La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo tercero
Carta XXX

Reflexiones Filosóficas, con ocasión de una criatura humana hallada poco ha en el vientre de una Cabra


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1. Muy Señor mío: El monstruoso feto, que poco ha se manifestó en la Villa de Fernán-Caballero, y de que V.S. me envió una relación muy exacta, me confirma el miedo, que mucho tiempo ha empezó a congojarme, de que la naturaleza burle siempre todos los conatos de nuestra Filosofía. Varias reflexiones me introdujeron este temor en el alma, el cual sucesivamente va creciendo, de modo, que se me hace muy verisímil, que llegue a tocar la raya de la desesperación. Muchos siglos ha, que los hombres andan inquiriendo las causas de los efectos naturales; y muchos siglos ha, que la naturaleza se obstina en mostrarles sólo los efectos, escondiendo las causas.

2. Habrá como siglo y medio, que el Canciller Bacon, hombre de espíritu vasto, e imaginación elevada, introdujo el desengaño de que, entretanto que los Filósofos no saliesen de las ideas abstractas, y Metafísicas, ningún [328] conocimiento adquirían de la naturaleza; insinuando al mismo tiempo, que el único medio para explorar sus senos era la aplicación al examen del mecanismo. Como fue fácil persuadir esta verdad a muchos entendimientos limpios, y no preocupados, se concibieron unas grandes esperanzas de que con esta antorcha en la mano se desterrarían todas las sombras, que hasta entonces habían ocultado las causas naturales. Pero estas esperanzas no duraron mucho. Descartes, y Gasendo abrazando la idea del mecanismo, erraron el uso, porque se avanzaron a sistemas generales, expuestos a tantas objeciones, algunas en mi juicio insuperables; que los hombres de entendimiento más sólido vinieron a quedar en una incertidumbre igual a la confusión antecedente. Pero estos mismos salieron de ella, e hicieron salir a otros muchos, descubriendo, que el verdadero mecanismo no se debía indagar por ideas teóricas, sino por observaciones experimentales, sin pensar en sistema general alguno; sí sólo contemplando una por una las especies de los Fenómenos. Alcanzóse por este camino algo de la verdadera Física, no la verdad penetrando a alguno de los principios primordiales de las cosas, sí sólo descubriendo las causas inmediatas, o próximas de algunos particulares efectos. Pero esto bastó para que reviviesen las esperanzas ya perdidas de sondear enteramente la naturaleza.

3. ¿Mas qué sucede? Que la naturaleza, empeñada siempre en desengañarnos de lo poco que avanzamos, sucesivamente nos va presentando nuevos Fenómenos antes no vistos, ni aun imaginados; con unos de los cuales nos hace dudar de lo que antes dábamos por asentado, o también nos muestra, que hemos errado en eso mismo: con otros nos hace ver, que cuanto hemos alcanzado en comparación de lo que resta no es más, que un átomo comparado con un monte; o una gota de agua respecto de todo un Océano: como otros, en fin, que en aquellas materias, en que reconocíamos grandes dificultades hau otras dificultades mayores, y misterios más profundos.

4. Estaban los Filósofos satisfechos de sus explicaciones [329] en orden a los meteóros ígneos, que vemos errar por el aire; y de que en esta materia ya no había más que discurrir; y ve aquí, que de algunos años a esta parte empieza a arrebatar los ojos, y admiraciones de los Filósofos el magnífico espectáculo de la Aurora Boreal, pendiente con evidencia de otras causas diferentísimas de las que se habían imaginado para los demás meteóros ígneos, y capaz de inducir la duda de si éstas estaban bien imaginadas.

5. Había Descartes adivinado en grueso, o por mayor la causa de las admirables propriedades atractiva, y directiva del Imán; y éste acaso fue el mayor, y más feliz esfuerzo de aquel valiente genio, pero quedando siempre en la portentosa variedad de los Fenómenos vastísimo campo a nuevas especulaciones; y como si éstos verisímilmente no diesen materia bastante en que ejercitarnos hasta el fin del mundo, se nos aparece de un tiempo a esta parte en la virtud Eléctrica otro abismo de maravillas, que, a lo que se puede juzgar, darán tanto ejercicio a los ingenios, como las de la magnética.

6. Considerábanse los Filósofos descansados para siempre de la fatiga de averiguar la altura de la Atmósfera, porque los repetidos experimentos del desigual peso de ella en diferentes alturas los habían hecho inferir, que su elevación es de diez y seis, o diez y siete leguas Francesas. Y cuando estaban convenidos en esto, sucede, que Mr. de Mairán, (que hoy por la demisión de Mr. de Fontenelle es Secretario de la Academia Real de las Ciencias) meditando profundamente sobre el Fenómeno de la Aurora Boreal, y la causa de él, coligiendo probabilísimamente de la altura del Fenómeno la altura de la Atmósfera; resuelve, que ésta se eleva por lo menos a doscientas leguas sobre la superficie de la tierra. Por lo menos digo, porque el fundamento, sobre que discurrió Mr. Mairán, deja lugar abierto a que su altura sea mucho mayor, que la señalada. Y en efecto, poco después Mr. Casini, el hijo, combinando las observaciones hechas por otros del ascenso, y descenso mayor, o menor del Mercurio en el Tubo de Torriceli, colocado [330] en diferentes alturas, se atrevió a pronunciar, que la de la Atmósfera podía muy bien llegar, y aun pasar de quinientas leguas.

7. Tampoco el ascenso del Mercurio en el Tubo de Torriceli, reglado por el peso del aire, tuvo la firmeza que se había pensado. El célebre Boyle, y el Vizconde de Brounker, Presidente de la Sociedad Regia de Londres, observaron, que en algunas circunstancias el Mercurio quedaba suspendido en el Tubo a la altura de treinta y cuatro dedos, a la de cincuenta y dos, a la de cincuenta y cinco, y en fin, a la de sesenta y cinco, en vez de veinte y siete, o veinte y ocho, a que le hace subir el peso del aire. El Señor Don Tiburcio de Aguirre, que hoy es del Consejo de su Majestad en el de Ordenes, y Capellán Mayor de las Descalzas Reales, siendo Fiscal del Consejo de Navarra, me comunicó otra observación semejante, que él había hecho, para que yo discurriese la causa de tan no esperado Fenómeno. Yo discurrí, y le propuse una, que no le satisfizo, porque no era adaptable a las circunstancias de su experimento; con que yo no tuve que hacer sino confesarle, que atentas ellas mi solución de la dificultad era insuficiente, diciéndole al mismo tiempo, que no esperase de mí otra mejor, porque el célebre Holandés Huyghens, habiendosele propuesto los experimentos de los dos Filósofos Ingleses mencionados, tampoco en realidad acertó con la causa de aquella rara desigualdad; pues en suma sólo dijo, que la elevación del Mercurio hasta veinte y siete, o veinte y ocho dedos, en virtud del peso del aire, estaba establecida con tanta evidencia, que era absolutamente innegable; pero que en algunas circunstancias concurría con el peso del aire otra causa oculta más fuerte que él, y hacía la elevación mucho mayor, lo que no es más, que una conjetura vaga, que nada enseña; y pues un ingenio tan grande como el de Mr. Huyghens no pudo arribar a la solución específica de la dificultad, ¿cómo podría vencerla el mío, siendo muy inferior al de aquel gran Filósofo? En el Tomo décimo de la Historia de la Academia Real de las [331] Ciencias de Mr. Du-Hamel, pag. 532, se lee en el Fenómeno observado por Boyle, y el Vizconde Brounker; y en la siguiente el esfuerzo inútil de Huyghens para investigar la causa.

8. A la misma contemplación de la insuficiencia de nuestro entendimiento, para penetrar las obras de la naturaleza, me conduce el objeto que V.S. me hizo presente con la relación, que se sirvió de enviarme. Con juicio profundo, y verdaderamente filosófico dijo Aristóteles, que en todas las partes de la naturaleza, sin exceptuar alguna, hay algo admirable: Cum nulla res sit naturae, in qua non mirandum aliquid inditum videatur. (lib. 1. de Part. Animal. cap. 5.) En todas las obras de la naturaleza hay que admirar. Pero en mi juicio, en ninguna tanto como en la producción animal, de modo, que juzgo más accesible la explicación de las causas del flujo, y reflujo del mar, de las propriedades del Imán, y de la virtud eléctrica, que la del mecanismo de la producción de los animales, cuya formación, desde el punto de la concepción, hasta el del parto casi toda está llena de misterios. Todo este progreso está cubierto de tinieblas. Pero en el principio de él; esto es, en la concepción, o primera formación es la obscuridad mucho mayor. Esto sucede en la formación regular, y ordinaria; ¿cuánto mayor será la confusión en la que es tan extraordinaria, y peregrina como la del monstruo, que acaba de parecer en la Villa de Fernán-Caballero? Algunos Filósofos modernos abrieron cierto camino para dar alguna luz a aquella misteriosa obra, y fueron seguidos de muchos, en cuyo número pude yo contarme un tiempo, por haber prestado, no a la verdad asenso firme, sí sólo probable, u opinativo a aquella nueva idea. Pero veo, que el nuevo monstruo destruye la nueva idea, y descubre, que aquella imaginada nueva luz no fue realmente más que una nueva sombra. Voy a explicar el monstruo, y a explicarme a mí.

9. Para lo cual supongo lo primero, que ése no es un mixto de las dos especie humana, y caprina, al modo que [332] nos pintan los Faunos, Sátiros, o Silvanos del Gentilismo. Lo uno, porque la unidad individual supone la específica. Ese es un individuo solo, pues es, no bicorpóreo, sino unicorpóreo: luego pertenece a una sola especie. Lo otro; porque la mixtura de dos especies, aun siendo brutas una, y otra, está reputada entre los Filósofos por tan imposible, que señalan por ejemplo de todo lo que es repugnante, o quimérico el Hirco-cervo; esto es, el complejo de cabra, y ciervo; y por la quimera misma, el complejo de la leonina, caprina, y serpentina, según lo de Ovidio (6. Metamorf.):

Quoque chimaera iugo mediis in partibus hircum,
pectus, & ora leae, caudam serpentis habebat.

10. Supongo lo segundo, que no es de una tercera especie, o media entre las dos humana, y caprina. La razón es, porque siendo un individuo, no puede tener más de un alma, y no hay alma media entre la racional, y la bruta. O es material, o inmaterial. Si material, es enteramente bruta; si inmaterial, es enteramente racional. De la comixtión de brutos de diferente especie puede resultar individuo de una tercera especie, o media entre los dos, como en efecto resulta del jumento, y de la yegua. Mas de la comixtión de la especie humana con alguna bruta es imposible esta resultancia por la razón alegada.

11. Consiguientemente a estas dos suposiciones digo, que ese monstruo se debe declarar íntegramente colocado dentro de la especie humana; por lo que la figura declinó hacia la caprina, es tan poco, que no puede inducir la más leve duda. La descripción, que V.S. me envió, le representa en la forma siguiente.

12. La cabeza era redonda como la humana: los ojos abiertos en el sitio regular: las cejas, y pestañas con pelo rubio muy suave, que con dificultad se percibía: las narices romas de figura humana: la boca lo mismo: la lengua de la misma forma, sólo que terminaba en dos puntas: las orejas de [333] cabra, y en su cóncavo parece que apuntaban otras humanas: la barbilla, y quijada inferior algo salida afuera de la superior: los labios, y encías de figura humana: el pescuezo, y hombros de la misma figura, y el nacimiento de los brazos del mismo modo seguidos, y rectos, sólo que terminaban en una mano redonda, que apuntaba en su circunferencia cinco dedos en una, y en otra seis, que en vez de uñas tenían unas pezuñas pequeñas: por la parte inferior de la mano se manifestaba la palma de la mano humana: y por la superior se descubrían los nervios, y venas, que corrían del brazo, y muñeca, hasta los dedos: las espaldas, y pecho extendidas en forma humana, y se dejaban ver las costillas: el vientre, y partes posteriores opuestas a él de la misma figura: los testículos divididos en dos bolsitas, separadas una de otra como un dedo, y manifestaban tener en su interior algún líquido: en la rabadilla tenía una colita pequeña, como el grueso de un dedo de larga: los muslos, piernas, y pies del mismo modo que se ha referido de brazos, y manos: a la entrada del pecho tenía un hoyito, como se registra en el cuerpo humano: la longitud del monstruo desde la cabeza a los pies era algo más que una tercia: el grueso como de infante humano recién nacido al regular tiempo: la superficie de todo el monstruo blanca, y suave, sin pelo alguno (ni en la cabeza, a excepción de las cejas, y pestañas, como se ha referido), como se registra en el infante humano. Hasta aquí la pintura que se hace en la relación.

13. En la cual ningún miembro se representa determinadamente caprino, a excepción de las orejas; porque las que se llaman mano redonda, y pezuñas, podrían ser mano, y pezuñas parecidas a las de otras muchas bestias, o a poco que se desviasen de la figura regular, las darían esos nombres. El de cola se daría a cualquier excrecencia que hubiese en aquel sitio, o acaso sería el hueso sacro algo más prominente que lo ordinario. La terminación de la lengua en dos puntas no es proprio de las cabras, y así no se puede llamar lengua caprina, sino simplemente monstruosa, o irregular. Y aun mucho mayor monstruosidad, dice [334] el Doctor Martínez en su Anatomía Completa, pag. mihi 502, citando por testigo a Doleo, se vio en una muchacha, que tenía dos lenguas.

14. Acaso aun las orejas se imaginaron caprinas, sólo por la preocupación de hallarse el feto dentro de una cabra; de modo, que aquellas mismas, sin la más leve variedad en la conformación, si el feto estuviese incluído en una perra, o en una cierva, se llamarían caninas, o cervinas. Y realmente me parece, que en aquel estado el feto no sería muy fácil distinguir unas de otras.

15. No por eso pretendo yo, que en uno, u otro miembro en que la naturaleza apuntó configuración bruta, nada, o poco desemejante al miembro correspondiente de la madre, no sea lo más verisímil, que dicha configuración fuese heredada de ella; sí sólo, que esto no es absolutamente necesario; porque iguales imitaciones de miembros brutos se vieron tal vez en producciones, que lo fueron adecuadamente de nuestra especie: de que se pueden ver algunos ejemplos en el tercer Tomo de la Specula Physico-Mathematica del Padre Zahn, Scrutin. 5, cap. 4, como alas, pies, y uñas de varias aves, con cuyas especies era imposible a la nuestra conmixtión venérea. Refiere también el mismo Autor de un niño, que nació con trompa elefantina en París, donde no había Elefantes.

16. Pero si fuesen (me dirá alguno) mero error de la naturaleza, sin designio de imitar los miembros maternos, las orejas, y pezuñas, que tiraban a caprinas, a no haber ese error, podría el feto, aunque concebido de la cabra, tener en todo, y por todo figura humana. Respondo concediendo redondamente la consecuencia: ¿porque si la naturaleza pudo formar en la matriz caprina cabeza, cara, brazos, pecho, piernas, pies, &c. que es lo más, observando en esos miembros la configuración humana; por qué no podría observar la misma en orejas, y manos que es mucho menos?

17. ¿Y qué? ¿No se han visto ya partos perfectamente configurados a lo humano, aunque concebidos en matriz bruta? Algunos nos presentan las Historias, y me alegro [335] de que la serie, o progreso del discurso naturalmente me haya conducido a un punto de Física tan curiosa. Plutarco en los Paralelos, cap. 55, refiere, que habiendo un tal Fulvio Stello mezcládose con una yegua, ésta parió una niña, no sólo perfecta en la figura humana, mas también muy hermosa. En el Teatro de la Vida Humana, tom. 4, pag. 964, citando a Estobeo, se refiere, que de la mezcla de Aristón, joven noble de Efeso, con una jumenta, se produjo también una hermosísima niña. Siendo yo muchacho se contaba, citando muchos testigos, que había una mujer en la Rioja, a quien llamaban la Hija de la Vaca, porque realmente lo era, sin que en alguna cosa degenerase de la figura humana, salvo que una parte de la espalda estaba cubierta de pelo áspero, o cerdoso, lo cual se puede reputar por nada.

18. En el tomo 6. del Diccionario de Moreri, v. Ursin, (Joseph) se lee la peregrina relación siguiente: «Diose este nombre de Joseph Ursino a un niño monstruoso, que se halló en las selvas de Lituania el año de 1661. Vieron en ellas ciertos cazadores una tropa de Osos, y entre ellos dos pequeños, que tenían figura de hombres. Persiguiendo las fieras, pudieron coger uno de ellos, el cual hizo la resistencia que pudo con uñas, y dientes. Atado le llevaron a Varsovia, donde lo presentaron al Rey, y Reina de Polonia. Su estatura representaba la edad de nueve años. La cutis era extremamente blanca, como también los cabellos. Sus miembros eran bien proporcionados, y muy fuertes. Era de hermoso rostro: los ojos azules; pero sus potencias se conservaron siempre tan embrutecidas, que parecía no tener de hombre más que la figura. No tenía el uso de la loquela, y todas sus inclinaciones eran brutales. Sin embargo, reconociéndole por hombre, le bautizó el Obispo de Posnania, siendo su Madrina la Reina, y su Padrino el Embajador de Francia. No hubo poco trabajo en suavizar, y domesticar el genio feroz de este niño, como también en enseñarle algo de los principios de la Religión, porque no [336] pudo hablar jamás, aunque en la lengua no había defecto alguno. Se conoció, no obstante, que no se había perdido enteramente el tiempo en instruirle, porque cuando le hablaban de Dios, levantaba las manos, y los ojos al Cielo. El Rey se le dio a un Señor Polaco, que le llevó a su casa para que sirviese con los demás domésticos; pero nunca abandonó del todo la ferocidad del natural, que había contraido entre las bestias. Tomó sin embargo el hábito de caminar recio sobre los dos pies, e iba donde le enviaban. Comía con igual gusto la carne cruda, y la cocida: no podía sufrir ropa alguna, ni zapatos ni cubría jamás la cabeza. Algunas veces huía a las selvas vecinas, donde se complacía en destrozar con las uñas las cortezas de los árboles, y chupar su jugo. Se notó, que en cierta ocasión un Oso, habiendo muerto a dos hombres, se llegó a él sin hacerle daño alguno, antes bien alhagándole, y lamiéndole cariñosamente el cuerpo, y la cara.» Cita el Diccionario sobre esta Historia a Juan Redwits, Carm. Alc.

19. No sé por qué los Autores del Diccionario llaman monstruo a esta criatura, no desdiciendo en miembro alguno de la configuración humana. Si le dan este nombre por su particular indocilidad, y rudeza, ésa sólo será una monstruosidad metafórica, como también por el extremo contrario se llaman monstruos aquellos que hacen grandes ventajas a los demás hombres en la perspicacia intelectual. Si es por la raridad, también se podrá llamar monstruosidad una singularísima hermosura.

20. Habrá acaso quienes condenen por increíbles las cuatro Historias referidas. Pero será sin razón; pues con el argumento, que hice arriba, está vencida toda la dificultad para su asenso. Supongo ciertísimamente en lo substancial la relación del monstruo de la Villa de Fernán-Caballero, pues V.S. me la asegura perfectamente autorizada. Supuesto que la naturaleza en aquélla sólo aberró de la configuración humana en uno, u otro pequeñísimo miembro, acertando en todo lo demás, ¿por qué en otras producciones [337] de padre racional, y hembra bruta no podrá acertar en todos?

21. Confieso no obstante, que en la Historia de Joseph Ursino se representa alguna especial dificultad, por la que hay en la comixtión venérea de individuo de nuestra especie con alguno de aquella especie ferina. Mas al fin la juzgo absolutamente posible, supuestas algunas circunstancias, que no puedo expresar, por ser la materia en sí tan torpe, y abominable.

22. Añado, que así como el hecho, si es verdadero, todo el Reino de Polonia es testigo por la publicidad que le dieron la intervención de los Reyes, y otros altos Personajes en su bautismo, y educación; y necesariamente en esta suposición aún subsisten hoy monumentos, que lo califican; asimismo si fuese falso, toda Polonia testificaría ser supuesto el suceso, por lo que es inverisímil, que con data tan reciente se atreviese Autor alguno a fingirle, mucho menos Autor Polaco, como suena al parecer el apellido Redwits.

23. Mas a la verdad, para el designio, que me he propuesto, de mostrar, que la naturaleza se obstina siempre en hacer burla de toda nuestra Filosofía, no he menester, que la historia del niño Ursino sea verdadera. Bástame que lo sean las tres antecedentes. Bástame que lo sea cualquiera de ellas. Aun cuando los hechos fuesen falsos en cuanto a la existencia, bástame que sea verdadera su posibilidad, la cual a mi parecer tengo claramente deducida del suceso de Fernán-Caballero. Y finalmente, aun éste por sí solo me basta.

24. Ponderé arriba, y con razón, cuán impenetrable es el mecanismo de la generación animal; y vuelvo a decir, que tengo este misterio por más profundo, que la colección de todos los fenómenos de la virtud magnética, y eléctrica. Porque al fin, que haya unos corpúsculos invisibles, que se mueven de tal, o tal modo, por tales, o tales cuerpos; y ese movimiento, según varias circunstancias, y combinaciones, se modifique de tal suerte, que de él [338] resulten en los cuerpos visibles esotros movimientos, que constituyen la variedad de los fenómenos magnéticos, y eléctricos, en general se entiende bien, pues sabemos con evidencia, que hay corpúsculos invisibles: sabemos, que los efluvios de los cuerpos por la mayor parte constan de esos corpúsculos invisibles; y sabemos en fin, que los corpúsculos invisibles del poco aire, contenido en los granos de la pólvora, y dentro de ellos mismos, causan aquel violentísimo movimiento, que derriban muros, y torres. Estas noticias, y otras semejantes nos ponen en estado de concebir muy verisímil, a lo menos por mayor, la invisible causa de aquellos fenómenos. Mas que de una masa, al parecer perfectamente uniforme, u homogénea, y totalmente desemejante a todo cuerpo animado, resulte la admirable orgánica estructura de ese mismo cuerpo, sólo se cree porque se ve, y se reputaría absolutamente imposible, si no se viese.


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Nota

Es cosa enteramente averiguada, que no es la pólvora por sí misma la que da impulso a la bala; sí sólo el aire contenido en sus poros, y en sus intersticios de los granos; el cual, enrarecido por el fuego con portentosa fuerza, se extiende a espacio muchos millares de veces mayor, que el que anteriormente ocupa.

25. Los que juzgan desembarazarse de la dificultad, recurriendo a la que llaman Facultad formativa, son los que más yerran, porque piensan decir algo, cuando nada dicn: voz de Escuela, que si significa algo, sólo significa, que un agente, que puede formar el cuerpo animado, es el que le forma: Perogrullada Filosófica, semejante a las de Raimundo Lulio, que define al hombre, animal homificans: a la naturaleza, forma cui proprie competit naturare: a la proporción, forma cui proprie competit proportionare, &c. Es evidente, que nada se hace de la materia, sino por mecanismo. ¿Y cómo en todos los animales un agente ciego, [339] que no sabe qué es mecanismo, ni que hay mecanismo, puede aceptar con esa portentosa maniobra, incomprehensible a todo humano discurso? Hay Autores, que dan a la facultad formatriz los nombres de Plástica, y Arquitectónica, para saciar con tan sonoras voces el oído, ya que dejan en ayunas el entendimiento.

26. Mas ya algunos Modernos, dando azadonadas en este campo, que dejaron inculto los Antiguos, se avanzaron a decir algo, y aun a decir mucho, como ello fuese verdadero, recurriendo por un raro camino a aquel agente, que todo lo sabe, y todo lo puede. Para este efecto formaron un discurso progresivo desde la planta, hasta el hombre. Examinando la semilla de las plantas, hallaron algunos vestigios, de que en ellas antes de germinar están contenidas formalmente las plantas mismas con toda la organización, u disposición de miembros respectiva a la especie de cada una. Dicen, que en la semilla del tulipán se ve esto distintamente con el microscopio. Yo no hice la experiencia. Mr. de Leeuwenhoek, de la Sociedad Real de Inglaterra, insigne Observador de la naturaleza, afirma, que en muchas especies de granos se ve claramente con el microscopio toda la planta entera, aunque a la verdad encogida, o arrollada, lo que nada quita, o pone a su integridad; añadiendo, que la raíz, y las hojas están en una situación no confusa, sino distinta. Puede verse sobre esto el Abad de Vallemont en su Tomo primero de Curiosidades de la naturaleza, y el arte, pag. 44.

27. Hallando, pues, a su parecer, los Filósofos, de que hablo, en la semilla de una planta contenida enteramente otra planta, infirieron, que esta planta contenida, aun cuando contenida en la semilla de otra, también tenía su semilla, la cual, siendo de la misma naturaleza que la antecedente, debía contener formalmente otra planta. Puesto este principio, se hace precisa la propria progresión de semilla en semilla hasta la primera que hubo en el mundo; porque en cada semilla, que sea la cuarta, que la vigésima, que la centésima, milita la misma razón. Ni aterró a [340] estos Filósofos la prodigiosísima pequeñez a que era preciso reducir la planta contenida en la, pongo por ejemplo, centésima semilla; porque esta dificultad sólo toca a la imaginación, no al entendimiento, el cual en la infinita divisibilidad de la materia ve posible la sucesiva disminución de la estatura de las plantas sin límite alguno.

28. No pienso, que el haber hallado la exacta configuración del tulipán, u de algunas otras plantas en sus semillas, fuese en estos Filósofos total determinativo para la idea expresada. Acaso sólo fue excitativo de ella. Es el caso, que lo que los movía eficazmente a buscar camino por donde recurrir a la causa primera, fue la insuficiencia que reconocían en la planta para hacer de su semilla otra planta, o en la semilla misma para la misma obra: pues así la planta, como la semilla son agentes ciegos, absolutamente ignorantes de la estructura orgánica de la planta. Toda obra bien formada pide Artífice inteligente, y tanto más inteligente, cuanto ella fuere más primorosa. La disposición orgánica de una planta excede a cuanto hace el arte humano. ¿Cómo podrá arribar a esa perfección una causa enteramente desnuda de todo conocimiento? Puestos, pues, en la necesidad de buscar causa inteligente, la naturaleza misma en el examen de las semillas de las plantas les mostró el camino por donde habían de hallarla, llevándolos con la ayuda de su discurso de semilla en semilla, hasta dar en la primera con la primera causa, dotada de inteligencia infinita.

29. Mas como en el cuerpo animal hay la misma necesidad, y aun al parecer mayor, en atención a su esquisitísimo artificio, de darle causa inteligente, oportunamente se les presentaron los primeros los peces, en cuyas huevas, o huevos hallaron verdaderas semillas, y en cuyas semillas hallaron verdaderos huevos, porque realmente parecen, y son uno, y otro. Y ve aquí descubierto en ellos el mismo camino que en las semillas de las plantas para arribar a la primera causa.

30. Hallados en los peces huevos, que son semillas, es [341] natural colegir lo mismo de los huevos de las aves; con que ya no restaba sino hallar huevos en los demás brutos, y en el hombre, para asentar, que todos los animales se forman de huevos, y por consiguiente de tan verdaderas semillas, como las de las plantas, y peces.

31. Encontróse a la verdad para ello algún tropiezo en la famosa distinción que habían establecido los Filósofos de animales vivíparos, y ovíparos; como dando por sentado, que unos animales engendran por medio de huevo, y otros no, y colocando en aquella clase aves, y peces, y en ésta los demás brutos, y el hombre. Pero bien mirado, la autoridad de los antiguos Filósofos, que apenas llegaron a palpar la ropa a la naturaleza, no debía detener a los modernos, una vez puestos en tan bello camino, como se hallase en la hembra, ya racional, ya bruta, cosa capaz de recibir oportunamente la denominación de huevo.

32. Pareció a muchos Anatomistas hallarse ésta en efecto en ciertos miembrecillos de la hembra destinados a la generación, a quienes antes daban el nombre mismo que se da a otros que hay en el másculo, destinados también a la misma obra; pero habiendo el célebre Bartholino, por la razón de parecer dentro de ellos unos cuerpecillos, que parecen huevos, empezado a llamarlos Ovarios; ya comúnmente se substituye entre los Anatomistas este nombre al que tenían antes. Están estos miembros, que son dos, como en el másculo, no en el sitio manifiesto que los de éste, sino recogidos en la cavidad del hipogastrio, a los lados del fondo del útero, de quien distan dos, o tres dedos, y con quien se comunican, mediante las tubas llamadas Fallopionas, por su descubridor Gabriel Fallopio. Dentro de ellas están contenidas muchas vejiguillas del grueso de alberjones verdes, llenas de un humor diáfano: a éstas dieron el nombre de huevos, por parecerles tales, y algunas observaciones los confirmaron en esta opinión.

33. Dicen, que el Médico Mr. de San Mauricio en el ovario de una mujer, que abrió en París el año de 1682, [342] halló un feto enteramente formado: que Mr. Olivier, Médico de Brest, vio que una mujer preñada de siete meses parió un plato lleno de huevos de diferentes tamaños, desde el de una lenteja, hasta un huevo de paloma, unidos en forma de racimo: que Wormio vio otra, que arrojó un huevo, y Bartholino lo confirma: que Teófilo Bonet en una Carta suya testifica de otra que expelió una grande cantidad de huevos: Lauzono de otra que parió uno, ni tan grande como los de gallina, ni tan pequeño como los de paloma.

34. Creo no podrán quejarse los que llevan la opinión de que la generación del hombre, y todos los demás animales se hace ex ovo, de que no he representado los fundamentos, y motivos de ella con la mayor eficacia, y modo más persuasivo, que me ha sido posible: de modo, que el que sólo leyere lo que llevo escrito hasta aquí, hará a mi parecer juicio de que me inclino a la misma opinión: mucho más si tiene presente lo que en orden a ella dije en el tomo 6. del Teatro Crítico, Disc. 1. Parad. 14.

35. Confieso, que un tiempo tuve por bastantemente probable la sentencia de que todos los animales se engendran de huevo, y así lo insinué en el lugar citado del Teatro Crítico; mas ya llegó el caso de mudar de opinión, y hacer constar al público, que ya soy de otro sentir, sin que para eso me embaraze el absurdísimo dictamen de cierto Escritor moderno, que poco ha dio el nombre de Vergonzosa palinodia a la retractación que hice de cierta cosa, que había escrito poco antes. ¿Vergonzosa palinodia? Sólo quien por una rara fatalidad esté determinado a entender todo al revés, podrá dar a una voluntaria retractación ese nombre. ¿Vergonzosa palinodia? No sino noble sencillez, y purísimo amor de la verdad. ¿Vergonzosa palinodia? Así llamará también todas las retractaciones del Gran Padre de la Iglesia San Agustín. ¿Vergonzosa palinodia? Si la ingenua confesión de la verdad, que antes no se conocía, o en cuyo conocimiento se había padecido alguna equivocación, es vergonzosa, y reprehensible, será honesta, y [343] laudable la cerril, y rústica terquedad de mantener el error después de conocido. Si tan monstruoso desatino se admite, y extiende en España, será nuestra Península la región de la barbarie. A la verdad, por nuestra desgracia la práctica, que puede conducir a aquella detestable teórica, bastantemente introducida está; porque hay muchos, y de ellos conozco no pocos, que después de ponerles delante unas claras, y evidentes convicciones, ya de sus opiniones disparatadas, ya de citas falsas, ya de hechos supuestos, ya de inteligencias siniestras, todavía porfían, se endurecen, y obstinan en calificar con nuevos errores, y falsedades las falsedades, y errores antecedentes, con que al fin, con porfías sobre porfías, y embrollos sobre embrollos, logran cansar a los que querrían desengañar al público; pues fatigar a los desengañadores es lo único a que pueden aspirar.

36. Mi ejemplo en cuanto a retractar en el Suplemento del Teatro Crítico alguna parte de lo que había escrito en los Tomos antecedentes, no sé a quién haya movido a la imitación hasta ahora. Acaso esto en algunos pende de que si empiezan a retractar, hay tanto que hacer en ello, que casi lo han de llevar todo, como se dice, a roso y belloso, pues es lo que dijo cierto Poeta Italiano a un coplizante, que le pidió limase cierta composición que había hecho: Señor mío, si me pongo a limarla, todo se irá en limaduras. Esta en mi juicio es una de las principales causas de no apurarse tanto la verdad de las cosas en España. Es el caso, que como la mala fe en el comercio pecuniario en vez de adelantar suele arruinar los caudales, del mismo modo la mala fe en el comercio literario atrasa visiblemente los progresos de las letras. Pero volviendo al propósito.

37. Repito, que aunque un tiempo tuve por bastantemente probable la opinión de que en todos los animales se hace la generación ex ovo, ahora me hacen mudar de parecer los casos ahora referidos de hallarse fetos de figura humana dentro de matrices de hembras brutas; y supuesta [344] la realidad, harán mudar a cualquiera, como no sea de los cerriles. Ni es menester, que todos aquellos casos sean verdaderos; basta que lo sea el reciente de la Villa de Fernán-Caballero, porque no sólo decide la cuestión; siendo claro, que si todos los animales se formasen de huevos, contenidos en las hembras de su propria especie, y en quienes hay los lineamientos correspondientes a su organización específica, nunca podría suceder hallar en matriz bruta cuerpo de configuración humana.

38. A la verdad, la opinión de los Overos, u Ovaristas, aun prescindiendo de este argumento, o antes de hacerse esta observación, ya padecía graves dificultades, especialmente la terrible de la generación de los híbridas, o animales de tercera especie; pues si se formasen del huevo contenido en la hembra, parece que siempre saldrían, no de alguna tercera especie, sino de la especie propria de la hembra. Y lo que hay en esta materia dignísimo de reparo es, que de cualquiera modo que se haga la comixtión de las dos especies, v.gr. de caballo con hembra de la especie asinina, u de macho de la especie asinina con hembra de la especie equina, siempre sale el hijo de la especie mular.

39. Este argumento, como digo, es terrible, y no podían menos de conocer su fuerza los Autores Ovaristas. Pero como a los que están encaprichados de algún sistema se hace durísimo abandonarle; aun cuando se hallan apretados de la más fuerte objeción, buscan algún resquicio para el efugio, y por insuficiente que sea, quieren que valga como bueno: de modo, que a los Autores muy sistemáticos se puede dar esta denominación, aun quitando de ella la primera sílaba. Así no hay que extrañar, que los que hasta ahora siguieron el sistema del huevo, hayan procurado a toda fuerza mantenerse en él, mayormente siendo tan especioso.

40. Realmente están de parte de él dos motivos, que parece conspiran a constituirle apreciable. El primero es la analogía que hay entre aquellas vejiguillas, que se ven en [345] el llamado ovario, o los verdaderos huevos. El segundo, la bien fundada consideración, consiguiente a varias observaciones de que la naturaleza en la producción, no sólo de diferentes especies, mas aun de diferentes géneros, sigue alguna uniformidad, aunque mezclada con una dosis, ya mayor, ya menor de discrepancia; y esta mixtura de uniformidad, y discrepancia se halla en algún modo entre las vejiguillas de los vivíparos, y los huevos de los ovíparos, como asimismo entre éstos, y las semillas de las plantas.

41. Donde es oportuno advertir, que la observada uniformidad discrepante, así como dio motivo para extender los huevos hacia arriba, le dio también para extenderlos hacia abajo; esto es, dio motivo a unos Autores para subir los huevos generativos desde los animales vivíparos, hasta los hombres, y a otros a bajar las semillas desde las plantas, hasta las piedras.

42. La especiosidad de este sistema, ayudado de los dos motivos dichos, me impelió un tiempo a contemplarle probable, aunque no con tanta adhesión a su probabilidad, que no hallase otros motivos para fiar poco en los dos expresados motivos. Desconfiaba algo del primero de la analogía, porque habiendo en el Mundo muchas cosas, que son lo que no parecen, o parecen lo que no son, poco se puede fundar en esa diminuta, o imperfecta semejanza de las vejiguillas femíneas a los huevos de aves, y peces. Desconfiaba también algo del segundo, porque nadie puede saber a qué punto llega, o qué términos tiene esa pretendida uniformidad de la naturaleza. ¿Quién dijera, que hay mucho mayor semejanza entre las semillas de dos árboles distintos, que entre las del mismo árbol? Sin embargo es así. Engéndranse los árboles, no sólo de aquellas granas, a quienes damos el nombre de semillas, mas también de las varas de los mismos árboles, y de cualesquiera porciones de esas mismas varas. Con que estas porciones también vienen a ser semillas. ¡Pero cuán desemejantes en todo a la grana! ¡Y aquí también se desaparece enteramente [346] la analogía. Más: Discurriendo por reglas de analogía, y proporción, asentiríamos a que cuanto mayores son las plantas, mayores son sus semillas. Pero no hay tal cosa, sabiéndose, que plantas mucho mayores, que otras, tienen mucho más menudas las semillas.

43. Cuando, pues, estaba ya fluctuante entre las dos opuestas opiniones, oportunamente vino el extraordinario feto de la Villa de Fernán-Caballero a sosegar todas las dudas, pudiendo aplicar con levísima inmutación a este propósito lo que dijo Claudiano, cuando por un suceso no esperado se desembarazó de otra gravísima duda (Lib. 1. in. Rufinum.):

Abstulit hunc tandem proles caprina tumultum.

44. Todo cuanto se forma de huevo, o semilla, se forma de huevo, o semilla propria de su especie. Nunca se vio, ni se verá, que del huevo de una gallina se engendre una águila, ni del huevo de una paloma una calandria: luego mucho menos (porque es aún mayor la desemejanza) del huevo de una cabra alguna humana criatura. Y si una criatura humana se pudo formar sin huevo femíneo, es evidente, que ninguna le necesita para su formación.

45. Sólo resta responder a las Historias con que pretenden probar la generación humana ex ovo. A la primera digo, que una cosa tan extraordinaria como hallarse un feto enteramente formado en el ovario femíneo se debe probar con una información autenticada, y no con sola la deposición del Médico que se cita. Añado, que en caso que viese algún cuerpecillo en el ovario, estando reducido a tanta pequeñez, cuanta era menester para caber en él, dejando lugar para los demás huevos, mal podría distinguir el Médico si era feto humano, u otro algún cuerpecillo extraordinario, formado por la coagulación del líquido contenido en la vejiguilla. Es naturalísimo, que estando el Médico preocupado de la opinión de la generación ex ovo, viese más con la imaginación, que con los ojos los lineamientos proprios del feto humano, que es lo que sucede mil veces en casos semejantes. Uno muy al propósito refiere el famoso Boyle. [347]

46. Dice, que varios Autores escribieron, como cosa muchas veces experimentada, que haciendo lejía de las cenizas, o sales fijos de alguna planta quemada, y helando aquella lejía, se representaba en ella la imagen, o configuración de la misma planta: que él tentó muchas veces este experimento, y nunca pudo conseguir el efecto prometido, sí sólo varias configuraciones, que no se podían adaptar más a la planta, que se había reducido a cenizas, que a otra cualquiera planta, o a otras mil cosas distintas de toda planta, y que lo mismo había experimentado sucedía en la agua simple congelada, en que no había ceniza, o sal de planta alguna: por lo que, concluyendo, dice, que sospecha fuertemente, que los que aseguran haber visto esos simulacros de plantas, formados de sus sales, o cenizas, no menos emplearon su imaginación que su vista en ese espectáculo: Et sane magnopere vereor, ne qui se eiusmodi plantarum simulachra in glacie vidisse profitentur, imaginationem, non minus quam oculos, ad hoc spectaculum adhihuerit. (Tentamin. Fisiolog.)

47. A las observaciones de huevos femíneos, arrojados fuera, respondo, que pudieron ser muy bien hydatidas desprendidas; pues Mr. Fauvel, Cirujano Parisiense, las halló sobre un ovario femíneo, como se lee en la Historia de la Academia Real de las Ciencias del año de 1711, pág. 26. Y en la Historia de la misma Academia del año 1701, pág. 28, y siguientes, se refieren observaciones encontradas de distintos Anatómicos: unas que favorecen al sistema de los huevos, y otras, que le destruyen.

48. Y finalmente, para acabar de cubrir de nieblas, y confusiones esta materia, también se refieren observaciones de Anatómicos, que dicen vieron en el esperma másculo, así del hombre, como de los brutos, los rudimentos de los fetos respectivos. Sobre que se puede ver el célebre Boerhabe de aeconomia animali, num. 651. Dichas observaciones han inducido en algunos Físicos la opinión de que no la hembra, sino el másculo contribuye la materia para la generación. Y no se puede negar, que la formación del [348] feto humano en la Cabra de Fernán-Caballero da un gran aire de probabilidad a esta opinión.

49. Yo sin embargo me abstendré de pronunciar absolutamente por ella; ya porque acaso las observaciones, que la favorecen, no fueron más exactas, que las antes referidas; ya porque la idea, que algunos dan a ésos, que llaman rudimentos del feto humano, parecerá a muchos muy absurda. No hay opinión alguna en esta materia, que no padezca terribles dificultades. Por lo cual yo juzgo mucho más razonable dejar el pleito indeciso, confesando ingenuamente mi ignorancia, que proferir temerariamente alguna sentencia. Una opinión, que viene desde Hipócrates, y al favor de este gran hombre se hizo respetar de muchos, entre ellos recientemente del Doctor Martínez, está también expuesta a muchas, y grandes objeciones.

50. Siendo el objeto, y motivo de esta Carta el feto que resultó de la comixtión de individuo de nuestra especie con el de una especie bruta, naturalmente me conduce a disipar dos fabulosas genealógicas, que se leen en algunos libros, y en que se suponen otras comixtiones semejantes. La primera es, que la ilustrísima Familia de los Ursinos desciende la mezcla de individuo humano con Oso, o con Osa. La segunda, que la nobilísima de los Mariños de Galicia viene de la mezcla de cierto monstruo marino con una mujer. Nuestro doctísimo Cardenal Sfrondati, en su amenísimo Curso Filosófico, que leí muchos años ha, refiere uno, y otro; pero no me acuerdo de si escribe sólo refiriéndose a lo que dijeron otros, o prestando asenso probable a las dos especies.

51. Digo que entrambas son falsas. La primera pudo nacer de una de dos equivocaciones. Dicen algunos, que el que dio nombre a esta familia fue un Señor llamado Ursus, como se puede ver en el Moreri, v. Ursins; e inconsideradamente tomaron algunos el nombre proprio de un hombre por el común de una especie beluina. Dicen otros, que el nombre proprio de esa estirpe no es Ursini, ni Orsini, (que de este segundo modo le escriben los Italianos) [349] sino Rosini; lo que prueban, ya de que las Armas de esa Casa son coronadas de una Rosa, ya de que de ella descienden los Condes de Rosemberg en Alemania. Para una, y otra especie cita el Moreri al célebre Genealogista Imhoff. Según esta opinión, el nombre Rosini (como ha sucedido a otros muchos) se corrompió, transfiriéndole a Orsini, o Ursini; y de aquí se pasó a soñar aquella extraordinaria descendencia.

52. La de los Mariños no la leí sino en el citado Sfrondati, que dice viene ex puella cuidam monstro marino assueta. Pero un Genealogista Español, y Profesor de la Facultad Genealógica, bien conocido, en Carta que me escribió a otro intento por incidencia, me citó para dicha noticia un Autor, llamado Diego Hernández de Mendoza; el cual (pongo las palabras de la Carta), cuando trata de la familia de los Mariños, dice: Que tomaron este apellido, porque habiendo visto un Caballero unos hombres desnudos tomando el Sol al abrigo de una peña, dio de improviso sobre ellos, y sólo pudo coger uno, que llevó a su casa; y haciéndole curar, se le cayó un cuero grueso, y escamoso, que tenía, descubriendo un rostro de mujer hermosa: que la enseñó a hablar, y tuvo de ella un hijo, de quien proviene esta familia, preciándose de este origen.

53. Yo no sé qué fe merece este Diego Hernández de Mendoza. Lo que sé es, que aunque soy natural del Reino de Galicia, y tuve bastante comunicación con algunos Señores de esta casa, y aun puedo decir amistad con uno, u otro, nunca, ni a ellos, ni a otra alguna persona natural de dicho Reino oí tal especie: Por lo que me resuelvo a juzgarla fabulosa, y que no tuvo más principio, que el antojo de algún quimerizante, que sobre el sonido de la voz Mariño quiso fabricar esta patraña; como si la misma voz no pudiese haber sido derivada de otras cien cosas, o sucesos de alguno de esa Casa, que tuviesen alguna relación con el mar. Del mismo modo, y aun con derivación más inmediata podría otro soñar, que los apellidos [350] Carnero, Lobo, Cordero, Vaca vienen de otras comixtiones abominables con esas especies.

Nuestro Señor guarde a V.S. &c.


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Apéndice

54. Habiendo arriba dicho, que algunos Autores extendieron la formación de semilla a las piedras, parece justo proponer aquí sus fundamentos. Juzgo, que el famoso Botanista Joseph Pitton de Tournefort fue el fundador de esta opinión, ocasionándole el primer pensamiento, en orden a ella, la contemplación del Coral, de la Madrepora, y otras plantas marinas, que llaman Petrosas; porque viendo que son cuerpos organizados cada uno en su especie, de una manera constante, y uniforme, coligió, que no podían menos de provenir de semilla. Y prosiguiendo en sus observaciones, le pareció haberla hallado en cierta especie de leche acre, cáustica, y glutinosa, que vertiéndose de las extremidades de las ramas del Coral, cae al fondo del mar; porque nunca, o rara vez se mezcla, u deslie con el agua, y en cualquier cuerpo sólido, que encuentra, se pega, y pega, mediante su viscosidad, alguna sutilísima semilla, que se debe discurrir lleva envuelta. El que esta semilla hasta ahora no se haya visto nada prueba contra su existencia, pues tampoco hasta ahora se ha visto sino con el microscopio la del helecho, ni la de la seta; sin que por eso duden los Físicos de que esas dos plantas la tengan como las demás. Y realmente, viendo tanta desigualdad de tamaño en las semillas de varias plantas, que aun de las plantas muy crecidas son las semillas más pequeñas, que de otras menores; y lo mismo se observa en las de los animales {*}: con razón debieron atribuir la [351] invisibilidad de las dos plantas expresadas a su pequeñez.

{(*) Nota. La semilla, o hueva del pez llamado Narval, que habita en el friísimo Mar de la Groenlandia, y tiene más [351] de veinte pies de largo, es mucho menor, que la de muchos peces de muy inferior tamaño. Llaman algunos a este pez el Unicornio del Mar, porque tiene un cuerno, que le sale de la mandíbula superior; y es tan grande, y fuerte, que con él acomete a las mayores Ballenas, y rompe el más grueso Bajel. Muchos creen con gran verisimilitud, que de este pez son todas las hastas grandes, que con nombre de Unicornios se conservan en algunos gabinetes, o tesoros de raridades.}

55. Después el sabio Conde Marsili, que fue General de las Galeras de Francia, y con esta ocasión se aplicó fuertemente a observar la Naturaleza en todo lo perteneciente al mar, descubrió las flores del Coral, como se refiere en la Historia de la Academia Real de las Ciencias del año 1710. Y aunque es verdad que no halló dentro de ellas sino un jugo glutinoso (que supongo ser el mismo de que ya se habló) ya parece no se debe dudar de que en ese jugo glutinoso está envuelta una imperceptible semilla.

56. Volviendo a Mr. de Tournefort, éste habiendo hallado en el Mar piedras, que sin dejar de ser piedras son plantas, y como verdaderos vegetables se forman de semillas, se avanzó a sospechar lo mismo en todas las demás piedras, ofreciéndose las primeras a alentarle en este Proyecto Filosófico las piedras figuradas, que se encuentran en diversos sitios, en uno cuadradas, en otro lenticulares, en otro polígonas, &c. de modo, que en un sitio se encuentran muchas de una figura, y en otros de otra; de la misma forma que en unos terrenos espontáneamente produce la Naturaleza plantas de tal especie, en otros de otra. De las piedras, que llaman Cuernos de Ammon, y tienen la figura de concha de limazón, se encuentran muchas en la Normandía, y en la Provenza; y no pudiendo sospecharse, que se formaron en algún molde, porque ninguno se halló, que pudiese serlo, se infiere, que se formaron de semilla. [352]

57. De aquí pasó el citado Autor a conjeturar lo mismo en todas las piedras, ya por las vetas que tienen, por dónde se rompen más fácilmente, lo cual ya es una especie de organización; ya por una observación, que hizo en la Isla de Candia, la cual le persuadió, que las piedras se nutren como las plantas. Parece que ya esta opinión de Tournefort tiene algunos Sectarios. Yo sólo la propongo históricamente.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo tercero (1750). Texto tomado de la edición de Madrid 1774 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión), páginas 327-352.}


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