La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo tercero
Carta XXXI

Sobre el adelantamiento de las Ciencias, y Artes en España.
Y Apología de los Escritos del Autor


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Excmo. Señor.

1. El celo, que todos conocen en V.E. en orden a promover en España las Ciencias, y las Artes, me mueve a escribir esta Carta, siendo mi intento representar a V.E. un gran estorbo, que nuestra Nación se pone al adelantamiento de las primeras, a fin de que V.E. se aplique a removerle; solicitando para ello la intervención de la autoridad del Monarca, pues de otro modo lo juzgo imposible.

2. No pueden adelantarse las letras en España entre tanto que nuestros Escritores circunscriban el estudio, y la pluma a lo que supieron, y escribieron los que fueron delante de ellos de siglo y medio a esta parte (excepción que hago, porque en el siglo anterior al tiempo dicho [353] tuvo España doctísimos Varones, en nada inferiores a los más distinguidos, que entonces florecían entre los Extranjeros; sobre lo cual se puede ver el Teatro Crítico, Tomo 4, Disc. 14.). Supongo que en las tres Facultades de Teología Escolástica, la Moral, y Jurisprudencia nada tiene que envidiar nuestra Nación a las demás. La Teología Escolástica es como la cabeza de mayorazgo de nuestras Universidades. La Moral, y Jurisprudencia, especialmente en cuanto al Derecho Civil, se han cultivado felizmente por gran copia de Autores célebres en una, y otra. Pero saliendo de estas Facultades, es preciso confesar la mucha pobreza de España, por más que quieran negarlo los que por demasiadamente pobres, ni aun confusamente saben lo mucho, que nos falta; o en caso que tengan una escasa noticia de ello, como de hecho la tienen algunos, por ocultar su pobreza, niegan la común de la Nación. Y éstos, adulando nuestras Escuelas como ricas en literatura, son gran parte para atajar los progresos en ella. Por lo que yo gritaré a mi Nación contra éstos, o lisonjeros, o ignorantes, con aquellas palabras del Profeta Isaías: Popule meus, qui te beatum dicunt, ipsi te decipiunt, & viam gressuum tuorum dissipant. (Isai. cap. 3.)

3. Pero en los mismos, que por esta parte adulan nuestras Escuelas, anda la maledicencia muy cerca de la lisonja, hermanándose estos dos extremos, aunque al parecer tan distantes. Es el caso, que la lisonja abre el camino a la maledicencia. ¿Cómo? De este modo. Después de entablado, que acá abundamos en todo género de literatura, si algún Autor Español, porque Dios le dio el espíritu, y capacidad necesaria para ello, se avanza más allá de los límites, en que hasta ahora se contuvieron nuestros Profesores, procurando dar a la Nación luces, que le faltan en otras materias; si descubre a sus compatriotas nuevos Países intelectuales, a fin de hacerlos partícipes en la posesión de ellos; ¿qué le sucede? Lo que al gran Colón, en el descubrimiento de las Indias Occidentales: lo que al gran Vasco de Gama en el descubrimiento de las Orientales: [354] padecer insultos, y conspiraciones de parte de aquellos mismos, que eran interesados en el descubrimiento. En las oposiciones, que se hacen a estas empresas literarias, frecuentemente se ponen baterías contra la honra, como en las de aquellos dos Héroes hubo tentativas contra la vida.

4. De los que se oponen, unos proceden por ignorancia, otros por malicia. Los primeros tienen alguna disculpa; ninguna los segundos. Y la malicia de éstos atrae por auxiliar suya la ignorancia de los otros. Grita éste, que cuanto da a luz el nuevo Escritor son unas inutilidades, que tanto vale ignorarlas, como saberlas. Clama aquél, que todas novedades en materias literarias son peligrosas. Fulmina el otro, que cuanto produce como nuevo su compatriota, es tomado de Extranjeros, que, o son herejes, o les falta poco para serlo. Y aquí entra con afectado énfasis lo de los aires infectos del Norte, que se hizo ya estribillo en tales asuntos, y es admirable para alucinar a muchos buenos Católicos, mas igualmente que Católicos ignorantes.

5. En tan frívolos, y falsos pretextos se emboza la negra envidia de los que se consumen de ver, que otro logre el lucimiento, crédito, y fama, que ellos no son capaces de merecer. Y como no hay insulto, por torpe que sea, inaccesible a los furores de esta pasión, no faltan quienes, no contentándose con mentir todo el mal que pueden de los Escritos, que impugnan; si hallan por donde herir al Autor, aunque sea en materia totalmente inconexa con los Escritos, por aquel vulnerable acometen.

Iamque faces, & saxa volant, furor arma ministrat.

6. He visto Escritos, donde se propalaban tachas del nacimiento. Los he visto también, donde se publicaban defectos morales del impugnado, impertinentes del todo al asunto que se disputaba. Estas infamias sólo se ven, y toleran en España. ¿A vista de esto, qué mucho será, Excmo. Señor, que algunos sujetos, muy capaces de dar buenas [355] luces a nuestra Nación con sus Escritos, los sepulten dentro de sí mismos, por no exponerse a tan villanas hostilidades? Apenas hay sujeto de quien no pueda clamorearse algo que le duela. Y cuando haya algunos en todo tan puros, esto no los indemniza de calumnias sensibles al honor. En uno de tantos Escritos, como parecieron contra mí, a quien no faltaron Aprobantes, ni las Licencias Ordinarias, se repitió dos veces con poco, o ningún rebozo, que yo estaba tocado de cierta fea enfermedad, de la cual jamás padecí el más leve asomo. Lo que me mueve a exclamar con el Poeta (Aeneid. lib. 1.):

¿Quod genus hoc hominum? quaeve hunc tam barbara morem Permittit Patria?

7. Oí decir, que en otro Escrito, que no llegó a mis ojos, se me representaba de muy pobre, y obscuro nacimiento. Gracias a nuestro Señor, que me dio corazón para no aterrarme de estas, y otras imposturas, haciéndome siempre la cuenta de que menos padecía yo en ellas, que sus Autores en la maligna rabia que los movía a proferirlas.

8. Es verdad, que pocos llegan a la horrible extremidad de infamar la persona del Autor; pero son muchos los que invidos de su gloria procuran infamar los Escritos; y esto basta para contener con el miedo a los que sean capaces de imitarle. Cualquiera de estos, al querer tomar la pluma, se considera solo, y con mil enemigos delante. ¿Mil? He dicho poco. Enemigos suyos son, o por lo menos pueden serlo, todos los que quieran arribar a su fama, y se ven sin fuerzas para conseguirlo. Enemigos suyos son, o por lo menos pueden serlo todos aquellos a quienes, aunque por considerarse fuera de la posibilidad de erigirse a concurrentes, no les duela la preferencia sobre sus personas; sienten la que les concede el público sobre todos los de su República, o Partido. Enemigos suyos son, o por lo menos pueden serlo, todos aquellos, cuyas opiniones combate, porque ven, que éstas tanto más se desacreditan, [356] cuanto más está acreditado el Autor. Enemigos suyos son, o por lo menos pueden serlo, todos aquellos, que por mantener la desmerecida estimación, que se tributa a su aparente, o limitada Ciencia, quisieran se conservase en la Nación la común ignorancia.

9. ¿Quién no ve, que esta consideración puede inspirar un terror pánico a la pluma más valiente? Y mucho más, si al mismo tiempo advierte, que hay varios medios, y fáciles para desacreditar el mejor Escrito del Mundo. Hay las citas falsas: hay las inteligencias siniestras: hay las interpretaciones malignas: hay las truncaciones de cláusulas: hay las falsedades de que aquello ya lo dijeron otros; y hay, en fin, el descubridor con osadía, y desvergüenza: que esto, aunque a muchos mueve la indignación, y el desprecio, para el estúpido vulgacho es una prueba relevante de la gran suficiencia del impugnador. No de uno, u otro de los seis medios expresados, sino de todos juntos se valió uno, que poco ha dio a luz contra mí dos Tomos en cuarto.

10. No quiero yo, que las prendas de un Autor, por excelentes que sean, le eximan de la Crítica de otros. Pretender esa prerrogativa sería aspirar a una denominación tiránica sobre toda la República Literaria. Haya Crítica; pero sea la Crítica como Dios manda, y no sólo como se permite en España para castigo de nuestros pecados. Haya Crítica; pero los que quieran meterse a Críticos, sean primero examinados, no sólo en ingenio, y ciencia, mas también en las virtudes de veracidad, modestia, y cortesanía, desterrando a las selvas los Críticos montaraces, y ferinos, para que allí hagan compañía a los Lobos, Osos, y Jabalíes; aunque de éstos podrán quedar unos pocos en las Escuelas para diversión de la estudiantina, haciendo primero la diligencia de arrancarles dientes, y garras. Haya Crítica; pero cuenta con unas crises, que son como las falsas de las enfermedades agudas, en que los pacientes evacúan parte de sus malos humores, quedando los más dentro del cuerpo; y lo que evacúan, sin aliviar a los [357] dolientes, apesta a los circunstantes. Estas crises, aunque vengan con sobrescrito de celo, de defensa justa, de amor de la verdad, se conocerán luego por su mal olor, y así deberán los lectores precaucionarse con ciertos defensivos, que llaman antiatrabiliarios, antiinvidos, antisuperbos, antimaledicos, y antimalignos.

11. Los Autores de tales Escritos pueden, Excmo. Señor, con propriedad llamarse los malcontentos de la República Literaria, que turban su sosiego, sólo porque no son tan atendidos en ella como quisieran. Este daño sólo, aun cuando no hiciesen otro, da sobrado motivo para procurar contenerlos. Mas no sólo hay éste; otros dos aún mas graves ocasionan: el primero, es promover cuanto está de su parte, la ignorancia de la Nación, ya desacreditando a los que la ministran luces en lo que ignora, ya llenando de inepcias, y falsedades las cabezas de infinitos lectores, que si no hubiera tales Libros, se ocuparían en la lectura de otros útiles; y aun cuando no lo hiciesen, harto mejor les estaría no leer alguno, que leer éstos. El segundo es contra el interés del Estado, porque se emplea mucho papel extranjero en la impresión de estos Libros inútiles; y el dinero que se gasta en su compra, se pierde para España, sin resarcirse de modo alguno en la venta; porque rarísimo de tales libros pasa, por vía de venta, a las Naciones Extranjeras; sucediendo todo lo contrario en la impresión de los buenos Libros.

12. De suerte, que según la diferente calidad de ellos, o pierde, o gana España en la impresión: en los malos pierde el dinero con que se compró el papel, que viene de fuera del Reyno; en los buenos se gana el que emplean los Extranjeros en su compra; y demás de eso se gana con ellos crédito para la literatura de España.

13. La más ordinaria cantinela, de que usa la envidia contra los que escriben cosas, por lo común ignoradas en España, es, que ésas son unas meras curiosidades, que de nada sirven, porque sin ellas se puede saber todo lo que [358] importa saber, lo que extienden a todos los Libros extranjeros, tratándolos de inútiles a todos.

14. Pero lo primero repongo, que aun permitiendo, que esas curiosidades, tomadas objetivamente, de nada sirvan, la lectura de ellas puede servir de mucho. ¿No es ésa por lo menos una diversión honesta, que ocupando agradablemente el alma, la hace dar a ella el tiempo, que mil veces, a falta de ella, emplearía en pasatiempos nocivos? ¿No es saber algo saber esas curiosidades? ¿No es mejor hacer conversación de ellas, que de cuentecillos populares, en que comúnmente entra una buena dosis de murmuración del prójimo? ¿No será mejor entretener a los circunstantes con los experimentos de la Máquina Pneumática, o con los de la virtud Eléctrica, que con los desórdenes, que hubo tal día en el paseo: con las borracheras, que hubo en tal romería, o con los infelices efectos, que produjo un desigual casamiento?

15. ¡Oh! que bastantes Libros tenemos por acá en que ocupar agradablemente el tiempo. Si se habla de Libros de Comedias, y Novelas, bastantes hay. Pero esos Libros son nocivos para muchas personas, especialmente para jóvenes de uno, y otro sexo. Doy que no sean. ¿No será mejor sacar de la lectura, sobre el deleite de gozarla, alguna noticia Física, Astronómica, Botánica, Geográfica, de Historia Natural, &c. que es un bien algo estable, y duradero, que el deleite sólo de la lectura, que únicamente tiene la existencia pasajera de uno, u otro rato?

16. Hay también, me dirán, Libros de Historia. Sí, Libros de Historia hay; ¿pero los tienen todos? Y los que los tienen, si los han leído ya, y acaso dos, o tres veces, ¿qué gusto hallarán en leerlos cuarta, y quinta vez? Libros de Historia hay; ¿pero cuántos son, o por su mal estilo, o por su desordenado método, o por otros mil defectos desapacibles? Libros de Historia hay; pero como los gustos de los hombres son tan varios en orden a los Libros, como en orden a los manjares, muchos no gustarán de Libros de [359] Historia, y gustarán de estotras curiosidades. Lo proprio digo de otros cualesquiera Libros de diversión. De los que tratan materias pertenecientes a las Ciencias, que por acá se estudian, no hay para qué hablar; pues ésos sólo los abren los Profesores; y aun para los Profesores son tarea, y fatiga; que a los que no gustan de otra diversión, que la lectura, o gustan más de ésta, que de cualquiera otra, en algún modo los precisa a buscar el desahogo de su cansancio en la amenaza de otros Libros.

17. Pero utilidades mucho más sólidas traen ésas, que la envidia, o la ignorancia llaman meras curiosidades. Esas curiosidades muestran a los Españoles lo que los Extranjeros han adelantado en la Física, Matemática, Anatomía, Optica, Botánica, y otras Ciencias. Esas curiosidades muestran a los Españoles, como el adelantamiento en ésas, y otras Ciencias ha servido a los Extranjeros para perfeccionar muchas Artes liberales, y mecánicas, que hacen mucho más cómoda, y mucho menos trabajosa la vida humana. ¿Quién en España no dijera, que era una mera curiosidad Astronómica el descubrimiento, que hizo el gran Florentín Galileo Galilei, de aquellos cinco Planetas secundarios, que llaman Satélites de Júpiter? ¿Quién en España no dijera, que era una mera curiosidad Geométrica la invención de una nueva línea corva, llamada Cycloida, que hizo el célebre Holandés Cristiano Huighens? Pues el descubrimiento de los Satélites de Júpiter, añadiendo nuevas luces a la Geografía, enmendó la falsa posición de muchos puertos, lo que sirvió a evitar muchos naufragios; y la aplicación, que hizo Huighens de la Cycloida a los Relojes de péndula, los colocó en mucho mayor exactitud. ¿Quién no dijera en España (¿o quién no lo dice?), que el examen de la figura de la Tierra, hecho estos últimos años con no poco gasto del Rey de Francia, y a costa de grandes fatigas de ocho, o diez Académicos de la Academia Real de las Ciencias, es un trabajo especioso, pero inútil? Pues ese trabajo puede dar mucho mayor seguridad a la navegación en las grandes distancias de la Equinoccial. ¿Quién no [360] dijera (¿o quién no lo dice?), que los experimentos, que hoy se repiten tanto de la virtud Eléctrica, sólo sirven a divertir gente ociosa? Sin embargo, ya se han visto muestras en Inglaterra de que en ocasiones conducen para curar una enfermedad, comúnmente incurable, que es la perlesía, y es verisímil que se vayan reconociendo en adelante más utilidades de esta virtud en fuerza de nuevos experimentos. ¿Quién no dijera, que una línea corva descubierta por el Caballero Newton, como parto de la más ardua, y sublime Geometría, no podía hacer otro papel en el Mundo, que dar que hablar a los Matemáticos? Pues esa línea, aplicada a la construcción de la figura de los Bajeles, produjo la gravísima importancia de aumentar su velocidad. ¿Quién en España no dijera (¿y aun quién no lo dice?), que no pasa de una mera curiosidad aquella prolija aplicación con que los Extranjeros examinan el mecanismo; la figura, la situación de todas las partes del cuerpo humano, siguiendo con los microscopios el alcance de aquellas, que por muy menudas huyen de la vista? Pues esta aplicación ha dado más seguridad, y perfección a muchas operaciones Quirúrgicas; de modo, que por medio de esta utilísima Ciencia se curan hoy muchísimos, que cien años ha se daban por incurables. Sería infinito, si me empeñase en enumerar otros muchos beneficios, que han resultado de varios descubrimientos, y experimentos de los Extranjeros, que los Españoles tratan de curiosidades inútiles.

18. Los Españoles digo. ¿Pero qué Españoles? Estoy muy lejos de suponer esta mancha general a la Nación. Unos Españoles semiestúpidos, unos ignorantes soberbios, unos charlatanes de la Literatura, unos hipócritas de Ciencia, que procuran persuadir al Mundo, que no hay más que saber, que lo que ellos saben; siendo lo que saben tan poco, que no vale ni aun la centésima parte del papel, que se gastó en los cartafolios por donde estudiaron.

19. ¡Oh, cuántas impertinencias he tenido yo que sufrir a estos sicofantes! ¡Cuántas veces se me ha repetido, que [361] pudiera, y debiera emplear la pluma en asuntos más útiles! ¿Y cuáles son esos asuntos más útiles? Son, según ellos quieren dar a entender, la Teología Escolástica, la Moral, la Expositiva. ¿Y ésos son asuntos más útiles? Distingo: absolutamente hablando, y prescindiendo de las circunstancias de tiempo, regiones: y otras, lo concedo: contrayendo la proposición a las circunstancias en que nos hallamos, lo niego. Explícome. Yo escribo principalmente para España. ¿Y qué es más útil para España? ¿Escribir sobre aquellas Facultades, en las cuales está llena de muchos, y muy excelentes Autores? ¿Quién lo dirá? ¿Para qué llevar agua a la mar? ¿O escribir aquello, en que España está pobrísima de Autores, y noticias? Esto sí que le puede ser, y en efecto le es muy útil.

20. Bien sé, que algunos, por hacerme el favor que no merezco, han dicho, que si yo dedicase la pluma a cualquiera de las Facultades en que abundamos de Libros, por la mayor claridad en concebir, y en explicar las cosas, podría dar sobre esas mismas materias trilladas más luz, que dieron otros Autores, y aun adelantar algo en la substancia. Pero éste es dictamen, que sugiere un excesivo afecto a algunos apasionados míos: por los cuales diré lo que por otros, que lo eran suyos, dijo el Grande Augustino en su Epístola séptima a Marcelino: Non mihi placet, cum a charissimis meis talis existimor, qualis non sum. Yo no presumo de mí tanto; y aun cuando lo presumiese, debiera recelar, que presumirlo fuese mera presunción, o que ese ventajoso concepto de mi habilidad fuese derivado del influjo del amor proprio, como lo fue en otros muchos. Raro Escritor se produce al Público, que no imagine, que ha de lograr los comunes aplausos; y poquísimos son los que, en vez de los comunes aplausos no padecen los comunes desprecios. Y con razón, porque son poquísimos los que, escribiendo sobre esas materias trilladas, hacen otra cosa, que trasladar de los Escritores que los precedieron; y no pocos con tanta infelicidad, que escribieron muy mal lo que por otros estaba escrito muy bien, de que pudiera [362] producir bastantes ejemplos; pero dejo de hacerlo, por no multiplicarme enemigos.

21. Finalmente, yo no tengo motivo para pensar, que seré útil al Público, escribiendo sobre las Facultades, en que tenemos copia de Libros. Y al contrario, vivo con una bien fundada satisfacción de que lo que he escrito, puede ser, es, y fue muy útil al Mundo, por los muchos errores de perniciosas consecuencias en la práctica, de que le he desengañado. Y fuera mucho mayor la utilidad, si contra un desengañador único no salieran al campo muchos engañadores a echar polvo en los ojos a ignorantes, y rudos. Sin hacer cuenta de más desengaños, que los que he dado en materia de la Medicina en varias partes de mis Escritos; pero más copiosamente en el primer Tomo del Teatro Crítico, éstos por sí solos produjeron dos efectos de suma importancia en España.

22. El primero fue el ahorro de muchísimo dinero en la compra de drogas medicinales extranjeras. La persuasión, en que puse a muchos Médicos de la incertidumbre de su Arte, y mucho más la en que puse a innumerables enfermos de los daños, y riesgos de medicinarme con frecuencia, indujo este grande ahorro. Hago juicio, que desde el año de 26 hasta ahora se excusó por este medio la salida de muchos millones de pesos de España; pues en todas, o casi todas partes es visible, que el gasto de Botica es menor que antes. Y una cosa notaré aquí, que es bien que se sepa; esto es, haber observado, que hoy, por lo común, recetan mucho menos los Médicos, que los que no lo son. Los Cirujanos, y Sangradores, a quienes malamente se consiente meterse a Médicos, son los que hacen el gasto más considerable en las Boticas, siendo los que recetan más, no por otra razón, sino porque saben menos.

23. El segundo efecto, aun de mayor importancia que el primero, fue el ahorro de salud. De varias partes de España, y en muchas Cartas se me avisó, que una gran multitud de estos semienfermos, que por unas leves habituales indisposiciones no dejaban reposar a los Médicos, [363] deponiendo en virtud de mis persuasiones tan perniciosa práctica, y entregándose al beneficio de la naturaleza, se reconocían muy mejorados; a que contribuía no poco el haber sacudido el jugo de una forzada molesta dieta, que ordinariamente imponen los Médicos por chorrillo, sin atención al temperamento de los enfermos, y aun con poquísimo conocimiento de las cualidades de comestibles, y potables. Sé de muchos, que pasaban una vida miserísima, hechos unos esqueletos, por haberlos estrechado a su infeliz pucherito, que apenas podían mirar jamás sin náusea; los cuales, ensanchándose después a comer de todo, fruta, leche, pescado, &c. sin otra reserva, que la de no gravar el estómago, excediendo en la cantidad, engordaron: sacudieron las aprehensiones que antes los afligían; y de unos enclenques, inútiles para todo, se hicieron, digámoslo así, hombres de provecho.

24. Mas ya, Excmo. Señor, que el argumento de esta Carta, naturalmente, y sin previsión, o designio anterior, me condujo a exponer, que en mis Escritos se interesó el Público, no sólo por la parte de entretener honestamente su curiosidad, mas también hacia otras utilidades más sólidas, teniendo ya el ánimo hecho a dar a la prensa esta Carta; por el mismo interés del Público determino extenderme más sobre esta materia, mostrando, que por más que los invidos griten, que mis Escritos sólo sirven al deleite de gente ociosa; trato en ellos innumerables puntos, de que a todos pueden resultar, y han resultado ya a muchos grandes, y sensibilísimos provechos. Sea también norabuena esta, en alguna manera, una Apología de mis Escritos. ¿Por qué no será muy lícito hacerla, cuando me obliga a esta justa defensa la malicia de mis contrarios? Ellos dirán, que es jactancia, y a mí se me da poco de que lo digan, porque ya me encuentran muy habituado a sufrir sus malignas interpretaciones.

25. Digo, que haré una enumeración de varios asuntos, que trato en mis Libros, cuya importancia no pueden menos de conocer los mismos que más reñidos se muestran [364] con mis tareas; por lo menos después que yo se la ponga a los ojos. Ciertamente estoy en la fe de que nada he escrito, que sea enteramente inútil; y a juzgarlo tal, no lo hubiera escrito. Mas sólo me ceñiré a aquello en que es menester poca reflexión, tal vez ninguna, para conocer la utilidad. Lo uno, porque alargarme a más, sería meterme en una fastidiosa prolijidad. Lo otro, porque esto basta a mi principal intento, que es animar a otros a que imiten mi aplicación. No faltan para ello, y es verisímil, que jamás faltarán sujetos muy hábiles en España. Y los que me sucedieren, tendrán mucho menos que vencer que yo; ya porque lidiarán con menos caterva de ignorantes, que tanto como este fruto ya me lo prometo de mis fatigas; fuera de que también por otros caminos van ya rayando hacia España nuevas luces, ya porque hallarán la malignidad, y la envidia algo fatigadas de lo mucho que han trabajado contra mí.

26. Esto supuesto, discurriré por todos mis Libros entresacando de ellos los asuntos en quienes concurra la circunstancia ya expresada. Y lo primero del primer Tomo del Teatro Crítico, omitiendo lo que en él traté de Medicina, y Régimen, pongo a los ojos del público los tres Discursos del Desagravio de la Profesión Literaria, de Eclipses, y de Cometas. El primero sirve para animar al estudio a infinitos, que, o huyen de él, o estudian con tibieza por la falsa persuasión, en que están, de que una más viva aplicación será muy perjudicial a su salud.

27. El segundo se destina a desterrar el mal fundado miedo, que hay al siniestro influjo de los Eclipses. ¿Y este es asunto de mera curiosidad? No sino de gravísima importancia. ¡Cuántos por el vano temor de los Eclipses interrumpen los ejercicios que exigían sus Negocios! Muchos Labradores se retiran del campo amedrentados, luego que notan el Eclipse; y aunque como los Eclipses no son frecuentes, en la suspensión del trabajo de uno, u otro se pierda poco, en la de muchos se pierde mucho. A los que viven en Lugares populosos, muy frecuentemente obligan varios [365] intereses al trato con sus vecinos; y a muchos de estos retiene el miedo del Eclipse dentro de sus casas, perdiendo tal vez ocasiones favorables, que después no encuentran. ¡Cuántos, intimidados de un Eclipse, o por temer su pernicioso influjo, o imaginándole siniestro agüero, retardaron algún viaje necesario, tal vez con grave detrimento suyo!

28. La antigua Grecia nos presenta en esta materia un ejemplo muy funesto. Nicias, General Ateniense, que de orden de su República hacía guerra a los Siracusanos, viendo, después de algunos infelices combates, muy debilitadas sus Tropas, trató de retirarse, que era el único partido que debía elegir. Mas teniendo ya las Galeras dispuestas para la marcha, sucedió eclipsarse la Luna. No fue menester más para suspender la retirada, porque al temor del mal influjo del Astro se agregó la superstición Gentílica, dictándole, que en caso semejante debía alargarse la detención algunos días. Con que por temer más al Eclipse, que a los Siracusanos, dio lugar a que éstos, acometiéndole, le derrotasen tan del todo, que de una numerosa armada no se salvo ni un solo Bajel. El temor de otro Eclipse Lunar fue también la causa de la derrota, que padeció el Ejercito de Perseo, Rey de Macedonia, superior en fuerzas al de Paulo Emilio, de quien fue invadido; porque los Soldados de aquél, aterrados del Eclipse, pelearon tan lánguidamente, que les fue fácil a los Romanos ganar la victoria. Y a los Romanos hubiera dominado el mismo terror, si Sulpicio Galo, uno de sus Tribunos, que sabía algo de Astronomía, no hubiera oportunamente dicho el día antes a todo el Ejército, como aquella noche, y a qué hora había de venir el Eclipse.

29. El miedo de los Cometas no parece que expone a tales daños. Sin embargo, no es poco el que ocasiona, porque contrista la gente la creída amenaza de alguna grave calamidad; y los hombres, poseídos de la tristeza, y el pavor, sobre el perjuicio que estos afectos pueden inducir en la salud, quedan menos aptos para todas aquellas operaciones [366] en que debieran ocuparse. En los Príncipes sobre todo puede ser mayor este daño, por la ridícula persuasión que hay de que contra sus vidas principalmente se dirigen las iras de aquella maligna llama; como si el Cometa tuviese alguna especial ojeriza con el Cetro, y la Corona: de que hizo con suma graciosidad burla Quevedo en el célebre soneto, que empieza:

Si el Cometa viniera por Coronas,
ni Clérigo, ni Fraile nos dejara,
y el tal Cometa irregular quedara
en el ovillo de las cinco Zonas.

30. En el segundo Tomo presento al Público los Discursos sobre las Artes Divinatorias, y sobre el Uso de la Mágica. El primero es destinado a atajar muchas supersticiones, y cuidados vanos: el segundo a evitar algunos horrendos crímenes. El deseo de penetrar lo venidero es una pasión común a casi todos los hombres, y pasión, que en todos tiempos produjo innumerables prácticas supersticiosas. De éstas había una grande multitud entre los antiguos Gentiles, y estaban autorizadas por las Leyes. Prohíbelas la Religión Cristiana, como antes lo prohibió la Ley Escrita; mas no por eso deja de haber muchas entre los Cristianos. Confieso, que en la mayor parte por ignorancia, pero acaso en muchos es la ignorancia vencible; y aun cuando no lo sea, ¿no es conveniente, y aun debido desterrar esta ignorancia, cuando sin inconveniente se puede? Aunque no hubiese otro motivo para desengañar de la vanidad de la Quiromancia, que el impedir, que el Vulgo dé algún crédito a esa canalla, que llaman Gitanos, y le embauca con la persuasión de pronosticar algo por las rayas de la mano, no sería esta una pequeña utilidad, porque esa vana creencia da a los Gitanos ocasión a introducirse en las casas, y ejecutar algunos robos.

31. La falsa persuasión de que hay mucha Mágica en el Mundo, o que son muchos los hechiceros, y hechiceras, [367] ha introducido en muchos el peligroso asenso, a que el ser Mágico, o hechicero no consiste en más que querer serlo, suponiendo al demonio dispuesto siempre a condescender al pacto con cuaquiera que lo solicita. Y como son no pocos los hombres dominados de furiosísimas pasiones, como de la ansia de las riquezas, de los esclarecidos honores, de la venganza de sus enemigos, de la satisfacción de los afectos carnales, y no hallan por la mayor parte modo de saciar la ardiente sed que los abrasa, sino el de lograr para ello la protección del común enemigo; hay algunos tan desalmados, que a riesgo de perder el alma abrazan este partido. Pero ya porque el demonio quiere el pecado, y no la conveniencia del hombre, ya porque, aunque el demonio la quiera, Dios no le permite la ejecución, sino en uno, u otro caso rarísimo; estos infelices, después de cometer el horrible crimen de la invocación del demonio, se quedan burlados en el designio. Si a algunos pareciese increíble, que entre Cristianos haya hombres capaces de tan pernicioso, y tan abominable delito, yo les aseguro, que bien pueden creerlo, y que lo afirmo fundado en buenos papeles. A precaver tan detestable atentado sirve, y se ordena aquel Discurso.

32. Añado, que en este segundo Tomo, Disc. 2, num. 52, descubrí el importantísimo secreto (pues secreto era hasta entonces) de la Piedra de la Serpiente.

33. En el tercer Tomo hay muchos Discursos muy importantes. Tales son los de Saludadores, Secretos de Naturaleza, Duendes, y Espíritus Familiares, Vara Divinatoria, Zahoríes, y Piedra Filosofal. ¡Cuántos engaños muy costosos precaven aquellos Discursos! Los Saludadores son unos embusteros, que comen a cuenta de embustes. Los Secretos de Naturaleza son por la máxima parte un embeleco de simples, que les gasta mucho el tiempo en la prolijidad de las manipulaciones, y mucho dinero en la compra de los materiales. En el Discurso sobre los Duendes tengo bien ponderados los graves inconvenientes, que su común creencia ocasiona. Y aunque no es tan común la de los Espíritus [368] Familiares, no deja de ser útil el desterrarla. Los Zahoríes, y los que ostentan la Vara Divinatoria han engañado a muchos, y cometido grandes estafas con la promesa de descubrir tesoros. Lo proprio digo de los que se jactan de poseer el secreto de la Piedra Filosofal.

34. En el Tomo 4 el Discurso de la Virtud Aparente da reglas para discernirla de la verdadera, lo que es de una insigne conducencia para el buen gobierno del Mundo, pues por falta de este discernimiento se ve en innumerables partes de él, especialmente en las Cortes, el embuste coronado, y el mérito abatido. Ocupan muchos indignos los empleos, y muchos dignos viven abandonados. Y aunque este punto, ya por incidencia, ya de intento ha sido tratado por otros, si es verdad lo que algunos han dicho, que yo le he tratado con alguna mayor penetración, siempre servirá de mucho aquel trabajo mío. Por lo menos yo me lisonjeo de que he introducido en él varias reflexiones conducentes, que no leí en otro alguno.

35. El del Valor de la Nobleza, e influjo de la sangre toca un asunto, que ya entre los antiguos Poetas, y Oradores produjo muchas delicadas, y sólidas sentencias. Después de todo creo, que en aquel Discurso mío se hallarán algunas bastantemente particulares; y como los genios de los hombres son tan varios, puede ser que a algunos hagan más fuerza las mías, que las de todos los que me precedieron. Fuera de que es mucho más a propósito para persuadir un Discurso seguido, comprehensivo de la materia, apoyado con razones, y autoridades, que unos rasgos sueltos, aunque agudos, y harmoniosos, que en prosa, que en verso. Como quiera, el persuadirle a los Nobles, que la virtud de sus mayores, que sólo siendo imitada, puede constituirlos merecedores de la común estimación, haría un gran bien a la República.

36. El Discurso sobre Peregrinaciones Sagradas, y Romerías, en cuanto a la primera parte, sobre representar, que en orden a muchos particulares tienen aquellas Peregrinaciones graves riesgos; persuade, que los más Extranjeros [369] (v.g. de dos mil los mil y novecientos), que con este título vienen a España, no son más que meros tunantes, que una gran parte de tiempo se sustentan a costa nuestra para que se evite el abuso de erogar a estos la limosna que debemos a los muchos legítimos pobres Nacionales, que por falta de ella viven misérrimamente, o más mueren, que viven. En cuanto a la segunda parte se muestran los frecuentes desórdenes, que se cometen en las Romerías, para que los Magistrados Eclesiásticos, y Seculares tomen sobre ellos las providencias que juzguen más oportunas. Ciertamente en las Romerías hace el demonio larguísima cosecha; pero aun es más la semilla, que en ellas derrama, para hacer la cosecha después.

37. El de las Transformaciones, y Transmigraciones Mágicas tiene en parte el mismo fin, que el Uso de la Mágica del segundo Tomo; a que se añade, que con alguna razón más especial precave el grave inconveniente de que los Jueces tal vez traten como verdaderos delincuentes los que, o por estar infatuados creen, y confiesan esas transformaciones, y transmigraciones, o porque puestos en la tortura, no pudiendo resistir el dolor, confiesan lo mismo que no creen; a cuyo error induce también frecuentemente la necedad de los testigos, que sobre vanísimos indicios se persuaden a esos mágicos portentos.

38. En el quinto Tomo se ofrecen los Discursos de la Regla Matemática de la Fe Humana, de Fisiognomia, de Observaciones comunes, de las Señales de muerte actual, y del Gran Magisterio de la Experiencia.

39. El primero de estos cinco Discursos expone lograda la empresa de reducir al cálculo Matemático los motivos de asenso, y disenso a las noticias, que se oyen, o leen. Empresa, digo, que no sé que hasta ahora haya otro conseguido, mas ni aun intentando, sino, cuando más, algún confuso rasguño, sin designio, sin método, sin orden. En efecto, quien desapasionado, y con reflexión leyere aquel Discurso, deberá confesar que no sólo da una grande luz para la Crítica, mas tiene un uso muy extendido [370] para dar, o negar el crédito a infinitas cosas, que importa examinar en el común comercio de la vida humana.

40. El segundo es útil para desvanecer los juicios temerarios, que en orden a inclinaciones, y costumbres no pocas veces se forman sobre las vanas observancias Fisiognómicas.

41. El tercero abunda mucho de desengaños útiles en varias materias prácticas, y sobre todo es dignísimo de notarse lo que en él, desde el num. 34, hasta el 41 inclusive, se propone contra un comunísimo, y nocivo error en orden al uso de las campanas, cuando hay nublados.

42. El cuarto con razones, y ejemplos se dirige a evitar para adelante aquellas lastimosas tragedias, que varias veces se han repetido, de enterrar los hombres vivos. Sobre que no omitiré, que cuando yo acababa de escribir este Discurso, habiéndole leído el Señor Don Pedro Gómez de la Torre, entonces Penitenciario de esta Santa Iglesia de Oviedo, y hoy Obispo de la de Ciudad Rodrigo, que concurría varias veces a mi Celda, como amigo, a ver lo que escribía; me dijo, que cuando no hubiera dado a luz otra cosa más, que aquel Discurso, me debía dar las gracias por él todo el Género Humano. Añado, que en ese mismo Discurso, desde el num. 45, escribí el admirable remedio de los sufocados, cuya verdad han comprobado ya algunos experimentos.

43. El quinto enseña una cosa importantísima, que es el recto uso de la experiencia, dirigiendo con sólidas reflexiones a hacer como se deben, las Observaciones experimentales: materia en que, con harto daño nuestro, se yerra infinito en asuntos de Física, y Medicina.

44. En el sexto Tomo produzco el Discurso de las Paradojas Políticas, y Morales: el de la Impunidad de la mentira; y el del Error Universal. Del primero, sin el menor recelo, me atrevo a asegurar, que de quince Paradojas, que comprehende, ninguna hay, que no tenga alguna máxima, o Política, o Moral importante a la República. Y entre ellas es digno de notar, que la segunda, cuyo intento [371] es minorar el número de los días festivos, se halla hoy teórica, y prácticamente aprobada por las Provincias, y Prelados de España, y confirmada con la benigna concesión de la Cabeza de la Iglesia.

45. La doctrina, que propone el segundo, sería capaz de restablecer en el Mundo el siglo de oro, si se ejecutase lo que yo con ella he pretendido. Pero ninguna esperanza de ello tengo, viendo que tanto se miente después que he dado a luz aquel Discurso, como antes, y que nadie se mueve a aplicar el remedio.

46. El tercero contiene un desengaño generalísimo, que bien persuadido a los hombres, produciría innumerables bienes, en el mundo; siendo cierto, que son innumerables los males que nacen de la mal fundada satisfacción, que los más de los hombres tienen, de que Dios les ha dotado de un buen entendimiento. Mas confieso, que la pretendida persuasión apenas logrará efecto alguno en los que más importaba que le lograse; esto es, en los de muy corta capacidad; porque a éstos les falta aun la necesaria para enterarse de la reflexión, que yo les propongo para su desengaño; y aun convendré en que generalmente será poco el fruto de aquel Discurso, porque siempre serán poquísimos los hombres, que no se hagan merced a sí mismos en el punto del entendimiento, que Dios les ha dado, por más avisos que reciban sobre la materia.

47. Del séptimo Tomo el Discurso de la verdadera, y falsa Urbanidad contiene muchos preceptos, y reflexiones útiles a la sociedad, ya corrigiendo los vicios de la urbanidad hipócrita, ya pintando los gravámenes de la urbanidad incómoda; para que aquéllos se conozcan, y éstos se eviten; y si no del todo, por lo menos se cercenen.

48. Los cuatro siguientes Discursos miran a ciertas especies de reforma en la enseñanza de algunas Facultades, de cuya utilidad se dan pruebas invencibles. Ignoro qué fruto hayan producido, o se pueda esperar para en adelante. Todas las reformas son muy difíciles. Todas encuentran tropiezos en la práctica, que no siempre alcanza a allanar [372] el poder, y mucho menos alcanzará la mera persuasión. En la materia presente contemplo, que en tres clases de Profesores hallará impedimento la reforma; esto es, en los tímidos, en los indóciles, y en los inhábiles. Los primeros no se atreven a hacer novedad, temiendo el maniático capricho de los que reprueban toda inmutación. Los segundos oponen a la razón más concluyente, como muralla impenetrable, el uso establecido. Los terceros no pueden, aunque no quieran, empezar a plantar el nuevo método, porque su habilidad no alcanza a más, que trasladar con alguna inteligencia, y leer a los discípulos los Cursos que hallaron, o impresos o manuscritos.

49. De los trece Discursos, de que consta el octavo Tomo, se hace visible, que todos son importantísimos en la práctica, a excepción del 7, 8, 9, que son puramente de Física.

50. Del Suplemento se debe considerar la misma importancia en todo aquello que confirma, o añade algo considerable a todos los Discursos de los ocho Tomos del Teatro, que se ha representado ser importantes.

51. Los dos Tomos de Cartas abundan tanto de asuntos del mismo carácter, que sería prolijidad tediosa discurrir individualmente por todos ellos.

52. Todo esto expongo a V.E. para exponerlo después al Público, no por motivo de jactancia, sí sólo por el de una justa defensa contra los que imponen alguna nota a mi aplicación sobre la especie de Literatura, que tomé por objeto de mis Escritos; pretendiendo, que éstos serían más útiles, si hubiera compuesto algunos Tratados de Teología Escolástica, o Dogmática, o Expositiva: propuesta a la verdad especiosa para los ignorantes; pero despreciable, y totalmente falsa para los que entienden algo de las expresadas Facultades.

53. ¿Por qué (empezando por la Teología Escolástica) no me dirán, aun en caso que me concedan para ella una muy ventajosa habilidad, de qué serviría, que yo añadiese algo a lo mucho que sobre ella trabajaron algunos grandes [373] ingenios, lo cual todo se reduciría a alguna nueva solución a tal argumento, o a algún argumento nuevo contra tal doctrina, y acaso sólo a proponer con más claridad de solución, y el argumento, que ciento, u doscientos años ha están escritos? Seriame muy fácil, y barato escribir algo de Teología Escolástica, lo cual me concederá cualquiera que sepa, que después de tres años de Lector de Artes, y uno de Maestro de Estudiantes en Teología, leí esta Facultad por espacio de diez años en este Colegio; y en la Universidad de Oviedo por espacio de veinte y cuatro, obteniendo en aquel, y en esta sucesivamente todas las Cátedras, desde la ínfima, hasta la suprema. Protesto con toda verdad, que mientras he escrito un pliego del Teatro Crítico, u de las Cartas Eruditas, podría escribir dos, o tres de Teología Escolástica, sin ser copiante de nadie. ¿Pero qué provecho sacaría de esto el Público? ¿Qué fruto resultaría a España? Ciertamente ninguno.

54. La Teología Dogmática es importantísima, y nobilísima. ¿Pero no hay mucho, y excelentísimo escrito sobre ella? ¿Podría yo acaso probar las verdades Católicas mejor que un Cardenal Belarmino, o un Obispo Bosuet? Estoy muy lejos de hacerme a mí mismo tanta merced. Ni pienso que haya alguno que me la haga. Pero aun dado caso que yo fuese capaz de tanto, escribiendo en España, y para España, no me metiera a escribir Libros de Controversia, porque éstos son como los remedios mayores, que aprovechan tal vez a los enfermos; pero tal vez también hacen grave daño a los sanos. En España no hay Herejes, que son los enfermos, que necesitan de aquella medicina. Por esta razón siempre he sido de sentir, que no conviene fundar en nuestras Universidades Cátedras de Teología Dogmática. Si las hubiese, ¿a cuántos, por faltarles la penetración necesaria, se representaría más fuerte el argumento del Hereje, que sólida la solución del Catedrático? Puede aplicarse al propósito lo que suele decirse, que donde hay Conjuradores, nunca faltan endemoniados. Pues estamos bien, estemos así. [374]

55. De la Teología Expositiva digo lo mismo, que de la Escolástica. ¿Para qué nuevas exposiciones, o nuevos Expositores de la Escritura, cuando son tantos los que tenemos, que de ellos sólo se puede formar una gran Biblioteca? España produjo muchos muy buenos. Las demás Naciones contribuyeron bien por su parte. Y finalmente en este siglo nos dio una exposición comprehensiva de toda la Escritura el célebre Lorenés, nuestro Monje Don Agustín Calmet, tan hermosa, tan excelente, tan a satisfacción de todo el Mundo, que no nos dejó más que desear. Acuérdome de haber leído, que habiendo, no sé quién, preguntado a Quinto, hermano de Cicerón, ¿por qué no se aplicaba a la Oratoria como su hermano? Le respondió, que si un Orador bastaba para una Ciudad, con más razón bastaba para una familia: Y yo aprovechándome del dicho de aquel Romano, puedo excusarme del trabajo de exponer la Escritura, diciendo, que si la exposición de Calmet basta para toda la Iglesia, con más razón bastará para la Familia Benedictina: quiero decir, que un Monje Benito, tan grande Expositor, cual lo fue Calmet, sin que se le agrege otro, basta muy bien para gloria de la Religión Benedictina.

56. El caso es, que aunque yo quisiera dedicarme a eso, no podría. Hay en España, aun entre los que han estudiado algo, un error vulgarísimo en orden a la exposición de la Escritura, dando este nombre a la que realmente no lo es, y de Libros expositivos a los que en rigor no lo son. Hablo de aquellos Escritos, en que discurriendo sus Autores por tal, o tal Libro de la Escritura, van entresacando de este, o aquel Texto, con aplicaciones arbitrarias, lo que les puede servir para los que llamamos Conceptos pulpitables. Si esto es exponer la Escritura, confieso que es facilísima la exposición de la Escritura; siendo cierto, que menos tiempo, y menos habilidad es menester para escribir un Libro de estos, que para componer un Libro de Sermones, porque en los Sermones se liga el entendimiento a idea determinada; mas en libros, que [375] llaman de Conceptos pulpitables, discurre con libertad por donde se le antoja.

57. ¿Pero esto es servir a la Iglesia exponiendo la Escritura? Estaba para decir, que antes parece servirse de la Escritura para medrar en la Iglesia. No digo yo, que en la Escritura no quepan varios sentidos, de los cuales pueden útilmente aprovecharse los Oradores Sagrados. Pero han de ser hallados naturalmente, no traídos a él violentamente: no opuestos al sentido literal (como sucede a cada paso), antes conformes, que le cuadren, y sienten bien en él como basa suya.

58. De suerte, que el sentido Literal es la raíz, y el tronco; los demás son como ramas. En aquel está toda la dificultad, y dificultad gravísima, mucho más que comúnmente se piensa. Y por esto digo yo, que aunque quisiera dedicarme a la exposición de la Escritura, no podría lograrlo: sino es que quieran calificarme de Expositor de la Escritura, no más porque copié a otros, escribiendo en mi estilo lo que ellos escribieron en el suyo, como realmente algunos se acreditaron de Expositores, sin hacer más que esto.

59. ¿Pero en qué está esta gran dificultad de exponer el sentido literal de la Escritura? En muchas cosas. Pero sobre todo en la inteligencia de las lenguas, que es preciso saber, no como quiera, sino con perfección, para meterse en ese empeño; esto es, la Griega, la Hebrea, la Siriaca, y aun la Arábiga. De suerte, que no sabiendo yo esas cuatro lenguas, no sólo también, pero mucho mejor que sé la Castellana, jamás me metería en exponer la Escritura. ¿Y cómo se han de aprehender estas lenguas con perfección en España? No lo sé. Sé, que no ha muchos años, que hubo en cierta Universidad nuestra un Catedrático de Griego, de quien un Ministro muy aficionado al mismo Idioma decía, que no tenía inteligencia alguna de él. Es verdad, que el Catedrático le pagaba al Ministro en la misma moneda. Y yo creo, que uno, y otro tendrían razón. Júzgase comúnmente, que el saber bien una Lengua [376] es meramente obra de la memoria. Yo al contrario soy de sentir, que no hay cosa, que para saberse con alguna perfección, no pida mucho ingenio, y mucha penetración. No basta para la inteligencia de una Lengua saber los significados inmediatos de sus voces; es menester enterarse de todos sus usos metafóricos, de sus expresiones alusivas, saber cuáles pertenecen al estilo noble, y cuáles al vulgar, y humilde; y sobre todo, penetrar bien la energía de voces, y frases: cosa, que pende más de una nativa perspicacia, que de enseñanza alguna. Finalmente, si al Gran Belarmino, no sé si con razón, o sin ella, notó el Padre Ricardo Simón, de la Congregación del Oratorio, en su Historia Crítica del Viejo Testamento, lib. 3, cap. 12, que no sabiendo más que medianamente el Hebreo, se metiese a comentar los Psalmos; ¿qué se dirá de quien, sin saberle ni aun medianamente, se atreviese a interpretar cosa alguna de la Escritura?

60. Por lo que mira a esotros Comentarios, que realmente no son otra cosa, que una colección de conceptos, que llaman Pulpitables, ya he dicho, que son obras muy fáciles; pero añado, que por lo común no los juzgo necesarios, pues sin ellos se puede predicar muy bien; y no sólo en Francia apenas se usa de ellos, mas aun en España he visto alguno Sermones excelentes, donde no parece algún vestigio de que sus Autores se hayan dado mucho a este género de estudio. Pero dado caso que sean convenientes, entiendo, que antes convendría disminuir su número, si fuese posible, que aumentarlo. Algunos pocos de los mejores bastarían para lograr todo el fruto, que se puede esperar de esos Comentarios, sin cargar tanto las Bibliotecas.

61. Con mucha razón llevo mal tanto Sermones impresos, o tantos Libros de Sermones, a quien también dan el nombre de Escritos expositivos; y realmente son, por la mayor parte, unos Libros de pane lucrando, que en alguna manera deshonran el alto empleo de la Oratoria Cristiana, sirviendo a que prediquen muchos incapaces [377] de predicar, a muchos, que para ponerse en el púlpito no tienen otro estudio, que el de mandar a la memoria esos mismos Sermones, por ganar una mísera propina, que no pudieran granjear sin ese socorro. Me acuerdo de que, siendo yo oyente en Salamanca, llovían allí tantos Sermones impresos de Portugal, que producían no poco interés a uno, u otro Librero de aquella Ciudad, de donde se extendían a toda Castilla; y cierto, que había poquísimos entre ellos dignos de alguna estimación; pero estaba el vulgo Eclesiástico muy encaprichado de los Sermones Portugueses; o ya porque un Padre Vieira introdujo en Castilla la aprehensión de que hay en Portugal muchos Vieiras, como si el País, que produce un hombre grande, estuviese obligado a la producción de otros iguales; o ya porque se prendaban de unas, que llaman sutilezas (aunque yo las doy nombre muy diverso); y dicen, que es más fecundo de ellas el genio Lusitano, que el de otra Nación alguna.

62. Yo quisiera, que hubiese Sermones impresos, pero muy escogidos, pero los más excelentes; porque éstos servirían como ejemplares para dirigir a los principiantes, y ponerlos en el buen modo de predicar: cuyo efecto no logran, o es poquísimo el que logran, siendo acompañados de los innumerables, que hay impresos de muy bajo valor, a los cuales sin embargo toman por pauta los principiantes de escaso conocimiento, engañados de ciertas ineptas travesurillas en la aplicación de los Textos, que juzgan agudezas, siendo en la realidad futilidades.

63. A este daño se agrega otro, que es proponérseles en muchos de esos Sermones, como norma para el estilo, una verbosidad afectada, impropria, redundante, viciosamente entumecida, en que se pretende pasar por gracia la ridiculez, por adorno el desaseo, por hermosura la fealdad, y aun tal vez por cultura la barbarie. Hemos tenido en España, dentro del tiempo que yo he alcanzado, muy excelentes Oradores, cuyos Sermones se han impreso, aunque de algunos muy pocos; y de otros temo, que se hayan acabado, o vayan acabando las impresiones. Ojalá [378] sacasen a luz nuevas producciones de aquéllos, que tal vez por modestia nos dieron pocas, y se reprodujesen por medio de la Imprenta los bellos Sermones, que ya se van desapareciendo, en vez de dar al Público otros nuevos, por la mayor parte inútiles.

64. Resta sólo decir algo de la Teología Moral, por si acaso algunos también me culpan de no haberme aplicado a escribir Libros de ella. ¿Mas para qué los había de escribir, cuando no sobra otra cosa? Acaso convendría, que no hubiese tanto número de Libros de esa Facultad. Pasan de trescientos Autores los que cita el Padre Lacroix, cuyo catálogo se ve al principio del primer Tomo de su Teología Moral. Y es cierto, que restan otros muchos, que no están comprehendidos en aquel catálogo.

65. En todo lo que hasta aquí, Excmo. Señor, he discurrido, ya sobre la importancia de mis Escritos, ya sobre la poca, o ninguna que lograría, empleando la pluma en otros asuntos, o Facultades, especialmente en aquellas en que tenemos copia de buenos Libros; aunque puede servir a acreditar mi elección en el destino, que he propuesto a mis desvelos, no es éste el fin principal a que miro, sino mostrar a mi Nación cuál es la enseñanza, que más le conviene en el presente estado, supuesto tener la suficiente en todo aquello, que pertenece al interés espiritual del alma; para que los genios hábiles se apliquen a cultivar aquellas partes de la Literatura en que nos exceden tanto los Extranjeros, y de que les resultan infinitas comodidades, de que nosotros carecemos.

66. En efecto, no hay Ciencia, o Arte de cuanta pueden contribuir a hacer más cómoda la vida humana, en que no hayan adelantado mucho, y no estén adelantando cada día. La Agricultura, la Náutica, el Arte Militar, la Arquitectura: en una palabra, todas las Artes Liberales, y Mecánicas sucesivamente van arribando a mayor perfección, debiéndose primordialmente todo, o casi todo a los grandes progresos, que se han hecho, y van haciendo en la Física, y en las Matemáticas. De modo, pongo por [379] ejemplo, que los Autores de las ventajas de la Agricultura no son, como por acá acaso se piensa, los mismos Agricultores, o los que manejan la hoz, el arado, o el hazadón. En el Gabinete, y en la Academia se adquieren las luces con que se inventa, se dirige, se rectifica lo más conveniente en la Agricultura.

67. Sin poner los ojos más que en el manejo de las aguas, se halla, que son inmensos los beneficios, que con él prestan a la fertilidad de las tierras las especulaciones de la Estática, Hidrostática, y Física. Hay muchas tierras infecundas por falta de agua. Hay no pocas, que lo son por sobra de ella. Respecto de aquéllas es menester procurar el aumento; respecto de éstas la disminución. Aquellas Ciencias enseñan cómo se ha de hacer uno, y otro, abriendo canales, juntando, o disgregando ríos, construyendo reparos, usando de Máquinas; todo lo cual para ejecutarlo como se debe, y no caer en mayores daños, pide un profundo conocimiento de algunas partes de la Matemática, y de la Física. No ha muchos años, que el señor Dominico Guillelmini, Médico, y Matemático Boloñés, prestó muy grandes servicios a algunas Repúblicas de Italia, por las excelentes reflexiones, que hizo sobre todo lo perteneciente a esta materia; y dos Libros, que compuso, uno en Latín, Aquarum fluentium mensura novo methodo illustrata; otro en Italiano, Della natura defiumi (de la naturaleza de los ríos), pueden ser de gran servicio a todo el Mundo.

68. Pero aquí me ocurre, que si leen esto algunos de nuestros Filósofos, dirán hacia sí muy satisfechos: ¿Qué habrá escrito, o qué pudo escribir este Italiano sobre la naturaleza de los ríos, que no sepamos por acá? Y yo desde ahora les anticipo la respuesta de que escribió muchas cosas sumamente útiles, que ellos totalmente ignoran, y aun en parte ignoraban los Filósofos, y Matemáticos de otras Naciones. Y para que en alguna manera entiendan la razón de mi respuesta corresponderé a su pregunta con otras; esto es, si saben en qué proporción se va disminuyendo [380] la velocidad del curso de un río, desde que desciende de una montaña. ¿Cuáles son las causas de esa disminución? Si es igual, o menor la velocidad de las partes superiores del agua, que la de las inferiores. ¿En qué proporción es la desigualdad, en caso de haberla, y cuáles son las causas de ella? ¿En qué proporción se disminuye el volumen de la agua por el aumento de la velocidad? Y consiguiente a esta pregunta es estotra: Si saben, que puede suceder aumentarse la agua de un río, sin que éste sea más alto, ni más ancho? Dirán, que esto es imposible. Pero no es sino muy posible, y aun existente; sabiéndose, que el brazo del Pó de Venecia absorbió el brazo de Ferrara, y otro del Panaro, sin dar mayor capacidad a su lecho. La verdad de esta admirable Paradoja pende de aumentarse la velocidad del río a proporción del agua que se les agrega, de modo, que aunque se duplicase la agua, como se duplicase la velocidad, no sería mayor el volumen del río después, que antes de recibir la nueva agua.

69. Si juzgan que éstas son unas curiosidades meramente teóricas, están muy engañados; pues sin saber estas cosas, y otras muchas de este género, se procederá tan a ciegas, en el manejo de las aguas, ya para fertilizar las tierras, ya para desecar lagunas, ya para precaver inundaciones, ya para otros fines muy importantes, que se incurrirá en graves daños, siendo tal vez el menor constituir grandes caudales en gastos inútiles.

70. De modo, que cuando el estudio de la Física, y Matemática no sirviese a otra cosa, que a facilitar la acertada conducción de las aguas, o llevándolas a donde son útiles, o removiéndolas de donde son nocivas, estaría el linaje humano sumamente obligado a los que emplean sus desvelos en esas facultades; pues a esos desvelos se deben, no sólo las dos insignes utilidades de fertilizar las tierras, y precaver inundaciones, mas también otras dos no menos importantes, que son socorrer la sed de racionales, y de brutos, y contribuir un remedio pronto a los incendios. Siglos enteros estuvo padeciendo suma falta de agua una [381] Villa de Borgoña, a quien por el mucho vino, que produce su territorio, llaman Coulanges la vinosa; pues comúnmente era menester buscarla a una legua de distancia; cuya penuria, no sólo ocasionaba mucha fatiga a los naturales, mas por ella, en el espacio de treinta años, padeció el Lugar tres grandes incendios: y otro, a falta de agua, se vieron los vecinos precisados a apagarle con vino, que tenían recogido. Muchas veces se tentó el remedio por medio de diferentes Operarios, que se suponían inteligentes; pero todos los gastos, y diligencias, que se hicieron para procurarlo, fueron inútiles, hasta que el año de 1705 Mr. Daguiseau, que había adquirido el dominio de esta Villa, y conocía la gran capacidad de Claudio Antonio Couplet, de la Academia Real de las Ciencias, para esta especie de obras, se valió de él, y de hecho, por su medio, logró un copioso, y permanente caudal de agua para aquella árida población. En que lo más singular fue, que a alguna distancia de la Villa, antes de verla, sólo con designarle el paraje hacia donde estaba, reconociendo la situación del territorio, que la circundaba, resueltamente afirmó, que le daría el pretendido socorro.

71. Aquí se viene naturalmente la consideración, de que si en la aplicación de una pequeña parte de la Física, y la Matemática, al manejo de las aguas han sabido los Extranjeros lograr tan considerables beneficios para los Pueblos; ¿cuánto mayores serán los que con la extensión práctica de la gran amplitud de estas dos Ciencias a otros innumerables objetos, en que se interesa la conveniencia de los hombres, habrán logrado? En efecto han logrado, y van sucesivamente logrando más cada día en fuerza de su continua aplicación. Pues aun dejando aparte lo que han perfeccionado, o todas, o casi todas las Artes Mecánicas: lo que han facilitado el comercio por el Mar, con el mayor conocimiento de cuanto pertenece a la Náutica: por Tierra con la construcción de carruajes más seguros, de puentes menos costosos, y más cómodos: las innumerables máquinas, que han inventado, e inventan, con que ahorran [382] mucho tiempo, trabajo, y dinero en la ejecución de varias operaciones necesarias: v.g. elevar pesos enormes, serrar las piedras, sacar los bajeles sumergidos, mover a un tiempo muchas sierras, limpiar los puertos, y los ríos, nivelar con mucha mayor exactitud los terrenos, &c. me parece se debe especial atención a lo que han discurrido en orden a suplir con el Arte algunos grandes defectos de nuestras Facultades animales.

72. Y éste, acaso, es el mayor beneficio, que les debe el Público. Con los Telescopios, y Microscopios suplen los defectos de la vista; y cada día van mejorando estas dos especies de instrumentos, como se ve en el Telescopio de la invención de Newton, en que un Tubo de dos pies alcanza tanto como el ordinario de ocho; y el de Mr. Tschirnhaus, que a un tiempo, o a un golpe de ojo presenta toda una gran Ciudad. Con varios instrumentos acústicos esfuerzan el debilitado oído de los sordos. Han llegado algunos a substituir miembros artificiales a los naturales mutilados, como el Padre Sebastián Truchet, famoso Maquinista Carmelita, que con la admirable construcción de un brazo de hoja de lata hacía ejecutar todos los movimientos necesarios del brazo natural, que había perdido un Oficial en la Guerra. Y lo proprio logró Mr. Kiegseisen con otro de cobre. Pero en orden al beneficio de auxiliar nuestras potencias, lo más, y mejor se debe al ingenio, y estudio de los verdaderos, y grandes Oculistas. De los verdaderos, y grandes digo, por excluir algunos de poquísimo conocimiento, que con título de Oculistas se nos viene a viajar por España, y por lo común dejan los ojos peores, o a lo menos tan malos como estaban antes. Los Oculistas Ingleses son los que más se han aventajado en esta Ciencia. El Sócrates Moderno dice haber conocido uno en Londres, que curó algunos ciegos, que lo eran por nacimiento. No puedo tampoco menos de hacer memoria aquí de la ingeniosa invención con que el célebre Matemático de Basilea Jacobo Bernulli, enseñó a escribir a una muchacha ciega: empeño sobre que mucho [383] antes había discurrido Jerónimo Cardano; pero sin lograr algún efecto, o logrando poquísimo con el medio que para ello había imaginado.

73. Pero Excmo. Señor, especificar ni aun una vigésima parte de los inventos útiles, con que las Naciones Extranjeras enriquecieron el Mundo, sería una cosa interminable. Por lo que concluyo esta abreviada noticia, dando la de una admirable máquina, que construyó muy poco ha un Monje Cisterciense Italiano, en la forma que la describe el Mercurio Histórico del mes de Junio de este año de 1749. Y es a la letra como se sigue.

74. «Avisan de Crema (Ciudad de Italia en Lombardía), que el Reverendo Don Simplicio Griglione, del Orden del Cister, acaba de hacer dos máquinas de su invención, que merecen ponerse entre las más útiles, y curiosas, que se han hecho. En la primera la misma aguja señala las horas Astronómicas, e Italianas; y otra aguja señala los minutos Italianos, y Astronómicos. 2. Se ve todas las mañanas el disco, o cuerpo del Sol levantarse de la punta del Horizonte, de donde parte el Sol efectivamente aquel día, pasar por el Meridiano, y ponerse en el punto del Horizonte, que corresponde al Cielo. 3. Se ve este mismo disco en el signo, y grado del Zodiaco, donde se halla efectivamente en el Cielo. 4. El Zodiaco, que se supone llevado por el primer móvil, vuelve con el Sol. 5. En esta consecuencia se ve a cada hora del día, qué signos, y en qué grado se hallan en el Horóscopo, en el Meridiano, y en el Angulo Occidental. 6. La predilección del Sol por los signos Boreales, donde se detiene ocho días más, que en los signos opuestos, se señala con la mayor precisión. 7. Se nota claramente la mudanza, que hace cada día el Horizonte en su posición, y por este medio se descubre, en un abrir y cerrar de ojos, lo largo de los arcos diurnos, y nocturnos, las horas, y los minutos de salir, y ponerse el Sol, así según el cuadrante Italiano, como según el Astronómico. 8. El disco Lunar se ve igualmente en sus signos, y grados del [384] Zodiaco; de suerte, que también se ven todos sus aspectos enfrente del Sol, en trino, cuadrado, sextil, conjunción, oposición, &c. 9. Finalmente, las estaciones, el mes, el día del mes, y el de la semana se ven también; y todas estas cosas diferenciadas en tantos modos distintos, y que mudan continuamente de rostro, y de posición, están dispuestas con tal arte, y precisión, que no se reconoce confusión alguna en ellas, y que con un solo abrir y cerrar de ojos se descubren distantemente todas las partes, y todas las conexiones de esta instructiva, y magnífica máquina.»

75. «En la segunda, se ven entre las horas, y los minutos la Eclíptica, y bajo de este círculo el globo de la Tierra hacer a un tiempo tres movimientos diferentes; es a saber, el diurno en veinte y cuatro horas sobre su proprio eje: el anual a lo largo de la Eclíptica, en el espacio de trescientos y sesenta y cinco días, y seis horas: el del Paralelismo, por cuyo medio levanta uno de sus Polos, cuando se halla en los Signos Boreales, y lo baja cuando se halla en los signos opuestos, a fin de salvar por este medio las declinaciones Austral, y Boreal. Se ve también, que el Globo de la Tierra se detiene ocho días menos en los Signos de Mediodía, que en los del Norte. Encima de la Eclíptica hay una figura pequeña, que levanta alternativamente los brazos, indicando por este medio las variaciones sensibles del aire. Como esta máquina representa el sistema de Copérnico, se halla el Sol colocado en medio, y en lo demás es el todo simple, y colocado con tanta inteligencia, que basta abrir los ojos para aprehender en un instante lo que ordinariamente no se comprehende, sino después de largo estudio, y largas explicaciones.»

76. Yo me imagino, que si como este ingenioso Monje hizo sus dos máquinas en Italia, hubiera emprehendido esta obra colocado en España, nunca la hubiera concluido; antes desde los principios hubiera acabado con ella, y aun acaso con él la multitud de ignorantes, gritando, que [385] aquella aplicación era indigna de un Religioso: que sus Superiores no debían permitírsela, antes bien precisarle a los estudios proprios del Aula Española: que un Monje, en orden a los Cuerpos Celestes, no debe meterse en examinar, y mucho menos en representar su situación, y movimiento, sí sólo en estudiar si la materia Celeste se distingue en especie de la Sublunar, y si las formas de los Cielos, y Elementos fueron educidas de la potencia de la materia, pues con estudiar esto se habían contentado sus mayores, de dos, o tres siglos a esta parte.

77. Esta, y otras cosas a este modo gritarían los muchos, que por no ser capaces de más, que tomar de memoria especulaciones Lógicas, y Metafísicas de sus predecesores, quieren persuadir al mundo, que las sombras son realidades, y que aquel estudio puede conducir a saber algo, siendo cierto todo lo contrario; ya porque nunca llegarán a averiguar la verdad de eso mismo en que trabajan, quedando siempre inciertas, como lo han sido hasta ahora, la distinción específica de las materias Celeste, y Elemental, y la educción de sus formas de la potencia de la materia: ya porque aun cuando lleguen a saber eso, especialmente lo segundo, será lo mismo, que saber nada, tanto más, cuanto es harto dudoso, si esa que llaman educción de la forma es pura voz, sin alguna realidad de parte del significado; y muchos reputan ser una quimera grande, que las formas se extraigan de donde no están, como lo es, que se saque algún dinero de una bolsa enteramente vacía.

78. Como quiera, es harto verisímil, que con las varias declamaciones que he insinuado, o moviesen a los Superiores del Monje a dirigir a su aplicación a otro estudio, o despechando al mismo Monje, le hiciesen abandonar la obra, y aun le irritasen hasta el punto de que él mismo la despedazase indignado: como se dice de un Religioso Napolitano, que habiendo construido una máquina muy ingeniosa en forma de ballesta, que podía ser de grande utilidad en la defensa de aquella Ciudad, insultándole la bárbara plebe, siempre que le veía, con la irrisión de su [386] obra, la destrozó enteramente; de donde asientan, que tuvo su origen aquel sarcasmo de daca la ballesta, que grita la vilísima canalla a cualquier Religioso.

79. Que de un modo, que de otro, en la suposición hecha de vivir en España el Cisterciense Italiano, es verisímil que no se lograrían aquellas dos admirables esferas, muy superiores acaso a la famosa de Arquímedes, que tanto celebró Claudiano, pintando a Júpiter como resentido de que un vejete Siracusano en un pequeño vidrio hubiese emulado su inmensa fábrica de los Celestes Orbes.

Iupiter in parvo cum cerneret aethera vitro, &c.

80. ¿Mas para qué sirven esas máquinas trabajadas con tanto estudio, y trabajo? me preguntarán algunos de nuestros Cartapacistas. Respondo, que para saber muchas cosas, unas útiles, y otras curiosas, que sin ellas no supieran los ignorantes; y los sabios no las sabrían tan prontamente. Pongo por ejemplo: suele ser conveniente saber en cualquier punto del año cuántas horas, y minutos tiene el día, para comensurar a su extensión las operaciones en que se puede ocupar aquel día. Y esto se averigua en un momento con la simple inspección de la máquina. Es mucho mayor el número de las curiosas. Pero ni aun ésas son de mera curiosidad, esto es, también tienen su utilidad, y no poca. ¿Por ventura es poco útil aquella satisfacción, y honesto deleite, que recibe el alma en instruirse de los arreglados movimientos de los cuerpos Celestes, y de aquella admirable harmónica relación de unos con otros? ¿No es natural al hombre el apetito de saber? ¿Y este apetito no se sacia con tanto mayor gusto, cuanto los objetos de la Ciencia son más hermosos, nobles, y augustos? ¿Y qué objeto hay entre lo material más noble para la consideración humana, que la grande fábrica de Cielos, y Astros? Pero lo más importante es, que esa misma pompa, y hermosura material a toda alma bien dispuesta eleva naturalmente a la contemplación de la hermosura, y grandeza inmaterial, inmensa, e infinita.

81. Esto nos representan en varias partes las Sagradas [387] Letras. Los Cielos, dice David, nos están intimando la Gloria de Dios: Coeli enarrant Gloriam Dei. A cuyo asunto dijo el Crisostomo (Homil. 9. ad. Popul. Antioch.) que el silencio de los Cielos es el clarín más sonoro, que no a nuestros oídos, sí a nuestros ojos está representando la grandeza del Criador. Y en otra parte el mismo David, como extáticamente arrebatado, se complace en la dulcísima esperanza de ver algún día, esto es, en el estado de glorioso, con una perfecta penetración de su naturaleza, y propriedades, los Cielos, y los Astros: Quoniam videbo Coelos tuos, opera digitorum tuorum Lunam, & Stellas quae tu fundasti. Donde es de notar el que aunque todas las obras de Dios son suyas, el llamar con particularidad suyos a los Cielos, y a los Astros obras de sus dedos, es una expresión enérgica del impulso que dan estas grandes, y nobilísimas criaturas a nuestro entendimiento, para levantarle a la contemplación del Soberano Artífice de ellas.

82. Si con todo nuestros Profesores de las Aulas Metafísicas (que no puedo llamarlas Filosóficas) quisieren porfiar, que se ocupa mejor el tiempo en disputar eternamente sobre si la privación es principio del ente natural: si la unión se distingue de las partes: si la materia tiene propria existencia, y amontonar sobre estos, y otros tales asuntos cuadernos sobre cuadernos, y cursos sobre cursos: que le ocupó al Cisterciense Italiano en fabricar aquellas dos admirables máquinas, no los importunaré más sobre la materia, contentándome sólo con pedirles, que me avisen, qué descubrimientos útiles en orden a la práctica se hicieron por espacio de tantos siglos en virtud de la Filosofía Aristotélica, cuando entre los Extranjeros, en virtud de la Experimental, se han hecho tantos, y se están haciendo cada día. Y digo en virtud de la experimental, que en orden a la Sistemática, tómese la que se quisiese de las modernas, no la tengo por más fructífera, que la de Aristóteles.

83. No por eso condeno la enseñanza de nuestras Aulas, que llamamos Filosóficas, como se rectificase, según [388] las instrucciones, que para ello he dado en los Discursos 11, 12, 13, y 14 del Tomo 7, en los cuatro primeros del octavo del Teatro Crítico, arreglándose a las cuales, en mucho menos tiempo se pueden adquirir muchas noticias importantes dentro de aquella misma línea, que las que hoy se adquieren; y en el espacio de los tres años, que en nuestras Aulas se dan al Curso, que llaman de Artes; quedaría mucho tiempo para una buena parte del estudio de la verdadera Física.

84. Yo veo bien, que para introducir esa mudanza de método hay algunas dificultades, cuales son, en primer lugar la falta de noticias en los Lectores, y Catedráticos de Artes, y en segundo, la falta de Libros para adquirirlas. Pero la mayor de todas está de parte de los Profesores antiguos, o viejos, a lo menos de muchos de ellos, los cuales, mirando como desprecio de su existimada Ciencia, que en las Escuelas se empiece a enseñar lo que ellos ignoran, es natural se valgan de la autoridad que les dan sus años, y sus honores para hacer odiosa esta novedad literaria. Los dos primeros estorbos considero bastantemente vencibles. Pero el último es formidable, y sólo veo, que paulatinamente se puede ir removiendo este estorbo, ofreciendo el tiempo algunos nuevos Profesores de más que ordinaria capacidad, y de espíritu generoso, que rompan la valla, y vayan introduciendo el buen gusto literario en las Escuelas, repitiéndoles entre tanto a los viejos Profesores el consejo saludable, que les da el Padre Dechales: Dum ipsi nihil explicant, & principiis universalibus insistunt, alios ulterius progredi, aequo animo patiantur (Lib. 2. de Magnete, prop. 9.)

85. Pero, Excelentísimo Señor, ni de mis declamaciones, ni de las de otro algún particular creo se puede esperar mucho fruto, en orden a introducir, y extender el conocimiento de las Ciencias, y Artes útiles, de que en España hay tan escasa noticia. Es menester buscar más arriba el remedio, y subir hasta el Trono del Monarca para hallarle. ¿Y cuál es éste? La erección de Academias Científicas [389] debajo de la protección Regia; por lo menos de una en la Corte, a imitación de la Real de las Ciencias de París. Esta daría el tono a todo el Reino en orden a la elección de estudios útiles: excitaría los ingenios capaces: los dirigiría con los Escritos que fuesen produciendo, así el cuerpo de la Academia, como los particulares de ella. Y lo principal es, que la protección del Monarca estorbaría que se ejerciese contra ella la maledicencia de los invidos. Habrá como seis, u ocho años que el Rey de Prusia, Príncipe de un gobierno admirable, y de una capacidad prodigiosa, erigió una semejante en Berlín; para cuya fundación, y dirección pidió al Rey de Francia le enviase a Mr. de Vaupertuis, Miembro distinguido de la Academia Real de las Ciencias, y Jefe de los Académicos, que estos años pasados se metieron en los hielos Boreales para examinar la figura de la Tierra. Mucho mejor podrá hacer un Rey de España lo que hizo un Rey de Prusia. La ocasión presente de lograr esta Monarquía una paz, que según todas las apariencias, debemos esperar, que sea de larga duración, es sumamente oportuna para poner en ejecución cuantos medios parezcan convenientes para el adelantamiento de las Artes, y las Ciencias. Estos sin duda quisieron significar los Antiguos, dedicando a Minerva, Deidad protectriz de Ciencias, y Artes, la Oliva, que es símbolo de la paz. Los cuidados de la guerra absorben todas las demás atenciones; y es menester, que cese el ruido de las Armas, para que se deje oír el canto de las Musas.

Nuestro Señor guarde a V.E. muchos años, &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo tercero (1750). Texto tomado de la edición de Madrid 1774 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión), páginas 352-389.}


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