Filosofía en español 
Filosofía en español

Francisco Carmona Nenclares  1901-1979

Francisco Carmona Nenclares

Escritor, profesor y voluble ideólogo español, nacido en Belorado el 6 de diciembre de 1901, muerto en la capital de México el 26 de junio de 1979, nación donde se establece en 1942. Agitador anarquista leninista a los veinte años, parece que se licencia en Filosofía hacia 1926, moviéndose luego por el entorno de Ortega, la hispanista Revista de las Españas, Estudios Franciscanos, la católico-monárquica revista doctrinal Acción Española, &c. Tras beber de la fenomenología germánica por Heidelberg y Berlín en 1932, se afilia al PSOE de Madrid en 1933 (en 1949 la Agrupación Socialista Española en México le comunica su baja por morosidad, pero en 1958 la Agrupación en México del PSOE publica un fruto podrido de su resentimiento: España: tríptico de ira). Desde 1935 colabora en publicaciones socialistas como la revista Leviatán y el periódico Claridad, y en plena guerra civil ejerce de segundo secretario de Luis Araquistain, embajador de España en París. A finales de 1939 llega a Venezuela en el Bretagne, ejerciendo como profesor de latín en Maracay. Tres años después, el 10 de octubre de 1942, es admitido en México como exiliado político: en mayo de ese año ya había colaborado en Cuadernos Americanos. Vive tres años en Culiacán, como profesor de la Universidad de Sinaloa, y en 1946 se traslada a ciudad de México, desplazándose durante diez años, como profesor, al Instituto de Toluca. En 1956 se incorpora a la UNAM para enseñar lógica, ética y metafísica, y a la Normal Superior de Maestros como profesor de pedagogía e historia de la filosofía. Desde 1965 imparte Sociología en la Facultad de Derecho de la UNAM. Columnista de Excelsior y de Proceso, entre 1971 y 1974 completaba su jubilación enseñando en la jesuita Universidad Iberoamericana. En 1975 sus calificativos de “bellaco, cínico y traidor barato”, dirigidos al Santiago Carrillo de la dialogante Junta Democrática de España, fueron jaleados por la prensa tardofranquista.

(Sobre Carmona Nenclares existe una semblanza biográfica publicada en 2003 por Julio Riquelme, quien le conoce en 1964, como alumno suyo, en la Escuela Secundaria y Preparatoria de la Ciudad de México. Riquelme se sirve de recuerdos de relatos escuchados al ya maduro profesor, durante quince años de amistad, y de la poco fiable recreación reconstructora que, de partes de su trayectoria, ofrece el propio Carmona Nenclares en 1958: España: tríptico de ira.)

1897 «Santo Domingo [de la Calzada]. El día 11 del actual se unieron en lazo matrimonial nuestros cariñosos amigos de Belorado el popular propietario Paco Carmona y la lindísima señorita Lorenza Nenclares. La ceremonia, en la que la novia estaba lujosamente ataviada de negro, tuvo lugar en la iglesia parroquial de San Martín de aquella villa, y se vio extraordinariamente concurrida. Deseamos a los recien desposados larga y eterna luna de miel.» (La Rioja, diario imparcial de la mañana, Logroño, martes 16 de noviembre de 1897, pág. 1.)

«Al maestro Carmona no le gustaba hablar mucho sobre su infancia, ya que había sido una parte dolorosa y trágica de su vida. Su padre de Carmona, un modesto labrador que con mucho trabajo se había hecho de una pequeña hacienda, murió cuando su hijo menor contaba apenas con un año de edad, y dejó a su esposa Lorenza Nenclares y a su dos hijos, Aurea y Francisco, al cuidado de un hermano suyo, que despojó a la familia de las tierras que poseían. La señora Nenclares viuda de Carmona se casó unos tres años después, con un hombre oriundo de Valladolid, adonde se llevó a vivir a su esposa y sus dos hijastros. Pasado un breve tiempo, inscribió a sus hijastros Aurea y Francisco en dos escuelas, la niña en una escuela de monjas y el niño, que contaba con tan solo cinco años, a un instituto de sacerdotes. El niño Francisco, alejado de su madre, la que dedicaba todo el tiempo a su nuevo marido, y al que su hijo sintió siempre como un intruso, se volvió un muchacho solitario, cuya única amistad en Valladolid, fue un perro llamado Sul, con el que salía en largos paseos por las afueras de Valladolid. Tres años después, doña Lorenza Nenclares enfermó de tuberculosis y postrada en una cama vivió penosamente los últimos cuatro años de su vida. Sus dos hijos la vieron consumirse lentamente hasta su muerte. Francisco contaba con doce años cuando su madre murió. “¡Uno no muere nunca, es la nada quien nos recobra, la nada omnipotente que está en el fondo del ser!”. El padrastro, que nunca quiso a sus dos hijastros, los mandó un tiempo de regreso a Belorado a vivir con doña Petronila, la madre de su fallecida mujer. Doña Petronila, una mujer viuda, era dueña de una pastelería. De regreso a la villa que lo vio nacer, Francisco todavía vestido de luto visita el lugar preferido de su infancia: “Me senté en el borde del estanque: el verde espejo copiaba ahora la estampa del muchacho vestido de luto. El niño de antaño, que hundía sus manos en el agua para romper el encanto del espejo había desaparecido. Ahora ya sabía de la muerte, ese último y definitivo espejo.” Aurea y Francisco vivieron un tiempo en Belorado con su abuela, doña Petronila, pero luego regresaron a Valladolid a vivir con su padrastro y proseguir sus estudios. “Durante algún tiempo, mi hermana y yo, vivimos con el padrastro, en la misma Plaza del Rosario, en la primavera y comienzos del verano de 1914, antes de estallar la Guerra Mundial. Fue aquella una temporada larga. Ignoro con precisión cuanto duró. Ya ni siquiera iba al instituto: vagabundeaba mañana y tarde por las orillas del Pisuerga. Desde la madrugada de la muerte de mi madre, nunca entré a la alcoba. A veces, el padrastro me sorprendía en el pasillo, quizá en la escalera. —Paco, esta noche quiero tomarte la clase de Francés. Estúdiala. ¿Has oído? —Sí, don José. —Llámame padre, idiota. —No puedo señor, no puedo. Y me soltaba una bofetada. Así eran nuestros raros encuentros. Entonces decidí escaparme de casa. Huir. Quería ser grumete. Pero esta primera escapada no tengo ahora ganas de recordarla. Nunca las tendré. Seguro.” Francisco regresó a casa, derrotado. El padrastro, que se había enterado ya que Francisco no asistía al instituto, lo obligó a seguir sus estudios. Después de una segunda escapada, y ante la rebeldía de su hijastro, el padrastro decidió enviarlo a Madrid, a vivir con los tíos maternos de su finada esposa. Francisco, que tenía 15 años o 16 años, prosiguió con sus estudios, y terminó el bachillerato. A los 18 años, vino el servicio militar obligatorio. Pasa un año en la guerra de Marruecos. “España sólo nos ofrecía, como única tarea vital, la sangría de Marruecos, año tras año, en donde se arrastraba desde principios de siglo una guerra idiota para hacer generales. Los sobrevivientes de aquellas generaciones, los que no murieron en el camino, los que hemos sobrevivido a fuerza de energía interior, de coraje y estómago, fuimos deslizándonos lentamente, en forma insensible, hacia el radicalismo político y social. Hacia la revolución de derecha y de izquierda. Habíamos regresado corporalmente indemnes del inútil osario de Marruecos, arrojando a la basura la condecoración por la patria que nos concediera”.» (Riquelme 2003:118-120.)

Por los días que cumple diecinueve años, se da a conocer con un librito de prosas, La ruta de la vida (Madrid 1920, 77 páginas), al que dedica El Liberal una reseña (23 de enero de 1921), publicando Mundo Gráfico incluso su fotografía: “D. Francisco Carmona Nenclares, joven literato, autor del libro La ruta de la vida, publicado recientemente constituyendo un gran éxito” (9 de febrero de 1921).

«Francisco Carmona Nenclares. La ruta de la vida. Francisco Carmona es un joven que ha reunido en un tomito unos cuantos trabajos literarios, que si bien tienen los inexcusables defectos de toda iniciación, poseen el encanto de la juventud y de la ingenuidad. El autor de La ruta de la vida se muestra –¿cómo no?– pesimista. Es un achaque de la adolescencia. El más leve tropezón en esa ruta de que habla el autor es suficiente para que la juventud considere rotas sus ilusiones contra la dureza de la realidad fría. Como el más leve catarro a los veinte años hace creer en la tisis a su poseedor: observación justísima del maestro Unamuno. La ruta de la vida y los demás trabajos que la siguen denuncian la presencia de un muchacho inteligente, que acaso haga literatura encomiable si estudia y persevera en sus nobles aficiones. Por ahora, este libro no pasa de ser un intento, aunque sea un intento feliz.» (El Liberal, Madrid, 23 enero 1921, página 2.)

«La ruta de la vida. Francisco Carmona Nenclares, autor de este pequeño libro de prosas, es un pesimista, acaso amargado por la realidad del vivir, quizá por su excesivo amor a la soledad, según se desprende de sus propios escritos; y así, las páginas de su obra, colección o recolección de diversos trabajos, son un canto amargo de renunciación y de tristeza. Entre otros encantos, las prosas del señor Carmona Nenclares tienen el de la sinceridad y el de la sencillez; se leen con agrado y producen en el lector la emoción apetecida.» (ABC, Madrid, 2 febrero 1921, pág. 24.)

El joven prosista pesimista, pleno de actividad, difunde y propaga sus primeros opúsculos (tras La ruta de la vida, otro dedicado a Pío Baroja), y logra que sus consignas y confusas proclamas diletantes anarquistas leninistas tengan eco en ciertos periódicos:

VALLAS

Habría que preguntar a los propietarios si ponen vallas a sus propiedades para que no entren fieras o bien para que no salgan fieras.

F. CARMONA NENCLARES, Málaga.  

(Cultura Obrera. Órgano del Ateneo Sindicalista y de la Federación Regional del Trabajo de Baleares, Palma de Mallorca 21 de Mayo de 1921, pág. 4.)

«Libros recibidos. […] Francisco Carmona Nenclares: La ruta de la vida. Prosas, Madrid, 1920. Pío Baroja. Bosquejo crítico, 1921.» (La Pluma, Madrid, mayo 1921, año II, nº 12, pág. 320.)

«La ruta de la vida. Un tomito de “prosas” de Carmona Nenclares, donde el poeta escancia el vaso de su amargura y de su desaliento. Con imágenes diáfanas y sentidas exclamaciones de dolor, hace ver Carmona Nenclares lo pavorosamente triste que es el tránsito por la vida, de un hombre que piense alto y sienta hondo. Una melancolía cruenta y un extenuador romanticismo, son las notas salientes de esta bella lamentación a la que Carmona ha puesto por título “La ruta de la vida.”
Pío Baroja. Bosquejo crítico, de Carmona Nenclares también, donde describe la silueta del maestro con perfiles muy afortunados. A manera de sentencias breves –modelos de expresión y justeza–, el joven escritor analiza la personalidad de Pío Baroja en todos sus aspectos. Encomia las excelencias de su literatura y hace el panegírico del gran pesimista. Por la exactitud y franqueza de sus juicios merece el libro loa. Hidalguis.» (Cosmópolis, junio 1921, tomo VIII, nº 30, págs. 348-349.)

IDEARIO

I
La futura Revolución

La Revolución que nosotros los anarquistas pensamos llevar a cabo, será para el medio social una obra de higiene. De ella hemos de salir todos purificados, porque en su realización nos superaremos a nosotros mismos, olvidando nuestras impurezas y ambiciones.

Hoy por hoy la Revolución es una necesidad, porque los modernos intereses creados son ya viejos para el valor que se les da. Kropotkine lo dijo y la realidad se encargará de confirmarlo.

La Revolución ha de ser una obra de cultura; solamente así será un remedio; de otro modo nosotros mismos corremos el peligro de hundirnos en ella.

II
El futuro Estado

La realización de nuestro ideal anarquista no es posible por el atentado ni por una revolución francesa, española del 68, o rusa, sino por una evolución lenta y progresiva, sobre todo ésto: progresiva. Una revolución es una evolución precipitada y tortuosa, y todas las revoluciones han fracasado.

Nosotros debemos hacer una revolución por medio de la cultura, ratificando las palabras de Lenine, que dicen: La Revolución sólo es posible de realizarse perfecta cuando cada ciudadano tiene cultura para razonar, y que por tanto conoce el camino que debe seguir para llegar antes al fin, es decir, al bien.

Y las revoluciones han fracasado porque las masas no están aún bastantes instruidas para formar una unidad con los elementos directores. Los franceses no estaban al lado de Robespierre, ni los rusos forman un único espíritu, director y dirigido, con Lenine.

La cultura y la unión son los dos elementos sobre los que se incubará se realizará y persistirá la revolución que nos ha de libertar.

III

El anarquismo es una hidropesía del espíritu. Es el mar sin orillas donde se refugian todos los desilusionados de la vida, todos a los que la vida ha robado algo. La misma turbieza de la vida se contrapesa en los anarquistas con la libertad del espíritu sobre la conciencia, por lo que los anarquistas no debemos desear valores nuevos sino una nueva valoración para los viejos.

Dice Baroja que el anarquismo no debe terminar en nada y sin duda tiene razón si se refiere al ideal anarquista hecho Estado, que desde luego es tan anti-humano como cualquier estado burgués.

IV
Obra del tiempo y no de los hombres

La revolución, la obra social, la anarquía, han de ser obra del tiempo, y no de los hombres que sólo podemos acelerarla pero nunca precipitarla.

¿Cuándo se realizará?…

Cuando cada uno viva según su espíritu. El término es lejano, pero no tanto que nos sea imposible verlo.

F. Carmona Nenclares, Rascafría (Madrid)  

(Cultura Obrera. Órgano del Ateneo Sindicalista y de la Federación Regional del Trabajo de Baleares, Palma de Mallorca 13 de Agosto de 1921, págs. 3-4.)

«Después de la sangría de Marruecos regresó a Madrid. Se inscribió en la Universidad Complutense y pasó dos años estudiando medicina. Pero la medicina, lo acabó hartando. Se inscribió entonces en Filosofía y letras. Mientras estudiaba y leía mucho, empezaron también los vagabundeos y las tertulias por los cafés de Madrid. El rey Alfonso XIII, todavía reinaba, y el General Miguel Primo de Rivera, fue nombrado Primer Ministro por el rey y establece su dictadura. Estamos en 1923. En torno de las mesas de algunos cafés de Madrid, Granja del Henar, Recoletos, La Ballena Alegre, Pombo, el Gijón, mesas de mármol blanco que tenían la frialdad de las planchas de piedra de un depósito de cadáveres, nos encontramos y descubrimos allá por 1923 un puñado de jóvenes que las viejas provincias silenciosas y recoletas, habían escupido sobre la ciudad. Mozos de 25 años; unos estudiaban, o intentaban estudiar; otros estudiaban y ejercían ya el profesorado, los más vivían del sablazo. Éramos, sí, señoritos. No había duda alguna. Queríamos renovar a España por el camino de la literatura, de la ciencia y del arte. ¡Qué estupenda ingenuidad! Íbamos a transformar a España y poner el viejo y lento reloj hispánico, como consecuencia, a la hora del mundo. Éramos un grupo inconforme y rebelde; arribamos a las playas de aquellas mesas de los cafés madrileños, por lo que entendíamos y sentíamos como el naufragio total de las cosas españolas. El café era, a la vez, el escape y la utopía; el sueño de lo real. La juventud está hecha siempre de utopía. Nosotros, los jóvenes de 1923, habíamos querido conquistar Madrid. Así se decía entonces. Pero un día cualquiera sería el del regreso a la provincia española originaria. Otras generaciones lo habían hecho, sí, volveríamos convertidos ya en elementos de orden; así se decía también. O sea, volveríamos desencantados, escépticos y derrotados. Ningún camino español de 1923, iba a ninguna parte.» (Riquelme 2003:120.)

Julio Riquelme asegura, como nota final (página 138) a su semblanza de Francisco Carmona de 2003: «* Todas las citas entrecomilladas pertenecen a su libro El Tríptico de la Ira. Agradezco la colaboración de Áurea Carmona de Castellanos, de Federico Carmona Chillón y de Carolina Collado de Carmona.» Pero sucede que, al componer ese texto, los editores prescindieron varias veces de las comillas en tales citas, y ni siquiera diferenciaron tipográficamente los fragmentos transcritos del resto del texto. La confusión se apodera del lector de la semblanza de Riquelme, al entremezclarse sin distinción frases escritas en primera persona. Tiene interés repetir el anterior fragmento transcrito de Riquelme, respetando los párrafos que él ofrece, frente al correspondiente texto que Carmona dejó publicado en 1958:

Riquelme 2003:120

Carmona 1958

 

Después de la sangría de Marruecos regresó a Madrid. Se inscribió en la Universidad Complutense y pasó dos años estudiando medicina. Pero la medicina, lo acabó hartando. Se inscribió entonces en Filosofía y letras. Mientras estudiaba y leía mucho, empezaron también los vagabundeos y las tertulias por los cafés de Madrid. El rey Alfonso XIII, todavía reinaba, y el General Miguel Primo de Rivera, fue nombrado Primer Ministro por el rey y establece su dictadura. Estamos en 1923.

 

En torno de las mesas de algunos cafés de Madrid, Granja del Henar, Recoletos, La Ballena Alegre, Pombo, el Gijón, mesas de mármol blanco que tenían la frialdad de las planchas de piedra de un depósito de cadáveres, nos encontramos y descubrimos allá por 1923, un puñado de jóvenes que las viejas provincias silenciosas y recoletas, habían escupido sobre la ciudad. Mozos de 25 años; unos estudiaban, o intentaban estudiar; otros estudiaban y ejercían ya el profesorado, los más vivían del sablazo. Éramos, sí, señoritos. No había duda alguna. Queríamos renovar a España por el camino de la literatura, de la ciencia y del arte. ¡Qué estupenda ingenuidad! Íbamos a transformar a España y poner el viejo y lento reloj hispánico, como consecuencia, a la hora del mundo.

En torno de las mesas de algunos cafés de Madrid, Granja del Henar, Recoletos, La Ballena Alegre, Pombo, mesas de mármol blanco que tenían la frialdad de las planchas de piedra de un depósito de cadáveres, nos encontramos y descubrimos, allá por 1923, un puñado de jóvenes que las viejas provincias silenciosas y recoletas, habían escupido sobre la ciudad. Mozos de veinticinco años; unos estudiaban o intentaban estudiar; otros estudiaban y ejercían ya el profesorado; los más vivían al día, del sablazo. Éramos los vástagos de una clase media frustrada, pacata, ñoña y temerosa, escéptica, con ínfulas de aristocrática hidalguía y de una pobreza pretenciosa. Éramos, sí, señoritos. No había duda alguna. Queríamos renovar a España por el camino de la literatura, de la ciencia y del arte. Nada menos. Sólo a un joven celtíbero de 1923 se le hubiera ocurrido que con la pluma, fuera en verso o en prosa, con el microscopio o el pincel, era posible galvanizar el enorme e inerte cadáver español, tendido entre mares en el occidente de Europa a la manera del rabo del Viejo Mundo. ¡Qué estupenda ingenuidad! Vivíamos un quijotismo a ultranza, que actuó de cemento o argamasa para soldarnos, sin embargo de las diferencias individuales, en la misma actitud. Íbamos a transformar a España y poner el viejo y lento reloj hispánico, como consecuencia, a la hora del mundo.

 

Éramos un grupo inconforme y rebelde; arribamos a las playas de aquellas mesas de los cafés madrileños, por lo que entendíamos y sentíamos como el naufragio total de las cosas españolas. El café era, a la vez, el escape y la utopía; el sueño de lo real. La juventud está hecha siempre de utopía.

Éramos un grupo inconforme y rebelde; arribamos, a las playas de aquellas mesas de los cafés madrileños, por lo que entendíamos y sentíamos como el naufragio total de las cosas españolas. El café era, a la vez, el escape y la utopía; el sueño de lo real. La juventud está hecha siempre de utopía.

La provincia nos había eliminado. Sin remedio. Porque la provincia española de 1923 ofrecía, más o menos, esto: una plaza o jardín con banda de música los jueves y domingos por la mañana; un paseo por los portales, al atardecer, caminando en sentido opuesto, bajo las arcadas, los muchachos y las muchachas, (¡ojos de fuego, miradas de saeta!,) muchos militares y curas ociosos; un casino sin biblioteca; procesiones y desfiles de la tropa; más procesiones y desfiles de la tropa; un café rumoroso, ornado de grandes espejos y divanes de terciopelo rojo. ¡Ah, y muchos prostíbulos! Quizá pudiera encontrarse también, pues todo es posible, una pequeña librería dotada de libros de rezos y novelas pornográficas. ¡Ávila, Segovia, Burgos, Valladolid, Toledo, Salamanca! Ciudades dormidas en sus piedras vetustas. Soñando, ¿en qué?, sobre el pentagrama de las campanas eclesiásticas. Madrid significaba una salida hacia la rebeldía.

Ya estamos, pues, en Madrid. Entremos, por ejemplo, en este café. ¿Cómo se llama? Es el Recoletos. Son las cinco de la tarde, digamos, de un día de abril. En la calle hay un cielo azul, de un azul mayólica, fresco, reciente, lavado por la lluvia primaveral. Ha llegado la primavera sin dejarse sentir: deslizando su primer aliento perfumado en el bronco y tenaz viento invernal, que a veces nos sorprende todavía con un jirón roto en cualquier esquina. El cierzo serrano que no apaga un candil y mata un hombre.

Ese lugarón, entre manchego y castellano, el Madrid de 1923, gruñe en torno nuestro con su rumor de marejada. Entremos por fin. He aquí el café: un recinto penumbroso, casi desierto. De un grupo de jóvenes, sobre nuestra derecha, parten gritos y voces; se está discutiendo de algo, seguramente de España. Los jóvenes de 1923 sólo discutíamos de España. España era nuestra vocación unánime. Vemos sentado en el diván, limándose las uñas, con un aire displicente, a César González Ruano. Se lima las uñas y grita unos argumentos. Elegante, fino, cínico, desmadejado. Está diciendo: “–La revolución nos salvará. Sólo una revolución disolverá la cochambre española. Hay que hacer la revolución del señorito. Yo soy un señorito. ¡Vivan los señoritos!” “–Hombre César, no sea bruto” –interviene un mozo grueso, de piel muy blanca. Es como un inmenso bebé; se trata, indudablemente, de Ramón Ledesma Miranda, que ya ha publicado su primera novela. Lleva el cabello largo y entre las piernas descansa un grueso bastón. “–Qué bruto ni qué ocho cuartos” –salta ahora una voz aguda, cortante, con la agria disonancia de un disco rajado. ¿De dónde proviene? ¡Ah, sí! Lo reconocemos. Es una especie de enano, de cara amarilla, Enrique Jardiel Poncela. La mayor cantidad de veneno posible, de bilis e hipercloridia, en el cuerpo más pequeño posible. Feo como un pequeño gnomo o un pecado mortal. Un espermatozoide impertinente y agresivo. “–España no sabe leer –dice–. Hay que escribir a lo idiota para los idiotas. España debía ser una colonia inglesa; así, por lo menos, nos bañaríamos–”. Hay otros amigos en la tertulia, dos frente a González Ruano: Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo, de aspecto castellano y ascético. Están corrigiendo, al parecer, unas pruebas de imprenta. “–¿De qué se trata, Ramiro?” –preguntamos. “–Es un manifiesto, Carmona. Invitamos a la revolución total. El caos como único partido político de los españoles–”.

Éramos un grupo de huérfanos. Huérfanos de España, ni más ni menos. ¡Qué entusiasmo, qué emoción humana, qué ganas de hacer cosas, buenas o malas, bien o mal hechas, pero hacerlas! Ninguno podía hacer nada más que rebelarse; el peso muerto de la Historia, la leyenda negra, Lepanto, los tercios de Flandes, la Contra-Reforma, Viriato, &c., instaban a la rebeldía, porque estábamos hartos de historia, y a la impotencia. Tampoco teníamos maestros. La juventud española de 1923 careció de maestros. Cada uno tuvo que ser, hasta donde fue posible, su propio maestro. Hoy, veintisiete años después, debemos felicitarnos de ello; la soledad, aunque amarga, es el mejor maestro. Entonces no lo sabíamos ni podía saberse. Pues, ¿qué calor humano había, por ejemplo, en Unamuno, en su cerril egoísmo, en su “yo” permanente, enfermizo? Dialogar con él equivalía a recibir el impacto de una interminable y fatigosa, serie de “yo esto”, “yo lo otro”, &c. Demasiado “yo”; ¡el inmenso “yo” empantanado de Don Miguel! Ortega y Gasset ignoraba el diálogo con los jóvenes; Zubiri vivía ensimismado, abroquelado, en el argumento ontológico de San Anselmo, su obsesión; Marañón nos acogía, solo él, en verdad, con optimismo, como un alegre muchacho grande y, al dejar su luminosa compañía, la soledad ibérica, erizada de resentimiento, nos tragaba otra vez en el mismo portal de la casa; Antonio Machado, remoto allá en Segovia, enseñando, quizá por ironía inescrutable, la lengua francesa; Baroja prefería la boina, el paraguas y el gato a la impaciencia de los jóvenes; los demás no contaron nunca. Nada podían ofrecernos en cuanto a mensaje. Eran sepulcros blanqueados.

No divaguemos más. Estamos en el café Recoletos, entre un grupo de jóvenes de 1923. ¿Quién es aquél, retirado en una mesa distante, solo, silencioso? Es Dionisio Ridruejo. Sí, es él. ¿Qué hace aquí, con su aire entre rural, campesino, y despistado? Acerquémonos; está leyendo a Ganivet, otro despistado. Tanto que huyó a un país hiperbóreo a suicidarse, también herido, como todos nosotros por el mal de España; por ese dolor, fundidos en la misma substancia. Dionisio, ya lo sabemos, quiere una España grande, y si hay que matar a muchos españoles y destruir hasta el cimiento las viejas ciudades, no importa; se hace. El sostiene que la sangre es la columna vertebral de la Historia. “—Hola Dionisio, ¿qué haces?–” “—Aquí estoy, leyendo a Gavinet. ¿Trasnochado, verdad? Estoy harto de todo esto. Voy a irme a cualquier pueblo, de maestro. Quiero sentir el pulso de España–”. Y al hablar, abarca el café entero en la mirada. Sí, éste es de esos: éste es sangre del pueblo y ha mamado la sangre del pueblo en la leche materna. Este no es un señorito. Y nos sentamos, ahora, a su lado.

Pasará el tiempo –pensamos–. El tiempo, esa inmovilidad en movimiento. Un día volveremos, unos antes y otros después, a las viejas ciudades que nos segregaron por inverosímiles y raros. Pero todos volveremos. Así ha sido siempre; es el destino insalvable. Volveremos de médicos, de profesores, de jueces. ¿Qué le vamos a hacer? La enorme rueda de la inercia hispánica nos convertirá entonces, sin darnos cuenta, en otro de sus inmóviles canjilones. La rueda del escepticismo que gira, desde hace siglos, en la misma dirección. Nuestra rebeldía desaparecerá limada por la inercia diaria. Pasearemos, cansados y solemnes, por la plaza, junto a un cura, el notario y el teniente de la Guardia Civil. ¿Qué se hizo del león que guardábamos en el pecho?… Y quizá nuestros hijos, en los cafés de Madrid, sientan en su día el incurable dolor de España. El dolor que tiene la substancia del amor.

1923: la provincia española

 

Nosotros, los jóvenes de 1923, habíamos querido conquistar Madrid. Así se decía entonces. Pero un día cualquiera sería el del regreso a la provincia española originaria. Otras generaciones lo habían hecho, sí, volveríamos convertidos ya en elementos de orden; así se decía también. O sea, volviéramos desencantados, escépticos y derrotados. Ningún camino español de 1923, iba a ninguna parte.

Nosotros, los jóvenes de 1923, habíamos querido conquistar Madrid. Así se decía entonces. Pero un día cualquiera sería el del regreso a la provincia española originaria. ¡Qué remedio! Otras generaciones lo habían hecho. Sí, volveríamos convertidos ya en elementos de orden; así se decía también. O sea, volveríamos desencantados y escépticos, derrotados. Ningún camino español de 1923 iba a ninguna parte. El asmático reloj hispánico nos habría puesto a su hora retrasada; él a nosotros. Regresaríamos con los ideales y las emociones reducidos a cenizas; cenizas sin el rescoldo del fuego inicial. Literatura y arte, cosas de locos. Ciencia, ¿para qué? En adelante, allá en la provincia, bastarían con un poco de fariseísmo religioso, un casino y el periódico del día para ir tirando. Era lo suficiente. ¿Que gobernaban el país los liberales? Bueno. ¿Que gobernaban los conservadores? Bueno. Todo uno y lo mismo. La inercia, la sequedad espiritual, la desgana, lograrían, al fin, atraparnos. Lo de siempre. ¡España de la muerte y la renuncia! El tiempo inmóvil devorándose a sí mismo.

 

Obviamente no se habría inscrito Francisco Carmona, como dice Riquelme, “en la Universidad Complutense”, pues la de Madrid, que se había instalado como Universidad Central en 1822 (la primera fundada en España por “simples ciudadanos sin nombre” de la Nación, no heredera de instituciones del Antiguo Régimen, como las otras universidades reasumidas por la Nación política), no había tenido todavía la ocurrencia de travestirse, por aparentar solera, en falso ente renacentista (adopta ese nombre ajeno a partir de 1970, en las postrimerías del nacionalcatolicismo franquista). Adviértase también que es Riquelme quien añade “el Gijón” a los cafes que menciona su biografiado.

¿Poblaban entonces la imaginación de Carmona esas negras imágenes de níveas lápidas funerarias hechas mesas de café, tal como afloran en España: tríptico de ira (1958), o no fueron sino contaminaciones del recuerdo tras haber leído La Colmena (1951) de Cela? ¿Qué grado de elasticidad tiene el “1923” que repite una y otra vez Francisco Carmona en su libro de 1958 (“Madrid, 1923: Cafés literarios”, “1923: la provincia española”, “Madrid: los amigos de 1923”, “Una tarde de 1923”)? Cuando habla de los amigos de 1923 dice, por ejemplo:

«Veamos. Quien esto escribe era por entonces, al parecer, un joven flaco, melancólico, de color moreno-verde. […] Carranque había interpretado el papel de un galán en la película Zalacaín el aventurero, sacada de la novela de Baroja, y le quedó una apostura narcisista de astro de la pantalla. Andrés había hecho otras cosas también, como fogonero en un barco mercante, boxeador, guitarrista y albañil. Con estas experiencias escribió su primera novela, Uno

Pero sucede que la actuación de Andrés Carranque de Ríos en la película Zalacaín el aventurero es de 1930, y que publicó Uno en 1934… El difuso “1923” del que se sirve Carmona en 1958, confunde sin precisión y permite ignorar otras actuaciones suyas de entonces: así, en la relación de “Obras del Autor” que ofrece en 1958, olvida sus opúsculos de 1920 y 1921, pero también los tres libritos que publica junto con César González-Ruano en 1927, y tampoco menciona La Esfera, por ejemplo, entre las revistas donde colabora.

En 1926 Carmona se identifica con un “Silvestre Rey” que veranea en la sierra (“Andanzas sentimentales. El veraneo en la Sierra”, La Libertad, Madrid, viernes 30 de julio de 1926), un “Silvestre Rey” que, seis meses después, ya sólo camina a su lado en la “Estampa nocturna” que le publica La Esfera (ilustrada revista donde, en noviembre de 1926, ya había aparecido “La muñeca asesinada”, relato que, por cierto, reprodujo el 18 de abril de 1927 el Diario de la Marina de La Habana).

Un profesor español, Luis Fernández Cifuentes, de forma totalmente gratuita, resultado sin duda de cierto apresuramiento, hace de “Carmona Nenclares, fundador y director de la Revista de las Españas…” (Teoría y mercado de la novela en España: del 98 a la República, Gredos, Madrid 1982, pág. 326). Pero Francisco Carmona no fue fundador, ni director, de Revista de las Españas (publicada desde junio de 1926 por Unión Ibero-Americana, la institución constituida en 1885 que, presidida por Faustino Rodríguez San Pedro, celebra por vez primera, en 1914, la Fiesta de la Raza). Francisco Carmona se estrena en Revista de las Españas en agosto de 1927, por boca de Verdepino, heterónimo suyo, con una nota crítica contra los poetas vanguardistas:

1927 «El caso del poeta del cuento no es un caso aislado –continua Verdepino–. Tampoco se circunscribe en determinada forma de arte. En lo que se refiere a la pintura, el expresionismo –futurismo germánico– existía durante la última invasión glaciar en determinados puntos de España. La diferencia esencial reside en que aquellos honestos cazadores de ciervos eran verdaderamente futuristas, pues hicieron todo lo que les fue posible por adelantarse a su tiempo. Los futuristas modernos pretenden y proponen la destrucción de los Museos. Esta destrucción tiene por único objeto evitar que las generaciones se sigan copiando las unas a las otras. Mientras tanto, ellos vivirán dibujando los mismos arabescos, combinaciones de arco-iris sólidos entrecruzados con fragmentos de guitarra y pegando sobre la composición desgarraduras de periódicos y etiquetas de botellas. En esto se parecen a sus maestros de la época del reno, quienes decoraban las paredes de las grutas con siluetas de animales y figuras humanas de cabeza triangular, estirado talle filiforme y piernas donde se sorprende la elefantiasis máxima. La protohistoria y lo pueril ejercen una enorme atracción en el espíritu de los adeptos a la vanguardia. También en ellos se marca la predilección por la escultura negra y los garabatos infantiles. Quedan todavía, como pruebas de “vanguardismo” el desprecio a la mujer, propio de los pueblos semibárbaros, y el odio a la luna que también sienten los perros que la ladran. […] Los futuristas –acaba Verdepino– tienen que desandar en breve plazo treinta mil años de historia. Por eso todos ellos actúan de oficiantes en el culto del automóvil. Un pretérito de treinta mil años no puede andarse en carreta.» (Carmona Nenclares, “El futuro futurista”, Revista de las Españas, Madrid, agosto de 1927, nº 12, págs. 532-533.)

Carmona se acerca no sólo a Unión Ibero-Americana, sino también a César González-Ruano, dos años más joven, con quien publica ese mismo año, como segundo firmante, tres libritos sobre escritores coetáneos, bajo el rótulo genérico de Nuestros Contemporáneos.

«Nuestros contemporáneos, por C. González-Ruano y F. Carmona Nenclares. Estos dos notables escritores y críticos literarios acaban de publicar, en sendos volúmenes, estudios consagrados a tres de nuestros más conocidos novelistas contemporáneas: Eugenio Noel, Eduardo Zamacois y José María Acosta. La obra de los tres literatos merece a los Sres. González-Ruano y Carmona Nenclares, agudas observaciones críticas y muy precisas semblanzas literarias, escritas con fina elegancia y con gran penetración psicológica.» (ABC, Madrid, sábado 19 noviembre 1927, pág. 31.)

«Ahora tenemos a la vista una monografía escrita por dos críticos jóvenes, González-Ruano y Carmona Nenclares sobre la personalidad y la obra de un novelista también joven y a quien estimamos de muy especial manera: José María de Acosta, el autor, entre otras varias, de esas dos novelas que quedarán destacadas dentro de las letras españolas contemporáneas y que se titulan La Saturna y Amor loco y amor cuerdo. Es la monografía clásica, depurada, atenta. La monografía que busca, ante todo, los matices más dispares y representativos de la totalidad de una obra. Porque esa es la misión de la monografía literaria: buscar y acumular elementos críticos, facilitar la obra ya serena de quien ha de juzgar y valorar más tarde de una manera definitiva y completa. Presentar todas las facetas conocidas de un poder creador que aún está dando y dará destellos nuevos.» (José M. Benítez Toledo, “Hombres y libros”, La Prensa, Santa Cruz de Tenerife, domingo 27 de noviembre de 1927, pág. 3.)

«C. González-Ruano y F. Carmona Nenclares. Jose María de Acosta. Madrid. Renacimiento. 1927. This book is one of the series Nuestros Contemporáneos. It is at once simple and scholarly, and the complete documentation adds greatly to its usefulness. The authors have wisely subordinated biography and devoted their attention to the literary achievements of the novelist and the place accorded him by the critics. There are copious quotations from contemporary reviews, those from the Romance Languages being left in the original, while all others are translated into Spanish. The reader is left with the desire –and the basis– for studying the works of Jose María de Acosta. University of Oklahoma. Eugenia Kaufman.» (Books Abroad, University of Oklahoma, Apr., 1929, vol. 3, nº 2, pág. 143.)

Consigue Francisco Carmona, el 22 de marzo de 1928, pronunciar una conferencia en Unión Ibero-Americana, aunque “fuera de ciclo”:

1928 «–En la Unión Iberoamericana, a las seis y media de hoy jueves, por la tarde, disertará D. F. Carmona Nenclares sobre el tema “El espíritu americano”.» (La Libertad, Madrid, 22 de marzo de 1928, pág. 7.)

«Actos públicos en el domicilio social. Ha seguido, durante el mes de Marzo, desarrollándose el ciclo de conferencias organizado por la Unión Ibero-Americana para 1928 […]: Don Miguel Aguayo, el día 6, el tema “El espíritu español en América a principios del siglo XIX”. Don Rodolfo Reyes, el 9, habló acerca de “La VI Conferencia Panamericana y la no intervención”. Don Gustavo Pittaluga disertó, el 16, sobre “La América Negra”. El día 20, D. Alfonso Hernández Catá, habló acerca de “La obra del espíritu en Cuba republicana”. Don José Gascón y Marín, el jueves 29, desarrolló el tema “El derecho social en América”. […] Fuera del ciclo pronunció una conferencia, el día 22, el Sr. Carmona Nenclares, acerca de “El espíritu americano”.» (Revista de las Españas, Madrid, marzo 1928, año III, nº 19, pág. 123.)

Y es Revista de las Españas quien anuncia como primicia un próximo libro de Carmona, dedicado también a glosar a un autor contemporáneo, pero ya como primer y único espada (superado el papel de segundón de César González-Ruano):

«Se anuncian una Vida y un Arte de Goya, de Eugenio d'Ors, en francés. […] También se anuncia un Goya de Gómez de la Serna en “La Nave”. –Breve mención: el escritor Carmona Nenclares ha redactado un “Blanco-Fombona” para la Editorial Mundo Latino. Es un ensayo lleno de fervor y de afirmaciones audaces, en el que Blanco-Fombona queda elevado para el porvenir a un Sarmiento, a un Montalvo, de Venezuela. Y en que su espíritu guerrero y poético aparece bien reflejado por la pluma experta de Carmona Nenclares.» (Revista de las Españas, abril-mayo 1928, 20-21:193.)

cubierta del libro F. Carmona Nenclares
Vida y literatura de Rufino Blanco-Fombona
Editorial Mundo Latino
Madrid 1928, 127×195 mm, 188 páginas.

[cubierta] “F. Carmona Nenclares | Vida y literatura de Rufino Blanco-Fombona”. [1] “Vida y literatura de Rufino Blanco-Fombona”. [2] “De F. Carmona Nenclares. La ruta de la vida. Pío Baroja. Eduardo Zamacois (Nuestros Contemporáneos). José Mª Acosta (Nuestros Contemporáneos). Vida y literatura de Rufino Blanco-Fombona. El amor y la muerte en las novelas de Alberto Insúa. Próximamente: Ensayo sobre José Francés. Ensayo sobre la novela andaluza (1831-1928).” [3] “F. Carmona Nenclares | Vida y literatura de Rufino Blanco-Fombona | Editorial Mundo Latino | Madrid | 1928”. [4] “Es propiedad. Copyright 1928 by ‘Mundo Latino” | Tip. Yagües. - Plaza del Conde Barajas, 5.” [5] “Para María L. Revilla, elegida compañera ideal.” [7] “Itinerario.” [9-188] Texto [firmado “Primavera, 1927.”].

———

«A principios de 1928, toda la intelectualidad española, secundada en seguida por el entusiástico clamoreo de toda América, pide para el proscrito ilustre la alta consagración de un premio Nóbel en documento que lleva el precinto obligado de las Academias, empezando por la Española. Detalle que ya significa, por sí solo un triunfo para este escritor independiente, siempre tan enemigo de interesadas pleitesías, y que sólo por la fuerza de atracción de su obra logra esas adhesiones sin el menor desgaste de su altiva personalidad. Este mismo año 28, un joven de gran talento, F. Carmona Nenclares, consagra un libro, en el que la admiración se expresa, iluminada y consciente, a estudiar la compleja figura del novelista que Max Nordau, ínclito rey de armas literario, proclamó de estirpe balzaquiana. Este libro, que se titula xixVida y Literatura de Rufino Blanco-Fombona, viene a acrecer la copiosa bibliografía crítica que ya existe en torno al autor de El Hombre de Oro, proclamando en voz políglota sus originales valores, y se coordina dignamente en la serie de esos estudios sucesivos que una actividad incesante rebasa. […] El libro de Carmona Nenclares tiene el interés especial de ser la obra de un joven de la novísima generación, lo que le presta cierto carácter representativo, permitiendo decir que Blanco-Fombona sigue teniendo para la juventud de hoy la misma prócer estatura que tuvo para la de su época; esa reciedumbre y corpulencia que salvan a un escritor del peligro de los reflujos temporales. La monografía de Carmona Nenclares viene a completar con el sufragio juvenil el sentido consagrado de esa petición del Nóbel para R. Blanco-Fombona en este instante jubilar de su existencia literaria. Por lo demás, aunque publicado este mismo año, ya el libro de Carmona Nenclares resulta rebasado en su aspecto documental por una nueva obra de Blanco-Fombona, Tragedias Grotescas, que si no impone un esencial retoque a su imagen literaria, sí pide recalcar con energía algunos de sus rasgos, que subrayan el sentido de una preocupación ocasional: los temas teológicos que ya aparecían, con insólita presencia, en La Mitra en la Mano tratados con una ironía amable y un dominio herético de la casuística.» (R. Cansinos Assens, “Crítica literaria. Tragedias grotescas, por Rufino Blanco-Fombona. Editorial América, Madrid 1928”, La Libertad, Madrid, 9 junio 1928, pág. 6.)

«Vida y literatura de Rufino Blanco Fombona, por F. Carmona Nenclares. Editorial Mundo Latino. Madrid, 1928. Entre los escritores de la nueva generación descuella, por su espíritu crítico, sutilísimo y original, Carmona Nenclares, que en anteriores ensayos sobre nuestros principales escritores, y en este que comentamos, ha dejado la huella profunda de su inteligencia y su cultura. Carmona Nenclares es un crítico constructivo. No es, afortunadamente, de esos críticos demoledores que entran en la obra ajena más con la piqueta y la azada que con el escalpelo. Carmona Nenclares ni aun el escalpelo necesita para su análisis. Le basta con emplear el palustre. Frente a la obra que enjuicia levanta otra suya, muy personal. Ya escribe él en este ensayo que “quizá recordamos todos demasiado vagamente que el espíritu crítico crea ante la creación ajena”. Carmona Nenclares no lo olvida. Y los edificios que él construye no desmerecen de aquellos que los originaron. Son de ajustada traza arquitectónica, airoso, alzado, puras líneas y sobria decoración. Pero, sobre todo, son de una gran originalidad. Leer un ensayo de Carmona Nenclares sobre un autor es tener la seguridad de que va a decirnos cosas que antes que él no se dijeron, de que su examen se ha de separar fundamentalmente de los que le precedieron. Y esto, sin desbarrar. Dando en el clavo, que es lo difícil. Toma unos puntos de vista insospechables para el examen, y que, no obstante, resaltan acertados. Los mismos escritores quedan a veces sorprendidos viendo que este brujo de la crítica los conoce más a fondo de lo que ellos mismos se conocen, que descubre en sus labores particularidades que los propios autores ignoraban. En este volumen sobre Rufino Blanco-Fombona, Carmona Nenclares traza con vigorosas líneas la biografía novelesca del escritor hispanoamericano y analiza su poderosa obra con fervor que no está exento de imparcialidad. José María de Acosta. Madrid y junio 1928.» (Diario de Almería, Domingo, 1 Julio 1928, pág. 1.)


Itinerario

  1. Intención, 9
  2. Silueta del escritor, 15
  3. Mosaico biográfico, 19
  4. Interpretación ideológica, 69
  5. Blanco-Fombona y la nueva literatura, 83
  6. El novelista, 101
  7. El poeta, 125
  8. El historiador, 133
  9. El viajero, 139
  10. Blanco-Fombona al través de los críticos, 145
  11. Influencia del escritor, 165
  12. Resumen panorámico, 183.

I. Intención

Este ensayo nos depara la sugestiva tarea de acercarnos a una figura ciclópea que amábamos desde las lontananzas contemplativas de lectores anónimos. Se trata de Rufino Blanco-Fombona. Hemos de ponernos frente a él, desdeñando ciertas actitudes desmayadamente elogiosas, encendido el anhelo ensayístico en ademán de encontrar la esencia absoluta de su espíritu, que apunta hacia el contorno con insistencia de arco movido por la idea de una herida eterna.

La actitud valorativa, analítica, filosófica, aquí adoptada, es única para la figura que nos ocupa. Blanco-Fombona se aparece precisamente como el espíritu de más difícil adjetivo. Hallamos en él tan vivamente impresa la existencia del absoluto humano, que la certidumbre de esa existencia deslumbra. Sin embargo, no es el suyo espíritu de torre de marfil. Quiere esto dar a entender que no sorprendimos en él, coincidiendo con lo que pudiera decirse ausencia de relieve adjetival, la serenidad melancólica que late en quien se apartó de los lugares transitados por la multitud.

No. Todo lo suyo es multitud y soledad al mismo tiempo. La vida corre en él por diversos cauces, que no se confunden jamás, pero que avanzan siempre paralelamente. Su espíritu –repitamos– es más corpulento que el de la torre de marfil de un entristecido. Empero, no deja por eso de aparecérsenos con algo de ebúrneo retiro, no lejos del ágora, donde gusta descender.

La soledad, el estado del hombre solitario, de torre de marfil, es considerable como estigma de timidez y también como cifra de fortaleza. Débil es aquel solitario que se siente sin bríos para encajar sus anhelos en el desdén de una vida que le aparta de sí lentamente. En nuestra literatura, un ejemplo, Baroja, salta ahora a la memoria.

Fuerte es aquel solitario que llena el ámbito de la soledad con el nervio de su propia energía. Blanco-Fombona, creemos, está en el aislamiento energético de quien se siente mecido por anhelos de desafío a todo lo eterno.

* * *

El presente ensayo ha de detenerse esencialmente en los motivos ideológicos, sentimentales, que norman la personalidad de nuestro escritor. Hemos, pues, de pararnos ante la literatura de Blanco-Fombona para encontrar, aislándoles luego, esos temas normativos. Nos mueve, por tanto, una intención interpretativa. Pensamos por eso un poco en él antes que en su propia obra.

* * *

Nos importa señalar aquí, precisamente en la intención de este ensayo, que todas nuestras palabras se orientan hacia una crítica literaria que no ha de ajustarse a otros moldes que al de nuestro propio pensamiento. Es decir, la labor que realizamos es labor meramente interpretativa, de cara a lo eterno humano, de espaldas a la tradición, al precedente y al dato suministrado por crítica anterior. Queremos, en todas las páginas presentes, señalar el sitio elegido por la inteligencia, que nos sitúa entre las cosas, y también el sitio de Fombona entre ellas.

Cuando nos hemos puesto a escribir olvidamos todo lo que aprendimos sobre el autor, si nos llegó por cauce diverso de nuestra sensibilidad. Pretensión nuestra es la de ser sinceros con nosotros mismos y, ante todo, la de volcarnos en nuestras propias palabras. Nosotros seremos siempre nosotros.

Al acercarnos a un autor como este Blanco-Fombona, que es tan él, le afrontaremos desde el cimiento, para luego, ayudados únicamente de nuestra sensibilidad, levantar su arquitectura espiritual según la lectura, el amor y la contemplación nos orienten.

Conviene no olvidar ninguna de estas palabras. Pues quizá recordamos todos demasiado vagamente que el espíritu crítico crea ante la creación ajena. Esta despierta el aparato analítico de la crítica, que cuando comienza a ejercitarse sobre la ajena creación, parece olvidar un poco el motivo inspirador. Bien sabemos que para crear es necesario el olvido de lo ya creado.

La crítica literaria es una especie de cedazo por donde se criba el motivo crítico. El cedazo le aporta el crítico mediante su propia inteligencia, puesta en pie por el motivo inspirador.

Esta es la razón, no sabemos si buena o mala, pero desde luego nuestra –esto sí lo sabemos–, por la que hemos creído siempre que toda crítica de arte debe imbuirse en un criterio subjetivo. Por ello no desdeñamos las palabras de Kant en su Crítica del juicio{1}. “No hay ni puede haber ciencia de lo bello –decía–, sino crítica de lo bello. Si el juicio de lo bello perteneciese a la ciencia, ¿qué valor tendría el juicio del gusto? En las bellas artes cabe modalidad, pero no cabe método.”

{1} Primera edición, publicada en 1790. El pensamiento íntegro de Kant acerca de las cuestiones estéticas debe buscarse en la tercera edición de la obra, 1799.

II. Silueta del escritor

La primera vez que le vimos fue un día de primavera. Blanco-Fombona es uno de esos seres que debe ser conocido en la primavera o en el otoño, distintas calidades de una misma exuberancia terrenal.

Entró, corpulento y ruidoso, en la habitación donde esperábamos. Un mechón de rebelde cabello sobre la frente, unos ojos vivos, un andar lento y pesado: de estas tres líneas se formó nuestra primera silueta.

Sentado luego frente a nosotros, hablamos. Blanco-Fombona nos conversa despacio. Acciona levemente. Hay en todo su ser el prestigio intenso, tórrido, de una siesta oriental.

Frente a él, las palabras que pronunciamos parecen volverse sobre sí mismas, buscándose el alma para aparecer prístinas y ofrecérsela. Porque la diafanidad tersa de las suyas nos revela una actitud desnuda frente a los temas eternos de la vida. Pensamos, oyéndole, que la misión de un alto espíritu no es otra que la de, saltando aquello que es únicamente anatomía de la tradición, encararse con el ápice mismo de las cosas. Las palabras de Blanco-Fombona palpitan y son al mismo tiempo duras y veloces, como flechas. Palabras de soledad, también.

* * *

Después de aquel día primaveral le hemos encontrado con cierta frecuencia. En estos encuentros consecutivos se ha ido levantando y endureciendo la primera imagen, labrada ya por el tiempo.

Ahora caminamos junto a él, sintiendo hondamente su profundidad abismática. Blanco-Fombona es una orgía de las fuerzas de la naturaleza. Irrumpe en la vida como algo sideral, encendiendo a su alrededor un anhelo fresco y profundo de que todo sea primavera. Es el hombre para quien no hay pretérito. Futuro, tampoco. Vive siempre en presente –agotándole de continuo–, como un Don Quijote orgulloso de que los molinos de viento fueran molinos y no gigantes.

La pasión lleva a Francisco Carmona a estampar, en este libro, amante dedicatoria: “Para María L. Revilla, elegida compañera ideal”. María Lucía Revilla Quijada, compañera ideal en 1928, había aportado, en abril de ese año, 0,25 pesetas en la suscripción palentina al “Homenaje nacional a Primo de Rivera”. Tenía entonces diecisiete años (nacida el 22 de octubre de 1911, era hija de Teófilo Revilla, secretario del ayuntamiento de Guaza de Campos). Siguieron luego caminos distintos: María Lucía Revilla figura en el primer escalafón de maestras de 1933, ejerce como maestra nacional en Belmonte de Campos, y el 16 de julio de 1936 su destino fue Arcentales, en Vizcaya (donde en septiembre de 1938, ya terminada ahí la guerra, matrimonia con un “joven industrial propietario de esa población”).

También fue maestra la hermana mayor de Francisco Carmona, Francisca Áurea Carmona Nenclares, nacida el 24 de agosto de 1898 [41 semanas después de que matrimoniasen sus padres]. En mayo de 1920 figura entre las numerosas opositoras que aspiran a una plaza de maestra nacional, en la provincia de Madrid, que no obtiene. Desde el 30 de noviembre de 1928 es maestra interina en San Martín de Valdeiglesias, y en julio de 1931 es aceptada como cursillista del Plan Profesional de estudios del Magisterio (con el número 143, por orden alfabético, de entre las señoras), quedando nombrada en octubre de 1933 cursillista Maestra nacional, destinada en junio de 1934 en Ahillones, Badajoz.

cubierta del libro F. Carmona Nenclares
El amor y la muerte en las novelas de Alberto Insua
Crítica
Madrid 1928, 125×193 mm, 146 páginas.

[cubierta] “F. Carmona Nenclares | El amor y la muerte en las novelas de Alberto Insua”. [3] “Carmona Nenclares | El amor y la muerte en las novelas de Alberto Insúa | 1928”. [5] (reproducción de texto manuscrito:) “Perseguiré cada día con mayor empeño la obtención de una prosa de la que se olviden las palabras: una prosa sugerente, insinuante, no detallista ni decorativa. Pero este impresionismo literario mío no me impide admirar a los escritores que bordan y recaman, incrustan, aurifican y esmaltan a los orfebres del idioma. Los admiro sin ansias de emulación. Alberto Insúa.” [7] “Carmona Nenclares | El amor y la muerte en las novelas de Alberto Insúa | Ensayo de interpretación | Crítica”. [8] “Es propiedad | Sucesores de Rivadeneyra (S. A.). Paseo de San Vicente, 20. Madrid”. [9] “De F. Carmona Nenclares. Novela: La ruta de la vida. Ensayo: Pío Baroja. Vida y literatura de R. Blanco Fombona. Ensayo sobre José Francés. El amor y la muerte en las novelas de Alberto Insúa. Colección ‘Nuestros Contemporáneos’: Eduardo Zamacois. Eugenio Noél. José María de Acosta.” [11-13] “Itinerario”. [15-146] Texto. [Contracubierta] “Concesionaria exclusiva para la venta: Espasa-Calpe, S.A. Ríos Rosas, 24. Apartado 547. Madrid | Casilla 2.197. Morandé, 476. Santiago de Chile. | Suipacha, 585. Buenos Aires.”. “Precio: 4 pesetas. Published in Spain.”

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«El cubanismo de nuestro autor constituye un capítulo del folleto El amor y la muerte en las novelas de Alberto Insua (1928), que acaba de publicar F. Carmona Nenclares, el joven glosador de tan generoso caudal admirativo, y en este capítulo el propio novelista escribe estas palabras: “Yo no he querido ser esto o aquello, sino aquello y esto, cubano y español. Y por encima de las patrias, hombre, ciudadano del Mundo.” Su cubanismo literario, se expresa ya en El Peligro (1915), que es una novela criolla, y asoma a trechos también en El Negro que tenía el alma blanca (1922), que, según hace notar Carmona Nenclares, “es casi una novela cubana”…» (R. Cansinos Assens, “Crítica literaria. Humo, Dolor, Placer (novela), por Alberto Insúa. Rivadeneyra, Madrid 1928”, La Libertad, Madrid, 23 junio 1928, pág. 6.)


Itinerario

Pórtico, 15
Norma, 19
Silueta, 27
Perfil biográfico, 31
Temas espirituales, 37
Temas literarios, 53
Clasicismo y juventud, 73
Técnica y crítica, 81
Teoría de la novela, 85
El cubanismo de Alberto Insúa, 99
Una mirada a las novelas y a los críticos, 111
Resumen panorámico, 133
Apéndices, 141

Pórtico

“Y ¿qué es arte? –pregunta Aristóteles en el libro sexto de la Moral de Nicómaco”. –Y responde: “Facultad de crear lo verdadero con reflexión.”

“Dentro estabas y yo fuera y allí te buscaba… Conmigo estabas y yo no estaba contigo porque me apartaban de tí aquellas cosas que si no existieran en tí no tendrían existencia.” San Agustín, Confesionres, libro X, capítulo 28.

Norma

Al acercarnos a la literatura de Alberto Insúa, preténdese, mediante un salto ligero y fuerte al mismo tiempo, columbrar cuál ha sido, cuál es, su interpretación del contorno universal. Este ensayo anhela, por tanto, una visión ecoica de la literatura del novelador de Historia de un escéptico. Visión ecoica quiere decir aquí que para el ensayista el acto de ponerse frente a una obra de arte es comparable al de detener lo más exquisito de su vida, aquello que no fue manchado por lo cotidiano, frente a una interrogación profunda. De una de esas interrogaciones críticas que ensanchan el mundo interior. Pues en la crítica de arte puédese entrever lo infinito humano, inmortalizar –en suma– la propia vida, dejando el alma como sin orillas.

Sabemos de antaño que la obra de arte conseguida –puédese citar de ejemplo cualquiera de las novelas de Alberto Insúa– es como una pequeña escaramuza victoriosa de una gran victoria que jamás se ha de conseguir. Lo conseguido queda siempre lejos de aquello que orienta el anhelo. Este perdura fatalmente virgen en el espíritu del artista.

Destacando la literatura de Insúa dentro de sus propios límites, encontramos pronto unos cuantos libros que señalan momentos cristalizados del anhelo vagamente definido arriba. La intención de nuestro novelista, es decir, el alma que pone en ese ímpetu que le lleva a volcar su espíritu en la literatura, es un arco constantemente tendido hacia la vida. Insúa aparece –digámoslo ya– como algo que pudiera llamarse, por medio de una sola palabra, elemento pasión. Se acerca a las cosas por el camino del sentimiento. Hay en su alma un imperativo de sensibilidad. Sus ideas son sensaciones elaboradas emocionalmente. Antes de convertirse en pensamientos pasaron por la forma, más vaga e ilimitada, de sentimientos. El caso de nuestro novelista es el caso pasión. Y por la pasión debemos acercarnos a él.

Completemos estas observaciones iniciales y cardinales del presente ensayo, añadiendo que hay en el hombre una necesidad de ampliar la realidad por medio de un mundo ideal. El novelista sintetiza la pureza definitiva de esa necesidad, resumen de la que surgen libros como Maravilla. Ahora quedan, pues, completamente determinados los puntos en que gira la literatura de nuestro autor: pasión, ímpetu de amplificar la vida, deseo de una victoria ideal de la que son pálidas cenizas las consecutivas victorias de sus novelas. En el sentimiento, en la pasión y en el deseo de inmortalizar la existencia, viviéndola como en carne viva, polarízase todo Insúa. La interpretación del contorno universal arranca pues, para él, de las normas señaladas. Y este ensayo debe también, como la misma literatura de nuestro autor, inspirarse en tales normas.

* * *

Ellas jalonan mentalmente la literatura de Insúa en tres ciclos. Cada uno de los cuales representa, respecto de los restantes, una vertiente distinta de un único panorama. Integran el primer ciclo la serie de libros que preceden a La mujer fácil. Séanos permitido señalar esta novela como algo involuntario, sencillamente ocasional, en la literatura de nuestro autor. Desde Las neuróticas hasta Maravilla y La hiel, el talento de Insúa se curva en un perfil claro, espigado, grácil. Ha elaborado en precisión y finura la rudeza virgínea de La hora trágica. A medida que dicha elaboración va tomando amplitud, aumenta la contradicción espiritual entre la realidad y nuestro novelista. Se ahonda, cavando en su propia sima, hasta llegar a El negro que tenía el alma blanca, que encierra la suprema enjundia novelística dentro de la más noble consecuencia ideal.

Estos tres ciclos se completan entre sí. No son valores distintos, sino expresión de un único valor. Forman como una misma unidad que mirara hacia tres puntos distantes, pero unidos por una idéntica línea de horizonte, Por eso obsérvase que todas las novelas de nuestro escritor parecen disparadas hacia un blanco eterno: llevar el ideal a la realidad transeúnte. Es decir, poner lo que no cambia, lo que es infinito porque no tiene límites, en lo fugitivo, en aquello que limitado por los hechos es como frontera de nuestra ignorancia. Parten de una aspiración sublime –se ha escrito más arriba que ella une en una idéntica línea de horizonte tres puntos alejados entre sí– queriendo inspirar algo absoluto y transcendental en lo que es fortuito y particular.

El espíritu está condenado a plagiarse siempre y a ser siempre distinto. Quizá por este fatalismo de las normas ha caído Insúa, y, con él sus libros, en un estado psicológico que puede definirse también, como su simbolismo literario, mediante una sola palabra. Mediante el vocablo desolación. El desencanto, el desconsuelo de lo cotidiano, de lo trivial y también –¿por qué no decirlo?– de lo superior y alto, es decir de la vida entera, a la que acaba por considerarse metafísicamente absurda y sin sentido, es el epílogo fatal de todas las novelas de Insúa. No nos legan ellas el amor melancólico que, por ejemplo, Dickens infunde hacia todos sus héroes, sino que nos hacen caer en una desolación profunda, al mismo tiempo que en la idea de que todo gira en la vida en torno de este eje: el dolor.

Débese advertir, finalmente, que el ensayista mira en estas páginas las novelas de Alberto Insúa desde su propia ideología. Además, esa mirada es de índole afirmativa. Trata de hallar los rasgos comunes que la belleza presenta en la literatura del autor escogido. Quiere decir esto, en una palabra, que en la tarea ensayística sería inútil destacar los defectos literarios del novelista. Quédese esta labor para las comadres de las letras. Norma estas páginas el anhelo de lo profundo y claro. De la misma esencia espiritual de Alberto Insúa. Que, como viva, es esencia afirmativa.

Silueta

He aquí un hombre de apostura frondosa. Hercúleo. Ciclópeo. Reposado y seguro también. Muévese lentamente. Con algo de universo en la henchida parsimonia de la vida. Llega a su presencia el ensayista como al espectáculo árdido y lujurioso de una selva tropical. Calor, sensualidad, abismo: esto es lo que sugiere la hombría máscula del novelista. Calor de ser, sensualidad por todos los horizontes de la existencia y abismo de tristezas diáfanas, porque siempre fue triste la sensualidad. Además, hay en él un eco de su América. De la América tórrida. Sobre todo, él es Cuba entera. Sugiere el espectáculo de una siesta perezosa o de un corazón hecho de tierra caliente. América, y mejor, la isla madre, repetimos, está en el espíritu del novelador, llenándole de sus selvas, sus torrentes y sus horizontes claros.

Parece siempre cansado. Hundido bajo el peso de un cosmos invisible para nosotros. También, lleno de cierto desencanto cósmico. Sin duda, su espíritu refleja demasiada civilización. Debe de sentirse terriblemente solo en la primavera –época en que el hombre actual contempla la distancia que le separa de la naturaleza–. Siente la vida líricamente. Llena, además, de su propio ser, que es de lo que ha llenado todo. Por eso las novelas que escribe anuncian la vida que quisiera vivir. La existencia que se desborda continuamente de él.

Mirando hacia su presente y hacia su pretérito, fijándonos en la esencia de su alma, vemos, agazapada en la última lontananza, una expresión fresca y potente del espíritu desatado de las cosas de la tierra. Si se preguntara al autor de estas páginas qué es lo que más le recuerda el ánima del novelista, diría: la madre Naturaleza. Por eso su literatura hay que describirla como una especie de historia natural de los seres humanos.

Resumen

La concepción de la vida que mueve y orienta la literatura de nuestro novelista es, ya se dijo en páginas precedentes, una consecuencia de todo aquello que es necesario incluir en un solo término llamado pasión. El apasionamiento indica una temperatura especial de los sentimientos. Dentro de ese elemento pasión cabe el amor, el interés y, en resumen, todo lo que en la vida encontramos, pero encendido en determinada temperatura. Balzac, un atleta de la novela, supo también, lo mismo que Insúa, cómo se encadena la vida a la literatura; pero en él no encontramos hoy el calor y las proporciones que la vida tiene para nosotros, cosas ambas que nos salen al encuentro en las novelas de Alberto Insúa. Temperatura y proporciones que indican lo que pudiera decirse génesis y geometría del estilo.

Las novelas insuianas sugieren la idea de un maravilloso paseo por el bosque de la vida. De un paseo a trechos solitario y soliloquial del autor con su propio espíritu. Yo me represento el origen ideal de esas novelas con una imagen un tanto melancólica. Porque sólo melancolía, íntima y desoladora tragedia vital se desprende de ellas. Una imagen reiteradora del novelista se nos ha hecho familiar, dilecta. Vémosle tejiendo desde un rincón de ensueño las múltiples imaginerías características de la literatura. Dulcemente, dejándose llevar a solas por el anhelo de la vida, surge a nuestro lado el diálogo de Insúa con las cosas. Porque, olvidando un poco la frase stendhaliana, es preciso considerar que la novela de este autor, ese diálogo insuiano con el contorno, no es tanto un paseo a lo largo de un camino como soliloquios, devaneos y disquisiciones de un artista con los fantasmas de su propio espíritu. Es preciso decir de una vez para siempre que el arte es individual, que una obra de arte es el producto único de un temperamento único, y además que nuestro novelista no sale de sí mismo cuando novela. Que jamás se evade de los términos de sí mismo. Y que para él la novela no es, mirada desde el lugar contemplativo que ocupamos, sino un diálogo con su propio mundo interior. Hamlet es por eso Shakespeare. Y así Insúa cifra y compendia idealmente la humanidad de todos sus héroes.

* * *

Lo sencillo en arte es difícil y escondido. Quizá pueda aparecer espontáneo, como ocurre en Insúa. Pero se tratará, igual en nuestro mismo novelista ocurre, de la espontaneidad de un espíritu perfecto, de una inteligencia no extraviada, por tanto, en el tortuoso camino de la sencillez.

El estilo de Insúa es, pues, sencillo. Hase dicho así en páginas precedentes. Precisa destacar ahora que tal nota de sencillez se refiere aquí al límite que guarda el estilo y la gramática. Pues la elaboración mental de ese estilo es, como todo lo que precipita en normas diáfanas, ardua y dolorosa. Nos indica ella algo como la curva vital de una reacción del espíritu ante el contorno. Solamente eso debe expresar el estilo: las concavidades que la vida ahonda en el mundo interior del artista.

Estilísticamente, Insúa es un escritor realista. Pero de esa realidad –de la única– que no existe sino en nosotros mismos. El mundo exterior somos nosotros traslandándonos continuamente a las cosas. El estilo de nuestro novelista arranca, pues, de las entrañas mismas de la realidad. De la realidad de su interior, que habla por su boca. Resulta, por tanto, un estilo bien literario. Porque es de génesis subjetiva y de comprobación y exterior objetivos.

En el texto de la novela, según cuál ella sea, muestra en distinto perfil la armonía concreta y viva que llamamos belleza. Por eso el prestigio de la creación literaria de sus novelas, principalmente de las de la primera época, de En tierra de santos y Mary: los hombres, es tal, que anula el creador mismo, o más bien le confunde con su obra, le identifica con ella, le otorga en plena edad crítica, como Insúa se encuentra, alguno de los dones de los prosistas primitivos, la objetividad serena y, al mismo tiempo, el entrañable amor a sus héroes vistos no como figuras literarias, sino como sombras familiares que dictan al novelista el raudal de su prosa.

* * *

Cuando el tiempo nos aleja reposadamente de la lectura de Alberto Insúa, comenzamos a ver en la visión que nos dejó cómo emergen perspectivas insospechadas, desapareciendo al mismo tiempo otras que la lectura inmediata hizo surgir.

El tiempo estiliza en algo, como una fina línea, la impresión estética. Una visión nueva del arte busca siempre y la encuentra una línea inédita en el espíritu. Línea que amplía en perfil, con un movimiento idéntico al que una piedra forma, cayendo en una superficie de agua, cierta serie pausada de ondas concéntricas. Así, la lectura de Insúa puso en nuestro espíritu una inédita línea estética. Sobre ella emergen los motivos de este capítulo, que destacan desde lejos como cristalizados en distintos temas. Distintos se dice, pero todos ellos unidos en una misma lontananza. Son el amor, la muerte, la pasión y el desencanto. Cuatro vocablos que encierran en sus entrañas el dolor de toda esa sinfonía un poco roja y sensual que hay en la literatura de Insúa.

La muerte, la ironía y el desencanto de la estrecha vida de los hombres, son los motivos que, coincidiendo en el amor, trazan profundas curvas vitales en esa línea que va desde Don Quijote en los Alpes hasta la última novela de nuestro autor. Ellos son los cuatro puntos cardinales de su firmamento literario.

Las anécdotas que el novelista encontró en la pobre existencia se resuelven siempre dentro del ámbito de uno de los motivos citados. Siempre también en una atmósfera emocional distinta. Así, el Amor —–con mayúscula– modula en la sinfonía insuiana frases lánguidas, melancólicas, de renuncia y cansancio desilusionado en La hora trágica; ardientes, vibrantes, macizos sentimientos en El demonio de la voluptuosidad. Inspira horas frenéticamente tristes en Los hombres; apasionadas y como contemplándose a sí mismas en Las fronteras de la pasión. Persiste cierta temperatura amorosa en todos los momentos literarios de Insúa. Ya hemos dicho que es el Amor –repítese que con mayúscula– el punto donde se concentra su experiencia vital y el motivo que dispara constantemente su espíritu hacia las cosas.

Diciembre 1927, enero 1928.

1929 «Libros y revistas. La prosa literaria del novecientes. Reflexiones, por F. Carmona Nenclares. Ediciones Mediterráneo, Madrid, Sáez Hermanos, impresores, 1929. Ni quiere ser este libro una antología de los prosistas literarios del presente siglo, ni por la cantidad ni calidad de los autores estudiados, siete en conjunto, llega a serlo. Según afirma su autor en unas palabras que titula “Propósito”, ha buscado entre los artistas del novecientos, al hombre entre los artistas; después ha buscado la realización del hombre en la obra del arte. Desde luego, se observa en los estudios que integran este libro, un conocimiento total de la personalidad estudiada y una ilustración nada común.» (La Vanguardia, Barcelona, viernes 19 abril 1929, pág. 13.)

«Libros recibidos. –La prosa literaria del novecientes. Reflexiones. de F. Carmona Nenclares. Ediciones Mediterráneo.» (La Libertad, Madrid, 19 abril 1929, pág. 5.)

Pasaron cosas, y César González-Ruano advierte cómo el silencio se ceba con Carmona “por su rebelde actitud y sus frecuentes injusticias” (recuérdese cómo le había de caracterizar Carmona en 1958: “Vemos sentado en el diván, limándose las uñas, con un aire displicente, a César González Ruano. Se lima las uñas y grita unos argumentos. Elegante, fino, cínico, desmadejado…”):

«Desconfiad del crítico sociable. Es una dualidad monstruosa. Lo social excluye el sentimiento crítico y únicamente puede derivar un gran espíritu criticista en sociedad hacia la ironía y la sátira: Larra, por ejemplo. Un escritor joven, sobre quien, por su rebelde actitud y sus frecuentes injusticias, se está, injustamente también, cebando el silencio; un escritor joven, con quien yo he colaborado y tenido mis “diferencias”, Francisco Carmona Nenclares, de quien intelectualmente tengo el mejor concepto, me ha hecho conocer de cerca esa cosa terrible, ese puro placer de sufrir, que es la soledad. En él he visto ahogarse, en silencio, el sentimiento lírico de las cosas y afilarse en un hondo –y creo que lícito– rencor social las uñas de la aptitud y actitud crítica. Se pide serenidad a la crítica y ello me ha parecido siempre un escarnio, como el de pedir ahorro al pobre o nobleza al homosexual. Creo que únicamente el espíritu, voluntaria y fatalmente arrinconado en la soledad, puede despertar de veras al sentido crítico. Y a éste no se le puede exigir serenidad ni le hace falta ser sereno. Quitarle pasión al crítico es hacer de él un miserable eunuco. Glorifiquemos de una vez la parcialidad crítica.» (César González-Ruano, “El crítico y su tiempo”, El Heraldo de Madrid, 13 de junio de 1929, pág. 8.)

1930 «Pocas líneas van a sernos suficientes para presentar a los lectores este libro del señor Carmona. A pesar de su título, que promete una exposición del pensamiento de Ortega y Gasset, lo que en él realmente se contiene es un manojo de confusionismos mentales que su autor padece. Con un poco de esfuerzo crítico sobre sí mismo podría comprender el señor Carmona Nenclares hasta qué punto su libro es una gruesa equivocación. Por fortuna no es posible ya entre nosotros penetrar en los recintos de la filosofía y cometer toda clase de desmanes con impunidad. Varios años de magisterio fecundísimo a cargo de dos o tres grandes maestros y una docena de discípulos fieles al rigor de la disciplina teorética aseguran ya aquí un cierto nivel que imposibilita la circulación de publicaciones como ésta que nos ocupa. Si el señor Carmona Nenclares no dispone de preparación filosófica y no ha logrado aún ese umbral indispensable de soltura que requieren los problemas filosóficos, ¿qué pudo moverle a escribir este folleto y a pretender él medir y calificar una filosofía? Merece la pena intentar una explicación de un hecho así y desentrañar el resorte psicológico –íntimo– a que sin duda obedece. […] El síntoma de la desorientación profunda del señor Carmona reside en lo casi imposible que resulta localizar su actitud. A veces se advierten sus rancias filiaciones positivistas; pero como tampoco le es familiar esta posición, pierde su equilibrio a cada paso. Él mismo no creemos entienda muy bien lo que dice y por qué lo dice. Citas de aquí y de allí sin rastro alguno legitimador lo evidencian.» (Ramiro Ledesma Ramos, “Carmona Nenclares: El pensamiento de Ortega y Gasset. Madrid, 1930, La Gaceta Literaria, Madrid, 15 de abril de 1930, nº 80, pág. 15.)

1931 «Carmona Nenclares (Francisco). Biog. Escritor español, contemporáneo, al que se deben las obras La ruta de la vida, prosas (Madrid 1920); La prosa literaria del nocevientos, y Nuestros contemporáneos (1927), ésta en colaboración con C. González Ruano.» (Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana, Espasa-Calpe S.A., Bilbao 1931, Apéndice, tomo II, página 1123.)

En junio de 1932 publica “F. C. N.” un comentario sobre las “Obras de San Juan de la Cruz”, en la revista Acción Española (tomo III, número 13, páginas 96-97), referencia que incorpora José Pemartín, cinco años después y deshaciendo las siglas, “Francisco Carmona Nenclares”, en “Pensamiento hispánico antirrevolucionario de Acción Española” (marzo de 1937, tomo XVIII, número 89).

«Trátase en esa edición, de un acontecimiento decisivo. Quizá no lo sea para la curiosidad de la mayor parte de los españoles, atenida a publicaciones de tipo primario. Lo es, sí, para quien tenga la conciencia viva del españolismo. Para quien perciba, además, el actual renacimiento de lo invisible, de lo inefable, del lado de allá de las cosas, en suma.»

«En 1932, la Universidad de Heidelberg en Alemania, invitó a varios jóvenes filósofos españoles y de otras nacionalidades a una serie de conferencias sobre la obra del destacado filosofo Edmund Husserl, creador del método fenomenológico. Las conferencias fueron dictadas por varios filósofos alemanes, uno de los cuales era Martín Heidegger, discípulo de Husserl y famoso ya tras la publicación de El ser y el tiempo en 1927. Francisco Carmona fue uno de los filósofos españoles invitados. Yo me enteré que Carmona había viajado a Alemania, después de un incidente que ocurrió durante una de sus clases de Ética en la preparatoria. Era el año de 1965. No recuerdo cómo surgió el tema del nazismo y el holocausto judío, pero Carmona estaba hablando sobre una de las características del fascismo, que según él era su absoluta carencia de ética. De pronto, un compañero de origen alemán, cuyo padre había sido piloto de la fuerza aérea alemana durante la segunda guerra mundial, al escuchar lo que el maestro Carmona, se levantó e interrumpió al maestro y dijo que el pueblo alemán no sabía de la existencia de los campos de exterminio y la persecución de los judíos en la época nazi. El maestro Carmona que era un hombre de fuerte carácter, dio un golpe con la mano sobre el escritorio y en voz alta, casi gritando dijo: Cómo que no sabían, yo estaba ahí en 1932 y vi cómo los grupos de choque nazis rompían las vitrinas de los establecimientos judíos y pintaban sobre ellos una estrella de David para que nadie entrara a comprarles… claro que el pueblo alemán sabía… todos lo sabían y al saberlo fueron tan culpables del holocausto como los que lo llevaron a acabo… eran fascistas y antisemitas… es decir que no es distorsionar la verdad histórica… yo estaba ahí… ¿entiendes?… lo vi con mis propios ojos. Todos en el salón nos quedamos callados. Nuestro compañero alemán, bajó la cabeza y también guardó silencio. Nunca habíamos visto tan enojado al maestro Carmona. El sábado cuando visite su casa, le pregunté sobre su estancia en Alemania y me dijo sobre su visita, las conferencias y los dos meses que había vivido en Berlín es casa de un amigo que estudiaba ahí. Me contó también sobre la forma en que operaba el partido nazi y sobre la visita de Himmler a España para enseñarle a la policía franquista, los procedimientos de tortura de la GESTAPO. Al volver a España, consciente de lo que el fascismo podría crear en su país, el escritor y maestro de Filosofía y Letras, Francisco Carmona, empezó, con muchos otros que querían ayudar en la democratización de su país, a involucrarse también en la política. Siendo un hombre de firmes convicciones políticas de tendencias socialistas, Carmona se afilia en 1933 al Partido Socialista Obrero español.» (Riquelme, 2003: 125-126.)

Carta de José Gaos a Manuel Mindán

Madrid, 18 de febrero 1933

Querido Mindán

Recibí su carta, el trabajo de Carmona y el ejemplar de la tesis. […] En cuanto al trabajo de Carmona, mi voto es que no se publique. Es éste un Sr. que se examinó de no sé qué asignatura, como libre, cuando yo sustituí al Sr. Morente, ante un tribunal del que yo formaba parte. Ha publicado un folleto sobre Ortega, que no es precisamente un modelo de comprensión e imparcialidad. Ignoro si ha sido luego alumno de la facultad. Este trabajo me hace la impresión de una síntesis de apuntes de las clases de Ortega y Zubiri. Prescindiendo de que en él no me parece que haya de personal más que la síntesis, y el dar el todo por propio, el trabajo se presenta con unas pretensiones tan generales y dogmáticas, que lo hacen científicamente inadmisible, al no ir acompañadas de la justificación necesaria y suficiente.

A mi me parece poco serio empezar por una renovación semejante de la filosofía toda, sin poderse apoyar, probablemente, en la lectura y meditación directa de uno solo de los clásicos a quienes se refiere o enmienda. Todo principiante principia por la idea del mundo, por hacerse una –las más de las veces de préstamo, claro. A los maestros toca hacer que esto quede reservado a la intimidad personal y que la publicidad empiece por lo único que el principiante puede hacer con valor objetivo: una labor parcial, modesta… […] Suyo con todo afecto, Gaos.

(José Gaos, Obras completas XIX: Epistolario y papeles privados, UNAM, México 1999, págs. 145-146.)

1935 «Hoy 1 diciembre 1935. Sr. D. F. Largo Caballero. ¡Enhorabuena! Espero ir a saludarle algún día, en compañía de Araquistain. Le saluda afectuosamente, su amigo y camarada. F. Carmona Nenclares.» (Carta manuscrita, Archivo Histórico Nacional, España, CG 679 exp. 7 n. 143.)

1937 «La Evacuación de Madrid… Se interesa la presentación en la Secretaría general de la Delegación de Evacuación, Núñez de Balboa, 31, de las siguientes personas: Julia Chillón de Carmona Nenclares…» (La Libertad, Madrid, 9 marzo 1937, pág. 3.)

«Era 1937. Hacía un año que la guerra civil había empezado. Un congreso de escritores antifascistas se celebraba en Madrid. De repente, en una de las sesiones que se desarrollaban en la Casa de la Cultura, uno de los delegados acusó a Novás Calvo de haber escrito contra la insurrección de los mineros asturianos en 1934. La acusación era grave, ya que de ser cierta conllevaba la pena de muerte. El acusador era un “intelectual” llamado Carmona Nanclares. Prácticamente nadie lo conocía, pero como decía tener pruebas, Lino fue encarcelado. Lo encerraron en el sótano del palacio Spínola. Allí pasó las horas de una noche angustiosa. […] Por suerte, el acusador no pudo presentar ninguna prueba y Lino fue liberado. Pero aquello lo marcaría para siempre. Él habría querido dejar España inmediatamente, pero su partida tal vez hubiese despertado sospechas sobre él.» (César Leante, “La noche de Lino Novás Calvo”, Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, febrero 1994, nº 524, págs. 131-132.)

1938 «Ahora podemos contestar ya nuestra pregunta: ¿qué es ser revolucionario...? Aquel que conciba la necesidad objetiva de la dictadura del proletariado, ese es revolucionario. Pues no hay una necesidad mecánica, automática, de que el capitalismo se resuelva en socialismo sin intervención de la voluntad de los trabajadores. Estos son quienes tienen que decir “sí”. Su destino radica, como hemos visto, en la transformación de la materia, empeñada por sí misma en un movimiento perpetuo, y de la sociedad, también dotada de automovimiento irreversible. Fuera de la Naturaleza y de la Sociedad o Historia, no hay nada.» «¿Y si sustituyéramos el principio de la “reconciliación y armonía de las clases” por el de la “lucha de clases”, realidad que da de sí la comprensión de la experiencia histórica...? ¡Ah, eso es la contrarrevolución! El socialismo que proponga la sustitución será contrarrevolucionario. También lo serán el republicanismo y el comunismo que lo intenten. Armonía de clases quiere decir contrarrevolución y nada más.» (F. Carmona Nenclares, “¿Qué es ser revolucionario?”, Spartacus. Revista socialista. Revista de afirmaciones, Alicante, febrero de 1938, número 8, páginas 6-10.)

Francisco Carmona Nenclares

Con fecha 10 de octubre de 1942 es admitido en México, como exiliado político, por el Servicio de Migración de Tapachula, Chiapas. La ficha del Servicio de Migración de México número 134119, creada el 7 de agosto de 1942, señala que “Viaja en Avión”, con “Tarjeta de identificación expedida por la Legación de México en Venezuela”. Además del retrato de frente y de perfil, la media filiación le describe de complexión: delgada, color: trigueño, pelo: castaño, cejas: pobladas, ojos: cafés, nariz: recta, boca: regular, bigote: no usa, barba: cerrada, señas particulares: ninguna. Datos complementarios: estado civil: casado, profesión: profesor, idioma nativo: castellano, otros idiomas que habla: francés y latín, nacionalidad actual: española, raza: hispana, lugar de residencia: México, otros datos: “Permiso especial de Gobernación seg. oficio 3344 de Relac. Exteriores”. Mecanografiado en el dorso de la ficha: “Admitido en calidad de inmigrante por un año, con las características de exiliado político de conformidad correograma 12412 de 12 mayo 1942. Sin garantía repatriación y pago impuesto de conformidad art. 96 Ley Gral. de Población Vigente. Quedó advertido deberá inscribirse en el Registro de Extranjeros dentro de los 30 primeros días partido contar esta fecha. Tapachula, Chia. octubre 10 de 1942. Por A. del Jefe Serv. rúbrica. Enrique Mier”. Estampilla: “Estados Unidos Mexicanos. Servicio de Migración. El portador fue admitido con esta fecha ★ OCT 10 1942 por haber cumplido con los requisitos de la ley. Tapachula, Chiapas”.

1944 «Ciclo de conferencias en la Universidad. En la Universidad de Sinaloa se iniciarán cursos especiales de Literatura que estarán a cargo del licenciado Francisco Carmona Nenclares, Catedrático de Filosofía y Literatura en la propia Casa de Estudios. Es muy interesante el temario que desarrollará el licenciado Carmona Nenclares en cada una de las Conferencias que se efectuarán los días 7, 14, 27 y 28 del actual, titulándose “Los tipos humanos esenciales de la literatura española de los siglos XVII y XVIII”. Todas las sociedades culturales del Estado de Sinaloa han sido invitadas, así como los más destacados valores intelectuales sinaloenses, los catedráticos y los alumnos de la Universidad y Escuelas Superiores. El licenciado Carmona Nenclares ha sustentado ya conferencias anteriores hace unos meses, con un completo éxito porque la intelectualidad sinaloense correspondió al esfuerzo del sustentante y llenó los salones y pasillos de la Universidad para oír los conceptos expuestos por el licenciado Carmona.» (El Informador, Guadalajara, Jalisco, jueves 9 de noviembre de 1944, pág. 5.)

1947 «En una carta que desde la ciudad de México nos escribió el profesor y amigo Francisco Carmona Nenclares nos dice entre otras cosas: “México, 3 de marzo de 1947. Sr. D. Carlos Manuel Aguirre. Director de Letras de Sinaloa. Culiacán, Sin. Querido Aguirre: …Ustedes forman el grupo de amigos que no podré olvidad fácilmente. Como tampoco podré olvidar a Culiacán: los tres años que viví allí han sido, desde 1936, en que empezó el drama español, los años más constructivos de mi vida; aunque desde el punto de vista externo no se haya hecho notar, lo percibo interiormente. Culiacán, con su sosiego, su tranquilidad provinciana, colaboró en la obra de la madurez personal. Hay, para el espíritu, etapas de anabolia; en ellas, aquél se alimenta, se nutre y enriquece en silencio, por la experiencia humana, la lectura y la sedimentación de las experiencias y lecturas pasadas (porque sólo la experiencia y la lectura lo alimentan). En las etapas creadoras, catabólicas, lo que ha servido de alimento cobra, a su vez, la forma práctica, adquiere categoría de acción en nuestra propia obra, en forma de libro o en la cátedra. Ya ve, pues, lo que Culiacán me ha proporcionado. La sedimentación necesaria, la siembra de muchas cosas que ahora están surgiendo. Por eso será inolvidable. Su paisaje, además, me acompaña. He sentido, a veces, una fuerte nostalgia. Culiacán coadyuvó en asegurarme un éxito con el que yo no contaba. He sido el primero sorprendido por él… F. Carmona Nanclares”.» (Letras de Sinaloa. Tribuna de la Juventud, Culiacán, Sin., Méx., 15 de marzo de 1952, nº 30, pág. 87.)

1949 «Carta en la que se informa a la Agrupación Socialista Española en México de que debido a la morosidad de dos afiliados a las Juventudes, Francisco Carmona Nanclares y su esposa Julia Chillón de Carmona, han sido dados de baja.» (Centro Documental de la Memoria Histórica, España, Armero 2,14,22: carta de 10 octubre 1949, con anotación manuscrita en lápiz en la que se indica que fue recibida el 25 octubre 1949.)

cubierta del libro F. Carmona Nenclares
España: tríptico de ira (Diálogo con Dionisio Ridruejo, en la Prisión Central de Carabanchel, Madrid)
Publicaciones del Partido Socialista Obrero Español (Agrupación de México), México 1958, 87 páginas.

[cubierta] “F. Carmona Nenclares | España: tríptico de ira | (Diálogo con Dionisio Ridruejo, en la Prisión Central de Carabanchel, Madrid) | Carta-Prólogo al Lic. Adolfo López Materos | Publicaciones del Partido Socialista Obrero Español (Agrupación de México) | 1958”. [1] “F. Carmona Nenclares | Catedrático de la UNAM, de la Escuela Normal Superior, de la Escuela Nacional de Maestros, Miembro Fundador de la Asociación Mexicana de Sociología, (Unesco.) | España: tríptico de ira | (Diálogo con Dionisio Ridruejo, en la Prisión Central de Carabanchel, Madrid) | Carta-Prólogo al Lic. Adolfo López Materos | México | 1958”. [3] “España: tríptico de ira”. [5-8] “Carta-Prólogo”. [9] “Dedicatoria”. [11-21] “Introducción”. “Descubrimiento de América”. “México, la Patria del Hombre”. “Después de veinte años”. “¿Qué dirán los muertos, amigo Ridruejo?”. “El olvido y la impunidad”. “Nostalgia”. [23-38] “1. No entregar Dios al César”. [40-57] “2. Madrid, 1923: Cafés literarios”. “1923: la provincia española”. “Madrid: los amigos de 1923”. “Una tarde de 1923”. [59-84] “3. No seas verdugo de tu propia sangre”. [85] “Obras del Autor”. [87] “Se terminó de imprimir este libro en los Talleres de Dimas G. Cruz, Miguel Cervantes Saavedra nº 101, D. F., el mes de marzo de 1958, siendo el tiro de 1500 ejemplares. Formación: Luis Cortés M. Prensas: Arnulfo Morales N.”

Francisco Carmona Nenclares

1979 «Murió el maestro Francisco Carmona Nenclares, y con él la lucha por una República española perdió a uno de sus ideólogos. Nació el 6 de diciembre de 1900, en Belorado, provincia de Burgos, en España. Y dejó de existir 78 años después, el 26 de junio pasado a las 7:45 horas en la ciudad de México. Carmona Nenclares fue un luchador cuyas posturas políticas y firmes convicciones le hicieron marchar al exilio a raíz de la Guerra Civil española. Fue larga su búsqueda de asilo político: Panamá y Venezuela no sólo lo rechazaron, sino aprovecharon su casual presencia para humillarle y culparle de cosas ajenas a él. Fue en 1940, cuando frente a un guardia de migración en territorio mexicano, encontró la hospitalidad: —Estos son mis papeles, dijo el maestro. —¿Sus papeles? ¿Y para qué quiere sus papeles si está usted en su casa?, respondió el guardia. Así narraba don Francisco Carmona Nenclares, casi cuarenta años después, su primer encuentro con México. A partir de entonces, quienes le conocieron lo definen como maestro por antonomasia, un experto y amante fiel de la literatura, la sociología y la filosofía y como un gran republicano. En España fue profesor del Instituto de Madrid y del Instituto Salmerón de Barcelona, secretario de la revista Leviatán antes de la Guerra Civil, y colaborador de Ortega y Gasset en la Revista de Occidente. Durante la guerra ocupó la dirección del periódico Claridad, el segundo en importancia del Partido Socialista; fue también secretario de la embajada del gobierno republicano español en París. En México suplió esos puestos de importancia con otro que, tiempo después, le daría un prestigio y un éxito más que material, humano: la docencia. El maestro Carmona Nenclares se ganó el título, base de largas e interminables convivencias con los jóvenes, le buscaban porque siempre trataba de llegar al fondo de las cosas. “A él le interesaban las esencias; las cosas simples no le interesaban”, dicen quienes le tuvieron por maestro y consejero. La docencia en nuestro país la realizó en la Facultad de Filosofía y Letras, de la UNAM, en la Facultad de Derecho de la Universidad Iberoamericana, en la Normal de maestros y en la Normal Superior. Como hombre sabio, Don Francisco Carmona Nenclares dejó un legado de importantes opiniones en sus colaboraciones en Excélsior, hasta el 8 de julio de 1976, y en Proceso, hasta el último día de su vida. Miembro importante de esta batalla periodística, el maestro ocupa ya un sitio relevante y su testimonio inobjetable es la mejor herencia que hombre alguno pueda dejar. Su única y legítima riqueza fue su experiencia y su única satisfacción los amigos que ganó y quienes hoy reciben como legado sus escritos. Murió su materia pero quedó su esencia, fruto de su lucha incesante.» (Rosario Millán, “Murió Francisco Carmona Nenclares”, Proceso, México, 30 junio 1979.)

Bibliografía de Francisco Carmona Nenclares

1920 La ruta de la vida. Prosas, Madrid 1920, 77 págs. [Imprenta Hernández y Galo Sáez]

1921 Pío Baroja, Madrid 1921, 24 págs. [Imprenta Plaza de los Mostenses 7]

1927 César González-Ruano & F. Carmona Nenclares, Nuestros Contemporáneos. Eduardo Zamacois, Renacimiento, Madrid 1927, 102 págs.

César González-Ruano & F. Carmona Nenclares, Nuestros Contemporáneos. Eugenio Noel, Renacimiento, Madrid 1927, 91 págs.

César González-Ruano & F. Carmona Nenclares, Nuestros Contemporáneos. José María de Acosta, Renacimiento, Madrid 1927, 167 págs.

1928 Vida y literatura de Rufino Blanco Fombona, Mundo Latino, Madrid 1928, 128 págs.

El amor y la muerte en las obras de Alberto Insúa. Ensayo de interpretación, Crítica, Madrid 1928, 146 págs.

1929 La prosa literaria del novecientos, Crítica, Madrid 1929, 141 págs. [Imp. Artística Saez Hermanos]

1930 El pensamiento filosófico de José Ortega y Gasset. Breve examen, Ediciones Mediterráneo, Madrid 1930, 79 págs.

1931 “San Francisco de Asís y San Juan de la Cruz”, Estudios franciscanos, 25, 313-337.

1932 “Obras de San Juan de la Cruz”, Acción Española, tomo III, número 13, páginas 96-97.

1933 “Traducción del alemán de F. Carmona Nenclares”, Jonas Cohn, Pedagogía fundamental, Publicaciones de la Revista de Pedagogía (Biblioteca Pedagógica 9), Madrid 1933, 318 págs.; segunda edición: Madrid 1936, 318 págs. Quinta edición, Losada, Buenos Aires 1966, 317 págs.

1942 Nociones de griego clásico. Libro del alumno y del maestro, Las Novedades, Caracas 1942, 124 págs.

1945 “El viaje de A. de Tocqueville a América del Norte en 1830”, Revista de las Indias, LXXV, 1945, págs. 377-396.

1958 F. Carmona Nenclares, España: tríptico de ira (Diálogo con Dionisio Ridruejo, en la Prisión Central de Carabanchel, Madrid). Carta-prólogo al Lic. Adolfo López Mateos. Publicación del Partido Socialista Obrero Español (Agrupación en México) 1958, 87 págs.

Sobre Francisco Carmona Nenclares

1930 Ramiro Ledesma Ramos, “Carmona Nenclares: El pensamiento de Ortega y Gasset. Madrid, 1930” (La Gaceta Literaria, Madrid, 15 de abril de 1930, nº 80, pág. 15.)

1942 Pedro Bosch Gimpera, “Rectificación” (Cuadernos Americanos, México, 6:53-56)

2003 Julio Riquelme, “Francisco Carmona Nenclares. Perfil bibliográfico”, en Fernando Serrano Migallón (coordinador y prologuista), Los maestros del exilio español en la Facultad de Derecho, Editorial Porrúa & Facultad de Derecho UNAM, México 2003, páginas 117-138.

Textos de Francisco Carmona Nenclares en el proyecto Filosofía en español

1926 “Andanzas sentimentales. El veraneo en la Sierra” (La Libertad, Madrid, viernes 30 de julio de 1926.)

La muñeca asesinada” (La Esfera, Madrid, 27 noviembre 1926, nº 673, pág. 38)

1927 “Estampa nocturna” (La Esfera, Madrid, 22 enero 1927, nº 681, pág. 46)

El futuro futurista” (Revista de las Españas, Madrid, agosto de 1927, nº 12, págs. 532-533.)

1932 “Obras de San Juan de la Cruz” (Acción Española, Madrid, 13:96-97)

1938 “¿Qué es ser revolucionario?” • “Autores y libros”: Un retrato psicológico de Tolstoi, La “nueva traición” de los intelectuales, La Utopía de Tomás Moro, puesta al día (Spartacus, Alicante, 8:6-10 y 26-28)

1942 “Hispanismo e hispanidad” (Cuadernos Americanos, México, 3:43-55)

La ‘arianización’ de los iberos o la prehistoria del franquismo” (Cuadernos Americanos, México, 5:55-60)

1958 España: tríptico de ira (Diálogo con Dionisio Ridruejo, en la Prisión Central de Carabanchel, Madrid), Partido Socialista Obrero Español (Agrupación en México), México 1958.

1975 “De “bellaco, cínico y traidor barato” califica un socialista español exiliado en Méjico a Santiago Carrillo” (Efe, junio 1975)

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