Jorge Mañach Robato
 
1898-1961

Jorge Mañach Robato, fotografiado por Nicolás Muller (Hungría 1913-Llanes 2000)Escritor e intelectual cubano, primer catedrático (desde 1940) de Historia de la Filosofía en la Universidad de la Habana, que se distinguió por una activa participación en la vida política de su tiempo y por su compromiso con el desarrollo y divulgación de la cultura en Cuba. Cultivó intensamente el ensayo periodístico y el filosófico, la crítica, la biografía y el teatro. Nacido en Sagua La Grande (Las Villas), vivió en España con sus padres desde los nueve a los quince años, regresó con ellos a La Habana en 1913 y al morir su padre en 1915, pasó a Estados Unidos donde se graduó cum laude en la Universidad de Harvard en 1920, pasando entonces con una beca de postgrado a La Sorbona en París donde se matriculó en Derecho. Regresó a Cuba en 1922 y en la Universidad de La Habana obtuvo los doctorados en Derecho Civil (1924) y en Filosofía y Letras (1928). Miembro activo del Grupo Minorista de jóvenes intelectuales, ya en 1923 participa en su primera actividad política, la «Protesta de los Trece», contra la corrupción administrativa en el gobierno de Zayas. En una primera manifestación de su preocupación por la cultura cubana, publica Crisis de la Alta Cultura en Cuba (1925) y luego Indagación del Choteo (1928). Integra el equipo de editores de la Revista de Avance (1927-1930), órgano principal de la vanguardia literaria y artística en Cuba, que deja de publicarse ante la represión del gobierno de Machado. Participa en la lucha antimachadista, elige integrarse en la organización ABC, de carácter reformista y burgués, y confirma su alejamiento del comunismo y de sus amigos Rubén Martínez Villena, Raúl Roa y Juan Marinello, con los que polemiza.

Funda en diciembre de 1932, el mismo año en el que publica su ensayo «El Pensamiento Cubano: su trayectoria», que transcribimos más abajo, el programa de radio La Universidad del Aire, programa pionero en Hispanoamérica en el uso de los medios de comunicación de masas para la difusión de la cultura. En 1933, Espasa-Calpe publica en España su biografía Martí, el apóstol, considerada aún hoy como una de las mejores biografías de José Martí y en la que destaca la belleza de la prosa. En 1934 forma parte de uno de los gobiernos de transición que siguieron a la caída de Machado en 1933, pero después de romper ABC con el gobierno y debido al aumento de la represión policíaca, se exilia a Estados Unidos. Allí ocupa cátedra en la Universidad de Columbia hasta su regreso a Cuba en 1939, cuando es electo delegado a la Asamblea Constituyente (1940).

En 1940 oposita y obtiene la nueva cátedra de Historia de la Filosofía, en la Universidad de la Habana, y es elegido Senador por la provincia de Oriente. Es Ministro de Estado (1944) al final del gobierno constitucional de Fulgencio Batista (1944), gobierno en el que también colaboran antiguos amigos comunistas de las luchas antimachadistas. Es uno de los dirigentes del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) fundado por Eduardo Chibás en 1947. En esta época polemiza públicamente con José Lezama Lima a propósito de la poética del grupo de la revista Orígenes.

En 1949 reanuda La Universidad del Aire y en 1950 funda el programa televisivo Ante la Prensa. Abandona Cuba de nuevo en 1953 tras el asalto a La Universidad del Aire por simpatizantes del General Batista, que ha ocupado de nuevo el poder tras el golpe militar del 10 de marzo de 1952. Vuelve a Cuba en 1955 y, después de abandonar públicamente el Partido Ortodoxo, promueve la fundación, el 9 de abril de 1955, del Movimiento de la Nación, que intenta aglutinar toda la oposición política a Batista.

Activista anticomunista desde el Congreso por la Libertad de la Cultura y la revista Cuadernos, colaboró al acercamiento de españoles del interior a esa institución (como López Aranguren):

«Jorge Mañach, hoy entre nosotros, de regreso de Milán, donde ha tomado parte en el Congreso por la Libertad de la Cultura, convalece de una fuerte y repentina afección gripal. En el cuarto del hotel donde se aloja sólo hay periódicos, algunos frascos de medicina y, sobre una silla, con la plegadera a media lectura, un volumen de Los cipreses creen en Dios, de Gironella. […]
—¿Qué tal ese Congreso por la Libertad de la Cultura? –le preguntamos, de buenas a primeras.
—Espléndido –nos responde–, si bien quisiera hacer constar que no hay que confundir este Congreso con esos otros de la Paz, de abierta inspiración comunista. Se instauró en Berlín, hace cinco años, bajo la presidencia de honor de Benedetto Croce, John Dewey, Karl Jaspers, Salvador de Madariaga, Jacques Maritain, Reinhold Niebuhr y Beltrán Russell. Este Congreso tiene, pues, una actividad anticomunista. Es, desde luego, democrático. Importa esta diferencia para evitar lamentables y pueriles confusionismos.
—¿Finalidad del Congreso?
—Su mismo nombre lo indica; la defensa de los valores occidentales, muy señaladamente el de la libertad como condición indispensable para las labores de creación intelectual.» (Al habla con Jorge Mañach, la mejor prosa de América, ABC, Madrid, domingo 9 de octubre de 1955.)

Se auto-exilia a España en 1957. El 20 de septiembre de 1958 representa a la Universidad de La Habana en los actos del CCCL Aniversario de la Universidad de Oviedo. En su parlamento en el Paraninfo de Oviedo, según recoge el periódico La Nueva España del día siguiente, «se refiere al hecho casual de su presencia en el acto, pues si bien recibió el honor de representar al excelentísimo señor rector de la Universidad de La Habana, no es menos cierto que ha sido por hallarse circunstancialmente en España disfrutando su año sabático profesional. Dice que trae un mensaje de admiración, adhesión y cariño de la Universidad de La Habana para la de Oviedo y cree poder decir que también de los estudiantes cubanos, si bien éstos, por la circunstancia también, se hallan dispersos, pero, en situación normalizada, habrían de sentirse orgullosos de ser representados en los actos del CCCL aniversario de la Universidad Literaria ovetense». Mañach regresa a Cuba en febrero de 1959, una vez derrocado Batista.

Se confirman de nuevo, sin embargo, sus desacuerdos con los rumbos marxistas de la nueva revolución. En septiembre de 1960 es jubilado forzosamente de su cátedra en la Universidad de La Habana y en noviembre sale hacia Puerto Rico a ocupar una cátedra en la Universidad de San Juan en Río Piedras y a su exilio definitivo. Fallece en San Juan en junio de 1961, sin haber finalizado su último ensayo, La teoría de la frontera, publicado póstumamente en 1970.

La bibliografía más completa sobre Jorge Mañach, hasta el presente, fue preparada por la doctora Dolores F. Rovirosa (Universidad de la Habana, Filosofía y Letras, 1955) y editada en forma mimeografiada por el Secretariado de la SALALM (Seminar on the Acquisition of Latin American Library Materiasl, Bibliography and Reference Series, 13), Universidad de Wisconsin en Madison en 1985 (ISBN 0-917617-04-5). Lleva el título «Jorge Mañach: Bibliografía», consta de 261 páginas y cubre el período desde 1916 hasta 1984. Incluye una reseña de la vida y obra de Mañach, una cronología y tres secciones bibliográficas (Activa, Pasiva y Complementaria), aparte de varios índices e ilustraciones. La bibliografía activa incluye un extenso listado de los artículos, glosas, semblanzas, cartas, discursos, entrevistas, &c. de Mañach aparecidos en publicaciones periódicas, que ocupa 146 páginas y que incluye 2.169 títulos clasificados alfabéticamente. Del libro de Dolores F. Rovirosa reproducimos la reseña que ofrece de la vida y obra de Jorge Mañach (páginas ix-xx):

«Jorge Mañach: el Hombre y su obra.
En el 50 aniversario de «Martí, el apóstol», por la Dra. Dolores F. Rovirosa
Jorge Mañach Robato nació en Sagua la Grande, Las Villas, Cuba, el 14 de febrero de 1898. Realizó sus primeros estudios en Cuba y en 1907 salió para España en compañía de su familia. En sus glosas «Sagua la Máxima» y «Tierra del sol amada», publicadas en Glosas (1924), nos habla de su ciudad natal. De 1908 a 1913 estudió en las Escuelas Pías, en Getafe, España y en el Colegio Español de Madrid, donde, entre otras materias, estudió pintura con el maestro Alejandro Ferrant y Fischermans. Regresó a Cuba y después de breve permanencia en la Habana, vino a los Estados Unidos, en 1914. Se graduó del Cambridge High and Latin School, Boston, en 1917.
Según él mismo refirió en una entrevista, lo primero que publicó fue en inglés, allá por el año 1916, en una revista del Cambridge High. Entre esas primeras publicaciones se encontraba un cuentecito intitulado «Little Diego». Años más tarde, recordando esos años en Cambridge, escribió «Evocación de la maestra amada», artículo dedicado a Elizabeth Flanders, su maestra inolvidable. [x]
Obtuvo una beca y continuó sus estudios en la Universidad de Harvard, de donde se graduó, Magna Cum Laude, de Bachelor in Arts, después de recibir dos veces el Premio «Susan Anthony Porter» por sus trabajos: «La influencia francesa en la literatura hispanoamericana» y «Las interpretaciones del Quijote» (Mercurio Peruano, 1920). Después de tomar un curso en Lenguas Romances, obtuvo la Beca Sheldon que le permitió estudiar dos años de Derecho en la Sorbonne de París. Regresó a Cuba en 1922. En 1924 se graduó de Doctor en Derecho Civil y en 1928 de Doctor en Filosofía y Letras de la Universidad de la Habana, con la tesis: «La ley de los tres estados de Augusto Comte».
Jorge Mañach comenzó su carrera periodística en 1922. Su primera colaboración fue el 13 de octubre de 1922, para el Diario de la Marina, Habana, con el título de «San Cristóbal de la Habana». A partir de ese momento continuó colaborando regularmente en el periódico con su columna: «Impresiones»: oct. 13 y 14, 1922; «Glosas trashumantes»: oct. 16, 1922-enero 13, 1923; «Glosas»: enero 16, 1923-dic. 13, 1925 y «Ensayos breves»: dic. 15, 1925-marzo 22, 1926, fin de su primera colaboración en el Diario de la Marina. Muchas de estas crónicas las recogió en su primer libro Glosas (1924). De esta época es también su novelita Belén, el Ashanti (1924). En sus crónicas: «Glosas trashumantes» y «Glosas» publicadas en el Diario de la Marina, explica por qué escogió estos títulos para su sección. [xi] «Glosas trashumantes»: crítica de esto y de lo otro, con cierta rebeldía; «Glosas»: la misma idea, pero con un título más sencillo, al alcance de todos. La mayor parte de estas crónicas son de crítica literaria y pictórica, viajes, costumbres, semblanzas, política, cultura general y algunas entrevistas interesantes, entre ellas, una con Amelia Martí, la hermana del Apóstol, intitulada «La hermana de Martí».
Entre 1925 y 1933, publicó sus «Glosas» en el periódico El País, de la Habana. Algunas de estas publicaciones integraron Estampas de San Cristóbal (1926) y Pasado vigente (1939). También de esta época son sus valiosos ensayos La crisis de la alta cultura en Cuba (1925), conferencia leída en la Sociedad Económica de Amigos del País; La pintura en Cuba (1925), obra publicada inicialmente en Cuba Contemporánea, La Habana (sept. y oct. 1924) y traducida al inglés y publicada bajo el título de «Painting in Cuba» en la revista Inter-America, New York (dic. 1925); y el cuento «O.P. No.4», Primer Premio del Concurso Literario que organizó el Diario de la Marina en 1926. En 1932, para el Número Centenario del Diario de la Marina escribió (a petición) un ensayo intitulado «Esquema histórico del pensamiento cubano».
Mañach alternaba sus tareas de escritor con otras actividades muy variadas. En 1923, se hizo miembro del «Grupo Minorista» agrupación de jóvenes escritores, poetas y artistas cubanos empeñados en realizar una completa renovación nacional. [xii] Esta hermandad se organizó en 1923 y duró hasta 1928. El nombre le fue puesto por Jorge Mañach. El 18 de mayo de 1923, Mañach tomó parte, con doce «minoristas» más, en lo que se llamó «la protesta de los trece» contra la deshonestidad pública del régimen imperante en Cuba. De 1925 a 1926, fue nombrado Fiscal de la Audiencia de La Habana y en 1928, se unió a la firma publicitaria García, Sisto y Cía.
En 1927 fundó la famosa Revista de Avance, con Francisco Ichaso, Juan Marinello, Alejo Carpentier y Martín Casanovas. Más tarde Carpentier fue sustituido por José Zacarías Tallet y Casanovas por Félix Lizaso. La Revista de Avance, defensora del vanguardismo, doctrina artística de tendencia renovadora se publicó del 15 de marzo de 1927 al 30 de septiembre de 1930. En ella colaboraron los intelectuales más distinguidos de la época: Miguel de Unamuno, Américo Castro, Eugenio D'Ors, César Vallejo, Jaime Torres Bodet, Fernando de los Ríos, Benjamín Jarnés, Francisco Ayala, Miguel Ángel Asturias, Rufino Blanco Fombona y Mariano Azuela. El Índice de la Revista de Avance, por Carlos Ripoll, fue publicado en New York, en 1969. Mañach aportó 68 trabajos a la Revista, dos de ellos notables: «Vanguardismo» e «Indagación del choteo». En la Revista de Avance también aparecen numerosos retratos pintados por él, los de José Martí, Alfonso Hernández Catá, Eugenio Florit, Amadeo Roldán y otros. La afición pictórica de Mañach se reflejó siempre en su estilo literario.
Publicó tres obras en 1928: Goya, conferencia en el Instituto Hispano Cubano de Cultura; la preocupación cívica aflora en esta obra. [xiii] La intención política se hace evidente en Tiempo muerto, segundo premio en el Concurso Teatral de Obras Cubanas ofrecido por la Secretaría de Instrucción y Bellas Artes, por iniciativa de la actriz argentina Camila Quiroga. Y su famoso ensayo sobre algunas peculiaridades del carácter cubano de entonces, intitulado Indagación del choteo. Este ensayo logró un éxito sin precedentes en trabajos de este tipo debido, posiblemente, a la oportunidad de su publicación y a la elegancia del lenguaje, tan característica de su autor. De esta obra se han publicado tres ediciones: 1928, 1940 y 1955. En 1969, en Miami, se reimprimió la edición de 1940.
En 1931, la organización secreta ABC inició sus actividades revolucionarias. Integraban la misma: Joaquín Martínez Sáenz, Emeterio Santovenia, Carlos Saladrigas, Francisco Ichaso, Jorge Mañach, Ramón Hermida, Alfredo Botet y otros. Mañach fue uno de los redactores de El ABC, al pueblo de Cuba: manifiesto-programa (1932), junto con Martínez Sáenz, Ichaso y Juan Andrés Lliteras. Mañach dibujó también el emblema del ABC. El Manifiesto-Programa del ABC enfocó, por primera vez, desde el punto de vista político, económico y social, el problema cubano y muchos de sus puntos fueron recogidos por la Constitución de 1940.
Jorge Mañach, con la gentil cooperación de don Federico Edelmann, entrevistó a Amelia Martí, la hermana aun viva del Apóstol, en 1924. [xiv] Estas entrevistas fueron publicadas en el Diario de la Marina. Todo parece indicar que este fue el origen de Martí, el apóstol, la biografía de José Martí y la obra cuyo Cincuenta aniversario conmemoramos en 1983.
A principios de 1933, la editorial Espasa-Calpe de Madrid publicó, en su colección «Vidas españolas e hispano-americanas del Siglo XIX», la primera edición de Martí, el apóstol, el libro más famoso de Mañach. Nueve años después apareció la segunda edición. La «Colección Austral» ha publicado seis veces este clásico, la última reimpresión en 1975. Esta obra fue traducida al inglés por Coley Taylor bajo el título: Martí: Apostle of Freedom y publicada, con un prefacio por Gabriela Mistral, por la editorial Devin Adair de New York, en 1950. La tercera edición, escrita en 1961, unos meses antes de morir el autor, fue publicada por Las Américas Pub. Co. en 1963. Esta edición incluye el prefacio (en español) que escribió Gabriela Mistral para la traducción al inglés de esta obra. El Republic National Bank de Miami reimprimió la segunda edición de Martí, el apóstol en 1983.
En 1934, en el gabinete del presidente Carlos Mendieta, el Dr. Mañach fue nombrado Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes (nombre que cambió a Secretaría de Educación). Fundó la Dirección de Cultura y renunció meses más tarde al cargo, pasando a ser director de Acción, diario oficial del ABC. También en este año, ganó el Premio Justo de Lara por el mejor artículo publicado en Cuba, en 1934. El artículo fue: «El estilo de la revolución» y apareció en el periódico Acción. [xv]
Vino otra vez a los Estados Unidos en diciembre de 1934, cuando el periódico Acción dejó de publicarse debido a problemas políticos en Cuba. En los Estados Unidos fue profesor de la Universidad de Columbia hasta 1939 y más tarde del Middlebury College. Así mismo, desempeñó
el cargo de Director de Estudios Hispanoamericanos del Instituto de las Españas y colaboró en la Revista Hispánica Moderna de Nueva York, de la que fue uno de sus redactores, y a la que contribuyó con numerosos artículos, entre ellos: «Gabriela: alma y tierra» sobre la gran poetisa chilena Gabriela Mistral.
Regresó a Cuba en 1939 y pasó a ser, de nuevo, director del periódico Acción. En este mismo año publicó: El militarismo en Cuba: recopilación de artículos publicados en el diario Acción y el ya mencionado Pasado vigente.
Fue electo delegado a la Convención Constituyente de 1940 por la provincia de las Villas. Nombrado Vice-Presidente de la misma, pronunció el «Discurso de apertura de la Asamblea Constituyente.» En 1940 también, y por concurso-oposición, obtuvo la cátedra de profesor de Historia de la Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de la Habana. En el homenaje que se le rindió por ese motivo, pronunció otro elocuente discurso: «El mundo tiene que recobrar su voz verdadera, que es la voz del espíritu, la voz de la razón y de la cultura.» Por el título, tal parece que este discurso fue pronunciado ayer. [xvi]
Electo Senador de la República de Cuba de 1940 a 1941 por la Provincia de Oriente, sigue dedicando parte de su tiempo a investigar y a escribir. Publica El pensamiento político y social de Martí; discurso en el Senado (1941); La Universidad nueva (1942); La Nación y la formación histórica; discurso de ingreso en la Academia de la Historia de Cuba (1943); Miguel Figueroa (1943); La posición del ABC (1943) e Historia y estilo (1944). Esta última obra contiene: La nación y la formación histórica. Esquema histórico del pensamiento cubano. El estilo de la Revolución. El estilo en Cuba y su sentido histórico; trabajo de ingreso en la Academia de Artes y Letras y su ensayo literario más importante.
En 1944, el Dr. Mañach fue nombrado Ministro de Estado en el gabinete del presidente Fulgencio Batista. Renunció a los pocos meses. En diciembre de ese mismo año fue nombrado director-editorial interino del Diario de la Marina.
En 1945, comenzó a colaborar de nuevo en el Diario de la Marina, con «Glosas», feb. 11, 1945-jun. 14, 1950 y «Relieves», sept. 14, 1950 hasta su última colaboración, en diciembre 13, 1959. A partir de 1956, también colaboró, ocasionalmente, en la sección «Aguja de marear.» También en este año 1945, comenzó a colaborar, por primera vez, en la revista Bohemia de La Habana. [xvii] En el Diario de la Marina publicó, entre otros artículos, varias interesantes series: «Perfil de nuestras letras» (1947, 1948 y 1956); «Filosofía del quijotismo» (1947); «En el umbral del centenario de José Martí» (1952); «Resplandor de San Agustín» (1954 y 1955) y «Universalidad de Alfonso Reyes» (1955). En Bohemia publicó, entre otros trabajos, las series: «El pulso de la Isla» (1945); «Para un curso de lecturas formativas» (1947) y «Programa para después» (1952-1953).
Entre 1945 y 1948 publicó: «Lo histórico en la obra de Chacón y Calvo» (1945), Filosofía del quijotismo (1947) y en 1948, Luz y «El Salvador», interesante ensayo sobre José de la Luz y Caballero, y El Ismaelillo, bautismo poético. Los trabajos martianos de Mañach son numerosísimos, Martí fue siempre una cantera inagotable para él.
Siguiendo su tradición de actividades muy variadas, en 1945 fundó el Pen Club de la Habana, en 1948 comenzó a formar parte del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) y fundó la «Sociedad de Amigos de la República.»
En enero de 1949, el Dr. Mañach reanudó la Universidad del Aire del Circuito CMQ (programa que había fundado en diciembre de 1932 en la emisora de los hermanos Salas y que duró, en aquella ocasión, hasta noviembre de 1933). Estos programas fueron publicados en Cuadernos de la Universidad del Aire. Fue coordinador de los programas de cultura de la misma emisora de radio y televisión, así como fundador y moderador del programa Ante la Prensa.
En 1953 ganó el Premio José I. Rivero con su articulo «Varela, el primer revolucionario». En 1955 se retiró del Partido del Pueblo Cubano y organizó y presidió el «Movimiento de la Nación,» gestión encaminada a encontrar una solución pacífica al problema político de Cuba. En 1956, cuando el «Movimiento de la Nación» fracasó, el Dr. Mañach salió de Cuba para Europa. Allá colaboró en numerosas revistas importantes: ABC, Cuadernos hispanoamericanos e Ínsula en Madrid; Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura en París, etc.
Entre 1949 y 1960, Mañach publicó varias obras más sobre Martí: «Discurso del 24 de febrero de 1949» y Espíritu de Martí (1952). En 1953, Significación del Centenario y «Discurso en el homenaje en memoria de José Martí y Zayas Bazán». Entre sus otras obras se encuentran: Semblante histórico de Varona (1949); Examen del quijotismo (1950), ensayo de interpretación de la novela cervantina y su protagonista. Este es su ensayo de más profundidad ideológica y alcance universal. Para una filosofía de la vida (1951), colección de temas filosóficos y sociológicos. Este libro marca la cúspide de su filosofía materialista. El pensamiento de Dewey y su sentido americano (1953). En 1954, «Correspondencia con Alfonso Reyes» y «Carta a Agustín Acosta». En 1956, Imagen de Ortega y Gasset, su mejor ensayo en el campo de la filosofía, y Universalidad de Alfonso Reyes. [xix] En 1957, «Evolución de las ideas y el pensamiento político en Cuba» y «Heredia y el romanticismo». En 1959, Paisaje y pintura en Cuba y El sentido trágico de la «Numancia», un estudio crítico interpretativo de la obra de Cervantes.
Mañach regresó a Cuba en febrero de 1959 y salió de ella, esta vez para siempre, el 2 de noviembre de 1960, después que el gobierno monopolizó los medios de expresión públicos de la Isla y después que se le impuso una jubilación forzosa en la Universidad de la Habana. Su última colaboración para el Diario de la Marina fue «Dos americanos» (dic. 13, 1959). Su último artículo en Bohemia fue «La Universidad y la Revolución» (jul. 10, 1960).
El último artículo del Dr. Jorge Mañach, «José Martí, rompeolas de América» fue publicado en Combate, San José, Costa Rica, en mar./abr., 1961. Su último libro fue Visitas españolas (Madrid, 1960). Aunque su obra póstuma es Teoría de la frontera (Río Piedras, Puerto Rico, 1970). Esta obra ha sido traducida al inglés con el titulo de Frontiers in the Americas (1975).
El Dr. Mañach desempeñó, en los últimos meses de su vida, el cargo de profesor de la Universidad de Puerto Rico y murió en San Juan, el 25 de junio de 1961, a los 63 años de edad. Estaba casado con la Sra. Margot Baños y Fernández Villamil y tuvo un sólo hijo, Jorge Mañach Baños. [xx]
Como escritor, político y educador, Jorge Mañach se destacó por la cantidad y la alta calidad de su producción literaria, por ser un hombre político idealista y honesto y un intelectual cubano de pensamiento responsable y progresista, cuya cátedra, a través de prensa, radio, televisión y universidad, fue todo el pueblo de Cuba.»

 
Selección de textos de Jorge Mañach Robato

Reproducimos la contribución de Jorge Mañach al número extraordinario que el Diario de la Marina de La Habana publicó en septiembre de 1932, con motivo de su centenario. Jorge Mañach había venido colaborando asiduamente en el Diario de la Marina desde sus días en París, cuando con el nombre de «Impresiones» y «Glosas Trashumantes» inició sus crónicas en ese diario, que continuó una vez vuelto a Cuba. El así llamado Número Centenario del Diario de la Marina se publicó en un momento singularmente álgido de la historia de la Cuba republicana. A partir de la prórroga de poderes para el Presidente Gerardo Machado en 1928, se vivía una ola creciente de violenta oposición e intentos de derrocamiento del régimen. «Sus enemigos –según Hugh Thomas– fueron en lo sucesivo las clases medias, los profesionales de las carreras liberales en unión de sus hijos, estudiantes, y los dirigentes de los obreros a través del Partido Comunista.» Todos estos grupos se habían ido radicalizado ideológicamente y en los medios utilizados para hacer oposición. Citando al mismo autor: «En octubre de 1932 las muertes y los asesinatos se sucedían casi cada día. Los policías eran alcanzados en todas partes.» En esta etapa Mañach también combate a la dictadura y se integra a la organización ABC, fundada en 1931, con arraigo en la clase media, los intelectuales y parte del estudiantado, cuyo «Manifiesto-Programa», de carácter reformista burgués, ayuda a redactar. El ABC, inicialmente de carácter secreto, utilizó el terrorismo como una de las armas de lucha contra Machado.

El artículo de Mañach, titulado «El Pensamiento Cubano: Su Trayectoria», es una breve historia de las ideas en Cuba hasta los años 30, pero es una historia muy orientada a delimitar la repercusión política del conjunto o de la dialéctica de esas ideas imperantes en cada época. Delimitar lo que él describe, al principio de su artículo, como la asunción de «un rango histórico, una efectiva intención generalizadora» de esas ideas, asunción que en Cuba no fue posible hasta fines del siglo XVIII. La conclusión de su trabajo describe la situación en 1932 y es reveladora de las dos posiciones contrapuestas de la burguesía reformista y el comunismo, ambas sin embargo revolucionarias. «Por un curioso ritmo histórico, el pensamiento cubano se encuentra ahora, como al comienzo de su evolución, oscilando entre un relativo y un absoluto nuevos. Entre un socialismo posibilista, que ajusta el grado y tempo de la innovación a la peculiaridad cubana, y un comunismo dominado por la teoría y afanoso de la universalidad.» Veinticinco años después de escrito este ensayo, con los nuevos revolucionarios liderados por Fidel Castro en la montañas de Oriente, no esclarecida aún su filiación comunista, Jorge Mañach volverá a contribuir a un número extraordinario del Diario de la Marina, intitulado Siglo y cuarto, con su ensayo «Evolución de las ideas y el pensamiento político en Cuba».

«El Pensamiento Cubano: su trayectoria [1932] por Jorge Mañach.
Hasta fines del siglo XVIII no existían en Cuba las condiciones de cultura individual y colectiva en que sólo le es dable al pensamiento asumir un rango histórico, es decir, una efectiva intención generalizadora. El símil que compara el pensador con el sembrador es tan profundo como venerable. Aparte la simiente y el terreno apto para recibirla, ambas tareas presuponen un grado de madurez imaginativa capaz de apreciar el poder reproductivo de la semilla y de valorar un rendimiento futuro. La evolución del pensamiento en un país es el desarrollo de ese sentido de la eficacia rectora de las ideas y su incremento gradual de previsión. Puede concebirse como una serie de ondas concéntricas, cuyo radio creciente es la intención del pensamiento mismo condicionada por la necesidad y por la curiosidad: por las realidades sociales y económicas y por los influjos varios de la cultura.
El punto de partida es un estado de semiconsciencia de esas realidades y de incultura; una falta de perspectivas críticas. Reducido a los límites mismos de la realidad inmediata, el conocimiento no logra irradiarse en intenciones. Tal fue la situación de Cuba durante los tres primeros siglos de su historia. Hecha la Conquista, como es sabido, para la mayor gloria de Dios y el mayor provecho del Rey, la colonización estuvo regida por la doble consigna de la catequización eclesiástica y la explotación oficial. El conocimiento y el interés asumieron los mismos límites. Fundados en la autoridad, se mantuvieron de la no concurrencia. La cultura fue religiosa, y tuvo por fórmula el dogma, por método la escolástica. A la economía, imperial, sirvió de instrumento el monopolio y de sistema la restricción. De donde resultó una política no menos celosa. El principio asimilista de los Reyes Católicos, a virtud del cual las posesiones de Ultramar habían de ser tratadas como parte integrante de España, no fue sino la excusa de un sistema secular de incomunicación.
Nace el pensamiento en Cuba como una reacción frente a este absolutismo de triple faz. Lo alienta la reacción individualista que a fines del siglo XVIII agitaba el mundo occidental y que, en sí misma, era una insurgencia contra todos los absolutismos, la afirmación del interés y de la razón individual contra el imperio de la autoridad. La vaga repercusión de ese espíritu en Cuba con el iluminismo de Carlos III, contagio de los Enciclopedistas, había ya movilizado la curiosidad en la vida colonial. Pero lo que la determina es una vicisitud histórica. La ocupación de La Habana por los ingleses en 1762 interrumpe la incomunicación de la colonia con el mundo. No obstante su resistencia heroica, queda ya minada en su fidelidad. El criollo entra súbitamente en contacto con otra autoridad, otros valores, otro sentido de la vida. Sobre todo, se le da a gustar la fruta prohibida de la libertad comercial. Al restablecerse el dominio español, la colonia vive ya consciente de las trabas tradicionales, y surge la impaciencia.
Su sentido inicial es, naturalmente, económico. La inconformidad con el régimen extractivo de la factoría, que ya se había insinuado a principios del siglo con la sublevación de los vegueros, se hace ahora consciente, calculadora; deviene pensamiento histórico. Al amparo de autoridades benévolas, hechura del iluminismo, se va afirmando poco a poco un pensamiento económico racionalista, individualista, que aspira a superar los absolutos de la factoría. Contra la restricción, la franquicia comercial; contra la explotación extractiva (minera principalmente), la de tipo agrícola y estimulante.
Nadie representa esta primera fase del pensamiento cubano como el ilustre Francisco de Arango y Parreño. Hombre de una precisión mental extraordinaria, para quien las «especies vagas son el azote de la razón y de la buena lógica»; imbuido de las doctrinas mercantilistas de Turgot y de Adam Smith, dotado ya, en fin, de un sentido histórico de los intereses peculiares de Cuba y de una disposición nobilísima a servirlos, es él quien va logrando sucesivamente de la Metrópoli las libertades económicas que han de fomentar la riqueza insular y permitir la formación de una burguesía rural cubana.
El pensamiento de Arango es francamente utilitario. En Adam Smith ha aprendido que ciertas regulaciones no deben fundarse en el principio de justicia, sin en el de eficacia; y no vacila en sacrificar vagos escrúpulos morales a la conveniencia de disponer de muchos brazos, y baratos, para el fomento de la agricultura. Sus victoriosos alegatos a favor de la libertad de la trata de negros desarrollan el fundamento esclavista de la burguesía cubana. Es la suya una intención de radio estrictamente económico, sin alcance social. Pero la nueva actitud, racional, individualista, utilitaria, suscita otras apetencias. Tiene la ya despierta colonia necesidad de estimular el conocimiento provechoso. Para eso ha de empezar por rescatar del escolasticismo a la enseñanza, sometida a un repertorio precarísimo de materias y a un formalismo vacío y estéril. Ya en 1769, el Obispo cubano Hechavarría, lector de Feijóo, había lanzado la primera piedra, denunciando las «frioleras» del ergotismo y prescribiendo al Seminario de San Carlos –reformado tras la expulsión de los jesuitas– la enseñanza de aquellas doctrinas «que aparezcan más conformes a la verdad según los nuevos experimentos que cada día se hacen y nuevas luces que se adquieren en el estudio de la Naturaleza». Con ese lenguaje, tocado de enciclopedismo, se había iniciado la insurgencia contra el absolutismo intelectual, afirmándose una nueva autoridad y dimensión para el conocimiento.
El tránsito, en lo didáctico y filosófico, del formalismo al utilitarismo, de la limitación religiosa a la universalidad, lo activa ahora la gestión del Pbro. José Agustín Caballero y de la Sociedad Económica, cuna de un enciclopedismo criollo, ávido de novedades y concreciones. Caballero plantea ya implícitamente el problema de la autoridad en el conocimiento al adoptar el criterio cartesiano, que envuelve la petición de libre examen, y amplía y flexibiliza la enseñanza superior, haciendo del de San Carlos un auténtico seminario, matriz de nuevos hombres y nuevas curiosidades, frente a la morosa Universidad Pontifical, dominada aún por el Peripato.
Pero la decisiva liberación de la enseñanza y la iniciación de la curiosidad filosófica en Cuba se debieron, curiosamente, a otro presbítero, el P. Félix Varela, estimulado por otro obispo, Espada y Landa. Con Varela, el criticismo racionalista, de raíz cartesiana, adelanta un paso más. Tasado aún, como el P. Caballero, por su condición eclesiástica, resuelve con decisión su conflicto interior entre la razón y el dogma adjudicándole a la fe el dominio de las ideas religiosas, derivadas de la revelación, y a la razón el de las ideas «naturales», aportadas por los sentidos. Este es el significado de su «eclecticismo». El criterio racionalista se combina en él con la psicología sensualista de Condillac, inspirándole, más que una doctrina filosófica sustantiva, una didáctica intelectual, atenta a «la formación del recto juicio». Pues esto es precisamente lo que necesita, para orientarse y aprender, la incipiente burguesía criolla: una higiene del pensamiento. Varela es nuestro «ideólogo». Al restablecer, con nuevo método, el prestigio de la lógica, quebrantado por el fatuo ergotismo de las antiguas cátedras, realiza su gran contribución a nuestra cultura. Se ha dicho de él que fue «el primero que nos enseñó a pensar». Pudiera añadirse que su naturalismo es la base histórica de la curiosidad científica en Cuba. En lo político, la dirección general del pensamiento durante esta primera época es fideista. Apadrinada en lo económico por sus autoridades locales, la colonia no apetece aún sustraerse a la autoridad metropolitana. Lo que le interesa no es gozar de mayores libertades civiles, sino medrar y educarse libremente. Se comienza ya a vislumbrar, sin embargo, que la libertad económica no será completa ni perdurable sin ciertas garantías interiores y alguna descentralización administrativa. Surge así, dentro del fideísmo monárquico, la tendencia relativista, que opera en dos sentidos: contra el absolutismo como sistema genérico de gobierno y contra el asimilismo como principio específico de gobernación insular.
La reacción liberal que en la misma España habían suscitado las ideas francesas favorecían ambas direcciones. Redactada por el P. Caballero, la exposición que el diputado cubano Jáuregui había de presentar a las Cortes Constituyentes del año 12 proponía ya una adecuación del régimen insular a las condiciones peculiares de la Isla. Fue el primer intento de desasimilación. Frenó esta impaciencia criolla la reacción fernandina. Cuando se restablece la Constitución, Varela explana en cátedra el Texto de Cádiz y con sus compañeros Gener y Santos Suárez presenta luego a las Cortes una «Instrucción de Ultramar» en que se recomienda una cuasi-autonomía colonial. La tendencia relativista, desasimiladora, está ya en marcha.
Esta dirección inicial del pensamiento político cubano se afirma con la reacción absolutista de 1823, que eleva al primer plano las necesidades civiles de la colonia. La revolución de los criterios está ya hecha; la economía, liberada de sus trabas más represivas. Una burguesía rural criolla se ha ido desarrollando con la riqueza agrícola, de acuerdo con las directrices de Arango. Pero ese rápido desarrollo ha tenido también como base la extensión desmedida de la esclavitud, y ésta, por su misma naturaleza, representa un fermento de inseguridad, un germen de parasitismo y de corrupción. El incremento clandestino del tráfico negrero adultera el conglomerado étnico y acumula sobre la Isla un lastre social que embaraza su evolución política. Por recelo de los esclavos, que han hecho la asonada histórica de Haití, la burguesía liberal se pone en guardia contra las ideas democráticas francesas. La esclavitud provee así una excusa al despotismo de los Capitanes Generales, que medran con la trata. Hay que reaccionar contra estas condiciones. El pensamiento dominante en esta segunda fase de nuestra evolución será, pues, social y político.
Al inaugurarse el despotismo, hay un momento romántico, de insurgencia separatista, en que las ideas democráticas francesas se acogen a la clandestinidad de las sociedades secretas. El poeta Heredia ensaya un ademán girondino, que le cuesta la extradición. Con un criterio más realista, en que se combina curiosamente el voluntarismo rusoniano con una intuición del determinismo económico, Varela, desde su destierro en el Norte, quiere preparar ya la independencia en acatamiento de una «ley de necesidad». Es la primera formulación doctrinal del separatismo.
Pero los tiempos no están aún maduros para una reacción extrema. Perdidas sus colonias continentales, España tiene más interés que nunca en retener el arca cubana.
El despotismo se acentúa. Por otra parte, el mismo ejemplo de las turbulentas repúblicas nuevas del Continente tiende a hacer prevalecer en la burguesía criolla el criterio evolucionista, posibilista, consultador de la realidad. Se atiende al remedio de las necesidades civiles y se cifra en la ilustración la primera esperanza.
Varela había reglamentado la técnica del pensar. Ahora ha de aplicarse su lógica sensualista al conocimiento de la Naturaleza. José Antonio Saco, que lo sustituye en su cátedra de San Carlos, prefiere a las abstracciones el cultivo de las ciencias exactas. El sentido utilitario se va concretando. Heredero criollo del espíritu enciclopedista, Saco hace sinónimos liberalismo e «ilustración».
Pero la realidad criolla exige actitudes más activas, más críticas y de mayor alcance. La «ilustración» se aplica, en la «Revista Bimestre» y en la Sociedad Económica, al diagnóstico de esa realidad. Del examen de la vagancia o parasitismo interior, Saco llega, por la vía de una lógica rigurosa, a comprender que la esclavitud es la fuente de todos los males. Los espíritus de más visión aceptan el diagnóstico. Al utilitarismo inmediatista de comienzos del siglo, que halló la trata indispensable como estímulo económico, sucede otro de mayor alcance, percatado ya de que la esclavitud es una rémora social, política y aun económica. Arango mismo rectifica su antiguo criterio. El pensamiento ha adelantado un grado de previsión. En nombre del porvenir de Cuba, Saco impugna el tráfico clandestino de negros, porque representa un incremento de parasitismo, de adulteración. Mas no habla de abolir la esclavitud. El valor justicia es todavía secundario. La merma de esclavos puede compensarse con avances de técnica.
Con todo, ese utilitarismo de larga mira basta para enajenarle a Saco la simpatía de una parte de la burguesía criolla y, desde luego, de la autoridad colonial. Como lo económico determina a menudo directamente la suerte de lo cultural y político, el recelo de los esclavistas ocasiona el fracaso de la proyectada Academia Cubana de Literatura, y el destierro de Saco. La burguesía criolla queda escindida. De una parte, el conservatismo semioficial, en cuyo pensamiento económico quedan aún residuos del viejo concepto extractivo de la explotación. De otra parte, un liberalismo más previsor, orientado hacia la abolición y esperanzado en obtener de España concesiones liberales.
La actitud intelectual que ha de caracterizar el pensamiento en el período polémico que ahora se inicia pudiera describirse como una actitud experimentalista. A la norma de los principios, de la autoridad, de las abstracciones, ha sucedido la norma de la experiencia. El filósofo del nuevo criterio es José de la Luz y Caballero. Formado en la escuela de Bacon, Locke y demás «naturalistas» ingleses, Luz extrema la tesis sensualista de su maestro Varela. Si éste, ligado aún a la tradición subjetivista del conocimiento, había postulado como necesidad inicial la higiene de las ideas, Luz mantiene que el hombre «primero ha de comenzar por lo de fuera que por lo de dentro; mejor dicho, no puede conocer su interior sino precisamente en virtud del conocimiento de lo exterior». Es así el descubridor en Cuba de las cosas, como Varela lo había sido de las ideas.
Su trascendental ingreso en el proceso de nuestra cultura se señala en su polémica con Domingo Delmonte sobre la conveniencia de que el estudio de la Física preceda al de la Lógica. Es el choque del empirismo con el racionalismo neoclásico, representado por aquel gran humanista. Desde ese momento, Luz es, él solo, un baluarte contra todas las incursiones [146] que el absolutismo filosófico intenta, al amparo de un régimen autoritario y por las sugestiones de la moda intelectual. Con un sentido profundo de la eficacia rectora de las ideas, vigila «las graves cuestiones de cuya solución penden los futuros adelantos intelectuales» de los cubanos «y lo que es más, la futura mejora de sus costumbres». Libra así una recia y memorable polémica contra el eclecticismo cousinista, importado por los González del Valle y otros. Doctrina reaccionaria, de cuyo peligro para la moral civil de Cuba, según Luz, no se percataban sus propios mantenedores. Admirando en su fuero interno el idealismo alemán, y sobre todo el kantismo, que había tenido ocasión de conocer de primera mano, se abstuvo Luz de divulgarlo por entender que también «podía más bien dañar que beneficiar a nuestro suelo». En el fondo de ese utilitarismo filosófico había, sin embargo, una melancolía de pensador genuino, una nostalgia de las nobles verdades desinteresadas. Para que los cubanos «sean gente –escribía Luz– no todo ha de ser azúcar y café». Pero su pensamiento, uno de los más vigorosos que en Cuba se han producido, nació limitado por el tono general de la cultura de su tiempo y por las necesidades específicas de un pueblo en formación.
Bajo pareja consigna experimental y utilitaria se perfilaron, en el plano político, las diversas tendencia en que se había desintegrado el pensamiento burgués al impacto de Saco con el problema de la esclavitud. En 1837, un suceso político desdobla todavía más las opiniones. La Isla queda privada de representación en Cortes bajo promesa de «leyes especiales». Era la quiebra oficial del asimilismo; pero también de mucha esperanza cubana. Los liberales más académicos, los que, como Domingo Delmonte, «habían leído y se sabían de memoria los conceptos de Luís Vives, del Brocense y del Conde de Campomanes», confiaron en la promesa de España, adoptando una posición reformista. Los más sanguíneos, considerando que la posibilidad de obtener la descentralización se había hecho más remota que nunca, prefirieron activar el proceso de la nacionalidad recabando la incorporación a los Estados Unidos.
Contra esta ilusión se alzó otra vez la poderosa lógica de Saco. Observador cuidadoso y puntual, intérprete sagaz, consumado polemista, se erige ahora en campeón de un tradicionalismo que le conserve a Cuba, con su personalidad cultural, las posibilidades de una personalidad política verdadera. «Privada del apoyo de su antigua metrópoli, víctima de la rapacidad americana, en cuyas garras perecerías sus tradiciones, su nacionalidad y hasta el último vestigio de su lengua», con la anexión Cuba se perdería definitivamente para sí misma. Posibilista, Saco se conserva fiel a su programa descentralizador, de corte británico, y mantiene la esperanza reformista que ha de cuajar en el movimiento, ya unánime, de 1865.
Lo que importa subrayar es que, durante esta fase polémica del liberalismo cubano, los criterios políticos dominantes tienen como denominador común un sentido utilitarista que, informándose en la experiencia, aplica al problema de Cuba un método experimental. Trata de modificar los hechos, de variar las circunstancia y condiciones de la vida colonial para descubrir la ley de formación de la nacionalidad. Delmonte, Betancourt Cisneros, Saco, coinciden en la actitud intelectual de Luz y Caballero. Todos luchan, cada cual a su modo, contra los absolutos tradicionales y los supuestos «principios» de la burguesía retardataria, conservadora en política, «espiritualista» en filosofía, aclasicada en el gusto y teóricamente adicta a la moral de «la eterna justicia».
Entre tanto, España, más necesitada que nunca de las onzas cubanas, ha ido sometiendo la isla a un régimen de creciente exacción. A la sombra de la opresión oficial, que ha estatuido una censura implacable, el conservatismo domina la vida de la cultura en Cuba durante el período que va desde 1840 a 1860. Luz ha tenido que suspender su gran tarea crítica. Tomado ahora de cierto subjetivismo, que es en parte una reviviscencia de su formación clerical, se consagra a la fecundación moral de sus discípulos. «Para todo se necesita ciencia y conciencia» –dice, anticipándose al reformador español Giner de los Ríos, con quien tiene tanta semejanza–; y su labor es la de hacer espíritus. Casi todos los hombres decisivos de la generación siguiente son obra suya. Como Varela había enseñado a los cubanos a pensar, «Don Pepe» los enseña sobre todo a ser.
El ambiente no permite una acción más directa. La gran polémica de direcciones políticas se resuelve fuera de la Isla, o en la clandestinidad epistolar. Prodúcese en Cuba un enrarecimiento intelectual, bueno solo para hacer medrar un romanticismo vagaroso y tardío. Ramón Zambrana deforma el pensamiento de Varela, tiñéndolo de su seudo-racionalismo, y sostiene la fe, la retórica y hasta «la probabilidad teórica de la alquimia». José Manuel Mestre, que sustituye al espiritualista Manuel González del Valle en la cátedra de Filosofía de la Universidad, se declara continuador de su doctrina, importando en Cuba los resabios eclecticistas de Jouffroy, el filósofo de turno en la Sorbona, cuyos postulados Luz había impugnado diez años antes. Y el viejo e ilustre Colegio de San Carlos ha sido al fin vencido por la Universidad, nostalgiosa de Aristóteles.
Por debajo de esta cultura oficial, sin embargo, nuevas curiosidades e inconformidades van abriendo su cauce. Los Poey divulgan los adelantos positivos de las Ciencias. Jorrín incita al conocimiento de lo alemán, cuyos criterios idealistas (Krause, Ahrens) aplica Bachiller y Morales a la ciencia del Derecho, mientras estudia los problemas históricos y económicos de Cuba con sentido ya muy objetivo. Un crítico incipiente, Enrique Piñeyro, reta a Zambrana: «Usted sigue a Gioberti, que es un pobre filósofo; yo sigo a Hegel, que es un profeta». El Conde de Pozos Dulces empieza publicar, desde París, sus cartas divulgadoras de los últimos adelantos de la Agricultura y Zootecnia, y propone ya la separación de la industria y el cultivo de la caña, que ha de condicionar la fase ulterior de la economía cubana. Es, en suma, una época en que las incitaciones dispersas de un pensamiento nuevo pugnan por romper la costra de la ideología oficial.
Hacia 1860 hay ya un nuevo espíritu en el aire. Al hacer en la Universidad una recapitulación del pensamiento filosófico en Cuba, Mestre siente ya su antiguo espiritualismo desplazado por la tendencia «de nuestro siglo analizador y concienzudo», que «no es otra que la de nuestra positivista civilización». Al año siguiente, se funda el periódico «El Siglo», que ha de condensar las inconformidades acumuladas por la explotación económica y la opresión política. El antiguo posibilismo liberal, acidulado por la experiencia adversa, va a hacer el esfuerzo final, su experimentum crucis. Se formula en la doctrina reformista, última fase del experimentalismo político, cargado ya de una impaciencia de realidades «positivas». Pero el fracaso de 1837 se reedita ahora, con pareja trascendencia. Tras la Junta de Información, España implanta, por toda «reforma», un nuevo impuesto abrumador. La burguesía liberal, hurtándose al freno de Saco, se va entonces del lado del extremismo romántico, que había tenido en Heredia su precursor. La guerra del 68, desplazamiento del relativismo por el absolutismo liberal, revive la ideología francesa abortada años en las logias. Solo que el civilismo democrático de Guáimaro, cargado de principios y teorías, no sirve para normar eficazmente la áspera realidad guerrera. El Zanjón representa el fracaso del romanticismo de manigua, productor de gestos épicos y de torpezas políticas.
En el ocaso de la guerra, palpando ya su resultado, necesitan los espíritus más fríos poner su fe en alguna realidad victoriosa. La Ciencia está en gran auge. Allá, en la provincia camagüeyana, un joven estudia afanosamente las tesis de Darwin, de Iltre., de Caín, de Pastear ... La «Revista de Cuba» quiere salvar la Moral por la Ciencia, refrenar el sentimentalismo, estimular la observación, el análisis, la crítica; y suscita, en efecto, un «renacimiento intelectual» que deriva de las nuevas doctrinas científicas una esperanza social. El joven estudioso de Camagüey, Enrique José Varona, explica ya, con sorprendente información y puntualidad, la doctrina de la psicología asociacionista, en cuya ley halla una especie de mecánica de la inteligencia, capaz de informar la mecánica social misma. Cuba quiere, por sus más curiosos espíritus, incorporarse a la corriente crítica que es la ley del siglo, y Ricardo Delmonte anuncia el advenimiento de la cultura cubana a una fase realista y criticista. Es la esquela de defunción del romanticismo. El período subsiguiente del pensamiento cubano tendrá un tono objetivo y analítico. La pugna de esta nueva actitud con los residuos románticos y las inspiraciones alemanas, estimuladas por el triunfo prusiano del 70, se señala, apenas terminada nuestra guerra primera de emancipación, con el memorable debate entre idealistas y realistas en el Liceo de Guanabacoa. Se concretó la discusión sobre las direcciones estéticas; pero ya Varona advirtió cómo, al tratar de arte, se trataba «implícitamente de moral y de política».
No obstante su fracaso inmediato, la guerra de los diez años había dejado en los espíritus un sentimiento de dignificación, una conciencia más aguda de personalidad, reforzada por el mesianismo del siglo, que declaraba incontrastable la ley del progreso. Esta noción asume tres direcciones: la positivista, que confía en el gradual perfeccionamiento por la adaptación a las nuevas circunstancias históricas y que, por consiguiente, inspiró un liberalismo oportunista de nuevo cuño; la posición idealista hegeliana, que, acatando la «dialéctica» de la Historia, se precavía contra los cambios bruscos y las «novedades repentinas», propugnando una solución autonomista; y en fin, la dirección del idealismo romántico, fiel a su confianza en el esfuerzo heroico.
En el campo de la crítica y en el de la ideología política se producen estos criterios. Varona, expositor e intérprete magistral, cultiva el positivismo filosófico; José de Armas, representa la posición liberal de matiz tradicionalista; Piñeyro primero, y más netamente Rafael Montoro, marcan la dirección hegeliana, que más tarde, con Sanguily y Merchán, ha de experimentar una desviación pareja a la de Taine en el ejemplo francés. El positivismo comunica al viejo liberalismo de corte aristocrático un sentido de democracia. Pero como no ofrece una solución táctica al problema cubano, queda absorbido, en política, por la doctrina idealista, de matiz conservador, que propugna la fórmula autonómica y que de hecho representa el esfuerzo cauteloso de la burguesía por desembarazarse de la explotación española sin comprometer su predominio social interior. El problema de Cuba asume ya un sentido interno, complicándose con recelos de clase. Frente al evolucionismo retardador se levanta, sin embargo, la gran impaciencia de los que comprenden que la independencia de Cuba es una necesidad histórica inmediata, y que solo puede operarse mediante una movilización de abajo arriba. El pensamiento político de Martí es la resultante de una intención americana (completar la emancipación del Continente y adelantarse a la amenaza imperialista del Norte) y de una intención democrática, escarmentada ya de los teorismos de Guáimaro. Representa la síntesis del idealismo romántico y el realismo positivista; la afirmación de la dignidad sobre la utilidad; del espíritu de masa sobre el espíritu de oligarquía. Su apostolado separatista en el exterior coincide con la propaganda autonomista en Cuba, que difunde la cultura política y sensibiliza a la Nación para el gran llamamiento de 1895.
Con un nuevo siglo, se estrena también la República «con todos y para todos». Pero la avidez económica de un mundo político nuevo estaba en acecho. En la dimensión americana de su pensamiento, Martí había dado el máximo radio de previsión; había querido tomarle la delantera al imperialismo, más éste se percató justamente a tiempo para viciar su obra. Superada ya su fase pionera interior, los Estados Unidos necesitaban desahogar energías congestionadas, hacerse de nuevos mercados y puntos de apoyo estratégico. Interviniendo en la emancipación de Cuba, adquirieron el derecho de mediatizar sus destinos. Obtuvieron el botín de la guerra y la Enmienda Platt. De suerte que la independencia política no se tradujo para Cuba, ni en una soberanía cabal, ni en el resarcimiento inmediato de los quebrantos ocasionados a la burguesía y al pueblo por treinta años de luchas, expatriaciones y despojos. La independencia se encontraba con un pueblo divorciado de su riqueza.
Ilusionados con la soberanía teórica, los primeros gobernantes cubanos no supieron proveer a tiempo la reparación posible, asegurando al cubano sus fuentes de riqueza. Las maniobras del capitalismo financiero fueron ensanchando gradualmente esa separación. Mientras la burguesía rural iba siendo poco a poco desplazada, la masa, habilitada de poder mas no de cultura política, instalaba en el mando una oligarquía sin visión, apta sola para medrar por sí y difundir mercedes burocráticas. No obstante la difusión democrática de la enseñanza, la falta de apoyos económicos determinó una crisis general de la cultura.
Frente a esa situación se formó el pensamiento político, desilusionado y revisionista, de la primera generación republicana. «Cuba Contemporánea» propugna un civismo voluntarista, inspirado en Martí, cuya doctrina solo entonces adquiere general vigencia en las zonas intelectuales. Pronto se hace evidente, sin embargo, la futilidad de querer galvanizar la voluntad popular a espaldas de la realidad económica. Se va percibiendo que los males de la República tienen su raíz en la enajenación de la riqueza, y junto a las actitudes aisladas de un individualismo nietzscheano, se insinúan tendencias de solidarización nacionalista, insistentes en demandar una acción enérgica de recuperación económica.
Pero ciertas vicisitudes políticas y diplomáticas descubren la improbabilidad de ese tipo de rectificación «desde arriba», acentuando el escepticismo y el derrotismo. La crisis de la Post-Guerra pone al descubierto la esencia caudillística de nuestra ficción republicana. El liberalismo se desintegra. La pura democracia es declarada en quiebra. Cesarismo fascista de una parte; antiimperialismo, tendencia societaria, de otra. Frente al pensamiento oficioso se opera, en diversos grados, una radicalización de los criterios, y el materialismo histórico provee de doctrina y programa a la convicción de que la conducta pública está determinada por condiciones económicas.
Por un curioso ritmo histórico, el pensamiento cubano se encuentra ahora, como al comienzo de su evolución, oscilando entre un relativo y un absoluto nuevos. Entre un socialismo posibilista, que ajusta el grado y tempo de la innovación a la peculiaridad cubana, y un comunismo dominado por la teoría y afanoso de universalidad. Jorge Mañach.»

Del libro Visitas españolas. Lugares, personas (publicado, con fotografías de Nicolás Muller, por la Editorial Revista de Occidente, Madrid 1960, y que Mañach dedica «A Pepín Fernández Rodríguez», propietario de la cadena de grandes almacenes Galerias Preciados, ¿su mecenas en Madrid?) reproducimos el capítulo «Conmemoración en Oviedo» (páginas 96-102), escrito en 1958, durante su año sabático en España:

«Conmemoración en Oviedo [1958] por Jorge Mañach.
A fines de septiembre (de 1958) la Universidad ovetense celebró el CCCL aniversario de su fundación. Por encargo del rector de la de La Habana tuve el honor de representarle en esa conmemoración, y ello me dio, entre otras no menos gratas, la oportunidad de recorrer algo más morosamente la tierra asturiana, que antes sólo había visto muy de paso.
Sin embargo, no me sorprendió el ver cuánto correspondía a mis previas figuraciones. Porque, salvo en los casos en que el simplismo o las inferencias superficiales hacen sus estragos al socaire de la ignorancia o del prejuicio, como ya dije a propósito de Galicia, las imágenes que uno se forma anticipadamente de pueblos y regiones suelen ser bastante certeras a poco que algunos testimonios directos las asistan.
En mi tierra cubana, en cualquiera de las de América, ¿qué indígena –y perdóneseme la palabra, tan resabiada de primitivismo– no ha visto alguna vez artículos amorosamente descriptivos, [97] con fotos en que se alternan los paisajes abruptos de la «cuna de España» y los plácidos y jugosos, cernidos por el orvallo? ¿Qué americano de los nuestros no tiene amigos de allá, que le hayan hablado nostálgicamente (aunque con esa nostalgia del asturiano, tan distinta de la gallega) de la acuarela de Gijón o de Luarca, de la poética intimidad de Llanes, de esos viaductos de misterio que son los viejos soportales avilesinos, de los chigres donde la sidra se escancia con garboso despilfarro? ¿Cuál no ha asistido in partibus, bajo mangos o mamoncillos, a alguna romería de imitación, en que también se derramaban trémulas evocaciones de «la tierrina», de don Pelayo y de Covadonga? ¿Dónde, en fin, está el que no haya leído los relatos de Clarín y de Palacio Valdés, o hecho amistad en letra de molde con los barrocos pero históricos personajes de Pérez de Ayala?... Sí, nuestra América vive todavía en más intimidad con España de lo que pudiera suponerse.
Asturias, pues, no me sorprendió demasiado. La gocé con ese doble placer que es siempre la comprobación de lo esperado enriquecida con más vívidos matices. Si, para ser bien sincero, algo negativo cupiera confesar, sería más bien cierto momentáneo enfado de que la realidad ofreciese también algunas novedades contrarias a las imágenes recibidas... La campiña que uno aprendió a ver con los ojos de La aldea perdida muéstrase ahora bajo los humos de una vasta siderúrgica.
Gijón ha dado de sí grandes muelles y plazas y teatros, mermándose su provinciana gracia de antaño. [98] En los soportales avilesinos ya no pululan tipos de conseja y aleluya, y Oviedo dista ya mucho de ser la Vetusta de La regenta...
Pero ya se sabe que el sentimiento es conservador y va siempre a la zaga del «progreso». En presencia de la realidad tiene que desentumecerse, agilizarse, para apreciar también lo que hay de interés, si no de encanto, en el hecho de que una comarca se haga más propicia al bienestar extenso, de que una ciudad añada a la poesía de sus viejas piedras y costumbres la prosa elástica y discursiva de las «modernidades». Sólo que en España, como en otros países de mucho «carácter», eso no deja de ser un esfuerzo, una «racionalización». ¿Recordáis con qué melancólica torsión de sí mismo se le iba a Ganivet el recuerdo a los burritos aguadores de Granada?
Lo más decepcionador es lo que pudiéramos llamar la estilización moderna de los lugares viejos. Yo no sé si me atreva a cometer la herejía de decir que esa fue la impresión que tuve en Covadonga. Cierto, como paisaje aquello es imponente, y el Santuario apenas desmerece por su suntuosidad del vasto marco que la naturaleza parece hubiera montado allí expresamente para su histórico destino. ¿Qué nación tuvo jamás cuna más fabulosa que aquel auténtico nido de águilas? ¿Se concibe, por otra parte, devoción alguna más generosa para sublimarlo?... Pero, ahí está: uno quisiera que los lugares santos quedasen sin aditamentos excesivos, y en Covadonga, como en Asís de Italia, se echa «de más» el subrayado... [99] No por lo férvido, desde luego, sino por lo fastuoso. Vaya usted a saber si, acaso de haber culpa en ello, no la tendrán las onzas y los pesos americanos...
Mas yo no quería hablar de marcos campestres o urbanos, sino de la conmemoración en la Universidad de Oviedo. En el copioso programa de ella, que llenó toda una semana, las solemnidades y los actos marginales de cultura alternaron con las amenidades de una ciudad provinciana que, por rica y briosa, se puede permitir con toda naturalidad lujos de gran urbe. Ni he de olvidar nunca los halagos de una hospitalidad cumplidísima, en que las autoridades universitarias rivalizaron con las más conspicuas de la provincia y de los municipios, sin que dejara de hacerles juego la obsequiosa diligencia de las gentes más humildes. (¡Qué especial simpatía, de tierra de indianos, hacia el forastero a quien se le delataba la americanidad en el acento!)
En el centro mismo de la villa, como si fuese el corazón de ella, la Universidad ocupa un viejo, noble y no muy vasto palacio. Se sorprende uno –viniendo de Universidades americanas– que tanto servicio a la cultura tenga sede tan exigua. En medio del gran patio central se alza la estatua del fundador, el arzobispo don Fernando de Valdés, inquisidor él y perseguidor del Lazarillo, pero varón, según dicen, de muchas virtudes. En sus trescientos cincuenta años la Universidad ha pasado por muchos trances, buenos y malos. Con más orgullo que rencor se recuerda [100] el peor de ellos: aquel agrio momento anterior a la guerra civil en que estuvo a punto de ser reducida a cenizas, desapareciendo la antiquísima biblioteca que era orgullo de la casa. A fuerza de mucha fervorosa diligencia resurgió, para continuar con nuevo empuje su tradición más noble.
Pues acaso lo que más impresiona de la Universidad, de sus hombres, es la amplitud con que sienten su doble compromiso con el pasado y con el futuro, y cierta dimensión de universalidad que conjugan con su fidelidad y solera asturianas. Sin duda eso está en el cogollo del alma regional. Patente en sus letras, tan rebasadoras siempre de lo provinciano, tan líricas y críticas a la vez, se acusa igualmente en el talante inquieto, centrífugo, ávido de anchura y horizonte, que los asturianos pasean desenfadadamente por el mundo. En nuestras tierras de inmigración lo advertimos tal vez con particular nitidez –por ejemplo, como ya apunté de pasada, en la nostalgia misma–. Sería interesante intentar algún día una especie de caracterología diferencial española considerando los diversos modos como el vario metal humano de las regiones peninsulares reacciona al ácido de la distancia. No digo de la nostalgia, porque no todos parecen sentirla. El canario, por ejemplo, se conduce como si no le costase demasiado trabajo mudar de patria. El andaluz da parecida impresión, y acaso por eso unos y otros son los que menos «enquistaron» en América, los que mejor se diluyeron en el torrente vital de ella. Comparada con la del gallego, la nostalgia del asturiano se diría desasida, [101] menos íntima y puramente sentimental: en todo caso, más velada por el orvallo de la ironía, porque el asturiano no se compadece a sí mismo, sino que tiende a cierta forma indirecta de pugnacidad que también le impide darse al medio por entero.
Las dos grandes figuras cuya evocación acudió más insistentemente a los actos conmemorativos de que hablo fueron el padre Feijoo y Jovellanos. Aunque el primero fue gallego, no es menos sabido que enseñó algún tiempo en Oviedo, dejando allí larga estela –y posiblemente había más de astur que de galaico en su carácter intensamente crítico–. Sobre el prócer regional, que en verdad lo fue de toda España, sobre Jovellanos, ofreció el doctor Marañón una conferencia admirable, como suya, cuya nota más saliente fue una reivindicación valerosa del siglo XVIII español, que en general no tiene ahora en la Península muy buena prensa...
Viva fue mi adhesión de americano ante tales honras. Como tuve ocasión de recordarlo en la sesión de apertura de ellas, Feijoo y Jovellanos fueron también espíritus nutricios, y aún diría que natales, de la América española. No sería demasiado decir que, desde tan lejos, partearon el nacimiento de la conciencia criolla. Europeos un poco avant la lettre, occidentales sin mimetismos gálicos ni ingleses, montaron en el entronque de dos siglos el puente de una «ilustración» a la española. El cura insigne representó, a los ojos de Hispanoamérica, la conciliación [102] entre la ortodoxia religiosa y las inquietudes críticas del iluminismo. Denunció supersticiones, inercias y rutinas sin conmover las creencias. En la ávida lectura de sus escritos hallaron vías de justificación los no escasos clérigos que, a poco andar de los tiempos, iniciarían en el Plata, en Méjico, en Cuba la lucha por la independencia. Porque, como decía Emerson, nadie sabe lo que va a ocurrir cuando Dios deja suelto un pensador sobre el planeta.
Algo posterior, el impacto de Jovellanos se sintió más en los países del Nuevo Mundo, donde la élite criolla luchaba aún por reformas dentro del régimen colonial, o frente a sus más tenaces residuos. Su mensaje de sociólogo, de educador, de economista, tuvo en las sociedades de amigos principal vehículo. Las instituciones que en Asturias creó el austero gijonés se vieron imitadas, hasta en los nombres, en Cuba y en otros países. De él derivó alientos el «cientismo» incipiente, la voluntad de aprovechamiento racional de los recursos naturales, la previsión y provisión seminal del futuro, un liberalismo de esencias más que de palabras, de realidades concretas más que de fórmulas políticas, y hasta el estilo, en la prosa y en la conducta, de la dignidad sin estridencias.
Bien hizo la Universidad de Oviedo en recordar, con más devoción aún que a sus pretéritos fundadores, a esos dos próceres de la inteligencia, no menos fecundos para América que para la tierra asturiana.»

 
Selección bibliográfica cronológica de Jorge Mañach Robato

 
Selección bibliográfica cronológica sobre Jorge Mañach Robato

 
Sobre Jorge Mañach en el Proyecto Filosofía en español

1955 Al habla con Jorge Mañach, la mejor prosa de América

1956 «Imagen de Ortega y Gasset»

1958 López Aranguren, entrevista publicada en Visitas españolas, Madrid 1960

RFM   Informa de esta pagina por correo
www.filosofia.org
Proyecto Filosofía en español
© 2006 www.filosofia.org
www.lechuza.org
averiguador