La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo quinto
Carta XXVIII

Al mismo señor


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1. Mi amigo, y señor: En la última, que dirigí a Vmd. le expuse el motivo, que invenciblemente [409] me persuade, que nuestro gran Terremoto no fue efecto de la incensión de las materias inflamables contenidas en las cavidades subterráneas, que yacen descontinuadas en este cortezón superior de la tierra, apuntando consiguientemente, que es menester buscar más abajo, o a mayor profundidad el origen del Terremoto.

2. Para cuya explicación supongo, que las materias inflamables, que hay en el Globo Terráqueo, no están diseminadas precisamente en esta parte superior de él; antes se extienden por un grandes espacio inferior a ella, cuyos términos, ni aún conjeturalmente es posible definir; pero con alguna probabilidad se puede opinar, que estén a considerable distancia del centro de la tierra, por dejar en aquella profundidad bastante espacio, donde colocar aquella gran piedra imán de alguno, o algunos centenares de leguas de diámetro, cuya existencia en aquella parte consideran algunos Filósofos precisa para explicar el evidente magnetismo del Globo Terráqueo, y otros muchos fenómenos magnético, que nos presentan las observaciones.

3. Nadie pienso podrá negar, que la suposición hecha sea sumamente razonable. Persuádela lo primero la analogía, que naturalísimamente se concibe de las partes inferiores de la tierra con las superiores, a que es consiguiente, que como en éstas están sin duda mezcladas muchas materias inflamables, lo mismo suceda en aquellas. Persuádela lo segundo la experimentada subsistencia de algunos volcanes, no solo por dos, o tres, sino por muchos siglos. Plinio con aquella expresión suya, hablando del Etna, lib. 2, cap. 106: Tantoque aevo ignium materia sufficit, claramente insinúa, que ya en su tiempo eran muy antiguos los incendios de aquel volcán: con que por lo menos se le deben dar veinte siglos de antigüedad. He dicho por lo menos, porque una reflexión, que me ocurrió ahora, me mueve a darle diez siglos más; esto es, treinta siglos de antigüedad. Sabida la fábula de Tifeo, aquel Gigante de Gigantes, a quien Júpiter, por su sacrílega rebelión contra los Dioses, con un rayo arrojó a las [410] cavidades del monte Etna, de donde indignado vomita llamas contra el Cielo; lo que al Caballero Guraini arrebató a aquel galante entusiasmo hablando del Tifeo, no sé si fulminado, o fulminante. Esta fábula tuvo su principio en el siglo de las ficciones Gentílicas, anterior, como nadie ignora, a la guerra de Troya, y la guerra de Troya fue anterior cerca de doce siglos a la venida de Cristo. Luego entones ya existía aquel terrible volcán Siciliano, porque, sobre la realidad de las llamas del volcán, cayó la ficción de las que respiraba Tifeo.

4. ¿Pero qué infiero de la grande antigüedad de este volcán? Lo que he menester para mi asunto; esto es, que la materia en que se ceba (y entiéndase dicho esto mismo de otros muchos, que hay en la tierra, y cuyo principio se nos esconde en una remotísima antigüedad) se les suministra de sitio, o sitios muy profundos; porque a no ser así, ya algunos siglos ha se hubiera consumido toda. ¿Quién se persuadirá, a que los betunes, azufres, nitro, &c. contenidos, pongo por ejemplo, en tres, o cuatro millas de profundidad, bastaron a la expensa de tantas, y tan prodigiosas erupciones, como hubo en el espacio de tres mil años? Erupciones, digo, en algunas de las cuales salieron caudalosos ríos de minerales licuados, y las cenizas inundaron una gran parte de Atmósfera, cuando se cuenta, que alguna vez llegaron a derramarse sobre Constantinopla.

5. En lo escrito en esta Carta, y en la inmediata anterior a ella, están puestos los fundamentos del sistema, que he ideado, sobre el modo con que se excitan los Terremotos de grande extensión. Digo los de grande extensión, porque para los que comprehenden un corto espacio, basta a la explicación de su causa el común sistema de las materias inflamables contenidas en los senos de la tierra, pocos distantes de su superficie. Voy, pues, a exponer mi sistema.

6. habiendo probado ya que las materias inflamables no están sólo en esos senos vecinos, sino diseminados por [411] todo el Globo, y que las de los senos vecinos son insuficientes para mover una región entera, o muchas regiones, es preciso recurrir para tan portentoso efecto a las que yacen retiradas en mayor profundidad.

7. ¿Pero cómo lo hacen éstas? Sugiriendo a las cavernas superiores abundante copia de exhalaciones, con que se forman en dichas cavernas terribles tempestades, semejantes a las que experimentamos en nuestra Atmósfera. Semejantes, digo, pero mucho más impetuosas, por la razón, que expresaré abajo. ¿Qué hay en esto más, que un mecanismo naturalísimo? Y tan natural como aquel, mediante el cual se levantan sobre nuestras cabezas los nublados, y se forjan en ellos los truenos, los relámpagos, y los rayos.

8. ¿Tan natural dije? Dije poco. Es lo mismo sin diferencia alguna. Así como de estas materias inflamables contenidas en la parte superior del Globo Terráqueo, agitadas del calor subterráneo, se levantan exhalaciones a la Atmósfera, que colocadas en ella, se encienden, truenan, y fulminan; ni mas, ni menos de las materias inflamables que están en sitios más profundos, agitadas de los fuegos subterráneos, ascienden copiosas exhalaciones aquellas cavernas, que no están muy distantes de nosotros, y en ellas se encienden, truenan, y fulminan. Así hay nublados, hay tempestades semejantes a las que vemos sobre nosotros: semejante sí, pero mucho más terribles: ya porque en igual espacio hay mayor copia de exhalaciones, congregándose en cada caverna las que humean de un gran distrito de la región inferior: ya porque careciendo de espacio libre, y anchurosos adonde derramarse, como las que vaguean por la Atmósfera, están muy comprimidas, de modo, que éstas son como pólvora suelta, y aquellas como pólvora atacada, lo que facilita la incensión, y aumenta infinitamente la impetuosidad; ya en fin, porque las de la Atmósfera están envueltas en gran multitud de vapores acuosos, de modo, que se pueden contemplar como pólvora mojada, y al contrario como [412] pólvora enjuta la contenida en las cavernas, donde hay, o poca, o ninguna humedad.

9. Así que, puesto todo lo dicho, se deben considerar todas esas cavernas como otros tantos grandes hornos de un violentísimo fuego de reverbero, o como otras tantas grandes minas de pólvora encendidas, semejantes a las que se forman en los asedios Militares para volar las fortificaciones. ¿Y qué hace esa pólvora? Lo mismo que la que se inflama en la mina bélica, en el cañón del fusil, o la pieza de Artillería. La pólvora inflamada extiende mediante el calor el aire contenido en aquella concavidad; y soltando sus aprisionados muelles, pone en ejercicio su fuerza elástica, de la cual es efecto inmediato el impulso, que da movimiento a la bala, o a la tierra, en que estriba el muro; porque en esta explicación de la actividad de la pólvora, convienen todos, o casi todos los Filósofos modernos, considerándola, no como agente inmediato del impulso, sino mediata la súbita rarefacción del aire contenido entre sus granos, y el internado en ellos mismos.

10. A los que no son capaces de meditar sino superficialmente esta materia, se hará increíble, que el poquísimo aire contenido en la pólvora, que hace la carga regular de un arcabuz, arroje la bala con más violencia, y a más distancia, que pudiera el hombre más valiente del mundo, aplicando toda la pujanza del brazo. Sin embargo convencen varios experimentos, que aquel impulso viene inmediatamente del aire, y sólo mediantemente del fuego, el cual también es de tan corto volumen, que asimismo debe admirar en él tanta actividad el que la admira en el aire.

11. De aquí fácilmente viene a la consideración el que si el aire, que cabe en el hueco de la cáscara de una avellana, prontamente enrarecido con el fuego, tiene tanta fuerza, ¿cuánta será la de aire contenido dentro de una anchurosa caverna, recibiendo con igual prontitud de las exhalaciones encendidas igual grado de rarefacción? [413]

12. Percibirase esto más claramente, haciendo reflexión sobre lo que, no una vez sola, sucedió en los cavernosos senos de algunos volcanes, en que el aire irritado de la cólera del fuego, arrancando de ellos pesadísimos peñascos, los hizo volar como plumas por grandes espacios de la Atmósfera. Monsieur de la Condamine, de la Academia Real de las Ciencias, en la hermosa descripción de su Viaje a la América, como testigo de vista refiere, que una erupción, que hizo el volcán de Cotapaxi, de la Provincia de Quito, arrojó algunos grandes pedazos de roca a más de tres leguas de distancia. Uno de ellos vio el mismo Monsieur de la Condamine a gran distancia de la boca del volcán, cuyo bulto le pareció ser de quince o veinte toesas cúbicas. Ni es menos admirable lo que refiere de la erupción del mismo volcán el día 30 de Noviembre del año de 1744, en que sus bramidos fueron oídos a la distancia de 120 leguas de las de 25 en grado, que hacen cerca de 70 de las ordinarias Españolas: espacio a que no es extiende jamás (pienso que ni aún a la tercera parte de él) el estrépito de los más horribles truenos de nuestros nublados.

13. Donde conviene advertir, que mucho menor impulso es menester para arrasar una gran Ciudad, como Sevilla, o Lisboa, derribando por medio de un Terremoto todos sus edificios, que para arrojar tan lejos aquellas enormes masas de piedra. Para lo primero basta imprimir el movimiento de temblor, o trepidación para lo segundo es necesario el de proyección. Cuanto más fácil sea aquel que éste, se infiere de que a una campana de cien quintales de peso, colocada en el suelo, un niño con el golpe de una varita la hace sonar en el tono correspondiente a todo su volumen; lo que evidencia, que a todo su volumen imprimió el movimiento de trepidación: pero ni diez hombres robustísimos podrán apartarla, ni un dedo de su sitio, no haciéndolo por medio de alguna máquina.

14. Consta también cuán fácilmente se imprime el [414] movimiento de temblor en la tierra de aquella artificiosa diligencia, que comúnmente se practica en las plazas sitiadas para explorar, si los sitiadores forman alguna mina. En el sitio hacia donde puede haber alguna sospecha, se coloca un tambor, y sobre la piel algunos dados. Si debajo se está trazando alguna mina, tiembla algo el tambor, y se mueven los dados; lo que tanto mayor fuerza hace para el asunto, cuanto es cierto, que los minadores para no ser sentido arriba, evitan cuanto pueden cualquiera golpe fuerte. Excusado es prevenir, que el tambor no puede temblar, sin que tiemble la tierra por un espacio considerable desde la profundidad de la mina, hasta la superficie de arriba. De la misma industria se usa en la guerra para averiguar, si algún trozo de Caballería enemiga se avanza por sitio a que no alcanza la vista.

15. Acaso querrá alguno oponer a mi sistema como adaptable al Terremoto, que poco ha padeció España, una objeción semejante a la que yo hice contra el común, que constituye la casual incensión de las materias inflamables contenidas en las cavernas de la tierra vecinas a su superficie. Varias noticias del Terremoto de España referían, que en muchas partes, entre sí muy distantes, se había sentido el temblor en el mismo punto de tiempo; sobre que yo oponía al sistema común la gran inverosimilitud, que se venía a los ojos, de que por mera casualidad se encendiesen a un mismo tiempo las materias contenidas en tantas cavernas recíprocamente muy distantes. Pero la misma parece que hay en que las exhalaciones exaltadas de cualquiera profundidad del Globo, como de concierto arribasen al mismo tiempo a tantas cavernas entre sí muy distantes.

16. Yo a la verdad no sé si es cierta esa coincidencia del temblor de tierra en muchas partes, y a grandes distancias recíprocas en el mismo punto de tiempo. Lo que me consta con alguna seguridad es, que esa Ciudad, y en esta acaeció a las nueve, y tres cuartos de la mañana del [415] mismo día. Como en todas las demás partes, o en las más sucediese lo mismo, aún interviniendo solo la discrepancia de algunos minutos, la objeción subsiste en toda su fuerza.

17. Pero la fuerza de la objeción está tan lejos de obligarme a abandonar el sistema, que antes me sirve para darle más perfección, y fortaleza. Para lo cual supongo lo primero lo que expuse, y probé en la Carta anterior a esta, que la causa inmediata, y general de los Terremotos son unos nublados tempestuosos, formados, o congregados en las cavernas subterráneas, y perfectamente semejantes a los que a veces experimentamos en la Atmósfera.

18. Supongo lo segundo, que los Filósofos modernos, que con más estudio se aplicaron a examinar los fenómenos de la electricidad (ocupación ya habitual en muchos, de algunos años a esta parte) convienen en que los truenos, relámpagos, y rayos, que experimentamos en los nublados de la Atmósfera, son efecto de las materias eléctricas contenidas en los mismos nublados; de modo, que en ellos la naturaleza, agitando grandes proporciones de materia eléctrica, hace lo mismo que el arte hace acá abajo con poquísima materia, agitándola por medio de las máquinas, y movimientos, que para esto se han discurrido. Lo mismo, digo, pero con proporción a la cantidad de la materia: siendo preciso, que los efectos de la electricidad en la Atmósfera, como producidos por mucha copia de materia eléctrica, sean sin comparación mayores, y más terribles, que los que acá abajo nos presenta el arte de los operantes.

19. Esta conveniencia de lo que pasa en los nublados con lo que se experimenta en el manejo de las máquinas eléctricas, fue primordialmente una ocurrencia feliz del célebre Abad Nollet, que reflexionada después por el mismo, y por otros muchos, cuanto más se reflexionó, tanto más verosímil se halló: de modo, que la que su mismo inventor al principio publicó solo como idea aventurera, [416] hoy se halla aplaudida como sólida especulación física.

20. En efecto en los experimentos eléctricos se ve ejecutado en pequeño lo que en grande ejecuta la naturaleza; o habiendo con más propiedad, el Autor de ella en los nublados. hay en aquellos experimentos unos leves estallidos, que vienen a ser unos minutísimos truenos. Al contacto de los cuerpos electrizados resulta aquel centelleo, en que cada chispa es un pequeño rayo. Hay también relámpagos en las iluminaciones, que en varias circunstancias aparecen, y especialmente en aquella, que los operantes llaman beatificación, en que la persona electrizada se representa vestida de un vistoso resplandor; y se le dio el nombre de beatificación, por lo que imita aquel esplendor, de que solo después de beatificados es lícito pintar circundados los justos, que han pasado a mejor vida. {(a) El relámpago, el trueno, y el rayo se experimentan juntos en el momento mismo del contacto de los cuerpos eléctricos. Los otros relámpagos son como aquellos, que se observan en tiempo sereno, y de calor; y aún creo les vendría bien el nombre de Fósforos, por cuanto no son momentáneos precisamente, sino de una duración arbitraria. Debemos no obstante seguir aquellas voces, con que se explican los Escritores prácticos, que es lo que hace nuestro Ilustrísimo.}

21. Ni se debe omitir aquí la memoria de algunos experimentos, en que se ve, que el fuego eléctrico excitado por la operaciones de nuestros Filósofos, tiene aquella propiedad del fuego del rayo, tan admirada en todos tiempos; digo la propiedad de emplear en algunas ocasiones su fuerza en la materia contenida, sin el más leve daño del continente, como destrozar la espada, dejando indemne la vaina, o licuar los dineros contenidos en una bolsa, sin hacer en ésta algún estrago.

22. Acuérdome de haber leído dos experimentos, que prueban esta verdad. El primero es, que colocando algunas hojas de oro, y plata entre dos láminas de vidrio, y flechando sobre ellas la materia eléctrica; se licúa perfectamente el metal, sin que padezca ofensa alguna, con ser [417] tan frágil el vidrio. el segundo experimento se hace con un pájaro, a quien con el mismo flechazo eléctrico se quita en un momento la vida, haciendo estrago en sus entrañas, sin inmutación alguna en la piel, y en las plumas; lo cual consta, no sólo por ilación filosófica, más también por inspección ocular: pues mediante la disección anatómica se halla, que el impulso eléctrico, rompiendo algunos vasos sanguíneos, inundó todo el pecho de sangre.

23. Supongo lo tercero, que la denominación de fuego, que comúnmente se da a la materia eléctrica, no es metafórica, o traslaticia, sino propia, y rigurosa, prescindiendo de si es fuego de distinta especie, que el elemental, o el mismo fuego elemental, actuado con alguna particular modificación; lo que aún no está decidido. Pero que uno, que otro, se evidencia, que es verdadero fuego de las chispas, llamas, y combustiones, que se excitan de cualesquiera cuerpos, sin exceptuar aun el agua, por medio de varias manipulaciones eléctricas. Dije sin exceptuar el agua, pues es notorio que también de ellas se sacan chispas.

24. Supongo lo cuarto, que aunque este fuego eléctrico está difundido por todos los cuerpos, pero en mucho mayor copia en los sulfúreos, y bituminosos, como comprueban millares de experimentos.

25. Supongo lo quinto, lo que ya arriba insinué, como cierto, y constante, que el cuerpo de la tierra en todas sus partes, aunque mucho más en unas, que en otras, abunda de sustancias sulfúreas, y bituminosas, que están muy imbuidas de fuego eléctrico. Y acaso habrá otras muchas de la misma propiedad, y aún de mayor actividad, incógnitas hasta ahora a los Filósofos.

26. Supongo últimamente, la famosa experiencia de la comunicación eléctrica, a que algunos dan el nombre de golpe fulminante, y otros llaman la experiencia de Leyde, porque en esta ciudad se hizo la primera vez. Ésta se ejecuta poniendo una botella, medio llena de agua, [418] pendiente de un hilo de alambre, el cual, penetrando el tapón de la botella, llaga por una extremidad a la agua, y por la otra comunica con la máquina eléctrica. Hecho esto, si cualquiera persona con una mano toca al vidrio de la botella, en el mismo momento siente una conmoción terrible en todas las junturas, y aun en las entrañas. Monsieur Muschembroek de Leyde fue el primero, que (sin duda figurándose un muy diferente efecto) hizo este experimento. Pero sintió una alteración tan horrorosa en todo el cuerpo, que creyó haber llegado su última hora. Y quedó tan escarmentado, que protestó después, que no haría segunda vez el experimento; aunque le ofreciesen por ello todo el Reino de Francia {(a) Acaso algunos serán más sensibles, que otros a este experimento, pues a mí me sucede casi lo mismo, que a Monsieur Muschembroek. Pero para hacer esta experiencia es indispensable tocar con ambas manos a la máquina: esto es, con una mano a la redoma, y con la otra excitar una chispa. Si son muchos en fila, el primero toca la redoma, y el último saca la chispa. El Abad Nollet, aunque no se explica de este modo en sus Notas, lo ejecuta en la página 132, y siguientes de su Ensayo, y su Traductor en la 76, y 77.}

27. Mas la protesta de este Filósofo no quitó, que otros le repitiesen, entre los cuales se distinguió la intrépida curiosidad Francesa, pues no pocos de aquella Nación no dudaron de exponerse al mismo riesgo; aunque conjeturo, que dispondrían la máquina de modo, que no fuese el ímpetu tan violento, o tan espantosa la conmoción.

28. Lo más admirable de este fenómeno está en su propagación, porque no sólo tiene la alteración dicha el que toca la botella, mas una larga fila de personas, que se vayan enlazando por las manos. toma la mano el primero al segundo, éste al tercero, el tercero al cuarto, y así los que se siguen, y por larga que se la fila, en el momento mismo, que el inmediato a la máquina ejerce el contacto, propagando la emisión de la electricidad para todos los de la fina, todos hasta el último sientes la conmoción igualmente que el primero. El Abad Nollet practicó [419] esta operación con dos filas de a cien personas, sintiendo la última de la fila la conmoción en el mismo tiempo que la primera. Leí, que en Versalles se ejecutó después con mayor número, siendo el suceso el mismo.

29. Asentadas las seis suposiciones, que he hecho, como sin duda siento que se deben dar por firmes, sobre ellas cae naturalísimamente otra, que voy a proponer, y en que está el alma de mis sistema. Supongo, pues, que en un sitio muy profundo de la tierra se puede congregar una grande cantidad de materia eléctrica: Sean por ejemplo cien millones de libras de materias sulfúreas, y bituminosas. bien se puede cortar largo en la cantidad, porque la provisión en las entrañas de latiera es amplísima, como se colige de la duración de los volcanes por tantos siglos. Esta gran colección de materia eléctrica puede agitarse en tal, o tal tiempo, sea por esta, o por aquella causa, sin que se pueda, ni sea menester averiguar, ni cuál es la causa, que la pones en movimiento, ni porqué la mueve en tal, o al día, dejándola antes reposar uno, o muchos años. Es preciso que los Filósofos se hagan cargo de esta ignorancia, como deben hacerse cargo de ignorar la causa, que mueve los vapores, y exhalaciones. Y si no, júntense todos los Filósofos del mundo, y díganme, ¿qué causa levantó en el Otoño del año de cuarenta y dos tantos vapores, cuantos fueron menester para que disueltos en la Atmósfera, causasen las grandes inundaciones, que entonces padeció España en muchas de sus Provincias; y por qué esa causa exaltó tantos vapores en aquel Otoño, y no en toros? Díganme asimismo, ¿por qué la causa (se a la que fuere) de las erupciones de los volcanes excita sus materias inflamables en tal tiempo determinado, dejándolas quietas muchos años antes, y después?

30. Considero ahora, como secuela necesaria de los experimentos del Abad Nollet, y de Versalles, que es inmensa la fuerza impelente de las vibraciones, o disparos de la materia eléctrica agitada. La fuerza del impulso se [420] debe medir por los obstáculos, que vence, por la rapidez del movimiento, que imprime, y por la distancia a que se alarga. El movimiento de las vibraciones es extremadamente rápido, pues en el mismo momento, que siente la conmoción el sujeto inmediato a la máquina, la perciba el más distante; y tantos cuerpos sólidos interpuestos, no sólo no resisten el movimiento, más ni aun le retardan por un brevísimo espacio de tiempo. A la distancia a que se alarga el impulso, no se pudieron señalar límites hasta ahora. En el Colegio de los Jesuitas de Viena de Austria se formó una cuerda de más de cinco mil pies de longitud: tocose con una extremidad la máquina eléctrica, y tocando en el mismo momento con la mano en la otra extremidad, saltaron visibles chispas. Donde advierto, que la expresión del mismo momento, no significa aquí el mismo instante físico (eso es imposible), sino un tan breve espacio de tiempo, que no se pudo discernir en él extensión alguna.

31. Llevo adelante esta meditación filosófica, y contemplo, al reconocer tan grande la fuerza, y extensión de los disparos de una pequeñísima porción de materia eléctrica, agitada de la máquina, que no se le han hallado hasta ahora los límites, cuánta, y cuál será la de aquella abultada colección de materia eléctrica, que supongo movida en algún seno profundo de la tierra. ¿Quién señalará término a la fuerza, o ímpetu de las radiaciones de ésta, no pudiendo señalarle a los de aquella? Así, si yo quisiese decir, que aquella grande colección colocada a la profundidad de ciento, o doscientas leguas debajo de tierra podrá extender el ímpetu de sus disparos hasta su superficie, y en ella trastornar los montes, diré sin duda una cosa, de que no puedo hacer demostración alguna. Pero igualmente cierto es, que ningún hombre podrá hacerla, de que esto sea imposible. Asientan los Filósofos más ejercitados en la experiencia, y meditación de la virtud eléctrica, que ésta es el más poderoso agente, que hay en toda la naturaleza. ¿Y quién hay que comprenda a dónde pueden llegar los últimos esfuerzos de la naturaleza? [421] Esto sería comprender cuanta es la fuerza del Soberano Autor de ella. ¿Ni quién negará a su infinito poder la facultad de producir agentes naturales de mayor, y mayor actividad sin término alguno? Apenas puede caer el hombre en mayor error, que el medir el infinito poder por sus limitadísimas ideas.

32. Supuesta, pues, como innegable, la posibilidad de que en sitio muy profundo de la tierra se congrega el abultado montón de materia eléctrica, que he dicho, y que l actividad de esta materia sea tal, que sus radiaciones se extiendan hasta la superficie, conservando fuerza bastante para trastornar algunos espacios de ella; ¿qué resta más para causar en distintas, y muy distantes partes el Terremoto al mismo tiempo? Sólo resta, que esas radiaciones, o vibraciones sean divergentes: esto es, que en su erupción tomen distintos rumbos, alejándose más, y más unas de otras, proporción de su mayor distancia del centro, o de la materia común. Pero esta divergencia, o dispersión está tan lejos de padecer alguna dificultad, que esta misma se experimenta, y hace visible en muchas emisiones eléctricas, que acá arriba producen con varias operaciones los Filósofos, que se divierten en esta especie de ejercicio. Para lo cual véase el Ensayo sobre la Electricidad del Abad Nollet, traducido por Don José Vázquez, pág. 48 y siguientes.

33. Si acaso se me opusiere, que esto no es más que probar la posibilidad de mi sistema, mas no su existencia, habiendo de aquella a ésta una larguísima distancia, repongo lo primero, que todos, o casi todos los sistemas se forman sobre posibilidades: de modo, que cuando se inquiere la causa de algún efecto, o fenómeno extraordinario, si dicha causa no es evidente, sino oculta, satisface a la duda el Filósofo, señalando una causa, en cuya existencia no se halla inconveniente, o repugnancia alguna; y esto le pone en la posesión de un hallazgo apreciable, hasta que alguno muestre otra causa más, o por lo menos igualmente probable. en este caso nos hallamos, [422] habiendo yo probado que cuanto hasta ahora se ha discurrido sobre las causas de los Terremotos, es inadaptable a los Terremotos, que en partes muy distantes se perciben en el mismo punto de tiempo.

34. Repongo lo segundo, que yo no sólo he probado la mera posibilidad, más también he abrazado la verosimilitud de mis sistema, probando ésta con al paridad de los maravillosos efectos de la virtud eléctrica, que nos muestra la experiencia acá arriba. En que se debe tener presente, que aunque el grande Terremoto, que padeció España, y parte de la África el día primero de Noviembre, representan un efecto (suponiendo que lo sea) de la virtud eléctrica, de mucho mayor magnitud, que el que en las oficinas filosóficas manifiesta la experiencia; esta desigualdad se compensa con otras dos mucho más considerables. La primera es, que suponiendo, como se debe, la tierra muy abundante de substancias eléctricas, se puede contemplar cualquiera abultada porción suya, donde se acumule una grande cantidad de aquellas substancias, como una grandísima máquina eléctrica, que excede inmensamente, así en virtud, como en mole, a las que vemos acá. La segunda desigualdad es, que aquella máquina grande, obra puesta en las manos de Dios; y esta pequeñas, puestas en las manos de los hombre. Fácilmente se entiende lo que significa esta desigualdad.

35. Últimamente (para evitar toda equivocación en la inteligencia de este sistema) repito lo que ya dije arriba, que el recurso al cúmulo de materia eléctrica, amontonada en una alta profundidad, sólo es necesario para explicar la causa de los Terremotos, que en un mismo tiempo se extienden a dilatados espacios, cual fue el que poco ha padecimos: pues para los que comprehenden un corto territorio bastan las exhalaciones, que de mucho menor profundidad se levanta a alguna, o algunas cavernas poco distantes, donde forman tempestades semejantes a las que vemos en la Atmósfera. Pero no obstante esta material discrepancia, la unidad de la causa, que es la virtud eléctrica, para uno, y otro caso, constituye la unidad del sistema [423] total sobre la causa de los Terremotos. Nuestro Señor guarde a Vmd. muchos años. Oviedo, y Enero 13 de 1756.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo quinto (1760). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo quinto (nueva impresión), páginas 408-423.}


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