Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo primero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo primero • Discurso nono

Eclipses

§. I

1. Aunque los pronósticos que hacen los Astrólogos por la inspección de los Eclipses, parece debieran ser comprehendidos, e impugnados en el Discurso pasado, por ser en parte materia de sus Almanaques, he juzgado más oportuno hacerles proceso aparte; porque en realidad es la causa diversa; siendo cierto que este error no se funda tanto en la vanidad Astrológica, cuanto en una mal considerada Física.

2. En aquellos tiempos rudos, cuando se ignoraba la causa natural de los Eclipses, no es de extrañar, que [217] sobre ellos concibiesen los hombres extravagantes ideas. Así (según refiere Plinio) Stersícoro, y Píndaro, ilustrísimos Poetas, consintieron en el error vulgar de su siglo, atribuyendo a hechicería, o encanto la obscuridad de los dos Luminares. Por esto era rito constante entonces dar todos grandes voces, y hacer estrépito con tímpanos, vacías, y otros instrumentos sonoros a fin de turbar, o impedir que llegasen al Cielo las voces de los Encantadores. A lo que aludió Juvenal, cuando de una mujer muy locuaz, y voceadora, dijo:

Una laboranti poterit sucurrere Lunae.

Los Turcos, y Persas continúan hoy la misma superstición, aunque con motivo distinto, que es el de desbaratar, o desvanecer con el ruido las malignas impresiones de los Eclipses; a que añaden el cubrir cuidadosamente las fuentes públicas; porque no les comunique algún inquinamento el ambiente viciado con el adverso influjo. Lo mismo hacen los Chinos en cuanto al estrépito, como testifica el P. Martín Martini, aunque asistidos ya de Matemáticos, que les predicen el día, y la hora del Eclipse, y desengañados de que el Eclipse de Sol no es más que la falta de comunicación de sus rayos a la tierra por la interposición de la Luna; y el Eclipse de Luna la falta de comunicación de la luz Solar a ella por la interposición de la tierra. Tanto se arraiga en los ánimos una observación supersticiosa, que apenas puede turbarla de la posesión el más claro desengaño. Ni son menos ridículos los habitadores de Coromandel, los cuales atribuyendo a sus pecados el Eclipse de Luna, luego que le advierten, a tropas entran a lavarse en el Mar, creyendo que así expían sus culpas.

3. Aunque errores de este tamaño son particulares sólo de algunas bárbaras Naciones, en todas reina el general engaño de que los Eclipses ocasionan graves daños a las cosas sublunares, tanto sensibles, como insensibles, con sus enemigos influjos. Tan universal es el miedo de los Eclipses, que Plinio le extiende hasta los mismos brutos: Namque defectum syderum, & caeterae pavent quadrupedes. [218] Pero es cierto que se engaña; porque yo los he observado nada menos alegres, y festivos durante el Eclipse, que fuera de él. Y así aseguro, que no es el miedo de los Eclipses instinto de los irracionales, sino irracionalidad de los hombres: temor ajeno de todo fundamento, y que a veces ocasiona grave perjuicio, atando las manos para ejecutar lo conveniente. Como le sucedió a Nicias, Capitán de los Atenienses, que siéndole preciso retirarse con la Armada Naval del sitio infeliz de Siracusa, dejó de hacerlo por ver eclipsada la Luna, pareciéndole que cuanto en aquel tiempo fatal se ejecutase, tendría éxito funesto. De que resultó, que cargando luego sobre él los Siracusanos, derrotaron enteramente a los Atenienses. Muchos, como Nicias, durante el Eclipse, levantan la mano de los negocios, y por esta interrupción pierden las coyunturas. Yo ví no pocos, al asomar el Eclipse, meterse más tímidos en sus aposentos que los conejos en sus madrigueras. Y no sé si perdieron algo de su supersticioso miedo, viendo que a mí no me había sucedido algún daño, aunque, mientras duró el Eclipse, de propósito me estuve paseando a Cielo descubierto.

§. II

4. De modo, que la experiencia está muy lejos de autorizar ese miedo; y la razón evidentemente le convence de vano. Porque no siendo otra cosa el Eclipse de Luna, que la falta de su luz refleja por la interposición de la tierra; y el de Sol la falta de la suya, por la interposición de la Luna; pregunto: ¿qué daño puede hacer el que falte por un breve rato, ni de noche la luz de la Luna, ni de día la del Sol? ¿No falta una, y otra luz por una nube interpuesta, y aún más dilatado tiempo, sin que por eso se siga daño perceptible, ni en la tierra, ni en los animales, ni en las plantas? ¿Qué más tendrá faltarme la luz del Sol, porque la Luna me la estorba, que faltarme porque el techo de mi domicilio donde estoy recogido me la impide? La calidad, o naturaleza del cuerpo interpuesto, no hace al caso: porque que el techo de mi aposento [219] sea de esta madera, o de la otra, que esté cubierto de plomo, o de pizarra, o de teja, no puede hacer que la falta de luz, ocasionada de este estorbo, sea más, o menos nociva.

5. Pericles, Capitán de los Atenienses, viendo turbados por un Eclipse del Sol los Soldados que estaban prevenidos por una expedición marítima, oportunamente opuso a los ojos del Gobernador de la Armada consternado como los demás, la capa de púrpura que tenía sobre sus hombros, estorbándole con ella la vista del Cielo; y preguntándole, si aquello le podía hacer, o pronosticar algún daño. Respondióle el Gobernador, que no. Replicó Pericles: pues no hay alguna diferencia de una cosa a otra; sino que la Luna, como mucho mayor cuerpo, quita a muchos la luz del Sol, y la capa a uno solo.

6. Lo mismo digo de la falta de calor que puede venir de uno, u otro Astro. Fuera de que de la Luna no nos viene algún calor, o es totalmente insensible. Así lo mostró la experiencia en el mejor espejo ustorio, que jamás hubo en el mundo (dejamos aparte los de Arquímedes, acaso fabulosos), que fue el que pocos años ha, como se lee en las Memorias de Trevoux, fabricó en Francia el Señor Villete; tan activo, que no se encontró materia alguna que expuesto al Sol no licuase prontamente colocada en el punto del foco. Digo que en este espejo se vio, que la Luna no produce calor poco, ni mucho; pues habiendo recogido sus rayos en él, no se percibió en el punto del foco calor alguno: y por poco que fuese el calor de la Luna, creciendo en aquel punto a proporción que el del Sol, se había de sentir allí muy vehemente.

7. Ni se me oponga aquel verso del Salmo 120: Per diem Sol nun uret te, neque Luna per noctem, del cual se movió Vallés para conceder en su Filosofía Sacra, cap. 71, virtud de calentar a la Luna. Digo que este texto no prueba el intento. Lo primero, porque en doctrina de S. Agustín sólo admite sentido místico: y así el Cardenal Hugo no le dio otras inteligencias, que las de esta clase. Lo [220] segundo, porque como se puede ver en Lorino, el verbo Hebreo del original no significa ustión, o calefacción, sino cualquier género de lesión en general. Lo tercero, porque como exponen otros, la Luna quema no calentando, sino enfriando; o hace con el frío algunos efectos semejantes a los que obra el Sol con el calor. Por lo que dijo un Poeta:

... Unum operantur
Et calor, & frigus: sicut hoc, sic & illud adurit.
Sic tenebrae visum, sic Sol contrarius aufert.

Y que no puede entenderse el texto literalmente, según el rigor del verbo latino Uro, es claro; pues aunque se conceda alguna actividad para calentar a la Luna, nadie dirá que es tanta, que llegue a quemar.

8. Si alguno piensa que la sombra de la tierra, llegando a la Luna, puede malear su influjo, considere lo primero, que la sombra, siendo pura carencia, no puede tener actividad alguna poca, ni mucha. Considere lo segundo, que aun cuando concediésemos a la sombra alguna facultad para inficionar el influjo, no habría por lo menos que temer en el Eclipse del Sol; pues nunca llega, ni puede llegar por razón del Eclipse a este Astro alguna sombra: Supra Lunam pura omnia, ac diurnae lucis plena, dice Plinio. Dije por razón del Eclipse, para excluir aquellas sombras que en el Sol muestran sus propias manchas, poco ha empezadas a observar con los telescopios.

§. III

9. Es muy del caso, para desvanecer el miedo de los Eclipses, proponer aquí lo que dice de ellos Jerónimo Cardano. Este Autor, cuyas decisiones deben ser muy veneradas de los Astrólogos, por haber sido gran protector de las ideas de la Judiciaria, tan lejos está de condenar los Eclipses por nocivos, que antes los aprueba por útiles. En caso de no ser muy frecuentes, asienta, que todos los Eclipses enfrían sensiblemente la tierra, y los [221] vivientes. Pero en eso mismo funda su conveniencia. Siendo (dice) necesario el calor para conservar la vida de los animales, y las plantas, entre los siete Planetas solo uno fue criado de naturaleza fría, que es Saturno. Pero no pudiendo un solo Planeta frío corregir el ardor que ocasionan seis Planetas calientes, para que en el discurso del tiempo no fuese abrasado el mundo, dispuso Dios que de tiempo en tiempo hubiese Eclipses, los cuales refrescasen la tierra {(a) Aphorism. Astron. segm. 7. Aphor. 52.}. Según esta doctrina, en vez de temer los Eclipses, debemos amarlos, como auxiliares de nuestra conservación, por cuanto templan las ardientes iras de los seis Planetas, que sin ese correctivo nos redujeran a cenizas. Es verdad que no es muy coherente esto con lo que Cardano dice en otra parte, que si el Eclipse del Sol sucede estando las mieses en flor, aquel año no tienen grano las espigas. Ciertamente frialdad que hace tanto daño en las mieses, es muy excesiva para que se puedan esperar de ella buenos efectos en las demás sustancias animadas. ¿Pero quién creerá que la ausencia del calor del Sol por tres horas, que es lo más que duran sus Eclipses, pueda ocasionar tanta ruina, cuando no vemos seguirse estos estragos, aunque las nubes nos le escondan por tres días?

10. También es bueno advertir aquí, que la regla que da Cardano en cuanto a la duración de los Eclipses, está encontrada con lo que en este punto se nos dice comúnmente en los Almanaques. La regla de Cardano es {(b) Ubi sup. Aphor. 75.}, que los efectos de los Eclipses de Luna duran otros tantos meses, y los de los del Sol otros tantos años cuantas horas hubieren durado, o estos, o aquellos. Y siendo cierto que el Eclipse más largo de Sol no dura más que tres horas, ni el de Luna más que cuatro, sólo a tres años pueden extenderse los efectos de aquel, y sólo a cuatro meses los de este. ¿Cómo se compondrá esto con la larga serie de años, que tal vez ponen los Almanaques sujetos al maligno influjo de los Eclipses? [222]

11. Aunque hemos impugnado hasta aquí los malignos influjos de los Eclipses en cuanto dependientes de causa física, conviene a saber, de la frialdad que puede ocasionar la ausencia de la luz de los dos Astros, no se piense por esto que los Astrólogos no introducen también en esta materia los soñados preceptos de la Judiciaria. Hace mucho al caso, según su doctrina, para determinar, variar o modificar el influjo de la causa física, la Casa celeste donde sucede el Eclipse: también la positura de los dos Luminares en este, o en aquel Signo, con otras cosas a este tono, cuya impugnación omitimos; porque cuanto se ha dicho arriba contra la Astrología Judiciaria, sobre ser sus preceptos absolutamente arbitrarios, sin fundamento alguno, ni de razón, ni de experiencia, es adaptable al asunto presente.

12. Depóngase, pues, el vano miedo de esos fatales efectos, que, a Dios te la depare buena, nos pronostican los Almanaquistas han de durar por tantos, o tantos años. A signis Caeli nolite metuere, quae timent gentes, clama Dios por Jeremías. No temáis, como los Gentiles, las señales del Cielo. Este Texto desengaña generalmente de la vanidad de la Judiciaria. Pero parece que con alguna particularidad se puede aplicar a relevarnos del susto que nos introducen los Astrólogos con sus imaginarios efectos de los Eclipses. Y dése también por dicho esto para los Cometas, de los cuales vamos a hablar ahora.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo primero (1726). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 216-222.}


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