La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo segundo
Carta XV

Si se va disminuyendo,
o no sucesivamente la agua del Mar


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1. Muy Señor mío: La cuestión, que Vmd. me propone, es tan nueva como curiosa. A lo menos yo no me acuerdo de haberla visto tratada, ni aun propuesta en Autor alguno. Redúcese a inquirir si las aguas del Mar se van disminuyendo sucesivamente; y en caso de que sea así, qué proporción sigue esta disminución, v. gr. cuántas líneas, dedos, palmos, &c. se va rebajando la superficie del Mar en cada siglo. Vmd. se declara por la afirmativa en cuanto a la primera parte, y queda enteramente perplejo sobre la segunda.

2. Asiente Vmd. a la sucesiva diminución de las aguas marinas: Lo primero, por las que disipa el Sol. Segundo, por las que se elevan con las nubes, que se reducen a lluvias, nieves, y rocíos. Tercero, por las que consumen los vivientes convertidas en sal. Cuarto, por [207] las que se disipan en fuego para los varios usos a que se aplican. Quinto, por el dispendio que reciben en el nutrimento de los animales.

3. Yo, señor mío, estoy tan lejos de asentir a la opinión de Vmd. como de que me hagan fuerza las pruebas que alega por ellas. Piensa Vmd. haber hallado en las cinco partes expresadas con que hacer una continuada considerable rebaja en las aguas del Mar. Y yo siento al contrario, que en atención a ellas la rebaja es ninguna.

4. Sobre cuyo asunto, lo primero que advierto es, que las que propone Vmd. como dos distintas partidas en primero y segundo lugar, no son dos, sino una sola. Las aguas que disipa el Sol, son las mismas, que hechas nubes, se disuelven en lluvias, nieves, y rocíos. El Sol no disipa las aguas aniquilándolas, sino elevándolas en vapores, y de estos vapores se forman las nubes, que después se resuelven en lluvia, nieve, y granizo, &c. Pero que sean dos partidas, que una sola, nada hacen para la pretendida diminución; porque cuanto se le usurpa al Mar por este camino, todo se le restituye hasta la última gota, aunque a diferentes plazos. Cuanto destilan las nubes, vuelven al Mar: una grande porción muy presto; esto es, lo que llueve sobre el mismo Mar. De lo que cae en las tierras, es la restitución tanto más tarda, cuanto las nubes se resuelven a mayor distancia del piélago. Por ejemplo: las aguas, que forman las fuentes del Nilo, y el Níger, que nacen en lo interior del Africa, y están remotas del Mar no pocos centenares de leguas, mayormente la del Níger, vuelven al Mar mucho más tarde, que las que dan nacimiento a Guadalquivir, y Guadiana.

5. En la tercera partida supone Vmd. que la agua del Mar se convierte en sal. No hay tal conversión. Sácase sal de la agua del Mar; pero no por transmutación de esta substancia en aquella, sino por separación de las dos, que se hace, mediante la evaporación de la agua, por [208] el calor del fuego, o del Sol. Es verdad que esto no hace al caso para la cuestión; porque la diminución del volumen del Mar, del mismo modo se sigue de la extracción de la sal, que esta se haga por separación, que por conversión.

6. Respondo, pues, que todo lo que se quita al Mar de sal, se le restituye la Tierra suficientemente por medio de los Ríos, los cuales en muchas partes, pasando por mineras de sal, incesantemente las están rayendo, y llevando consigo aquellos despojos al receptáculo común. Fuera de esto, le tributan los mismos Ríos otra porción muy grande de sal en las infinitas hojas de plantas, que cayendo en ellos, son conducidas del mismo modo al Mar. Ningún Filósofo ignora, que no hay planta, que no contenga alguna porción de sal. Puede agregarse también la sal que le dan todos los naufragios; pues así hombres, como maderos, disolviéndose con la putrefacción, en él depositan todas las sales que contienen. Vé aquí Vmd. tres partidas, que compensan acaso con exceso la cantidad de sal, que los hombres sacan del Mar para su uso.

7. Pero graciosamente quiero permitir a Vmd. que la Tierra no restituye al Mar porción alguna de la sal que le usurpa. Sin duda se seguiría alguna diminución de su volumen. ¿Mas qué diminución? ¡Oh, qué lejos estará Vmd. de pensar, que sea tan leve, como resulta de un cómputo, que ahora acabo de hacer con toda la exactitud, que permite la materia! Dando que en todo el Orbe se saquen cada año del Mar doscientos millones de quintales de sal; y suponiendo, como comúnmente se supone, que la superficie del Mar sea la mitad de la total del globo terráqueo, me ha salido a la cuenta, que lo que por la extracción de sal podrá rebajarse la superficie del Mar en cincuenta mil años, será, a lo sumo, media cuarta. Ciertamente no se saca del Mar tanta cantidad de sal cada año, ni con mucho, como la que he señalado, lo que es muy fácil demostrar. Vea Vmd. cuán lejos estamos de que por el consumo de sal haya alguna [209] diminución sensible en el Mar, aun cuando para aquel consumo no hubiese compensación alguna.

8. La cuarta partida tiene la misma compensación, que las dos primeras. El fuego no aniquila la agua, sólo evapora; y los vapores condensados de nuevo en la atmósfera, vuelven a la Tierra en lluvia, y de la Tierra al Mar en varias corrientes.

9. La quinta está incluida en la tercera, o no es más que repetición de ella; sino es que acaso se entienda de los animales marítimos solamente. Pero estos, cuanta sal puedan usufructuar al Mar, toda se la dejan en su muerte, y putrefacción. Ve aquí Vmd. que por los capítulos, que Vmd. alega, no hay que temer que el Mar padezca alguna diminución.

10. Acaso pensará Vmd. hacerme una objeción sobre lo que he respondido a la primera, y segunda partida, pretendiendo, que la restitución, que se hace al Mar por medio de los Ríos, no es entera, por cuanto gran parte de la agua, que derraman las nubes en la Tierra, se queda en ella para nutrimento de las plantas, y aun no muy pequeña porción sirve a saciar la sed de hombres, y brutos. Pero señor mío, en caso que de aquí resultase alguna diminución del Mar, esta sólo pudo suceder en aquellos primeros siglos, en que el mundo tardó en poblarse de hombres, brutos, y plantas en la forma que hoy lo está. Después que se pobló como está ahora, no pudo haber alguna. Ni los hombres se llevan al otro mundo la agua que beben en éste, ni los brutos, y plantas la aniquilan. Toda se queda acá haciendo una continua circulación. Hombres, brutos, y plantas están evaporando incesantemente lo que beben, y lo que exhalan, subiendo a tal, o tal altura de la atmósfera; y agregándose a los demás vapores, que ministran la Tierra, y el Mar, contribuyen por su parte a la formación de las nubes. Donde se debe entender, que aquí se incluye lo que evaporan las heces excretadas, y los mismos cadáveres. Para la circulación, que en esta agua establezco, [210] supongo la doctrina( y Vmd. debe tenerla presente) que he dado en el Teatro Crítico, Tom. V, Disc. XIV, de la Intransmutabilidad de los Elementos.

11. Por todo lo dicho estoy muy lejos de asentir a que los detrimentos, que Vmd. me dice padecer, vengan, ni en todo, ni en parte del principio a que Vmd. los atribuye. Como Vmd. no me expresa qué detrimentos son esos, no puedo discurrir sobre sus causas. Pero ciertamente sé, que no lo es la diminución de las aguas del Mar. Ese Puerto ha, por lo menos, dos mil años que es Puerto; pues en Livio, Decad. 3, lib. 8, leo, que teniendo Magón, hermano de Anibal, las Naves, que componían la Armada Cartaginesa, en Cádiz, el Senado le mandó transferirlas a Italia. Y verosímilmente fue Puerto algunos siglos antes, si es verdad lo que dice Plinio, que ese Pueblo fue fundación de los Tirios, que como gente muy dada a la navegación, y al comercio, no harían una fundación tan lejos, sino donde pudiese recibir sus Naves. Si el Mar, pues, no se apartó de Cádiz en tantos siglos, injusto es el temor de Vmd. de que en la sucesión de algunos pocos le abandone.

12. ¿Mas qué sería si a Cádiz le amenazase un daño diametralmente opuesto al que Vmd. temo; esto es, que en vez de retirársele el Mar, se vaya avanzando sobre su terreno más, y más cada día? No piense Vmd. que en esto hablo al aire, o por mera adivinación. La cláusula que se sigue, que es de Tomás Cornelio, en su Diccionario Geográfico, hablando de Cádiz, me inspira este recelo: La tierra se ensancha un poco a media legua de la Ciudad, y parece que el Mar ha llevado mucha, pues la Iglesia, que en otro tiempo se veía en el centro de Cádiz, hoy está sobre el borde del agua, la cual ha minado ya la mitad del Palacio Episcopal, y una parte de él (la Cour dice el Autor, indiferente para significar el patio, o la Curia; esto es, aquella parte del Palacio donde se da audiencia) cayó en el Mar el año de [211] 1603. Si la Iglesia está hoy al borde del Mar, como dice este Autor, y antes estuvo en medio del Pueblo, lo cual constará fácilmente por los monumentos de Cádiz, el riesgo no está en que Cádiz pierda su Mar por alejársele; antes al contrario, en que el Mar pierda a Cádiz por acercársele demasiado.

13. Yo no sé lo que en cuanto a esto pasa, o pasará en Cádiz, pero sé que esto pasa, o ha pasado en muchas partes; quiero decir, que el Mar avanzándose sucesivamente sobre sus orillas, ha sumergido varios Pueblos. Fuera de los ejemplares, que propuse en el Tom. V del Teatro, Disc. XV, las Provincias Unidas nos ministran otros aún hoy muy visibles, descubriéndose sobre las ondas sólo las puntas de algunos campanarios, y por ellos la sumersión de los lugares, cuya parte fueron un tiempo. Entre estas ruinas, la de la Isla de Tolen, una de las que antes componían la Provincia de Zelanda, es de muy reciente data. El año de 1682, echándose el Mar sobre ella, se la robó a los Zelandeses.

14. Muy mal discurrirá quien sobre estos hechos quiera fundar un sistema contrario al de Vmd. pretendiendo, que las aguas del Mar sucesivamente van creciendo en cantidad, y robando más, y más tierra cada día. La razón es, porque lo que roban en una parte, lo restituyen en otra. Si aquí se van avanzando sobre las orillas, acullá van recediendo de ellas. En el lugar citado propuse también varios ejemplares de estos, y entre ellos uno, que yo he observado en esta Costa de Asturias. El célebre Mr. de Fontenelle (Hist. de la Academia de 1707, pág. 6) infiere de aquí con otros Filósofos, que el Mar tiene un movimiento general, y continuo, aunque muy lento, por el cual pasa poco a poco de unas tierras a otras. Pero no veo, que el fenómeno precise a este sistema, pudiendo explicarse comodísimamente con la elevación del suelo que deja, y depresión del que de nuevo ocupa. Es cosa manifiesta, [212] que en varias partes ha bajado considerablemente un pedazo de terreno. En la Historia de la Academia de 1699, págin. 24, se lee, que en el Delfinado varios lugares, que recíprocamente se ocultaban antes a la vista, por estar más elevado que ellos el terreno intermedio, hoy se descubren mutuamente, porque el suelo interpuesto se ha bajado. A una corta legua de Río Seco hay un Monasterio nuestro, que por su Patrono llaman de San Mancio. Descúbrese de él enteramente el Lugar de Río Seco. Pero siendo yo mozo, me aseguraron, como cosa de evidente notoriedad en el País, que cincuenta, o sesenta años antes sólo se descubrían desde San Mancio las puntas de las Torres de Río-Seco. Los Ríos, o corrientes subterráneas pueden hacer este efecto, y en las orillas del Mar, y en las Islas puede hacerle el mismo Mar, introduciéndose por algunos canales.

15. La elevación de otras orillas se puede explicar de tres maneras: una suponiendo el movimiento peristáltico de la Tierra, de que di noticia en el Suplemento del Teatro, página 287, y 288. Pues como con él va arrojando la Tierra algunas materias de la profundidad a la superficie, puede ésta elevarse, o recibir aumento de altura con la sobreposición de ellas. La segunda, diciendo, que los fuegos subterráneos, enrareciendo algunas materias en las entrañas de la Tierra, para darles lugar en aquel estado de mayor extensión, obligan a ceder hacia arriba a las exteriores. La tercera, más natural, y más acreditada por la experiencia, es atribuir la elevación de las orillas a la arena que el mismo Mar va arrojando a ellas.

16. Las observaciones propuestas, y otras, que omito ahora, me persuaden, que aquel Sapientísimo Criador que todas las cosas hizo con número, peso, y medida, fabricó esta máquina del Orbe, equilibrando las fuerzas encontradas, que obran en ella: de modo, que recíprocamente cedan, y excedan unas a otras, para que así se conserve el mundo aquel número de siglos, que su [213] providencia ha establecido, hasta que, según la profecía de San Juan (Apocalipsi 21.), desbaratándose en algún modo la máquina, se formen nuevo Cielo, y nueva Tierra, que por consiguiente en este número de siglos no habrá alguna gran inmutación en los límites de la Tierra, y Mar, tomados en su totalidad. Pero si la disposición maquinal, que Dios dio al mundo, es tal, que en virtud de ella se pueda conservar el Globo Terráqueo hasta cualquier número de años, o de siglos, sin que los límites de al Tierra, y Mar se confundan enteramente, es lo que yo no me atreveré a asegurar. Antes me inclino a lo contrario; mas no por el extremo que Vmd. recela, sino por el opuesto. Vmd. teme que el Mar, por la continuada conspiración de sus aguas, vaya apartándose de las tierras, y recogiéndose a un seno más, y más estrecho. Yo al contrario imagino, que si los límites de los dos elementos se han de perder, o barajar, ha de ser porque el Mar se arroje sobre las Tierras, y extienda en ellas su imperio.

17. Ya ve Vmd. que esta opinión mía es hipotética, y precisiva de lo que libremente ha establecido la Divina Providencia. Supongo con el común sentir de los Padres, conforme a varios textos de la Escritura, que el mundo, que habitamos, no ha de ser arruinado por agua, sino por fuego. Supongo, que por lo menos antes del Juicio final (que con esta restricción entienden algunos Doctores la promesa de Dios, que leemos en el capítulo 9. del Génesis, vers. 15) no ha de padecer la Tierra segundo Diluvio. Supongo, en fin, que en cuanto a la totalidad del Globo Terráqueo subsiste hoy, y subsistirá hasta el Juicio final aquella ley impuesta por Dios al Mar (Job capítulo 38, & Proverb. 8.) para que se contenga dentro de sus límites. Pero pretendo, que prescindiendo de estas suposiciones, el Mar, muy lejos de estrechar sus límites, como a Vmd. le parece, los irá extendiendo cada día más, y más hasta dominar toda la Tierra. [214]

18. Esto se prueba por el visible detrimento, que la Tierra está continuamente padeciendo a impulso de las aguas, que caen del Cielo, las cuales sin cesar están rayendo su superficie, y llevando por los Ríos mucha porción de ella al Mar. Estos despojos de la Tierra ceden en beneficio del otro elemento, no porque aumenten su caudal, sino porque crece con ellos su suelo; y creciendo el suelo, sube a mayor altura la agua. De modo, que en atención a este regularísimo fenómeno, parece preciso confesar, que la Tierra continuamente baja, y el Mar continuamente sube. Luego no disponiendo la Divina Providencia otra cosa, sucedería, que pasado tal, o tal número de siglos, la Tierra se vería enteramente inundada del Mar.

19. Para obviar esta consecuencia, sería menester mostrar, que la agua por alguna vía restituye a la Tierra lo que la roba. Pero yo no veo por dónde se haga esta restitución.

20. Confírmase esto fuertemente con una observación del Conde de Marsilli, el cual en un Escrito, que dedicó a la Academia Real de las Ciencias el año de 1710, con el título Ensayo de Física sobre la Historia del Mar, afirma, que su lecho sucesivamente va creciendo con varias incrustaciones compuestas de arena, lodo, conchas, sales, &c. que la glutinosidad del Mar une, y endurece; de modo, que en algunas partes distinguen los Pescadores las incrustaciones anuales. Este incremento sucesivo del lecho del Mar, por los mismos principios, que se fue haciendo hasta ahora, es preciso se vaya continuando en adelante, hasta ponerle en igual altura que la Tierra; y entonces se verificará lo de Ovidio:

Omnia pontus erat, deerant quoque littora ponto.

21. Es preciso esto, digo, como consecuencia de los expresados fenómenos. Pero el hecho nunca se verá, o ya porque Dios tiene infinitos medios con que impedir este daño, o sin recurrir a ellos, porque antes que pase aquel número de siglos necesario para la general [215] inundación, vendrá Dios a juzgar vivos, y muertos, y entonces anticipará el fuego la ruina que amenaza el agua.
Esto es cuanto se me ofrece sobre la cuestión que Vmd. me propone, a quien serviré gustoso en todo lo demás que quiera ordenarme, &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo segundo (1745). Texto tomado de la edición de Madrid 1773 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión), páginas 206-215.}


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