La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo tercero
Carta VI

Sobre una disertación Médica


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1. Muy Señor mío. Recibí agradecido, y leí gustoso la Disertación Impresa sobre el método de curar que Vmd. se ha dignado de enviarme, a fin (dice Vmd. en la Carta adjunta) de que yo la corrija: expresión que yo entiendo, como debo entender; esto es, como de mera cortesanía; o cuando más, extendiendo yo cuanto puedo su significación a mi favor, como que en ella se me da licencia para decir lo que siento sobre el Escrito: facultad de que me aprovecharé, por dar a conocer a Vmd. en el uso que hago del favor, la estimación que le doy. Así propondré a Vmd. algo que he notado en uno, u otro punto de su impreso.

2. Es verdaderísima la máxima que Vmd. propone como primordial fundamento del método, y en que se extiende mucho, ya explicándola, ya aprobándola; esto es, que el Médico debe proceder como Ministro de la naturaleza, siguiendo sus pasos, imitando su modo de obrar, &c. Pero dos reparos se me ofrecen sobre ella. El primero, que el establecimiento de esa máxima en ningún modo quita las dudas, o allana las dificultades que ocurren en la práctica curativa. Esto se ve claro en que los mismos Médicos que convienen en la rectitud de esa regla, siguen a cada paso rumbos distintos, y opuestos en la curación; lo cual consiste en que los impulsos, con que la naturaleza se esfuerza [73] contra la enfermedad, son por la mayor parte muy equívocos, y así los interpretan distintamente distintos Médicos, juzgando cada uno que ejecuta lo que la naturaleza le dicta. ¡Cuántas veces se juzga conato de la naturaleza el que lo es de la enfermedad! Los amagos de tal evacuación parecerán a un Médico esfuerzos de la Naturaleza contra su enemigo; y a otro esfuerzos del enemigo contra la Naturaleza. También sucederá muchas veces proceder la naturaleza con una evacuación lenta, la cual es conveniente en aquel grado en que la naturaleza la toma: pero nociva, siendo más acelerada, o en mayor cantidad: e imaginando el Médico que ayuda la naturaleza promoviendo la evacuación, arruinará al enfermo en vez de expugnar la enfermedad. Será aquella lentitud una sabia conducta de la naturaleza, y el Médico la atribuirá a debilidad.

3. Así, Señor, aquella sentencia de Valles: Medici plures curarent, si scirent, se naturae ministros esse, no me parece que sea de las más ciertas. ¿Qué Médico hay que ignore que debe obrar como ministro de la naturaleza? Ninguno hay, aun incluyendo los más ignorantes, que no esté imbuido del axioma: Medicina est auxiliaris naturae; sin que esto les impida cometer innumerables errores. ¿Qué importa que sepan que deben ser ministros de la naturaleza, si no saben ser ministros, si no aciertan con el ministerio; si pensando que la sirven la atropellan?

4. El segundo reparo mío sobre aquella máxima es, que no alcanzo cómo pueda conciliarse con ella aquella sentencia Hipocrática, de que Vmd. hace memoria al num. 19. exponiendo las reglas, que de mente de Hipócrates deben observarse en las evacuaciones Médicas, y es tomada del aforismo 23. del libro 2. Et ubi oportet usque ad animi deliquium ducere, & hoc faciendum est, si sufficiat aeger. Digo que no veo cómo pueda conciliarse este fallo con la máxima de que el Médico debe seguir los pasos de la naturaleza, imitar sus acciones, cooperar a sus designios. El deliquio, o desmayo no es conforme, antes enteramente opuesto a los designios, de la naturaleza, no es obra suya cuando [74] arriba a un enfermo, sino de la causa morbífica. ¿Quién dirá que la naturaleza solicita una incoada muerte suya? Bien lejos de procurarla, la abomina; no la hace, la padece. Luego, o nunca el Médico debe ordenar evacuación, que conduzca al enfermo al estado de deliquio; o no es verdadera en toda su extensión la máxima de que el Médico debe ajustarse a los intentos de la naturaleza.

5. Ya sé que no han faltado Médicos, que considerando absurda aquella sentencia en el sentido que inmediata, y naturalmente ofrece, han procurado darla exposiciones, que la mitiguen. Y aun Cardano reprehendía severamente a Galeno, porque la aceptó en su propia, y rigurosa significación. Pero Señor mío, lo que yo siento de este recurso a interpretaciones violentas, para atraer contra el tenor de la letra a buen sentido algunas sentencias Hipocráticas, puede servir, cuando más, para salvar a Hipócrates la reputación de Sabio; pero deja sin autoridad sus Escritos en la forma que hoy los poseemos; porque si asentimos a que en varias partes Hipócrates quiso decir cosa muy distinta de lo que suena la letra, sólo a uno de dos principios se puede atribuir, o a que Hipócrates no se explicaba bien, o a que el texto está viciado: y cualquiera de las dos cosas, que se suponga, induce una desconfianza general de todos sus Escritos; porque en cualquier parte de ellos pudo suceder, o explicarse Hipócrates mal, o alterarse el texto. ¿De dónde nos consta que no ha sucedido?

6. Esta reflexión me conduce naturalmente a lo que he notado sobre la explicación que en los números 9, y 10 da Vmd. al aforismo Hipocrático: Omnia secundum rationem facienti, si non succedant secundum rationem, non est transeundum ad aliud, manente eo, quod ab initio visum fuit. Este es el que yo (en el Tom. V. del Teatro, Discurs. 7) llamé Aforismo Exterminador; y no me retrato de ello, no obstante la reconversión que Vmd. me hace con la otra doctrina Hipocrática, extraída del Libro de Locis in homine: & semper non sanantem variare oportet modum. Et [75] si quidem peius reddiderit malum; ad contrarium te converte; si vero ad sanitatem tendat, omnino nihil ad his, quae adhibentur, auferre oportet, nec quicquam aliud addere, aut apponere.

7. Dice Vmd. en el num. 10 que si yo hubiese leído esta doctrina no hubiera dado a aquel aforismo el infame nombre de Exterminador. Antes bien lejos de eso, Señor mío, esta mismísima doctrina fue la que me indujo a desacreditar tan altamente aquel aforismo. Es el caso, que siendo esta doctrina buena, y sana, como yo la juzgo, y debe juzgarla todo el Mundo, es preciso que la contenida en el aforismo sea nociva, y perniciosa. Así puede Vmd. notar que en dicho Discurso 7 del quinto Tomo del Teatro, §. 6, alegué contra el aforismo la doctrina de Cornelio Celso, que Vmd. num. 9. dice ser traducción Latina de la citada de Hipócrates.

8. ¿Pero es esto decir que Hipócrates contradijo en el aforismo lo que había sentado en el libro de Locis; o que el aforismo en el sentido en que Hipócrates le produjo sea falso? Ni uno, ni otro. Yo creo que Hipócrates quiso decir en él alguna cosa buena, y acaso la dijo; pero del modo que hoy tenemos el texto no puede servir sino de ocasionar infinitos, y perniciosos errores, y de hecho los ocasiona. Dice el texto que el Médico, que obra según razón (ordenando tal, o cual remedio, prescribiendo tal, o cual régimen, &c.) aunque no tenga buen efecto, o aunque el efecto sea contrario a su intento, no debe mudar de rumbo, pudiendo proseguir como había empezado. Ahora pues: El Médico, cuando empieza a tratar un enfermo, siempre piensa que en los órdenes que da, aunque en realidad lo yerre, obra según razón: con que guiado por el aforismo, proseguirá errando, y empeorando más, y más la enfermedad. ¿Qué importará que uno, u otro Autor traiga a algún buen sentido el aforismo? Los más de los Médicos no ven esas exposiciones, y arreglan la práctica a la letra del texto.

9. No es esto hablar por sospechas, y conjeturas, sino [76] decir lo que he visto, y tocado innumerables veces. Uno de los casos, que ví, fue quien últimamente me determinó a escribir contra el Aforismo Exterminador. Habiendo enfermado una señorita de esta Ciudad con una especie de dolencia, que por su esencia, y por sus circunstancias, según mi sentir (que después aprobó un Médico docto, y confirmó el suceso) enteramente contraindicaba sangría, resolvió sangrarla el Médico, que la asistía. Vióse al momento el mal efecto de la sangría en la postración de las fuerzas, y agravación de los síntomas. Con todo el Médico determinó sangrarla segunda vez para el día siguiente. Procuré con todas mis fuerzas persuadir a la enferma, a su madre, y a toda la familia que no lo consintiesen. En efecto los reduje a ello; pero de nada sirvió, porque volviendo el Médico el día siguiente de mañana, a fuerza de gritos, y protestas se hizo obedecer, y la sangría se ejecutó. Apenas error alguno de los Médicos pudo jamás tener más funesto, y más pronto efecto. No bien se hizo la evacuación, cuando se vió casi cadáver la enferma. No contento yo con las persuasiones del día antecedente, bastante de mañana había repetido el encargo, enviando a decir, que por ningún caso permitiesen sangrarla. Llegó mi aviso al punto que acababa de ejecutarse la sangría: lo cual sabido inmediatamente fui a ver la enferma. Halléla hecha un tronco; esto es, sin habla, y sin movimiento. A mi persuasión se llamó otro Médico de mucha mayor ciencia, y juicio, para que evitase, si era posible, aquel homicidio. En efecto se evitó, por haber caído el error en una edad floreciente, cuerpo robusto, y de bella constitución. Se evitó, digo, con fomentos, bebidas, y alimentos muy espiritosos. Resta lo que hace más al caso. Volviendo al Monasterio, encontré en la calle al Médico Sangrador, a quien no pude menos de reconvenir con su yerro en términos muy fuertes, cargándole especialmente sobre haber pasado a segunda sangría, después de visto el efecto de la primera. A esto el buen Doctor me salió con el aforismo: Omnia secundum rationem facienti, si non succedat secundum rationem [77], &c. Lo que en vez de aplacarme, me encendió más la indignación, y así le volví la espalda sin decirle otra palabra, sino que todos los Tiranos del Mundo juntos no habían muerto tanta gente como aquel aforismo.

10. Ni hay que decirme que sólo Médicos muy rudos, y de ninguna opinión caen, abusando del aforismo, en yerros tan enormes. Clama contra esta evasión el suceso trágico del famoso Gasendo. Habiendo caído enfermo aquel gran hombre a los sesenta y cinco años de edad, fueron llamados para su curación los más famosos Médicos de París, o por mejor decir todos los Médicos famosos de aquella Corte. Así lo afirma su amigo el Docto Samuel Sorbiere en la Prefacción de Vita, & moribus Petri Gassendi, que hizo para la impresión de sus Obras: Si quid Lutetiae vere eruditum, & magni nominis fuit inter Medicos, totum illud adfuit sanando Gassendo. ¿Y qué hicieron aquellos Médicos de tanta erudición, y fama? Imaginando que la enfermedad indicaba evacuación de sangre, empezaron a sangrar, y prosiguieron sangrando, no obstante estar viendo que así como se iban repitiendo las sangrías, sucesivamente se iban postrando más, y más las fuerzas. Reconvínolos con esta experiencia el enfermo para que tomasen otro rumbo. Pero ellos se obstinaron en proseguir por el mismo, no por otra razón, sino porque, omnia secundum rationem facienti, si secundum rationem non eveniat, non est transeundum ad aliud, manente eo, quod ab initio visum fuit. Las sangrías fueron muchas. A la última se le sufocó enteramente la voz, para sufocarse luego la vida. Así se dispuso la muerte de aquel venerable anciano; porque según el dictamen de los Médicos así lo había decretado Hipócrates más ha de dos mil años, o como ellos entendían el oráculo del aforismo, su adorado Idolo Coo así les había mandado sacrificarle esta noble víctima.

11. Bien sé que muchos Médicos no usan tan bárbaramente del aforismo. Pero igualmente sé que son muchos más los que lo hacen. Estos, encaprichados de que es muy conforme a razón el rumbo que eligieron para la cura, por [78] mal que le suceda al enfermo, le llevan adelante, escudados con la sentencia Hipocrática. Es verdad que para mayor seguridad suya han añadido a la autoridad del aforismo cierta ingeniosa treta que inventaron, y de que usan de tiempo inmemorial a esta parte, echando con ella polvo en los ojos del mísero Vulgo.

12. Sucede frecuentemente que con los remedios, o por muchos, o por intempestivos, una disposición leve se hacer enfermedad grave. Es natural en estos casos el juicio de que el Médico ha errado la cura. Pero él se precauciona admirablemente contra esta nota, de modo, que hace creer que el empeoramiento del enfermo fue acierto insigne del arte. Dice que con la oportuna aplicación de los remedios se descubrió el enemigo, que estaba oculto; que se le sacó de la emboscada, donde era inexpugnable, a campo raso; donde viendo todos sus movimientos, hay más comodidad para evitar sus insultos. El haberse encendido mucho más la fiebre, y agravado a proporción los síntomas, no fue otra cosa que descubrir, a fuerza de pericia Médica, el enemigo, o extraerle, digámoslo así, de sus atrincheramientos, para combatirle libremente. Y es tal la ceguera de los hombres, que con esta trampa entran en mayor confianza, y satisfacción del Médico.

13. Mucho antes que yo descubrió este error Lucas Tozzi, tratando (tom. 1. pag. mihi. 54.) del método que siguen los Médicos, que en estos tiempos se apellidan Galénicos, donde, después de proponer lo que suelen ordenar los primeros días de la enfermedad; esto es, ayudas, jarabes, sangrías, y purgas, prosigue así: Mox, si fortasse, ut facile est, symptomata ingravescant, malignitatem iam detectam vi medicamenti proclamant.

14. Bien creo yo, que hay Médicos tan buenos hombres, que dicen esto con buena fe, y engañan, porque están engañados. Pero esto es lo peor que tiene el caso; porque estando poseídos de este craso error, nunca mudan de método, antes procuran siempre con el uso de los mismos remedios descubrir el enemigo encubierto. No sé si la [79] reflexión, que voy a proponer, servirá algo para su desengaño. Si el descubrir la malignidad de la dolencia en la forma dicha es conveniente, tanto más conveniente será cuanto más se descubra. Al modo que, cuando algunas Tropas enemigas están cubiertas de sus reparos, si es conveniente descubrirlas algo, o en parte, derribando una porción de los reparos, más conveniente será descubrirlas del todo, derribando los reparos enteramente. Prosigo así. Si el ver la calentura mucho más encendida, y más agravados los síntomas que al principio, es muestra de haberse descubierto al enemigo, que estaba oculto; cuanto más grados de incendio adquiera de ahí adelante la calentura, y más malignidad manifiesten los síntomas, tanto más descubierto estará el enemigo, o la malignidad que estaba cubierta. Por consiguiente el enemigo no estará enteramente descubierto hasta que el enfermo se vea reducido a la última extremidad. Luego podrá aplaudirse de sus aciertos el Médico, cuando vea el enfermo en ese estado, porque logró la conveniencia de descubrir enteramente el enemigo. Si se me dice que en esa extremidad no sólo está el enemigo descubierto, mas también triunfante; repongo que cuando el ardor de la fiebre, y calidad de los síntomas empiezan a demostrar malignidad, no sólo empieza a descubrirse el enemigo, mas también a ganar tierra para lograr el triunfo.

15. Todo lo dicho, Señor mío, se dirige a justificar lo que he proferido sobre el aforismo en cuestión. Para que el sea, del modo que está estampado, pernicioso, funesto, y Exterminador, no es menester que Hipócrates le haya pronunciado en algún mal sentido, sino el que se lo den muchos Médicos. Ni cualquier buena intención, que haya tenido Hipócrates cuando escribió aquella máxima, es capaz de estorbar el horrendo abuso, que infinitos Profesores hacen en ella. Tampoco sirve para éstos de correctivo la otra doctrina Hipocrática: Et semper non sanantem variare oportet modum; & si quidem peius reddiderit malum, ad contrarium te converte. Lo primero, porque muchos jamás leyeron esta doctrina; pero el aforismo todos, o casi todos [80] le tienen en la uña. Lo segundo, porque aunque la hayan leído, nunca la aplican al caso en que se hallan; pues, aunque con el método, que siguen hayan empeorado el mal, nunca lo confiesan, y rara vez lo creen, engañados de aquel falso supuesto, que su proceder no aumentó el mal, sí sólo le descubrió. Lo tercero, porque muy comúnmente se sirven de otra escapatoria, que es decir, que aunque la enfermedad se haya agravado, siempre fueron útiles los remedios aplicados; porque sin ellos el mal, aunque grande ya sería mucho mayor. En fin, sea por esto, o por aquello, el hecho constante es, que rarísimo Médico, por infelices sucesos que tenga, muda jamás de método en el modo de curar; y todo pende de estar en el juicio de que obra secundum rationem.

16. Dejado ya esto, en todo lo demás me parece bonísimo el Escrito de Vmd. y muy llena de oportunas reglas de práctica, sobre que le gratulo de todo corazón, y le ruego que en la estimación, que profeso a sus buenas prendas, funde una segura confianza de mi obediencia a sus preceptos, &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo tercero (1750). Texto tomado de la edición de Madrid 1774 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión), páginas 72-80.}


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