La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo tercero
Carta V

Respuesta a dos objeciones


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1. Háceme Vmd. cargo de no haber dado respuesta a dos Escritos que salieron al público contra dos proposiciones, o máximas mías, los cuales, dice, la merecían por su erudición, su cultura, y su urbanidad. Yo añado que también por las circunstancias de sus Autores. El primero fue un joven Jesuita de bellas esperanzas, que presto se desvanecieron con su temprana muerte muy sentida de mí, porque le estimaba, y amaba mucho, por su Religión, por su nacimiento, y por sus prendas. Este me impugnó en el asunto de haber preferido, en la línea de Poeta, Lucano [67] a Virgilio. El segundo fue un docto Cortesano, bien conocido en Madrid, y otras partes por sus empleos, por su ingenio, y erudición. Este combatió la máxima que yo había procurado establecer, de que la Elocuencia en ninguna manera pende de las reglas de la Retórica.

2. Es verdad, que ni a uno, ni a otro respondí, aunque confieso que uno, y otro, por las circunstancias que Vmd. me expresa, y la que yo añado, merecieron mi estimación, y por consiguiente mi respuesta. ¿Por qué, pues, no la dí? Dirélo. Por haber conocido con varias observaciones que las respuestas a semejantes Escritos son por la mayor parte inútiles, y ociosas. ¿Y por qué esto? Porque comúnmente cuando salen las respuestas, ya el público tiene olvidadas las impugnaciones. Si Vmd. me dijere que cuando las impugnaciones tienen las buenas cualidades que yo confieso en las dos que se habla, no las olvida tan presto el Público, le responderé que está Vmd. muy engañado, y que no conoce bien la disposición que para ese efecto tiene la mayor parte de los hombres. Los más de ellos, por ignorantes, o por rudos no conocen la hermosura de las impugnaciones discretas; a que es consiguiente que no pudiendo recibir algún deleite de su lectura, las desechan, y dan de mano por insípidas. Al contrario, pónganles en la mano un papelón inculto, tosco, lleno de insolentes sátiras, de sucios dicterios, de viles truanadas, éste es el que leen gustosísimos, éste es el que aplauden, y éste es el que por algún tiempo conservan.

3. Y no para aquí el mal; sino que lo mismo sucede a muchos de aquellos que tienen alguna inteligencia en materia de escritos, supliendo en éstos, por la ignorancia, y la rudeza, la envidia, y la malignidad. Pero es punto este, en que, por tener tanto que decir, no diré más; contentándome con exclamar, copiando a Barclayo en la entrada de su Euformión: ¡Quae non vidi! quae non passus sum!

4. Mas al fin, todos estos Escritos, cuyo asunto es censurar Obras ajenas, es de tan corta duración, que el [68] que más se conserva, en el curso de una Luna absuelve el de su vida. ¿Para qué, pues, se ha de fatigar un Autor en rebatir unos contrarios, que sin causarle más daño que una leve pasajera inquietud, verá luego sepultados en el olvido? ¿Qué se hizo la multitud de sátiras que inundaron la Francia contra el célebre Juan Luis de Balzac? ¿Qué las que se produjeron contra la famosa Magdalena Scuderi? Ya no hay memoria de ellas, y las obras de aquél, y de ésta subsisten, y verosímilmente subsistirán mucho tiempo con estimación. Estas censuras son un humo, que turba, y molesta un poco, mas luego se disipa. Tal vez sucede, y a mí me sucedió más de tres veces, que antes de concluir el Autor su Apología ya no hay en el Mundo memoria de la impugnación.

5. Este fue el motivo de no haber respondido a las dos que Vmd. me recuerda. Pero ahora los muchos que tengo para complacer a Vmd. me mueven a dar alguna, cuando le veo tan deseoso de ella.

6. Y lo primero, por lo que mira al Escrito del Jesuita, yo no veo que éste pruebe más de lo que yo supongo; esto es, que en la disputa sobre preferencia entre Virgilio, y Lucano hay mucho mayor número de votos por el primero, que por el segundo; lo que incluye una clara confesión de que la mayor probabilidad extrínseca está a favor de Virgilio; pero con la reserva del derecho que Lucano puede tener a la mayor, o igual probabilidad intrínseca; la cual es muy compatible con la minoridad de la extrínseca, pues todo el Mundo sabe que multa falsa sunt probabiliora veris.

7. Digo que el P. Jesuita sólo esto probó, pues no produjo otro fundamento a su dictamen que la multitud de Críticos que elevan a Virgilio sobre Lucano, y sobre todos los demás Poetas Latinos. Pero aun de éstos pretendo que se deben descartar todos aquellos que quieren humillar a Lucano, y aun degradarle de Poeta, no por otro defecto que la falta de ficción. ¿Quién no ve que es una cuestión de mero nombre, si se debe llamar Poesía, o no, una composición [69] métrica, en que no haya ficción alguna? Es verdad que Aristóteles dio por inseparable la fábula de la Poesía; pero sin más motivo que querer que fuese pauta para todos los Poetas Homero. Y por más que lo haya dicho Aristóteles, el común modo de hablar está, y estará siempre en contrario. ¿Por ventura no se cuentan, y contaron siempre entre las obras Poéticas de Virgilio las Geórgicas, en las cuales no hay ficción alguna? No está colocado en la clase de los Poetas Lucrecio, que sólo escribió una Filosofía que él juzgaba verdadera? Las Sátiras de Horacio, Persio, y Juvenal, que no contienen otra cosa que corrección de las costumbres viciadas de aquel tiempo, no están anumeradas a las Obras Poéticas por todo el Mundo? ¿Quién hay que no tenga por Poéticos los Sacros Himnos de que usa la Iglesia en el Oficio Divino? ¿No llaman todos Poemas la María Estuarda de Lope de Vega, y la Auracana de Don Alfonso de Ercilla?

8. Pero demos graciosamente que sólo se puede llamar Poeta impropriamente el que no finge. Pondré la cuestión debajo de otras voces, quedando la misma en cuanto a la cosa significada. Esto es, quiero considerar a Lucano, no como Poeta, sino como Autor métrico, o versificante. Como a mí me concediesen que en esta línea tiene iguales, o superiores primores a los de Virgilio, ¿qué se me dará, ni al mismo Lucano se le daría si viviese ahora, porque le nieguen la cualidad de Poeta? Virgilio versificó ficciones, Lucano realidades. Como me concedan que la versificación de éste no cede a la de aquél en valentía, en majestad, en la vivacidad de expresión, en la agudeza de la sentencia, en la harmonía, en el entusiasmo, &c. yo dejaré de muy buena gana que a Lucano censuren el vicio de verídico, reservando a Virgilio, y otros la gloria de invencioneros.

9. Vamos ya al segundo Impugnador. Este me acomete con dos argumentos, que a la verdad no impugnan la substancia del asunto, sino lo que yo escribí de que nunca estudié las reglas de Retórica; o si impugnan la substancia [70] del asunto, sólo es por un modo indirecto. Para el primero me supone elocuente en un grado muy alto. Y hecha esta suposición, procura representar sumamente difícil, y aun imposible haber llegado a esta eminencia sin el estudio de las reglas.

10. Para este argumento tengo dos soluciones. La primera consiste en la negación del supuesto: la segunda en la negación del asunto. El supuesto es que soy elocuentísimo: elogio que en ninguna manera merezco. El asunto es que sea, o imposible, o sumamente difícil arribar a un grado elevado de Elocuencia, sin estudiar las reglas; lo que también niego, y para negarlo me remito a las pruebas que dí cuando traté de este asunto.

11. El segundo argumento propuso el Impugnador, con la satisfacción de tenerle por totalmente indisoluble. Y aun Vmd. en su Carta de algún modo insinúa estar en la misma inteligencia. Fúndale en que en varias partes de mis Escritos cito las Instituciones Oratorias de Quintiliano, el mayor Maestro de Elocuencia que hasta ahora hubo: luego estudié, infiere, las Reglas de la Oratoria en este Autor.

12. También para este argumento tengo dos soluciones. La primera doy, diciendo, que no es lo mismo leer que estudiar. Y si el Impugnador quiso suponerme de una tan feliz memoria (en que ciertamente padeció engaño, como le padecieron algunos otros) que en mí coincida el estudiar con el leer, añadiré que como las Instituciones de Quintiliano tienen un Indice muy copioso, pude por él buscar una, u otra especie que necesitaba, sin leer seguidamente, ni aun un capítulo entero de Quintiliano.

13. Pero la segunda solución es más decisiva, y revuelve terriblemente contra el Impugnador. Para darla supongo una cosa, que sin duda me concederán como ciertísima cuantos leyeron mis Escritos; esto es, que si en ellos hay algo de elocuencia, nada son inferiores en ella el primero, y segundo Tomo del Teatro Crítico a los que se siguieron después. Aún creo yo que los que tienen crítica fina, [71] habrán reconocido algo de decadencia de estilo en los Tomos posteriores, tanto más perceptible, cuanto más fue creciendo la edad. Por lo menos yo lo juzgo así; y aún creo que es preciso que así sucediese, porque la energía, brillantez, y vivacidad de estilo piden una especie de vigor en el alma, que sucesivamente se va debilitando casi a proporción de lo que cada día se va disminuyendo la fuerza del cuerpo. Un Sófocles, que en la edad nonagenaria, o cerca de ella daba a sus composiciones dramáticas tanto esplendor, y viveza de espíritu, como en la consistente, se debe reputar por un rarísimo monstruo; mejor diré por un milagro de la naturaleza.

14. ¿Pero adónde voy con esto? Derechamente a mi asunto. De Quintiliano no había leído ni un renglón, ni aun visto este Autor por la cubierta, hasta después de dar a luz el Segundo Tomo del Teatro Crítico. Compréle el año de 28 en el deshecho de la Librería del difunto Conde de Torrehermosa, y desde entonces la tengo en la mía. Creo basta mi dicho para que esto se me crea; porque, si no estoy muy engañado, por mis Escritos ha conocido todo el Mundo mi sinceridad. Pero si es menester más prueba, daré una línea de conjetural bastantemente fuerte; y es, que, aunque he citado varias veces a Quintiliano, todas esas citas están en los Tomos posteriores, y ninguna en los dos primeros.

15. Si me respondieren que esto pudo depender de que para ninguno de los asuntos, que contienen el primero, y segundo Tomo, hallaría cosa en Quintiliano que me hiciese al caso, les pondré luego delante (y podría otras cosas) lo que este Autor lib. 1. cap. 1, dice de algunas mujeres que fueron elocuentísimas; lo cual me era oportunísimo para lo que en el Discurso último del primer Tomo procuro persuadir de la habilidad intelectual de las mujeres.

16. He dicho que esta segunda solución resuelve fuertemente contra el Impugnador, porque si yo soy elocuentísimo (como él afirma), y esto sin estudiar las reglas de [72] la Retórica, como afirmo yo, y de nuevo protesto no haberlas estudiado, ni en Quintiliano, ni en otro Autor alguno; otros, sin el estudio de las reglas, podrán lograr lo mismo. Y para dos asuntos que no son de mucha importancia basta lo dicho.

Nuestro Señor guarde a Vmd. muchos años, &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo tercero (1750). Texto tomado de la edición de Madrid 1774 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión), páginas 67-72.}


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