La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Cartas eruditas y curiosas / Tomo primero
Carta XXXII

Satisfacción a algunos reparos propuestos
por un Religioso de otra Orden,
Amigo del Autor


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1. Reverendísimo Padre Maestro, y mi Dueño: La de V. Rma. de 9 del corriente, que acabo de recibir, por todas sus circunstancias, y capítulos es acreedora a mi mayor estimación. Ya, desde el Correo antecedente, tenía ya noticia de la general aceptación con que fue oído nuestro Don Manuel; pero me añade muchos grados de complacencia el repetírmelo V. Rma. Así por esto, como por todo lo demás que contiene la Carta, debo a V. Rma. muy cordiales agradecimientos; pero con especialidad por la última partida de ella, en que V. Rma. me propone lo que ha hallado digno de censura en mi 6 Tomo; pues esto me hace visible en V. Rma. aquella prenda, que yo supremamente aprecio en los hombres; esto es, la sinceridad, y candor; y porque V. Rma. tenga la complacencia de ver, que procuro imitarle en esta virtud, con la misma franqueza que V. Rma. propone sus reparos, diré lo que siento a ellos.

2. Nota V. Rma. lo primero, el Discurso sobre los Chistes de N., como descanso impropio de una pluma seria. Yo entendía, que antes el descanso propio de una pluma seria era el Chiste, o la chanza; y me parecía haberlo entendido del mismo modo Aristóteles, cuando dijo: (lib. 8 Polit. c.3) Qui laborant indigent relaxatione, & huius gratia est iocus. ¿Y por qué, sino por esta razón, colocan todos los Filósofos Morales en la clase de las virtudes aquel hábito, que inclina a la chanza oportuna, y que llamaron los Griegos Eutropelia, y los latinos Comitas; cuyos extremos viciosos son la Scurrilidad, y la Rustiquez? El mismo Aristóteles (lib.4, Ethic. cap. 8) llamó Rústicos, y Duros aquellos genios, que ni declinan jamás de la seriedad a la chanza, ni permiten, o llevan bien, que declinen otros: Qui vero neque dicerent quidquam ridiculi, neque alios dicere paterentur, Rustici sunt, & Duri. Ni se podrá decir, que ésta es máxima de una Etica, que tenía su mezcla de gentílica; pues Santo Tomás (2,2, quaest. 168, artic. 4) la aprueba, y confirma en toda su extensión, condenando por vicio el no admitir alguna interrupción de la seriedad con el chiste. Nótese, entre otras, esta cláusula en el cuerpo del Artículo: Illi autem, qui in ludo deficiunt, nec ipse dicunt aliquid ridiculum, & dicentibus molesti sunt, quia scilicet, moderatos aliorum ludos non recipiunt; & ideo tales vitiosi sunt, & dicuntur Duri, & Agrestes. Tampoco se diga, que esto tiene lugar en las conversaciones, no en los Escritos; ni se me alegue el ejemplo del mismo Santo Tomás, que en medio de dar esta doctrina, nunca en los suyos mezcló jocosidad alguna; pues esta objeción está preocupada por el mismo Angélico Doctor en el artículo 2 de la misma cuestión ad primum, donde dice, que la Doctrina Sagrada no permite interpolarse con jocosidad; e insinuando, que de ahí abajo caben en todo género de materias, para lo cual cita un pasaje de Cicerón.

3. Pero aun permitido, que quien sigue un asunto serio, no pueda interpolar la seriedad con el chiste; esto es impertinente para el caso en que estamos; pues yo no sigo un asunto, o materia determinada en alguno de mis Libros, sino que los varío en cada Discurso. Lo que únicamente se me podría notar, sería, que el asunto que trato en el Discurso cuestionado, fuese totalmente extraño a la idea general del Teatro Crítico. Pero es claro, que esta nota no cabe; pues el intento de dicho Discurso es manifestar un error comunísimo; conviene a saber, la translación de chistes, de lugares a lugares, y de tiempos a tiempos.

4. Ultimamente quiero permitir, que en mi Obra no quepa oportunamente Discurso alguno, que no sea serio. Digo, que realmente lo es el mismo que se nota. Trata de chistes, [263] es verdad; ¿por eso es ser chancero, o chistoso? Ilación extraña. Serían, según este modo de discurrir, chanceros, y chistosos tres artículos de la cuestión citada de Santo Tomás, en los cuales no trata de otra cosa, que de la jocosidad. Así es cierto, que un discurso no toma la denominación de serio, o jocoso, del objeto que mira, sino del fin a que le endereza, y del modo con que le toca. ¿Quién no ve, que a cada paso se tocan jocosamente objetos graves, y se discurre seriamente sobre materias lúdicas?

5. El segundo reparo le miro como melindre del pudor, que me parece muy bien en una edad juvenil, respecto de quien son de piedra Imán los escollos; y así suele importar apartarse de ellos a largas distancias. Es una timidez, que tiene buenos efectos, aun cuando el entendimiento no la dicta sobre sólidos principios. Si todas las expresiones, que excitan idea teórica de objeto sensual se hubiesen de desterrar de los Libros, nunca sería lícito usar de las de adulterio, prostitución, dar sucesión a su casa, concepción, fecundidad, &c. Lo que entiendo yo, es, que en esta materia, sólo por dos capítulos pueden ser las expresiones viciosas. El primero, por ser soeces, o como se dice, tomadas del Vocabulario de las Tabernas. El segundo, por incitativas, en orden al mismo objeto que exprimen. Es claro, como la luz del mediodía, que ni en el núm. 14, ni en el 16 de aquel Discurso hay expresión viciosa por alguno de los dos capítulos. Si tuviese mucha necesidad de justificarme sobre este Artículo, podría formar un larguísimo catálogo de expresiones más fuertes por su materia, y por su forma, sacadas, no sólo de Autores gravísimos entre los Profanos, mas aun de no pocos Santos Padres. Ruego a V. Rma. vea, por lo menos, a San Basilio en el libro de Vera Virginitate, hacia el fin, desde que empieza a tratar de los Eunucos, especialmente desde aquellas palabras: Masculina Corpora, licet illa Eunuchorum sint, &c. El dicho, y hecho expresados en el núm. 16 se hallan referidos, no con más circunloquios por Historiadores graves de nuestra Nación. ¿Por qué se ha de reprehender en mí, lo que no se acusa a ellos? Notarase acaso [264] aquel dicho, y acción de inverecundos; a que bastaría responder, que la inverecundia no es del Escritor, sino del objeto. Pero más hay, y es, que ni en el objeto hallarán inverecundia, sino los que miran las cosas por la corteza. Aquel dicho, y acción, bien lejos de ser un desliz del frágil sexo, fue un generoso rasgo de heroísmo, y como tal le celebran los Historiadores; y en caso que se mezclase en él algo de petulancia, queda ésta en la relación como sofocada de la valentía varonil, que resplandece en el dicho. Añado, que el recato de una mujer, igual, o superior en espíritu a los hombres, no está en algunas circunstancias ceñido a tan estrechos límites, como el de las que en cuerpo, y alma son mujeres.

Al último reparo digo, que como tot homines, quod sententiae, no han faltado sujetos de capacidad muy superior a la vulgar, que elogiaron el Discurso del No sé qué, como uno de los más elevados del Teatro Crítico. Dice V. Rma. que el asunto es más oportuno para un entretenimiento Académico, o para una conversación traviesa, que para la solidez, y seriedad, que gasta el Teatro Crítico. Respondo, que conforme se tratare el asunto, una misma materia puede ser objeto de unas coplas jocosas; puede serlo de una conversación de Truhanes; y puede serlo de la más profunda especulación de los Filósofos. Esto último es palpable en el asunto del No sé qué. ¿No le trato yo filosóficamente? ¿No reina en todo el Discurso una seria, y sólida inspección física del objeto, diversísima de aquel modo de tratar las cosas, tocándolas sólo por las flores, o por las hojas, que es propio de Academias, y conversaciones traviesas?

Ya va largo esto para Carta. A la verdad, yo me voy cansando, y a V. Rma. con mucho mayor motivo le debo suponer muy cansado de leer una Carta, sobre larga, mal escrita. ¿Mas qué remedio? No tengo paciencia para escribir despacio, ni para corregir lo que he escrito de priesa. Así sólo apelo al propósito de la enmienda que ejecuto, concluyendo aquí, por no cansar más. Nuestro Señor guarde a V.R. muchos años, &c.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Cartas eruditas y curiosas (1742-1760), tomo primero (1742). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (en la Imprenta Real de la Gazeta, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión), páginas 261-264.}


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