La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo segundo
Carta Décima

Causa del frío en los montes muy altos


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1. Muy Señor mío: La cuestión que V. md. me propone, se halla resuelta en infinitos libros; pero tan mal resuelta en los más, y aun acaso en todos, que no debo extrañar, que aunque Vmd. los haya leído, nada satisfecho de la solución, solicite otra [131] más verosímil. La más vulgarizada, y que viene a ser común entre los Filósofos, que de tales apenas tienen más que el nombre, es, que la reflexión de los rayos del Sol no llega a la segunda región del aire, donde están colocadas las cumbres de los más altos montes.

2. Pero lo primero, esta respuesta cae sobre un supuesto falso. La reflexión, que los rayos del Sol hacen en la tierra, no sólo llega a la media región del aire, mas aun a la suprema. Prueba concluyente de esto es, que la reflexión, que hacen en la Luna, llega hasta nosotros, y no es posible señalar razón alguna para que ésta se extienda a la distancia de sesenta, o setenta mil leguas Españolas, y aquélla no alcance ni aun a una legua de distancia.

3. Lo segundo, aunque el supuesto fuese verdadero, la solución sería insuficiente. La razón: Suponiendo que la reflexión de los rayos Solares no alcance a aquella altura, donde suben las cumbres de los montes más altos, todo lo que se puede deducir de ahí es, que en aquellas cumbres no se sienta en el mayor ardor del Estío más que la mitad del calor, que se siente entonces en los valles. En éstos calientan los rayos directos, y los reflejos; a la altura de una legua sólo calientan los directos: luego aún suponiendo, que los rayos reflejos calienten tanto como los directos, lo que es dudoso, y aun si se habla de una igualdad exactísima, absolutamente falso, sólo faltará en aquella altura la mitad del calor, que se experimenta en los valles: por consiguiente en la mayor fuerza del Estío se sentirá en el ambiente inmediato a la cima de los más altos montes una temperie media, como la de Primavera, y el Otoño. Pero esto es contra la experiencia, que hizo sentir varias veces a los que subieron a cumbres muy altas en los meses de Julio, y Agosto, para observar en ellas la altura del Barómetro, a fin de calcular la de la atmósfera, un frío muy intenso, e igual al que se siente en los valles en el mayor rigor del Invierno. Tal le padeció uno, [132] que a este fin subió pocos años ha al monte llamado Pui de dome, que está en la Provincia de Augverne; siendo así que este monte, aunque muy alto, pues tieno 810. brazas de altura perpendicular, no es de la mayor elevación. Dentro de la misma Provincia el monte Cantal tiene 984. El que llaman los Naturales Mont-dor 1030. Y el Monte Ventoso 1036. Mr. de la Martiniere se engañó cuando dijo, que el Pui de dome es el monte más alto de la Augverne. En esta Provincia hay cinco más altos, que el Pui de dome. Véanse las Memorias de la Academia Real de las Ciencias del año de 1703. Y aun estos son muy inferiores a algunos de los Pirineos, especialmente al que los Franceses llaman Canigou, y los Catalanes Canigó, en el Condado de Rosellón, que se eleva perpendicularmente 1440. brazas. Por las últimas observaciones de los Matemáticos Franceses se ha sabido, contra lo que antes se creía comúnmente, que los Pirineos son más altos que los Alpes. En efecto, no hay en éstos cumbre alguna tan elevada como la del Canigó.

4. Más. El ambiente inmediato a las cimas de los montes más altos es herido, no sólo de los rayos directos, mas también de los reflejos; de aquéllos, en su incidencia a la cumbre; de éstos, al resaltar, o reflejarse de ella: luego si no hubiese otra razón, tanto calor se sentiría en aquella altura, como en el valle. En la gran cordillera de los Andes hay llanuras de muchas leguas, donde el Sol puede reflejar tan bien como en las más humildes campiñas; sin embargo, es en aquellas mismas llanuras, por razón de su agigantada eminencia, tan intenso el frío, que repentinamente privó de la vida a muchos de los que viajaban por ellas. Añádase, que cuanto más alto fuere el monte, tanto menor porción de atmósfera tienen que penetrar los rayos para herirle, por consiguiente llegarán a él con mayor actividad que a los valles.

5. Rechazada así concluyentemente, a lo que yo [133] pienso, la solución vulgarizada de la dificultad, paso a examinar otras, que he visto en algunos Autores. El Padre Dechales tentó recurrir a la dispersión de los rayos reflejos, la cual tanto es mayor, cuanto en su regreso se desvían más de la tierra, y por consiguiente producen menos calor. Mas advirtiendo luego, que esta dispersión a una, y aun a dos leguas de altura es levísima, desconfiando del recurso, vino a dejar la cuestión indecisa. Es cierto, que reduciendo las cosas a cálculo, se hallará, que la dispersión de los rayos reflejos a una, y aun dos leguas de altura no les puede añadir, ni aún una vigésima parte de extensión al espacio que ocupaban en la vecindad de la tierra; con que esta dispersión para el caso es lo mismo que nada. Añado, que si, como he probado, la carencia total de rayos reflejos, aun admitida, no satisface, mucho menos satisfará la dispersión de ellos, sea la que fuere.

6. El Tolosano Francisco Bayle pensó resolver la cuestión, diciendo, que los vapores, que exhala la tierra, y calienta el ambiente vecino a ella, no ascienden a la altura, en que están las cumbres elevadas, y de aquí pende el frío, que en ellas se experimenta en todos tiempos. Pero yo no sé cómo este Filósofo pudo suponer un hecho, cuya falsedad se viene a los ojos. No hay monte alguno en el mundo, sobre cuya eminencia no se levanten los vapores de la tierra, porque ninguno hay donde no llueva, y nieve. En la cordillera de los Andes, que es altísima, nieva furiosamente, como experimentó, según refiere Herrera, Don Diego Almagro, el padre, al pasarla, y adonde dejó muchos de sus Soldados muertos de frío. El Pico de Tenerife, que muchos reputan ser la más alta montaña del Orbe, se ve muchas veces cubierto de nieve. Lo mismo sucede al Olympo, como testifican algunos Viajeros del Oriente, entre ellos el celebre Botanista Pitón de Tournefort en el Tomo 2 de su Viaje de Levante. Así ningún erudito duda ya de que es fábula lo que se halla en algunos Escritores [134] antiguos, de que de un año a otro se conservaban en su cumbre las cenizas de los sacrificios tan indemnes de lluvias, y vientos, que se mantenían siempre legibles los caracteres impresos en ellas.

7. Yo convendré en que los vapores, en subiendo a mucha altura, se enfrían. ¿Pero quién los enfría? Alguna causa se ha de señalar; y cualquiera que se señale, a esa se deberá atribuir al frío de la segunda región, y no a los vapores, y mucho menos a la carencia de vapores.

8. En fin, novísimamente el discreto Autor del Espectáculo de la Naturaleza, echó por un rumbo bastantemente delicado. Así fuera él igualmente sólido. Dice éste, que los rayos del Sol, son pura luz sin fuego; así, ni son cálidos, ni calientan por sí mismos, sino moviendo el fuego, que hay acá en la tierra, la cual es como domicilio suyo; y por tanto, no hallándole en la segunda región del aire, la deja en la nativa frialdad de este elemento.

9. Varias razones no me permiten admitir esta nueva Física. La primera es, que subiendo los vapores de la tierra a la segunda región, no puede menos de acompañarlos hasta allí mucha porción de fuego. La prueba de esto se toma de que el vapor no es otra cosa, que la agua resuelta en tenuísimas partículas. Pero siendo éstas de mucha mayor gravedad específica que el aire, ¿cómo pueden elevarse sobre él a tanta altura? No hallaron los Filósofos modernos otro modo de satisfacer esta dificultad (que los antiguos ni aún pusieron en ella los ojos), sino discurriendo, que a cada partícula de agua va adherente otra de fuego; pero mucho mayor que aquella, o envolviéndola, o envuelta en ella, como en una delicadísima ampollera; de modo, que el complejo de las dos sea más leve que igual volumen de aire, y por eso monte sobre él: al modo que un clavo adherente a una tabla nada sobre el agua; porque aunque el hierro es mucho más pesado específicamente [135] que ella, el complejo de madera, y hierro es más leve que igual volumen de agua. En cuyo discurso se supone con razón, que el fuego purísimo, cual se juzga el del asunto, es mucho más leve que el aire.

10. Segunda razón. Los mixtos de las montañas más altas tienen partículas ígneas, del mismo modo que los de los valles: la ilustración del Sol en ellas, no sólo es igual, pero aun mayor que en los valles, por razón de cortar menos cantidad de atmósfera: luego si el oficio de la luz Solar sólo es agitar las partículas del fuego, daría, no sólo igual, pero aún mayor agitación a las partículas ígneas, que encuentra en las montañas, que a las de los valles: por consiguiente, según el sistema de este Autor, más calor se sentiría en las montañas muy altas, que en los valles. Sólo necesita de prueba la primera proposición, y la pruebo así:

11. La leña de las montañas, por altas que sean, tan combustible es, también se inflama, tanto, y tan buen fuego hace como la de los valles: luego tantas partículas ígneas tiene como la de los valles, pues la inflamación, según la sentencia comunísima, no consiste más que en la violenta agitación de las partículas ígneas, que hay en los mixtos; por consiguiente, donde con el mismo agente, esto es, el fuego aplicado, resulta igual inflamación, se debe suponer igual cantidad de partículas ígneas. El que la leña de las montañas, en que la hay, se inflama tanto como la de los valles, es experimental. Yo ví hacer fuego diferentes veces en las tres altas montañas del Cebrero, Latariegos, y Pajares, y ardía la leña admirablemente. Ni se me oponga, que estas montañas, aunque muy altas, no lo son tanto como el Cáucaso, el Ararat, el Canigo, y otras, pues la altura que tienen, ya que no baste para que carezcan tanto de partículas ígneas, como las altísimas, bastaría para que tuviesen muchas menos que los valles, si la nueva Física del Autor fuese verdadera.

12. Tercera razón. El hombre es un mixto, que consta [136] de muchas partículas ígneas, las cuales no pierde subiendo a un monte altísimo; antes bien, cerrándole los poros el frío, las conservará mejor. Pongamos que llegue a la cima en un día muy claro, estando el Sol bastantemente elevado sobre el Horizonte. Aquí tenemos sujeto, o paso, que abunda de partículas ígneas. Tenemos también el agente, que, según la doctrina del Autor, las pone en movimiento; esto es, la luz del Sol, y tal luz, que por debilitarse menos en la atmósfera, deber ser más activa, que la que hiere en los valles. ¿Por qué, pues, no se ha de calentar este hombre tanto en la cima de un monte altísimo, como en un valle? No sucede así: luego es otra la causa.

13. Sin duda es otra, y no me parece difícil descubrirla. Hay grandes apariencias, y aun más que apariencias, de que la segunda región del aire abunda mucho de un nitro volátil, pues se ve que la nieve, y el granizo, que se forman en ella, tiene mucho nitro. ¿Pues qué más causa que esta es menester para que en las montañas muy altas se sienta mucho frío? Todos los Filósofos experimentales reconocen en el nitro facultad congelativa, lo que atribuyen los Filósofos teóricos a que introduciendo sus puntas en los poros, cierra en parte la entrada a la materia sutil; y acaso se podrá atribuir mejor a que ocupando los poros, comprime las partículas de los cuerpos, y con esa compresión impide su movimiento intestino.

14. Confírmase esto con la experiencia de una caverna, que hay cinco leguas de Basanzón, donde la agua se hiela en el Estío, y se deshiela en el Invierno, de cuyo raro fenómeno descubrió la causa Mr. de Billerez Profesor de Anatomía, y Botánica en la Universidad de Besanzón; y no es otra, que cierta especie de sal nitro, de que hay abundancia en la tierra, que está sobre la bóveda de la caverna, y éste, puesto en movimiento por los calores del Estío, se mezcla con la agua, que penetra la tierra, y rimas de una roca, [137] sobrebrepuesta a la caverna; y de aquí viene helarse la agua en ella.

15. Los Filósofos, que aún están encaprichados de la deplorada opinión del Antiperístasis, a éste atribuirían aquella congelación. Pero es menester que nos digan, por qué en otras cavernas, igualmente, y aun más profundas que la de Besanzón, no se experimenta lo mismo, pues la razón del Antiperístasis en todas milita igualmente; antes bien el Termómetro ha manifestado con la mayor evidencia, que la agua de las cavernas, y pozos por lo general está más fría en el Invierno, que en el Estío; de que yo también hice algunos infalibles experimentos. Tengo especie de haber leído en las Memorias de Trevoux de otra caverna, que hay en Alemania, la misma propiedad que tiene la de Besanzón. Como quiera, es cierto, que en rarísimo sitio subterráneo se experimenta más frío en el Estío, que en el Invierno: por consiguiente esto se debe atribuir a alguna causa particular, y no a la del Antiperístasis, que si fuera la verdadera, en todos los sitios subterráneos de alguna profundidad se experimentaría lo mismo. En la China se dice, que hay tres ríos, cuyas aguas, por la misma causa de la fusión del nitro, se hielan en el Estío, y no en el Invierno.

Nuestro Señor guarde a Vmd. &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo segundo (1745). Texto tomado de la edición de Madrid 1773 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo segundo (nueva impresión), páginas 130-137.}


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