La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo quinto
Carta XIV

Crítica de la disertación que un Filósofo Extranjero
designó la causa de los Terremotos, recurriendo al mismo principio,
en que anteriormente le había constituido el Autor


>>>

1. Muy señor mío: El Correo pasado recibí la Disertación de Mons. Isnard, sobre la causa de los Terremotos, que Vmd. se sirvió de remitirme, y a cuya lectura me apliqué desde luego, por no retardar la debida satisfacción al deseo, que Vmd. me expresa en la suya, de saber, qué dictamen formo de este Escrito. Sobre cuyo asunto, lo primero, que me ocurre, es confirmar el que Vmd. me ha manifestado, de que el sistema de este Autor es puntualmente el mismo, que yo había publicado casi tan inmediatamente al Terremoto; que me movió a discurrir sobre la causa, que, aunque había cesado ya el temblor de la tierra, duraba todavía en mucho corazones el estremicimiento del susto. Esto es decir, que mi Escrito fue anterior tres años al de Mons. Isnard, como consta de las fechas de cinco Cartas, que en asunto de aquel Terrible Fenómeno dirigí a un sujeto residente en Cádiz, que inmediatamente pasaron de su mano a la de mi erudito amigo D. Juan Luis Roche, residente en el Puerto de Santa María, el cual las hizo imprimir en aquella Ciudad.

2. No por eso pretendo yo, que Mons. Isnard haya sido opinsta mío, o Autor plagiario; pues puedo muy bien ir a buscar en la electricidad la causa de los Terremotos, sin otra luz, que la de su discurso. Ni para tomar este camino era menester un genio muy inventivo, pues de [285] algún tiempo a esta parte se habla, y escribe tanto de la virtud eléctrica, que apenas se pueda tocar con la pluma, o con la especulación en varias materias de Física, sin que dicha virtud espontáneamente se presente en la memoria. Sin embargo, una circunstancia de su Escrito, de que hablaré abajo, me deja con la sospecha de que hubiese visto el mío, antes de producir el suyo.

3. Cuanto al modo, con que Mons. Isnard trata el asunto, debo decir, que discrepa mucho del mío. Yo procedí sencillamente, alegando solo algunas congruencias, que mas naturalmente representan existente en la virtud eléctrica la causa de los Terremotos. Mons. Isnard parece, que con estudio, y afectación amontonó especies, y noticias; de modo, que apenas halló Fenómeno ígneo, que no procurase traer a su propósito; pero que los más no pertenecen al asunto, sino por alguna levísima alusión. Es cierto, que, o todos, o casi todos, los que en estos tiempos escribieron sobre la virtud eléctrica, convienen en que ésta, o el agente en quien ella reside, es de la naturaleza del fuego; pero es fuego, no como quiera, sino debajo de una determinada modificación, a quien son adaptables algunas de las especies, que propone Mons. Isnard; pero son tantas las incongruentes, que en algún modo obscurecen aquellas; sucediendo a este Autor lo que a los vulgares Abogados, que con muchos inútiles Y porques, que amontonan en un Alegato, sofocan una, u otra prueba legítimamente adaptable a la causa, que defienden.

4. Advierto también, que no todas la suposiciones, que hace, tienen bastante fundamento. Supone, v. gr. que el movimiento de la virtud eléctrica es instantáneo, lo que entiendo con toda propiedad, juzgo imposible. Por instante se entiende comunísimamente aquella diminutísima parte de tiempo, aquel nunc indivisible, según el lenguaje Filosófico, que por sí mismo se hace presente; siendo claro, que ninguna parte del tiempo, que sea divisible, por más pequeña que se imagine, puede, según su totalidad, existir actualmente: para esto era menester, que las partículas [286] menores, en que se subdivide, fuesen coexistentes; lo que es imposible, porque siendo partes de un ente esencialmente sucesivo, esencialmente piden existir, no simultánea, sino sucesivamente unas a otras.

5. De aquí se concluye con evidencia, que repugna movimiento instantáneo alguno; pues si lo hubiese, estaría el móvil, y cualquiera parte suya, en el mismo punto de tiempo, en dos lugares distintos, y distantes; uno, como término a quo; otro, como término ad quem, lo que es naturalmente imposible.

6. Lo que engañó en esta materia a Mons. Isnard, fue lo que puede engañar a cualquiera otro hombre, que no es Filósofo, o que no hace, aunque lo sea, la reflexión Filosófica, que acabo de proponer; esto es, la imperfección de nuestros sentidos, o sensaciones, que en un movimiento rapidísimo no disciernen la anterioridad, o posterioridad respectiva de unas partes a otras, antes las representan como simultáneamente existentes. Muestra esto claro la experiencia; cuando a nuestra vista se agita velozmente, con un movimiento de rotación, cualquiera cuerpo; mucho más se está encendido, como un tizón, una ascua, una vela, o una tea, que se nos representa como un círculo de fuego, coexistente, según todas sus partes: esto es, no como que el cuerpo encendido va mudando sucesivamente de postura por la circunferencia; antes sí, como que a un mismo tiempo ocupa toda la dimensión de una línea circular.

7. Acaso tampoco es muy circunspecto en proferir los testimonios de algunos Autores, que cita por una, u otra opinión Filosófica. Por lo menos, daré un ejemplo de su poca exactitud en esta materia. En la pag. 74 de su Disertación, contra la opinión común, o universal, de que el rayo, formándose en las nubes, de ellas se precipita a la tierra, cita la docto Marqués Maffei, como que en una Carta suya al célebre Físico, y Médico el señor Vallisnieri, afirma lo diametralemente contrario; esto es, que el rayo no baja de la Atmósfera a la tierra, antes bien sube de la tierra a la Atmósfera. [287]

8. En el Tomo 8 del Teatro Crítico, Disc. 8 y 9, hice memoria de la Carta del Marqués Maffei al Médico Vallisnieri; y allí se puede ver, que aquel señor Italiano no dijo tal cosa; sí solo, que el rayo se produce, ya mas arriba, ya más abajo, en aquel espacio de la Atmósfera, donde vaguean las exhalaciones, de que se forma, siendo su cuna el lugar determinado, donde primero nos muestra su llama, y explica su furia: opinión, que, antes del Marqués Maffei, había autorizado el Ilustre Pedro Gassendo.

9. En cuanto al movimiento, no pongo duda alguna, en que es indiferente a todo género de rumbos, al vertical, ya de ascenso, ya de descenso; al directo, al obliquo; ya por línea recta, ya por alguna corva, ya por la horizontal, ya por la diagonal, &c. o ya prosiguiendo en la primera determinación, que tuvo para el movimiento; o variándola, según los diferentes estorbos, que hallan en el camino. Donde es menester advertir, que pueden ser estorbos para continuar en la misma dirección, no solo los cuerpos sólidos, en que incurra el rayo, como una pared, un tronco, la superficie de la tierra; mas también algunas porciones del ambiente, algo más densas, o menos fluidas, que otras; como asimismo, si son movidas por algún vientecillo, que las impela, por opuesto rumbo al que lleva el rayo. Lo cual se hace manifiesto en aquellos cohetes, o fuegos artificiales, que llaman carretillas; los cuales, antes de topar con algún cuerpo sólido, de un momento a otro se mueven hacia diversos puntos, en que no puede intervenir otra causa, que algunas partes de la Atmósfera, o más densas, o agitadas, hacia opuesto término.

10. Para cuya inteligencia, me parece puedo hacer dos suposiciones como ciertas. La priemra es, que ningún cuerpo es perfectamente uniforme en todas sus partes, cuanto a raridad, o densidad, por consiguiente no tiene tal uniformidad esta porción de la Atmósfera, en que respiramos. La verdad de esta suposición es manifiesta por la [288] experiencia, la cual hace visible, que no hay cuerpo alguno, que sea igualmente duro, denso, o compacto en todas sus partes. El oro, que se nos representa el más homogéneo de todos, ciertamente no goza tal perfecta uniformidad, como convence la prueba de los grandes espejos ustorios, cuyo intensísimo calor se ha visto resolver algunas partes suyas en humo. Aún cuando hubiese uno, u otro cuerpo perfectamente uniforme en densidad, no lo sería la Atmósfera; pues ésta está ocupada de las partículas minutísimas, no de uno, o de otro cuerpo, mas de todos, o casi todos, en los cuales es manifiesta la diferente densidad.

11. La segunda suposición, que con igual certidumbre hago, es, que el ambiente, que nos circunda, o la parte de la Atmósfera, en que respiramos, nunca está en perfecta quietud; bastando, para prueba de ésto, el que en ella respiramos, pues nuestra contienda respiración, como asimismo la de los demás animales, no puede menos de darla algún movimiento. Demuéstrase lo mismo en aquellos átomos, o partículas nadantes en la Atmósfera, que a la luz de un rayo del Sol, introducido por una ventana, o cualquiera grieta, vemos moverse continuadamente en todos sentidos; porque ¿qué impulso los agita, sino el del mismo ambiente, en que nadan?

12. Pero lo que hallo más digno de reparo en la Disertación de Mons. Isnard, es que habiéndose desde el principio propuesto, como asunto total, único de ella, constituir la causa de los terremotos en la virtud eléctrica, a cuyo fin es extiende largamente, amontomando noticias, y experimentos, que deduce de otros Filósofos; y a que agrega algunas conjeturas, acomodando, como puede, uno, y otro a su intento; a la conclusión de ella (de la Disertación digo) le pareció añadir a la virtud eléctrica otra con causa, o agente subsidiario, en el que llama espíritu mineral.

13. Pudo acaso moverle al aditamento de esta con [289] causa alguna escrupulosa desconfianza, de que la virtud eléctrica por sí sola bastase a producir las portentosas conmociones de la tierra, que tantos sustos inducen, y tantos estragos hacen. Acaso intervino también es eso otro motivo de sagacidad política, objeto de la sospecha, que insinué al principio de esta Carta; esto es, desvanecer la presunción en que los que sabían, que yo anteriormente había dado en el pensamiento de constituir la causa de los Terremotos en la virtud eléctrica, podían caer, de que Mons. Isnard no hubiese hecho más que copiar lo que yo había escrito. Para esto podía conducir el aditamento del espíritu mineral, en que yo no había pensado, y acaso ningún otro, sino el mismo Mons. Isnard; haciéndose verosímil, que como esta novedad física fue producción de su genio, lo fuese también el todo de su Discurso.

14. Y finalemente, ésta, sea de quien se fuere, es una invención de cortísimo valor, y por la cual yo jamás he pensado merecer el más leve aplauso; porque, como ya dije, el pensamiento de colocar en la virtud eléctrica la causa de los Terremotos, no estaba tan distante del discurso, o de la imaginación, que no pudiese dar con él cualquiera medianamente versado en materias físicas. Pero veamos qué probabilidad puede tener esta nueva opinión.

15. Yo por mí desde luego digo, que no hallo alguna apariencia de ella. Porque lo primero, si le preguntamos, qué cosa es ese, que llama espíritu mineral, no nos da alguna noción, idea, o carácter distintivo de él. Y no solo no le explica, mas le complica, y confunde; porque ya le identifica con la virdud eléctrica, ya le diversifica con expresiones tan claras, así de la identidadd, como de la diversidad, que no veo por dónde pueda evadirse de la nota de una contradicción manifiesta.

16. Lo segundo, sea lo que se quiera el espíritu mineral, éste está por demás en el examen de la verdadera causa de los Terremotos, habiendo para este fin puesto los ojos en la virtud eléctrica. Y Mons. Isnard está obligado a reconocer esto mismo, o por mejor decir, efectivamente [290] lo reconoce; pues en la pag. 31, después de haber entablado la aserción, de que la virtud eléctrica es la causa de los Terremotos, resueltamente excluye la necesidad de que con ésta concurra otra causa alguna. Es manifiesto, que aquel interrogante suyo: ¿Por ventura la naturaleza, inconstante, y desatinada, emplearía dos causas diferentes para el mismo efecto, cuando basta una sola? no significa otra cosa, sino que la virtud eléctrica por sí sola basta para dicho efecto; y que añadir a ésta otra causa distinta, sería un absurdo repugnante a la siempre acertada conducta de la naturaleza.

17. No podría Mons. Isnard, aunque quisiese, una vez que reconoce en la electricidad alguna virtud para conmover la tierra, negar, que esta virtud, sin el auxilio de otra alguna, pueda excitar en ella las más horribles concusiones. ¿Acaso Mons. Isnard, u otro Filósofo alguno, hasta ahora, pudo medir la fuerza de la virtud eléctrica, o averiguar a cuántos, y cuáles efectos se extiende? Lo que se ha visto es; que desde que varios Filósofos, con especial conato, se han aplicado a este examen, sucesivamente se han ido descubriendo más, y más nuevos fenómenos eléctricos. No solo con el uso de diferentes instrumentos, mas con la diferente aplicación de los mismos, se han visto resultar diversísimos efectos. Y de aquí tengo por sin duda, que ha provenido, que aquel efecto, a quien dan el nombre de conmoción, y algunos con propiedad llaman golpe fulminante, se ha reconocido muy diverso; esto es, mucho menos violento en París, que le había observado en Holanda Mons. Musschenbrohek. No me acuerdo en qué Autor he leído, que cuando en una de las operaciones de esta clase interviene la aplicación de una mano del ejecutor a una botella con agua, es divertidísimo el efecto, siendo el vidrio de Inglaterra, que siendo de Alemania. ¿Quién tal pensará?

18. De modo, que la virtud eléctrica justamente se puede considerar como un riquísimo gazofilazio de maravillas de la naturaleza, a cuyo fondo no sabemos cuándo [291] se llegará; ¿y qué sabemos si se llegará jamás? Lo que hasta ahora se ha visto es, que según los varios instrumentos auxiliares, de que se ha usado, según las varias aplicaciones, y combinaciones de ellos, se fueron descubriendo nuevos fenómenos; o, por decirlo con expresión más adecuada, a cada nueva armatura de la máquina fue apareciendo algún nuevo prodigio. ¿Pues para qué ir no más que a tientas, a buscar otra causa de los Terremotos, cuando hallamos tantas señas de serlo ésta? Y en caso, que falte algo para asegurarnos, puede ser que eso poco, que nos falta, sea parte de lo mucho, que resta descubrir en ella misma. Hasta apurar esta mina, ¿para qué empeñarnos, no más que a Dios, y a ventura, explorar, rompiendo peñascos, las entrañas de otro cerro?

19. Es para mi muy verosímil, que ese espíritu mineral de Mons. Isnard, no tenga realidad alguna. Es muy verosímil, en caso de que la tenga, que no es más que una especial modificación de la virtud eléctrica: una, digo, de las innumerables, que admite esta virtud. Algunas veces me vino al pensamiento, que la virtud magnética no es más que un ramo, una particular modificación de la eléctrica. Trajo aquella por muchos siglos desatinados a los Filósofos, que no acertaron más que a nombrarla con una voz, que nada significa; hasta que vino Descartes, y en alguna materia la sujetó a las leyes del mecanicismo, la cual (dejando a salvo los derechos de la verdad) juzgo que fue la mayor hazaña del ingenio de Descartes.

20. Pero estrechando más a Mons. Isnard, le preguntaré ahora, si ese, que llama espíritu mineral es algún efluvio, alguna evaporación, algún extracto de las partes más sutiles, y volátiles de los minerales; porque, sea lo que se fuere, para hacer algo en el gran teatro de la naturaleza, es preciso se separe de los mismos minerales; pues mientras está incluido, y aprisionado en ellos, no es capaz de acción alguna; y mucho menos de una acción tan valiente, cual es menester para conmover grandes porciones del Globo Terráqueo. [292]

21. Puesto lo cual, le preguntaré en segundo lugar, qué agente hace esa separación. Ninguna cosa corpórea se mueve por sí misma; con que es menester buscar fuera de los minerales causa extraña, que mueva, y separe de ellos ese espíritu suyo. Pero habiendo de buscar alguna causa extraña, ¿qué partido más seguro se nos ofrece, que el recurso a la virtud eléctrica, cuya valentía está tan acreditada por la experiencia? Mas valga la verdad. Siendo la virtud eléctrica tan valiente, como acredita la experiencia, ¿por qué no podrá hacer por sí misma lo que Mons. Isnard atribuye a la mediación del espíritu mineral? ¿O qué indigencia tendrá aquella de este auxiliar, que verosímilmente solo es imaginario? O en caso que sea alguna cosa realmente existente, ciertamente no lo es la inmensa actividad, que le atribuye Mons. Isnard, cuando a la pag. 75 dice, que su velocidad, y fuerza son infinitamente superiores a las del fluido eléctrico. Contradicción manifiesta de este Autor, habiendo dicho antes, como ya noté arriba, que el movimiento de la virtud eléctrica, inherente a ese fluido, o indistinta de él, es instantáneo. He probado allí, que es imposible movimiento instantáneo. Pero si le hay, repugna, como es claro, otro movimiento de velocidad superior a la suya.

22. Pero basta ya de la crítica propuesta; la cual, en caso que llegue a la noticia de Mons. Isnard, no pienso que le disguste mucho, cuando no quiere quitarle, ni una mínima parte del premio, con que, según consta de la frente de su Disertación, le coronó la Academia de Rohan. Nuestro Señor guarde a Vmd. muchos años. Oviedo, y Junio 10 de 1759.


inicio / <<<

{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo quinto (1760). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo quinto (nueva impresión), páginas 284-292.}


Biblioteca Feijoniana
Edición digital de las Obras de Feijoo
Teatro crítico universal / Cartas eruditas y curiosas / Varia
Proyecto Filosofía en español ~ www.filosofia.org