La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo primero
Carta XLI

Sobre los Duendes


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1. Mi amigo, y señor: Si Vmd. que es tan amante mío, lee con tanta indiligencia mis Escritos, que de ella resulta no enterarse a veces de mi dictamen, o formar un dictamen muy distante del mío; ¿qué puedo esperar de los que me miran con indiferencia? ¿Qué de los desafectos? ¿Qué de los ínvidos?

2. Háceme Vmd. cargo de haber negado absolutamente, y sin restricción alguna la existencia de Duendes; y suponiéndome esta máxima, la impugna con la reciente Historia del famoso Duende de Barcelona, y con las noticias, que de otros da Alejandro de Alejandro en sus Días Geniales. Ruego a Vmd. vuelva los ojos al Discurso en que trato de los Duendes, leyéndole con reflexión, y verá, que no hay en él tal negativa universal; pues hallará una limitación considerable al número 27, y en el 28 una protesta, de que, no profiero (en el asunto) sentencia definitiva, y general, que sea incapaz de toda excepción. Debajo de esta [310] advertencia me queda abierto camino para admitir como verdadero (realmente le tengo por tal) el hecho del Duende de Barcelona, y otro tal cual caso rarísimo, en que concurran igual número, y calificación de testigos.

3. Si yo quisiese usar de una Crítica cavilosa en el examen del suceso de Barcelona, podría acaso rebajarle el grado de dudoso; porque al fin, ¿qué inverosimilitud hay en que entre seis, u ocho Militares, gente por lo común de humor alegre, se formase una cábala, para fingir, y publicar un suceso, en que no consideraban alguna dañosa, o peligrosa resulta, y en que por otra parte interesaban aquel placer, común a los fabricantes de cuentos extraordinarios, de ver propagarse el embuste, y dar que hablar a todo el mundo? Los Militares, que se citan como testigos oculares, eran, o son, yo lo confieso, Nobles todos por nacimiento, y por oficio. Pero esta circunstancia en un hecho, en que no intervenía perjuicio de tercero; sólo califica su testimonio, digámoslo así, en el fuero externo, y de botones afuera. Está tan lejos de tenerse en el mundo por injuria, aun respecto de personas de la más alta calidad, si no gozan la opinión de virtud muy severa, los que atestiguan sin juramento en casos irregulares, de cuya creencia no puede resultar daño alguno; que no pocos hacen vanidad de tener para ellos una feliz inventiva, y se complacen mucho de ver creídas sus ficciones.

4. A esta consideración, que en alguna manera debilita, para de botones adentro, la testificación de los citados Militares, pudiera agregar la reflexión de que las travesuras con que el Duende molestaba al Oficial, sujeto principal de la Historia, tienen todo el aire de aquellos juguetes, con que algunos hombres de humor, tal vez por burla, y chasco, procuran poner en terror, y confusión a otros; y no parece muy adaptable este carácter a las hostilidades que la Divina Providencia permite al Enemigo del Género humano, para castigo, enmienda, o ejercicio de los hombres. Si los Duendes fuesen lo que se imaginó el Padre Fuente Lapeña, esto es, ni Angeles buenos, ni Demonios, ni Almas separadas [311], sino cierta especie de Animales aéreos, no serían impropias en ellos las travesuras, que se refieren del Duende de Barcelona. Mas la invención de estos Animales aéreos tiene contra sí la terrible objeción, que he propuesto en el citado Discurso sobre los Duendes. núm. 2.

5. Estas reflexiones podrían, como he dicho, servir a una crítica cavilosa, si yo quisiese usar de ella, para revocar en duda el suceso del Duende de Barcelona. Pero basta confesar, que sólo una crítica cavilosa puede representarle dudoso, para significar que le admito como cierto. En efecto, es así, y así lo dicta la buena razón. La incertidumbre, que puede inferir aquellas consideraciones, sólo es incertidumbre metafísica, la cual es transcendente a cuantos sucesos creemos por fe humana, y en ningún modo obsta la certeza moral. Si el testimonio de seis, u ocho testigos oculares se puede repudiar como insuficiente, no más que porque es absolutamente posible que mientan, en tinieblas vivimos todos los hombres para cuanto pide la sociedad Política, y Moral.

6. ¿Pero obsta la certeza de aquel suceso a la verdad de lo que he estampado en el Discurso de los Duendes? En ningún modo: pues aunque afirmo, y afirmaré siempre, que comunísima, y regularísimamente las travesuras que se atribuyen a Duendes, son efecto, no de la malicia de los Demonios, sino del artificio de los hombres, admito la excepción de uno, u otro caso rarísimo, cual lo es el de Barcelona. Y en efecto, éste es tan raro, que entre innumerables cuentos que he oído de Duendes, es el único, a quien me considero deudor del asenso. Por tanto, como para gobierno de los hombres se debe hacer juicio, por lo que regularmente sucede, siempre que ocurra alguna apariencia de Duende, se debe reputar trampa, o embuste, ordenado al maligno placer de intimidar los habitadores de la casa, o a fin más malicioso.

7. Ni exceptúo de la regla general los casos que refiere Alejandro de Alejandro. Tres son los que escribe este Autor. El primero es de una casa que había en Roma, la cual [312] en su tiempo era casi todas las noches tan infestada de apariciones de espectros, o fantasmas, que nadie se atrevía a habitarla; añadiendo, que esto era cosa vulgarizada en aquella gran Ciudad: Equidem memorabile hoc, & quod mirum videri postet, nisi pervulgata res esset, aedes quasdam Romae evidentissimis ostentis ita infames, ut nemo illas incolere ausus fuerit, quin variis umbrarum illusionibus, & tetris imaginibus, noctibus fere singulis inquietetur. Pero no dándose prueba del hecho más que un rumor popular, del cual pudo ser Autor algún embustero, que hiciese estrépito algunas noches en aquella casa, ¿qué obligación tenemos a dar más crédito a este cuento, que a otros muchos de Duendes, o Fantasmas que se esparcen en varios Pueblos? Fuera de que tiene bastante disonancia el que Dios permitiese, u obligase al Demonio a anidarse habitualmente en aquella casa, sin otro fin aparente más que el de hacerla inhabitable.

8. El segundo caso es, el que dice le contó de experiencia propia un Amigo suyo llamado Gordiano, a quien califica de hombre muy fidedigno, spectatae fidei homo. Redúcese la Historia, a que caminando este Gordiano, acompañado de un doméstico suyo, a Arezo, Ciudad de la Toscana, y perdiendo el camino, se vieron los dos precisados a entrar por un territorio umbroso, áspero, y desierto, hasta que acercándose la noche, se sentaron rendidos de la fatiga: que a este tiempo, oyendo una voz humana que sonaba algo distante, se encaminaron hacia ella, pensando hallar alguno que los guiase el camino; pero lo que después de andado algún trecho hallaron, fue cuatro horribles, y agigantadas figuras, como de disformes Cíclopes, que les decían se acercasen a ellos: de lo que aterrados los dos Caminantes huyendo con precipitada fuga, lograron al fin el abrigo de una choza.

9. Porque diga el Autor, que su Amigo Gordiano era hombre fidedigno, no pienso que estamos obligados a creerle. Todos los que refieren alguna Historieta que saben de oídas, y desean ser creídos; dicen que la tienen de persona, o personas fidedignas. El contexto de la relación tampoco es [313] de los más verosímiles. Aquellos figurados Cíclopes se pretende que eran Demonios. ¿A qué fin habitan éstos aquel lugar desierto donde sólo por un accidente rarísimo hallarían a quien dañar? ¿Eran los dos Caminantes más ágiles que los Demonios, que no pudieron estos seguirlos, y alcanzarlos? ¿Podrá acaso decirse, que estaban ligados en aquel sitio, como en el Libro de Tobias se lee, que el Angel San Rafael ligó al Demonio Asmodéo en el desierto de Egipto superior? Pero sobre que este es un hecho extraordinarísimo, que por tal no facilita la creencia de otros semejantes, sino intervienen testimonios segurísimos, de este modo ya aquellos Demonios no pertenecen, a la cuestión que tratamos; esto es, no eran Duendes, pues eran unos Demonios atados, y los Duendes son unos Diablos muy sueltos.

10. El tercer caso puede dar más cuidado, porque se presenta en él el mismo Autor, como testigo ocular. Dice, que estando enfermo en Roma, súbitamente se le presentó (no expresa si de día, u de noche) delante del lecho en que yacía, una mujer muy hermosa, a cuya extraordinaria aparición, dudando al principio si era sueño, o realidad, después que se aseguró bien de que estaba despierto, y sus sentidos perfectamente despejados, le preguntó a la mujer, quién era; a lo que ella, como haciendo mofa, no dio más respuesta, que repetir la misma pregunta que él hacía; y después de mirarle atenta un largo rato, se fue.

11. Yo no sé realmente, si Alejandro de Alejandro profesaba una severísima veracidad; porque una veracidad ordinaria, o no más que mediana, no es bastante fundamento para creer cosas extraordinarias; pues, como ya he advertido, no en una parte sola del Teatro Crítico, el fingir, y publicar portentos trae consigo una especie de delectación, que tienta fuertísimamente aun a hombres bastantemente amantes de la verdad, y que en orden a objetos regulares, no faltan a ella. Esto quiere decir, que entretanto que no nos consta, que el Autor citado fuese de una sinceridad incontrastable, no estamos obligados a creerle aquella aparición. Esto digo, en caso que fuese aparición; porque de las palabras [314] del Autor no se infiere con certeza, que realmente lo fuese, sí sólo, que él la tuvo por tal. Pudo aquella mujer entrar en el cuarto sin que él lo advirtiese, por estar distraído, o medio dormido, y vuelto el rostro a la parte opuesta, y por tanto, creer falsamente, que en el mismo aposento se había formado aquella bella imagen. Al acabarse la vista, no se explica en términos que suenen que se desvaneciese, u desapareciese en la forma que se deshace la presencia de los espectros: Cum diu, dice, me fuisset intuita, discessit. Y la voz discessit más significa, que la mujer salió por sus pasos contados de la cuadra, que desaparición repentina.

12. Pero quiero dar las dos cosas; conviene a saber, que ni el Autor mienta, ni el objeto presentado fuese real, y verdadera mujer. Pretendo, que ni aun admitido uno, y otro, se sigue existencia de Duende en el caso propuesto. ¿Pues qué salidad hay? Voy a decirlo: ya se vio arriba, que estaba el Autor enfermo; y su modo de explicarse da a entender bastantemente, que la enfermedad era grave; Cum Romae aegra valetudine oppresus forem. De una enfermedad leve, o que no es grave, nadie que hable con propiedad, dice, que está oprimido de ella. Debemos, pues, suponer fiebre algo intensa, la cual admitida, ¿qué cosa tan verosímil, que por lesión de la imaginativa (síntoma, que ya como permanente, ya como pasajero, interviene en muchas fiebres) se le representase como puesto a sus ojos un objeto, que en ningún modo existía?

13. Sucediome, que estando enfermo en nuestro Colegio de Salamanca con una fiebre que me duró algunos días, uno de ellos, un Condiscípulo, reconociéndome congojado de la sed, y sabiendo que era yo muy goloso de leche, me trajo a hurtadillas una porción de este amable licor en una vasija de vidrio; y dejándomela en la Celda sobre una mesa poco distante de la cama, se fue. Puse los ojos en el vidrio, y se me representó con la expresión más viva, ser el licor contenido vino tinto. Por más que por un buen rato apliqué la vista con cuanta intensión pude, el color de dicho vino en toda perfección percibí, y nada más. Quedándome no obstante [315] algún recelo de que fuese ilusión ocasionada de la fiebre, por cuanto dificultaba, que el Amigo (que era hombre en todo su proceder muy natural) me hiciese la burla de presentarme vino en vez de leche, tomando el vidrio le apliqué al labio; y protesto, que hasta que en el paladar percibí claramente el sabor de la leche, no conocí que lo fuese.

14. Si a alguno se hiciese difícil, que produciendo la fiebre aquella lesión en la imaginativa, dejase al alma capaz de hacer la reflexión, de que la representación de vino sería acaso efecto de la misma lesión, le preguntaré, ¿qué más dificultad tiene esto, que el que uno, que durmiendo ve a su parecer claramente tal, o tal objeto, sin despertar, entra después por reflexión en la duda de si acaso aquello era sueño. Sin embargo, no sólo hice esta reflexión en sueños muchas veces, mas también a varias personas oí también haberla hecho.

15. Habrá acaso también quien discurra, que el error no provino entonces de la imaginación, sino de los ojos, donde pudo la fiebre causar alguna alteración, por la cual el color de la leche se representase como de vino tinto. Pero contra esto hay, que en el color de todos los demás objetos no percibí inmutación alguna. La blancura de las sábanas, casi semejante a la de la leche, se me presentó entonces como siempre.

16. Este caso es el único que me ha ocurrido para símil del Alejandro de Alejandro, omitiendo, como impertinentes al asunto, los delirios comunes de los fabricitantes; porque debo suponer, que no fue de esta especie el de aquel Autor; de cuya relación se debe colegir, que para todos los demás objetos, y en todo el resto de la enfermedad gozó libres, y despejadas sus potencias internas.

17. Al mismo principio (aunque también a otro distinto) se puede reducir otro suceso, que anteriormente a los dichos refiere el mismo Autor; y aunque suena aparición de difunto, con más razón, en caso de que hubiese realidad en él, se podría reputar cosa de Duende. El caso es como se sigue:

18. Cierto Noble Romano, hallándose muy apurado de sus males, trató de ir a tomar unos baños que hay cerca de [316] Nápoles, esperando algún beneficio de ellos. Acompañóle en el viaje un íntimo Amigo suyo; pero en el camino se agravó tanto la enfermedad al doliente, que fue preciso darse a la cama en un Mesón, donde murió dentro de pocos días. Cuidó de las exequias el Amigo; y de todo lo demás, que en aquel lance convenía. Hecho lo cual, se puso en camino para volver a Roma. En la noche del primer día de jornada, habiéndose dado al reposo del lecho, antes de entrar en el sueño, casi con el mismo macilento semblante con que le había visto poco antes de morir, se le apareció su difunto Amigo. Preguntóle, aunque casi enteramente fuera de sí con el miedo, quién era; pero él aparecido, sin responder palabra, desnudando el vestido, se le entró en la cama, acercándose a él en ademán de abrazarle. Aquí el vivo, casi tan muerto de pavor como el muerto, hizo algún impulso para apartarle de sí, desviándose al mismo tiempo a la opuesta margen de la cama; de lo cual indignado el difunto; después de mirarle con semblante ceñudo, como increpando su desdeñoso, y grosero proceder, salió de la cama, y volviendo a tomar su vestido, desapareció. Añádese en la relación, que habiendo tocado el difunto con un pie al Amigo, le sintió éste tan intensamente frío, que ningún hielo le pareció comparable a aquella frialdad. Lo que resultó de la aparición fue, que el Amigo del muerto, por el gran terror que padeció, al punto enfermó tan gravemente, que llegó a verse constituido en la última extremidad, y casi total desconfianza de vivir.

19. Esta Historia, dice también Alejandro de Alejandro, que se la refirió el mismo sujeto de ella, añadiendo asimismo, que tenía muy experimentada su buena fe. A que podemos aplicar la misma reflexión, que arriba hicimos sobre el cuento de Gordiano, porque milita la misma razón.

20. Ya arriba dejo dicho, que este suceso, si se quiere admitir como verdadero, aunque suena aparición de muerto, con más seguridad se debe reputar juguete de Duende, que quiso hacer el papel de difunto. Las apariciones de difuntos piden, no sólo permisión, mas acción positiva de la Divina [317] Providencia; y no como quiera, sino de una Providencia extraordinaria. ¿Quién creerá, que Dios, obrando contra las reglas de su ordinaria Providencia, dispone la aparición de un difunto a un amigo suyo, no para otro efecto, que aterrarle; y mediante el terror, hacerle enfermar gravemente? Así para acercarse algo la Historia al grado de creíble, es menester decir, que el aparecido no fue difunto, sino Duende. Pero yo no creo, que fue, ni Duende, ni difunto, sino mera ilusión.

21. De dos modos se puede explicar esto. El primero es el que propuse sobre el caso, que de sí mismo cuenta Alejandro de Alejandro; esto es, que aquella aparición fue un mero error de la imaginación, ocasionado de la enfermedad. ¿Mas cómo pudo serlo, si la enfermedad se siguió a la aparición? Eso niego yo, aunque suena así en la Historia. La relación dice, que inmediatamentísimamente con la fuerza del terror, cayó enfermo: Quo timore familiaris ille percitus, subita vi morbi correptus, &c. Aunque la enfermedad empezase un breve rato antes, pudo estar distraído, y no advertirlo. Pudo, aunque lo advirtiese, el terror que se le subsiguió, hacerle perder la especie, o borrársela de la memoria. Pudo juzgar aquel primer asomo del mal por una indisposición transitoria, e inconexa con el resto. Pudo, en fin, la enfermedad empezar explicándose sólo en la cabeza, mediante una especie de alteración, que turbase el entendimiento, o la imaginativa.

22. Ni contra esto último debe oponerse el que, si fuese así, en todo el resto de la dolencia permanecería la imaginativa turbada; porque muchas veces, y aun las más, no en todo el tiempo que dura una dolencia, produce los mismos efectos. Hay pervigilio una noche, otra no; inquietud en una hora, no en otra; tal dolor, que no se extiende a más que a un minuto; ira, o enfado, que no pasa de un momento. Pero especialmente en los principios de las enfermedades algo graves, he observado, que muchas veces se suele sentir alguna molesta novedad, en que se explica la mala disposición del cuerpo, antes de darse a conocer en el pulso, o en alguna [318] otra de aquellas señas, que como efectos morbosos notan comúnmente los Médicos, y que cesa en viniendo dichas señas, o en entrando la fiebre verosímilmente; porque entonces el influjo de la causa morbífica, difundiéndose a otras partes distintas de aquella donde obraba al principio, produce otros efectos. Así, antes de manifestarse fiebre, se suele sentir, o ya una especial turbación del ánimo, o una gran melancolía, o un insólito apetito, o un desabrimiento extraodinario, o una disposición a enfadarse mucho por cualquiera levísimo motivo, &c. Y por la mayor parte, si no generalmente, estas extrañas disposiciones cesan, o se minoran, en declarándose la fiebre. A este modo pudo ser en el sujeto de la cuestión, el primer efecto de la enfermedad, antes de sentir el ardor de la fiebre, aquella lesión de la imaginativa.

23. El segundo modo de explicar aquella aparición, de modo que fuese puramente imaginaria, es discurrir, que fue soñada la aparición. ¿Pero en despertando, no había de conocer el sujeto de ella que había sido soñada? Respondo, que no. Un sueño muy vivo hace una impresión tan fuerte, que queda la especie en la memoria con aquella representación clara, que es propia de lo que se ha visto, o palpado. Creo que si no hay hombre alguno a quien tal vez no suceda dudar, si oyó tal especie realmente, o si soñó que la oyó. Es cosa que por mí pasó varias veces. Añádanse algunos grados de viveza al sueño; ya no será duda, sino persuasión de que fue realidad. En los sueños terríficos, cual es la aparición de un difunto, es más natural esto, por la profunda impresión que hace en el ánimo el objeto soñado.

Tengo satisfecho a Vmd. a quien lo será igualmente de mis deseos de servirle en cuanto quiera ordenarme. Oviedo, &c.

Nota

Tuve una relación muy individuada del caso del Duende de Barcelona, pero la perdí no sé cómo. La especie que únicamente me quedó, es que el Duende empezó a perseguir [319] a un Militar en Sevilla, el cual pasó después a Barcelona, seguido siempre de aquel importuno compañero; que en esta última Ciudad, habiéndose hecho público el caso, algunos otros Militares procuraron en varias ocasiones examinar la verdad del hecho, y en sus mismas personas experimentaron las malignas travesuras del Duende. El único Militar de los que fueron testigos, de cuyo nombre me acuerdo por ser natural de esta Ciudad, y haberle conocido un tiempo, es Don Joseph de Velarde Cienfuegos, Coronel del Regimiento de Granada.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo primero (1742). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión), páginas 309-319.}


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