La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo primero
Carta XXXVII

Sobre la fortuna del Juego


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1. Muy señor mío: Siento mucho, que el mérito de nuestro Amigo Don N. haya sido también desatendido en esta segunda pretensión; y al mismo tiempo envidio la resignación, con que Vmd. me avisa llevó una, y otra repulsa. Pero no puedo aprobar el desmayo a que le ha rendido la experiencia de su poca fortuna; persuadiéndole ésta a que, continuar en la negociación de sus ascensos, no será otra cosa, que lidiar inútilmente contra la adversa suerte, a quien considera enemiga implacable siempre que se declara enemiga; en cuya consecuencia ha resultado no exponer su dinero, ni su salud en nuevas pretensiones.

2. Sigue, a la verdad ese Caballero en su deliberación una máxima, que en el mundo está muy acreditada, como hija de la Prudencia; pero en mi juicio, la produjo, y conserva la falta de reflexión. Tiénese por una de las reglas más importantes de la vida política, y civil, atender en todos los negocios concernientes a ella la felicidad, o infelicidad de los hombres, para elegirlos, o repudiarlos, como instrumentos en orden a los fines que se pretenden. Esto no es sólo cantinela de los Idiotas. Aun algunos de aquellos Escritores, que han querido emplear la pluma en la instrucción de los Príncipes, quieren que no se elija, por perito, y animoso que sea, por General de un Ejército, aquel Jefe, que ha experimentado contraria la fortuna en varios combates: que no se fíe la conducción de un Armamento Marítimo, o de una Flota de Comercio a aquel Piloto, cuya Ciencia Náutica, sea la que fuere, han insultado en algunas ocasiones las Olas, y los Vientos.

3. En las cosas de menor importancia, pero de uso más [289] frecuente, se oye a cada paso la misma doctrina. El objeto más ordinario de ella es el Juego. Fulano (se dice comúnmente) es infeliz en el Juego; y Citano, dichoso; y aquél, que es tenido por infeliz, no cesan de amonestarle sus Amigos, que deje el Juego. Con algunos no es menester, que venga de afuera ese consejo: ellos mismos se lo dan, y se lo toman. Aun en aquellos Juegos, en que la fortuna deja ocupación a la destreza, he visto Jugadores, que con el motivo de infortunados, se abstienen de jugar con otros, mucho menos diestros que ellos. Ni servía representarles, que la suerte del Juego es contingente: que de lo pasado, no se puede inferir lo venidero; que sólo Dios sabe lo que sucederá en adelante, &c. Respondían, que tenían larga experiencia de su fortuna adversa, y que contra la experiencia no hay razones, que valgan. No había modo de sacarlos de este atrincheramiento; y no sólo ellos, mas aun los circunstantes, por lo común, juzgaban, que aquello era discurrir con juicio, y solidez.

4. Sin embargo digo, que bien lejos de ser prudente este dictamen, procede de una crasísima ignorancia, u de una grande inadvertencia. Los que raciocinan de este modo, parece consideran la buena, o mala fortuna como una cualidad inherente al sujeto; y que, como inherente, hará mañana el mismo efecto, que hizo ayer; así como se juzga bien, que Pedro, que es blanco hoy, lo será mañana, porque la blancura es una cualidad inherente a su cutis. ¿Pero puede haber mayor absurdo? La Fortuna puede tomarse, o activé; esto es, de parte de la causa: o passivè; esto es, de parte del efecto. En el primer sentido no es otra cosa que la Divina Providencia, la cual libremente reparte, como quiere, entre los mortales los males, y los bienes. En el segundo, es la serie de sucesos prósperos, o adversos que descienden de aquella causa. Esta verdad, como evidentemente dictada por la razón natural, y que no necesita para su conocimiento de la revelación, no fue ignorada de los mismos Gentiles. Así Homero, en el libro último de la Ilíada, pinta a Júpiter, teniendo delante dos Toneles, uno de bienes, y otro de [290] males, de los cuales toma alternadamente lo que le parece, para verterlo sobre los hombres, mezclando por la mayor parte en diferentes dosis los bienes, y los males; y tal vez dando, aunque a muy raros sujetos, sin mixtura, o los males, o los bienes.

5. Siendo esto así, es claro, que la experiencia de lo pasado ninguna luz da de lo que está por venir; porque cualquiera cúmulo de sucesos, o prósperos, o adversos que haya precedido, ninguna determinación da a la Deidad, para que prosiga en el mismo tenor. Libremente dio bienes, y males hasta ahora. Integra subsiste la misma libertad, para hacer en adelante lo que le agradare.

6. Dirá acaso Vmd. que aunque la experiencia no puede en el asunto fundar un conocimiento evidente, o infalible de lo futuro, pero si conjetural, y prudente; pues eso mismo de haber hecho Dios, hasta ahora, a Juan, v. gr. feliz en el juego, y a Pedro infeliz, muestra que está favorable a aquél, y contrario a éste; o que tiene formado Decreto, de que el primero sea dichoso; y otro, de que el segundo sea desgraciado; lo cual presta fundamento sólido para juzgar, que al primero se le continuará su fortuna, y al segundo su desgracia.

7. Esta solución, que parece es la única que se puede discurrir, procede de una ignorancia Teológica; esto es, del modo con que Dios ha formado sus decretos ab aeterno. Digo, que supone, o envuelve esta solución que Dios determinó desde su eternidad los futuros, digámoslo así, en gruesos, y a bulto; esto es, debajo de cierta generalidad comprehensiva de muchos casos, y circunstancias particulares: v. g. que Alejandro sea dichoso en la Guerra, y Darío infeliz. No es así. Ni hubo en Dios Decreto alguno hacia ningún objeto tomado en común, o prescindiendo de casos, y circunstancias particulares. Todo lo decretó en la última individuación: v. gr. que Alejandro venciese en tal, y tal batalla; que en aquélla perdiese tanta gente, en ésta tanta, que los muertos en aquélla fuesen Fulano, y Fulano en ésta Citano, y Citano; que muriese éste de tal herida, y de tal aquél; que los matadores fuesen tales, y tales Soldados de Darío, &c. Lo [291] mismo es en el Juego. No decretó ab aeterno, como en común, y en grueso, que Juan fuese dichoso, y Pedro infeliz; porque esos Decretos indeterminados, y precisivos de individuaciones, no caben en la comprehensiva Sabiduría, y suma Actualidad de Dios; sino que Juan en tal ocasión ganase tanto, en tal tanto, con determinación de las manos que le habían de ser favorables, y de las que le habían de ser adversas; del yerro que había de cometer en ésta; y del acierto que había de tener en aquélla, &c. De modo, que en el instante mismo, o por hablar en términos de la Escuela, en el mismo signo de razón, sin que precediese, ni aun según nuestra inteligencia, alguna indeterminación o generalidad decretó en la última individuación todos los varios lances del Juego, que hubo, y habrá jamás entre los hombres.

8. Puesta esta verdaderísima doctrina, en ella se vé, que la experimentada fortuna de Juan, hasta el día de hoy, sólo nos muestra lo que Dios determinó de ella hasta hoy, sin que esto dé seña, o prenda la más leve de lo que tiene determinado para mañana. De aquí adelante hay otros lances, otros casos, los cuales, tan ocultos están en los senos inescrutables de la Providencia, como estaban al tiempo que Juan nació los que hemos visto hasta ahora. Pongamos que uno, habiendo emprendido una navegación de dos mil leguas, caminó con viento feliz la mitad del viaje. ¿No sería un loco, si de aquí dedujese, que en todo lo que le resta ha de tener también favorable el viento? Este es el caso de Juan. Hasta la mitad de la vida, v. gr. logró en el Juego favorable el viento de la fortuna. Será un necio si piensa, y lo será cualquiera que lo piense de él, que ha de durar el mismo viento hasta el fin de la vida.

9. Pero ve aquí, que siendo evidente todo lo dicho, por no penetrar los hombres esta evidencia, cabe en ella cierta excepción. Por ser tan común el error, se libra en algún modo de ser error. Voy a descifrar el enigma. El concepto que tienen los hombres, de que la felicidad, e infelicidad son como cualidades permanentes en algunos sujetos, y que como táles los constituyen habitualmente, o felices, o infelices [292], hace que por accidente en muchos casos influya la fortuna pasada en la venidera. El que habiendo experimentado la fortuna adversa está en este error, se hace tímido, y desconfiado, y por tímido, y desconfiado suele estragar para el resto de la vida su fortuna. El temor le retira de tentar algunos medios muy proporcionados a adelantar sus intereses; y aun cuando los quiere aplicar, es ejecución de mano trémula, a quien falta el tino, y modo con que se había de lograr el intento. La desconfianza, así de sí mismo, como de los que le pueden valer, hace el propio efecto. Y si la desconfianza de éstos se le deja rastrear, como comúnmente sucede; de los mismos que pudieran ser valedores, hace enemigos. En aquellos negocios en que es precisa la intervención de cooperantes, aun es más cierto el daño que induce aquel error. Los Soldados que militan bajo la conducta de un General, que tienen por desgraciado, entran con poco aliento en el combate, y por consiguiente con una gran disposición para la fuga: circunstancia, a que es regularmente consiguiente la pérdida de la batalla.

10. Al contrario, la satisfacción que uno tiene de sí mismo, y la confianza que otros hacen de él, en consideración de su fortuna, así a él, como a los cooperantes inspira un grande aliento, e influye una aplicación activa para el logro de las empresas. Por esta razón es convenientísimo en la Guerra, que los Príncipes atiendan mucho a la opinión que tienen los Jefes de afortunados, o infelices. ¿Qué importa que la confianza, u desconfianza de los Soldados venga de error común? Mientras no se disipe ese error, influirán la confianza, y desconfianza en los sucesos de la Guerra, del mismo modo que si tuviesen un fundamento muy sólido.

11. Pero cuando únicamente la aprehensión propia es la que daña, como en el caso del Juego, y otro cualquiera, donde no haya, o no sea necesaria la intervención de cooperantes, tienen lugar las reflexiones propuestas para curar la desconfianza, o temor ocasionado de los infortunios antecedentes; y Vmd. se les debe hacer presentes a nuestro Amigo, para que no abandone sus justas pretensiones. [293]

12. No omitiré añadir, para complemento del asunto, que en muchos casos es más nociva la osada confianza que producen los prósperos sucesos, que la timidez, ocasionada de los adversos. Por ésta se pierden muchas veces, las comodidades de la vida; por aquélla se ha perdido muchas veces la misma vida. Los hombres animosos que se han salvado felizmente de varios riesgos, fiados en su fortuna, se meten intrépidamente en otros muchos; a lo que es consiguiente regular perecer en alguno de ellos. La Historia de Julio Cesar ofrece un ejemplo ilustre. Era tanta la satisfacción que aquel Héroe tenía de su fortuna, como afianzada en continuas prosperidades, así Políticas, como Militares, que habiéndose conjurado contra él una furiosa tempestad, en ocasión que navegaba de Grecia a Italia en un pequeño Bajel; y temblando el dueño de él, que le conducía, intrépido le dijo, que no tenía que temer, porque era fiador seguro contra las amenazas del naufragio su Fortuna: Age audacter, nequidquam time, Caesarem vehis, unaque Caesaris Fortunam. Esta satisfacción ocasionó la muerte trágica del César, porque le hizo omitir todas aquellas precauciones que son inexcusables para conservar la vida en los tiranos. Soy de Vmd. &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo primero (1742). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión), páginas 288-293.}


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