La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo quinto
Carta XXII

Da el autor la razón, por qué habiendo impugnado mucho sus Escritos,
o alguna parte de ellos, respondió a unos, y no a otros


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1. Muy señor mío: en la que acabo de recibir de Vmd. me desplace el asunto, y estimo el motivo, que sin duda es noble; porque en el modo con que corrige aquello, en que juzga, que yerro, manifiesta su deseo, de que yo en nada sea reprensible.

2. Díceme Vmd. que, a su parecer, o debiera yo responder a cuantos me han impugnado, o a ninguno. La razón, que me da, es, porque respondiendo a unos, y no a otros, di ocasión a la sospecha, de que esta distinción procedió, de que tenía que responder a aquellos, y no a éstos; o que me di por convencido de éstos, y no de aquellos. ¡Ah, señor mío! Los que puedan formar esa sospecha, muy lejos viven de la República Literaria; pues aun los que solo tocaron sus confines, saben muy bien, que en todo el amplísimo espacio de la Literatura no hay cosa más fácil, como impugnar ajenos Escritos, y responder, [361] defendiendo los propios. Para esto no hay quien no presuma ser batante hábil. De aquí viene meterse a Escritores algunos, que nada son más, que meros escribientes. De aquí viene salir al público, con capa de crítica, algunos impresos, donde es un borrón cada letra, sin que haya alguno tan desdichado, que no halle muchos, que le aplaudan.

3. La facilidad, que hay en impugnar, y responder, o hablar, y escribir, de modo, que no disuene uno, ni otro, se hace palpable a cualquiera, que frecuente las Aulas, aunque solo sea pisando los vestíbulos; porque allí ve, que ningún Profesor, o Cursante hay tan corto, que no argumente; ni ninguno tan atado, que no responda: se entiende, bien, o mal; porque en esto hay, entre distintos sujetos, según su mayor, o menor habilidad, y ciencia, mucha discrepancia, desde el más capaz, que es aquel, que, v. gr. defendiendo, da una satisfacción clara, y cabal al argumento, hasta el más rudo, que no hace más que embrollar, y meter bulla, con una bárbara greguería, a quien da nombre de respuesta.

4. Atendiendo a lo dicho, conocerá Vmd. que no habrá salido a luz algún papelón de mis contrarios, de que yo no pudiese desembarazarme a muy poca costa, dejando al Público bastantemente satisfecho. No negaré, que pudo suceder hallar uno, u otro en mis Escritos, alguna, o algunas proposiciones no bien consideradas, cuya incertidumbre acaso claramente demostrase. ¿Pero qué le parece a Vmd.? Eso sería lo que menos cuidado me diese; porque, lo que haría en ese caso, sería confesar llanamente mi inadvertencia, o equivocación, como lo ejecuté, por lo menos dos veces, aun siendo el Autor de una de las dos impugnaciones sujeto, que por ningún capítulo merecía alguna respetosa, ni aun cortesana condescendencia. Y sé que a los hombres de razón pareció mejor esta sinceridad mía, que les parecía, el que eludiese las dos objeciones con algunas trampuelas, o sofisterías las más ingeniosas del mundo. [362]

5. Esto he practicado, y practicaría, si estuviese escribiendo mil años, confesando, y corrigiendo, no solo los yerros, de que otros me acusaron; mas también aquellos, de que no por mi propia luz me desengañé, por tener siempre presente, que si engañar, y mentir a un individuo particular, es torpeza indigna de todo racional, mucho más de un Cristiano, aun más de un Religioso, y Sacerdote; mucho mayor lo será mentir a todo el mundo, engañando, no solo a los hoy existentes; mas también a los venideros. Y esto es lo que puntualmente hace, cuanto está de su parte, cualquiera Escritor público, que voluntariamente falta a la verdad.

6. ¿Y se practica así comunmente? Díganlo los que con reflexión, y conocimiento leyeron los Papelones, o Libros de algunos de mis contrarios. Quae non vidi! quae non pasus sum! puedo exclamar con Barclayo en la entrada de su Satiricón. ¡Cuántas imposturas! ¡Cuántos trastornos de mis Periodos, para darles un sentido siniestro! ¡Cuántas supresiones de las voces, que manifestaban el sentido legítimo! ¡Cuántas citas falsas! ¡Cuántas alegaciones de Autores, que ni aun por la cubierta había visto el que los alegaba! ¡Y lo que es más, aun de Libros, que no hubo jamás en el mundo, o por lo menos, ya ha siglos, que no existen! A lo que también se ha allegado, tal vez, la osadía de acusar falsísimamente de falsas una, u otra cita mía. Y sobre esto último, es muy especialmente digno de nota el caso, que refiero en el Tomo IX del Teatro Crítico, num. 41.

7. Estos excesos de mis contrarios sirven a disculpar tal cual, en que yo acaso pude incurrir, rebatiendo sus golpes. Quisiera yo, que en los que me los notaron, con la imaginación se colocasen en mi lugar, y en el espejo mental de esa positura, viesen hasta dónde se extendía la virtud de su paciencia. Yo me hago cargo de la moderación, que en todas ocasiones pide mi edad, y mi estado. Pero también los que me acusaron de haber sido una, u otra vez remiso en el cumplimiento de esta deuda, debieran [363] hacerse cargo, de que las voces del dolor, naturalmente son algo disonantes; y especialmente, cuando recibe el alma la herida, es muy dificil poner en el debido tono la queja. Añádese a esto, que yo consideraba, en algún modo preciso, manifestar en mi sentimiento la injusticia de mis émulos; porque la mayor parte de los que están a la mira, solo miden la gravedad de la ofensa, por lo que el ofendido grita; al paso, que si éste calla, atribuyen a insensibilidad su silencio, y nadie se conduele de los golpes, que recibe un tronco; como ni le contempla agraviado del brazo, que le destroza.

8. Pero siendo ya preciso exponer a Vmd. la causa, por qué respondí a unos adversarios, y no a otros, digo, que lo priemero pendió de mi mero arbitrio; mas no lo segundo. Es cierto, que, por lo común, con igual satisfacción fueron leídos los pocos Escritos Apologéticos, que produje que los muchos, en que discurría por otros objetos; y aún creo, que no pocos Lectores más se complacían en aquellos, que presentaban a los ojos las alegres escaramuzas de una guerra galana, que en los que solo ofrecían las utilidades de cualquiera doctrina seria. Pero los curiosos de gusto más noble, que también eran muchos, deseaban verme discurrir sobre nuevos asuntos, y a ello me impelían con toda su fuerza.

9. Seríame, sin duda, como ya dije, mucho más fácil, y caso nada menos útil, lo primero, que lo segundo. Para preservar de los ataques lo que se ha escrito, suelen hallarse presididos en las mismas razones, que se tuvieron presentes para escribirlos. Pero tratar materias, que otros no han tocado, o en las que ya han tocado otros abrir diversos rumbos, ilustrándolos con nuevas reflexiones, fortalecerlas con otras pruebas, o proponer las mismas, que se hallaron escritas, con mayor eficacia, y claridad, tiene las dificultades, que con elegancia explicó Plinio el Mayor, cuando en el Prólogo, o Dedicatoria de su Historia Natural, dijo: Res ardua vetustis novitatem dare, novis auctoritatem, obsoletis nitorem, obscuris lucem, [364] fastiditis gratiam, dubiis fidem.

10. En efecto, renovar con algún acierto lo antiguo, ya en la substancia, ya en el modo, es poco menos difícil, que producir de nuevo; como la habilidad de rejuvenecer un anciano, que la ficción mitológica atribuyó a la Encantatriz Medea, sería imitar en algún modo el milagro de resucitar un difunto; porque con verdad se puede decir, que un septuagenario, u octogenario, no es más, que un medio muerto, en atención a que, cuanto por el discurso de los años se van minorando el vigor, y la salud, tanto se va perdiendo de vitalidad.

11. Consideraba yo también, que sobre la mayor facilidad, que se hallaría en la pluma, para responder a mis contrarios, ésta venía a ser una obligación inherente al empeño, en que me había puesto de desterrar errores comunes; porque, ¿que haría yo con desterrarlos, sino me oponía a los que obstinadamente porfiaban en restablecerlos? La tolerancia de unos excitaría a otros a hacer lo mismo; porque hay gran copia de estos Escritores espúreos, que no siendo capaces de producir otra cosa, más que fútiles reparos sobre ajenos Escritos, con esto solo aspiran al baño, y nombre de Autores.

12. Pero contra todas estas reflexiones prevaleció la autoridad de algunos sujetos, acreedores, no solo a mi veneración, mas también a mi obediencia, que constantemente me exhortaban a proseguir en la idea, y rumbo, que me había propuesto, sin divertirme a rebatir oposición alguna; procurando persuadirme, que la estimación casi general de mis trabajos estaba ya colocada en un puesto, a donde no alcanzaban los tiros de mis enemigos.

13. No dejaba de ocurrirme a mí, que este favorable concepto de la feliz positura de mis Escritos podría muy bien provenir de la afectuosa inclinación de dichos sujetos a mi persona; que hay muchos dotados de un temple de alma, tan cómodo, que fácilmente asienten, a lo que con alguna viveza desean. También meditaba yo, que podía tener parte en ese favorable concepto la natural [365] aprehensión, de que el Público haría de mis Escritos el mismo juicio, que ellos hacían. Digo natural aprehensión, porque naturalmente, con anterioridad a toda reflexión, concebimos, que cual se nos representa cualquiera objeto, tal se representa a los demás hombres. Con facilidad imaginamos, que los demás apreciarán lo que juzgamos apreciable, o despreciarán lo que conocemos despreciable. Y a esta especie de inadvertencia están, en algún modo, más arriesgados los que gozan mayor perspicacia intelectual; porque menos presuntuosos, que los de inferior alcance, no suelen atribuir aquella claridad, con que disciernen alguna cosa, a la mayor luz de su discurso, sino a la mayor visibilidad del objeto.

14. A mí al contrario, millares de experiencias me han hecho tan desconfiado en esta materia, que ninguna verdad veo tan pantente y clara, que me atreva a asegurar, que alguno, o algunos otros, aun de los que están reputados por bastante capaces, no la juzgan desnuda de toda verosimilitud. Sucediome concurrir en distintos tiempos con dos Escolásticos, que nadie tenía por rudos: a quienes, por más que hice, no pude entrar en la inteligencia de aquella evidentísima razón, que nos muestra cómo, y por qué los habitadores del opuesto Hemisferio, que llamamos Antípodas, pueden mantenerse levantados, como nosotros, en una positura visualmente contrapuesta a la nuestra, o pies contra pies (que eso significa la voz Antípoda); y a un compañero mío en esta Colegio oí, que lo propio le había sucedido con otro, que yo conocí, y a quien varaias gentes tenían por agudísimo, y doctísimo.

15. En el IV Tomo del Teatro, Discurso VI número 18, escribí, como en esta misma alucinación incurrió Lactancio Firmiano; por lo que negó, no solo la existencia, mas aun la posibilidad de los Antípodas. Se de un error tan manifiesto fue capaz aquel, que con tanto acierto combatió las supersticiones del Paganismo; aquel, a quien muchos llaman el Cicerón de la Iglesia; aquel, a quien el gran Constantino contituyó Maestro de su hijo Crisipo; ¿de quién [366] se fiará, que no pueda incidir en gruesos absurdos, o negando verdades claras, o afirmando monstrusos errores?

16. No obstante todo lo dicho, por el respeto, que debía a los sujetos, que me sugerían no respondiese a mis impugnadores, me sujeté por la mayor parte, a su dictamen; lo cual no fue un leve sacrificio, cuando a cada nuevo Papelón, lleno de sandeces, que salía a luz contra mí, llegaban a mis oídos varias noticias, de que éste, aquel, y el otro, a gritos le aplaudían, diciendo que era un Escrito admirable, concluyente en la materia; de modo, que el P. Feijoo no podría, ni tenía que responder a él: ¿Y quienes eran el éste el aquel, y el otro? No solo el Pisaverde, que no leía, sino Novelas; no solo la Damisela, a quien sus aduladores habían metido en la cabeza, que era una Sibila; no solo el Eclesiástico, que no abrió más el libro, que su Breviario; mas también el Dialéctico, que en su modus sciendi, y en su barbara celarem, juzga tener la llave de todas las Ciencias; el Político, que todo lo resuelve por máximas de Cornelio Tácito; el Jurisconsulto, y que jamás sacó, ni un dedo de la Atmósfera de Bártulo, y Baldo.

17. Lo mismo digo de otros Facultativos, por sabios que sean, si solo lo son dentro de aquella Facultad, a que enteramente se destinaron. Porque, ¿cómo decidiría el mayor Teólogo del mundo, no siendo más que un gran Teólogo, si yo acerté o erré, cuando haya tocado alguna especie de Astronomía, o de la Náutica, o del Sistema Newtoniano, o de los nuevos descubrimientos, en orden a la figura de la tierra, o de la Historia del Japón; o de los Brahmanes de la India?

18. Me acuerdo a este propósito de lo que el año de 28 se me refirió en Madrid de un Jurisconsulto, colocado en alto puesto, que en conversación con otro de su Facultad, con ocasión de dar este segundo algún elogio a los dos Tomos, que yo había publicado, le dijo el primero, que no me negaba tener alguna habilidad; pero que era cosa insufrible, el que, en confianza de ella, presumiese persuadir al Público quimeras totalmente increíbles; como que, el [367] aire es pesado. Junte Vmd. con esta especie, la que referí en uno de mis Tomos de aquel buen Eclesiástico, que escribió a un amigo suyo haber observado, que cuantos leían mis Libros se volvían locos.

19. El único consuelo, que tuve, viéndome combatido del tumulto de Escritores impertinentes, y molestado de la gritería de Lectores Ignorantes, fue reconocer en la mediana resignación, con que sufrí a unos, y a otros, haberme dotado Dios de más paciencia, que la que antes pensaba haber recibido de su soberana Benignidad. Y este pensamiento, repetido ahora, me recuerda la obligación de no apurar la de Vmd. haciéndole leer una Carta algo larga. Mas si acaso ya lo es, con lo que llevo escrito, espero de la virtud de Vmd. que lo llevará por amor de Dios, a quien suplico guarde a Vmd. muchos años. Oviedo, y Mayo 28 de 1759.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo quinto (1760). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo quinto (nueva impresión), páginas 360-367.}


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