia se moviesen siempre rectamente cuando no tuviesen embarazo; y oblicua, o circularmente cuando hubiese estorbo; de cualquiera modo que se muevan se moverán sin violencia.

§. VIII

26. Abandonando, pues, este argumento, inferiré la pronta destrucción de esta gran máquina por opuesto rumbo. Supongo la perpetuidad del movimiento, y pretendo que ese movimiento mismo, que condujo a perfección la obra, ha de acelerar la ruina.

27. Consideremos para esto formado nuestro turbillón (lo mismo será de todos los demás) con los tres Elementos en que está distribuida la masa de la materia. Es claro que para la conservación del turbillón en el estado presente, es menester que se mantenga en cierta proporción la cantidad de los tres Elementos. Porque si la materia sutil se fuese aumentando cada vez más, y más, el cuerpo Solar llegaría a tal tamaño, que abrasaría el globo terráqueo con su atmósfera, y aun desharía toda la materia globulosa con su violento impulso. Pues esto es lo que afirmo, que no puede menos de suceder; y lo demuestro de este modo. Así la materia sutil, que está recogida en el cuerpo Solar, como la que está esparcida ocupando los vacíos de los otros dos Elementos, continuamente con su rapidísimo movimiento, está rayendo las partículas de los otros dos, y aun concutiendo unas con otras, de modo, que en tan continua colisión no puede menos de formarse a cada momento gran porción de materia sutil de las fracturas, y ramentos tenuísimos de las partículas del segundo, y tercer Elemento, como al principio se hizo de toda la masa de la materia.

28. Para dar idea más clara de este argumento, adviértese, que para conciliar la formación Cartesiana del mundo con la Sagrada Escritura, es menester confesar que en el día primero de la creación se formó grandísima porción de materia sutil, pues en ese día hizo Dios la luz; la cual no [275] es otra cosa que el impulso de la materia sutil, recogida en el medio del turbillón sobre la materia globulosa. Y dígase lo que se quisiere de la luz criada el primer día (la cual, para distinguirla del Sol, dio mucho que pensar a Padres, y Expositores), por lo menos el cuarto día estaba hecho el Sol con toda su perfección, cual era menester para la conservación de todos los vivientes: por consiguiente había ya entonces toda la materia sutil necesaria para este efecto. Pasemos adelante. En los cuatro días siguientes fue continuando la rapidísima agitación de la materia sutil, contenida en los instersticios de los glóbulos del segundo Elemento, con la cual, rayendo fortísimamente la superficie de éstos, necesariamente había de hacer cada vez menor su tamaño, y reducir a materia etérea gran porción de la globulosa. Los glóbulos mismos, estregándose unos con otros, ya por su propia rotación, ya por el impulso comunicado por la materia sutil, se habían de ir deshaciendo en aquellos sutilísimos ramentos de que se compone la materia etérea. Añádase a esto lo que la vehementísima rotación de la materia sutil, contenida en el medio del turbillón, forcejando con toda la parte cóncava de la esfera del segundo Elemento, había de gastar de ella. Añádase, en fin, el gasto que se había de hacer también en el tercer Elemento por la materia sutil, que velocísimamente discurre por todos sus poros. Hecho en la forma que se puede el cálculo, sale a la cuenta, que tanta porción por lo menos de materia sutil se formó en los cuatro días siguientes a la formación del Sol, que en los cuatro antecedentes. La materia tan frágil era ahora como antes. La cantidad del impulso, o movimiento para dividirla, el mismo, según la regla establecida de conservarse siempre en el mundo la misma cantidad del movimiento. Luego tanta cantidad de materia sutil se haría de las raeduras de los otros dos Elementos en los cuatro días segundos, que en los primeros. De los cuatro días que se subsiguieron después, se hace el mismo argumento. Y a este andar, dentro de poco tiempo el Sol sería tan grande, que abrasaría la tierra, y dentro de [276] un año, o poco más, todo el turbillón sería un Sol. Aunque rebajemos mucho de la cuenta, a pocos años se siguiera el estrago dicho.

29. Responderáseme, que se resarcían al segundo, y tercer Elemento las pérdidas, porque al mismo tiempo de la unión de muchas partículas de la materia etérea, que de ese modo crecerían a mayor mole, se formarían partículas del tercer Elemento; y de las partículas del tercer Elemento, raídos los ángulos en los encuentros, se irían sucesivamente formando glóbulos para reparar los atrasos del segundo.

30. Mas lo primero: ¿quién creerá que en el ciego, y violento choque de las partículas de los tres Elementos, con tanta regularidad, y proporción se fuese reparando por una parte lo que se perdía por otra, que, no digo en uno, o dos siglos, sino en uno, o dos años, no se perdiese el equilibrio, de modo que se arruinase toda la máquina?

31. Ni podía absolutamente haber esa proporción, siendo imposible que se incrustase ni aun la milésima parte de cantidad de materia etérea, respecto de lo que era menester reparar en el segundo, y tercer Elemento; lo cual se evidenciará, advirtiendo que la materia etérea, según la ponen los Cartesianos, es infinitamente fluida, y por eso no hay poro, ni cavidad tan sutil en los cuerpos, por donde ella no discurra con libertad; pues aun la materia globulosa, que no es tan tenue, penetra los poros del diamante; si no, no diera paso a la luz. Puesto esto, considérese con cuánta dificultad se incrustan, o consolidan en porciones mayores las partes de los líquidos, uniéndose unas con otras. El espíritu de vino, el aceite, aun el agua más depurada de corpúsculos térreos, y de los mixtos, siendo infinitamente menos fluidos que la materia etérea, y teniendo, en sentir de los Cartesianos, todas sus partículas en continuo movimiento (en que, según su sentencia, consiste la fluidez), se conservan años enteros, sin que de la unión de sus partículas resulte alguna mole sensible, que degenere de la naturaleza del fluido. ¿Cuánto más tiempo será [277] menester para que esto suceda en la fluidísima materia etérea? Por esto no puedo creer que las manchas, tantas veces observadas en el Sol (pues según refiere el P. Dechales, sucedió verse cincuenta a un tiempo), nazcan de estas incrustaciones de la materia sutil, como quieren los Cartesianos.

§. IX

32. El mismo inconveniente que hasta aquí hemos argüido en la doctrina de Renato Descartes, parece se puede inferir también en el sistema de Pedro Gasendo, aunque por diferente camino del propuesto hasta ahora. Este Filósofo, resucitando la antigua Filosofía de Epicuro, pone por principios de todos los entes materiales la innumerable multitud de corpúsculos insensibles, comúnmente llamados átomos. Convienen Cartesianos, y Gasendistas en la razón de Filósofos Corpusculares, que negando toda forma substancial, y accidental distinta de la materia, no piden para la formación de los compuestos naturales otra cosa sobre la materia, que la varia configuración, y movimiento de sus partes. Pero se distinguen lo primero, en que Descartes da a la materia infinita divisibilidad; Gasendo sólo finita: pues siste toda la potencia de dividirse en los átomos; los cuales, aunque tienen alguna extensión, y configuración, y por tanto son divisibles matemáticamente, pero físicamente son indivisibles. Distínguense lo segundo, en que Descartes sólo admite potencia pasiva para el movimiento en la materia; Gasendo atribuye a sus átomos virtud congénita para moverse. Distínguense lo tercero, en que Descartes tiene por imposible el vacío; Gasendo, no sólo le concede posible, pero existente. Esto se entiende del vacío que llaman diseminado, distribuido en los pequeñísimos espacios que necesariamente quedan en los intersticios de los átomos; y concede también, que es posible el vacío en un grande espacio. Estos son los capítulos principales de división entre las dos Escuelas.

33. Verdaderamente la resurrección que hizo Gasendo de la Filosofía de Epicuro, es parecida en parte a la [278] resurrección que esperamos a nuestros cuerpos, que, como dice el Apóstol, serán entonces reformados: Reformabit corpus humilitatis nostrae. Pues no puso a los átomos eternos, o existentes necesariamente, como Epicuro, sino criados en tiempo por el Autor Supremo; que fue reformar lo que tenía de contrario a la Religión la Filosofía de Epicuro.

34. Y si he de decir lo que siento, yo hallo mucho más defensable el sistema de Gasendo, que el de Descartes, especialmente después que el famoso P. Maignan le quitó algunas espinas, que tenía hacia los dogmas teológicos. Pero en cuanto al inconveniente de seguirse a la formación del mundo con poca dilación de tiempo su ruina, aunque cuanto se ha argüido hasta ahora contra Descartes no tiene lugar contra Gasendo, resta un reparo, que comprehende uno, y otro sistema.

35. Cartesianos, y Gasendistas concuerdan en establecer en el mundo la continuación del mismo movimiento de sus partículas, que al principio le dio ser, o le formó. Y esto es lo que yo hallo imposible, o sumamente difícil de entender; porque me parece que aquel movimiento conque se ponen en orden las partes de un todo, después de formado éste, debe cesar, para que se conserve el compuesto. La razón, y la experiencia comprueban mi pensamiento. La razón, porque cualquiera movimiento que conduce a algún término, si después de logrado el término no cesa, necesariamente ha de sacar del término al móvil, para llevarle a otro término: pues movimiento que no tienda a algún término, es imposible; y el término ya adquirido, no puede serlo, respecto del movimiento que persevera después de la consecución. Digo no puede ser término ad quem, como se explican los Escolásticos: sí sólo término a quo. Conque es preciso que el movimiento que continúa, traslade al moble del mismo estado en que le puso, a otro diferente. Siendo, pues, la formación, y orden del Universo término de aquel movimiento que al principio tuvieron las partes de la materia, continuando la misma especie de movimiento, [279] le ha de sacar de ese mismo orden en que le puso.

36. La experiencia demuestra lo mismo, no sólo en los compuestos artificiales, donde se ve que el movimiento comunicado a las partes por el impulso del Artífice, cesa en estando todas en el orden debido, y si no cesara, se desbarataría con ese mismo movimiento toda la obra; mas también en los compuestos naturales. El movimiento del Acido, y Alkali, que los conduce a unirse entre sí, formando el mixto, que se llama Salsalso, cesa lograda la unión. Si no cesara, es claro que luego se desunirían, y no duraría la unión más que un instante. Aún más claro se ve esto en los frutos de las plantas. Desde que empieza a crecer una manzana en el árbol, empieza en ella el movimiento fermentativo conque poco a poco se va disponiendo para la madurez. Si llegando a estar madura, no para el movimiento fermentativo de sus partículas, con ese mismo movimiento pasa de la madurez a la putrefacción. Y así todas las diligencias que se hacen para la conservación de los frutos, no son otras que aquellas que estorban el movimiento fermentativo de sus partículas. No veo que pueda suceder otra cosa en el compuesto universal del Orbe, que lo mismo que sucede en cada mixto particular.

37. Admirablemente dijo Bacon, que aquella Filosofía (conviene a saber, la de Leucipo, Demócrito, y Epicuro), que más es acusada de ateísmo, si se mira bien, es la que más claramente demuestra la existencia de Dios: porque luego se representa inconceptible que un ejército innumerable de átomos, vagando sin orden, formasen esta admirable, y concertada variedad del Universo, sin ser regidos por Artífice Divino {(a) De Interp. rer. cap. 16.}. Lo que Bacon dijo de la formación, aplico yo a la conservación. Es imposible que el vehementísimo ímpetu que en las partes de la materia suponen estable Descartes, y Gasendo, no destruya el orden del Universo, si Dios no está haciendo para su conservación un continuo milagro. [280]

§. X

38. Porque pertenece derechamente al asunto de este Discurso, le concluiremos examinando cierta opinión particular de estos tiempos, en cuanto a la generación de los vivientes; de la cual creo se sigue, que todos los vivientes, en cuanto a sus especies, hubieran perecido a pocos pasos de sus primeras procreaciones.

39. Después que los Filósofos modernos, con la sutileza de sus especulaciones, se empeñaron en descubrir a la naturaleza sus más retirados senos, habiendo ya Descartes introducido la máxima de desterrar todas las causas segundas, recogiendo toda la virtud productiva en el Autor de la naturaleza, de modo, que ni aun por participación se halle en alguna criatura, nos trajeron algunos la gran novedad de que Dios crió en el principio del mundo, envueltas unas en otras, las semillas de todos los vivientes que habían de existir en toda la duración de los siglos: de modo, que no sólo virtualmente, sino formalmente en la primera planta de cada especie existieron las semillas de todas las plantas de la misma especie que hubo, y ha de haber hasta el fin del mundo. Y lo que es más, en cada una de estas innumerables semillas estuvo perfectamente formada la planta con su tronco, raíces, hojas, flores, y frutos.

40. No sé quién fue el primer Autor de esta opinión. El primero de los que yo leí fue Jacobo Rohault, famoso Cartesiano, a quien inmediatamente se siguió el P. Malebranche. Y creo están hoy por ella los más de los Cartesianos. D. Gabriel Álvarez de Toledo, que en su Historia de la Iglesia, y del Mundo antes del Diluvio, quiso exornar la Sagrada Historia del Génesis con las nuevas opiniones filosóficas (aliños tan forasteros a aquel asunto, como el de su impropio, y afectado estilo), extendió en una de sus notas esta nueva sentencia, aunque sin añadir nada a lo que en otros halló escrito.

41. A la verdad en este Autor se me hizo muy reparable el haberse declarado sectario de la nueva opinión. Lo primero, porque no asienta bien con la letra del Génesis, [281] a quien sirve de glosa aquella nota. El Texto Sagrado dice que mandó Dios a la tierra, que brotase hierba, la cual hiciese su semilla: Dixitque Deus: germinet terra herbam virentem, & facientem semen. Y en el versículo inmediato añade, que obedeció la tierra, arrojando hierba, la cual hace la semilla de su especie: Et protulit terra herbam virentem, & facientem semen juxta genus suum. ¿Quién no ve que no se salva en la propiedad literal hacer la planta su semilla, precisamente por tenerla encarcelada en su seno, si no es cada hierba más que una depositaria de las semillas de las demás, que la han de suceder, habiéndolas producido Dios todas de antemano, y fiándolas a la custodia de esta planta, como se verifica ser la misma planta verdadera hacedora de ellas?

42. Lo segundo porque extraño que D. Gabriel abrazase esta sentencia, es la poca consecuencia de ella con la física, que poco antes había establecido; esto es, en el capítulo cuarto, y nota quinta, donde, siguiendo a Gasendo, niega la infinita divisibilidad a la materia: y sin ella es absolutamente inconceptible ese revoltijo de millones de millones de semillas (o por decirlo mejor, millones de millones de plantas formadas) en la primera semilla de cada especie. Hagamos esta imposibilidad patente con un ejemplo.

43. Considérese que un roble, desde que empieza a dar fruto, vive cien años, siempre en estado de darle, y que un año con otro produce diez mil bellotas: conque en todo produce un millón de bellotas. Rebajo mucho, así de los años de vida del roble, como del número del fruto; siendo cierto, que en terreno oportuno vivirá, y producirá mucho más. A esta cuenta, vamos haciéndola de lo que encerraba en su seno la primera bellota que hubo en el mundo, discurriendo por la sucesión de varias generaciones, y suponiendo, que en cada diez años pudo cada bellota, sacada a luz, estar hecha roble, que produjese nuevo fruto. Tenía, pues, la primera bellota en su seno, para la primera producción, un millón de bellotas: dentro de cada una de éstas tenía, para la segunda producción, otro [282] millón: dentro de cada una de éstas tenía otro millón para la tercera producción. Demos ahora pasados ciento y diez años, en que la bellota absolvió la primera serie de sus producciones. En los diez años siguientes se debe considerar acabada la segunda, y en los diez siguientes la tercera; porque ya cien años antes hubo robles de cada una de estas series, empezando a producir la primera bellota a los diez años después que salió a luz. Por este cómputo sale, que por cada diez años que se cuenten después de los ciento y diez primeros, se multiplican por un millón las bellotas antecedentes. Y así sólo para la tercera serie de producciones, es preciso que en la primera bellota esté contenido un millón de millones de millones de bellotas, que se señala con estas cifras: 1000000000000000000. Pasemos adelante: en cada diez años siguientes se añaden a este número seis cifras, según la regla elemental de la Aritmética, porque en cada diez años se multiplica por un millón el número antecedente. En cada cien años se añaden sesenta cifras. En cada mil, seiscientas. Ajustando, pues, los años que han pasado desde la creación del mundo hasta ahora, que según el cómputo más probable de todos, son cinco mil cuatrocientos y sesenta y seis años, tenemos, que el número de bellotas contenido dentro de la primera bellota, precisamente para las series de producciones, que pudo haber hasta este tiempo, no se puede explicar con menos de tres mil cifras de guarismo.

44. Para quien no comprehende el inmenso valor de tantas cifras, o caracteres numéricos, basta decirle, que si Dios criara un Firmamento, que fuese mil millones de millones de veces mayor que el Cielo estrellado, que ahora tenemos, y se llenara toda su concavidad de granos de arena, tan menudos, que mil juntos no pesasen tanto como un grano de mostaza, no serían menester ni el diezmo de los caracteres dichos, para sumar el número de granitos de arena, que cabrían en aquel vastísimo Firmamento posible. Supuesta la evidencia de esta cuenta, que es matemática, quisiera que me dijera el más apasionado de [283] D. Gabriel Alvarez, si halla persuasible, que siendo finita la divisibilidad de la materia, estuviesen encerradas en la primera bellota tanto número de bellotas, como significan los tres mil caracteres, con la adición de ser todas ellas otros tantos robles formados con sus partes integrantes. En que se debe también advertir, que cada bellota no contiene en todo su cuerpo las que han de salir de ella, sí sólo en la parte central suya, que se llama yema.

45. Alégase a favor de esta opinión, lo primero la experiencia del tulipán, en cuya semilla se ve con el microscopio formado un tulipán entero. Lo segundo, que no se puede entender que haya, ni en las plantas, ni en los animales virtud formatriz, o arquitectónica para la admirable estructura que piden sus especies. Lo tercero, la autoridad de S. Agustín en el lib. 5. de Trinit. cap. 8 donde dice que crió Dios en este mundo, no sólo las semillas visibles, mas también otras invisibles, que son semillas de otras semillas.

46. A lo primero se puede responder, que de que haya un tulipán formado en la semilla de otro tulipán, no se infiere que haya una serie como infinita de tulipanes escondidos unos en otros. Acaso la virtud formatriz tiene su esfera de actividad terminada en esa primera generación; y esto es lo más verisímil. A lo segundo se dice, que la virtud formatriz arbitrariamente se niega, cuando vemos, aun en los mixtos inanimados, bastantes señas de ella: pues el Salmarino liquidado se concreta siempre en cubos, el nitro en columnas hexágonas; y en varias tierras hay piedras, que observan en la figura una regularidad admirable. A lo tercero respondo, que S. Agustín en el lugar citado se puede entender muy bien de semillas potenciales; esto es, de los principios elementales de las semillas. Esto es más conforme al contexto; pues dice el Santo, que estas semillas están esparcidas por los Elementos. Y en caso que se entienda el Santo de semillas formales, no favorece a la opinión nueva que impugnamos, sino a otra, que es muy antigua, de que de todas las cosas corpóreas hay semillas [284] ocultas mezcladas en los Elementos, que vagando en ellos, son llevadas por los vientos de unas partes a otras; en cuya consecuencia se niega la que se llama generación espontánea de los vivientes: afirmándose, que no hay planta, ni animal, por vil que sea, que no deba el origen a semilla de su especie. Esta opinión apadrina el Maestro de las Sentencias en el lib. 2. dist. 17 y la siguen muchos modernos.

47. Los fundamentos, pues, en que estriba la nueva opinión, no son tan fuertes como los que contra ella se toman, ya de las generaciones monstruosas, v. g. un cuerpo con dos cabezas; siendo imposible, que de dos cuerpos figurados, y extensos en dos semillas, se haga uno sólo. Ya de que es inexplicable en aquella sentencia la generación de los híbridas, o animales de especie mixta: porque de dos cuerpos, que cada uno tiene su figura determinada, no puede, sin desbaratar enteramente su contextura, formarse otro cuerpo, que no tenga ni una, ni otra figura: y así sería menester destruir las semillas de uno, y otro sexo para formar el tercero, que sería un modo de formar ex semine totalmente contradictorio. Ya en fin de que tampoco se puede entender en la misma opinión, cómo en las generaciones regulares el engendrado salga semejante a entrambos generantes. Estas dificultades hay contra la nueva opinión, aun supuesta la infinita divisibilidad de la materia; pero de ninguna de ellas se hizo cargo D. Gabriel Álvarez, como si escribiera para hombres sin discurso, y que no habían de leer más que su libro.

48. Corrió la pluma acaso más de lo que debiera en la impugnación de esta sentencia, la cual sólo por vía de digresión tenía aquí cabimiento, siendo mi intento sólo mostrar que de ella, puestos los principios Cartesianos, se sigue, que muy luego después de producidas las plantas, y animales, se habían de extinguir todas sus especies, destruyéndose todas las semillas. Lo cual deduzco del ímpetu rapidísimo, conque la materia etérea penetra hasta los más sutiles poros de todos los cuerpos: pues parece imposible que en tan continuados embates no destruyese la textura de [285] todos aquellos minutísimos arbolillos, contenidos en las primeras semillas. Lo mismo digo de las semillas organizadas de los animales. De este modo se estorbaba del todo la propagación de las especies. Este inconveniente (por ocurrir a la réplica que podía hacérsenos) no se sigue en la común sentencia; pues no estando organizados los árboles dentro de las semillas, sino en potencia, aunque haga algún estrago en ellas la materia etérea, disipando sucesivamente, ya unas, ya otras partículas, por medio de la nutrición se van reparando al mismo tiempo, y de este modo siempre tiene la virtud formatriz materiales para la fábrica.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo primero (1726). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 262-285.}


www.filosofia.org Proyecto Filosofía en español
© 1998 www.filosofia.org
Biblioteca Feijoniana Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764)
Teatro crítico universal (1726-1740)